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diumenge 15 de gener de 2017 | Manuel
Neoliberalismo, Estado y gasto social

Rolando Astarita

Complemento a “Somos todos keynesianos…. (3)”

En la nota “Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (3)” dije que, contra lo que generalmente se afirma, la cuestión del mayor o menor gasto fiscal es una cuestión secundaria a la hora de diferenciar los gobiernos que típicamente se han considerado keynesianos, de los gobiernos llamados neoliberales. Escribí: “Gobiernos profundamente reaccionarios, como el de Ronald Reagan, o George Bush, aumentaron el gasto público para sostener a la economía en períodos de recesión, sin que ello encerrara algún carácter progresista o favorable a los trabajadores. De hecho, y al cabo de más de tres décadas de ‘neoliberalismo’, la participación del gasto público en el producto interno, en la mayoría de los países, es hoy más elevada que a mediados de los 1970”.

Pues bien, el gasto público total en relación al producto en Estados Unidos muestra una tendencia ascendente en los 70 años que van hasta 2015, con relativa independencia de que los gobiernos fueran demócratas o republicanos (una tendencia de largo plazo similar se advierte para los países de la OCDE; y también en la economía global).

Más importante, el gasto público con relación al producto estuvo por encima de la tendencia en la década de los 1980, dominada por las reaganomics. Luego disminuye, en términos relativos, en los 1990. Pero vuelve a subir fuertemente como respuesta a la crisis financiera. En cualquier caso, no puede advertirse un quiebre de la tendencia de largo plazo a partir del ascenso del neoliberalismo, a comienzos de los 1980. Los datos son del Bureau of Economic Analysis.


Gasto público en % del producto mundial, 1973-2014

En la nota anterior presenté el gráfico de la evolución del gasto público en relación al producto de EEUU entre 1945 y 2015. Aquí presento un gráfico de la evolución del gasto público en relación al producto mundial; datos tomados del Banco Mundial.

Nuevamente, no se advierte un cambio de tendencia en la década de 1980, de ascenso del neoliberalismo. El gasto en relación al producto mundial sube de forma relativamente constante entre 1973 y 1993, cuando pasa del 19,3% al 28,2%. Tiene un movimiento bajista hasta el 2000, cuando representa el 25% del producto. Oscila entre 25% y 26,5% hasta 2008. Con la crisis financiera sube al 28,8% en 2009; fue del 29,2% en 2014.


Gasto social % PBI OCDE

En una nota anterior presentamos gráficos que muestran que el gasto fiscal, en relación al producto, tendió a aumentar en EEUU y en la mayoría de los países capitalistas (aquí). Lectores del blog preguntaron si lo mismo había ocurrido con el gasto social. Aquí presento dos gráficos elaborados en base a datos de la OCDE para el período 1980-2015, el primero referido a EEUU y el segundo al promedio de gasto social de los países de la OCDE. Y un tercer gráfico de la OCDE que muestra el comportamiento del gasto social en relación al PBI para el promedio de las economías de la OCDE, la Unión Europea, Japón, EEUU, Francia y Australia. Precisemos que según la definición de la OCDE, el gasto social comprende beneficios en dinero (por ejemplo pensiones, subsidios a la maternidad, pagos por asistencia social), servicios sociales (por ejemplo cuidado de niños, ancianos o enfermos) o tratamiento impositivo favorable en los pagos por planes privados de salud (“Social Expenditure, 1980-2003: Interpretative Guide of SOCX”, OCDE, November 2007).

Gasto social % PBI 1960-2012

Puede verse entonces que no existe un cambio cualitativo a partir del ascenso del neoliberalismo, en la década de 1980. Tengamos presente, sin embargo, que desde mediados de los 1970 hubo una ofensiva a nivel global del capital sobre el trabajo, que dio como resultado un aumento de la relación beneficios / salarios en la mayoría de los países capitalistas (ver aquí). Una posible explicación de este aumento del gasto social es que haya servido como amortiguador de la protesta social. Después de todo, organismos internacionales como el Banco Mundial, o voceros del establishment económico como The Economist recomendaron y apoyaron la instrumentación de asistencia social en diversos países de América Latina (ejemplo, los planes dispuestos por el gobierno de Lula) para prevenir o canalizar las protestas y luchas sociales. Estas cuestiones me parecen imprescindibles a la hora de analizar políticas como las que implementa el gobierno de Macri, (con el consenso del peronismo), que están destinadas a mejorar las condiciones de explotación del trabajo.

En este punto puede ayudarnos a pensar esta dinámica del gasto social el análisis de Poulantzas en Estado, poder y socialismo. Transcribo algunos pasajes (tomados de la edición en español de Siglo XXI):

El Estado no puede consagrar y reproducir la dominación política exclusivamente por medio de la represión, de la fuerza, de la violencia ‘desnuda’. Ha de recurrir a la ideología, que legitima la violencia y contribuye a organizar un consenso de ciertas clases y fracciones dominadas respecto al poder político. La ideología no es algo neutro en la sociedad: solo hay ideología de clase. La ideología dominante, en particular, consiste en un poder esencial de la clase dominante” (p. 27).

“… a través del binomio represión-ideología es imposible delimitar las bases mismas del poder en las masas dominadas y oprimidas sin caer en una concepción al mismo tiempo policíaca e idealista del poder. (…) Creer que el Estado actúa solo de esta manera es simplemente falso: la relación de las masas con el poder y el Estado en lo designado particularmente como consenso, posee siempre un sustrato material. Entre otras razones porque el Estado, procurando siempre la hegemonía de clase, actúa en el campo de un equilibrio inestable de compromiso entre las clases dominantes y las clases dominadas. El Estado asume así, permanentemente, una serie de medidas materiales positivas para las clases populares. Incluso si estas medidas constituyen otras tantas concesiones impuestas por la lucha de las clases dominadas. Se trata de un hecho esencial, y no podría darse razón de la materialidad de la relación entre el Estado y las masas populares si se redujera al binomio represión-ideología” (pp. 30-31). (…)

“… incluso el fascismo se ha visto obligado a emprender una serie de medidas positivas respecto a las masas (reabsorción del paro, mantenimiento y a veces mejora del poder adquisitivo real de ciertas categorías populares, legislación llamada social) lo que no excluye, muy al contrario, el acrecentamiento de su explotación (mediante la plusvalía relativa). Por tanto, que el aspecto ideológico de engaño esté siempre presente en este aspecto, no impide que el Estado actúe también a través de la producción del sustrato material del consenso de las masas con respecto al poder” (p. 31; énfasis agregado).

15/1/2017


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