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Anticapitalistes
  
divendres 3 de novembre de 2017 | Manuel
100 anys de la Revolució Russa 1917

De octubre 1917 al "socialismo del siglo XXI"

Catherine Samary

Todos los pasados no tienen idéntico porvenir, podemos afirmar con Daniel Bensaïd. Octubre 1917 no se dejará enterrar fácilmente. Su inmenso legado, que se debe actualizar, es haberse atrevido a poner en la agenda el cuestionamiento del orden existente –sin recetas y no sin trágicos errores-, enfrentándose a las guerras y violencias sociales de los poderosos, a escala nacional e internacional.

Sin embargo, cien años más tarde, a pesar de que la "hipótesis comunista" parece descartada, muchos puntos comunes nos acercan a los desafíos de Octubre. La hipótesis menchevique, según la cual había que esperar de un desarrollo capitalista los progresos sociales y democráticos conducentes a la llegada del socialismo, no se la cree ya nadie: la socialdemocracia ha preferido arrojarse al orden neoliberal. El capitalismo se ha mundializado de nuevo de manera aún mas orgánica que nunca, haciendo impensable "la construcción del socialismo en un solo país", aunque cada resistencia debe anclarse nacionalmente con solidez. Una "tercera guerra mundial" social, y desastrosa desde la óptica del medio ambiente, se despliega desde los años 80, excluyendo cualquier opción democrática, tal y como lo había expresado el eslogan de Margaret Thatcher: TINA "There is no alternative".

Esta afirmación la desmienten quienes sí que luchan por una alternativa. El movimiento de resistencia surgido en particular en Chiapas y organizado desde los años 1990 en las múltiples redes contra esta nueva mundialización ha podido esperar "cambiar el mundo sin tomar el poder" [1]. Y existen múltiples combates para "agrietar" el capitalismo[2]: desde redes apoderándose de software libre hasta aquellas enlazando las "ciudades rebeldes" [3]; resistencias impulsadas por Vía Campesina [4], la Comuna de Rojava inspirada en las tesis de Murray Bookchin[5]. También hemos visto el regreso a respuestas "estatistas" o "populistas de izquierda", así como el llamamiento de Hugo Chávez a pensar un "socialismo del siglo XXI [6]". Habrá que repensar cómo cambiar el mundo, sin minimizar el peligro de las pseudo-alternativas antisistema xenófobas, ni volviendo a caer en los males burocráticos del pasado. Hay pues que hacer balance de los avances y las derrotas del "siglo soviético" aprovechando una baza: la perspectiva que nos permite agrupar hoy diversas experiencias que midan no sólo las amenazas burguesas internas y externas contra los proyectos de subversión del orden capitalista, sino también los riesgos de cristalización burocrática y estatalista. Estos riesgos son intrínsecos al propio movimiento si no son combatidos a consciencia [7].

El ímpetu de la revolución de 1917[8] se alimentó de una potentísima e impresionante movilización desde "abajo" (en las empresas y en el campo) y de un embrión de poder popular por "arriba" desde el momento de la institución de los soviets, en particular en el ejército, donde se anudaba la alianza entre trabajadores y campesinos.

No fue con llamamientos abstractos a la revolución o a un "socialismo" (cuyo contenido era controvertido hasta en sus propias filas) que los bolcheviques obtuvieron la mayoría en los soviets y los comités de fábrica o que organizaron y legitimaron la toma insurreccional del poder. Lo lograron porque "presentaban el poder de los soviets como única alternativa a una contra-revolución" [9]; y porque este análisis "correspondía a la realidad" vivida. "Todo el poder a los soviets" significaba entonces, concretamente, derechos sociales, la legalización del control obrero en las fábricas y de la tierra para aquellos que la trabajaban, como mostraron los primeros decretos de Octubre.
Por ello la revolución de Febrero no era únicamente anti-zarista y "democrático burguesa": sin afirmarse "socialista", era profundamente "democrática anti-burguesa"[10] por la movilización de los soldados y campesinos cuya alianza se anudaba en los soviets de soldados. La brecha principal entre bolcheviques y mencheviques, relacionada con la posición ante la guerra, no se refería, en esta fase, a la concepción del partido: era común la voluntad de enraizarse en las masas. La divergencia, estratégica, trataba sobre la opción de los mencheviques de aliarse con las supuestas corrientes "democráticas burguesas" contra la opción bolchevique de apoyar las movilizaciones y los soviets de trabajadores y campesinos, por la defensa de sus derechos y contra las guerras imperialistas en una perspectiva de impugnación revolucionaria del orden mundial.

