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Anticapitalistes
  
dimecres 19 de juliol de 2017 | Manuel
Referéndum catalán 1 de octubre: Cartas cruzadas

Paul Llonch, Alberto Garzón, Josep Maria Antentas

A continuación publicamos tres cartas cruzadas en el diario Público de Paul Llonch, Alberto Garzón y Josep María Antentas en torno al referéndum del 1 de octubre. Viento Sur

Una brizna de concreta realidad (carta a Alberto Garzón)

Pau Llonch

Apreciado Alberto Garzón:

Permíteme empezar por lo más importante: me cuento entre los muchos que te admiramos y te hemos leído a menudo. Descubrí tu fulgor teórico en 2014, en un artículo sobre teoría de las crisis en el capitalismo desde la economía heterodoxa, y celebré entonces como tantos otros que una de las figuras que —desde el desconocimiento— podía parecer meramente mediática, surgida del 15-M, fuese en realidad mucho más que alguien cabreado que había sabido utilizar con acierto las redes sociales: un marxista, un materialista sin reparos a considerarse a sí mismo como comunista. Qué gran noticia entonces. Y qué colosal decepción esta semana, al leer tu posición sobre el proceso democrático catalán. La tuya y la de tu partido.

Recientemente tuvimos un breve intercambio de impresiones sobre el referéndum de autodeterminación del 1 de octubre por las redes. Sin ahondar, en síntesis: empecé recomendándote un buen artículo de Jaime Pastor, a lo que contestaste que no necesitabas leerlo porque conocías los argumentos; seguí con un fragmento canónico de Lenin defendiendo el derecho de autodeterminación, a lo que respondiste que eso eran “sagradas escrituras” y que tú eras —¡Qué bien coincidir también en eso!— más del “análisis concreto de la realidad concreta”. Hechos:

1. Empecemos por las clases, claro. La burguesía catalana en su práctica totalidad es contraria al ejercicio del derecho de autodeterminación, al referéndum de octubre y (eso es menos importante) a la independencia. Seguro que muchos jóvenes han aprendido contigo la necesidad de abordar el análisis de clases de forma compleja. Has demostrado saber hacerlo recientemente (aquí) en lo que concierne al Estado, como tan magistralmente hizo también Marx en el Brumario. Me enorgullece reconocer que utilicé de fuente tu clasificación en siete clases de la sociedades capitalistas modernas en la triste carrera de Economía. Pues bien, ¿dónde queda esa complejidad cuando calificas el referéndum con “ir con los pujoles”? Realidad concreta: En Catalunya, el Círculo de Economía, Fomento de Trabajo, La Caixa, el Banco de Sabadell, La Vanguardia… nadie relevante de las tres primeras fracciones de la burguesía que describes en tu artículo (capitalistas parasitarios, de capital ficticio y proveedores de fondos) apoya el proceso democrático catalán, y solamente una parte de los capitalistas activos —parte la pequeña y mediana burguesía— lo apoya. Se trata indudablemente de un movimiento nacional-popular, que es interclasista como ocurre siempre en todas las revoluciones democráticas realmente existentes, como señalan con acierto tus camaradas catalanes (aquí). En el ámbito político, sólo una fracción de la derecha catalana dentro del menguante PDeCAT lo aprueba sin matices, la otra —por cierto— fue desmochada por 1 515 galos en una asamblea de la CUP; sin embargo, desde organizaciones libertarias como Embat, pasando por Revolta Global y la izquierda socialista de liberación nacional hasta la socialdemocracia (cada vez más socioliberal en Catalunya, eso sí) de ERC, apoyan el referéndum sin matices.

2. Defendemos potencialidades concretas, tú alternativas abstractas. Ya que exiges análisis concretos, existe una alternativa en el ámbito estrictamente institucional con posibilidades de ser hegemónica en una República Catalana: es la suma de Catalunya en Comú, ERC y la CUP. Fíjate que hasta podríamos permitirnos dejar al margen al PSC-PSOE, a diferencia de lo que puede plantearse a nivel de Estado. Eso no garantiza la eventual construcción del socialismo en Catalunya, claro, porque eso dependerá como siempre más de lo que ocurra en la calle que en las instituciones, pero ofrece una oportunidad (muy concreta) para seguir combatiendo por las alternativas posibles en la actual fase de reestructuración capitalista post-crisis, sin al menos unas instituciones totalmente antagonistas, en una disputa entre la socialdemocracia honesta (CeC y ERC) y el socialismo (CUP), que podría ser ejemplo para muchos pueblos del Estado y del continente.

Recuerdo que Jaume Asens y algún otro compañero que ahora gobierna en el Ayuntamiento de Barcelona defendían en su día el “asalto” institucional como un posible ejemplo para otras grandes ciudades de Europa. Es incomprensible por qué esta eventual y posible alianza que planteo, excepcional en todo el Estado, no puede servir también para eso: de ejemplo. En una Europa plagada de xenofobia y fascismo. Más cuando la alternativa que ofreces es esa tan abstracta defensa del derecho de autodeterminación que pasa por reformar una Constitución que, a la luz de las encuestas recientes, se presenta como un escenario sólo imaginable a décadas vista. Y lo más importante: cómo te ha recordado tu camarada en IU Alberto Arregui, nada tiene que ver con autodeterminarse algo que depende del permiso de Rajoy o el Estado, o de la aquiescencia tuya o de Pablo Iglesias. Eso es heteronomía y dependencia pura y dura. ¿Quién es ahora más concreto? ¿Quién más abstracto?

