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dimarts 10 d’octubre de 2017 | Manuel
EEUU: Nuestra alternativa al odio

Obrero Socialista

LA INSPIRADORA y masiva muestra de solidaridad en las calles de Boston contra los supremacistas blancos y su defensor en la Casa Blanca este 19 de agosto dio expresión no solamente a la generalizada repugnancia que bulle contra los matones racistas, sino también a un hambre por justicia social y liberación colectiva.

Y para este fin de semana, hay programadas manifestaciones de solidaridad contra el odio racista en todo el país, en lo que los organizadores antifascistas esperan sea una masiva respuesta al plan de extrema derecha de reunirse en Berkeley, California, el 27 de agosto.

El inmediato llamado a la acción que llevó a unas 25 mil personas a las calles de Boston fue, por supuesto, el asesinato de la activista Heather Heyer en Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto por un neo-nazi que utilizó su carro para matar y mutilar a tantos manifestantes antirracistas como le hubiese sido posible.

Los nazis llegaron a Charlottesville listos y dispuestos a matar. Estaban particularmente deseosos de atacar a los activistas de la izquierda. Esto encaja con su retorcida aserción de estar defendiendo su propio derecho a hablar y disentir, mientras se lo quitan a los demás.

Su fachada quedó expuesta en Charlottesville, donde todo el que tiene ojos pudo ver que fueron los fascistas instigadores y agresores de actos violentos; todo el mundo, excepto Donald Trump, que alabó a la "gente buena" en las filas de los nazis y el Klan y denunció la violencia de "varios lados".

La simpatía de Trump por los supremacistas blancos sorprendió a una clase dominante que ha tenido dificultades en contenerlo para conducirlo sin más distracciones hacia políticas pro-capitalistas en las que están de acuerdo, como un profundo recorte de impuestos para las corporaciones y los ricos.

Pero la idea de que el hombre más poderoso del mundo sea un apologista para asesinos fascistas finalmente obligó incluso a los gerentes corporativos más oportunistas a renunciar a sus nombramientos a las comisiones de la Casa Blanca.

Un editorial del New York Times parece una llamado a la acción para la clase dominante:

Desde los años treinta, no ha sido un desafío para un líder estadounidense denunciar el nazismo...[Trump] optó por montar una defensa de los supremacistas blancos que plantea, como nunca antes, profundas dudas sobre su brújula moral, su entendimiento de los deberes de su oficina y su aptitud para ocuparla...

La pregunta más esencial para los partidarios del Sr. Trump que permanecen no es política, sino moral. Se trata de si seguir, o no, un liderazgo que, al amparar extremistas, está alienando a la mayor parte del país.

EL REINADO de Trump en la Casa Blanca puede parecer cada vez más desquiciado, pero hay un peligro real que no puede ser ignorado.

Si los fascistas, como David Duke, pueden afirmar que el rally ultraderechista en Charlottesville fue para hacer "cumplir las promesas de Donald Trump", es porque Trump fusionó falsas promesas de empleos y seguridad económica para los trabajadores (blancos, por cierto) con el racismo hacia las personas de color, en general, y a los inmigrantes, en particular.

Para los nazis, como el denominado Partido Obrero Tradicionalista, se trata de una apertura para promover el fascismo con una agenda pseudo-laboral en regiones económicamente devastadas, como las ciudades y pueblos en los Apalaches y en el Corredor Industrial del Medio Oeste, hace mucho abandonados por la industria.

Y no son sólo Trump y los republicanos quienes preparan el escenario para el surgimiento de la extrema derecha. El Partido Democrático también monta guardia sobre un estatus quo de desigualdad social, inseguridad económica, degradación ambiental, guerra sin fin y opresión sexista, racista y xenófoba. Y en sus momentos más cándidos, los demócratas lo admiten.

En 2009, unas semanas después de asumir el cargo durante la peor crisis financiera desde la década de 1930, el presidente Barack Obama convocó a los principales banqueros de la nación a una reunión en la Casa Blanca, donde les dijo: "Mi administración es la única cosa entre Uds. y los picos y las palas".

Bajo su administración, Wall Street fue rescatado con 16.8 billones de dólares, según un estimado de la revista de negocios Forbes. Mientras tanto, la crisis hipotecaria costó a millones de dueños de casa sus hogares o sus ahorros vinculados al precio de la vivienda, mientras que el desempleo se disparó al 10 por ciento.

El masivo encarcelamiento de afroamericanos, puesta a toda marcha por la administración Clinton en la década de 1990, continuó. Más inmigrantes fueron deportados bajo Obama que cualquier otro presidente en la historia de Estados Unidos. Y, el derecho al aborto continuó siendo reducido.

Los salarios disminuyeron, y se mantuvieron pegados al piso, incluso después de que los empleos volvieran. El débil programa de estímulo económico de Obama no logró recuperar los empleos en la manufactura en las ciudades del Corredor Industrial, la columna vertebral del Partido Democrático.

