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Anticapitalistes
  
divendres 6 de gener de 2017 | Manuel
Thomas Sankara, el Che negro

Hugo Montero

En una bandera. En la camiseta de un joven. En la imagen luminosa de un teléfono celular. En la voz rebelde que alza el puño y grita su nombre. En la portada de un libro prohibido. En el murmullo de un campesino durante la cosecha. En el corazón de las mujeres. En la peor de las pesadillas del Dictador. Ahí estaba el fantasma de Thomas Sankara, semanas atrás. Su pequeña patria, Burkina Faso, fue noticia en todo el mundo: después de 27 años de tiranía, el 31 de octubre pasado el traidor Blaise Compaoré huía rumbo a Costa de Marfil, perseguido por una muchedumbre que incendiaba las calles de Uagadugú desde hacía semanas. Perseguido, también, por ese fantasma implacable que se presentaba, cada noche, en sus pesadillas.

27 años pasaron con Blaise en el poder, y también de aquel 15 de octubre de 1987, cuando los sicarios del hoy fugado traidor acataron la orden: maten a Sankara. Una orden que firmaba el tirano, pero que respaldaba el gobierno francés, con toda su hipocresía progresista a cuestas, y cada uno de los líderes-títeres del continente africano: maten a Sankara, repetían los dictadores de la corrupción y el crimen político, los hábiles y sumisos lacayos del colonialismo, los carniceros de sus propios pueblos que veían en él la amenaza más temida: el poder en manos del pobre, el fin de los privilegios, la revolución africana en marcha. Maten a Sankara, exigían los garantes del saqueo de las riquezas naturales, satisfechos por el engorde de sus cuentas bancarias mientras reprimían cualquier amague de irreverencia de un pueblo hambriento. Maten a Sankara, murmuraban los asesores del FMI y del Banco Mundial, que habían sido humillados por aquel joven mandatario que comenzaba a ser algo más que un peligroso estorbo en su planificación neoliberal para la región.

¿Quién era en 1983, cuando alcanzó el poder, ese carismático capitán, hijo de un soldado que había derramado su sangre por la libertad de Francia en la segunda guerra mundial? ¿Quién era ese joven caudillo que había elegido la carrera militar porque era la única que le permitía continuar con sus estudios, y que había profundizado su formación política junto a su amigo de toda la vida, Blaise Compaoré? Su primera gran aparición pública fue en 1981, cuando presentó su renuncia como funcionario del gobierno de turno y explicó por televisión sus diferencias con una gestión corrupta y cómplice del colonialismo. “No puedo contribuir a servir a los intereses de una minoría”, dijo ante un pueblo que escuchó ese mensaje y comprendió que estaba frente a un líder excepcional. En los dos años siguientes, la política y su trama de intrigas lo enredó en una madeja de incierta salida: estuvo preso, fue liberado por la presión popular, se sumó a gobiernos de transición, fue perseguido por sus ideas y desplazado del poder por los asesores franceses hasta que, finalmente en agosto de 1983 y gracias a la movilización y a la astucia militar de su aliado, Blaise Compaoré, se transformó en la cabeza de la revolución más extraordinaria de la historia africana. En la presentación radial de su programa de gobierno, Sankara cerró su intervención con una frase que ya dejaba entrever su ideario: “El imperialismo tiembla porque aquí, en Uagadugú, lo vamos a enterrar. ¡Patria o muerte, venceremos!”.

Un hombre íntegro

Impulsó la unidad africana y las luchas por la liberación, pero también manifestó su solidaridad con la lucha palestina; afianzó su amistad con los gobiernos revolucionarios de Cuba y Nicaragua, se reconoció admirador del Che Guevara y fue un enemigo acérrimo del apartheid, razón por la que llegó a enfrentarse con François Mitterrand durante su visita oficial a Burkina Faso: Sankara le reprochó ante los micrófonos de la prensa su tibieza con el régimen racista de Sudáfrica.