3. El carril central del movimiento soberanista aspira a la conquista de derechos sociales y políticos, y los elementos chovinistas e identitarios son completamente residuales. Supongo que cuesta entenderlo, pero la hegemonía en este país ha ido virando lentamente a la izquierda desde el inicio del proceso, si uno atiende a la realidad de los hechos y los discursos en la calle y el Parlament y no a los prejuicios de la izquierda jacobina española. Sobran los ejemplos: hasta el mismo Puigdemont afirmó ayer en el Parlament no haber utilizado jamás la funesta expresión “España nos roba”, desterrada del imaginario y argumentario mayoritario colectivo; la entidad soberanista de referencia en esta fase (Òmnium) ha presentado recientemente una campaña llamada Libres (de exclusión, de pobreza y de desigualdad) ideada por nuestra estimado David Fernández (anticapitalista y diputado mejor valorado de la pasada legislatura, hecho curioso en un país supuestamente engañado por las élites burguesas convergentes) de la mano de todo el tejido cooperativista vinculado a la principal banca ética y cooperativa del país.

Sigo: aunque tumbada la mayoría por el Tribunal Constitucional, el Parlamento catalán se ha visto obligado, por el sentido común de nuestra época en Catalunya —un zeitgeist, verás, nada derechista— a aprobar leyes contra los desahucios, por la dación en pago, por una (insuficiente, sí) Renta Garantizada de Ciudadanía o por el cierre de los CIE, ha prohibido las balas de goma y ha anulado todos los juicios franquistas que afectaron a 66.000 personas. ¿Te imaginas esas mayorías políticas para legislar eso, aunque sea muy insuficiente aún, en el Estado español? Yo tampoco. Te parece lo bastante concreto, el análisis?

4. No hay alternativa a la resolución democrática de este conflicto, y no hay resolución democrática posible en el seno del Reino de España. Tres pilares fundamentaron la Constitución del 78: el capitalismo como modo de producción, el sistema monárquico y la negación del derecho de autodeterminación de los pueblos del Estado. Después de 18 peticiones formales para celebrar este referéndum, después de siete años de movilizaciones masivas sostenidas, después de haber reconducido —desde el sentido común de la CUP— la absurda hoja de ruta del bloque de Junts pel Sí hasta consolidar el referéndum de octubre como punto de encuentro y solución, no existe alternativa alguna al ejercicio de nuestro inalienable derecho de autodeterminación en base a nuestra capacidad de resistencia y lucha. Tampoco existe forma alguna de ser realmente federalista en este Estado autoritario que no implique ser primero independentista; como dice nuestro querido David Fernández, si no existe una vía democrática a la independencia, habrá una vía independentista a la democracia para todos los pueblos del Estado. Es ese análisis materialista el que nos lleva a muchos no nacionalistas a luchar por este referéndum y a solicitar (posteriormente) el voto por el sí. No te quepa duda que si el veredicto popular es contrario a la independencia, vamos a seguir apoyando a gente como tú en tu empeño a reformar este Estado de podredumbre que es España. Sólo exigimos reciprocidad.

5. La izquierda debe exigir garantías, sí. Pero al Estado. Lo más esperpéntico de la posición que mantiene IU es que reivindicáis un referéndum pactado y con todas las garantías pero las exigís al Gobierno de la Generalitat y a la mayoría social catalana que pretende autodeterminarse y no al Estado demofóbico que las impide. Olvidando, además, que toda revolución democrática se construye contra la ley, y no conforme a ella.

6. El referéndum tiene una capacidad clarificadora incuestionable que es urgente activar. Ese argumento, por cierto, es de tu camarada Manuel Delgado, de Comunistas de Catalunya, no mío. Clarifica porque precisamente rompe con las divisiones antinaturales de clase que impone el no reconocimiento del derecho de autodeterminación en el Estado. Muchos anhelamos un proceso constituyente precisamente para seguir disputando, con más vigor y sin velos nacionales, la hegemonía a la burguesía de nuestro país. Que el liderazgo en el ámbito institucional en esta fase del proceso de autodeterminación siga en manos del PDeCAT es responsabilidad de todos, pero sobretodo de una izquierda extraviada en su naufragio tacticista, electoralista e idealista, que podría estar liderándolo sin muchos problemas.

Termino. El marxista Kevin B. Anderson, en Marx en los márgenes, afirma que el internacionalismo de Marx no era abstracto sino muy concreto, y su apoyo a la emancipación de irlandeses y polacos son buena muestra de ello. Ojalá empieces a aplicar el rigor que te distingue en Economía Política para analizar la llamada cuestión nacional, siempre compleja, resultado de procesos históricos y que afecta a las relaciones entre las clases sociales, no vaya a ser que por no ascender ese camino a menudo pesado de lo abstracto a lo concreto que exige nuestro método vaya a acontecerse una revolución democrática en tus narices mientras sigues repitiendo “¡Pujol! ¡Pujol!, ¡Pujol!…” en un eterno y trágico balbuceo.

14/07/2017

Pau Llonch, Miembro del Seminari de Economía Crítica Taifa y militante de la PAH y la CUP


La abstracta independencia de Cataluña: respuesta a Pau Llonch

Alberto Garzón

¿Por qué razón –se preguntó el señor K– me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista” (Bertolt Brecht)

Recientemente, el compañero Pau Llonch, militante de las CUP y miembro del Seminari de Economía Crítica Taifa, ha escrito una misiva pública dirigida a mi persona con objeto de debatir la llamada cuestión catalana. El origen de la disputa pública se encuentra en el posicionamiento público de IU de no participar en el referéndum que tendrá lugar el 1 de Octubre, algo que Pau Llonch considera una "colosal decepción". Procedo a valorar sus argumentos.

