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Anticapitalistes
  
dilluns 12 de desembre de 2016 | Manuel
Podemos: Qué nos jugamos en Vistalegre II?

Brais Fernández, Emmanuel Rodríguez

Será el segundo fin de semana de febrero. Y será según la forma habitual de Podemos: con discusión y votación de documentos; y con presentación y votación de listas a la nueva dirección.

En estos meses, los dueños del viejo Vistalegre (la dirección de Pablo Iglesias e Iñigo Errejon) han intentado desprenderse de su propiedad, y también de las obligaciones y deudas que tenía esa posesión. Nos hablan de democratizar la organización, de federalizar la organización, incluso de generar “contrapoderes”. En un giro típico de la tradición de la III Internacional, han pasado de reclamar media docena de ministerios en un gobierno liderado por el PSOE a ponerse los colmillos y volver a asustar a las élites. Viraje característico de las organizaciones de la vieja izquierda: la dirección de Podemos se ha apropiado del discurso de los críticos de Vistalegre, pero desgraciadamente demasiado tarde como para que resulte no sólo creíble, sino sobre todo efectivo.

Hoy por hoy, resulta inviable que Podemos se convierta en el partido-movimiento que se opuso como alternativa a la máquina de guerra electoral en el otoño de 2014. Se carece del músculo interno, de la atención social, de la masa crítica suficiente como para democratizar (dar poder a las bases) en una organización como Podemos. Es el precio de haber construido una clase política independizada y autonomizada de cualquier realidad social viva. Lo que tenemos en cambio es un partido pleibiscitario. Quizás la única herencia significativa del 15M sean las primarias abiertas y ahora, parece, organizadas por un sistema que quiere garantizar cierta proporcionalidad. ¿Se puede aprovechar el nuevo Congreso para producir algún avance respecto al rígido verticalismo y burocratismo previsto en el primer Vistalegre?

Es posible que sólo en parte. Las ilusiones de la mayoría de la nueva generación militante de que Podemos es algo eternamente moldeable son, en el mejor de los casos, optimismo ingenuo y en el peor esconden la visión de Podemos como una especie de divinidad ubicua, con la que te puedes enfadar pero a la que hay que volver a adorar como el único Dios. Los últimos años han compuesto un Podemos particular, internamente vacío o en crisis permanente, donde la participación se reduce a moverse dentro de las estructuras internas de la organización. Podemos recuerda a un gran edificio de oficinas, en el que los empleados viven intensamente sus líos departamentales como sustituto vitamínico de la realidad, olvidando que hay una gran ciudad ahí fuera. La cuestión no es así tanto la de tratar de revolucionar internamente el partido sobre la base de grandes documentos y nuevas caras, sino la de definir de una vez por todas el rol especifico que va a jugar Podemos en la nueva fase que entra. Un papel que debe partir de una ruptura radical con la idea que el podemismo tiene de si mismo.

Podemos no es la expresión de ninguna totalidad, ni es el pueblo, ni su constructor, ni son las clases populares, ni ese sujeto indeterminado conocido como la “gente”. Tales eslóganes tratan de esconder la profunda debilidad en la sociedad civil de un aparato lo suficientemente hábil para lograr 5 millones de votos, pero también lo suficientemente torpe como para espantar a las decenas de miles de personas que vieron en Podemos un espacio a construir, con su tiempo y sus horas. Los que faltan son demasiadas veces los que se han ido.

La incapacidad de Podemos para abordar la cuestión de la organización —y por lo tanto, de una política de masas que se haga en la sociedad y no en el discurso— combinada con la arrogancia del nuevo rico que ha conseguido ganar sus 5 primeros millones desplaza el reto. No se trata pues de organizar a decenas de miles en sus “círculos” —seguramente esto ya no es posible—, sino de relacionarse de forma tensa, constante y creativa con todo ese “afuera” irreductible al partido: multitud de personas que seguramente voten a Podemos, pero que se movilizan y organizan en todas las pequeñas, invisibles y múltiples experiencias de movimiento que componen el mapa pos-15M o en espacios de organización más clásica.

El tan cacareado pluralismo no debería reducirse así a la legítima disputa entre posiciones políticas y estratégicas. En primer lugar, porque esa lucha tiene una credibilidad escasa. El giro hacia la democracia interna del errejonismo (¿quizás condicionado por su exclusión de los núcleos de poder?) o el giro “izquierdista” de Pablo Iglesias, que ha pasado en dos meses de socialdemócrata a ser un digno heredero del maoísmo francés (¿quizás voluntad de dejar sin espacios a los “críticos”, absorbiendo a “los críticos” para debilitar al errejonismo?), resultan predecibles dentro del paradigma del discurso. No obstante, la cesura entre el “decir” y el “hacer” es tan profunda que los hechos parecen haber sido eliminados de la ecuación.

En otras palabras, el pluralismo y la democracia se medirán en la capacidad de abrir el partido. Como mínimo, será preciso conectar Podemos con ese “afuera” irreductible, con el propósito de ponerse al servicio de una dinámica de oposición en la sociedad, más allá de la rutina parlamentaria. Por desgracia, la indiferencia de ese “afuera” es cada vez mayor y está más solidificada: los asuntos de Podemos son asuntos del podemismo. Las motivaciones que encuentran otros espacios para participar en Podemos son más bien escasas.

Queda así plantado el reto: abrir vías de entrada para otras lógicas, que oxigenen y minen la dinámica internista de Podemos. El proceso, tal y como lo ha lanzado Pablo Iglesias, no parece a priori muy diseñado para eso, más bien intenta regenerar su posición dominante. La respuesta de Errejon parece más orientada a mantener sus cuotas de poder interno y a esperar su momento. La posibilidad pasa por la capacidad que tengan iniciativas como “Podemos en Movimiento”, o sin necesidad de adscribirse a ninguna corriente, la de ser el “caballo de troya” del “afuera irreductible”. Las dificultades son sin embargo muchas: la indiferencia de lo social afecta a todos los sectores y la presión del pablismo va a ser enorme para resolver la cuestión de la pluralidad mediante la integración de los “críticos”, anulando así la posibilidad de que surja un polo “descontrolado” y rebelde; un polo que se deba más al afuera que a las lógicas internas, introduciendo disrupciones inesperadas en la siempre aburrida dinámica de pelea interna entre corrientes.

La tareas sigue siendo construir antagonismo y construir poder constituyente. Sólo desde Podemos, con su esclerotizada vida interna y su dinámica autorrefencial, no llegaremos muy lejos: quizás apenas saciar algunas ambiciones personales. Pero sin introducir lógicas diferentes en Podemos, nos veremos con un serio problema a medio plazo: un “revival” del “partido-tapón” que fuera IU, pero sin un nuevo 15M a la vista. En la forma más banal y prosaica, esto es lo que tenemos que intentar evitar en el nuevo Vistalegre.

7/12/2016

publico

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