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Anticapitalistes
  
divendres 7 d’abril de 2017 | Manuel
Resistir la supresión de la ciencia

Lina Rosenbaum

Foto: El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos con el objetivo de hacer no competitiva la industria de los EEUU.

Todos los médicos se encuentran con pacientes que expresan preferencias por terapias no basadas en pruebas —por ejemplo, comida orgánica para enfermedades coronarias o detox para el cáncer—. Personalmente nunca he encontrado una respuesta eficaz. Presento hechos y, después, viendo que no consigo nada, ofrezco más hechos. Parpadeo rápidamente para evitar poner los ojos en blanco. Al llegar a cierto punto, recurro a las declaraciones “Yo” que me enseñaron en la facultad de medicina: “Yo entiendo que eso esas son tus creencias”, aunque seguramente mi lenguaje corporal me desmienta. No puede sorprender que no haya tenido mucho éxito en disipar la incredulidad hacia la ciencia. Y aunque muchos médicos pueden afrontar este desafío con mayor habilidad de persona en persona, como comunidad científica, nos vemos habitualmente atrapados en una dinámica similar. Ya sea la ciencia de las vacunas, el cambio climático o el control de las armas, tendemos a enfatizar sin fin las pruebas vinculadas a ello, y cuando esto fracasa, surge una sensación de aversión colectiva.

Ahora, una administración norteamericana, que ha demostrado un persistente desdén por la verdad, ha suscitado preocupación no solo en que se intensifique el choque entre la ciencia y la creencia, sino también en que la ciencia sea sencillamente suprimida. El presidente D. Trump ha calificado de engaño el cambio climático, ha alentado el escepticismo hacia la vacunación y ha nombrado responsable de la Agencia de Protección Ambiental un hombre que ha luchado contra esta causa. Al parecer se les pidió a los miembros de una agencia federal que expusieran sus ideas sobre la ciencia climática y, presuntamente, otros científicos federales han recibido órdenes que les prohibían asistir a conferencias científicas o comunicar sus descubrimientos. Recientemente, los Centros para el Control y Prevención de la Enfermedad (CDC) han pospuesto la Cumbre de Clima y Salud, aunque ese movimiento haya sido cautelar que trata de aplacar una administración de la que se depende para su financiación.

En vista de la supresión de la ciencia, ¿deben los científicos resistir o continuar tranquilamente con su trabajo? La resistencia se presenta como algo esencial. El hecho de que la posposición de los CDC diera lugar a una coalición para formar y organizar una reunión alternativa (cfr. el artículo de Hunter et al.) nos recuerda que la resistencia tiene que ver tanto con asegurar la difusión efectiva de los descubrimientos, como con continuar con el trabajo científico. Pero es crucial reconocer que la supresión la ciencia no es la causa de la desconfianza hacia ella; más bien, esa desconfianza, particularmente de la ciencia relacionada con cuestiones muy politizadas como el cambio climático, crea un clima cultural en el que la supresión de la ciencia es tolerada. La verdadera pregunta es, por tanto, ¿cómo resistimos eficazmente? ¿cómo convencemos a un público escéptico a que crea en la ciencia?

Primero, tenemos que dejar de asumir que la desconfianza hacia la ciencia refleja necesariamente una falta de conocimiento y que puede, así, ser remediada presentando hechos. Cuando la duda empapa la identidad cultural o las emociones profundas de una persona, habitualmente los hechos no solo fracasan como medio de persuasión, sino que refuerzan aún más el escepticismo/1. Este fenómeno, que habitualmente se llama “asimilación sesgada” ha sido demostrado en relación a un conjunto de cuestiones, desde la pena de muerte, al cambio climático o las vacunas/2. Un estudio descubrió que si unos padres tenían dudas respecto a las vacunas, sus hijos/as estarían aún menos inclinados a vacunarse cuando se les proporcionara información que refutara el mito de que vacunar a sus hijos provoca autismo/3. Aunque sea de algún modo contra-intuitivo, esta tendencia no refleja falta de inteligencia. De hecho, respecto al cambio climático, la gente que demuestra niveles más elevados de comprensión científica son en realidad los más propensos a desestimar las pruebas que amenazan sus creencias/1. Además, la propensión a desestimar las pruebas que amenazan nuestra identidad o creencias no es partidista: lo progresistas, p. ej., son de lejos más propensos que los conservadores a desestimar la ciencia, al sugerir que los alimentos modificados genéticamente son seguros. Incluso en la comunidad médica, ya debatamos sobre mamografía, revisiones, estatina o la credibilidad de un estudio patrocinado por una empresa farmacéutica, nuestras ideologías afectan en nuestra asimilación de datos.

Segundo, en este momento tan polarizado, tenemos que tener cuidado con no politizar inadvertidamente la ciencia que no esté ya asociada a una determinada visión del mundo. Dan Kahan, experto en la forma en que la emoción y la identidad afectan a nuestra interpretación de los hechos científicos, fue el coautor de un reciente estudio que planteaba cómo los «memes culturalmente antagonistas» afectaban la capacidad de la gente de procesar información sobre una cuestión aparentemente neutral desde el punto de vista científico: el virus Zika/4. Como han circulado historias que sugerían que el Zika lo causaba o bien el cambio climático o bien la inmigración, temas ambos de mucho peso, los investigadores se fijaban en cómo el conocimiento de esas historias afectaba a las percepciones de los sujetos acerca del Zika. Aquellas personas cuya visión del mundo era escéptica respecto al cambio climático, fueron todavía más escépticos respecto a la amenaza del Zika cuando se afirmaba que era causada por el calentamiento global, y aquellas personas cuya visión del mundo tendía a favorecer el «globalismo» y la apertura de fronteras, percibían un riesgo menor en el Zika cuando su emergencia se vinculaba a la emigración.