En primer lugar, sobre las citas de autoridad. En el marco de la discusión original en redes, Llonch me citó una posición de Lenin sobre el derecho de autodeterminación que, de aceptarse tal cual, pondría de manifiesto que aquellas personas pertenecientes a la escuela marxista tendrían que apoyar los deseos de independencia de cualquier pueblo. Eso sería así siempre que se cumplieran dos precondiciones: que existiera tal cosa como una escuela marxista, homogénea y atemporal, y que la interpretación de Lenin fuera la canónica. En mi caso, siempre he sido renuente a leer a los clásicos como si fueran portadores de la verdad y a sus textos como si fueran escrituras sagradas. De ahí que recurriera, paradójicamente, a la definición de marxismo que hizo el propio Lenin: “análisis concreto de la realidad concreta”. Sobre esta cuestión mi opinión es coincidente con la de uno de los mejores marxistas que hemos tenido, Francisco Fernández Buey, quien recomendó leer a los clásicos no a la búsqueda de la cita interesada sino como inspiradores de una plural y heterogénea tradición política, siempre abierta al contexto y al momento histórico. De lo contrario corremos el riesgo de interpretar la cita de Marx que encabeza el artículo de Llonch, así como su posición sobre Escocia o Irlanda, como si no estuviera inscrita en un singular contexto histórico. Y la realidad es que nuestros clásicos también tenían contradicciones. ¿Quién no recuerda la posición de Marx sobre la brutal colonización de la India por Inglaterra, país este último al que otorgó nada más y nada menos que la definición de "instrumento inconsciente de la historia"? Nuestro querido viejo Engels justificó también la "guerra de conquista" llevada a cabo por los estadounidenses contra los mexicanos preguntándose retóricamente si acaso era "una desgracia que la soberbia California sea arrebatada a los holgazanes mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?". Y qué decir de la II Internacional, internacionalista de boquilla en términos europeos y colonialista a tiempos iguales, y que en su V Congreso reconoció "el derecho de los habitantes de los países civilizados a establecerse en países cuya población se halla en estadios inferiores de desarrollo". En suma, mejor el análisis concreto de la situación concreta que la lectura escolástica del marxismo.

En segundo lugar, sobre el método. Llonch acusa a mi análisis de quedarse en la abstracción, a diferencia del suyo que estaría interpelando a realidades concretas. En breve, lo que él arguye es que yo defiendo el no a la independencia a partir de un hilo deductivo que excluye el detalle, algo que determina fatalmente el resultado. Por ejemplo, yo estaría hablando de la burguesía pero sin profundizar en sus divisiones. Pero esta es una percepción errónea de mi forma de trabajar. No en vano, ambos –y todos- utilizamos categorías abstractas (clase, nación, partido, burguesía, independencia…) que se construyen inspiradas por una determinada concepción del mundo, que además, dicho sea de paso, en este caso es prima hermana la una de la otra. Lo que cambia es el peso explicativo que se otorgan a las diferentes categorías y la forma de articularse entre ellas. Llonch no habla de realidades más concretas sino que articula de forma diferente sus categorías abstractas. Otra cosa es, y me temo que aquí está la confusión, que él otorgue a la estrategia independentista una esperanza materializable más a corto plazo, en comparación que cualquier otra. En efecto, él llega a decir que la estrategia independentista es una “potencialidad concreta” mientras que la nuestra, teóricamente, es una “alternativa abstracta”. Esto es una hipótesis legítima pero no tiene nada que ver con el método analítico. En definitiva, no se trata de que mis análisis sean más abstractos y los de Llonch no lo sean; se trata de que nuestras perspectivas e instrumentos de análisis difieren, y con ello las conclusiones políticas.

En tercer lugar, hablemos de la categoría nación. Como materialista no dogmático que soy, parto de la base de que las naciones son construcciones sociales. O, como explica el historiador marxista Benedict Anderson, son comunidades imaginadas. Ser español, ser catalán o ser francés es parte del ámbito de las creencias, las cuales se crean y desarrollan históricamente. Circunstancias externas históricas y contingentes y desarrollos personales vitales están implicados en la consolidación o destrucción de esas mismas creencias. Pero sobre las creencias no se hace ciencia, sino política. Por lo tanto yo no discuto a quien se siente catalán o español sobre la base del sentido objetivo que eso tendría, sino sobre su capacidad de mediación respecto a los objetivos, sean éstos el socialismo o la simple mejora de las condiciones de vida. Por eso es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco. El nacionalismo imperialista de la Alemania de 1914 o el nacionalcatolicismo de la España franquista son incomparables con el nacionalismo de liberación nacional de los pueblos latinoamericanos o el de las luchas anticoloniales de mediados del siglo pasado. De este argumento podemos obtener una primera conclusión: el derecho de autodeterminación no es un fin en sí mismo. Ser independentista, a mi juicio, tampoco. Depende de la realidad concreta.

En cuarto lugar, los pueblos también son construcciones sociales. Esto quiere decir que su reconocimiento como existencia es un acto político. Un acto que ha de estar fundamentado. Yo, por ejemplo, reconozco al pueblo catalán. Un pueblo con instituciones propias –lengua, cultura, normas, etc.– cuyas raíces que se encuentran, por cierto, más allá de 1713; y si no, que le hubieran preguntado a Felipe IV a mitad del siglo XVII. El pueblo catalán se ha ido construyendo a partir de, como decía, trayectorias históricas. Sin duda, el hecho de que en España gobernara durante tanto tiempo la dinastía de los Austrias y no la de los Borbones influyó de forma notoria en el desarrollo del pueblo catalán. Pero en este punto cabe recordar que la burguesía es responsable de construir el Estado, pero no de construir los pueblos. Hay un pueblo catalán de los de abajo y hay un pueblo catalán de los de arriba; hay un pueblo que se referencia más en la semana trágica de 1909 o en la defensa de Barcelona durante la guerra civil que en el espíritu de Francisco Cambó, por ejemplo.

