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divendres 9 de desembre de 2016 | Manuel
“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (partes 1 y 2)

Rolando Astarita

Somos todos keynesianos”, lo habría admitido el presidente Richard Nixon, en enero de 1971, a un periodista, en charla informal. Nixon estaba aplicando un programa fiscal expansivo –a pesar del déficit presupuestario- y una política monetaria también expansiva. Dado que su administración era profundamente conservadora, el “somos todos keynesianos” quedó grabado como un símbolo de hasta qué punto por entonces se instrumentaban las políticas “keynesianas”.

Pues bien, el “somos todos keynesianos” está de vuelta desde la crisis de 2008-9, y cobra fuerza por estos días. El programa económico de Trump es representativo: promete estimular la economía a través de rebajas de impuestos y proyectos de infraestructura por un billón de dólares, que se financiarían con deuda pública y participación privada. Pero también Obama buscó reanimar la economía mediante inyecciones fiscales. Y antes lo había intentado Bush, cuando se iniciaba la crisis. En Japón, no solo las políticas del primer ministro Abe encajan en lo que habitualmente se conoce como “keynesianismo”, sino también las de los gobiernos anteriores. Más en general, en el 2008 y 2009 el FMI y el G20 recomendaron a los gobiernos dar estímulos fiscales por un monto equivalente al 2% del PBI; además de aplicar políticas monetarias expansivas. Pero hay más casos: frente a la crisis, China aplicó un gigantesco plan de inyección fiscal. Recientemente, el gobierno británico instrumentó un programa de expansión fiscal para amortiguar los efectos del Brexit. El gobierno de Cambiemos, en Argentina, considerado por muchos “neoliberal”, trata de sostener la demanda en base a gasto y déficit fiscal, que financia con un endeudamiento en rápido ascenso. Y así podríamos seguir mencionando casos.

La idea rectora es siempre la misma: generar, a partir de un incremento del gasto fiscal, un círculo virtuoso de demanda, que dé lugar al aumento del empleo y de la producción. El supuesto es que el dinero volcado a la economía sea gastado por los trabajadores y empresarios; lo que a su vez generará nueva demanda, que volverá a ser gastada, y así en las sucesivas rondas. Es el multiplicador keynesiano en acción. Después de años de teoría neoliberal (en la práctica las políticas fueron otra cosa), en que el gasto fiscal no cumplía prácticamente ningún rol, la receta keynesiana es aceptada por el establishment económico. Tal vez el texto más representativo en este respecto sea el de Blanchard, Dell’Ariccia y Mauro (2010).

Dado el aura de “izquierdismo” que tienen las políticas llamadas keynesianas, se plantea entonces la pregunta de si esta vuelta a una política de mayor gasto fiscal representa alguna forma de “giro a la izquierda” de los gobiernos capitalistas y de los organismos internacionales. Algunos intelectuales de izquierda incluso ya están diciendo que, en lo económico, programas como el de Trump son progresistas (o “no-neoliberales”).

Adelantamos que nuestra respuesta es que este giro “keynesiano” apenas reasume algunos elementos de las políticas de posguerra del “keynesianismo bastardo”, como lo llamó Joan Robinson, para marcar su distancia con el Keynes de la Teoría General, en un encuadre general “de derecha”; esto es, de políticas orientadas a incrementar la explotación del trabajo. En esta nota buscamos resumir las principales características de estas evoluciones. Con este fin, en lo que sigue empezamos resumiendo las principales ideas de Keynes sobre las políticas económicas. A partir de aquí, pasamos revista a la evolución del mainstream de la macro. Debido a su extensión, hemos dividido la nota en partes.

Keynes, política frente a la crisis

Es indudable que Keynes recomendó, durante la crisis de los 1930, políticas fiscales expansivas; y bajas tasas de interés. En este punto se enfrentó a una parte importante del establishment, que sostenía que las economías capitalistas se restablecerían dejando actuar a las fuerzas del mercado, que los presupuestos deberían estar siempre equilibrados, y que las políticas fiscales, en el mejor de los casos, eran inefectivas. Como dato ilustrativo, digamos que en durante la campaña electoral de 1932, Roosevelt prometía acabar con el déficit. Una buena parte de los economistas sostenía que con el equilibrio de las cuentas fiscales se restablecería la confianza de los inversores (argumento que se mantiene hasta el presente). Además, la mayoría del establishment estaba por una política monetaria dura, que defendiera el valor de la moneda.

