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Anticapitalistes
  
diumenge 4 de desembre de 2016 | Manuel
Informe sobre la revolución cubana (1985)

Daniel Bensaid

En este texto, que sirvió de base para un informe presentado en el IIRF (Institut international de recherche et de formation), en el marco de un ciclo sobre la revolución cubana llevado a cabo en abril-junio 1985, Daniel Bensaïd vuelve sobre la forma en que la revolución cubana ha planteado cuestiones centrales para toda estrategia revolucionaria.

En este breve informe sobre la revolución cubana, examinaremos tres cuestiones centrales para el desarrollo de la revolución socialista:

- Una situación específica de dualidad de poder y la transformación por transcrecimiento de una revolución democrática en una revolución proletaria.

- La formación de una dirección revolucionaria en el curso mismo de ese proceso.

- El acto de nacimiento de un Estado obrero y sus características particulares.

Es inútil remarcar en esta introducción la importancia que reviste hoy en día volver sobre la revolución cubana, con el fin de identificar las numerosas similitudes y las diferencias con el proceso revolucionario en curso en Nicaragua.

I. Cuba en vísperas del derrocamiento de Batista

Lo primero que hay que señalar es que bajo la dictadura de Batista, a comienzos de los años cincuenta, Cuba es un Estado semi-colonial fuertemente dependiente del imperialismo americano vecino, pero al mismo tiempo:

– Ya no se trata de un país con predominancia agraria; en 1953, el 55% de la población es urbana y un sexto de la población vive en La Habana.

– La producción agrícola exportadora (azúcar y tabaco) está dominada por una estructura capitalista. Si después de 1934 un número significativo de propiedades y de refinerías ha sido recuperado por los cubanos, las compañías americanas todavía controlan una buena parte. Sin contar Venezuela, Cuba es el país con la mayor inversión americana por habitante de América Latina. En lo que respecta al capital cubano, se trata de un capital concentrado. En 1959, Julio Lobo y su familia poseen 400.000 hectáreas, al mismo tiempo que porciones importantes en la banca, hotelería, radios y embarcaciones. Él solo vende anualmente entre 35 y 50% del azúcar cubana y 60% del azúcar refinado a los Estados Unidos. El azúcar representa alrededor del 80% de las exportaciones cubanas y constituye entre un tercio y un cuarto de los ingresos nacionales.

– El ingreso anual por habitante oscila entre 350 y 550 dólares. Sólo la Argentina y Uruguay se encontraban mejor en América Latina. Cuba cuenta con más teléfonos por habitante que todo el resto de los países del subcontinente (con excepción de Uruguay) y llega al primer puesto en lo que concierne al número de televisores. Aunque esas estadísticas de cifras absolutas enmascaran las profundas inequidades.

Las estadísticas no permiten más que delinear un contorno aproximativo de estructuras sociales. Pueden censarse alrededor de 200.000 familias de campesinos, de los cuales al menos 140.000 son muy pobres, ocupando 13 hectáreas de tierra. Más allá de ese campesinado, se encuentran al menos 600.000 trabajadores agrícolas, de los cuales más de la mitad son cortadores de caña empleados solo durante la cosecha. Estos últimos se encuentran claramente diferenciados de los 100.000 trabajadores de tiempo completo de las refinerías, que constituyen una suerte de aristocracia obrera, bien organizada y preponderante en los sindicatos, que se encuentra bajo la dirección del PC o de la burocracia amarilla de Mujal luego de 1947.

Siguen las 400.000 familias del proletariado urbano, igualmente bien organizadas en los sindicatos, y 200.000 familias de pequeños-burgueses, comerciantes y parásitos de todo tipo, que viven principalmente del turismo.

Finalmente hay un número importante de desempleados, entre 400.000 personas y 650.000 (es decir, un tercio de la población activa).

El proletariado y el subproletariado de las villas y las ciudades representan claramente la principal fuerza social. La burguesía propiamente dicha es raquítica. En contraparte, existe una pequeña-burguesía relativamente importante, de profesores, hombres de ley, cuadros comerciales y administrativos.

Esa pequeña-burguesía ha alimentado las corrientes radicales, democráticas y anti-imperialistas. Pero su radicalización se ha quebrado frente al poder militar. De 1898 a 1955, pasando por el gobierno de Guiteras y Grau San Martín en 1953, la historia política cubana es la de una revolución burguesa abortada y sus impases. Nacido de ese radicalismo, Castro mismo es el último eslabón de una larga cadena: los fracasos de la revolución burguesa han hecho madurar la necesidad de una revolución socialista, como única vía de liberación real de cara al imperialismo.

Las condiciones maduraron para que Castro, desprendiéndose del democratismo radical, se uniera al comunismo revolucionario de los Mariátegui y los Mella (uno de los fundadores del PC cubano) que, mucho antes que el Che y la conferencia de Olas, aplicaron a América Latina la consigna de la revolución permanente: o revolución socialista o caricatura de revolución.

II. Hacia la conquista del poder

En las vísperas del derrocamiento de Batista, en Enero de 1959, el movimiento de lucha contra la dictadura se estructura en tres niveles diferentes y combinados:

1) En primer lugar, está la guerrilla que se ha desarrollado y organizado después del desembarco del Granma en 1956. Constituye un pequeño embrión de poder militar y administrativo alternativo (sin medida común con los territorios liberados de Yugoslavia bajo la ocupación alemana, ni con la República de Yenan en China). Luego del fracaso de la ofensiva militar lanzada por Batista en mayo de 1958 para aniquilar a la guerilla, se proclama desde las profundidades de la Sierra Maestra, de manera significativa, la ley n° 1 de la reforma agraria. Respeta la propiedad de menos de 400 hectáreas, anunciando la distribución de las tierras de Batista luego de su derrocamiento y promete la redistribución a aquellos que poseen menos de 37 hectáreas cultivables.

