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Anticapitalistes
  
dijous 12 de gener de 2017 | Manuel
Argetina: Estado, partido y estrategia en el actual periodo histórico

Democracia Socialista

Introducción

Pese a ser un colectivo político joven, Democracia Socialista fue protagonista de varios debates en el seno de la izquierda. ... Nuestra actividad ha tenido una buena acogida por parte de colectivos militantes, activistas y referentes políticxs, tanto en Argentina, como en el exterior. Mayormente ha suscitado debates productivos y nos permitió estrechar vínculos militantes duraderos. Sin embargo – y como era de esperarse – hemos recibido también ataques y polémicas que nos obligan, antes que a un debate honesto, a clarificar lo que pensamos, despejando malas interpretaciones y acusaciones abusivas. Como es habitual en el tipo de literatura sectaria, unx tiene que aclarar expresiones que se le atribuyen abusivamente o rechazar forzadas adjetivaciones. Así, por ejemplo, el PTS rechazó nuestras propuestas electorales (y las de Pueblo en Marcha) hacia el FIT afirmando su rechazo a frentes con corrientes frentepopulistas, reformistas, pequeñoburguesas o populistas [1], así como otrxs nos han acusado de reproducir los “argumentos del partido Comunista argentino en los 1970” [2], o de adscribir a un reformismo “poulantziano” que pretende “mejorar el Estado” (!) y buscar una “vía pacífica” al socialismo [3]. Aprovechemos estos señalamientos críticos para clarificar nuestras opiniones sobre la estrategia socialista, el Estado y las tareas de la izquierda revolucionaria en el actual periodo histórico.

Nuevo periodo histórico

Nuestra orientación estratégica debe partir de la especificidad del período histórico que transitamos. Debemos constatar que el nuevo siglo es correlativo al fin de todo un ciclo histórico y político del movimiento obrero: la desarticulación del “campo socialista” constituyó el epílogo de una derrota de alcance histórico que sufrió la clase trabajadora en las últimas décadas del siglo XX. Este episodio cerró una etapa completa de la lucha de clases, aquella correspondiente a lo que lxs historiadorxs denominan “corto siglo XX” iniciado con la guerra mundial y la revolución de Octubre. Los grandes enunciados estratégicos de la tradición marxista datan del periodo de formación de este ciclo histórico, anterior a la Primera Guerra Mundial: el “análisis del imperialismo (Hilferding, Bauer, Rosa Luxemburgo, Lenin, Parvus, Trotsky, Bujarin), de la cuestión nacional (Rosa Luxemburgo de nuevo, Lenin, Bauer, Ber Borokov, Pannekoek, Strasser), de las relaciones partidos-sindicatos y del parlamentarismo (Rosa Luxemburgo, Sorel, Jaurés, Nieuwenhuis, Lenin), de la estrategia y los caminos del poder (Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky).”[4]

A este periodo inicial, previo a la primera gran guerra, hay que agregar la etapa de tres décadas de guerras y revoluciones que se inicia con Octubre y culmina en la conquista del poder por la revolución china de 1948, la cual condensa lo que podemos denominar las dos hipótesis estratégicas del siglo XX, la huelga general insurreccional (el “modelo” ruso de 1917) y la guerra popular prolongada (el “modelo” chino de guerra de guerrillas y de dualidad territorial de poderes). Las experiencias posteriores pueden, en buena medida, ser analizadas a partir de estos dos parámetros – desde las luchas de guerrilla de los movimientos de liberación nacional hasta las insurrecciones urbanas. Ejemplos como los de las revoluciones cubana y nicaragüense, en 1959 y 1979, muestran que las dos hipótesis pueden combinarse.

A su vez, la suerte de las experiencias revolucionarias pasadas obliga a volverse también sobre los peligros que afectan desde dentro a las aspiraciones emancipatorias. Extraer las lecciones del siglo XX, exige poner en primer plano algunas cuestiones subestimadas por lxs pionerxs del socialismo: los “peligros profesionales del poder”, la cuestión de la democracia y la importancia del pluralismo político; la autonomía de los movimientos sociales respecto al Estado y los partidos; la combinación de la ciudadanía social y la ciudadanía política.

El mundo ha cambiado y mucho desde que escribieron y vivieron lxs clásicxs del socialismo (Marx, Engels, Lenin, Trotsky, etc.). Pretender que eso no afecte de modo decisivo nuestras coordenadas teóricas y estratégicas no es más que un gesto de dogmatismo teórico, conservadorismo político y pereza intelectual.

Orfandad estratégica

Desde la entrada de lxs sandinistas a Managua, hace casi cuarenta años, que vivimos en un mundo sin triunfos revolucionarios. A su vez, nunca hemos presenciado revoluciones socialistas en democracias consolidadas o Estados “hegemónicos”. Es evidente, en este punto, la necesidad de reconocer una cierta “orfandad estratégica”. No tenemos por el momento una hipótesis revolucionaria equivalente a la huelga general insurreccional de Octubre o a la guerra popular de la Revolución China.

Atravesamos entonces un nuevo periodo histórico que obliga a un trabajo de redefinición programática y estratégica. Esto no significa que haya que hacer tabula rasa con el pasado o que no haya lecciones duraderas de las experiencias revolucionarias del siglo XX. En particular, un punto común decisivo entre ayer y hoy sigue siendo la imposibilidad de fundar una estrategia de cuestionamiento del sistema capitalista en base a una estrategia parlamentaria. Las lecciones de todas las experiencias revolucionarias confirman la necesidad de destruir el aparato de represión de las clases dominantes. Y nosotrxs entendemos por ello al núcleo duro del Estado –ejército, policía, justicia, aparato administrativo central –, incluso en el caso de que esas instituciones pueden fragmentarse y dividirse bajo la presión de los acontecimientos revolucionarios (por ejemplo, con comités o consejos de soldados). Sin una movilización social revolucionaria que rompa la columna vertebral de la dominación capitalista –el Estado– y que substituya la propiedad capitalista por la apropiación pública y social, los mecanismos de producción y de reproducción del capital continuarán dominando.

Este enfoque mantiene una de nuestras diferencias fundamentales con el reformismo. Una transformación radical de la sociedad no puede hacerse dentro del cuadro de las instituciones burguesas, manteniendo confianza en las elecciones parlamentarias por una acumulación radical de reformas y de conquistas de posiciones. No pensamos –a diferencia de ciertas tesis austro-marxistas, “eurocomunistas” o “reformistas de izquierda”– que se pueda conquistar el poder combinando simplemente “poder popular” y “conquista gradual de una mayoría electoral”. La toma del poder político necesita desembarazarse de las viejas instituciones y construir otras nuevas. Esto, a decir verdad, nos parece elemental y no nos parece necesario repetirlo a fin de cada párrafo.