El riesgo de añadir una carga de valor identitaria a cuestiones científicas en principio neutrales hace particularmente difícil resistir el negacionismo científico de la era Trump. Como prestamos más atención a las cuestiones científicas en discusión en vez de a la ciencia aceptada en general, es fácil olvidar que los hechos más científicos y las políticas vinculadas a ellos no conllevan un tribalismo/1. No vemos batallas partidistas en torna al tratamiento para un infarto de miocardio o los peligros de la exposición a radiación. Pero como señala Kahan, Trump se hace fuerte al polarizar cuestiones no partidistas. La señal de que pueda haber un escéptico de la vacunación dirigiendo una comisión para evaluar las vacunas es un ejemplo alarmante, puesto que el escepticismo contra las vacunas había estado reducido hasta ahora a una pequeña, aunque ruidosa, minoría. Kahal me dijo: «nunca he visto a nadie tan agresivamente decidido a aumentar el número de cuestiones que implicaran algún tipo de antagonismo». «Es nuestro contaminador ambiental de comunicación científica en jefe».

Esos contaminadores incitan astutamente a entablar batallas culturales que en último término elevan la desconfianza hacia la ciencia. Sus estrategias explotan un aspecto fundamental de la naturaleza humana: forzados a elegir entre «el reconocimiento de lo que conoce la ciencia» y mantener nuestra identidad de grupo, muchos elegimos lo último/1.

Este esfuerzo por preservar la identidad ayuda a explicar por qué tildar a los escépticos de la vacunación de idiotas o peligrosos es un arma de doble filo, particularmente cuando afrontamos una reacción cultural contra las «élites» académicas. Es también la razón por la que, cuando Trump hace una provocación anti-científica sobre una cuestión no partidista, deberíamos evitar ser tan estridentes al corregir la desinformación que acabemos galvanizando un escepticismo basado solamente en la identidad política. Incluso en los temas que ya se hallen polarizados, puede ser más eficaz una resistencia más mesurada. Para ese fin, una resistencia circunspecta como la de agrupar una coalición para reorganizar tranquilamente la pospuesta reunión sobre el cambio climático puede terminar siendo la más eficaz en unos tiempos tan divisivos.

Pero definir qué es una resistencia mesurada puede parecernos una tarea difícil y poco satisfactoria. Dadas las muchas variables implicadas en una misma amenaza a la ciencia —incluyendo las identidades que se percibe que están en juego y la forma en que se ejecuta esa amenaza— es difícil generalizar qué tipo de respuesta se necesita. Respecto al cambio climático, p. ej., si nuestro objetivo es la legislación federal que proteja el medio ambiente, quizá las protestas públicas de masas como la Marcha de las mujeres sean necesarias para generar voluntad política. O quizá, como ha sugerido el economista conductual Cass Sunstein, el mejor remedio contra la desconfianza basada en lealtades tribales sea la identificación con los «validadores sorpresa» [surprising validators]: personas que quieren defender la ciencia y en las que confía un grupo cualquiera porque comparte su identidad/2. Un ejemplo reciente es un grupo de señalados conservadores que publicaron una propuesta política para ralentizar el cambio climático/5. Pero, la realidad es que sabemos más de los desafíos de la divulgación científica que la forma de superarlos.

Sin embargo, quizá haya un lado positivo en que los norteamericanos hayan soltado amarras y hayan aceptado hechos alternativos: los científicos no están solos en su determinación por hacer otra vez de la verdad algo creíble. Como comunidad médica, hemos afrontado desde hace mucho tiempo la comunicación científica y una forma no-científica. En la facultad de medicina nos enseñaban a mirar a los ojos, asentir con la cabeza y demostrar competencia cultural. Pero si el propósito de la comunicación es traducir la ciencia en políticas públicas que puedan mejorar la salud de nuestra población, entonces debemos de centrarnos también, y urgentemente, en asaltos a la verdad dirigidos eficaz y empíricamente.

Notas

1/ Kahan DM. Climate-science communication and the measurement problem. Adv Pol Psychol 2015;36:1-43 (aquí)

2/ Sunstein CR. Breaking up the echo. New York Times. September 17, 2012 (aquí).

3/ Nyhan B, Reifler J, Richey S, Freed GL. Effective messages in vaccine promotion: a randomized trial. Pediatrics 2014;133:e835-e842 (aquí)

4/ Kahan DM, Hall Jamieson K, Landrum A, Winneg K. Culturally antagonistic memes and the Zika virus: an experimental test. J Risk Res 2017;20:1-40 (aquí)

5/ Baker JA, Paulson HM, Feldstein M, et al. The conservative case for carbon dividends. Climate Leadership Council. February 2017 (aquí).

1/3/2017

nejm, vientosur

+ Info:

Trump’s 2018 budget will squeeze civilian science agencies. David Malakoff, Feb. 27, 2017

Scientists and Activists Look Beyond the March for Science

A Scientists’ March on Washington Is a Bad Idea


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