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Anticapitalistes
  
dissabte 17 de desembre de 2016 | Manuel
Burocracia sindical, ¿qué carácter de clase?

Rolando Astarita

En su edición del 13 de septiembre, y con el título “Caló, más complicado en la causa por lavado que salpica a la cúpula de la UOM”, La Nación informa que el Tribunal Oral Penal Económico Nº 2 dio por acreditado que los jefes de la Unión Obrera Metalúrgica se dedicaron “a defraudar en forma sistemática durante años a los afiliados del sindicato”. El caso estalló a partir de que un abogado de la UOM, Segundo Pantaleón Córdoba fue interceptado, en 2011, cuando se disponía a viajar a Uruguay con 800.000 dólares. Después de ser detenido, Córdoba declaró que él y otros 13 dirigentes de la UOM, entre ellos su secretario general, Antonio Caló, se repartieron, desde 2003, en promedio 280.000 dólares por mes. Ese dinero provenía del 20% de la recaudación que los afiliados metalúrgicos le pagan al Instituto Seguros SA por seguros de vida y sepelio. Caló, además, es secretario de la Confederación General del Trabajo, rama oficialista.

También se informa que desde fines de 2002, cuando la UOM constituyó un fideicomiso para afrontar un concurso de acreedores, la firma Donington SA, propiedad del empresario de medios Raúl Olmos, ofició de administradora fiduciaria y eje de la triangulación del dinero de los afiliados. “La denuncia de Córdoba fue ratificada por los testimonios de tres históricos de la UOM: Roberto Echenique, contador del sindicato durante 18 años; Ricardo Weisz, abogado que trabajó durante 15 años entre 1982 y 2010, y Hugo Mariano Rodríguez, otro abogado que después de revistar durante décadas en el gremio se convirtió en socio de Córdoba en sus emprendimientos privados”.

El Tribunal afirma asimismo que se creó “un entramado de sociedades en Estados Unidos y Panamá que se combina con la existencia de cuentas bancarias en Uruguay, en las que Córdoba tenía al menos 3,5 millones de dólares”, e inversiones inmobiliarias en Punta del Este y Miami. “La información surge de dos fuentes: el exhorto de la justicia uruguaya que acreditó al menos tres cuentas en el banco HSBC de Montevideo, y la constitución de las sociedades El Campanario LLC y Nasate Resources INC, y la declaración de la ex mujer de Córdoba, que reveló la existencia de otras firmas (Amarras del Sol LLC, Fullcash S.A., East Bengala S.A. y Cederlake LLC). En Miami Córdoba contaba con el asesoramiento de Álvaro Castillo, un agente inmobiliario autorizado para disponer de todos sus activos. Castillo administró propiedades de otros argentinos ligados a la UOM, como Olmos, dueño de Crónica y BAE Negocios Internacionales, con sede en Florida”. El Tribunal dispuso que Caló, y otros altos dirigentes del gremio, sean investigados por lavado de dinero; Córdoba ha sido condenado a un año y nueve meses de prisión en suspenso.

Un caso que ilumina lo general

En la Ciencia de la lógica, Hegel observa que solo comprendemos adecuadamente un concepto cuando este no queda en el plano de lo general abstracto, sino cuando incluye toda la riqueza de las particularidades y singularidades que contiene. Es que desprovista de estas, la abstracción, dice Hegel, “no alcanza… sino a universalidades carentes de vida y de espíritu, sin color ni sustancia” (p. 547. edición Hachette). Por eso, la forma en que los dirigentes de la UOM se apropiaron de fondos generados por los afiliados; los canalizaron a negocios capitalistas; se vincularon con el capital globalizado (bancos internacionales, propiedades inmobiliarias en Miami, fondos en Panamá, etcétera); y pudieron hacerlo durante años sin ser estorbados por los gobiernos de turno ni por altas instancias del Estado, da “color y sustancia” a la noción de burocracia sindical. Y a partir de este “contenido concreto”, que se repite, con leves variaciones, en la mayoría de los gremios afiliados a la CGT, nos vemos impulsados a repensar las categorías con que se define la naturaleza social de esta dirigencia.