En quinto lugar, el reconocimiento del derecho de autodeterminación es un principio básico para los marxistas. Como decía Manuel Sacristán, "ningún problema nacional tiene solución si no parte de una situación de autodeterminación". Aunque los pueblos y naciones sean construcciones sociales, operan en la realidad como si fueran entes objetivos y en consecuencia sus actividades producen efectos reales. Cuando los pueblos entran en conflicto entre sí, cualesquiera que sean las causas, la única vía de resolución habría de ser el diálogo y la negociación. Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos. He aquí la vena libertaria que subyace a todo planteamiento que conduce a la expresión "los proletarios no tienen patria". Cabe, por el contrario, ser conscientes de que es posible abrir cauces institucionales para resolver el conflicto real. El mejor cauce institucional es el reconocimiento del derecho de autodeterminación, lo que implica que cualquier proceso de diálogo entre pueblos –obsérvese que hablo de pueblos, y no de Rajoy- ha de incorporar ese mecanismo específico.

En sexto lugar, es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal. Dado que el derecho a autodeterminación no está fundado en la creencia de que un pueblo cualquiera ha de ser independiente, sino en principios democráticos y prácticos como los precedentes, es compatible con defender un Estado federal. Esto no es otra cosa que defender la convivencia entre los pueblos en el marco de unas instituciones comunes, idealmente fundadas en principios de fraternidad y autogobierno. Esa fraternidad, como explica de forma genial Antoni Domenech, procede de la tradición republicano-socialista y es la que inspira, entre otras cosas, el internacionalismo. Un Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa. Y también posible.

En séptimo lugar, ¿es posible no ser independentista antes? Lo que plantea Llonch es que dada la realidad de un Estado autoritario en España, es imposible ser federalista sin ser antes independentista. Algo así como: me gustaría ser federalista pero no me dejan. Este argumento tiene una parte de verdad, y es la que se refiere al carácter obcecado y autoritario del Estado español y de sus dos principales partidos, PP y PSOE. Su posición política ha cercenado las posibilidades de habilitar, hasta ahora, cauces institucionales adecuados –como el referéndum–. Pero el crecimiento del voto independentista en los últimos años no obedece únicamente a esta causa. Hay, de forma notable, una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente. La derecha catalana fue la primera en ver que las banderas son cobijos interesantes en tiempos de crisis. Aunque ahora no se destile el corpus argumental del "España nos roba" –cómo iba a hacerlo, con argumento tan necio–, hay sin duda un trasfondo económico, espoleado por la propia derecha catalana, que entiende como lastre la mera existencia de nexos con zonas menos desarrolladas del Estado. Aun así, la cuestión sigue vigente: ¿es posible ser federalista en Cataluña? A tenor de la pregunta del 1-O, desde luego que no. Esto es llamativo, pues de hecho es una diferencia con el 9-N. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista, española o catalana, el 1 de octubre? Sencillamente, no puede. Dicho de otra forma: el marco constituido por los promotores del 1-O hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. En suma, el proceso carece de las garantías suficientes.

En octavo lugar, las garantías van más allá de la legalidad. Cuando decimos que el proceso no tiene garantías no nos referimos a su legalidad, cómo si acaso nos pareciera prioritario el respeto al Régimen del 78, sino a su utilidad como mecanismo de resolución del conflicto. No es sólo que la opción federalista esté neutralizada, cosa destacable, sino que además en tanto que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada. Las disputas en el seno del Govern, vinculadas al cómo hacer el referéndum, parece abundar en esta idea: pocos se creen que esto vaya a ser útil. En todo caso es una demostración de fuerza, legítima, pero inservible. La garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O. Aquellas personas que, compartiendo mis tesis, quieran votar por la ruptura con el Régimen del 78 sin votar por la independencia tienen que tener su espacio propio; y eso no sucede actualmente.

En noveno lugar, no es buena idea subestimar la fuerza de la burguesía catalana. Es verdad que una parte considerable de la burguesía catalana no parece apoyar la independencia, y es verdad que las tensiones han llegado a la antigua Convergencia y al nuevo PDeCAT. Pero se me hace difícil asumir que la burguesía catalana es tan torpe y mala que ha regalado a las fuerzas subalternas catalanas el control del proceso. Llonch nos recuerda cómo 1 515 militantes de las CUP consiguieron tumbar a Mas y quitarle de la primera fila en diciembre de 2015. Pero se olvida recordar que otros 1 515 militantes votaron a favor de la investidura de Mas, de tal modo que priorizaron la cuestión nacional a la de clase de una forma bastante significativa. Mi admirado Antonio Baños dimitió por la misma razón, porque él era partidario de mantener al líder de la derecha al timón. Y qué decir de ERC, que lleva varios años soportando –de apoyar– un Gobierno catalán al que las clases populares catalanas tienen que soportar –de sufrir­. Y es que, entre una cosa y otra, llevamos al menos cinco años viendo como la elite catalana sigue gobernando realmente Cataluña. Honestamente, con esta hoja de ruta no sé muy bien quién controla a quién. Por cierto, que haya una correlación de fuerzas que permita aprobar leyes antidesahucios, por ejemplo, es muy positivo. Pero no veo de qué manera eso justifica el independentismo. También hubo una ley antidesahucios en Navarra y en Andalucía y en todos los casos el Régimen del 78, Tribunal Constitucional mediante, las tumbó. A mí esto me invita a pensar más en el enemigo común que en la independencia de una parte.