La posición de Keynes fue contraria a esas orientaciones. Por ejemplo, en 1925, en “Las consecuencias económicas del señor Churchill”, criticó la deflación por sus consecuencias recesivas para la industria y las tensiones sociales que generaba. En 1929 escribió el programa económico del candidato del partido Liberal, Lloyd George, donde atacó la política del Tesoro de austeridad fiscal, y propuso un plan de obras públicas. En 1931 consideró que el final del patrón oro y la depreciación de la libra esterlina proporcionarían un alivio a la economía británica. También en 1931, en “Los medios para la prosperidad”, defendió la teoría del multiplicador –que había elaborado poco antes su alumno Robert Kahn- y el aumento del gasto fiscal. Y en diciembre de 1933, en una carta abierta al presidente Roosevelt, sostuvo que la demanda es tan necesaria para el aumento del capital como la oferta, y recomendó aumentar el gasto estatal, financiado con endeudamiento del gobierno o emisión monetaria.

Así, a través de sucesivos artículos polémicos, fue delineando el enfoque que luego desplegaría en la Teoría General (en adelante, TG). Aunque no era el único que pedía políticas activas; otros economistas compartían el enfoque, pero carecían de un fundamento teórico para defenderlo.

La Teoría General y las recomendaciones de política económica

La TG vino a llenar el vacío que había en los 1930 para justificar políticas activas. Entre sus ideas centrales está la crítica a la ley de los mercados, o ley de Say, que dice que la oferta genera siempre una demanda correspondiente. Al sostener que no siempre el ahorro se canaliza a la inversión –puede ser atesorado- Keynes demuestra que la demanda puede ser inferior al producto. Además, sostiene que el nivel de empleo no depende solo ni principalmente de los salarios, y que es decidido por los empresarios en base a la demanda esperada, y los costos esperados. De manera que a un nivel de demanda esperada (o demanda efectiva, como le llama Keynes), y dadas las condiciones físicas de la oferta y los salarios, se determina el volumen de ocupación, que determina el ingreso nacional. La demanda, por otra parte, depende del consumo, que depende del ingreso; y también depende de la inversión, que depende de la tasa de interés (determinada por la preferencia por la liquidez); y del rendimiento esperado de la inversión, o eficiencia marginal del capital.

A partir de estos elementos, Keynes pone el acento en estimular el consumo y la inversión. En particular, sostiene que la inversión es clave para sostener la demanda (véase aquí y aquí). Y enfatiza que, debido a la incertidumbre acerca del futuro, nada asegura que la inversión se mantendrá a un nivel que garantice el pleno empleo, o un alto nivel de empleo.

Destaquemos entonces que no siempre, ni necesariamente, un tirón de demanda –promovido por el gasto estatal- pondrá en movimiento la ronda de gastos que sugiere la teoría del multiplicador. Supongamos, por ejemplo, que una economía está en crisis, y el gobierno inyecta gasto para reanimar la demanda. Las empresas entonces reducen sus stocks de mercancías sin vender, pero supongamos que con el ingreso obtenido, en lugar de volver a contratar trabajadores, deciden bajar sus deudas con los bancos, o mantenerse líquidas, porque tienen incertidumbre acerca de la evolución general de la economía (Alvin Hansen, (1945) y Leijonhufvud (2006) contemplan esta posibilidad). En ese caso, la inyección fiscal habrá sido ineficaz. Se pueden mencionar casos actuales que ilustran el argumento. Uno es el poco efecto de la inyección de dinero que dispuso Bush cuando la economía de EEUU giraba a la recesión, en 2008. Otro, más significativo, son las políticas fiscales expansivas aplicadas en Japón, desde inicios de los 1990. A fin de sacar a la economía del estancamiento, y a lo largo de los últimos 25 años, los gobiernos nipones inyectaron ingentes cantidades de estímulo fiscal, construyendo puentes, caminos, represas, escuelas, centros de deporte, líneas férreas. Como resultado, el gasto público pasó de representar el 30% del PBI, en 1990, al 42% en la actualidad; y la deuda pública hoy alcanza al 230% del producto. Sin embargo, desde 1992 a la fecha la economía nipona creció a un promedio anual de solo el 0,9%.