Contra el boicot patronal, "los obreros respondieron poniendo en práctica en la fábrica el modelo campesino con el que estaban familiarizados", subraya Marc Ferro[11]: "la asamblea general de los obreros correspondía al `obchtchetstvo´, la gestión colectiva era una forma de `Mir´ o de `Artel´, véase el `Consejo de los Mayores´ del que deriva el `comité de fábrica´", que es una transcripción de las costumbres del pueblo o la aldea. Un colectivo de fábrica interpelaba a otro como lo hacía un pueblo a otro pueblo. Estos obreros querían ser los dueños de la fábrica de la misma manera en que juzgaban que la tierra debía pertenecer a aquellos que la trabajan". Es verdad que este "movimiento autogestionario" fue "tanto más vivo cuanto la fábrica era más pequeña" ya que las modalidades de hacerse cargo parecían al alcance de la mano y que la participación de todos estaba asegurada.

Esto no era así en las fábricas gigantes, las cuales, vista su importancia, estuvieron a la cabeza del movimiento de los comités de fábrica, sin ser sin embargo autogestionarias. Allí, los obreros juzgaban la autogestión "utópica" y privilegiaron "la noción de control obrero como un sistema operativo del cual ellos serían los guardianes. Este control sería su garantía contra los abusos; aún más: les protegería contra el desempleo y haría de ellos, en la fábrica, participantes con derechos", no sin la posibilidad de optar por la gestión o por la exigencia de nacionalización en caso de lock-out patronal.

Los bolcheviques eran populares en los comités de fábrica ya que ponían el acento en ese "control obrero" para combatir el sabotaje patronal y la orientación de los mencheviques en los sindicatos. Pero desconfiaban de la autogestión, incluso del "control obrero" si este viniese a evolucionar hacia una gestión atomizada de las fábricas. Ésta se percibía como anarquista, vector de caos y de comportamientos "egoístas" [12].

La dimensión pragmática racional de ese punto de vista se combinaba con el convencimiento teórico (muy discutible) dominante entonces en Lenin y muchos marxistas para quienes la concentración capitalista, véase incluso su "organización científica del trabajo", preparaba el "socialismo". La nacionalización suprimiría la anarquía de la propiedad privada y del mercado capitalista, ya que permitiría el "censo" técnico de los recursos.

Marc Ferro estima que "en la práctica los bolcheviques juzgaban que la asunción del control de las fábricas por un ’Estado obrero’ era en sí misma garantía contra un sistema de explotación". Y, agrega, "tal era finalmente el sentimiento de la mayoría de los militantes, exceptuando los anarquistas". Fue esa lógica del "control obrero" anclado en los comités de fábrica la que progresivamente fue dejando a los sindicatos, organizados a escala de sector y a escala nacional, la función de "gestión" una vez establecida la toma del poder por los bolcheviques [13].

Sin embargo, la autogestión fracasó. La causa no fue tanto la desconfianza de los bolcheviques como que las propuestas de los anarquistas eran ampliamente minoritarias en los comités de fábrica, incluso antes del "comunismo de guerra", del trágico error de la represión de Kronstadt y de la prohibición de los partidos y las tendencias por el partido bolchevique [14].

La lógica de la autogestión atomizada de las empresas se dio de bruces contra la amplitud del sabotaje patronal primero y luego con la necesidad objetiva de una organización nacional de la producción. En particular del suministro de materias primas y de la organización de las redes de transporte. Por ello en 1917 muchos anarquistas se unieron a los bolcheviques y, como ellos, se dividieron sobre las dificultades del paso de una lógica "a la contra" y, alternativamente, de una lógica de construcción de una nueva sociedad [15].

