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Anticapitalistes
  
dijous 15 de desembre de 2016 | Manuel
“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (3)

Rolando Astarita

III

El giro al neoliberalismo

La caracterización del keynesianismo de posguerra de Bresser Pereira, Kregel, Seccareccia, que hemos presentado en la parte anterior de la nota es muy distinta de la que presenta Davidson. Según este autor, entre 1945 y 1973 los gobiernos capitalistas “fueran liberales o conservadores, aplicaron activamente el tipo de políticas económicas que Keynes había defendido en los 1930 1940” (Davidson, 2007, p. 177). Davidson agrega que esas políticas permitieron aumentar el producto por habitante, la productividad y mantener bajo el desempleo. Pero a partir de mediados de los años 1970 se impuso la reacción neoliberal. Desde este enfoque, el rápido avance de la reacción anti-keynesiana parece no tener base alguna en las relaciones sociales existentes.

Sin embargo, la realidad es que a mediados de la década de 1970 se asistía a una crisis estructural de acumulación del capital -caída de la tasa de rentabilidad y debilidad de la inversión-, largamente estudiada por los marxistas (véase, por ejemplo, Mandel, 1979 y Shaikh. 1991), los regulacionistas (véase, por ejemplo, Aglietta, 1979, y Lipietz, 1979) y otras corrientes. En América Latina esa crisis se manifestó bajo la forma de crisis de la industrialización por sustitución de importaciones. Pero el keynesianismo reformista del IS-LM no tuvo respuesta frente a una crisis global que no podía superarse con dosis de política monetaria o fiscal. Los partidos Comunistas y Socialistas tampoco representaban alternativas superadoras, y las economías “del socialismo real” evidenciaban crecientes problemas. El capital de conjunto exigía una reacción en toda la línea contra el trabajo; y el keynesianismo del mainstream se adaptó a la nueva coyuntura histórica.

Por eso, y en oposición a la interpretación de Davidson, pensamos que la base objetiva sobre la que se asentó el ascenso del neoliberalismo fue la crisis estructural del capitalismo en los 1970. En el plano de la teoría por neoliberalismo entendemos aquí el conjunto de doctrinas que se impusieron desde los años 1970 en las facultades de Economía y el establishment de economistas. Arranca con los monetaristas -Friedman y Phelps-, sigue con los teóricos de las expectativas racionales y el ciclo real de negocios, y con los nuevos keynesianos, que a su vez dieron lugar al llamado nuevo consenso neoclásico keynesiano, hoy hegemónico.

De conjunto, estas teorías, plasmadas en los manuales habituales de Macroeconomía, constituyen un mosaico de afirmaciones inconexas. Como reconoce Mankiw, un referente de los nuevos keynesianos y autor de un conocido manual de macro, “el campo de la macroeconomía es como un cortaplumas suizo, un conjunto de herramientas distintas pero complementarias que pueden ser aplicadas de diferentes maneras en diferentes circunstancias” (citado por Colander, 2003, p. 9). Pero en esta “caja de herramientas” no hay coherencia interna alguna: según la conveniencia teórica (o política) del momento, un supuesto (nunca justificado) da un resultado; y otro supuesto (nunca justificado) da un resultado opuesto, sin que nadie procure establecer coherencia entre las proposiciones rivales. Así los “modelos”, irrelevantes para explicar el mundo real, se superponen sin ton ni son. La obsesiva formalización -nadie hoy es “economista serio” si su paper no va acompañado de la correspondiente “alta matemática”- apenas puede disimular la pobreza conceptual de fondo.