En apenas cuatro años de gestión, en un pequeño país sin salida al mar que concentraba todas las desgracias del mundo, puso en marcha un plan que partía del desarrollo autónomo, igualitario y participativo como herramienta para derrotar a la miseria y al atraso. Su objetivo, así lo expuso, era garantizar el abastecimiento de diez litros de agua y dos comidas diarias para todos los burkinabé. En su inolvidable intervención en la asamblea de la ONU, en octubre de 1984, inició su discurso con una entrañable definición: “Les traigo el saludo de un país de 274 mil kilómetros cuadrados, donde siete millones de niños y niñas, mujeres y hombres se han negado a morir de hambre, sed e ignorancia”. Sabía que el desafío era dramático: en la antigua Alto Volta (Sankara cambiaría ese nombre por el de Burkina Faso –“Tierra de los hombres íntegros”–), la tasa de mortalidad infantil llegaba al 180 por ciento (y 1 de cada 5 niños moría antes de cumplir su primer año), la esperanza de vida no superaba los 40 años, había un médico cada 50 mil habitantes, tres cuartas partes de la población no tenía acceso al agua potable y el índice de analfabetismo alcanzaba el 98 por ciento. Sankara tenía claro que el hambre era el principal adversario de su naciente revolución: “Hambre, malnutrición, insuficiencia alimenticia. Si no hay victoria sobre estos enemigos no habrá ni soberanía nacional, ni independencia económica, ni paz interior, ni desarrollo autónomo”, reflexionaba.

“Debemos contar con nuestras propias fuerzas”, afirmaba a la hora de explicar su Plan de economía popular, y por eso la autosuficiencia alimentaria fue uno de sus principales desvelos, así como también el impulso de la industria textil burkinabé: como ejemplo, Sankara exigía que todos los funcionarios y diplomáticos vistieran trajes artesanales de algodón de producción nacional dentro y fuera del país. Sabía que el desafío estratégico era “descolonizar” el pensamiento de su pueblo: “No se puede liberar un esclavo que no es consciente de serlo: la Revolución debe empezar dentro de nosotros mismos. En todos, en cada uno de nosotros. Francia se fue, pero aún permanece aquí. El látigo de sus capataces todavía resuena en nuestras conciencias”, explicaba mientras apuntaba como enemigos a las burguesías urbanas “parasitarias” y a las estructuras feudales que todavía dominaban el campo, a quienes responsabilizaba por “el sistemático desgarramiento de nuestro país con el apoyo y la bendición del imperialismo”. No ocultó nunca la influencia del marxismo en su pensamiento (“Ser marxista es trabajar denodadamente para que mi pueblo viva mejor, tenga una vida digna, sacie a diario su hambre, disfrute sus horas de ocio, esté protegido contra las enfermedades. Ser marxista es luchar para que mi pueblo sea libre y feliz”, sintetizaba), pero mantuvo siempre una mirada amplia con el tema religioso (“Lenin ha sido sin duda el mayor revolucionario, pero es innegable que también Mahoma y Jesús fueron revolucionarios”) y rechazó las etiquetas que intentaban imponerle (cuando se le exigía una definición en torno a los modelos opuestos de entonces –Estados Unidos o la Unión Soviética–, Sankara repetía: “El mundo está dividido en dos clases antagónicas: los explotados y los explotadores”) y fue muy crítico con la política externa del Kremlin, al punto de cuestionar la intervención en Afganistán y la débil ayuda prestada (“escandalosamente insuficiente”, en sus palabras) a los procesos revolucionarios del Tercer Mundo. No sería osado señalar que Sankara fue la referencia de una vía africana al socialismo, que ya había sido esbozada por otros líderes regionales como Patrice Lumumba y Amilcar Cabral, pero que con su impronta comenzó a ganar terreno entre su pares… y a generar temor entre los sectores del privilegio en la región, particularmente a su vecino de Costa de Marfil, disciplinado a las órdenes que llegaban desde París.