Esta estrategia no excluye la formación, en una cierta etapa, de “gobiernos de izquierda”. Un gobierno en el marco de un Estado burgués no es necesariamente un gobierno de la burguesía. Por eso vale la pena valorar la hipótesis de que un “gobierno de izquierda”, en el marco de un Estado capitalista, pueda cumplir un rol progresivo, llegando eventualmente a ser el inicio de rupturas más decisivas con el capitalismo. Esta idea, en rigor, no es ninguna novedad “posmoderna”: es la hipótesis que empezaron a valorar lxs revolucionarixs de los años veinte (en el 3er y 4to congreso de la Internacional Comunista), ante el reflujo del ciclo insurreccional de 1917-1921, y que Trotsky denominó como el posible “inicio parlamentario de la dictadura del proletariado”. Esta hipótesis nos parece plausible, sobre todo en los países de lo que Gramsci denominaba “Occidente” (hoy día, casi todos los países capitalistas del mundo) donde “la existencia del Estado parlamentario constituye el cuadro formal de todos los otros mecanismos ideológicos de la clase dirigente”, como escribe Perry Anderson.

En ese sentido Ernest Mandel intentará perfilar una tipología de las revoluciones futuras, en las notas de su libro El capitalismo tardío: “La tipología futura de las revoluciones socialistas en los Estados fuertemente industrializados es muy probable que se parezca más a las crisis revolucionarias de España de los años 30, de Francia de 1936 y 1968, de Italia en 1948 y 1966-70, de Bélgica en 1960-61 que a las crisis de hundimiento tras la Primera Guerra Mundial”. Mandel distinguía las crisis de desfondamiento (posteriores a la guerra de 14 por ejemplo) y las crisis revolucionarias que se desarrollan con un debilitamiento más lento del Estado.

Creemos que la noción de crisis revolucionaria, como momento inevitable en la lucha por el poder, sigue siendo un elemento clave; y ligado a esto, la noción de “doble poder” mantiene pertinencia a condición de no concebir la emergencia de este nuevo poder en pura exterioridad al existente. En efecto, así como no es realista pensar que la superación del capitalismo pueda evitar la confrontación violenta con el Estado existente, del mismo modo es implausible que las nuevas formas de poder que emerjan se desarrollen en total exterioridad en relación a las instituciones políticas del “estado parlamentario”. Incluso la construcción de un nuevo Estado posterior a una ruptura revolucionaria, una democracia socialista autogestionaria, no supone una ruptura completa con los aspectos más avanzados de las instituciones representativas actualmente existente (y que fueron, más allá de sus límites, conquistas populares productos de movimientos de masas a los largo de la historia). Los derechos civiles, el Estado de derecho, el multipartidismo, las asambleas legislativas representativas (como la asamblea constituyente de la revolución rusa y de los debates entre Lenin y Rosa), son parte fundamental de un nuevo Estado que no puede simplemente empezar a disolverse en el “momento en que estatiza los medios de producción” ni puede reducirse a una gran asamblea de asambleas basadas en la “democracia directa”.

No podemos prever cómo serán las formas futuras de un proceso revolucionario. En la emergencia de nueva formas de poder popular, el acento prioritario debe, por supuesto, estar puesto sobre la movilización y la autoorganización. Esto, para nosotrxs, es elemental. Y si las corrientes sectarias fueran lectoras más atentas, podríamos evitar repetir lo obvio y enfocarnos en los problemas serios que afrontamos lxs revolucionarixs en el actual periodo. Pero esto no quita que haya disputas a dar al interior del Estado actualmente existente, lo que incluye la posibilidad de que un “gobierno de izquierda”, conquistado electoralmente, juegue un rol progresivo en la acumulación revolucionaria.

Ante esta situación las lecciones de la historia son inapelables: cuando se forma un gobierno que es portador de las aspiraciones y las reivindicaciones del mundo del trabajo, no hay más que tres escenarios posibles: o bien este gobierno estimula la movilización social y se apoya sobre ella para asumir la prueba de fuerza inevitable con el capitalismo internacional y los órganos estatales de las clases dominantes; o bien es derribado por la reacción (como el gobierno de la Unidad Popular en Chile, en 1973); o bien se alinea con lo que es aceptable por el Capital y traiciona a aquellos a los que representa (como el gobierno de Syriza en Grecia).

Todas las experiencias de radicalización social y política de las últimas décadas (la UP de Allende, la Revolución de los Claveles en Portugal, la Venezuela bolivariana, incluso la breve experiencia de Syriza antes de la capitulación) sugieren – de manera incompleta y aproximativa – los contornos de lo que puede ser una ruptura revolucionaria en el actual periodo histórico.

El Estado como “campo estratégico de disputa”

La idea de que la lucha revolucionaria incluye explotar las contradicciones internas del Estado capitalista suele asociarse al pensamiento de Nicos Poulantzas y a la estrategia que él denominó “vía democrática al socialismo”. Esto exige alguna clarificaciones.

Dice Poulantzas: “Una lucha interna dentro del Estado, no simplemente en el sentido de una lucha encerrada en el espacio físico del Estado, sino de una lucha situada en el terreno del campo estratégico que es el Estado, lucha que no trata de sustituir el Estado burgués por el Estado obrero a base de acumular reformas, de tomar uno a uno los aparatos del Estado burgués y conquistar así el poder, sino una lucha que es, si quieres, una lucha de resistencia, una lucha de acentuación de las contradicciones internas del Estado, de transformación profunda del Estado; Y al mismo tiempo, una lucha paralela, una lucha fuera de los aparatos y las instituciones, engendrando toda una serie de dispositivos, de redes, de poderes populares de base, de estructuras de democracia directa de base, lucha que, aquí también, no puede estar dirigida a la centralización de un contra-Estado del tipo de doble poder, sino que debe articularse con la primera” (Poulantzas, 1977).

A pesar de ciertas lecturas apresuradas, la concepción de Poulantzas, más allá de ciertas limitaciones, es irreductible a cualquier “vía pacífica” o exclusivamente electoral al socialismo. El autor griego (analizando los procesos de salida de las dictaduras de los países del sur de Europa, así como la experiencia de Allende en Chile) percibe la posibilidad de un acceso electoral al gobierno que preceda a los choques revolucionarios, no que los reemplace. Este es el caso, por ejemplo, de la UP chilena. Lejos de cualquier “vía pacífica”, el acceso electoral al gobierno por parte de Allende fue el punto de inicio de dos años de golpes revolucionarios y contra-revolucionarios, que incluyeron la acumulación político-militar por parte de sectores de la izquierda revolucionaria que defendían el gobierno (como fue el caso del MIR). Hasta aquí nuestro acuerdo con el pensamiento y la propuesta estratégica de Nicos Poulantzas.