Esa ley moderada toma en cuenta la estructura agraria del país (1,5% de los propietarios detentan el 42% del suelo cultivable, mientras que el 70% de los propietarios más pobres no poseen más que el 12%). Al mismo tiempo, busca movilizar a los pequeños y medianos campesinos, tranquilizando a la mayoría de los campesinos ricos y perdonando a las compañías extranjeras. Desde noviembre, es decir dos meses antes de la caía de Batista, esa ley comienza a ser aplicada en la provincia de Las Villas.

2) También existe el movimiento obrero urbano, para el cual el problema clave es el de las relaciones entre el PC (PSP) y las redes de resistencia del Movimiento 26 de Julio (M 26). El 9 de abril de 1958, el M 26 lanza un llamado a huelga general urbana. El PSP, registrando ese llamado como el signo de un giro positivo hacia la acción de masas, apuesta al fracaso de la huelga, actuando así abiertamente en favor de la división, contribuyendo a romper la huelga y abriendo la vía a la contraofensiva militar de Batista durante el mes siguiente. Pero ese fracaso plantea de una forma u otra la cuestión del frente único. Preocupado por poner el tren en marcha, el PSP negocia con la dirección de la guerrilla. Decide formalmente la incorporación de sus militantes al ejército rebelde, unas semanas antes de la victoria, y delega simbólicamente uno de sus principales dirigentes, Carlos Rafael, a la Sierra. Por otra parte se constituye un Frente Obrero Nacional Unificado (FONU), unitario, que se manifestará en enero de 1959 lanzando el llamado a la huelga general en La Habana.

Por último, a nivel de la representación institucional, está el frente democrático constituido por el M 26, los sectores de la burguesía y sectores del ejército opositores a la dictadura. Formalmente, el programa del M 26 no va más lejos de una serie de reformas democráticas: retorno a la constitución democrática burguesa de 1940, plan de escolarización, reforma agraria moderada, depuración limitada del ejército… En una entrevista realizada durante el mes de mayo, Castro reafirma el respeto a la libre empresa y a la inversión de capital. El 20 de julio, luego del fracaso de la expedición militar de Batista, el pacto de Caracas consagra la formación de una suerte de gobierno provisional, la Junta de unidad del frente cívico revolucionario democrático. Participan personalidades burguesas de profesiones liberales (Prio, Miro, Cardona, Varona), los dirigentes del directorio y del M 26, oficiales hostiles a Batista y corrientes cristianas. El pacto define “una estrategia común para derrotar la dictadura por la insurrección armada”. Cardona, en tanto que coordinador del frente, es una suerte de Primer Ministro en potencia. Urrutia es bautizado “presidente de Cuba en armas”, y Fidel Castro es nombrado comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Aparecen entonces ciertas constantes de la política de Castro. No duda en hacer las alianzas con el PC en el movimiento obrero urbano o con ciertos sectores de la burguesía, siempre y cuando detente en esas alianzas la iniciativa militar. El programa preciso del pacto de Caracas y la composición de los órganos políticos provisorios son para él secundarios desde el momento en que la vía fijada es la insurrección armada y que conserva personalmente la responsabilidad de las operaciones militares.

Resistiendo victoriosamente al ejército de Batista en mayo de 1958, la guerrilla afirma su prestigio y su autoridad. El régimen se descompone. En el círculo de Batista, todo el mundo está intrigado. Batista mismo se encuentra sobre todo preparando su fuga y en poner bajo cuidado sus bienes. En el seno del Estado mayor, el general Cantillo negocia secretamente con Castro. Pero luego de la partida de Batista, el 1° de enero de 1959, intenta ocupar el lugar vacante. Esa tentativa de última hora no hace más que comprometer aún más al ejército y radicalizar el proceso revolucionario: el 2 de enero, el Fonu llama a la huelga general y organiza manifestaciones de masa.

Como el empecinamiento de Urcuyo luego de la fuga de Somoza, la efímera resistencia de Cantillo pone en tela de juicio la perspectiva formal de fusión entre el ejército rebelde y los restos del ejército regular, y acelera la emergencia de un órgano de poder militar directamente nacido de la lucha revolucionaria.

III. La caída de la dictadura y la dualidad de poder

Luego de la caída de Batista, el poder político se escinde, como si existieran simultáneamente un gobierno formal y un gobierno real.

De un lado, desde el 2 de enero, los dignatarios del pacto de Caracas se precipitan a La Habana para ocupar los puestos ministeriales que les fueron prometidos.

Pero por otro lado, Castro se toma su tiempo y entra primero a Santiago de Cuba, a la cual proclama bastión de la lucha por la libertad y nueva capital de Cuba. Ese acto de autoridad tiene un sentido que excede lo simbólico, y el dirigente del comité estudiantil, Faure Chomon, se queja abiertamente de sus declaraciones unilaterales. Castro no toma menos de 8 días en recorrer la pequeña distancia entre Santiago y La Habana, dejando a Raul como comandante militar de la provincia de Oriente. Esa marcha lenta hacia La Habana cumple una función política y militar. Sienta las bases del poder revolucionario, más allá de todo control de los órganos formales del gobierno.