En un país con una clase obrera casi inexistente por el atraso industrial, dedicó múltiples esfuerzos en sanear la agricultura y en modernizar la infraestructura, nacionalizó las tierras y lo hizo a través de una reforma agraria profunda. Al mismo tiempo, avanzó con una reforma educativa que se basó en una campaña de alfabetización masiva. “Una de las condiciones para el desarrollo es el fin de la ignorancia. Un hombre que aprende a leer y escribir es como un ciego que recupera la vista”, aseguraba, y por eso transformó a la escuela en un espacio público y gratuito que debía ser utilizado para conocer la historia de su pueblo y respetar las lenguas autóctonas, contra la tradición impuesta por el colonialismo de enseñar apenas a una elite y tan sólo el idioma francés. En apenas dos años, se duplicó el número de escuelas primarias y se construyó un centenar de institutos secundarios. Además, destinó gran parte del presupuesto a la asistencia sanitaria, con la construcción de ambulatorios y dispensarios y campañas de vacunación para los pibes, ejecutadas por los habitantes de cada aldea, a partir de la cesión de los materiales de parte del Estado. Aficionado al deporte y al baile, Sankara construyó pequeñas salas de cine en las barriadas (donde se proyectaban películas africanas), canchas de fútbol y hasta pistas de baile, que visitaba una noche por semana.

En el apartado político, apostó a empoderar al pueblo a través de organizaciones que practicaban la democracia directa para la toma de decisiones, y para eso desarrolló los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), la columna vertebral del proceso en todo el país. Se negó enfáticamente a pagar la deuda externa y desnudó la estafa global del FMI y el Banco Mundial, que ofrecían “ayudas” financieras para después estrangular a los países pobres con los intereses y la aplicación de planes de ajuste devastadores “que sirven únicamente para mantenernos atados y destruir nuestra economía”. A los asesores de los organismos financieros, Sankara los llamaba “asesinos técnicos”: “La deuda no debe ser devuelta, porque si nosotros no pagamos, los dueños del capital no se van a morir, de eso estamos seguros. Si, en cambio, pagamos, nosotros sí moriremos, y de esto también estamos seguros”. A nivel regional, intentó reflotar la Organización de la Unidad Africana, fue un entusiasta participante del Movimientos de Países No Alineados, y en cada ámbito de discusión intentó generar una política unitaria para rechazar el pago de la deuda: “Ya la hemos pagado con la colonización. Han exterminado a nuestras familias, han explotado nuestro suelo y nuestro subsuelo y no nos han dejado nada. Son ellos los que tienen con nosotros una deuda que nunca podrán pagar, la deuda de la sangre que hemos vertido”. Consciente de los peligros de la lucha solitaria, cada una de sus intervenciones fue una batalla por la unidad africana. Sankara comprendía mejor que nadie que el imperialismo seguía sus pasos con recelo: “Si solo Burkina Faso se niega a pagar la deuda, yo no estaré aquí en la próxima conferencia…”, pronosticó con dramática claridad en Addis Adeba, dos meses antes del golpe que aniquilaría su revolución.

En busca de la felicidad

Su trabajo por el medio ambiente lo transformó en un pionero: llevó adelante una ofensiva para frenar la desertificación a través de un programa que denominó “Las tres luchas”: limitó la tala de árboles a través de reglamentar la recolección de leña, construyó pozos de agua en cada aldea y reforestó masivamente, limitando los incendios provocados en áreas verdes para preparar las zonas cultivables. El respeto al medio ambiente era vital para frenar el avance del desierto después de décadas de saqueo de recursos forestales a manos del colonialismo, y por eso se incorporó la lucha contra el monocultivo para exportación y se estableció que cada aldea debía contar con un bosque. Mientras tanto, se aprovechaba cualquier excusa para plantar un árbol: un partido de fútbol, la visita de una delegación oficial o un nacimiento, y hasta se le exigía a los extranjeros que plantaran un árbol como condición para lograr la residencia.

