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Anticapitalistes
  
dimarts 31 d’agost de 2004 | Naomi Klein
Ayudando a enviar a Bush de regreso a Texas


El mes pasado, y con renuencia, me uní al sector de Cualquier Cosa Menos
Bush.

Fue ’Bush en una caja’ lo que me convenció. Se trata de un regalo que mi hermano dio a mi padre en su 66º cumpleaños. Bush en una caja es una
silueta en cartón del 43º presidente de Estados Unidos con una serie de
globos de discursos que se adhieren al cartón. Las frases son típicamente
bushianas: "¿Están aprendiendo nuestros niños?", "Ellos no me
entendieron bien". En fin, las palabras básicas del vocabulario de Bush.

El producto se vende en Wal-Mart, y está fabricado en Malasia.
Sin embargo, Bush en una caja me causó desesperación. No es que el
presidente de Estados Unidos sea un tonto, algo que yo ya sabía. Lo
peor es que nos vuelve idiotas.

No quiero que me entiendan mal. Mi hermano es un tipo excepcionalmente
inteligente. Él encabeza un grupo de estudios que publica documentos de
peso sobre las fallas de la extracción de recursos orientados a la exportación y los falsos ahorros de la reducción de asignaciones al
seguro social.

Cada vez que necesito tener una opinión sobre las tasas de interés
o las juntas de conversión, a él es a quien primero llamo.
Pero Bush en una caja es un buen resumen del nivel de análisis que
viene en estos días de la izquierda. Ya se conoce el tema: la Casa Blanca ha sido capturada por una banda de fanáticos que son o locos o estúpidos, o ambos.

Basta votar por Kerry para que el país recupere la salud mental.
Pero los fanáticos en la Casa Blanca no están ni locos ni son estúpidos.
Tampoco son muy turbios. Por el contrario, sirven de manera abierta los
intereses de las corporaciones que los pusieron en sus puestos con gran
eficacia. La audacia que muestran surge del hecho no de que sean una
nueva especie de fanáticos, sino que la vieja especie se encuentra en un
clima político libre de las ataduras de la moral convencional.

Sabemos todo eso. Y sin embargo, hay algo en George W. Bush, una
combinación de ignorancia, piedad y balandronadas, que causa en
personas progresistas algo parecido a la ceguera. Muchos pierden de vista lo que saben acerca de la política, la economía y la historia y se
concentran exclusivamente en las curiosas personalidades de la gente que está en la Casa Blanca.

Otros efectos secundarios incluyen gozar de los diagnósticos de los
psicólogos sobre la retorcida relación de Bush con su padre, y las
briosas ventas del ’chicle estúpido’ de Bush, que se vende a 1,25 dólares el
paquete.

Esa locura debe terminar. Y la forma mas rápida de hacerlo es elegir a John
Kerry, no porque vaya a ser un presidente diferente sino porque en muchas
áreas: Irak, la ’guerra contra el narcotráfico’, el conflicto entre israelíes y palestinos, el libre comercio, los impuestos a las corporaciones, será tan malo como Bush.

La principal diferencia será que aun cuando Kerry continúe con esa
política brutal, parecerá inteligente, sano y aburrido. Es por eso que me uní
al sector Cualquier cosa menos Bush.

Solo si conseguimos en la Casa Blanca un tipo aburrido como Kerry
podremos poner fin a la patologización de la presidencia y volver a
concentrarnos en los temas que tienen importancia.

Por supuesto, la mayoría de los progresistas están alineados en el
campo de Cualquier cosa menos Bush, convencidos de que no es ahora el momento de señalar el parecido entre ambos partidos, controlados por las
corporaciones. Yo estoy en desacuerdo: debemos aceptar esos
decepcionantes parecidos y preguntarnos si tenemos mejores posibilidades de combatir una agenda corporativa impulsada por Kerry o por Bush.

No tengo ilusión alguna de que la izquierda vaya a tener ’acceso’ a
una Casa Blanca habitada por Kerry y por John Edwards. Pero vale la pena
recordar que fue durante la época de Bill Clinton que los movimientos
progresistas en Occidente comenzaron nuevamente a enfilar nuestra
atención hacia los sistemas: la globalización de las corporaciones, e
inclusive, capitalismo y colonialismo.

Fue entonces que comenzamos a entender el imperio moderno no como el
ámbito de un solo país, sin importar su poder, sino como un sistema global
de estados vinculados, instituciones internacionales y corporaciones. Y
eso nos permitió crear en respuesta redes globales, desde el Foro Social
Mundial hasta Indymedia.

Líderes inocuos que pronuncian toda clase de perogrulladas liberales mientras eliminan el seguro social y privatizan el planeta nos obligaron a
identificar con más precisión esos sistemas y crear movimientos lo bastante
ágiles e inteligentes como para enfrentarlos. Con Bush fuera de la Casa
Blanca, los progresistas tendrán que volver a aguzar la inteligencia, y
eso es bueno.

Algunos dicen que el extremismo de Bush tiene un efecto progresista
pues une al mundo contra el imperio norteamericano. Pero un mundo unido
contra Estados Unidos no es necesariamente un mundo unido contra el
imperialismo.
Pese a su retórica, Francia y Rusia se opusieron a la invasión de
Irak porque amenazó sus planes de controlar el petróleo iraquí.
Con Kerry en el poder, los dirigentes europeos no podrán ocultar más
sus propósitos imperiales escudándose en las críticas a Bush. Y eso ya
puede pronosticarse en la detestable política iraquí de Kerry.

El candidato
demócrata dice que es necesario dar "a nuestros amigos y aliados...
una voz elocuente y un papel en los asuntos iraquíes". Eso incluye "un
acceso justo a contratos de reconstrucción por miles de millones de dólares.

También significa permitirles participar" en la puesta en marcha de "la
rentable industria petrolera". Sí, eso es correcto: los problemas iraquíes serán resueltos con más invasores extranjeros, con Francia y Alemania recibiendo una ’voz’ más elocuente y una participación mayor del botín de guerra. Nadie hace mención alguna de los iraquíes y de su derecho a una ’voz elocuente’ en controlar su propio país, su petróleo, su reconstrucción.

Bajo un gobierno de Kerry, la cómoda ilusión de un mundo unido
contra la agresión imperialista se desvanecerá. Y así podrá verse la lucha por el poder que es el verdadero rostro del imperio moderno. También debemos abandonar la arcaica idea de que derrocar a un hombre solucionará todos o algunos de nuestros problemas.

Si Bush es derrotado, perderemos un enemigo capaz de galvanizar las
fuerzas de la oposición. Pero, al mismo tiempo, podremos atacar las
políticas que están transformando todos nuestros países.

El otro día, me estaba quejando ante un amigo por el rabioso apoyo
de Kerry a la valla de apartheid en Israel, sus gratuitos ataques a Hugo
Chávez en Venezuela y su lamentable récord en relación con el libre comercio. "Sí", respondió mi amigo, "pero al menos el cree en la evolución".

Yo también. La necesaria evolución de nuestros movimientos progresistas. Y eso solo ocurrirá una vez nos libremos del comandante en jefe de las
armas de distracción masiva. Por lo tanto, Cualquier cosa menos Bush. Y
luego, volvamos nuevamente a nuestras tareas.


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