1. El testimonio de Carlos Franqui

Luego del testimonio de Carlos Franqui, no queda ninguna duda acerca de cuál es la fuente real del poder después del 2 de enero:

[El 1° de enero] a las 11 horas de la mañana, Fidel arribó a la estación de radio e hizo su alocución al pueblo: ha prevenido del peligro de un golpe de Estado militar, ha demandado declarar la huelga general revolucionaria, ha ordenado a los coroneles rebeldes que avanzaran, ha denunciado la traición de Cantillo y ha demandado a la población de Santiago de Cuba que se preparara para la batalla inmediata […]. El posterior 2 de enero, la situación era todavía confusa. Para anular el efecto del golpe de La Habana, Fidel ha proclamado a Santiago la capital de Cuba; ha nombrado al coronel Rego Rubido (jefe del cuartel de Moncada) jefe del ejército, y el coronel Izquierdo, jefe de la policía de Santiago, ha devenido jefe de la policía nacional […]. Recuerdo que, mientras se proclamaba a Urrutia presidente en la Universidad de Santiago, los estudiantes y el pueblo gritaban “¡Izquierdo asesino!”. Izquierdo, que había dirigido la represión en Santiago de Cuba y que era jefe de la policía nacional en ese momento, fue fusilado tres días más tarde. Urrutia, que tenía una mentalidad de juez de paz, no sabía qué hacer; entre otras ideas rebuscadas, se le había ocurrido la de conservar los dos ejércitos: el ejército rebelde y el de Batista. Nos costó convencerle de que era absurdo y, en un minuto, en la radio, nombramos a los ministros del nuevo gobierno, con excepción del primer ministro y del ministro de interior, de trabajos públicos, de agricultura y de educación nacional, los cuales Fidel me pidió reemplazar más tarde. Raul Castro nombró al ministro de defensa nacional […]. Urrutia no nombró más que uno solo, el de Justicia. Luis Buch, el de finanzas. En asuntos extranjeros, permanecía el ortodoxo Agramonte. Nombramos a todo el resto. Recuerdo que el ministerio de bienes adquiridos fraudulentamente, lo cree yo mismo por una nota manuscrita, y dije en al locutor de la radio que la leyera. El público presente hizo una ovación a ese ministerio que sería un primer instrumento revolucionario del nuevo gobierno, como así también al ministro que estaría a cargo, Faustino Perez. Urrutia demandó no aplaudir a un ministerio o a un ministro sino a todo el gobierno. En realidad, se trataba de un gobierno radiofónico. A su vez, Fidel designó a Hart, Ray, Sori Marin, Luis Orlando Rodriguez y, para sorpresa general, al Dr. José Miro Cardona, secretario del Frente cívico de oposición, como primer ministro. El nombramiento de Miro Cardona tuvo el efecto de una bomba. Era el presidente del colegio de los abogados en Cuba, el representante de los grandes abogados de asuntos capitalistas, y uno de los políticos más pro-americanos de Cuba […]. No comprendimos ese nombramiento. Pero aquellos para quienes los nombramientos estaban dirigidos se los creyeron. Se trataba en realidad de una maniobra inteligente que engañó a los americanos, a los burgueses y a los políticos. Miro Cardona no duró más que cuarenta y cinco días como primer ministro. Fidel mismo lo reemplazó el 16 de febrero.”

La relación entre el gobierno formal y el poder real es límpida en esta evocación. El gobierno es un “gobierno radiofónico”. Nadie eligió ni negoció su composición. Es Fidel en persona quien designa, nombra y mide. El gobierno no es por lo tanto una simple maniobra o una simple máscara. Su existencia misma traduce el hecho de que la burguesía detenta todavía las posiciones de fuerzas durante los primeros días de la revolución, articulados con la presencia aplastante, en última instancia, del imperialismo.

Pero la unidad del Estado burgués en tanto que instrumento de dominación de una clase ha estallado en mil pedazos con la caída de Batista y la huelga general. Hecho que Carlos Franqui muestra con claridad: “La huelga obrera nacional duró más de una semana; fue un factor decisivo de la victoria, que aniquiló las tentativas de golpe militar, de mediación americana y consolidó el nuevo poder revolucionario. Para comprender la importancia decisiva de la huelga, hay que decir que cuando el general Cantillo hizo su tentativa de golpe militar, tenía el apoyo de la todavía pujante embajada de los Estados Unidos, de la Corte Suprema, de las clases acomodadas y ricas del país, de los viejos políticos, de la Iglesia, de la prensa tradicional y de los sectores conservadores del país. Además, tenía Columbia, el ejército, la política y los cuerpos represivos de la tiranía, tenía decenas de miles de hombres que poseían todas las armas, en tanto que el ejército rebelde y las milicias rebeldes no contaban más de 5.000 hombres armados, muchos sin fusiles, en todo el país. La huelga pesó de manera decisiva en el balance para desarmar psicológicamente a los militares.”

2. El proceso de ruptura con la burguesía

¿Qué encontramos en ese primer gobierno formado a comienzos de enero?

Los representantes de la burguesía de oposición a Batista, miembros del Frente cívico: Miro Cardona ciertamente, pero también Agramonte (en Asuntos extranjeros), Bonilla (en Comercio), Lopez Fresquet (en Finanzas) y Felipe Pazos (en la Banca Nacional). Por el M 26, encontramos a Faustino Perez (en Propiedades confiscada), Manuel Ray (en Trabajos públicos), Armando Hart (en Educación), Sori Marin (en Agricultura), Martinez Sanchez (en Defensa). Fidel es comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Pero ¿cuáles son las fuerzas sociales que se encuentran más allá de esos ministerios? Los burgueses miembros del gobierno no lo son, como lo fueron Alfonso Robelo y Violette Chamorro en la primera Junta de reconstrucción nacional en Nicaragua, los representantes directos del gran empresariado nacional organizado en un cuartel general tal como el Cosep. Esencialmente se trata de altos funcionarios y de notables, que de alguna forma son la sombra del imperialismo, centro auténtico de la contra-revolución. De todas formas, esa burguesía débil y atomizada dispone todavía de puntos de apoyo, en las instituciones judiciales, en los restos del ejército regular, en los órganos de prensa, y sobre todo dispone de una base económica con el mantenimiento de la gran propiedad privada, incluida la agricultura.

Por su parte, Castro y el M 26 se apoyan sobre la movilización de masas urbanas y los campesinos ganados con la perspectiva de la reforma agraria, y sobre todo sobre el ejército rebelde que constituye el esqueleto del nuevo aparato de Estado.

