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diumenge 9 de juliol de 2017 | Manuel
El capital como relación social

Rolando Astarita

El objetivo de esta nota es presentar, de una manera accesible, la concepción de Marx sobre el capital y algunas conclusiones políticas que se desprenden para los marxistas del asunto. Tengamos en cuenta que, según la representación habitual, la máquina, el dinero, las materias primas, etcétera, son “en sí” capital. Eso es, se los considera capital, al margen de las relaciones sociales en que se hallan inmersos. Por ejemplo, Böhm Bawerk define al capital como el conjunto de productos que sirven para adquirir bienes (ver aquí). En este enfoque, ni siquiera es necesario que haya sociedad para hablar de capital; después de todo, Robinson Crusoe pasa a tener su primer “capital” cuando posterga la recolección de frutos salvajes para construir el arco y la flecha. De esta manera, el capital queda desprovisto de todo contenido social e histórico. Se transforma en un presupuesto ineludible de la vida productiva del ser humano; pareciera “natural” entonces que haya capital para producir. Su raíz social se hace invisible. La concepción de Marx es la opuesta. Dice: “… el capital no es una cosa, sino determinada relación socia de producción perteneciente a determinada formación histórico-social y que se representa en una cosa y le confiere a ésta un carácter específicamente social” (1999, pp. 1037-8, t. 3). En lo que sigue, desarrollamos esta idea.

La primera aproximación

Marx introduce la noción de capital a través de una conocida fórmula: Dinero – Mercancía – Dinero, esto es, comprar para vender. De ahí, la primera aproximación a la noción de capital: “El dinero que en su movimiento se ajusta a este último tipo de circulación, se transforma en capital, deviene capital y es ya, conforme a su determinación, capital” (1999, p. 180, t. 1).

Naturalmente, el circuito D – M – D tiene sentido si la cantidad de dinero obtenida en la venta supera al dinero adelantado en la compra. De manera que la fórmula es D – M – D’, significando D’ el monto inicial más un plusvalor, o plusvalía. Esto nos indica, además, que la finalidad del proceso no es la producción de valores de uso, como sostiene la economía burguesa, sino valorizar el dinero adelantado. El capitalista lanza dinero a la circulación con el fin de incrementar su valor. Y si las condiciones para la valorización no son propicias, por la razón que sea, el capitalista intentará mantenerse líquido; se desatará entonces la crisis, seguida de la recesión o depresión económica.

Debido a que el dinero es la encarnación del valor (como explicó Marx en el capítulo primero de El Capital), el valor aparece como el sujeto del proceso: “… el valor se convierte aquí en el sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto valor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. Ha obtenido la cualidad oculta de agregar valor porque es valor. Pare crías vivientes, o, cuando menos, pone huevos de oro” (ídem), p. 188). Y un poco más adelante: “El valor, pues, se vuelve valor en proceso, dinero en proceso, y en ese carácter, capital” (p. 189). En esta primera aproximación, el capital ya se concibe como relación. Una herramienta, un cierto monto de dinero, no son capital por fuera de la relación D – M – D’. Pero con esto tenemos solo la primera noción (“representación”, diría Hegel) de la naturaleza de la relación social implicada en el capital; su contenido sólo se descubre cuando se indaga en la fuente del aumento del valor. ¿Cómo es posible que el valor dé valor, y en forma creciente?

El misterio de la valorización

Presentemos el problema: si el capital es una cosa, ¿por qué rinde una renta o plusvalía permanente? Böhm Bawerk lo planteó con claridad en Capital e interés: “El fenómeno del interés nos brinda, pues, en conjunto, la curiosa imagen de una producción continua e inagotable de bienes a base de un capital inanimado”. También: “… el interés fluye sin llegar agotar nunca el capital que lo produce, sin que, por lo tanto, se ponga limite alguno a su duración: su duración puede ser eterna, en la medida en que cabe aplicar esta expresión a las cosas terrenales” (p. 27). Por eso se pregunta: “¿De dónde y por qué obtiene el capitalista ese aflujo interminable de bienes, sin esfuerzo alguno de su parte?” (ídem). Böhm Bawerk es consciente de que aquí está el punto crítico de la economía política.