Pero lo central es que en este marco se han impuesto plenamente las ideas neoclásicas más reaccionarias y propias de la economía vulgar. La vieja ley de Say, contra la que había arremetido Keynes, se mantiene contra viento y marea, remozada con las ecuaciones que describen los comportamientos optimizadores y racionales de los individuos. La tesis de la tasa natural de desempleo se ha instalado de manera definitiva; también la idea de que solo se la puede bajar con “reformas estructurales” (ataque a los sindicatos, flexibilización laboral y semejantes); las fluctuaciones económicas son solo de corto plazo, o incluso –tesis del ciclo real de negocios- no existen en sentido propio. Además, se sostiene que con un manejo adecuado de la tasa de interés, el ciclo económico es cosa del pasado y el dinero y el sistema financiero no ejercen influencia alguna en la economía “real” del largo plazo. Las rigideces de precios e imperfecciones de mercado que admiten los nuevos keynesianos no afectan el fondo de la doctrina: bastaría con una dosis de intervención estatal –principalmente vía tasa de interés- para que las economías capitalistas funcionen en el mejor de los mundos. Los grandes problemas macroeconómicos y sociales abordados todavía en la Teoría General, y que se discutieron tradicionalmente en la Economía Política, desaparecen fagocitados por los infinitos modelos incapaces de rozar siquiera las cuestiones que importan, como el desempleo, la polarización de los ingresos, los trabajos insatisfactorios, los bajos salarios y la miseria de miles de millones.

El significado de clase del neoliberalismo

El ascenso desde mediados de la década de 1970 del llamado neoliberalismo ha sido interpretado en muchos ámbitos del pensamiento progresista y de izquierda como un asalto del sector financiero a los puestos de mando del capital. Esto significa que el análisis se hace en términos de lucha entre fracciones del capital.

Desde un enfoque marxista nuestra interpretación es diferente. Sostenemos que el neoliberalismo expresó una reacción política del conjunto del capital. Esto es, el fenómeno no se reduce a la orientación de una fracción en particular del capital. El apoyo que tuvieron las políticas recomendadas por monetaristas, nuevos clásicos, nuevos keynesianos y similares excedió en mucho al capital financiero. Los ataques a los derechos sindicales; las políticas de caída del salario; las legislaciones para flexibilizar el mercado y las relaciones laborales; la reducción o supresión de subvenciones a los desempleados; el empobrecimiento de pensionistas y jubilados; las ofensivas contra los inmigrantes, fueron todas medidas que se tomaron para restablecer de conjunto la rentabilidad del capital. Y fueron apoyadas por los grandes medios, las cámaras empresarias e incluso amplios sectores de las clases medias y las patronales pequeñas y medianas.

De la misma manera, las oleadas de privatizaciones y las aperturas comerciales significaron someter de manera más abierta y plena a todos los sectores de las economías a la ley de la ganancia, y en ellas participaron capitales industriales, comerciales, agrarios, junto al capital financiero. Este movimiento fue acompañado de la reacción política, cultural e ideológica. En muchos ámbitos se impuso la consigna “que gane el mejor y el más fuerte”, los que tienen más oportunidades, que por lo general son los más ricos. En este contexto se rechazaron los movimientos críticos, las culturas contestatarias y se asistió al resurgimiento de movimientos racistas y xenófobos, y a la exaltación de los valores conservadores burgueses. Se trató, por ende, de un movimiento mucho más abarcador que una disputa entre fracciones del capital. El trabajo fue subsumido de forma más completa al capital de conjunto, sin distinciones.

En este marco, la cuestión del mayor o menor gasto fiscal es un tema secundario. Gobiernos profundamente reaccionarios, como el de Ronald Reagan, o George Bush, aumentaron el gasto público para sostener a la economía en períodos de recesión, sin que ello encerrara algún carácter progresista o favorable a los trabajadores. De hecho, y al cabo de más de tres décadas de “neoliberalismo”, la participación del gasto público en el producto interno, en la mayoría de los países, es hoy más elevada que a mediados de los 1970 (ver aquí).

El actual giro “keynesiano”

Volvamos entonces al actual giro “keynesiano” con que empezamos esta nota. Recordemos que todavía a comienzos de los 2000 los economistas del nuevo consenso afirmaban que las economías capitalistas, y la de EEUU en particular, vivían en el mejor de los mundos. De manera característica, en la edición 2000 de Macroeconomía de Blanchard y Pérez Enrri, escribían:

En EEUU, al momento de escribir este libro, [los macroeconomistas y las autoridades macroeconómicas] duermen mejor que en muchos años. Tras la recesión de principios de los años 90, la economía norteamericana ha venido creciendo, la inflación se ha mantenido en un bajo nivel y el desempleo ha sido inferior a la media registrada desde la Segunda Guerra Mundial” (p. 3).