El logro legislativo de Obama—su ley de salud, conocida como Obamacare—dejó a millones de personas a merced de compañías de seguros con fines de lucro. Incluso los republicanos, sin alternativa que ofrecer al desastroso estatus quo, pudieron magnificar su voz atacando a Obamacare.

Todo esto creó las condiciones para que Trump se presentara como un político pro-trabajador, mientras que Hillary Clinton corrió como la candidata del estatus quo, fuente del generalizado descontento.

La ira contra el sistema no sólo fluyó hacia Trump y la derecha. La campaña electoral del año pasado fue testigo de un apoyo sin precedentes a un candidato presidencial abiertamente socialista, Bernie Sanders. El senador de Vermont hizo campaña en la necesidad de un plan nacional de salud, Medicare para todos, y un estado de bienestar social fortalecido, ganando más de 13 millones de votos.

Pero Sanders abandonó su independencia del Partido Democrático, en un momento en que más que nunca los demócratas se hacían más serviles a las corporaciones.

La victoria de Trump no ha cambiado esa dinámica para los demócratas. El líder de la minoría del Senado Chuck Schumer es una voz de Wall Street en Washington, tanto como Gary Cohn, el ex ejecutivo de Goldman Sachs, que dirige el Consejo Económico Nacional de Trump.

Los demócratas del Congreso se han opuesto a los ataques más publicitados de Trump. Pero en lugar de organizar una resistencia más activa, en su mayor parte, se han contentado con esperar que Trump y los republicanos colapsen, para poder volver a emerger como el partido favorito de la Gran Burguesía.

Ese es precisamente la estrategia que condujo a la derrota de Hillary Clinton, al surgimiento de Trump y el populismo de derecha, y con ello, al crecimiento de la derecha nazi.

MIENTRAS LOS demócratas no tienen solución alguna para las condiciones que dieron lugar a Trump y la extrema derecha, la determinación de los antirracistas en Charlottesville frente a la violencia fascista y la inspiradora acción de masas en Boston apuntan hacia una alternativa.

Construir una resistencia exitosa y sostenida a la amenaza fascista requerirá no sólo grandes números en las calles, sino también un programa progresista que habla de las condiciones económicas y sociales que permiten a los supremacistas blancos y los nazis obtener una audiencia.

Hemos visto elementos de este programa surgir de la lucha misma, en los últimos años, aquí en Estados Unidos: el levantamiento laboral de Wisconsin y el Movimiento Ocupa en 2011, y las protestas de Las Vidas Negras Cuentan de 2015-16, por nombrar algunos. El año pasado, la huelga en Verizon y la campaña de Lucha por 15 para elevar el salario mínimo apuntan hacia el poder colectivo de los trabajadores, el que puede ser dirigido contra ambos, Trump y la extrema derecha.

Con los republicanos intentando saquear los programas federales de la atención de la salud para dar más feriados fiscales a los ricos, y los demócratas ofreciendo nada más que una oposición retórica, la izquierda necesita intensificar su organización para obtener reformas que benefician a los trabajadores, como Medicare para todos, al mismo tiempo que defender a los inmigrantes y el derecho al aborto.

No solo tenemos que oponernos al Klan y los nazis en su campaña terrorista contra comunidades de color, sino también debemos movilizarnos contra la violencia policial racista, que ha recibido luz verde del propio Trump y su Fiscal General, Jeff Sessions.

Mientras que los gerentes corporativos pueden criticar a Trump por su retórica de derecha, podemos esperar que en silencio alienten muchas de sus políticas, desde la eliminación de regulaciones, hasta el nombramiento de figuras antisindicales a la Junta Nacional de Relaciones Laborales. Confrontar a Trump significa desafiar a las corporaciones también.

Construir organizaciones con poder de movilización desde la izquierda es la manera más efectiva de enfrentar y desafiar los avances de la derecha en todas sus formas. Tenemos que ser capaces de realizar acciones que dependan de nuestra mayor fortaleza (somos muchos, y ellos son pocos). Y tenemos que proponer una alternativa socialista basada en la solidaridad y la democracia, para contrarrestar la desesperación y la decepción que alimentan a la derecha.

Habrá muchas, difíciles batallas. La violenta extrema derecha no desaparecerá, sino buscará más confrontaciones para construir bandas de asesinos racistas. Los patrones pueden estar dispuestos a reducir sus pérdidas con Trump, pero seguirán implacablemente opuestos a los derechos laborales. Los políticos, tanto demócratas como republicanos, seguirán tomando sus órdenes de los ejecutivos empresariales, a menos que alguna otra fuerza los presione a hacer concesiones.

La clase obrera debe buscar en si misma la solución. Pero el aumento de la protesta en respuesta a Charlottesville muestra el potencial para movilizar una resistencia que puede luchar y ganar.

30/8/2017

socialistworker


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