Por eso, y tal vez previendo estas dificultades, en la TG (capítulo 10) Keynes no afirma que el mecanismo del multiplicador siempre, y en toda circunstancia, se pondrá en funcionamiento. Puntualmente planteó que el incremento del gasto público podía elevar las tasas de interés y los precios de los bienes de capital, lo cual afectaría negativamente a los inversionistas privados, y que era necesario contrarrestar este efecto impulsando una baja de la tasa de interés. En segundo término, sostuvo que los programas gubernamentales podían generar desconfianza, aumentar la preferencia por la liquidez o disminuir la eficiencia marginal del capital (esto es, la expectativa de ganancias), y por lo tanto retardar las inversiones. Aunque, a pesar de estas matizaciones, pensaba que el mecanismo básicamente funcionaba de la manera indicada por la teoría. Por eso escribió que cuando existe desocupación involuntaria, todo gasto –fuera para la construcción de pirámides, para reparar daños ocasionados por terremotos, e incluso por las guerras- podía servir para aumentar la riqueza y la ocupación. En este contexto aparece su famoso argumento sobre que, si la Tesorería llenara botellas con billetes de banco, las enterrara y dejara a la iniciativa privada el cuidado de desenterrar los billetes, no habría más desocupación.

Sin embargo, cuando analiza el ciclo económico (capítulo 22 de la TG), no recomienda políticas contracíclicas. De acuerdo a algunos poskeynesianos, la razón es que pensaba que lo importante era aplicar políticas que evitaran las fluctuaciones; de ahí que llegue a proponer la socialización de la inversión (véase más abajo). Pero además, a lo largo del libro mantiene la preocupación por el clima de los negocios, y el incentivo para invertir. Significativamente, en el capítulo 12, dedicado a las expectativas de largo plazo –en las cuales la incertidumbre juega un rol central- da gran importancia al ambiente político y social, y a la confianza, o desconfianza, que puedan inspirar los gobiernos a los “hombres de negocios”:

“[…] no solo se exagera la importancia de las depresiones y retrocesos, sino que la prosperidad económica depende excesivamente del ambiente político y social que agrada al tipo medio del hombre de negocios. Si el temor de un gobierno laborista o de un New Deal deprime la ‘empresa’, esto no tiene que ser necesariamente resultado de un cálculo razonable o de una conspiración con finalidades políticas; es simple consecuencia de trastornar el delicado equilibrio del optimismo espontáneo. Al calcular las posibilidades de inversión debemos tener en cuenta, por tanto, los nervios y la histeria, y aun la digestión o reacciones frente al estado del tiempo, de aquellos de cuya actividad espontánea depende principalmente” (TG, p. 148).

Esto es, el New Deal, que comúnmente se cita como ejemplo de la “política keynesiana” por excelencia, puede perjudicar, según el mismo Keynes, a las inversiones, si no inspira confianza en los capitalistas.

II

Salvar al capitalismo y socializar la inversión

Los pasajes que hemos citado en la parte anterior de la nota evidencian la aguda conciencia que tenía Keynes de la necesidad que el Estado garantizara a los empresarios un clima político y social favorable a sus negocios. Una preocupación que es congruente con el objetivo último de la TG: responder a las amenazas que representaron para el dominio del capital la Revolución Rusa y las convulsiones sociales que le siguieron. Keynes estaba profundamente compenetrado de esta cuestión. Su objetivo era reformar al sistema capitalista, para salvarlo, y atenuar los conflictos de clase.