A nivel mundial, no hubo otro Presidente que defendiera con la fortaleza de Sankara los derechos de la mujer. “Si perdemos la lucha por la liberación de la mujer habremos perdido el derecho a una transformación positiva de la sociedad”, dijo, y sustentó cada palabra con un programa puntual: instauró una jornada de concientización, en la que los hombres eran quienes debían hacer las compras en el mercado y preparar la comida, pero también propuso limitar las prácticas tradicionales de mutilación sexual (en 1980, al menos el 70 por ciento de las mujeres habían sido sometidas a la ablación) y desarrolló programas para erradicar la prostitución y mejorar las condiciones de vida de las mujeres en las zonas rurales. “¿Cómo es posible eliminar el sistema de explotación si se mantiene la explotación hacia las mujeres? Es la mujer la primera en ir a trabajar y la última que se acuesta. Es la primera en ir a buscar el agua y la última en beber. La revolución y la liberación de las mujeres avanzarán juntas”, destacó en 1986, poco después de anunciar un nuevo código familiar donde desaparecía la figura de “jefe de familia”, se prohibían los matrimonios obligados y se establecía que en una relación matrimonial, hombres y mujeres eran considerados absolutamente iguales. No sin resistencia, cada una de estas medidas avanzaba lentamente en una sociedad marcada por tradiciones milenarias, generando rechazos en diversos sectores. Habituado a predicar con el ejemplo, al final de su gestión el nivel de participación femenino en la política era el más alto de la historia regional: para 1987, cuatro mujeres ocupaban cargos ministeriales en su gobierno, un hecho inédito en todo el continente.

Un militar sin formación política no es más que un criminal en potencia”, sentenció, y por eso intentó ligar al ejército con la sociedad civil, al vincularlo a actividades productivas, como la construcción de casas o la plantación de árboles. “El nuevo soldado tiene que vivir y sufrir entre la gente a la que pertenece”, afirmó mientras avanzaba en el proceso de democratización de las Fuerzas Armadas, depurando a los viejos cuadros educados en la obediencia ciega y la sumisión a los intereses coloniales.

A contrapelo de otros líderes regionales, renegó de cualquier expresión que pudiera despertar el culto a la personalidad: por ejemplo, prohibió que se colgaran retratos suyos en las oficinas públicas y hasta interrumpió a una multitud que gritaba en su honor con una frase contundente: “Yo estoy de paso, lo que debe quedar es el pueblo”.

Pero, sin duda, la característica que lo transformó en noticia mundial fue su pelea a muerte contra el privilegio, el saqueo y la corrupción, a través de un implacable plan de austeridad: “No podemos ser dirigentes ricos de un país pobre”, afirmó Sankara, y llevó cada palabra a la acción: impuso una rebaja y un límite en los salarios estatales (incluso el suyo, que seguía siendo el de capitán), impuso una contribución patriótica y obligatoria para altos funcionarios, prohibió el uso del aire acondicionado durante nueve meses del año, despidió a centenares de empleados por malversación o incompetencia, vendió la lujosa flota de autos oficiales y los reemplazó por los económicos y pequeños Renault 5, permutó el avión presidencial por tractores para la producción, achicó al mínimo los gastos de representación y exigió que los diplomáticos viajaran al exterior en vuelos económicos y se hospedaran en hoteles modestos. Y cada una de sus medidas ganaba autoridad porque era él mismo el que las ponía en práctica: se trasladaba en bicicleta a las reuniones, comía sólo dos veces por día, mandaba sus hijos a la escuela pública, recibía a delegaciones extranjeras en aldeas pobres o bajo los árboles, cada regalo que le otorgaban lo incorporaba al patrimonio del Estado, rechazaba los lujos (ordenó quitar el aire acondicionado de su despacho), los vicios occidentales (como el cigarrillo, al que llamaba “un juego del capitalismo: vendernos un veneno que produce cáncer para luego curar a los más ricos”) y las bebidas multinacionales. Se cuentan por centenas las anécdotas que registran la visita sorpresiva (y casi siempre, nocturna) de Sankara a las aldeas marginales, donde compartía la comida y dialogaba personalmente para conocer las inquietudes y las necesidades de su pueblo.