Sin embargo, que no pueda ser reducido a un vulgar parlamentarismo no quita que la teorización de Poulantzas contiene algunas ambigüedades o limitaciones que lo exponen a subestimar la necesidad de una ruptura decisiva con el Estado capitalista. Una confrontación seria con el pensamiento de Poulantzas, uno de los puntos más altos de la teorización marxista del Estado, excede a las posibilidades de este texto. Establezcamos, sin embargo, algunas consideraciones que van directo a nuestros problemas estratégicos.

Si es difícil imaginar procesos importantes de transformación sin rupturas significativas en el seno de las instituciones políticas actualmente existentes, esto no significa, como afirmamos más arriba, soslayar la polarización propia de la dinámica del doble poder. Éste último debe entenderse en el sentido general de batallas entre dos centros de decisión política bajo formas diversas, y no la simple oposición ente un poder popular, estructurado por la base y exterior al Estado, y el poder político-institucional. En el pensamiento de Poulantzas pareciera que la estrategia revolucionaria se bifurcara en dos líneas paralelas, que no se cruzan sino bajo la figura de la presión de uno sobre otro. “Lo que puede muy bien traducirse en la práctica en un compromiso entre el “abajo” y el “arriba”, o dicho de otro modo, por un vulgar lobby del primero sobre el segundo, que quedaría intacto“ [5] (el subrayado es nuestro).

Más en general, la conocida fórmula de Poulantzas sobre el Estado como “condensación material de relaciones de fuerza entre las clases y fracciones de clase” es un punto de ruptura con una visión instrumental del Estado. Pero a su vez corre el peligro de soslayar el lugar integrante del Estado mismo en estas relaciones de fuerza y el rol desigual, asimétrico, que las clases traban con él. El carácter de clase del Estado capitalista, pone siempre un límite a las posiciones que pueden conquistarse a su interior. Poulantzas es consciente de esto pero cierta imprecisión de sus fórmulas y definiciones abre un terreno de ambigüedad al respecto.

En términos estratégicos, esta comprensión del Estado nos lleva a que sea conveniente, tal vez, hablar de una “preparación democrática de la ruptura” antes que de una “ruptura democrática con el capitalismo. La idea de preparación democrática de la ruptura socialista implica una discusión (esbozada más arriba) tanto con las estrategias puramente duales como con las ingenuamente institucionales. Frente a las estrategias puramente duales (que desconocen el rol del Estado en los procesos de acumulación de fuerzas de la clase trabajadora) vindicamos la necesidad de trabajar en el seno de la forma política estatal y la democracia representativa (sin relegar la tarea de construir, por fuera del Estado, órganos propios y prefigurativos de la clase), durante todo un largo período, que genere condiciones para una ruptura socialista. Esto de ninguna manera implica descartar la necesidad de choques insurreccionales o confrontaciones violentas con el núcleo del Estado burgués. Frente a las visiones ingenuamente institucionales, que desconocen la necesidad de la ruptura con el Estado capitalista y su aparato represivo, no vemos la posibilidad de construir el socialismo por una simple acumulación de reformas parlamentarias (ni siquiera si vienen combinadas con el “poder popular” organizado desde abajo). Si las estrategias puramente duales fracasan a la hora de medirse con Estados hegemónicos, con fuertes capacidades de integrar el conflicto de clases; las estrategias ingenuamente institucionales tienden a desconocer las limitaciones estructurales de los Estados capitalistas, que a mediano o largo plazo constriñen sus posibilidades de acción y fuerzan retrocesos, agotamientos y crisis.

La construcción partidaria en la actualidad

Hemos sostenido en otros trabajos la necesidad de afrontar un balance crítico de las formas organizativas heredadas de la “izquierda independiente” y la necesidad de recuperar en una clave democrática a la forma-partido[6]. Contra la proliferación de micro-caudillismos propia de la denominada “nueva izquierda”, creemos que la recuperación de la forma partido no solo apunta a una mayor eficacia sino que también tiene un valor anti-burocrático. En otros trabajos hemos explicado nuestra interpretación de la teoría marxista del partido, donde señalamos la complementariedad entre la construcción de organizaciones de cuadrxs y la de partidos amplios, movimientos anticapitalistas o reagrupamientos que van más allá de la simple unidad de lxs revolucionarixs marxistas[7]. Retomemos aquí algunas precisiones.

La historia del movimiento obrero pone en evidencia con claridad que los partidos revolucionarios de masas no son el producto de un proceso lineal de crecimiento gradual a partir de una pequeña liga de militantes marxistas. Los partidos revolucionarios solo surgen como consecuencia de puntos de ruptura y saltos cualitativos. Y en este punto las experiencias son heterogéneas.

Hay casos en los que constituye un avance una confluencia de un espectro amplio de fuerzas sobre una base anticapitalista, en torno a un programa que no sea totalmente marxista revolucionario. Este es el caso, por ejemplo, del PSOL en Brasil, el SSP en Escocia, el NPA francés en sus orígenes o el Bloco de Esquerdas en Portugal, para dar algunos ejemplos.

Un segundo ejemplo posible son las experiencias de reagrupamiento dirigidos por sectores provenientes del “reformismo de izquierda”, pero que no son la expresión de un aparato burocrático cristalizado (como en el caso de la vieja social-democracia, del estalinismo o de la burocracia sindical), sino que conquistan un peso de masas empujados por la rapidez de los acontecimientos, en una coyuntura de crisis social y política. Son los ejemplos de Syriza y Podemos. Esta falta de estructuración burocrática suscita un proceso organizativo (caótico, militante, por abajo) que presiona sobre su dirección a la vez que le permite a las corrientes radicales ganar posiciones en su interior. Izquierda Anticapitalista (hoy movimiento Anticapitalistas, sección española de la Cuarta Internacional), tenía alrededor de 500 militantes al momento de lanzar Podemos junto al círculo de Pablo Iglesias. Hoy no solo creció cuantitativamente sino cualitativamente en una experiencia con pocos paralelos en la historia de la izquierda revolucionaria europea: dos años después esta corriente cuenta con varixs referentes populares con llegada de masas (Teresa Rodriguez, Miguel Urbán), ganaron la alcaldía de una capital de provincia (Cádiz), dirige regiones enteras de un partido de masas como Podemos (Andalucía, principalmente, pero mantiene un peso decisivo en otras comunidades, como Catalunya y Madrid, entre otras) y está en el centro de los procesos organizativos y en contacto permanente con miles de militantes que surgen a la lucha, consolidándose como una referencia política inevitable entre la vanguardia y las masas [8].