Y agregaban que nada grave hacía prever una recesión. Más aún, en un paper de 2008, y cuando ya había estallado la crisis financiera, Blanchard sentenciaba que “el estado de la macroeconomía es bueno”. Solo habría fluctuaciones debidas a cambios de tecnología o cambios en las preferencias -en línea con el ciclo real de negocios-, y los gobiernos no debían tratar de suavizarlas, ya que no eran necesariamente malas. Por otra parte, si se mantenía la tasa de inflación constante, el nivel del producto sería el óptimo, admitidas rigideces e imperfecciones. Sin embargo, Blanchard debía admitir que los modelos del nuevo consenso no habían tenido en cuenta que las instituciones financieras importan, y que los shocks a sus posiciones de capital o liquidez pueden tener grandes efectos macroeconómicos. También reconocía que los precios de los activos financieros no siempre reflejan los fundamentos, contra lo que afirma la hipótesis de los mercados eficientes (véase Blanchard 2008).

Pero la profundidad de la crisis llevó a cuestionamientos más serios, surgidos del establishment económico. Por ejemplo, The Economist, en su edición del 22 de febrero de 2009, se preguntaba qué había andado mal y cuestionaba la falta de realismo de teorías como la de los mercados eficientes. La reina de Inglaterra, por su parte, preguntó a los economistas por qué no habían previsto la crisis. Economistas renombrados también cuestionaron. Paul Krugman (recibió el premio Nobel en 2008) escribía en 2011:

Pero lo que quedó claro en el debate político después de la crisis de 2008 fue que muchos economistas, incluyendo muchos macroeconomistas, no conocen el simple análisis del multiplicador. Literalmente no conocen nada acerca de modelos en los cuales la demanda agregada puede estar determinada por algo más que la cantidad de dinero. … Hemos entrado en una edad oscura de la macroeconomía, en la cual mucho de la profesión ha perdido su anterior conocimiento, tal como la Europa bárbara había perdido el conocimiento de los griegos y romanos”.

Señalaba luego que en las carreras académicas y programas de investigación se postergaba o desconocía a todo aquel que cuestionara los modelos de los equilibrios múltiples (véase Krugman, 2011).

Otra crítica importante, aunque de menor resonancia, fue la de Claudio Borio, subdirector del Departamento Monetario y Económico y director de Investigación y Estadística del BIS. Entre otros temas, Borio cuestionó los enfoques micro que pasaban por alto los problemas sistémicos, y la idea de que las fluctuaciones solo podían generarse por shocks exógenos de la economía. La crisis demostraba, además, que no bastaba con controlar la inflación para impedir las fluctuaciones (véase Borio, 2011).

Incluso el FMI publicó, en 2010, el informe redactado por Blanchard y otros dos colaboradores, al que ya nos hemos referido. Allí se reconoce que los macroeconomistas y los políticos habían pensado que con la política monetaria se podía sostener una baja inflación, que la política fiscal no era importante y que, en la medida en que la inflación fuera baja y constante, la brecha del output sería pequeña. También se había creído que bastaba controlar la tasa de interés para que las demás variables se acomodaran, y para que los precios de los activos financieros estuvieran determinados, en promedio, por los fundamentos. Pero la crisis había puesto en evidencia que no bastaba con la baja inflación para impedir fuertes variaciones del producto; además, durante la crisis los bancos centrales se habían encontrado con que no tenían mucho margen para bajar la tasa de interés, dada la baja inflación. Por lo cual habían tenido que recurrir al gasto fiscal y a mayores déficits fiscales. Los autores reconocían también que los mercados financieros importan, que cuando los inversores dejan de proveer fondos la política de baja tasa de interés no es efectiva para corregir el problema, y que el apalancamiento, la especulación y las burbujas tienen efectos sobre la economía real.

La conclusión era que las políticas fiscales contracíclicas volvían a ser convenientes y necesarias; y que eran necesarias mayores regulaciones financieras (véase Blanchard, Dell’Ariccia y Mauro 2010).