Schumpeter también ve las dificultades de responder a la pregunta formulada. En el capítulo 5 de Teoría del desenvolvimiento capitalista, luego de coincidir con Böhm Bawerk en que la máquina no produce plusvalía, admite que la tesis de la “imputación” (según la cual los medios de producción tendrían un valor derivado de la utilidad de los bienes que ayudan a producir) no puede explicar la renta del capital. “No puede haber un elemento de plusvalía que esté adherido permanentemente a estos medios intermedios de producción, pues no puede existir una discrepancia permanente entre el valor de los productos que han de imputárseles y su propio valor” (1957, p. 167).

Por otra parte, en los textos que se utilizan habitualmente para la enseñanza de la “economía”, el origen de la ganancia apenas se menciona. De hecho, en la mayoría de las presentaciones se la identifica con la tasa de interés, que a su vez aparece como un “costo del capital”, que se iguala a la productividad marginal. Pero las criticas de Cambridge han desnudado la falta de fundamentos de las explicaciones basadas en la productividad del capital. En otros casos -en especial, en los textos de macroeconomía- se postula que el empresario recarga un “plus” (el mark-up) sobre los costos, cuya naturaleza y razón económica jamás se examina, ni explica. A la vista de las dificultades, una “solución” es la adoptada por algunos poskeynesianos, como Kaldor: el beneficio del capital simplemente existe, sin dar cuenta de su origen ni naturaleza.

La crítica de Marx a las explicaciones habituales

También en época de Marx las explicaciones sobre el origen y la naturaleza de la plusvalía representaron todo un desafío para los economistas. Entre las más conocidas, está la que explicó la plusvalía por la venta, y la que intentó justificarla por los sacrificios del capitalista.

La imposibilidad de explicar la plusvalía a partir del “recargo” en la venta es analizada por Marx en seguida de haber introducido la noción de capital. Su argumento es sencillo: si todos los que actúan en el mercado procuran valorizar sus mercancías comprando barato y vendiendo caro, ninguno puede valorizarlas. Es lógica elemental. Por otra parte, Marx demuestra que la ganancia en utilidad tampoco puede explicar el origen del plusvalor. Si Juan intercambia la mercancía X por la mercancía Y, que posee José, y ambas están valuadas en $100, Juan y José habrán ganado en valor de uso, pero ninguno habrá incrementado el valor de $100 contenido en cada una de las mercancías, previo a la transacción. De manera que la plusvalía no puede surgir de la venta. La razón última es que en el mercado, en los actos de compra y venta, solo se operan cambios de la forma social -de mercancía a dinero, de dinero a mercancía- que, como tales, no agregan una pizca de valor de uso (el valor de uso siempre es el fundamento del valor).

Además, Marx critica la explicación de la plusvalía por la abstinencia del capitalista (Marshall hablará de la espera, Keynes de la espera unida a la escasez; son variaciones del mismo tema). La tesis de la abstinencia supone que para el capitalista es un sacrificio no consumir. ¿Pero por qué no es un sacrificio consumir, en lugar de disfrutar del placer acrecentar el valor sin cesar? El dinero es encarnación del valor. Dado que como representante de la riqueza social, se lo puede convertir en cualquier mercancía, cualitativamente carece de límites. Pero a la vez, toda suma de dinero está limitada cuantitativamente (ver Marx, 1999, cap. 3, t. 1). De ahí que cada suma alcanzada es solo un estímulo para superarla. Por eso, en la psicología socialmente condicionada del capitalista, el goce reside en el incremento del valor del capital. La abstinencia de consumir jamás podría leerse como un sacrificio, y no puede ser el fundamento de la plusvalía.

El origen de la plusvalía en Marx

La discusión sobre las contradicciones de la fórmula del capital lleva a la conclusión de que el plusvalor no puede formarse en la circulación, pero al mismo tiempo no puede surgir en otro lado que no sea la circulación. Por un lado, la generación de valor debe ocurrir en el acto de producción; por otro lado, para que el valor se autovalorice, se debe comprar para “vender más caro”. El capital es valor en movimiento y solo puede realizarse en la circulación, en el cambio incesante de la forma del valor, de dinero a mercancía, de mercancía a dinero más plusvalía. “Tales son las condiciones del problema”, dice Marx. Hay que explicar cómo, a través de este movimiento, y cumpliéndose la ley del valor trabajo (el valor de las mercancías está determinado por los tiempos de trabajo), se genera la plusvalía.

La respuesta de Marx es muy conocida. El capitalista encuentra en el mercado una mercancía especial, la fuerza de trabajo. Por fuerza de trabajo entiende el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en el ser humano, y que pone en movimiento cuando produce valores de uso.