En esta perspectiva, en la TG, en el último capítulo, aboga por la progresiva disminución de las diferencias sociales mediante impuestos a las herencias y la riqueza. También sugiere que el Estado debería ejercer influencia sobre la propensión a consumir a través de los impuestos, fijando la tasa de interés y “quizás por otros medios” (p. 332). Sin embargo, la tasa de interés no sería suficiente para garantizar la inversión óptima, y por eso afirma que “una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena” (ibid., pp. 332-333). Una propuesta anticipa en el capítulo 12. Esa eventual socialización de la inversión sería congruente, además, con su idea de que se estaba en transición hacia otra forma de sociedad (¿o capitalismo?) en la que desaparecería el rentista. Por rentista entendía al inversor que vive de los beneficios, sin cumplir rol productivo alguno. Keynes pensaba que los capitalistas serían progresivamente reemplazados por administradores de empresas, quienes cobrarían un salario por su función.

Sin embargo, también rechaza la estatización de los medios de producción: “… no se aboga francamente por un sistema de socialismo de Estado” (ibid., p. 333). Como alternativa a la administración estatal, era partidario de entidades gubernamentales descentralizadas y cuerpos públicos semi-autónomos, que deberían operar bajo los auspicios del Estado, como las universidades o el Banco de Inglaterra. Pero no brinda ninguna indicación precisa de cómo implementar esa política. Consustanciado con el liberalismo burgués, rechaza al Estado “totalitario y homogéneo” que “parece resolver el problema de la desocupación a expensas de la eficacia y la libertad” (ibid. pp. 334-335). Aunque pensaba que la época del laissez faire había pasado, su objetivo último era la defensa del individualismo, “la mejor salvaguarda de la libertad personal, si puede ser purgado de sus defectos y abusos” (ibid., p. 334). La intervención del Estado debía estar orientada a ese fin.

Con esta perspectiva, Keynes termina inclinándose por un compromiso con la teoría económica establecida. Sostiene que es válida en tanto admita que las fuerzas del mercado, por sí mismas, no llevan al pleno empleo y uso de los recursos. Y si bien el Estado debía intervenir en la economía, “el interés personal determinará lo que se produce, en qué proporción se combinarán los factores de la producción con tal fin, y cómo se distribuirá entre ellos el valor del producto final” (p. 333). Por eso, afirma que si se generan las condiciones apropiadas, “el libre juego de las fuerzas económicas” desarrollaría al máximo la potencialidad de la producción. Este aspecto, el más conservador, del pensamiento de Keynes, por lo general es disimulado por los poskeynesianos de izquierda. Pero constituyó un punto de apoyo importante para lo que vendría después, la síntesis keynesiana – neoclásica. También es significativo que Keynes haya aceptado, en principio, el modelo IS-LM, elaborado por Hicks.

Desde un enfoque marxista, podemos decir que la TG encierra una tensión imposible de desconocer. Es que la propuesta de socializar la inversión y la (prevista) eliminación del aspecto rentístico del capitalismo, apuntan a un régimen que no es capitalista. En igual sentido, el objetivo del pleno empleo entra en conflicto con el rol disciplinador de la desocupación sobre la fuerza de trabajo, y de contención de las demandas salariales. Una cuestión que en los años 1940 plantearon los keynesianos Joan Robinson y Michal Kalecki (véase aquí). Pero por otra parte, Keynes nunca cuestionó los fundamentos de la economía neoclásica; menos todavía, los orígenes de la ganancia, el interés o la renta. Alababa los beneficios del capital y los mercados libres, y prescribió la intervención estatal como el precio necesario para la preservación del sistema.

El IS-LM

A poco de publicada la TG, sus ideas centrales fueron adaptadas al modelo IS-LM, con el que todavía se enseña Macroeconomía en las facultades de Economía. En este modelo, la inversión se relaciona negativamente con la tasa de interés; el ahorro depende positivamente del ingreso; y en equilibrio, el ahorro es igual a la inversión. Con estas relaciones se determina la curva IS, que da todas las combinaciones de tasa de interés e ingreso a lo largo de las cuales el ahorro es igual a la inversión (o sea, el mercado de bienes está en equilibrio). Por otra parte, se postula que la demanda de dinero depende positivamente del ingreso y negativamente de la tasa de interés; y que la oferta monetaria es exógena (determinada por el Banco Central). Con estas relaciones se determina la curva LM. La curva nos dice que para cada oferta monetaria dada existe una relación entre tasa de interés e ingreso que mantiene al mercado monetario en equilibrio. La intersección de las curvas IS y LM dan entonces el ingreso y la tasa de interés de equilibrio de la economía.