En décimo lugar, ¿es el referéndum la mejor manera de romper con el Régimen? Eso parece insinuar Llonch y otras muchas personas, también en la izquierda española. A veces parte de esta argumentación se basa en alguna formulación del «cuanto peor, mejor», que yo no comparto. El problema es que, para empezar, incluso asumiendo que es la mejor manera de romper con el Régimen (cosa que no creo, pues el Régimen se constituye para defender un modo de producción y una estructura de poder que no tiene por qué alterarse por la mera existencia de más Estados), no es nuestra forma. Es decir, no controlamos ninguno de los parámetros de esa ruptura. Podría pasar cualquier cosa y no hay nada decidido de antemano. ¿Conseguirían las compañeras de la CUP gobernar un escenario post-independencia o sería la derecha catalana la que lo dirigiría? ¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español? La cita de Brecht con la que abro esta respuesta no es casual. Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles. Y encerrados en este dilema nos llegan los ecos de aquel fatídico 1914 en el que la socialdemocracia alemana y francesa, entre otras, traicionaron a su clase para defender a su nación; y lo hicieron enfrentando a los pueblos y a su propia clase. Yo prefiero pensar, en suma, en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar.

Hay algo más con lo que me gustaría terminar. El capitalismo lanza a las clases populares a competir unas con otras tanto en la esfera productiva como en otros espacios. Competimos por puestos de trabajo, por el acceso a los servicios, por el estatus social… Nuestros clásicos (Marx, Engels, Luxemburgo, Lenin, Gramsci…) sabían muy bien esto y entendieron que la clase social parte de un hecho objetivo –el lugar que se ocupa en la producción- pero que se construye también socialmente. Por eso se llamó "formación de clase" a los procesos de constitución de organizaciones tales como partidos, sindicatos, etc. Cuando nos organizamos hacemos algo más que coordinarnos: declaramos lo que tenemos en común frente a un sistema que nos divide. Así se construye un "nosotras" que evita una "guerra entre pobres", que es la situación normal en este sistema capitalista. "Proletarios del mundo, uníos" o "Hermanos proletarios, uníos" no sólo fueron consignas coyunturales de enorme dignidad, sino que expresaban el universal de una situación específica, la de los desposeídos y de la parte sufriente de la humanidad, como decía Fernández Buey, que lucha por emanciparse del reino de la necesidad… en todas partes del mundo. Este es mi enfoque, que parte de lo abstracto en su exposición y que cristaliza con análisis concretos. El de esta cuestión, es bien claro: derecho de autodeterminación y república federal. Y, también, socialismo apátrida.

Salud y República.

16/07/2017

Alberto Garzón, Diputado de Unidos Podemos y Coordinador Federal de IU


1 de octubre: terciando en el debate Llonch-Garzón

Josep Maria Antentas

El intercambio público epistolar entre Pau Llonch, militante de las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) catalanas, y Alberto Garzón, Coordinador Federal de Izquierda Unida, a propósito del referéndum sobre la independencia de Catalunya del próximo 1 de octubre constituye una grata y estimulante sorpresa. Animado por ella no he podido resistir auto-invitarme periféricamente en la discusión, esperando no entrometerme demasiado y, en especial, deseando no contrariar al compañero Garzón, de quien discrepo en lo fundamental de su posición ante el 1 de Octubre y del análisis de lo acontecido desde el 11 de Setiembre de 2012. De hecho, mi artículo es esencialmente una réplica a lo defendido por el Coordinador de IU, acompañada de algunas consideraciones sobre el proceso independentista catalán y la política de Unidos Podemos al respecto.

El debate entre Llonch y Garzón lleva imbuido una pugna paralela sobre cuestiones de método. No creo que la contraposición entre ambos sea tanto una diferente concepción de lo abstracto y lo concreto sino más bien la capacidad para leer políticamente, cuestión muy leninista por cierto, las consecuencias del movimiento independentista catalán. Es sobre esto en lo que voy a centrarme.

1. El proceso independentista. El movimiento que irrumpió masivamente el 11S de 2012 es fruto de una triple dinámica acumulativa: el legado reactivo al españolismo agresivo del segundo gobierno Aznar (2000-04), el consiguiente fracaso de la reforma del Estatut de autonomía culminada estrepitosamente con la sentencia del Tribunal Constitucional en julio de 2010, y el impacto de la crisis económica y el giro hacia las políticas duras de austeridad. Bajo el liderazgo de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), se configuró desde el comienzo como un movimiento democrático construido en torno a la consigna exclusiva de “independencia”, desconectándola de cualquier propuesta de cambio de modelo social y de crítica a las políticas de austeridad.

Su base social es interclasista pero escorada hacia las clases medias y la población joven y de mediana edad. La alta burguesía catalana, como afirma certeramente Llonch, ha estado opuesta al mismo desde el principio y entre bambalinas ha procurado hacerlo descarrilar o avanzar hacia ninguna parte. Las dudas de Garzón en este terreno no son pertinentes. Ello no quita constatar al mismo tiempo que buena parte de las clases populares catalanes no tienen al independentismo como horizonte de futuro y permanecen divididas al respecto. Igual que los segmentos activistas y militantes.