Significativamente, Fidel ignora las reuniones del gobierno y “actúa como una especie de presidente paralelo”. Pero ¿dónde se toman las decisiones?

¿En el seno del movimiento 26 de julio? Para nada. Ese movimiento no es un partido. Permanece heterogéneo e inorgánico. Pazos, Ray, Barquin, Sori Marin, Hubert Matos son sus miembros. Luego del desembarque en la bahía de los Cochinos, Ray se refugiará en los Estados Unidos, Sori Marin será fusilado, Hubert Matos aprisionado. Las líneas de fractura entre las clases atraviesan al mismo M 26.

El centro real del poder se encuentra entonces concentrado en un pequeño círculo de dirigentes a la cabeza del ejército rebelde. Guevara y Raul Castro no tienen funciones de gobierno oficiales. Pero el cuartel de la Cabaña, dirigido por el Che, es mucho más que un cuartel regular: el embrión de un nuevo gobierno en las sombras. Se organizan departamentos que duplican a los ministerios oficiales, para agricultura, educación, ejército, etc.

La fragilidad de la burguesía y el desfondamiento del ejército de Batista de cara a la huelga general marcan la especificidad de esa situación de dualidad de poder salida del derrocamiento de la dictadura. El desmantelamiento del aparato de Estado burgués se encuentra ya más avanzado que en Rusia después de febrero de 1917, en Portugal después de abril de 1975, o incluso que en Irán después de febrero de 1979. En cada uno de esos casos, lo esencial del ejército burgués permanece en pie. Pero los órganos del nuevo poder se encuentran muy poco desarrollados: no hay comités de masas, ni soviets y amplios territorios auto-administrados. El ejército rebelde no constituye más que el esqueleto raquítico del nuevo poder. La conciencia de las masas es muchos más democrática que socialista, y no existe ningún partido de vanguardia delimitado alrededor de un programa.

La tarea central puesta a la orden del día por el derrocamiento de Batista, es el desarrollo y la consolidación de los elementos del poder revolucionario. Las tareas estrictamente democráticas (como las elecciones libres) se encuentran ya en retraso respecto del desarrollo real de la revolución y susceptibles de servir de bandera a los primeros pasos de la contra-revolución democrática (parlamentaria).

Hugh Thomas es parcialmente justo cuando constata que “la popularidad de Castro le ayudó, en el momento de la victoria, a ignorar a sus aliados y a olvidarse del pacto de Caracas, como si hubiese ganado él solo la guerra”. Esa popularidad no es el efecto de alguna influencia magnética irracional. Tiene raíces inteligibles: en ausencia de partido revolucionario o de órganos que encarnen la voluntad popular, Castro exprime y representa la dinámica radical de la revolución.

Su primera intervención en la radio de La Habana, el 6 de enero, muestra bien la conciencia de esa fragilidad. Castro no puede contar plenamente, para conducir la batalla, ni con un movimiento que continúa siendo interclasista ni con el ejército rebelde, él mismo heterogéneo y reducido a cerca de 5.000 combatientes. Su primer discurso es entonces una puesta en guardia frente a los peligros que afronta la revolución: “¿Quiénes pueden ser los enemigos de la revolución?” Se trata de apelar directamente a las masas, porque ellas no estaban todavía frustradas con los frutos de la victoria ni debilitadas por las guerras de camarillas preocupadas sobre todo por repartir el botín, como fue el caso en el pasado.

El primer esfuerzo para la consolidación de los elementos del poder revolucionario en el cuadro de la dualidad de poder pasa por el control de los aparatos de coerción. Los soldados y los policías que no fueron torturadores durante la dictadura son liberados, pero la mayoría, de buena o mala gana, renuncia a sus funciones. Una nueva policía se pone en marcha, con Aldo Vera (jefe del sabotaje del M 26 en La Habana) a la cabeza y Efigenio Ameijeiras (combatiente de la guerrilla), que proclama abiertamente actuar no sólo bajo las órdenes del ministro del interior, sino bajo la dirección del comandante en jefe de las fuerzas armadas, es decir, Fidel en persona. Hacia fines de enero, nuevos responsables han sido nombrados en la dirección de 15 de 19 comisarías de La Habana. En lo que concierne al ejército, Camilo Cienfuegos reafirma todavía el 4 de enero el proyecto del pacto de Caracas: la fusión de los dos ejércitos (rebelde y regular) en uno solo. Pero, en su discurso del 8 de enero, Castro, sin retomar esa idea, modifica los datos del problema y declara: “El pueblo es la más firme columna de la nación”. El 14 de enero, el Che inaugura la primera escuela militar del ejército rebelde en La Cabaña. La mayor parte de los comandantes de la provincia se encuentran bajo el control directo de Fidel.

Paralelamente, entre los primeros días de enero, los tribunales criminales son disueltos y en su lugar se arman tribunales revolucionarios compuestos de dos a tres miembros del ejército rebelde, un asesor y “un ciudadano respetado” de la villa o del pueblo. Esos tribunales cumplen una primera tarea de depuración, hasta que sean reanudados los tribunales regulares a fines de enero.

Nadie, incluidos los componentes burgueses del gobierno, osa plantear abiertamente la cuestión de las elecciones y la convocatoria a una asamblea. Pero desde el 7 de febrero el gobierno resuelve la cuestión y se da a sí mismo poder legislativo. Conscientes de su impotencia y de su rol secundario, Cardona y Urrutia desean renunciar. El 16 de febrero, para resolver esta crisis, Castro acepta el puesto de Primer Ministro, pero reclamando poderes ampliados para poder poner en práctica una política enérgica.

El comentario escéptico de Cardona mismo sobre el episodio da una idea de la relación de fuerzas y del estatuto del todo formal del gobierno: “Yo renuncié. Castro no protesta. Acepta. Cuba aplaude“.