Otra hipótesis para la construcción partidaria se abre cuando un sector importante de la izquierda de la burocracia sindical, con sólida inserción en la base, rompe con los partidos burgueses y se propone lanzar un nuevo partido, quizá con un programa explícitamente reformista. Colocada frente a esta situación, una organización revolucionaria tendría que considerar seriamente integrarse a ese partido desde el comienzo y dar una batalla por su orientación o por influenciar sectores relevantes del movimiento obrero. Esto es justamente lo que ocurrió, por ejemplo, en Brasil en los últimos años de la dictadura y lo que dio nacimiento al PT. Y esa es la razón por la cual, treinta años después, las corrientes revolucionarias que tienen un desarrollo serio en la realidad brasilera son las que participaron de la construcción del PT. El contraejemplo es el PCO, la corriente hermana del PO, que se distanció tempranamente de esa experiencia organizativa del movimiento obrero brasilero y nunca superó el estadio de un pequeño círculo de propaganda [9].

Un cuarto ejemplo lo constituyen las “nuevas socialdemocracias” anglosajonas, como Corbyn y Bernie Sanders en Inglaterra y EEUU. Estos dos fenómenos muestran que los procesos de radicalización pueden adquirir formas y expresiones inesperadas frente a las que debemos mostrarnos sensibles.

Esta tipología no pretende ser exhaustiva, sino mostrar la heterogeneidad de hipótesis y posibilidades de recomposición organizativa de la izquierda revolucionaria. La vocación de construcción en amplitud no va en desmedro de los acercamientos en el seno de la izquierda revolucionaria, siempre y cuando no sean un freno para las experiencias amplias de reagrupamiento, sino que se contemplen en el marco y en función de ellas.

Esta apertura hacia el reagrupamiento no solo responde a conclusiones de método sobre las formas de “construir el partido”, sino que depende, de manera crucial, de las circunstancias históricas que hoy enfrentamos. La etapa actual, pasada la contra-revolución neoliberal y su victoria ideológica contra lo que fue denominado “socialismo real”, es de profunda fragmentación de lxs socialistas y de lucha decidida por su reorganización, lo que significa disposición al diálogo y la búsqueda de recomposición por la vía de síntesis. Nuestra estrategia global es impulsar un proceso que evaluamos que será largo y complejo, de reconstrucción del movimiento socialista sobre bases revolucionarias – en nuestro país y en el mundo-, pasando por diversas e imprevisibles fusiones y síntesis de experiencias. La apertura para eso y las políticas de unidad de lxs anticapitalistas de diferentes niveles posibles (que es mucho más que el frente único) está en el centro de nuestra concepción estratégica.

Que consideremos que en ciertas condiciones sea necesario intervenir en formaciones política en conjunto con sectores centristas o reformistas de izquierda no significa subestimar los peligros y limitaciones que afecta a este tipo de experiencias conjuntas. Poco ayuda a reconstruir la estrategia revolucionaria sobre una base no sectaria las idealizaciones o la subestimación de las dificultades (que son habituales en las corrientes oportunistas). Todos estos procesos están sometidos a marchar y contramarchas. Las claudicaciones, el transformismo de las direcciones reformistas, los procesos de burocratización inevitables, obligan a tener una evaluación equilibrada y rigurosa de estas experiencias [10]. Considerar que en ciertas circunstancias se debe intervenir en procesos o formaciones políticas que no estén del todo delimitados en términos de reforma/revolución, no significa que haya que participar en cualquier formación amplia ni que en ciertas circunstancias la delimitación y la diferenciación no sea una tarea crucial para lxs revolucionarixs. Esto es elemental. A partir de tener claro nuestra estrategia y nuestro programa, “podremos, frente a situaciones concretas y a aliados concretos, evaluar los acuerdos posibles, a riesgo de perder (un poco) en claridad si ganamos (mucho) en inserción social, en experiencia y en dinámica”[11].

Por último, es importante aclarar la diferencia crucial entre la apertura a la unidad política en el marco de reagrupamientos amplios y lo que, en la tradición del trotskismo, se denomina “entrismo”. Es habitual entre corrientes sectarias la identificación de una y otra cosa [12]. El término “entrismo” aparece en los años treinta a partir de lo que se denominó “giro francés” de 1934 cuando Trotsky propone a los pequeños grupos provenientes de la Oposición de Izquierdas que se incorporen a los partidos socialistas en los que emergían corrientes de izquierdas. Aunque este “entrismo” no tenía nada de clandestino y se hizo “con la bandera desplegada”, se trataba de una táctica de corto plazo, con un carácter exterior y conspirativo. No se proponía la construcción leal de un partido, lo que podría significar fortalecer sus alas izquierdas, dar una disputa por su dirección o postergan hacia momentos de confrontaciones decisivas las delimitaciones y rupturas. Se trataba de una táctica orientada a convencer a militantes de un partido de masas sobre la necesidad de romper con él y construir una organización independiente.[13] La táctica del entrismo a menudo se considera como el origen de las prácticas maniobreras que caracterizan a algunas organizaciones trotskistas.

A diferencia de una táctica “entrista”, nuestra propuesta se basa en la disposición leal a construir, con perspectivas de mediano y largo plazo, marcos de reagrupamientos con diferentes niveles de amplitud. De hecho, en un movimiento obrero medianamente democrático, la noción misma de “entrismo” no tiene lugar ni sentido. Antes de 1914 existían corrientes revolucionarias en las organizaciones reformistas, tal como fueron las alas izquierda de la socialdemocracia europea que luego conformarían la Tercera Internacional. Su combate estaba enfocado en el “gran día”, y a nadie se le habría ocurrido entonces hablar de entrismo a ese respecto. Lo mismo puede decirse de la participación de Marx y sus seguidorxs en la Asociación Internacional de los Trabajadores, donde convivían una multiplicidad de grupos y corrientes (libertarios, sindicalistas, mutualistas, comunistas). Sería absurdo pensar que Marx intervino allí con el objeto de “llevarse al sector más progresivo” hacia una organización que se ajustara a sus propias ideas, aún si con el tiempo las delimitaciones y las rupturas fueran inevitables. Si bien el “entrismo” puede ser necesario, en contextos muy precisos, de clandestinidad o marginalidad por ejemplo, sin embargo está muy lejos del tipo de concepción de la construcción partidaria que intentamos desarrollar en este texto.