En línea con estas ideas, en 2013 el FMI admitió que los programas de austeridad fiscal frente a la crisis habían causado más daño que beneficio a las economías. Otros importantes referentes del establishment económico también vuelven a la idea de que las inyecciones fiscales pueden ser beneficiosas. Por ejemplo The Economist, en una nota “Fiscal multipliers. Where does de buck stop?” (13/08/16) reivindica el multiplicador keynesiano, en oposición a las teorías de los teóricos de las expectativas racionales. Y Stanley Fisher, vicepresidente de la Reserva Federal, aconseja el gasto público en infraestructura para estimular el crecimiento económico de largo plazo.

En definitiva, es una vuelta, en el plano de la teoría y los modelos de los economistas, a algunos aspectos del viejo keynesianismo de la síntesis. Pero estas revisiones del FMI, el BIS, de economistas y publicaciones del mainstream, no alteran el encuadre general neoclásico en que se sigue desenvolviendo la macroeconomía ortodoxa. Más importante, no hay en esto ningún giro a la izquierda.

Entender el carácter de clase del keynesianismo

Desde hace más de tres décadas el progresismo de izquierda ha opuesto las banderas del keynesianismo al neoliberalismo en ascenso. Recuerdo que a mediados de los 1990 un dirigente sindical izquierdista (y hoy sigue siendo dirigente sindical) me decía que, dada la situación, la alternativa progresiva para los trabajadores pasaba por volver al programa keynesiano. Centralmente, aumentar la participación del Estado en la economía. Por esta vía mi interlocutor embellecía –igual que hace hoy Davidson- al keynesianismo de la síntesis y dejaba de lado las contradicciones reales del sistema capitalista que habían desembocado en la crisis de los 1970.

Actualmente el reclamo de “keynesianismo” se expresa en la disyuntiva que plantea prácticamente todo el progresismo, a saber, “Estado o mercado”. Aquí se entiende por “Estado” la utilización del gasto para sostener la demanda y “favorecer la equidad social”. Con lo cual se llegaría a la conclusión de que el “nuevo keynesiano” del FMI y de The Economist representaría una forma de giro progresista. Es el resultado natural de haber pasado por alto no solo la naturaleza de clase del “todos somos keynesianos” de posguerra, sino también los límites capitalistas del keynesianismo de la Teoría General. En tanto subsista el régimen de producción capitalista no hay manera de socializar la inversión, acabar con la lógica de la rentabilidad o suprimir la desocupación. Pero por eso mismo no se pueden eliminar las recurrentes crisis generales de sobreproducción. No lo hizo el keynesianismo de posguerra, ni el nuevo consenso de los 2000. Por eso, la izquierda necesita una teoría radical, esto es, que vaya a las raíces de los problemas que padecen las masas trabajadoras. Desde el punto de vista de la teoría, y de la política, pasar del manual de Macroeconomía de Blanchard al Economics de los 1960 de Samuelson, es marcar el paso en el mismo lugar.

Textos citados:

Aglietta, M. (1979): Regulación y crisis del capitalismo, Madrid, Siglo XXI.
Blanchard, O. J. (2008): “The State of Macro”, NBER Working Paper 14.259, agosto.
Blanchard, O. y D. Pérez Pérez Enrri (2000): Macroeconomía. Teoría y Política Económica con aplicaciones a América Latina, Lima, Prentice Hall.
Blanchard, O.; G. Dell’Ariccia y P. Mauro (2010): “Rethinking Macroeconomic Policy”, IFM Staff Position Note, febrero.
Borio, C. (2011): “Rediscovering the macroeconomic roots of financial stability policy: journey, challenges and a way forward”, BIS Working Paper Nº 354, Monetary and Economic Department, September.
Colander, D. (2003): “The Strange Persistence of the IS/LM Model”, Middlebury College, Economics Discussion Paper Nº 03-07, marzo.
Davidson, P. (2007): John Maynard Keynes, Palgrave Macmillan.
Krugman, P. R. (2011): “The Profession and the Crisis”, Eastern Economic Journal, vol. 37, pp. 307-312.
Lipietz, A. (1979): Crise et inflation. Pourquoi?, Paris, Maspero.
Mandel, E. (1979): El capitalismo tardío, México, Era.
Shaikh, A. (1991): Valor, acumulación y crisis, Bogotá, Tercer Mundo Editores.

12/12/2016

rolandoastarita

+ Info:

“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? I i II

Neoliberalismo, Estado y gasto social. Rolando Astarita


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