Como toda mercancía, la fuerza de trabajo tiene un valor y un valor de uso. Este último es peculiar, ya que consiste en el trabajo vivo, que es la fuente del valor. Esto significa que al utilizar la mercancía fuerza de trabajo, se crea valor. El valor de la fuerza de trabajo, a su vez, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para su reproducción, dadas las condiciones históricas y sociales reinantes (Marx, como Ricardo, no ubica el valor de la fuerza de trabajo al nivel de subsistencia fisiológica).

El valor de la fuerza de trabajo entonces está determinado por el valor de los medios de subsistencia necesarios para su conservación y reproducción. Pero dada una determinada productividad del trabajo, la fuerza de trabajo tiene la peculiaridad de que puede generar más valor que el encerrado en los medios de subsistencia necesarios para su mantención. “El hecho de que sea necesaria media jornada laboral para mantenerlo vivo durante 24 horas, de modo alguno impide al obrero trabajar durante una jornada completa. El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso laboral son, pues, dos magnitudes diferentes” (Marx, 1999, p. 234, t. 1). Al trabajar, el obrero produce una mercancía, en la cual se conserva el valor de los medios de producción consumidos, y aparece un nuevo valor, un agregado. Una parte de este último repone el valor de la fuerza de trabajo, y otra parte conforma la plusvalía. Por ejemplo, si el trabajador necesita para mantenerse (junto a su familia) bienes de subsistencia cuyo valor es, en promedio diario, $100, y durante la jornada laboral con su trabajo crea valor por $150, habrá generado $50 de plusvalía. Esto significa que el origen de la plusvalía es el trabajo realizado por encima del necesario para reproducir el valor de los medios de subsistencia. En otras palabras, la plusvalía encarna trabajo no pagado; trabajo del que se apropia el capitalista. Cumpliéndose así la ley del mercado -el cambio de equivalentes- el dinero se ha transformado en capital, en valor que se autovaloriza. No es una cosa -máquina, dinero, materia prima, instalaciones- la que genera la “renta” por la que se interroga Schumpeter, sino seres humanos que están empleando energía, músculos, nervios, para generar valor y plusvalor.

No es una cuestión de “honestidad”

De lo anterior se desprende que el capitalista se apropia de trabajo ajeno porque se cumplen las leyes del mercado. No se trata de engaño, manipulación por “los grupos concentrados”, ni de corruptos o usureros. Dada la relación capitalista, no cabe aquí hablar de trato “injusto”. “La equidad de las transacciones que se efectúan entre los agentes de la producción se basa en que estas transacciones surgen de las relaciones de producción como una consecuencia natural” (Marx, 1999, p. 435, t. 3). En última instancia, las formas jurídicas solo expresan el contenido económico. “Ese contenido es justo en cuanto corresponde al modo de producción, si es adecuado a él. Es injusto en cuanto lo contradiga” (ídem). La esclavitud sobre la base del modo de producción capitalista, o el fraude en cuanto a la calidad de la mercancía, son injustos, ejemplifica Marx. Por supuesto, es un tema debatible en qué medida hay una concepción ética encerrada en la explicación de Marx de la plusvalia (ver aquí). Pero es indudable que la crítica marxiana pone el peso en la relación social subyacente, que no se altera por el “color” del capital (puede ser nacional o extranjero, por caso); por la magnitud del capital (aunque el pequeño burgués suspira por el capital pequeño); o por su esfera de aplicación (puede dedicarse a la industria manufacturera o a los servicios, por ejemplo). Lo esencial, lo que debiera retener toda persona interesada por la llamada “justicia social” es que la civilización actual se levanta sobre la relación capital-trabajo, que es una relación de explotación, y no puede no serlo.