Partido y organizaciones de base

En un texto reciente[14], lxs compañerxs de Organización Política La Caldera realizan un juicio sumario sobre la construcción de partidos amplios o anticapitalistas. Resulta llamativo el contraste entre la rapidez, e incluso la superficialidad, con la que resuelven problemas políticos de magnitud, y el desarrollo extremadamente extensivo en términos de reconstrucción histórica.

Lxs compañerxs cometen, a nuestro criterio, dos errores fundamentales en su concepción del “Partido de Masas con Libertad de Tendencias”, que, pese a los parecidos superficiales con nuestra propuesta, lxs coloca en un campo sustantivamente diferente.

Lxs compañerxs toman como referencia a los partidos comunistas de la Tercera Internacional previa a la estalinización. Es decir, aspiran a un partido de masas con dirección revolucionaria (¿quién no?). Pero el punto más relevante para la discusión no se ubica sobre este objetivo último – donde no se sitúa el centro de la polémica dentro de la izquierda marxista – sino en las tácticas y las políticas transicionales para la construcción de dicho instrumento político. Y en la amplia reconstrucción histórica en torno a los partidos comunistas de los años veinte, lo esencial se mantiene invisible ante los ojos de lxs compañerxs. Los partidos comunistas de los años veinte surgen como rupturas de las alas izquierda del socialismo europeo, que había entrado en una degeneración burocrática. Es decir, que la emergencia de estas direcciones revolucionarias que disputaban fracciones de masas es imposible de comprender si no se reconoce su pre-existencia como ala izquierda de “partidos amplios con delimitaciones estratégicas incompletas”, tal como fueron los partidos socialdemócratas de fines del siglo XIX y principios del XX. Pero este es precisamente el método para la construcción del partido que lxs compañerxs rechazan a lo largo del texto. Un ejemplo clásico es el surgimiento del Partido Comunista Francés a partir de una división en el Partido Socialista en el congreso de Tours de 1920. O lxs mismxs bolcheviques, que solo pueden comprenderse sobre la base del trabajo común en el seno del POSDR, la socialdemocracia rusa. Los ejemplos pueden multiplicarse. Solo la combinación de un trabajo de décadas del socialismo europeo (que incluyó no solo la construcción de partidos obreros de masas, sino de una amplia cultura socialista que involucraba a millones de trabajadorxs), la degeneración burocrática que se puso en evidencia con la aprobación parlamentaria de los créditos de guerra en 1914 y la enorme fuerza propulsora que ejerció la revolución de Octubre ante la mirada de millones, es que pudieron surgir estos partidos revolucionarios de masas que lxs compañerxs quisieran reproducir.

La otra gran confusión de esta propuesta es que fusiona partido de masas con organización de base. Lxs compañerxs, en términos organizativos, quieren estar a la vez en misa y en la procesión, sintetizando de manera inconsistente la concepción de partido de vanguardia con una serie de prejuicios espontaneístas o consejistas irreconciliables. Pretenden aunar el espontaneísmo desde abajo (una organización “del pueblo” y no de cuadrxs políticxs) con la exterioridad y artificialidad relativa del partido de cuadrxs. Esto lleva a la confusión entre organización de masas y de base. Toda organización política emancipatoria aspira a la masividad, la inserción en el movimiento social real y la compenetración con la vida cotidiana del pueblo. Sin embargo, eso no significa que el partido deba estar compuesto de órganos de base (sectoriales). Significa, en cambio, que lxs cuadrxs partidarixs deben insertarse en órganos de base para cumplir un rol de difusión ideológica, propulsión de la lucha y articulación política. En cambio, pretender construir un partido político que incluya instancias de base sectoriales propias (tal cosa parece ser lo que constituye al partido “de masas” para lxs compañerxs de OPLC) redunda sobre los formatos organizativos intermedios (“movimientos populares”, “coordinadoras de base”), visiblemente agotados en su capacidad de proyección y articulación política [15].

Esta fusión entre las organizaciones de masas de lxs trabajadorxs y la organización política da lugar, de hecho, a la forma más brutal de lo que lxs compañerxs denominan “partido-movimiento”, es decir un modelo organizativo “con características movimientistas: integra a militantes con diversos niveles de politización y formación a través de su vinculación con una dirigencia ‘natural’ dentro del partido; carece de una orgánica conscientemente apropiada por el conjunto de la militancia, lo que debilita la democracia interna; y no tiene un programa definido que integre y oriente globalmente su actividad política y social”. Si durante todo este texto se tiene la sensación de que esta propuesta solo “racionaliza” lo que ya existe, dicha impresión parece verificarse en esta descripción, que puede aplicarse, con distintos matices, a la actual dinámica metodológica y organizativa de las organizaciones y movimientos que intentan unificar lo social y lo político, sobre las cuales lxs compañerxs de OPLC pretenden construir un “partido de masas”.

En todo caso, sí existe un precedente de este tipo de “partido de masas” que fusiona la organización política con las organizaciones sectoriales o sindicales: no los PC de los años veinte, sino algunos partidos socialdemócratas previos, principalmente el Laborismo inglés. A diferencia de los partidos de la Internacional Comunista, que en sus tesis sobre la cuestión sindical establecían una diferencia irreductible entre la organización política y los sindicatos de masas, el Laborismo incluyó, a su interior, a los sindicatos como partes integrantes del partido. Este sería el verdadero precedente de la propuesta de la OPLC, con la diferencia elemental de que mientras el laborismo se estructuraba sobre los sindicatos de masas ingleses, que involucraban a millones de trabajadorxs, la OPLC intenta asentarse sobre algunas corrientes piqueteras de nuestro país.

Esto tiene algunas conclusiones bien directas. Como bien señalan lxs compañerxs de Izquierda Revolucionaria en su respuesta al texto[16], la propuesta no converge con la concepción leninista de una organización política (que dice defender), puesto que se desdibuja la distinción fundamental entre el partido y la clase, que está a la base de la propuesta de Lenin para la conformación de un partido de vanguardia (Bensaïd, 1987, Astarita, 1996) y, más en general, de la vindicación revolucionaria del lugar específico de la política en la lucha de clases (este es el descubrimiento maquiaveliano de Lenin, su mayor aporte a la tradición revolucionaria). En el caso donde se fusiona la organización política y la de base, la alternativa es de hierro: o bien se despolitiza lo político y se obstaculiza el dinamismo que requiere una organización política (como en el caso de muchas organizaciones de la denominada izquierda independiente), o se dirige burocráticamente a la organización social, como sucede, para continuar con la referencia, en el Laborismo inglés, donde por sobre los sindicatos y los afiliados se monta un enorme aparato burocrático de lxs dirigentes del partido, poco sometido a controles democráticos.