De manera que en este modelo no se considera el tiempo económico; tampoco hay lugar para la incertidumbre, ni para los atesoramientos generalizados (que son típicos de las crisis capitalistas de sobreproducción); el mercado de bienes y el aspecto monetario de la economía están estrictamente separados (las curvas IS y LM son independientes); y la eficiencia marginal del capital, que en la TG determinaba, junto a la tasa de interés, la inversión, ha desaparecido. Todo esto configura un esquema esencialmente walrasiano. El mismo John Hicks, el creador del modelo, reconocería con los años que el IS-LM no representa el pensamiento de Keynes (véase Hicks, 1980-1981).

Al IS-LM se le agrega luego la curva Phillips, que establece que los salarios se relacionan inversamente con la desocupación. Por lo tanto, los precios, que se determinan por un recargo sobre los salarios, también se relacionan inversamente con la desocupación. Pero además, se establece un rasgo “keynesiano”: los salarios nominales y los precios son rígidos a la baja. Así, la desocupación se explicará por la negativa de los trabajadores (o de sus sindicatos) a aceptar bajas del salario. A esto se le llamará “desocupación keynesiana”. Aunque Keynes dice, repetidas veces en la TG que la principal causa de la desocupación no es la negativa de los trabajadores a aceptar bajos salarios; en otros términos, que podía existir desocupación de largo plazo con precios y salarios flexibles y mercados competitivos. De hecho, sostener –como se dice en la Macroeconomía de posguerra- que la desocupación se debe a la inflexibilidad a la baja de los salarios, es repetir lo que ya decía el mainstream antes de la publicación de la TG. Además, esta tesis dejó allanado el camino para que, en los años 1970, cuando la desocupación comenzó a aumentar en los países capitalistas, los monetaristas argumentaran que había que flexibilizar salarios (y condiciones laborales) para aumentar el empleo.

De conjunto el IS-LM representa un esquema de equilibrio general con imperfecciones. Otros aportes –por caso, la teoría de Tobin sobre la inversión, el enfoque de demanda de dinero de carteras- acentuaron los rasgos neoclásicos del keynesianismo de posguerra. Es la Macroeconomía de la síntesis keynesiana-neoclásica. Los poskeynesianos llamaron a esta teoría keynesianismo bastardo, o keynesianismo hidráulico.

En base a estas ideas, se sostiene entonces que si la economía no está en el pleno empleo, un poco de estímulo monetario o fiscal corregirá la deficiencia. Por eso la política del Estado es “la sintonía fina”, destinada a superar “las rigideces” que obstaculizan el pleno uso de los recursos. Así, la esencia de la política keynesiana pasaba por compensar las caídas del consumo y de la inversión estimulando la demanda mediante gasto fiscal y políticas monetarias expansivas. Como decía el manual de Economics de Samuelson (que fue clave en la elaboración de la síntesis neoclásica keynesiana), las políticas fiscales –junto a las monetarias- podían evitar las fluctuaciones cíclicas, una tasa de inflación del 5% anual no era cosa de gran preocupación, y si fuera necesario para sostener el empleo, era aceptable un nivel de deuda creciente. Estas ideas orientaron las políticas “keynesianas” de los gobiernos capitalistas en la posguerra. Y, con algunas modificaciones menores, hoy están de nuevo en ascenso.

Keynes y el keynesianismo bastardo

Las políticas económicas que elaboró el consenso neoclásico de posguerra, sin embargo, tienen poco que ver con lo que sostuvo Keynes. Una cuestión sobre la que han llamado la atención muchos poskeynesianos. Por ejemplo, y refiriéndose a gobiernos de Brasil, Chile, Perú, Bolivia, de las décadas de 1970 y 1980, Bresser Pereira y Dall’Aqua escriben:

Este populismo económico comúnmente ha sido legitimado por un cierto tipo de ‘keynesianismo’ que da énfasis exclusivo a la demanda efectiva, revirtiendo la ley de Say y recomienda el uso indiscriminado de política fiscal y déficit fiscal como medios de estabilización cíclica. El ejemplo extremo de este enfoque es el intento de legitimar aumentos salariales como una forma de promover el consumo y sostener la demanda agregada” (Bresser Pereira y Dall’Aqua, 1991, p. 30).