El capital como relación social

Profundicemos ahora en por qué decimos que el capital es una relación social. La respuesta básica es: porque los poseedores de las condiciones de producción (de los medios de producción y de subsistencia) se enfrentan a los trabajadores que no son propietarios de esas condiciones. Es desde esta situación de propietarios-poseedores en un polo, y no propietarios-no poseedores en el otro, que se establece una relación de explotación. El que no tiene propiedad de los medios de producción, está obligado a intentar vender su fuerza de trabajo, si quiere evitar la inanición. En el mercado todos son formalmente iguales, propietarios de dinero y mercancías, pero de contenido, existe una desigualdad esencial, condicionada por la distribución desigual de los medios de producción. Por este motivo, el capitalismo solo pudo surgir una vez que se hubo formado una masa de hombres “libres”, en el sentido de ser libres para ir al mercado, y estar “liberados” de los medios de producción (sobre el trabajador “libre”, ver aquí). Como no podía ser de otra manera, la economía burguesa hace abstracción de estas condiciones. Por caso, la apropiación privada de la tierra (¿por qué algunos se apropian de un bien natural?), condición sine qua non del modo de producción capitalista, jamás se cuestiona, ni justifica. Además, obsérvese que al decir que el capital es una relación -objetivada en dinero, medios de producción, etcétera- estamos afirmando que no es eterno, sino relativo. Es históricamente relativo, es un producto social.

Por lo dicho hasta aquí, se comprende también que el capital implica una relación de dominación; al dominar las condiciones de trabajo, el obrero está obligado a entregar más trabajo por menos trabajo. Lo cual explica que esas condiciones tomen la forma social de capital. “El enfrentamiento de las condiciones de trabajo producidas y en general de los productos del trabajo, como capital, con el productor directo, implica desde el primer momento un carácter social determinado de las condiciones materiales de trabajo con respecto a los obreros, y por lo tanto, determinada relación que éstos, en la producción misma, establecen con los poseedores de las condiciones de trabajo y entre sí (Marx, 1999, p. 1115, t. 3). Así, el carácter capitalista de los medios de producción y subsistencia consiste en su cualidad económica de emplear obreros y hacerles producir plusvalía; tienen una propiedad social, que los convierte en capital (véase Marx, 1983, pp. 40-1). Por eso se establece “una nueva relación de hegemonía y subordinación, que a su vez produce sus expresiones políticas” (ídem, p. 62). Es nueva con respecto a las formas de subordinación personal y política de los modos de producción precapitalistas. Es que en el capitalismo el trabajador está en una relación de dependencia económica; “no existe ninguna relación política, fijada socialmente, de hegemonía y subordinación” (ídem). La extracción del excedente ocurre por vía económica: a partir de la desposesión del productor de sus condiciones de producción, está obligado a vender su fuerza de trabajo al capitalista.

El fetichismo del capital y el interés

Dado que los medios de producción sirven como medios para absorber y extraer plustrabajo (que se presenta bajo la forma de plusvalía), esa facultad aparece como una cualidad que les es inherente, como algo inseparable, como si les correspondiera en cuanto medios de producción (véase, por ejemplo, Marx, 1983, p. 18). Por eso, el capital, “que expresa una relación social determinada, aparece como cosa”. De ahí el carácter fetichista de la relación capitalista: ésta se manifiesta bajo la forma de una cosa que produce valor acrecentado. La idea de que la máquina, en cuanto cosa, genera la plusvalía, es una expresión de este fetichismo. Pero el fetichismo alcanza su punto más alto en el interés, o sea, en la forma del dinero que genera dinero. “En la forma del capital que devenga interés. … el capital aparece como la fuente misteriosa y autogeneradora del interés, de su propia multiplicación. La cosa (dinero, mercancía, valor) ya es capital como mera cosa; y el capital se manifiesta como mera cosa… El capital que devenga interés, por consiguiente, este fetiche automático -el valor que se valoriza a sí mismo, el dinero que incuba dinero- se halla cristalizado en forma pura, en una forma en la que ya no presenta los estigmas de su origen. La relación social se halla consumada como relación de una cosa, del dinero, consigo misma. (…). De esta manera se convierte por completo en atributo del dinero el de crear valor, de arrojar interés, tal como el atributo de un peral es el de producir peras” (Marx, 1999, pp. 500-1).

La reproducción de la relación capitalista

Así como el capital segrega plusvalía, la plusvalía genera capital, y en escala creciente. Esto es, después de haber explicado el origen de la plusvalía, Marx demuestra cómo la plusvalía genera capital. El tema se desarrolla en los capítulos de El Capital dedicados a la reproducción.

Como siempre, es importante distinguir entre el contenido material del proceso de reproducción, y su forma social. Por eso, Marx comienza el capítulo 21 del tomo 1 diciendo que ninguna sociedad puede producir continuamente sin reconvertir, al mismo tiempo, una parte de sus productos en medios de producción de una nueva producción. Es la idea de la actividad económica como un proceso circular (presente en los fisiócratas y otros exponentes de la economía clásica), que reproduce los bienes materiales consumidos durante el proceso productivo, para así poder continuar la producción en el período siguiente. El excedente, o producto neto, es el exceso de bienes producidos por encima de los que es necesario reintroducir en el proceso productivo, para poder continuarlo. Éste es entonces el contenido material de la reproducción.