Reforma y revolución en la lucha de clases del siglo XXI

Este debate sobre la construcción del partido, entendido como un proceso irreductible al simple crecimiento gradual de un pequeño grupo marxista, coloca en primer plano la posibilidad de participar de formaciones políticas que no estén completamente delimitadas en términos de reforma/revolución. Esto implica una ruptura profunda, razonada y práctica con el sectarismo. Lo que está en debate es la relación que lxs revolucionarixs deben trabar con corrientes centristas, oportunistas o no marxistas o, más en general, con el reformismo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el reformismo es un fenómeno más amplio que los partidos reformistas organizados (socialdemócratas, populistas, nacionalistas). El reformismo –en el sentido de un fenómeno político que pretende la mejora gradual del capitalismo en lugar de la transformación revolucionaria de la sociedad– emerge de las condiciones materiales mismas de la clase trabajadora. Las condiciones a las que la clase obrera está sometida en la sociedad burguesa (particularmente, la fragmentación y la pasividad que induce el modo de producción capitalista) llevan a lxs trabajadorxs, incluso a los sectores combativos, a una profunda inseguridad sobre su capacidad para tomar el control de la sociedad. Esta falta de confianza sólo puede quebrarse por medio de prolongadas batallas de clase y a través de la intervención decidida en ellas de lxs revolucionarixs de forma organizada. La superación del reformismo no es algo que sucede de manera automática ni por medio de cambios súbitos.

La consecuencia de esto es que la diferenciación clásica entre reforma y revolución, surgida de los debates de Rosa Luxemburgo y Lenin previa a la ruptura de la II Internacional, mantiene su significación histórica e importancia crítica. Y, por lo tanto, sigue siendo una tarea estratégica fundamental para la izquierda revolucionaria ganar a la base obrera de los partidos socialdemócratas, nacionalistas o populistas. Un recurso clave para alcanzar este objetivo, surgido de los primeros congresos de la Internacional Comunista, es la táctica del Frente Único. La experiencia de la práctica común en la lucha, que pone a prueba a los diferentes sectores que intervienen en el movimiento obrero, es fundamental para ganar para una orientación revolucionaria a quienes hoy se mantienen influidos por el reformismo y sus organizaciones. A su vez, si la diferencia entre reformistas (que sólo quieren mejorar el orden establecido) y revolucionarixs (que quieren cambiarlo) no está pasada de moda, esto no quita que, sin embargo, su significado práctico merezca ser reexaminado. Es necesario comprender que la delimitación estratégica entre la reforma y la revolución no está grabada en mármol en los textos de una vez y para siempre. Ella se desplaza en función de las experiencias históricas. Depende de la lucha de clases, de la coyuntura nacional e internacional, de la formación social, de las relaciones de fuerza. La delimitación entre reformistas y revolucionarixs, entonces, es una frontera móvil, lo cual se demuestra en todas las experiencias revolucionarias del siglo XX.

La caracterización de una organización como revolucionaria, sobre la base de su programa y de su práctica, tiene sólo un valor provisional y sujeto a confirmación. Si el deber de lxs revolucionarixs es hacer la revolución, es sólo a través de la prueba de los hechos como se puede corroborar la línea de demarcación. Incluso las organizaciones con intenciones más revolucionarias tienen sus conservadurismos y sus vacilaciones; nunca escapamos completamente a la subordinación al orden dominante que queremos derrocar” [17]. Sin ir más lejos, lxs bolcheviques tenían, hasta abril de 1917, un programa de colaboración de clases con el gobierno provisional, basado en la tesis estratégica de la “dictadura democrática de obrerxs y campesinxs” que iba a dar lugar a una república capitalista. Del mismo modo, corrientes centristas o reformistas pueden exponerse a una radicalización a la izquierda (tal como sucedió paradigmáticamente en el proceso cubano, y en menor medida en el venezolano). Ya Trotsky en el programa de transición se refería a la posibilidad de que direcciones “estalinistas o pequeño burguesas fueran más lejos de lo que querrían” en su ruptura con la burguesía. En resumen, es tan importante mantener el criterio de diferenciación entre reformistas y revolucionarixs, como ser conscientes de que la delimitación no puede fijarse a priori sobre criterios exclusivamente ideológicos o programáticos.

Sobre las experiencias actuales: Grecia y Venezuela como pruebas para la izquierda revolucionaria

Habiendo descripto brevemente nuestras concepciones sobre el periodo histórico, la estrategia socialista y el partido (en debate con las concepciones sectarias), vale la pena poner a prueba nuestras posiciones y confrontarlas con las experiencias más avanzadas de la lucha de clases actual.

La experiencia reciente más decisiva para confrontar tesis estratégicas fue el corto primer gobierno de Syriza en Grecia. Aunque pueda parecer paradójico, quien definitivamente no verificó sus hipótesis en el caso de la claudicación de la dirección de Tsipras fueron las corrientes sectarias. Poco antes del acceso de Syriza al poder, un referente de OKDE y Antarsya afirmaba: “El apoyo a Syriza es algo inestable, no entusiasta, una táctica del “mal menor” a los ojos de la mayoría de sus seguidorxs. La conciencia social es líquida y son de esperar todavía saltos abruptos- este es el segundo pilar de nuestro enfoque“[18] (el subrayado es nuestro). Se aplica aquí un razonamiento prototípico de las corrientes sectarias: ante la defección de lxs reformistas, lxs revolucionarixs que mantuvieron una delimitación escrupulosa pueden capitalizar la nueva situación y empalmar con las masas, en el marco de una situación política inestable y de cambios bruscos (generalmente se tiene en mente los saltos abruptos que dieron lxs bolcheviques durante los sucesos de febrero-octubre del 17). Sin embargo, luego de la defección de la dirección de Tsipras, Antarsya es tanto o más impotente que antes, mientras que la reorganización de la oposición social y política al “tercer memorándum” es protagonizada por la ex Plataforma de Izquierda, que pudo capitalizar la intervención al interior de Syriza, heredar la mayor parte de sus estructuras y cuadrxs y dar nacimiento a un nuevo partido sobre bases programáticas y estratégicas superiores (la Unidad Popular). Construida solo un mes antes de las últimas elecciones, cuando el peso social del nuevo memorándum todavía no se había hecho sentir, y ante la negativa de Antarsya de acordar un frente electoral, la UP quedó a pocos miles de votos de superar el piso electoral y conquistar una bancada de aproximadamente diez diputadxs. Esta derrota parcial no niega la importancia estratégica que conlleva la construcción de lo que posiblemente sea un partido anticapitalista de masas en el seno de la que sigue siendo la lucha de clases más avanzada del continente europeo. El caso griego, contra lo que indica una mirada superficial, es un ejemplo patente de la posibilidad de reanudar los procesos organizativos sobre bases estratégicas y programáticas superiores, a partir de tener una conexión real y no sectaria con los procesos populares, evitando una actitud pasiva y abstencionista.