Esta reflexión parece pertinente, ya que una tesis, bastante extendida en la izquierda, y en el trotskismo en primer lugar, dice que la burocracia sindical constituye un estrato de la clase obrera. Más precisamente, se sostiene que a cambio de privilegios y prebendas, los dirigentes burocráticos garantizan la continuidad de la relación capitalista, pero no pertenecen a la clase capitalista porque, continúa el argumento, no son propietarios de medios de producción. Se podría afirmar también que la posición social del burócrata gremial es dependiente y está orgánicamente vinculada a una institución obrera, el sindicato: y que esta circunstancia define su carácter social. En cualquier caso, la tesis corre paralela a la caracterización trotskista de la dirigencia de la URSS, China y otros países de economía estatizada como “burocracia obrera”.

¿Burocracia “obrera”?

Empecemos con una primera cuestión, anterior (lógica y empíricamente) al hecho de que los dirigentes gremiales sean propietarios de medios de producción: la diferencia que existe entre “tener privilegios y prebendas” y “participar de la plusvalía que se extrae a la clase obrera”. Es que tener un privilegio o prebenda (un empleo en el que se gana más dinero que el resto con menos trabajo) no determina necesariamente un cambio cualitativo desde el punto de vista de la relación social. Por ejemplo, un dirigente sindical que tiene un ingreso algo superior al de un obrero calificado y goza de ciertos privilegios (está liberado de cumplir cuotas de producción, horarios estrictos, o similares), está vinculado funcionalmente a la clase obrera, pero no es partícipe, de alguna manera definida, de la explotación de los trabajadores. Aquí lo cuantitativo –diferencia de ingreso, tareas más aliviadas, etcétera- no da lugar a una diferencia social cualitativa, que obligue a modificar la caracterización de clase. El ejemplo parece encajar en la idea de “estrato privilegiado” de la clase obrera.

Sin embargo, en el caso estilo “Caló y dirigentes de la UOM”, ya no se trata de privilegios, sino de la apropiación sistemática de una parte del valor generado por la clase obrera, que debería ir al salario “social” (seguros de vida, obras sindicales, y semejantes), pero termina en los bolsillos de los dirigentes. Se trata de una apropiación repetida, realizada a partir de un poder institucionalizado, que además está amparada, la mayor parte de las veces, por el aparato de Estado, y es tolerada por el capital como un mal necesario. De aquí emana una vinculación orgánica, aunque no exenta de tensiones, de la burocracia sindical con las instituciones del capital.

Por otra parte, si bien cada vez más aparecen burócratas sindicales que son propietarios de empresas, parece acertado enfatizar que, en principio, la burocracia no es propietaria de medios de producción. Pero esto no es suficiente para definir a la burocracia como parte de la clase obrera; aunque sí es un factor clave porque determina el carácter relativamente precario de su posición social. Así, el hecho de que hoy se esté juzgando a la jefatura de la UOM por apropiación indebida de fondos, evidencia que esos dirigentes gremiales, en tanto se enriquecen por mecanismos ilegales, se diferencian del capitalista al que, por derecho, le pertenece la plusvalía que producen “sus” obreros. Por eso, bajo determinadas circunstancias, esa apropiación del excedente puede ser cortada; por ejemplo, por un proceso judicial que se desenvuelve con una lógica relativamente autónoma. Sin embargo, una participación en la explotación con rasgos de precariedad, sigue siendo, a pesar de todo, una relación de explotación. Y si un grupo social participa de la explotación de otro grupo social, no podemos afirmar que el primero pertenece a la misma clase social que el segundo. De aquí también la necesidad de profundizar en la naturaleza social de la burocracia. Obsérvese que, como lo sugerimos más arriba, en esencia, los problemas teóricos asociados a esta cuestión son similares a los que se generan en torno a la caracterización de las burocracias dirigentes de los regímenes stalinistas (ver aquí y aquí).

Posición contradictoria

En la primera parte de la nota hemos planteado que, si bien la burocracia sindical participa de la explotación de la clase obrera, en tanto no es propietaria de los medios de producción, no pertenece a la clase capitalista. Ahora hay que ampliar esta determinación diciendo que los burócratas sindicales tampoco forman parte de la clase capitalista de la manera en que lo hacen los directores de las empresas. Estos últimos, si bien pueden no ser propietarios del medio de producción, son los encargados de dirigir el proceso de explotación; por eso corporizan, frente al trabajo, al capital en funciones, al capital en el acto de explotar. En consecuencia, el director de empresa es acreedor pleno y legal, en tanto organizador y director del proceso de explotación, a una parte de la plusvalía. De ahí que Marx lo considerase parte de la clase capitalista.

