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dissabte 12 d’agost de 2017 | Manuel
Aclaración sobre un pasaje de Rosa Luxemburgo: la entrada de un socialista a un gobierno burgués no transforma al gobierno en socialista, sino al socialista en ministro burgués.

Rolando Astarita

En la nota anterior, dedicada a la entrada de un ministro “marxista” en el gobierno K, cité un pasaje de Rosa Luxemburgo que me había enviado un lector (a propósito de la participación de los socialistas en los municipios, aquí). Allí Rosa Luxemburgo sostiene que la entrada de un socialista a un gobierno burgués no transforma al gobierno en socialista, sino al socialista en ministro burgués. El mismo pasaje es citado hoy por Diego Rojas en una nota titulada “Kicillof, el marxista impostor”, aparecida en Infobae, y cuya referencia también se me envió a “Comentarios” (aquí).

Lamentablemente, Diego Rojas contextualiza el texto de Rosa Luxemburgo de manera que parece contemporáneo de las discusiones de los revolucionarios rusos acerca de la participación en el Gobierno surgido de la revolución de Febrero de 1917. La realidad es que Rosa Luxemburgo escribió el pasaje en cuestión casi dos décadas antes. Dado el interés que ha despertado, en esta breve entrada lo ubico en el contexto de ideas en que es presentado. La traducción es mía, la realicé del inglés, corrigiéndola parcialmente con la alemana (que también me acercó amablemente otro lector).

Como único comentario introductorio, subrayo la perspectiva crítica y radical de Rosa Luxemburgo contenida en el texto. Es que la gran revolucionaria no cuestiona la participación de los socialistas en un gobierno burgués a partir de si deberán tomar tal o cual medida puntualmente regresiva, o represiva. Por el contrario, incluso admitiendo que el ministro “socialista” logre algunas reformas sociales, Rosa Luxemburgo considera que las mismas necesariamente tendrán un carácter burgués, en la medida en que no han sido obtenidas por la lucha de clases.

Esto se debe a que la naturaleza de la participación “socialista” en el gobierno burgués está definida por la función y el rol de conjunto del Estado, y su relación con la lucha de clases. Para “bajarlo” a tierra, el carácter de la participación no está determinado por si el ministro “socialista” devalúa o aprecia la moneda; por si concede un punto más o menos de aumento salarial; o por si adecua a la inflación una asignación social. Los reformistas “ad usum” son muy afectos a este tipo de cálculos, de manera que la política para ellos se resuelve en una aritmética de más y de menos. Desde el enfoque defendido por Rosa Luxemburgo, en cambio, la participación socialista en los gobiernos burgueses se rechaza debido al carácter de clase del gobierno y del Estado en la sociedad capitalista. En mi opinión, esta posición se relaciona con lo que era el eje de la izquierda socialista de la Segunda Internacional, la independencia de clase. La clase obrera debía ser independiente no sólo de los partidos burgueses, o pequeño burgueses, sino también del Estado, y en todas las formas. Esto sin importar si tal o cual ministro, o tal o cual gobierno, concedía alguna mejora mayor o menor (como decía Marx, después de todo no criticamos al régimen esclavista porque no alimenta bien a sus esclavos, sino porque es esclavista).

Sin más preámbulos, aquí va entonces el pasaje que está en el texto “The Dreyfus Affair and the Millerand Case”, de 1899.

El único método con la ayuda del cual podemos obtener la realización del socialismo es la lucha de clases. Podemos y debemos penetrar en todas las instituciones de la sociedad burguesa y poner en uso todos los eventos que ocurren allí y que nos permiten avanzar en la lucha de clases. Es desde este punto de vista que la participación de los socialistas fue impuesta como una medida de preservación. Pero es precisamente desde este mismo punto de vista que la participación en el poder burgués parece contraindicada, ya que la misma naturaleza del gobierno burgués excluye la posibilidad de la lucha de clases socialista. No es que nosotros, como socialistas, temamos los peligros y dificultades de la actividad ministerial. No retrocederemos ante ningún peligro o dificultad que estén vinculadas a un puesto en el que nos coloquen los intereses del proletariado. Pero un ministerio no es, en general, un terreno de lucha para un partido de la lucha de clases proletaria. La esencia de un gobierno burgués no está determinada por el carácter personal de sus miembros, sino por su función orgánica en la sociedad burguesa. El gobierno del Estado moderno es, de acuerdo a su naturaleza, un instrumento de la dominación de clase, cuyo funcionamiento regular constituye una de las condiciones de la existencia del Estado de clase. Con la entrada de un socialista en el gobierno, continúa la dominación de clase; el gobierno no se transforma en socialista, sino un socialista se transforma en ministro burgués. Las reformas sociales que puede realizar un ministro que es amigo de los trabajadores no tienen nada, en sí mismas, de socialistas; son socialistas sólo en la medida en que son obtenidas por la lucha de clases. Las reformas que provienen de un ministro no pueden tener un carácter de clase proletario, sino burgués, pues el ministro las vincula, a través del cargo que ocupa, con su responsabilidad por todas las otras funciones del gobierno, como el militarismo y similares. Mientras que en el Parlamento y en la municipalidad logramos reformas útiles combatiendo al gobierno burgués, siendo responsables de un ministerio solo podemos obtener esas reformas en tanto apuntalemos al Estado burgués. Por lo tanto, la entrada de un socialista en un gobierno burgués no es, como se piensa, una conquista parcial del Estado burgués por los socialistas, sino una conquista parcial del partido socialista por el Estado burgués”. (Traducido desde aquí).

rolandoastarita

+ Info:

Rosa Luxemburgo y el control obrero. Rosa Luxemburgo critica la propuesta de Conrad Schimdt, un dirigente del ala de la socialdemocracia, vinculado a Bernstein. Según Schmidt (citado por Rosa Luxemburgo), las luchas políticas y sociales a favor de reformas posibilitarían un control social cada vez más amplio “sobre las condiciones de producción”, y por medio de leyes “se limitarían los derechos de la propiedad capitalista, convirtiendo a ésta poco a poco en simple administradora”. Así, junto a una gradual democratización política del Estado, se llegaría a una implantación también gradual del socialismo.


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