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dijous 2 de febrer de 2017 | Manuel
La investigación en salud pública ha servido para demostrar los efectos nocivos de ciertas políticas sociales y urbanas para la salud de la población.

Manuel Franco, Usama Bilal, Richard Cooper / Daniel Mediavilla

EEUU: Baltimore, ejemplo de la desigualdad

Manuel Franco, Usama Bilal, Richard Cooper

Baltimore fue portada de todos los periódicos del mundo por dos sucesos relacionados entre sí: la muerte de Freddie Gray, afroamericano de 25 años que falleció en comisaría tras ser detenido por cruzar la mirada con un policía y llevar una navaja; y los disturbios violentos que sucedieron a su funeral. El gobernador de Maryland decretó el estado de alerta y la ciudad fue tomada por la guardia nacional, estableciéndose el toque de queda durante al menos una semana. Esto no había sucedido en Baltimore desde 1968, año del asesinato de Martin Luther King.

De estos dos sucesos todos los medios informaron ampliamente y las portadas se llenaron de fotografías de los manifestantes, pero poco sabemos a este lado del Atlántico sobre cuál era la situación de Freddie Gray y de los ciudadanos de Baltimore. Las políticas segregacionistas y el abandono económico de grandes sectores de la población han conducido a la ciudad a una desigualdad social y en salud inaceptable.

La investigación en salud pública ha servido para demostrar los efectos nocivos de ciertas políticas sociales y urbanas para la salud de la población. Un dato significativo: la diferencia en la esperanza de vida entre dos barrios de Baltimore que se encuentran a cinco kilómetros de distancia es de 15 años. La esperanza de vida en el barrio donde vivía Freddie Gray (Sandtown-Winchester) es inferior a la de Bangladesh. La esperanza de vida en Roland Park, cinco kilómetros al norte, es superior a la de España y similar a la de Japón (país con la esperanza de vida más alta de mundo).

Baltimore fue una ciudad vibrante, próspera y rica a finales del siglo XIX cuando era uno de los puertos más importantes de intercambio con Europa. Allí se establecieron un buen número de industrias pesadas, incluyendo algunos de los astilleros más importantes del país. Esto atrajo mucha inmigración incluyendo afroamericanos que huían de la represión de un Sur donde los linchamientos y la semi-esclavitud eran todavía comunes y emigrantes europeos (las colonias griegas o polacas forman parte de la historia de esta ciudad).

La deslocalización industrial de los años 60-70 provocó un rápido aumento del desempleo. Al mismo tiempo, en las ciudades americanas empezó el proceso denominado “huida blanca” (white flight): la población caucásica abandonó progresivamente el centro de las ciudades (inner cities) hacia zonas suburbanas en los extrarradios. La población en Baltimore pasó de 949.000 habitantes en 1950 a 622.000 en 2013.

El fenómeno de la huida blanca y la segregación de la población afroamericana están vinculados entre sí. La segregación es un problema porque concentra la pobreza y aísla a las minorías de los buenos trabajos, las buenas escuelas y un entorno saludable. El origen de la segregación lo encontramos en las políticas y prácticas relacionadas con la vivienda y el urbanismo.

Las políticas de segregación fueron el pan de cada día para la población afroamericana durante finales del siglo XIX y gran parte del siglo XX. El redlining, punta de lanza de la segregación en EE UU, se inició en ciudades como Baltimore y Chicago. A través de esta política urbanística se delinearon mapas de las ciudades que puntuaban a los barrios en función de su “seguridad residencial”. Las ayudas a la compra de la vivienda, originadas en el New Deal y las leyes de estímulo posteriores a la II Guerra Mundial que daban créditos baratos a los soldados, sólo se daban para la compra de vivienda en aquellos barrios con altas puntuaciones, de mayoría blanca.

Una investigación de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore rescató documentos de varias constructoras y promotoras que confirmaban la sospecha de que dichas empresas seleccionaban exclusivamente residentes blancos para las áreas de nueva construcción. Estas políticas estuvieron en práctica desde 1893 hasta 1948.

Barrios como Sandtown-Winchester, donde vivía Freddie Gray, u Oldtown/Middle East, donde está situado el prestigioso hospital Johns Hopkins, presentan indicadores de desarrollo social y de salud similares a países en vías de desarrollo. Comparando estos barrios con otros de la ciudad como Roland Park, las diferencias se hacen aún mayores; las tasas de criminalidad, pobreza y desempleo entre 20 y 30 veces mayores, renta media 5 ó 10 veces menor, con 1/6 de la población en libertad condicional (sin tener en cuenta los que están en prisión), 15 años de esperanza de vida menos y tres veces más mortalidad infantil.

Los modelos de desarrollo económico y urbanístico de muchas de nuestras ciudades europeas están produciendo cada vez más desigualdad y segregación.

No debemos obviar las diferencias económicas, la separación y aislamiento de poblacionales marginales (desempleados, inmigrantes recientes, gitanos) en algunos barrios de las ciudades españolas. La violencia no es quizá la manifestación más usual de nuestras tensiones sociales, pero sí debemos saber que las desigualdades económicas, desigualdades en empleo, en educación y en salud siguen aumentando y concentrándose.

Como en el caso de Baltimore, es de radical importancia conocer los procesos que llevaron a la situación actual. La conjunción de políticas públicas desacertadas deriva, en ciudades en las que conviven dos realidades muy distintas, creando barrios en los que se perpetúan el ciclo de pobreza, la falta de oportunidades y futuro para los jóvenes, y la mala salud de sus residentes.