No es el caso de la burocracia sindical. Su función no es dirigir el proceso de valorización del capital, sino la de mediar entre el capital y el trabajo; para eso se ocupa de controlar, canalizar conflictos y bloquear corrientes revolucionarias o contestatarias al interior de las filas obreras. En tanto cumple ese rol, el capital y el Estado consienten en que se apropie de una parte de la plusvalía. Sin embargo, esa apropiación no deriva directamente de la relación de producción capitalista. De ahí que los ingresos del burócrata sindical no tengan la estabilidad de la que goza la ganancia empresaria o el dividendo del accionista. Por lo que se concluye que existe una posición contradictoria: el burócrata no encarna la propiedad privada del capital, ni al capital en funciones, frente al trabajo. Sin embargo, participa de la explotación del trabajo.

Por eso también, desde el punto de vista de la reproducción de conjunto del capital, la apropiación de plusvalía por parte de la burocracia sindical representa un gasto improductivo de plusvalía (o sea, un gasto que va en desmedro de la compra de trabajo productivo, que genera más plusvalía). Sin embargo, para el capital es un gasto necesario, que tiene su fundamento en el carácter antagónico de la relación de producción. Atañe a la necesidad de reproducción del sistema. Pero esa necesidad existe en la medida en que la clase obrera pueda representar un peligro, aunque sea latente, para la continuidad más o menos normal de la explotación. Es que una fuerza laboral completamente sujeta y controlada, desmoralizada y sin capacidad de lucha, no representaría peligro alguno; y por eso mismo, haría prescindible a la burocracia, a los ojos del capital. De manera que el rol mediador y controlador de la burocracia sindical depende de que el poder de la clase obrera se mantenga dentro de ciertos límites: por “arriba”, no debe poner en peligro la acumulación de capital; por “abajo”, no deben anularse los espacios para la negociación. Por esa razón la burocracia está obligada, hasta cierto punto, a defender demandas y reivindicaciones de la clase obrera. Es que si no hay cierto poder de la parte del trabajo, no hay negociación posible frente al capital, pero entonces tampoco participación en la explotación de la clase obrera.

La cuestión se puede ver también desde el punto de vista de los mecanismos concretos por los cuales la dirigencia burocrática recibe sus ingresos: en su mayor parte los percibe bajo la forma de descuentos de los salarios y, más específicamente, por “desvíos” de lo que debería integrar el salario indirecto (por ejemplo, apropiación de fondos destinados a beneficios sociales). A semejanza de lo que ocurre con los impuestos que pagan los trabajadores, esos fondos que se apropia la burocracia sindical son plusvalía. Pero ese mecanismo de apropiación es una causa inmediata para que la burocracia ponga límites, en determinadas coyunturas, a la acción del capital.

Las cuestiones de legitimación frente a las bases obreras, y las vinculadas a la producción y reproducción de discursos ideológicamente funcionales a la dominación capitalista –típicamente, la conciliación de clases y la exaltación nacionalista- se vinculan estructuralmente con esta situación contradictoria que hemos descrito.

Formas en transición

La circunstancia que hemos analizado, la del dirigente sindical que se apropia de plusvalía sin ser propietario ni director de empresa, parece ser la más general. Sin embargo, como lo muestra el caso de la UOM con que iniciamos la nota, existe un impulso objetivo a que, en la medida en que se mantiene la apropiación de plusvalía, sectores de la burocracia se transforman en capitalistashechos y derechos”. La acumulación de dinero, que excede en mucho las necesidades del consumo de lujo –al que se han habituado muchos burócratas- explica el impulso a convertir ese dinero en “valor en proceso de valorización”, esto es, en capital. El dirigente que se apropia de fondos sindicales, por un lado, y por otra parte incrementa su patrimonio en tanto capitalista, es cada vez más frecuente. Su ideología y práctica se identifican con el capitalismo. Lo cual no anula que su participación en la apropiación de los fondos sindicales siga estando condicionada a que pueda exhibir un cierto poder de negociación frente al capital particular al que se vincula su sindicato, o frente al Estado.

Existen, por otra parte, varias formas híbridas y disimuladas de capitalismo sindical. Por ejemplo, cuando un sindicato es propietario de una empresa capitalista. Desde el punto de vista formal, se diría que una parte de la clase obrera (la organizada en el sindicato) explota a otra parte de la clase obrera (la que trabaja en la empresa propiedad del sindicato). Sin embargo, el contenido real no es ese, ya que el sindicato, en los hechos, está manejado por una casta que se apropia de los frutos del trabajo que explota. Esta situación tiene cierta similitud con lo que ocurre en las empresas estatales, que formalmente “son de todos”, pero en realidad están al servicio del enriquecimiento de la burocracia estatal capitalista. Otro caso es cuando la burocracia sindical se enriquece manejando obras sociales que incluyen la explotación directa de trabajadores, por ejemplo, de la salud.