El otro ejemplo que podemos tomar de referencia es la experiencia bolivariana en Venezuela. Allí se puede reconstruir (con cierta facilidad en términos analíticos), tres estrategias diferentes que fueron implementadas por la izquierda revolucionaria ante el chavismo. En primer lugar, podemos señalar un tipo de análisis del proceso bolivariano y una estrategia que se funda en una idealización acrítica de su dirección, a la que se caracteriza como socialista y revolucionaria (aunque en una transición lenta hacia el socialismo). La supervivencia de un capitalismo de Estado rentístico y el actual descalabro económico (que mucho tiene que ver con la ausencia de una ruptura definitiva con la burguesía) dejan poco margen para este tipo de expectativa desmesurada en la dirección chavista (sobre todo, luego de la muerte de Chávez). Una segunda interpretación, simétricamente inversa, es la que caracterizó a este proceso como un simple “nacionalismo burgués”. Recuperando la categoría marxista de “bonapartismo”, estas corrientes consideran que gobiernos como el venezolano tienen un sentido regresivo en el largo plazo, en la medida en que – a golpes de ciertas concesiones sociales – integran a las clases subalternas al Estado y al régimen social. El supuesto implícito es que las masas están dispuestas a ir más lejos en sus reivindicaciones, pero se encuentran transitoriamente bloqueadas por sus direcciones. El correlato práctico de esta posición consiste en embestir frontalmente contra el gobierno, tratando de emular, en condiciones muy diferentes, la posición de los bolcheviques frente al Gobierno de Kerensky (“ninguna concesión al Gobierno Provisional”). Ésta es la posición de las fuerzas del FIT sobre el proceso bolivariano y, en la misma Venezuela, esta política está representada por el PSL (Partido Socialismo y Libertad) encabezado por el dirigente sindical Orlando Chirino, corriente hermana de Izquierda Socialista en nuestro país [19].

Contra el propagandismo sectario de esta posición, que les cerró la puerta de un proceso nacionalista progresivo y lxs terminó aislando de las masas, y la adaptación estratégica que instrumentaron otros sectores, nosotrxs nos identificamos con las corrientes revolucionarias que intervinieron al interior del proceso, identificando que con la “revolución bolivariana” se puso en movimiento un proceso social progresivo, que empujó la experiencia política de las masas y permitió una enorme acumulación social y política para las clases populares; pero que a la vez percibieron que era necesario mantener la autonomía organizativa y programática para apuntalar la movilización de masas independiente y prepararse para una ruptura decisiva con el Estado burgués (aún si la dirección no estaba dispuesta a hacerla). Si estos procesos no van hasta el final en su ruptura con la burguesía, inevitablemente sus gobiernos se empantanan o se convierten en rehenes de las instituciones burguesas. Haber sido parte activa de los mismos es lo que permite, cuando entran en un periodo de agotamiento, disputar a las masas pudiendo recoger sus banderas progresivas y construir nuevas alternativas. En el debate con las corrientes sectarias, los ejemplos de Grecia y Venezuela son útiles, a pesar (o en virtud) de sus dificultades y contramarchas.

A estas experiencias pueden sumarse actualmente los procesos de masas, en coyunturas de crisis menos aguda y consecuentemente considerablemente más limitados y menos radicales, que están en curso con la candidatura de Bernie Sanders en EEUU o con la conquista de la dirección del Partido Laborista en el Reino Unido por parte de Jeremy Corbyn. Como venimos diciendo, nada exime a estos procesos de grandes limitaciones, contradicciones, contramarchas o posibles degeneraciones. Pero es necesario percibir que, por el momento, se trata de procesos enormemente progresivos, que ponen en alerta a las clases dominantes y que presagian nuevas confrontaciones sociales y políticas. El caso de Sanders, que está haciendo una campaña política con referencias a “la revolución (política) de la clase trabajadora contra la clase millonaria” y el socialismo (democrático), está teniendo un impacto ideológico de largo alcance y que posiblemente abra una nueva página en la historia de la izquierda radical norteamericana. El caso de Corbyn es diferente, porque allí está en juego efectivamente la posibilidad de disputar el gobierno de una de las principales potencias capitalistas del mundo. Su candidatura, primero, y la conquista de la dirección política del laborismo luego, está poniendo en funcionamiento un movimiento de masas que puede servir de apoyo para una mayor radicalización política. Saludablemente, las principales corrientes de la izquierda revolucionaria británica (como el SWP o la Left Unity donde intervienen lxs militantes de la Cuarta Internacional) supieron apreciar el fenómeno y están siendo parte activa de los mismos.

Los ejemplos podrían multiplicarse, ya hemos enumerado a varios: Podemos en el Estado español, el PSOL brasilero, el SSP escocés, la OPT mexicana, el HDP turco. Si uno recorre las prensas de las corrientes sectarias, podremos encontrar sin dificultad su oposición a todas estas experiencias, es decir, a todos los procesos progresivos que la izquierda revolucionaria está protagonizando en el periodo actual.

….

Democracia Socialista se propone construir una organización política revolucionaria, marxista, internacionalista, ecosocialista, feminista y por la disidencia sexual . Una izquierda revolucionaria no sectaria, una organización política caracterizada por un marxismo no dogmático, por un anticapitalismo abierto, autogestionario. Es decir, un espacio político que no existe aun en nuestra cultura política, polarizada entre las corrientes populistas vinculadas al peronismo y el troskismo de tipo sectario.

En la actual etapa, caracterizada por una avanzada generalizada de un gobierno derechista contra las clases populares, debemos poner en el centro de nuestra actividad amplias tácticas de frente único (sobre todo con los elementos combativos del kichnerismo). Esta táctica de unidad en la acción defensiva debe, a su vez, ir de la mano de la vocación de construir un campo político propio, diferenciado tanto del gobierno como de la oposición kirchnerista/peronista. Construir una alternativa política en nuestra actual etapa requiere explorar la posibilidad de empalmar con lo mejor de la militancia política que tuvo expectativas en el anterior gobierno, pero en el marco de un proyecto que supere los límites insalvables del kirchnerismo. Debemos construir una nueva representación política de las clases populares, un frente social y político de oposición al ajuste, que sea portador de un proyecto de ruptura con el capitalismo y sus instituciones.