En el reemplazo de Cardona por Castro, Ramiro Valdes (combatiente del 26 de julio) deviene jefe de la policía política, Raul reemplaza a Fidel como comandante en jefe de las fuerzas armadas. Tomando sus nuevas funciones, Fidel caracteriza la revolución no como un acto consumado, sino como un proceso consistente en una larga serie de leyes conscientes.

El 17 de mayo, se vuelve pública la ley de reforma agraria, bajo la égida de Nunez Jimenez y de Guevara. Se trata de una ley prudente y moderada, en continuidad con la ley N° 1 de la Sierra Maestra. Afecta las propiedades superiores a 400 hectáreas, dejando todavía grandes posibilidades de excepción, hasta 3.300 hectáreas para las propiedades que tengan un rendimiento superior a la media nacional. Las compañías extranjeras con propiedades superiores a 400 hectáreas son igualmente perdonadas por derogación. Las tierras embargadas deben ser reembolsadas por el Estado en forma de bonos a 4,5% reembolsables en 20 años (condiciones comparables a las de la reforma agraria en Japón después de la guerra). En fin, esa reforma es poco redistributiva (a diferencia de las reformas aplicadas en las democracias populares, como en Polonia y Bulgaria) y busca evitar la proliferación de micropropiedades no rentables.

Pero uno de los aspectos más importantes de la reforma reside más allá de las medidas propiamente dichas. El INRA, a cargo de la reforma, deviene una suerte de gobierno paralelo, un nuevo centro de poder que se ajuste al del ejército rebelde. El instituto absorbe numerosas instituciones agrícolas, se ocupa de la vivienda, de la educación, de la salud. Y el presidente del Inra no es nadie más que… ¡Castro!

Más allá de la moderación de la reforma, la fuerte asociación de los ganaderos no tarda en protestar contra el máximo de 3.300 hectáreas (para las tierras de rendimiento alto) y, desde el 11 de junio, los Estados Unidos demandan una compensación rápida y adecuada para las compañías americanas, como la United Fruit y otras gigantes del agro, susceptibles de ser alcanzadas. Desde el día siguiente, Castro responde con una reorganización ministerial (Raul Roa reemplaza a Agramonte, muy ligado a Washington, en Asuntos extranjeros) y se niega a cambiar la reforma. Es la prueba de fuerza con el poder judicial que afirma la legalidad de la ley. Al fin de la crisis, el 17 de julio, Fidel hace una falsa salida.

Entrega su renuncia, denuncia en la radio la incompetencia y los obstáculos de Urrutia. Espontáneas o no, las posiciones tomadas en apoyo a Fidel se hacen oír. Urrutia renuncia y Fidel retoma sus funciones.

Los meses de septiembre y octubre ven una nueva profundización de la revolución. En un clima de austeridad y de dificultades económicas, se elevan los impuestos a la importación. Sin lanzar la idea de milicias, Fidel comienza a hablar de un “armamento voluntario de los trabajadores”. Impotente frente a esta dinámica, Felipe Pazos se retira de la dirección del banco central, donde es reemplazado por Guevara. Faustino Perez y Manuel Kay renuncian a sus respectivos ministerios, siendo reemplazado el segundo en Trabajos públicos por Osmani Cienfuegos, considerado comunista. Según Hugh Thomas “la renuncia de Pazos y de sus colaboradores significa la desaparición del ala liberal de la revolución, de los auténticos reformadores respetados en Washington”. Hay ministros burgueses en el gobierno. Pero no son más que puros rehenes en el seno de un gobierno cada vez más formal, que no se reúne oficialmente más que dos veces entre noviembre de 1959 y marzo de 1960.

3. El enfrentamiento con el imperialismo y el fin de la crisis capitalista

El imperialismo americano había mantenido hasta el momento una posición prudente, intentando preservar sus intereses en Cuba. No había apoyado a Batista hasta el final, y Castro había realizado, a principìos de 1959, una visita conciliadora a Estados Unidos.

Pero a lo largo del año 1959, el proceso de ruptura con la burguesía se profundizó, en un principio con los burgueses liberales, luego, en octubre, en las filas mismas del Movimiento 26 de julio. La dinámica de transcrecimiento de la revolución democrática en revolución anticapitalista deviene límpida. Desde la primavera de 1960, una serie de nuevas medidas marcan el rumbo. Fidel lanza el proyecto de milicias y nombra a Acevedo a la cabeza. Impulsa a los sindicatos de imprentas y prensa a ejercer una suerte de control sobre las publicaciones burguesas, insertando «coletillas» (comunicados críticos) en los artículos juzgados como engañosos, deformados o falsos. En marzo, recibe a Mikoyan, representante de la Unión Soviética.

Paralelamente, el Che denuncia la función de la cuota azucarera, que garantiza al azúcar cubana un intercambio anual con los Estados Unidos a precio ligeramente superior al precio del mercado mundial, pero exigiendo medidas (compra de material, limitación de la producción para balancear los precios mundiales) que perpetúan el monocultivo y la dependencia.

Luego de la cosecha de fines de 1959, la reforma agraria se acelera. En los diez primeros meses después de la caída de Batista, 850.000 hectáreas habían sido confiscadas, de las cuales 40.000 fueron redistribuidas a 6.000 campesinos. Un año más tarde, 3.800.000 habían sido nacionalizadas y 101.000 campesinos se beneficiaron con las redistribuciones.

En la primavera se toman medidas que presionan al límite a la burguesía y al imperialismo:

– El poder decreta la congelación de los activos bancarios de los colaboradores de Batista. Esa medida toca directamente a los propietarios de la prensa burguesa privada (Prensa libre, Diario de la Marine) y a las estaciones de radio privadas reagrupadas en la Federación independiente de estaciones libres (Fiel). Se trata, por lo tanto, de un golpe indirecto al control de los medios por parte de la burguesía.

– El poder demanda a las grandes compañías imperialistas (Texaco, Standard Oil, Royal Dutch) que se preparen para refinar el petróleo soviético cuya importación se está negociando.