En el mismo sentido, Meltzer (1981) observó que en la TG no se aboga por políticas contracíclicas, y que el eje de su propuesta pasa por estabilizar la inversión, y prevenir las fluctuaciones. Por eso, agrega Meltzer, Keynes se oponía a influenciar el consumo a través de cambios no planeados del gasto del gobierno y los impuestos. Lo cual era coherente con su énfasis en el rol de las expectativas, ya que buscaba, ante todo, reducir la inestabilidad.

En la misma línea de pensamiento, Kregel (1985) planteó que Keynes no proponía déficits gubernamentales como parte de su política de pleno empleo. Por el contrario, cuando fue funcionario del Tesoro, en la década de 1940, aconsejó separar los ítems del capital y de los gastos corrientes en cuentas separadas. Los gastos públicos de inversión aparecerían en el presupuesto de capital, y serían financiados con deuda o con el cobro de servicios a los usuarios. En cuanto al presupuesto ordinario, si se mantenía el pleno empleo, debería estar equilibrado en el largo plazo, de manera que la deuda pública bajara en términos del ingreso nacional. Los déficits, siempre según la visión de Keynes, eran el resultado del fracaso de las políticas destinadas a sostener el pleno empleo, más que un remedio al desempleo durante una recesión. De hecho, en la TG Keynes solo contempla la posibilidad de déficit en el caso de que disminuyera el empleo y el gobierno debiera incurrir entonces en mayores gastos. Kregel subraya también que el objetivo era estabilizar la inversión en el largo plazo, y que Keynes era escéptico acerca de la eficacia de las medidas destinadas a estimular el consumo de corto plazo.

Seccareccia (1995), por su parte, señala que en los 1940 Keynes propuso que el National Investment Board, que tenía como objetivo lograr el pleno empleo, controlara entre dos tercios y tres cuartos del flujo de inversión disponible. Así el NIB asumiría el rol de un banco público de inversión. Pensaba también que en períodos de alto crecimiento los gobiernos deberían tener superávit fiscal en el presupuesto corriente, y que estos excedentes debían ser trasladados al presupuesto de capital, de manera de ir reemplazando el peso muerto de la deuda por deuda productiva o semiproductiva. Esto significa que la inversión pública sería productiva. O sea, ponía el acento en la composición del gasto. Seccareccia observa que las políticas “keynesianas” usuales, en cambio, hacen hincapié en el nivel neto de la inversión pública, sin importar su composición. Por otra parte, Keynes decía que el gobierno debía utilizar los excedentes generados por la inversión no para extinguir sus deudas, sino para expandir estratégicamente su capital. Así se socializaría gradualmente una creciente porción de la economía.

Brown-Collier y Collier (1995) también subrayan que la política de Keynes para promover el pleno empleo y reducir las fluctuaciones era la socialización de la inversión:

La escala de la inversión social dependería de la propensión al ahorro, de la distribución del ingreso, del sistema de impuestos y de las convenciones de los negocios. Keynes pensaba que la inversión social probablemente oscilaría entre el 7,5% y el 20% del ingreso nacional neto. Es importante señalar que Keynes no creía que tal inversión pública desplazaría (crowd out) la inversión privada. El monto de la inversión social necesaria estaría determinado por la insuficiencia de la inversión privada, comparada con el monto de ahorro que estaría disponible a un nivel de output de pleno empleo” (Brown-Collier y Collier, 1995, p. 343).

Brown-Collier y Collier citan asimismo la explícita oposición de Keynes al gasto deficitario en el sentido de “recaudar menos impuestos que el gasto corriente estatal que no es de capital como un medio de estimular el consumo” (ibid.). La única excepción era con referencia a las contribuciones de la seguridad social. Consideraba que los déficits eran el resultado de la caída de los ingresos debida a la caída de la actividad económica, y por lo tanto la mejor manera de evitarlos era compensar las fluctuaciones de la inversión privada con cambios diseñados en la inversión pública (véase ibid., p. 344).