La participación y el control popular son la mejor garantía contra la corrupción”, alegaba y por eso reemplazó las prácticas elitistas tradicionales por Tribunales Populares de la Revolución (TPR) como máxima autoridad para juzgar los hechos de corrupción y los delitos menores, a través del dictado de penas que incluían la devolución de lo robado, el pedido público de disculpas y hasta la obligación de plantar una determinada cantidad de árboles como compensación. Para Sankara, la felicidad era la finalidad última de la revolución: “Nuestra tarea consiste en descolonizar nuestra mentalidad y alcanzar la felicidad, aunque todavía tengamos que soportar algunos sacrificios”. Cuatro años de gobierno le bastaron para que las ciudades que disponían de energía eléctrica pasaran de cuatro a veintidós. En ese plazo se construyó un centenar de embalses para la recolección de agua y se edificaron 932 escuelas –la misma cantidad que en los 23 años anteriores–, la tasa de escolarización se duplicó, la esperanza de vida ascendió a los 50 años, la tasa de mortalidad infantil se redujo del 187 al 150 por ciento.

Quedaba mucho por hacer todavía, pero Sankara apostaba a corregir los errores y a profundizar la revolución. “Hay que tener el coraje de inventar el porvenir. Nosotros tenemos que atrevernos a intentarlo”, proponía, incansable.

Fin del sueño

Pese a los avances, Sankara reconocía errores, admitía abusos de los CDR y asumía la necesidad de conducir un proceso de rectificación que analizara críticamente los cambios motorizados. La urgencia había sido una singularidad de su gestión, pero el apuro por sacar a su patria de la miseria también condicionó la soledad de sus decisiones. Entendió que el vértigo había provocado un distanciamiento del pueblo, que muchas de esas medidas no fueron debidamente comprendidas y que el proceso de toma de conciencia del sector campesino era más lento del esperado. En ese marco, discutió con los integrantes de su gabinete la necesidad de crear una organización de masas que centralizara esa nueva etapa revolucionaria, pero rechazó la idea de Blaise Compaoré de conformar un partido único, conformado mayoritariamente por militares. Atento a no repetir las desviaciones de otros proyectos revolucionarios en la historia, Sankara insistió en empoderar a la sociedad civil a través de las instancias de participación popular.

Las primeras crisis se generaron por la decisión de algunos sindicatos de motorizar huelgas, en particular el docente (integrado por la pequeña burguesía urbana), disconforme con los recortes de algunos privilegios y con la exigencia de un aumento en los salarios. Si bien los partidos estaban prohibidos, la prensa se manejaba con libertad y las radios urbanas fueron cajas de resonancia de una incipiente oposición. El descontento de sectores urbanos, en contraposición al desarrollo rural, los constantes cambios ministeriales, su enfrentamiento con algunas organizaciones de izquierda y los funcionarios desplazados por incumplimientos, también fueron acumulando un tendal de resentimiento que, con el tiempo, iría fermentando una oposición silenciosa. Al mismo tiempo, la tensión con el gobierno francés se agudizaba a cada paso: la llegada del asesor de Asuntos Africanos del gobierno galo a Burkina Faso, justo cuando se produjo el golpe de Estado contra Sankara, es todo menos una casualidad. La trama criminal que acechaba también involucraba a la CIA y a mercenarios liberianos, que pretendían utilizar a Burkina Faso como base de operaciones para controlar una región rica en petróleo, oro y diamantes: todos tenían en común la necesidad de quitarse de encima al díscolo Presidente.