Mientras tanto, se desencadena la campaña burguesa, con el apoyo de la jerarquía católica. La reacción intenta organizar sus partidos políticos y sus grupos de subversión contrarrevolucionara, entre los cuales se encuentra el MRP (Movimiento Revolucionario del Pueblo) fundado por Manuel Ray, antiguo responsable del Movimiento 26 de julio y antiguo ministro. En los Estados Unidos, el 22 de junio, el portavoz del presidente Eisenhower defiende delante de los senadores la derogación de la cuota azucarera. El 28 de junio, el Senado autoriza al presidente a suspender la compra de azúcar cubana. El 6 de julio, Eisenhower suspende la cuota.

La ruptura con los burgueses liberales en Cuba conduce inevitablemente al enfrentamiento directo con el imperialismo mismo. Y ese enfrentamiento constituye la última prueba de fuerza decisiva en la vía de la revolución socialista y de la formación del Estado obrero.

A cada paso de Washington en la escalada, Castro responde claramente con una nueva medida en represalia. El 25 de junio, declara la guerra económica abierta con los Estados Unidos. El 28 de junio, día en que el Senado vota la suspensión de la cuota, nacionaliza Texaco, Esso y Shell. El 6 de julio, día en que Eisenhower ratifica la suspensión de la cuota, decreta el armamiento de las milicias y pone 600 empresas americanas bajo control del Estado. El 26 de julio, plantea por primera vez en toda su amplitud la dimensión continental de la revolución cubana, proclamando que la Cordillera de los Andes debe devenir la Sierra Maestra de América Latina. El 6 de agosto, anuncia la nacionalización de las empresas bajo control estatal. El PSP, que veía en Castro sobre todo a un aliado democrático, un nuevo Nasser latinoamericano, se encuentra lejos de estar contento por esta aceleración de la revolución.

En octubre, el comienzo del bloqueo americano y la aparición de guerrillas contrarrevolucionarias en Escambray recibe una nueva respuesta : la nacionalización de 382 empresas privadas cubanas (bancos, refinerías, destilerías, etc.) y de 166 empresas americanas (entre ellas, Coca-Cola, Remington y Westinghouse). Una reforma urbana prohibe la doble residencia. El 11 de octubre, el Che convoca a Julio Lobo, el rey del azúcar, para anunciarle que su camino terminó, que debe elegir entre el exilio o la integración a la revolución como director de la industria azucarera nacionalizada.

Lobo objeta que Khrushchev cree en la coexistencia pacífica y en la competencia entre dos sistemas de producción, y el Che le responde que la coexistencia puede ser posible entre dos naciones, pero es imposible en el seno de una misma nación. El 13 de octubre, Lobo parte hacia Miami y todos sus bienes son nacionalizados.

En fin, en abril de 1961, Castro habla por primera vez de la revolución cubana como de una revolución socialista. A pesar de los soviéticos, que veían con malos ojos que una revolución se proclamara socialista por fuera de su control y bajo una dirección que no era un subproducto de su élite. Las milicias mixtas organizan alrededor de 150.000 combatientes y combatientas. La dirección castrista se esfuerza por mantener la movilización popular a través de la construcción de Comités de Defensa de la Revolución (CDR). El INRA absorbe la mayor parte de los organismos económicos y se transforma de hecho en un órgano de planificación. El ANAP, que organiza de manera específica a los pequeños agricultores, extiende su control al 60 % de la tierra privada.

1959 fue el año de la liberación, 1960 el de la reforma agraria, 1961 será el año de la educación y 1962 el año de la planificación.

Primer territorio liberado de América Latina, Cuba terminó no solamente con la dictadura sino también con la tutela imperialista y con el capitalismo. Lo uno no puede alcanzarse sin lo otro.

IV. Tres cuestiones de método

1. La cuestión de la dirección

Una dirección que hace la revolución y funda un Estado obrero es una dirección revolucionaria. No se puede esquivar esta cuestión. Ya lo vimos a propósito de Yugoslavia y de China. En estos dos casos ¿podemos caracterizar a las direcciones como estalinistas en el momento de la toma del poder?

No debemos tener una comprensión ideológica del estalinismo, sino materialista: el estalinismo no es una serie de temas o de deformaciones programáticas sino una fuerza material. Es la subordinación del movimiento obrero a los intereses particulares de la burocracia soviética. Lo que puede decirse es que las deformaciones programáticas y orgánicas facilitan el proceso de burocratización de maneras específicas.

Empeñarse en caracterizar las direcciones que han hecho la revolución como estalinistas o, en el caso de Cuba, como pequeño-burguesas, sin reconocerlas en sus países como direcciones revolucionarias, no puede dar lugar más que a una acumulación de incoherencias teóricas:

– sea que el estalinismo puede jugar un rol revolucionario y progresista, y esto de manera no excepcional, ya que concierne a Yugoslavia, China y Vietnam…

– sea que la pequeña-burguesía puede conducir un proceso revolucionario proletario hasta el final…

– sea que la presión de masas, en ausencia de dirección revolucionaria y contra los obstáculos suplementarios acumularos por una dirección traicionera, es lo suficientemente fuerte como para conducir a la instauración de un Estado obrero…

En cada una de estas tres hipótesis, se cae de alguna forma en el revisionismo: sobre la cuestión del estalinismo y de la burocracia, en el primer caso; sobre la cuestión de la revolución permanente o del rol de la pequeña-burguesía, en el segundo caso; y sobre la cuestión del partido en favor de un espontaneísmo radical, en el tercero.