Como militantes revolucionarixs, consideramos “indigno ocultar nuestras ideas y propósitos”. Sirva para tal fin esta clarificación teórica y estratégica con nuestrxs polemistas sectarixs.

[1] Lizarrague, F., “El “Frente Único” como justificación para pelear candidaturas”.

[2] Astarita, R., “FIT, “chavismo de izquierda” y este blog”.

[3] Quiroga, M., “Venezuela en momentos decisivos: un balance sobre la experiencia del chavismo”.

[4] Bensaïd, D. “Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren”.

[5] Bensaïd, D., “El retorno de la cuestión político-estratégica”.

[6] Martín, F., “Hacia una reivindicación libertaria de la forma partido: Para una autocrítica de las formas organizativas de la nueva izquierda”.

[7] Mosquera, M. y Callegari, T., “Una crítica a las ‘dos almas’ de la teoría marxista del partido”.

[8] Otra experiencia basada en una dirección reformista, aunque con importantes particularidades dada la cuestión nacional y el carácter fuertemente represivo del Estado, es el HDP (Partido Democrático de los Pueblos) turco. Es relevante percibir cómo, en el contexto de un “estado fallido” sometido a una guerra civil, donde está en el centro del conflicto una organización político-militar – como es el PKK y la guerrilla kurda – que desarrolla una experiencia muy avanzada de auto-gobierno, aun en este caso la lucha electoral y el reagrupamiento cobran igualmente un rol central. EL HDP es una formación electoral amplia, antineoliberal, socialista democrática, que defiende los derechos de las minorías nacionales, dentro del cual intervienen, por ejemplo, elementos de la guerrilla kurda.

[9] Una experiencia reciente, con puntos de contacto con esta hipótesis de construcción partidaria, es la de la OPT mexicana, convocada por el Sindicato de Electricistas. Pero allí no se trata de un sector de izquierda de la burocracia sindical, sino de una sección tradicionalmente combativa y anti-burocrática del movimiento obrero, que se coloca como referencia para la vanguardia y encabeza el proceso de conformación de un partido de trabajadores sobre bases anticapitalistas.

[10] Leandros Fischer, un analista de la experiencia de Syriza en Grecia, formula una buena descripción de algunas de las dificultades de los “partidos amplios” con direcciones reformistas de izquierda: “Los partidos reformistas de izquierda son organizaciones colectivas sofisticadas. Son instituciones con su propia vida interna. Las alas derechas de estos partidos son por lo general lo suficientemente inteligentes como para tomar el control de lo que los sociólogos llaman las “zonas de incertidumbre”, áreas sensibles de operación – la prensa del partido, distribución de fondos, alguna figura carismática en los medios, control sobre las camarillas parlamentarias, etc. Generalmente no tienen problemas con el hecho de que la izquierda se haga cargo de escribir los manifiestos del partido, de hacer el reclutamiento y de generar mitos de movilización para reforzar la identidad colectiva del partido. Incluso en tiempos de flujo en una sociedad como Grecia de 2010 en adelante, este arraigo estructural de los partidos reformistas de izquierda produce situaciones en las cuales la izquierda puede ser desplazada fácilmente si es necesario, chantajeando a los miembros indecisos con llamados abstractos a la “unidad” y haciendo aparecer a los disidentes como saboteadores

[11] Bensaïd, D., “El retorno…”, op cit.

[12]Astarita, R., “La tactica trotskista del entrismo”, y Quiroga, M., op cit. Paradójicamente, el segundo texto, que más abajo analizaremos, rechaza una táctica entrista, pero propone una política hacia el proceso bolivariano que solo puede denominarse de tal modo. En primer lugar, el compañero formula una concepción formalista del entrismo, definiéndolo según si una fuerza se encuentra dentro o fuera de un partido legal. En segundo lugar, considerarse “parte de un proceso” (como propone el compañero como táctica para la Venezuela bolivariana) solo de manera cínica para interpelar a quienes forman parte del mismo, sin caracterizar sus rasgos progresivos ni identificar tareas para radicalizar o profundizarlo, es básicamente la definición política del entrismo.

[13] Una segunda experiencia de entrismo fue la que se desarrolló, luego de la muerte de Trotsky, bajo la dirección de Pablo (Michel Raptis), donde se propuso una integración semi-clandestina a organizaciones burocráticas, incluyendo a los partidos comunistas estalinizados. La experiencia de este “entrismo sui generis”, tal como fue denominado, es un caso diferente, pero aun menos pertinente para nuestro debate. Fue un “entrismo de largo plazo”, pero a la vez clandestino, dada las características de las organizaciones en las que se pretendía intervenir (los partidos comunistas, entre otros, formados en un antri-trotskismo militante y autoritario).

[14] OPLC, “Hacia la construcción de un Partido de Masas con Libertad de Tendencias”.

[15] A su vez, la propuesta de los compañeros no incluye ningún criterio general para determinar quiénes serían los militantes de la organización (¿cualquier persona que haga un trabajo de base con este Partido se convertiría automáticamente en militante del mismo?), ni si la centralización de la organización debería darse en términos políticos o en términos sectoriales en función del trabajo de base.

[16] Izquierda Revolucionaria, “Organizarnos para la lucha, organizarnos para la revolución”, en Revista teórico política La Caldera n.º 1.

[17] Bensaïd, D., Crémieux, L., Duval, F. & Sabadó, F, “Carta de los camaradas de la LCR a Alex Callinicos (SWP)”.

[18] Manos Skoufoglou, “La intervención de la IV en Grecia”.

[19] En un texto reciente, lxs compañerxs de OPLC desarrollan una caracterización del proceso venezolano que se mantiene, aunque con ambigüedades, demasiado cerca de esta matriz de interpetación. Por un lado, plantean que “se sienten cercanos de las fuerzas que, planteándose dentro del “proceso bolivariano”, han buscado mantener una política de crítica al gobierno e independencia de clase”, formulación con la que podríamos acordar. Pero, por otro lado, no caracterizan que el proceso haya jugado un rol progresivo en la lucha de clases en Venezuela y se limitan a darle apoyos electorales tácticos, “especialmente en un sentido anti-golpista”, política que no se distingue, por ejemplo, de los llamados esporádicos del Partido Obrero a votar por Evo en 2005 en Bolivia o el apoyo parcial a Tsipras en 2015. En rigor, defender políticas de unidad anti-golpista no es más que el ABC de la política de lxs revolucionarixs marxistas ante cualquier gobierno democrático-burgués que se enfrenta a un peligro fascista, y es insuficiente para dar cuenta del rol positivo que cumplió el gobierno venezolano en su impacto sobre la experiencia política de las masas. Ver Quiroga, M., op cit.

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