Algunas conclusiones políticas

Desde el punto de vista de la política, entender el rol contradictorio de la burocracia sindical puede ayudar a superar caracterizaciones demasiado lineales en que incurren algunos sectores de la izquierda. En particular, la idea de que en toda ocasión que se le presente la burocracia traiciona a los trabajadores y se alinea con la patronal. Este tipo de enfoque está sintetizado en la película “Los traidores” –un clásico del cine de denuncia y de izquierda- de Raimundo Gleyzer, de 1973. Es la historia de un sindicalista (al que es fácil identificar con José Rucci) que pasa de ser un delegado que se preocupaba por sus trabajadores, a un burócrata defensor, en todo momento, de la patronal.

Si bien se puede acordar en que la evolución de muchos dirigentes gremiales es la que describe Gleyzer, el accionar del burócrata, sin embargo, es más complejo que lo que pinta la película. Es que el dirigente sindical necesita defender posiciones frente a la patronal, al menos hasta cierto punto, porque de lo contrario no podría cumplir con su función. Por eso no puede ser un mero títere de la patronal. Para explicarlo con un ejemplo actual: si fuera una correa de transmisión directa y mecánica de los intereses de la patronal, no se podría entender por qué un dirigente como Hugo Moyano, de Camioneros, recibe, en las elecciones del gremio, el apoyo del 75% de los afiliados. Esto no se puede explicar por simple “engaño” de las bases, o por la falta de democracia sindical (que efectivamente, no existe); tampoco se puede entender si partimos del supuesto de que la burocracia de Camioneros está siempre linealmente alineada con la patronal. La burocracia es fundamental para el sostenimiento del modo de producción capitalista, pero puede cumplir ese rol porque también sostiene posiciones elementales del trabajo frente al capital, o el Estado. De ahí que la actuación de Moyano oscila entre enfrentamientos parciales con la patronal y el Gobierno, componendas de todo tipo, apoyo al sistema capitalista, y control de las bases (y represión de la izquierda, si es necesario).

La situación contradictoria de la burocracia también ayuda a entender por qué es posible que las organizaciones de izquierda coincidan con la dirigencia gremial en unidades de acción en defensa de reivindicaciones puntuales, tales como aumentos salariales, mejoras en condiciones laborales, y similares. Pero tales acciones no deberían considerarse expresiones de la “unidad de clase”. Se trata de una unidad puntual con un estrato social que tiene una relación de explotación con la misma clase a la que dice defender. En este sentido, los términos definen el punto de vista más general desde el cual se implementa una táctica política. La unidad de acción no es con dirigentes obreros que tienen “privilegios y prebendas”, sino con un estrato social definidamente antagónico con la clase a la que dice pertenecer. La táctica unitaria puede ser útil y hasta necesaria en determinadas circunstancias de la lucha de clases, pero nunca debería perderse de vista con quién se la está implementando.

La caracterización de la burocracia sindical como un estrato social antagónico a la clase obrera también adquiere relevancia cuando apoya a gobiernos burgueses, o defiende programas favorables al capitalismo de Estado. O cuando reprime a la izquierda, en conjunto con el Estado y las patronales. Son los casos de dirigentes sindicales combinados con empresas para despedir trabajadores opositores; de burócratas actuando de común acuerdo con bandas fascistas, como sucedió con la Triple A, en los 1970; o con grupos de tareas de la dictadura argentina, como hizo Gerardo Martínez, actual secretario general de la Unión Obrera de la Construcción. No son “excesos”, sino actos que enraízan en las fuentes de acumulación de la burocracia.

Por último, tampoco debería abrigarse esperanza alguna en que esta dirigencia de burócratas evolucione hacia posiciones anticapitalistas o socialistas, por más presión que pueda haber de las bases. Ni que pueda surgir alguna forma de “partido obrero”, independiente de la clase capitalista, a partir de las actuales estructuras sindicales manejadas por la burocracia. Por ejemplo, el Partido por la Cultura, la Educación y el Trabajo, lanzado por Moyano, por su orientación programática, estratégica y táctica, es un partido burgués. La independencia de clase pasa, irremediablemente, por la crítica y ruptura de raíz con la dirigencia sindical burocrática.

rolandoastarita, rolandoastarita


Trotsky y Pannekoek sobre los sindicatos

Como complemento de la nota sobre el carácter de clase de la burocracia sindical, y con el fin de aportar elementos para el análisis, transcribo pasajes de sendos textos de Trotsky y Pannekoek.