Volvamos entonces sobre la dirección castrista. Se requeriría un largo desarrollo para entrar en detalle sobre sus raíces. Los factores que la han forjado son múltiples: la experiencia acumulada del radicalismo pequeño-burgués en Cuba, los orígenes revolucionarios del comunismo cubano y las teorías de Mella, el contra-ejemplo de un PC comprometido en la política de Frente Popular y la participación gubernamental del lado de Batista, la formación marxista de ciertos dirigentes y su experiencia internacional (Castro en Haití, Guevara en Guatemala en la época del derrocamiento de Arbenz).

De esto resulta que la definición del Movimiento 26 de julio como una dirección pequeño-burguesa en su conjunto plantea más problemas que los que ella resuelve. Se trata más de un frente democrático interclasista, ya trabajado por contradicciones y diferencias de clase.

La evaluación del núcleo castrista en el seno de dicho frente es el resultado combinado de la presión de los acontecimientos y de las respuestas conscientes y deliberadas aportadas a los desafíos de la reacción imperialista. En el curso de este proceso, ese núcleo se transforma para jugar el rol de una dirección revolucionaria que deviene proletaria. Es necesario remarcar en este sentido que, por su composición y por su programa, esa dirección embrionaria era en sus orígenes infinitamente menos proletaria que el PC yugoslavo o incluso que el PC chino.

En contrapartida, el ala activa de dicha dirección era inicialmente ajena al cuadro de la formación estalinista, tomando sobre algunos puntos programáticos fundamentales posiciones en ruptura radical con el estalinismo. De esta manera, jamás hasta el día de hoy, hizo suya la teoría del socialismo en un solo país y siempre ha planteado el devenir de la revolución cubana en una perspectiva al menos continental. Esa posición no ha permanecido como una idea platónica: la convocatoria en 1967 a la conferencia de Olas y la ayuda activa aportada a una serie de movimientos revolucionarios en el continente son su traducción práctica. Al mismo tiempo, de todas las direcciones que han estado a la cabeza de una revolución proletaria luego de la Revolución Rusa, la dirección castrista es la que se encuentra más cerca y más claramente en la vía de una rehabilitación de la teoría de la revolución permanente: o revolución socialista o caricatura de revolución.

La comprensión de la revolución cubana y el enfoque sobre su dirección han sido uno de los tests decisivos que han permitido alcanzar en 1963 la reunificación de la IV Internacional. Las tesis del congreso de reunificación establecían la evolución hacia el marxismo-leninismo de los dirigentes del 26 de julio. Constataban que la dirección cubana, gracias a su ligazón profunda con las masas y más allá de sus limitaciones ideológicas, a «ha puesto en práctica la vía de la revolución permanente». Subrayaban que la dirección cubana es la primera después de Lenin en apelar a las masas a nivel continental.

Dos años más tarde, las tesis del VII Congreso Mundial caracterizan la dirección castrista «como una corriente autónoma fundamentalmente revolucionaria», defendiendo una línea de revolución permanente, un internacionalismo continental y un igualitarismo antiburocrático. Se puede agregar que en 1967 esta dirección se acerca a los elementos fundamentales del análisis de la degeneración burocrática.

2. La dualidad de poder y el gobierno obrero-campesino

Antes de la reunificación de la IV Internacional, el Secretariado Internacional, por un lado, y los camaradas del SWP de los Estados Unidos, por otro, habían desarrollado posiciones convergentes acerca de la revolución cubana:

a) El Secretariadio Internacional (SI) considera que la caída de Batista abre una situación específica de dualidad de poder, y que el conjunto de medidas tomadas entre el verano y el otoño de 1960 resuelven la situación en el sentido de la instauración de un Estado obrero.

b) El SWP considera al gobierno formado luego de la caída de Batista como un gobierno de coalición, y luego de la renuncia de Urritia, como un gobierno obrero y campesino. En fin, después de las medidas de nacionalización de 1960, caracteriza al Estado como un Estado obrero.

Por vías diferentes, llegan en el mismo momento a la misma conclusión. Por su parte, el SI en el VI Congreso Mundial de enero de 1961 saluda al nuevo Estado obrero. Al mismo tiempo, el SWP hace lo propio en el plenario de enero de 1961.

Los distintos recorridos remiten a problemas de teoría y de método. La dificultad es real. La caracterización de un Estado obrero consolidado combina una serie de criterios: ejercicio del poder político, relaciones de propiedad, planificación. Pero en el proceso de instauración del Estado obrero, esos criterios no son en general colmados simultáneamente. La revolución proletaria comienza por la conquista del poder político, el nacimiento de la dictadura del proletariado. El ritmo y la amplitud de las nacionalizaciones dan cuenta de su consolidación.

Si el criterio político (¿quién detenta el poder político real y en beneficio de qué clase?) permanece como lo principal, es necesario analizar caso a caso el proceso histórico concreto y la combinación de diferentes criterios.

En octubre de 1917 en Rusia, la dualidad de poder es resuelta por la vía insurreccional en beneficio de la soberanía de los soviets. Desde ese momento, ningún burgués puede créer que su clase detenta todavía el poder o que puede reconquistarlo pacíficamente. De la misma manera en China, en 1949, la toma del poder por el PC resuelve una larga situación de dualidad territorial de poder. Desde el momento en que la dualidad de poder es resuelta en ventaja del proletariado, se puede hablar de un Estado obrero, de dictadura del proletariado.

El problema es más complicado en casos como los de Cuba o Nicaragua, donde el derrocamiento de la dictadura, en el cuadro de una alianza con la burguesía de oposición, no resuelve la dualidad de poder sino que le da nacimiento. Lo que está en juego es la trayectoria de la revolución permanente. Se trata de un transcrecimiento de la revolución democrática burguesa en revolución proletaria. Al comienzo, la alianza con una fracción significativa de la burguesía es efectiva. La ruptura se opera en el curso mismo del proceso revolucionario.

En enero de 1959 en Cuba y en julio de 1979 en Nicaragua, el aparato de Estado burgués se encuentra más desarticulada que en Rusia en febrero de 1917, pero no es reemplazado todavía por un nuevo poder de Estado unificado como en octubre de 1917.