Sin embargo, la fortaleza de la conspiración radicaba en que emergía del lugar menos sospechado: Blaise Compaoré, mano derecha y compañero de toda la vida de Sankara, comenzaba a mostrarse permeable a las críticas que escuchaba de su esposa, sobrina del Presidente de Costa de Marfil, otro disciplinado alfil en el tablero francés en la región. El distanciamiento entre los dos amigos se agravó cuando Sankara decidió desplazar del gobierno a la Unión de Comunistas Burkineses, cercana a Compaoré, pero la leyenda popular narra otro episodio como determinante. Dicen que Compaoré y su esposa invitaron a comer a Sankara en plena crisis, fingiendo un espíritu de reconciliación. Antes de iniciar la cena, la esposa de Compaoré propuso brindar con champán por el presente de la revolución. Sankara rechazó indignado aquella propuesta: el gesto burgués de tomar champán era un desprecio a la política de austeridad defendida por su gobierno, y una afrenta a su honradez. Sankara se retiró y las cartas estaban echadas. Pese a que conocía parte del plan conspirador de Compaoré, nada intentó hacer para detenerlo. Sankara sabía que encarcelar a su amigo significaría un durísimo golpe a la credibilidad de su revolución: no le quedaba más alternativa que intentar persuadirlo. Pero Compaoré ya no pensaba por sí mismo: ahora cumplía órdenes, él también. Era, entonces, otra pieza en el ajedrez de los colonialistas, y se enceguecía por la ambición de poder.

El 15 de octubre de 1987, Sankara viste equipo de gimnasia: es jueves, el día del deporte de masas y todos los funcionarios deben usar ropa deportiva. Sus pantalones tienen remiendos en las rodillas, pero eso no le importa. Urgido por una nueva reunión, entra con su custodia al Consejo de la Entente sin imaginar que está siendo seguido atentamente por un grupo de sicarios, dirigido por el guardaespaldas de Blaise Compaoré. Los sicarios copan el edificio y disparan con sus fusiles hasta extinguir toda oposición. Matan a doce funcionarios leales al Presidente. El último en caer bajo sus balas es Sankara. Tenía apenas 37 años. Entre sus posesiones sólo encontraron libros, una moto, dos bicicletas, tres guitarras, una heladera y una pequeña casa de dos habitaciones, cuyo crédito aún no había terminado de pagar.

Dos días después, Compaoré asume el poder e intenta ensuciar la imagen del líder asesinado en un mensaje televisivo: lo acusa de traicionar la revolución, lo define como un “místico autócrata y un paranoico misógino”. Su patético balbuceo ante las cámaras configura la imagen exacta de la traición. Además, difunde un certificado de defunción en el que se informa que la muerte de Sankara sucedió “por causas naturales”. Anuncia también la continuidad de la revolución mientras recibe las felicitaciones desde París. En poco tiempo, abandona las políticas oficiales, se reúne con asesores galos y en menos de un año se somete a los planes de ajuste del FMI y el Banco Mundial, encabezando un proceso privatizador rebosante de corrupción, que hace pedazos los sueños de independencia de Sankara.

Pese a la confusión y a la suspensión de las comunicaciones telefónicas, dos mil estudiantes se manifiestan en Uagadugú para exigir la verdad sobre Sankara, pero son dispersados violentamente por el ejército. Las noticias funestas tardan en llegar al campo, principal foco de resistencia sankarista, pero lejos de los centros urbanos de decisión. Durante muchos años, la esperanza sigue encendida en las aldeas. “Pronto volverá”, murmuraban algunos incrédulos que no terminaban de asimilar la noticia de su asesinato.

27 años demoró la historia, y el pueblo burkinabé, en cobrarse la revancha. 27 años de tiranía, de acumular odio, de valorar al líder asesinado y de tomar conciencia de los enormes logros de su efímera gestión. 27 años de juntar coraje y desesperación para salir a las calles, para incendiar la residencia del Dictador y clamar por justicia. 27 años para rescatar de las garras del olvido el sueño extraordinario de ese fantasma: el sueño de Thomas Sankara.

En la primera semana de noviembre, las agencias internacionales difunden una foto que explica mejor que cualquier análisis la lección aprendida duramente por el pueblo. Allí, un manifestante asoma entre la multitud que protesta en la calle. Sostiene una pancarta que dice: “Thomas Sankara, mira a tus hijos. Continuamos tu lucha”.

05/01/2017

tercerainformacion


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