El fracaso de la autogestión, mencionado por Marc Ferro, acompañaba el hundimiento de la economía: "voluntaria o forzosamente, los trabajadores aceptaron la fórmula de la nacionalización con control obrero. Esta fórmula parecía mejor adaptada a una lucha contra el Capital y como acompañaba medidas contra la patronal y muchas decisiones a favor de los trabajadores, se la sintió como una victoria de la revolución. Que en este sentido lo era."

Pero, agrega Marc Ferro, ocurrió una conmutación del poder. No hacia la clase obrera como tal sino hacia "aquellos que, habiéndose aprovechado de su confianza, iban a hablar en su nombre". Como Rosa Luxemburgo advirtió al apoyar a Octubre, la asfixia de la democracia, supuestamente defendiendo la revolución contra sus adversarios, se volvería contra ella, con una lógica "sustituista" de los que hablan "en nombre de" [16]. Semejantes deslizamientos verticalistas pueden constatarse incluso en los "movimientos", redes o asociaciones que critican a los "partidos" pero donde los núcleos dirigentes de facto imponen sus normas y selecciones, "en nombre de…"

Los errores, los dilemas reales y los falsos dilemas, pueden discutirse colectivamente y superarse. La crisis yugoslava abierta a final de los años 60 -que no podemos tratar aquí-[17] actualizó una crítica de la alienación de la autogestión a la vez por el mercado y por un plan establecido por el partido-Estado. Hoy las propuestas de discusión colectiva buscan conciliar la democracia autogestionaria y las necesidades igualitarias de una planificación que respete los derechos sociales y los nacionales, mediante la elaboración por los propios autogestores de las grandes orientaciones de prioridades planificadas. Por ejemplo, se plantea que las "Cámaras de autogestión" se configuren en diferentes niveles territoriales para asegurar su implantación, junto a las "comunidades de interés autogestionarias" de usuarios y productores que gestionen conjuntamente bienes y servicios específicos (hospitales, transportes, etc.) en los diferentes niveles territoriales.

Lo importante es definir los derechos de autogestión no solamente a nivel de la unidad de producción (es decir de un empleo), sino sobre todo del espacio territorial donde se organiza el "trabajo asociado" y la "apropiación social" de los recursos que exigen criterios solidarios. La coordinación y la centralización no serían estatalistas (por encima de los autogestores) sino bajo su control. Y es en un espacio así en que una "economía de los trabajadores" como productores y usuarios, ciudadanos, hombres y mujeres de diferentes naciones eventualmente libremente asociadas, en el que se puede determinar "el trabajo socialmente necesario" para satisfacer las necesidades que se juzgan esenciales.

Detrás de la dualidad de poder, en 1917, yacía una dualidad de derechos –unos legales de los pudientes y aquellos, legítimos, defendidos en las luchas, con otros criterios implícitos de "eficacia"-. Lo mismo ocurre hoy en lo que podemos denominar "la economía política de los trabajadores"[18] que busca y se expresa de manera embrionaria en la exigencia de derechos y de criterios sociales y ecológicos que no son respetados por los pudientes. Una manera de hacer visible esa dualidad de derechos y criterios potenciales es la consigna y la organización práctica de un "control social" (como en 1917 con el "control obrero") sobre las empresas que despiden o cierran o sobre las deudas de los presupuestos municipales y nacionales que sirven de pretexto a los pudientes para suprimir empleos y derechos.

Y, como en 1917, frente a las crisis de despidos o a la huida de capitales, pueden nacer luchas por la vida con formas de autogestión defensivas o con exigencias de nacionalizaciones con control social. Estas luchas serán inestables y amenazadas en un entorno mercantil capitalista dominante y frente a la guerra social que conocemos. Para consolidarse y encontrar su coherencia las alternativas embrionarias necesitarán coordinarse para ganar peso. Luchando en cualquiera de las escalas en las que el Capital imponga sus reglas. Defendiendo otros derechos y criterios que apunten a la protección del medio ambiente. Poniendo en cuestión todas las relaciones cruzadas de explotación y de opresión.

Notas:

[1]. Ver la discusión (en francés) sobre este tema en Contretemps (2003), “Changer le monde sans prendre le pouvoir?” (coordinado por P. Corcuff y M. Lowy) con, en particular, una discusión de J. Holloway por Daniel Bensaïd.