2. Falacias estratégicas y potencial democrático. El sentido común del independentismo mainstream se ha basado en la primacía de la cuestión nacional como marco de identidad compartida (“los catalanes tenemos que unirnos porque tenemos intereses comunes”) y en la primacía estratégica de poseer un Estado propio como palanca para decidir que modelo de país (“sin un Estado no puede hacerse nada”). Esta doble primacía, lo nacional y el Estado por encima de todo, se completó en el caso de los partidarios de un cambio de modelo económico por una cierta perspectiva etapista (“primero la independencia y luego ya nos pelearemos por lo demás”). Ello configuró un movimiento basado en fuertes y graves falacias estratégicas pero, a la vez, con un proyecto democrático que chocaba frontalmente con el marco institucional del Régimen de 1978. Para la izquierda contraria al capitalismo neoliberal, este es el punto de partida de todo análisis estratégico serio.

Garzón afirma certeramente que “hay una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente“. Ahí está la gran contradicción de la política catalana contemporánea: gran parte de las aspiraciones de vivir mejor se han encauzado hacia un proyecto concreto, la independencia, que en ningún caso las garantiza. Pero los límites de la propuesta independentista en sí y del proceso abierto en 2012 son más fáciles de señalar desde un compromiso democrático con el ejercicio al derecho a decidir y, ahora en lo concreto con el 1 de Octubre, que desde la distancia. Y a la vez, sus aporías no impiden reconocer su potencial democrático ni intentar profundizarlo hacia una pulsión constituyente que desborde definitivamente al PDeCAT. La mezcla de pasividad y rechazo ante el independentismo que emana la política de Unidos Podemos, y más sorpresivamente de Catalunya en Comú, no ayuda en nada a superar los límites del aquél ni en aprovechar su potencial.

3. Política de la CUP. Durante estos cinco años la CUP combinó su compromiso con el proceso independentista con la afirmación de un programa anticapitalista. Jugó sin embargo en demasía desde dentro del marco del procés sin poder conectar el contenido anticapitalista de su programa con una propuesta estratégica que, sin salirse del carril del proceso abierto en 2012, le permitiera también jugar por fuera y ayudar a redefinir algunos de los pilares del sentido común del independentismo mainstream. Sus dos errores más importantes, en parte retroalimentados, fueron, por un lado, no tener ninguna política unitaria hacia la izquierda no independentista partidaria del derecho a decidir en tres momentos decisivos: la irrupción de Procés Constituent desde abril de 2013, de Podemos en las elecciones europeas del 25 de Mayo de 2014, y de Guanyem (luego rebautizado como Barcelona en Comú) en junio del mismo año. De haberlo hecho el mapa de la izquierda catalana podría haber sido distinto. El segundo error fue avalar la secuencia 9N+elecciones plebiscitarias+desconexión en dieciocho meses, que fundamentalmente ha servido para prolongar artificialmente el papel dirigente del PDeCAT en la política catalana y dar un rodeo a ninguna parte durante tres años. Colocada en una difícil posición tras las elecciones del 27S de 2015, sorteó como pudo sus dificultades internas fruto de una línea política errónea, pero lo hizo con una verdadera exhibición de participación y democracia interna que contrastó brutalmente con los plebiscitos autoritarios a la Podemos. Después ha tenido un rol decisivo, como Llonch señala, en haber reconducido la irreal hoja de ruta post 27S hacia la vía del referéndum como catalizador democrático.

4. El régimen de 1978 y la dialéctica centro-periferia. Preocupado por el impacto en el conjunto del Estado del avance del proyecto independentista en Catalunya, Garzón se pregunta “¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español?”. No es posible dar una respuesta unívoca a esta pregunta crucial pero sí podemos afirmar que la tarea de la izquierda española es trabajar para el primer escenario, lo que implica combatir desde el comienzo al proyecto nacionalista español hegemónico y a la retórica reaccionaria. Cuanto más se ceda en el argumentario hegemónico y cuanto más se quiera pasar de puntillas sobre las cuestiones espinosas, más se prepara el terreno para que el PP y sus adláteres utilicen al independentismo catalán como distracción y chivo expiatorio de su propia falta de legitimidad.

Lo que está en juego es si las fuerzas de izquierda de ámbito estatal y de matriz federal/confederal y el independentismo catalán (y todos los independentismos “periféricos”) son capaces o no de articular una estrategia conjunta, desde el respeto por sus proyectos propios, contra los pilares y los bastiones del régimen de 1978 y el poder económico. O, si por el contrario, se combaten y se anulan entre sí. En suma, el desafío es trabar una compleja dialéctica centro-periferia que ni conciba las cosas desde el centro ni se encierre en una huida periférica. Dicha cuestión estratégica decisiva, por desgracia, ha brillado por su ausencia en los debates políticos posteriores a 2011 y 2012 y no ha parecido interesar demasiado ni a Podemos e Izquierda Unida, por un lado, ni a la CUP ni al independentismo mainstream, por el otro. En este panorama, Anticapitalistas es una sana excepción. Precisamente, el 1 de octubre ofrece una oportunidad concreta de empezar a explorar sendas de acción en común. La argumentación de Llonch tantea esta vía.

5. Nacionalismos. Aunque Garzón señala que “es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco”, el problema fundamental de su argumentación es que en la práctica tiende a equiparar la función contemporánea concreta del nacionalismo español y del catalán dominantes. “Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos” prosigue. En abstracto, por qué no. Abstractamente hablando podría ser imaginable una situación hegemonizada por un nacionalismo español democrático (y de izquierdas) y un nacionalismo catalán ultraconservador (reactivo por ejemplo a un proyecto de izquierdas mayoritario en el conjunto del Estado).

Pero ello no debería hacer olvidar dos cosas relacionadas entre sí: la primera, la distinción clásica entre nacionalismo de los dominados y los dominadores es una brújula política que suele funcionar como una buena guía para orientarse bien en el grueso de los casos de opresión nacional; segundo, la constatación de la diferente función del nacionalismo español y catalán dominantes en el terreno democrático. Se puede ser nacionalista catalán o no, pero forzoso es reconocer que éste no se ha construido sobre la base de negar los derechos democráticos a nadie, mientras que sí es el caso del nacionalismo español mayoritario, en su versión de derechas o de centro-izquierda.

Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles”, remacha Garzón en su argumentario. Por supuesto que la propaganda reaccionaria anti-independentista en muchos medios de comunicación ha contribuido a reforzar una nacionalismo español reaccionario. Pero esta afirmación olvida que la experiencia de padecer ambos nacionalismos es totalmente distinta para quienes reaccionan contra él debido a su misma naturaleza.

6. Independentismo y federalismo. Al desmarcarse del independentismo, Garzón recuerda correctamente que “es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal”. El problema estriba cuando, como señala Jaime Pastor al analizar la política de Unidos Podemos, de facto el derecho a la autodeterminación se concibe siempre ligado a una salida federal y se es muy renuente a reconocer el derecho a la separación como tal. Relacionado con esto hay dos problemas suplementarios en su planteamiento. Primero, aunque su federalismo es formalmente plurinacional, postulando un “Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa”, en realidad su concepción del federalismo parece más propia de un Estado uninacional. Segundo, y en relación con lo anterior, concibe al federalismo siempre como fruto de una ruptura global del marco de 1978, como resultado de una nueva (y deseable) mayoría política de ámbito estatal, pero no tiene respuesta ante un escenario de ausencia de dicha mayoría y de presión masiva desde Catalunya para ejercer el derecho a decidir.

Todo ello le impide asumir que un federalismo consecuente en Catalunya puede implicar, en el contexto actual, votar por la separación como paso previo a una voluntad de libre adhesión. El núcleo del argumentario de Llonch, que Garzón no comparte, se resume en la afirmación del primero de que no “existe forma alguna de ser realmente federalista en este Estado autoritario que no implique ser primero independentista”. En realidad este es el meollo de la cuestión estratégica de fondo. La aseveración de Llonch es esencialmente correcta, aunque conviene añadirle dos precisiones, la segunda más importante que la primera. Por un lado, más que “ser primero independentista” basta con defender el “” a la independencia en un referéndum. No es exactamente lo mismo y para algunos marca una distinción subjetiva. Por el otro lado, postular el “” a la independencia y tener el más firme compromiso en el ejercicio del derecho a la autodeterminación es compatible, a pesar de la existencia de innegables contradicciones programáticas, tácticas y estratégicas, con apoyar políticamente desde Catalunya los intentos de articular una nueva mayoría política entorno a Unidos Podemos, Catalunya en Comú y En Marea. Se puede votar, y votar “”, el 1 de Octubre y acudir a votar a Catalunya en Comú en las elecciones generales. La vía unilateral catalana y la búsqueda de una nueva mayoría política de ámbito estatal son vías complementarias aunque su temporalidad esté desacompasada.

7. Horizontes bifurcados. La contraposición entre federalismo (y derecho a decidir) e independencia ha sido el principal handicap estratégico de la izquierda catalana y, debido a ello, se instaló una profunda divisoria en la misma. Sorpresivamente, prácticamente nadie intentó formular una vía de acuerdo estratégico entre independentistas y federalistas partidarios del derecho a decidir entorno a un proyecto de ruptura democrática fundado en las consignas de República Catalana y proceso constituyente catalán. Su correlato político ha sido la incapacidad de articular de manera convergente los horizontes bifurcados que emanan del 15M y sus vidas posteriores y del proceso independentista. La ausencia de toda reflexión seria sobre esto, salvo excepciones individuales y minoritarias, en el mundo de Catalunya en Comú (y de Unidos Podemos a escala estatal) y de la CUP (y también de ERC por otra parte) constituye un tiro en el propio pie del que cojean muchos males presentes que amenazan en permanecer como futuros duraderos. El resultado es que el PDeCAT se beneficia de la fosa entre el mundo independentista y el del derecho a decidir, mientras que ERC no acusa apenas presión contraria a su alianza con la derecha.

8. 1 de Octubre. Ante el referéndum anunciado por el gobierno catalán hay un par de consideraciones estratégicas básicas a hacer. Primero, es muy difícil que acabe siendo el referéndum que Catalunya necesita. Pero ello es debido, en primera instancia, a la actitud autoritaria del gobierno del Estado. No empezar el razonamiento por aquí es políticamente insostenible. Es un deber fundamental de la izquierda de ámbito estatal poner esta cuestión encima de la mesa. Antes de señalar los límites del independentismo catalán la crítica al nacionalismo autoritario del Estado es condición ineludible. No como trámite discursivo, sino como punto de partida de una orientación política. Segundo, siendo el 1-Oct un cita problemática, es por el momento el único (intento de) referéndum que se otea en el horizonte. Unidos Podemos defiende correctamente la celebración de un referéndum en Catalunya y trabaja en esta dirección. La realidad es que no existe, sin embargo, una perspectiva a corto-medio plazo de poder articular una nueva mayoría política en el Congreso de los Diputados partidaria de ello. Unidos Podemos se orienta, por lo demás, a conformar una mayoría alternativa al PP buscando una alianza con el PSOE. Más allá de la rehabilitación tan rápida como sorprendente del PSOE como actor de cambio que ello implica, es evidente que un bloque gubernamental con el PSOE no abre el camino hacia el ejercicio del derecho a decidir y a un referéndum sobre la independencia de Catalunya, sino al de la reforma constitucional. Algo bastante distinto. Descalificar el 1 de Octubre en aras a un referéndum mejor, que hoy no es posible, es estratégicamente desmovilizador.