El texto de Trotsky es de 1933. Refiriéndose a los sindicatos británicos, el viejo revolucionario afirmaba que la burocracia de los sindicatos se había transformado “en lugartenientes del capital en la explotación intensificada de los trabajadores”. Luego agregaba: “… la burocracia de los sindicatos persigue a los trabajadores revolucionarios… en esencia, transforma a los sindicatos en una suerte de campos de concentración para los trabajadores… (…)…la burocracia de los sindicatos se ha vuelto una parte, definitivamente, del aparato capitalista, económico y gubernamental…”. Luego: “… la burocracia reformista se ha transformado en la policía económica del capital…” (“The I.L.P. and the New International: A Criticism of Its Paris Declaration”, The Militant, 30 septiembre de 1933).

De Anton Pannekoek (1873-1960) lo que siguen son pasajes tomados de “El sindicalismo”, publicado en 1936.

Después de señalar que el sindicalismo “fue la primera escuela de entrenamiento en virtud proletaria, tanto en solidaridad como en el espíritu del enfrentamiento organizado”, y que “expresaba la primera forma del poder proletario organizado”, Pannekoek señala que en los sindicatos de Estados Unidos e Inglaterra “esta virtud a menudo se petrificó y degeneró en una estrecha corporación gremial, con una verdadera mentalidad capitalista”. Luego, observando cómo habían evolucionado los sindicatos con el crecimiento del capitalismo, añade:

Se convierten en grandes corporaciones de miles de miembros, extendiéndose por todo el país, con secciones en cada pueblo y cada fábrica. Deben nombrarse funcionarios: presidentes, secretarios, tesoreros, para conducir los asuntos, manejar las finanzas, a nivel local y central. Ellos son los jefes, que negocian con los capitalistas y que por esta práctica han adquirido una destreza especial. El presidente de un sindicato es un pez gordo, tan grande como el empleador capitalista mismo, y él discute con aquél, de igual a igual, los intereses de sus miembros. Los funcionarios son especialistas en el trabajo sindical, que los miembros, completamente ocupados en su trabajo de fábrica, no pueden juzgar o dirigir ellos mismos.

De manera que las corporaciones sindicales ya no son simplemente un conjunto de trabajadores; se convierten en un cuerpo ordenado, como un organismo viviente, con su propia política, su propio carácter, su propia mentalidad, sus propias tradiciones, sus propias funciones. Es un cuerpo con intereses propios, que están separados de los intereses de la clase obrera. Tiene una voluntad de vivir y luchar por su existencia. Si en algún momento los sindicatos dejaran de ser necesarios para los trabajadores, éstos no desaparecerían instantáneamente. Sus fondos, sus miembros, y sus funcionarios: todas estas son realidades que desaparecerán inmediatamente, sino que continuarán su existencia como elementos de la organización.

Los sindicalistas, los dirigentes obreros, son los portadores de los intereses especiales del sindicato. Siendo originalmente obreros de la fábrica, adquieren, por la larga práctica a la cabeza de la organización, un nuevo carácter social. En cada grupo social, una vez que es suficientemente grande para constituir un grupo especial, la naturaleza de su trabajo moldea y condiciona su carácter social, su modo de pensar y actuar. La función de los sindicalistas es completamente diferente de la de los trabajadores. No trabajan en las fábricas, no son explotados por los capitalistas, su existencia no es amenazada continuamente por el desempleo. Se sientan en oficinas, en posiciones bastante seguras. Tienen que llevar adelante los asuntos de las corporaciones y hablar en reuniones de trabajadores y discutir con los empleadores. Por supuesto, tienen que ponerse del lado de los trabajadores, y defender sus intereses y deseos contra los capitalistas. Esta es una posición, sin embargo, no muy diferente de la del abogado quien, como secretario de una organización, se pone del lado de sus miembros y defenderá sus intereses al máximo de su capacidad”.

+ Info:

Mandarins: Per què els comunistes diuen mandarins als funcionaris sindicals reformistes? La lluita en dos fronts dels obrers metal·lúrgics torinesos (1921) Antonio Gramsci


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