Por otra parte señalemos que Keynes nunca propuso financiar los déficits públicos con emisión monetaria, como acostumbran hacer algunos gobiernos “keynesianos”. Incluso en el Breve tratado sobre la reforma monetaria, escrito en 1923, había abogado por la estabilidad de precios. Consideraba que era necesario para que los contratos fueran predecibles, lo que ayudaría a la estabilidad económica.

Consecuencias políticas

Los keynesianos de izquierda también han destacado las implicancias políticas de la identificación de la política recomendada por Keynes con el keynesianismo que califican de “hidráulico”, o “bastardo”. Es que los elevados déficits fiscales, el elevado endeudamiento y la inflación, terminan convirtiéndose en un objetivo del ataque de los partidarios de las políticas más abiertamente neoliberales, como las que se implantaron en la mayoría de los países a partir de los años 1970. En palabras de Seccareccia:

Dado que este keynesianismo híbrido y ad hoc del período temprano de la posguerra descansó en un modelo primitivo hidráulico de macroeconomía que retuvo la mayoría de los supuestos subyacentes del modelo neoclásico, sus inconsistencias internas hicieron de él un blanco fácil de los ataques monetaristas y de los nuevos clásicos que iban a surgir en los 1970 y 1980” (p. 45).

En América Latina en particular, cuando la combinación “keynesiana” de altos déficits fiscales, creciente endeudamiento o inflación, se hace insostenible –y se manifiesta en caída de la inversión, fuga de capitales, fuertes restricciones externas-, se genera el consenso político para los bruscos giros hacia los programas de “ajuste” o neoliberales.

Es claro, además, que muchos de los programas que han aplicado o aplican gobiernos que se consideran a sí mismos de izquierda y keynesianos, no son más que versiones, más o menos de derecha, del keynesianismo bastardo. Por eso también muchas veces esos mismos gobiernos terminan aplicando los ajustes “neoliberales” cuando la situación se hace insostenible. Naturalmente, la distancia que media entre sus “recetas keynesianas” –del tipo, mantener la demanda a base de déficit fiscal creciente-, y propuestas como socializar la inversión, o provocar “la eutanasia del rentista”, es cuidadosamente disimulada. Se puede decir por eso que algunos radicals de hoy son solo viejos Samuelsons devaluados. De alguna manera esta gente intuye que no es prudente explorar determinados límites del sistema.

Textos citados

I

Blanchard, O.; G. Dell’Ariccia y P. Mauro (2010): “Rethinking Macroeconomic Policy”, IFM Staff Position Note, febrero (aquí).
Hansen, A. (1945): Política fiscal y ciclo económico, México, fce.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Leijonhufvud, A. (2006): “Los ciclos largos en las visiones económicas”, en Organización e inestabilidad económica, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, pp. 3-19.

II

Bresser Pereira, L. y F. Dall’Acqua (1991): “Economic populism versus Keynes: Reinterpreting budget deficits in Latin America”, Journal of Post Keynesian Economics, vol. 14, pp. 29-38.
Brown-Collier, E. K. y B. E. Collier (1995): “What Keynes Really Said about Déficit Spending”, Journal of Post Keynesian Economics, vol. 17, pp. 341-355.
Hicks, J. (1980-1981): “IS-LM: An explanation”, Journal of Post Keynesian Economics, vol. 3, pp. 139-154.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Kregel, J. A. (1985): “Budget Deficits, Stabilization Policy and Liquidity Preference: Keynes’s Post-War Policy Proposals”, en F. Vicarelli (ed.), Keynes’s Relevance Today, Londres, Macmillan, pp. 28-50.
Meltzer, A. H. (1981): “Keynes’s General Theory: A Different Perspective”, Journal of Economic Literature, vol. 19, pp. 34-64.
Seccareccia, M. (1995), “Keynesianism and Public Investment: A Left-Keynesian Perspective on the Role of Government and Expenditures and Debt”, Studies in Political Economy, vol. 46, pp. 43-78.

3/12/2016

rolandoastarita, rolandoastarita


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