Sin embargo, en la sociedad capitalista, esa reproducción material se realiza bajo la forma social capitalista. Ya hemos dicho que el obrero asalariado, al trabajar, genera la plusvalía, al tiempo que se reproduce a sí mismo como fuerza de trabajo. La plusvalía apropiada por el capitalista, a su vez, sirve para sostener y ampliar el círculo de influencia y dominación del capital. De manera que el resultado del proceso es incremento del capital en un polo, reproducción del trabajador (desposeído de los medios de producción) por el otro. En consecuencia, dice Marx, el proceso de producción capitalista “reproduce por su propio desenvolvimiento la escisión entre fuerza de trabajo y condiciones de trabajo” (1999, p. 711, t. 1). Esa “escisión” es el fundamento, el contenido mismo, de la relación de dominio y explotación del capital. Por eso, la producción capitalista no sólo produce mercancías, “sino que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por la otra el asalariado” (p. 712, ídem). En otras palabras, el obrero “produce capital”, como anota Marx al pie de la cita anterior.

Conclusiones políticas

Resumimos: El capital es sinónimo de la separación de los medios de producción con respecto al trabajador. Por eso se establece como poder frente al obrero, y por eso es fuente de plusvalía (ver Marx, 1975, p. 351, t. 3). El obrero, al producir mercancías, produce y reproduce necesariamente capital, esto es, produce y reproduce el poder que le obliga a entregar plustrabajo gratuitamente. No hay manera de eliminar esta mecánica explotadora por medio de reformas, de ningún tipo, en tanto subsista la escisión entre los medios de producción y subsistencia y los productores. El secreto de la renta del capital es esta relación de explotación, que no es alterada, en lo sustancial, por alguna dosis mayor o menor de estatismo burgués, de nacionalismo o de honestidad en los negocios. Estamos ante leyes sociales objetivas, que se imponen por medio de la coerción que se ejerce sobre los que carecen de la propiedad de las condiciones para producir.

Lo anterior explica entonces por qué la obra de Marx se presenta como una crítica de la Economía Política. Es una crítica porque cuestiona lo que la Economía Política (incluso en sus representantes más destacados) da por supuesto y aceptado: la propiedad privada del capital. “La economía política parte del hecho de la propiedad privada. Pero no la explica. (…) … no nos ofrece una explicación del fundamento sobre el que descansa la división del trabajo y el capital, y la del capital y la tierra”, dice Marx en los Manuscritos de 1844 (1987, p. 595). Se trata entonces de subvertir lo incuestionado, lo que se acepta como “natural”.

Por eso, el centro de la crítica no es a tal o cual gobierno, a tal o cual figurón de la política del día. La tarea tampoco pasa por remendar el orden capitalista (¿por qué algunos marxistas “razonan como estadistas” en los grandes medios?) La actitud hostil del marxismo hacia la política de la clase dominante, sus gobiernos y altos funcionarios del Estado, no se debe a tales o cuales medidas circunstanciales, sino a que concentran los poderes que dominan al trabajo. Por supuesto, el marxismo lucha por toda reivindicación elemental -mejoras de los salarios, vigencia de las ocho horas de trabajo, mayores derechos sindicales y democráticos, etcétera- pero también marca los límites de estas luchas, en tanto subsista la relación de explotación. Podríamos decir que toda la táctica política gira en torno a esta dualidad, la necesidad de la lucha elemental; y el señalamiento, la explicación paciente, de la causa de fondo de los males de las masas empobrecidas y desposeídas, que es la relación capitalista. Después de todo, y como alguna vez lo señaló Lenin, la conciencia de clase obrera, en su grado más alto, comprende que entre el obrero y el dueño del capital no solo hay diferencias (como dicen en general los reformistas), sino que existe un antagonismo irreconciliable.

Textos citados:

Böhm Bawerk, E. von (1986): Capital e interés. Historia y crítica de las teorías del interés, México, FCE.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1983): El Capital. Libro I Capítulo VI Inédito, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1987): Escritos de juventud de Carlos Marx, México, FCE.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Schumpeter, J. A. (1957): Teoría del desenvolvimiento económico, México, FCE.

4/9/2013

rolandoastarita


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