Preocupado por la incertidumbre garantista del 1 de Octubre, Garzón afirma que la “garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O”. Pero se olvida en aclarar que la razón principal de todo ello es que desde el año 2012 el gobierno español no sólo ha negado al referéndum sino que ha eludido todo debate “serio y riguroso”.

Dos preguntas aparecen encima de la mesa. La primera, ante este bloqueo, ¿cuál es la vía más emancipadora? ¿Una política pasiva en Catalunya o un intento de seguir empujando adelante? Entre una espera indefinida, cuyos únicos momentos de activación sean votar a Unidos Podemos y Catalunya en Comú en las elecciones, y una política de movilización sostenida y compromiso ciudadano, creo que la respuesta es clara. La segunda, si el 1 de octubre no consigue finalmente devenir el referéndum que Catalunya necesita, ¿qué actitud ayuda más a obtener uno de verdad, una política expectante o un compromiso activo para que la cita de otoño resulte lo mejor posible? No es lo mismo que el gobierno de Rajoy salga indemne del envite o que pague un precio político alto al verse forzado a acumular medidas represivas.

9. Referéndum y afirmación democrática. Cuando el Coordinador de IU escribe, al referirse al 1-Oct, “que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada” se coloca en una posición casi de espectador. Una política que, de facto, es la que sigue Catalunya en Comú y que casa mal con su relevancia tras ganar dos elecciones generales consecutivas y gobernar Barcelona ciudad. Siguiendo una orientación similar, pero desde un razonamiento más consistente en el terreno de la comprensión plurinacional y la crisis de soberanías, en un artículo reciente, el Secretario General de Podemos Pablo Iglesias y el Coordinador de Catalunya en Comú, Xavi Domènech afirmaban: “la movilización del 1-O puede ser un acto de afirmación de derechos y soberanía ante una situación que se debe desbloquear, dado el fracaso rotundo del PP y sus pulsiones represivas. En este sentido, como movilización política, reivindicamos su legitimidad y apoyamos que se realice. Pero después llegara el día 2 y entonces habrá que seguir trabajando por un referéndum que debe interpelar a todos los implicados.

Hay dos problemas ahí: primero, se decreta de entrada que el 1 de Octubre es una movilización y no un referéndum como si esto fuera inevitable y tampoco tuviera nada que ver con la política de quienes así lo conciben. En realidad sería mucho más razonable plantear la necesidad de trabajar para que pueda ser un referéndum, poniendo así además presión al PDeCAT (que se precipita hacia el 1-Oct mucho a su pesar) y al gobierno catalán, aunque advirtiendo de que puede que al final sólo sea un “acto de afirmación de la soberanía” debido a la acción represiva del Estado. Y aclarar que si las cosas desgraciadamente fueran así, dicho acto no habrá sido en balde porque constituirá un paso más en la presión política para conseguir un referéndum aceptado por el Estado. Decidir a buenas y a primeras que el 1 de Octubre no es un referéndum real y desconectar la lucha por obtenerlo de lo que suceda en dicha jornada es en el fondo contradictorio en los propios términos de la política de quienes defienden esta perspectiva. El resultado es la pasividad de Unidos Podemos y Catalunya en Comú, algo especialmente grave en el caso de la última.

Garzón añade otra reserva: la ausencia de una opción federalista entre las opciones de voto. Me parece una objeción muy cuestionable. La consulta planteada obedece a la existencia de un movimiento de masas arrancado en 2012 y a una mayoría política independentista. Es normal, entonces, se comparta o no su objetivo, asumir que el referéndum gira entorno a la independencia. ¿Ello implica que sea inimaginable una consulta que incluyera una opción federalista? No, pero ello tendría sentido si existiera en Catalunya algún tipo de alianza entre federalistas e independentistas para una acción democrática común en contra del marco de 1978 o si hubiera alguna propuesta en sentido federalizante por parte del gobierno español. Por lo demás, la ausencia de la “opción federalista” de la papeleta de voto no significa que “esté neutralizada” sino que ésta debe plantearse por su partidarios como propuesta posterior al ejercicio del derecho a la separación.

10. La cuestión decisiva: ¿qué internacionalismo? Llegamos finalmente al punto estratégico de más hondo calado, que trasciende tanto al proceso independentista catalán, como a la propia cuestión nacional, aunque no es ajena a la misma: ¿Qué internacionalismo para nuestra época? Tres grandes reflexiones sobre ello se imponen. La primera, es que todo internacionalismo genuino empieza por la defensa del derecho a decidir, de los derechos nacionales de la minorías y de la libertad de los pueblos. Ello confiere una responsabilidad particular a la fuerzas internacionalistas que pertenecen a naciones dominantes. La segunda, todo internacionalismo con futuro tiene el reto de refundar formas de cooperación y solidaridad práctica transfronteriza y/o transnacional entre los oprimidos y los explotados. La tercera, un internacionalismo verdadero para el mundo de hoy conlleva (re)imaginar la propia idea de nación como comunidades cada vez más plurales, cultural, lingüística o étnicamente. Es decir concebirla política y estratégicamente. Certeramente, Garzón nos conmina a pensar “en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar”. Visto la agenda política, el 1 de octubre parece una excelente oportunidad de cooperación solidaria en el que un papel activo de las izquierdas puede ayudar tanto a combatir al PP como a desbordar a la derecha catalana.

18/07/2017

Josep Maria Antentas, profesor de Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y forma parte del Consejo Asesor de viento sur

+ Info:

La Catalunya independentista és real: una crítica a la resposta d’Alberto Garzón a Pau Llonch. Carles Muntaner

Sí, però no. Els «comuns» i l’autodeterminació catalana. Daniel Escribano


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