¿Tenemos la voluntad, y las herramientas políticas, económicas y urbanísticas para crear ciudades más justas, más saludables, más libres, más unidas y finalmente más felices?

4/5/2015

Manuel Franco es profesor de Salud Pública en las universidades de Alcalá de Henares y Johns Hopkins, Usama Bilal es estudiante de doctorado en la Universidad Johns Hopkins, Richard Cooper es catedrático de Salud Pública en Loyola University Chicago


Tu barrio puede perjudicar seriamente la salud

Daniel Mediavilla

Ya nos hemos acostumbrado a las advertencias sobre los riesgos para la salud de fumar o beber alcohol en exceso. En el futuro, es posible que también existan clasificaciones de barrios según sus efectos sobre la salud. Un proyecto financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC) va a medir esta variable analizando 90 barrios de Madrid desde el punto de vista del acceso a distintos tipos de comida, posibilidades para hacer ejercicio o acceso al alcohol y al tabaco. Después, estos datos se cruzarán con los registros sobre salud cardiovascular de 2.000 personas recogidos en centros de atención primaria. Con esa información, se pretende comprobar el efecto del entorno en aspectos de la salud que hasta ahora solo se trataban desde el punto de vista de los comportamientos individuales.

Nuestro riesgo cardiovascular no está solo determinado por la genética o por otros factores individuales de riesgo”, explica el investigador de la Universidad de Alcalá de Henares y director del proyecto, Manuel Franco. “Queremos comprobar qué influencia tiene el lugar en el que vives y en el que trabajas, para tratar de añadir a las políticas de prevención dirigidas al individuo otras con un enfoque más global”, añade.

Hasta ahora, ha sido posible demostrar la relación entre el nivel socioeconómico y la mortalidad cardiovascular en las sociedades occidentales. La falta de recursos económicos está vinculada a hábitos menos saludables y ahora este estudio ayudará a determinar por qué es así. “El gradiente social está clarísimo en todas las ciudades. La cuestión ahora es analizarlo”, apunta Franco. “Se podría explicar porque los ricos comen mejor o tienen mejores instalaciones para hacer ejercicio o viven en lugares menos contaminados”, añade. Pero hay casos en los que un estatus superior puede ser perjudicial para la salud. “Eso sucede en Atlanta, en EEUU, una ciudad con un alto nivel de renta, pero en el que todo el mundo necesita coger el coche para todo”, afirma Franco. “Esto hace que, pese a la renta, la gente tenga más peso y peor salud”, concluye.

Los datos que recoja este estudio, que incluirá el trabajo de médicos, biólogos, sociólogos, geógrafos, periodistas y demógrafos, se podrán convertir en una herramienta para crear, con datos en la mano, mejores diseños urbanísticos y unas políticas de salud que vayan más allá de las recomendaciones de salud para cada individuo. Ya existen estudios que estiman que una medida individual, como la puesta en marcha de un servicio público de alquiler de bicicletas en Barcelona, el conocido como Bicing, puede evitar hasta 12 muertes al año, tanto por los beneficios para la salud de la práctica de ejercicio, como por los que se derivan de la reducción de contaminación.

Un experimento involuntario

El planteamiento de Franco es fruto también de los resultados obtenidos por estudios realizados por el investigador en Cuba. Allí, durante el conocido como Periodo Especial, entre 1991 y 1995, once millones de habitantes se vieron forzados a una dieta involuntaria. La caída de la Unión Soviética dejó a la isla sin buena parte de los recursos energéticos que llegaban desde el país comunista. Además, tratando de aprovechar la esa debilidad sobrevenida del régimen de Fidel Castro, EEUU endureció el embargo contra Cuba. La escasez de alimentos llevó el consumo de calorías diarias de los cubanos de las 3.000 calorías diarias por persona a las 2.200, y la falta de combustible les obligó a caminar o utilizar la bicicleta para recorrer largas distancias.

Esa combinación de ejercicio y dieta conjunta de todo un país, mantenida durante cuatro años, provocó una pérdida de peso generalizada de unos cinco kilos por persona. Esa disminución de cinco kilos, según los autores de aquel estudio, podría reducir las muertes por diabetes en un 50% y los fallecimientos por enfermedades coronarias en un tercio. “La teoría que va detrás de este proyecto es la misma que está detrás del artículo de Cuba: no se trata de cambiar uno a uno a todos los individuos, sino de que todos cambiemos un poquito”, afirma Franco. Para combatir problemas como los cardiovasculares, “no se trata de que uno que está mal se cuide, sino que todos podamos caminar en lugar de coger el coche para todo o que no tengamos un restaurante de comida rápida en cada esquina antes de disponer de una frutería”, explica el también investigador del CNIC.

Esos pequeños cambios en los hábitos de vida, al ampliarse a toda la población tiene un efecto sobre la salud de la población mayor que el de que unos pocos individuos con alto riesgo cambien. “La gran mayoría de las personas que enferman no está en situación de alto riesgo”, señala Franco. “A la gente que no está en situación de riesgo, no los puedes vigilar y son los que están, sin saberlo, en una situación de mayor peligro”, explica. “De 100 personas a las que les da un infarto, 75 no tenían la tensión alta”, añade. Las claves para afrontar este problema de salud oculto pueden estar en los barrios, a la vuelta de la esquina.

02/10/2013


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