[2]. J. Holloway, Crack Capitalism: 33 thèses contre le Capital, Libertalia 2012. En castellano: el último libro editado de Holloway es Agrietar el Capitalismo: El hacer contra el trabajo. 2011. Editorial Intervención Cultural ISBN: 9788415216100

[3]. D. Harvey, “Villes rebelles. Du droit à la ville à la révolution urbaine” (aquí)

[4]. aquí y aquí

[5]. Ver Benjamin Fernandez ,« Murray Bookchin, Ecologie ou barbarie, Aux sources du communalisme kurde », juillet 2016 (aquí) Cf. aussi aquí

[6]. Ver artículo de Stuart Piper de IVP, traducido al francés para la revista Inprecor de junio-julio 2007, número 528-529 (aquí) . En castellano: Revista VientoSur número 94 de noviembre 2007. Socialismo siglo XXI.

[7]. Ver en particular la cuarta parte de mi contribución en Inprecor, agosto-septiembre 2017, número 642-643 (en francés): OCTOBRE 1917-2017 D´un communisme décolonial à la démocratie des communs: Le «siècle soviétique» dans la tourmente de la «révolution permanente»

[8]. Ver en particular Marc Ferro, La revolution de 1917, edición Albin Michel, 1997 y Alexander Rabinovitch, Les bolcheviks prennent le pouvoir, la révolution de 2017 à Pétrograd, La Fabrique Éditions 2016.

[9]. David Mandel, Les travailleurs de Pétrograd dans la révolution russe, Introducción. Syllepse 2017. Hay publicados varios textos en castellano de David Mandel sobre la revolución de 1917 en VientoSur 2017.

[10]. Ver Lars Lih, De Février à Octobre (aquí)

[11]. Marc Ferro, op. citado, pág 745, de donde he sacado las siguientes citas del historiador.

[12]. Ver, aparte de Marc Ferro, a Maurice Brinton, «Les Bolcheviks et le Contrôle ouvrier» (aquí) .Brinton cita en abundancia el opúsculo sobre los Comités de fábrica escrito por Anna M. Pankratova, Fabzavkomy Rossii v borbe za sotsialisticheskuyu fabriku (Los Comités de fábrica rusos en su lucha por una fábrica socialista), Moscú, 1923, una parte del cual fue publicado en el número 4 (diciembre 1967) en la revista francesa Autogestion.

[13]. Ver Maurice Brinton (op. citado), Leonard Shapiro, Les Bolcheviks et l’opposition: 1917-1922, Edición Les Nuits rouges 2007 ; Michel Olivier aquí

[14]. Ver, aparte de Marc Ferro y las obras citadas en <7>, Victor Serge en «Trente ans après la Révolution russe », publicado en 1947 en la revista La Révolution prolétarienne et republicado en marzo 2017 por la revista electrónica A l´encontre. En castellano aquí

[15]. Ver en particular la página de archivos principalmente la Plataforma del grupo DieloTruda de los anarquistas rusos del extranjero (Makhno, Mett, Archinov, Valevski, Linski) criticado por Voline por haberse «bolchevizado».

[16]. Propongo una contribución a la completa revisión y a la necesaria actualización del «siglo soviético» y de los grandes debates que ha suscitado en D’un communisme décolonial à la démocratie des communs: Le «siècle soviétique» dans la tourmente de la «révolution permanente» Inprecor n° 642-643 agostot-septiembre 2017.

[17]. La represión titista de cualquier movimiento y crítica autónomas impidieron una gestión autogestionaria solidaria de esta crisis, a pesar de la convocatoria de un congreso de los autogestionarios en 1971 en Sarajevo. Ver mi balance de esta experiencia aquí

[18]. Ver Michael Lebowitz Build it Now: Socialism for the 21st Century, Monthly Reviw Press, 2006 – cuyo último capítulo se refiere a Venezuela. Ver igualmente de este autor Marx’s political Economy of the Working Class (2003) y The Contradiction of Real Socialism: the Conductor and the Conducted (2012) y aquí

02/11/2017

Caherine Samary, economista especializada en los Balcanes, profesora de la Universidad Paris Dauphine, pertenece al consejo científico de ATTAC Francia y miembro de la IV Internacional. http://csamary.free.fr

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