La noción clave, la que permite aprehender el movimiento real de la revolución, definir tareas, escapar a las nociones formales que tienden a fijar en instantáneas el torbellino revolucionario por el cual el poder del Estado pasa de una clase a otra, es la de dualidad de poder.

En su capítulo de La historia de la Revolución Rusa consagrada a esta materia, Trotsky escribe: «El fenómeno del doble poder, insuficientemente evaluado hasta el presente ¿entra en contradicción con la teoría marxista del Estado, que considera al gobierno como el comité ejecutivo de la clase dominante? Dicho de otra manera: la oscilación de la cotización ¿contradice la teoría del valor basada en el trabajo? La benevolencia de la hembra que defiende a su pequeño ¿refuta la teoría de la lucha por la existencia? No, en esos fenómenos, encontramos solamente una combinación más compleja de las mismas leyes. Si el Estado es la organización de una supremacía de clase y si la revolución es el reemplazo de la clase dominante, el pasaje del poder de las manos de una a otra debe necesariamente crear antagonismos en la situación del Estado, sobre todo bajo la forma de una dualidad de poderes. La relación de fuerzas de las clases no es una magnitud matemática que se preste a un cálculo a priori, ya que desde el momento en que el viejo régimen ha perdido su equilibrio, una nueva relación de fuerzas no se puede establecer más que como resultado de su verificación recíproca en la lucha. Y eso es la revolución

Trotsky es perfectamente consciente del peligro teórico, de la «contradicción» posible en la teoría marxista del Estado: ¿puede existir durante un tiempo un Estado que no es el instrumento de una clase? ¿O puede haber un gobierno en contradicción con la naturaleza del Estado del que se supone que es el órgano? Trotsky no resuelve el problema con la ayuda de la noción dudosa de gobierno obrero y campesino, sino con la noción de dualidad de poder: la transición, la transmisión de poder es posible, porque, durante un determinado tiempo, la unidad del Estado se rompe en favor de combinaciones más complejas, «antagónicas», que caracterizan la dualidad de poder.

Remarca al mismo tiempo que la dualidad de poder no significa para nada la repartición igual del poder. Por el contrario, existe una parte que, aunque sea de forma precaria, domina sobre el frente dinámico de la relación de fuerzas. Desde entonces, el análisis concreto del poder no nos da un inventario estático y formal de instituciones, sino una comprensión dialéctica del combate que se desarrolla, que aniquila ciertas instituciones creando nuevas, remodelando otras o modificando su función : «La dualidad de poderes, no solamente no supone, sino que generalmente excluye la repartición de la autoridad en partes iguales y, en suma, todo equilibrio formal de las autoridades. No es un hecho constitucional, sino revolucionario. Prueba que la ruptura del equilibrio social ha demolido la superestructura del Estado. La dualidad de poderes se manifiesta en la medida en que las clases enemigas se apoyan ya en organizaciones del Estado completamente incompatibles – la una perimida, la otra en formación – que, a cada paso, se repelen entre sí en el dominio de la dirección del país. La parte de poder obtenida en esas condiciones por cualquiera de las clases en lucha es determinada por la relación de fuerzas y por las fases de la batalla

El hecho de que el poder revolucionario (en el ejército y en el seno del gobierno) sea predominante en Cuba en enero de 1959 y en Nicaragua en julio de 1979 no significa que la dualidad de poder haya sido resuelta. En ese contexto, la noción de gobierno obrero y campesino puede ser utilizada para caracterizar a un gobierno que se apoya intensamente en la movilización de masas y que se encamina cada vez más en la vía de la ruptura con la burguesía, en el umbral mismo de la dualidad de poderes: cuando el poder revolucionario se vuelve dominante y cuando la alternativa contra-revolución o dictadura del proletariado deviene un problema inmediato. En ese caso, la noción de gobierno obrero y campesino es, según la fórmula del programa de transición, designa un «corto episodio» en la vía hacia la dictadura del proletariado.

Más allá de esa utilización muy limitada, la noción de gobierno obrero y campesino deviene arbitraria o subjetiva. Arbtraria : ¿por qué caracterizar al gobierno cubano como obrero y campesino después de la renuncia de Urrutia, en julio de 1959? ¿Esa renuncia representa un cambio cualitativo? ¿Por qué después de la caída de Cantillo, la renuncia de Cardona o al de Pazos? Todos los testimonios que hemos citado muestran bien donde estaba, desde el 2 de enero, el centro real del poder, que hacía y deshacía a los ministros. Subjetiva: la noción no designaría una realidad a partir de criterios objetivos sino una tendencia del proceso revolucionario sobre la base de la confianza en su dirección.

En fin, y sobre todo, el concepto estratégico, el que asigna las tareas, es fundamentalmente el de dualidad de poder, no el de gobierno obrero y campesino.

En el contexto de la dualidad de poder, el problema central no es ya el de las reivindicaciones democráticas, ni el de las nacionalizaciones, sino esencialmente el de la extensión de la movilización de masas y el refuerzo de los elementos del poder revolucionario hacia la prueba de fuerzas final. Es solamente en ese marco que se puede comprender y apoyar la decisión de Castro ayer y la de los sandinistas hoy en día sobre la cuestión de las elecciones. Luego de su llegada a La Habana, el 9 de enero, Castro anuncia un retraso de 9 a 10 meses para reorganizar a los partidos: «Los hombres que pertenecen a partidos políticos ya tienen puestos en el gobierno provisorio y los otros harían mejor quedándose callados» El 22 de enero, demanda a la multitud reunida en asamblea levantar la mano para aprobar la revolución y declara que millones de cubanos ya han votado. Luego de la renuncia de Cardona, posterga las elecciones… hasta que los partidos y los programas sean definidos. En abril de 1959, dice al embajador americano que las elecciones se realizarán cuando la reforma agraria sea completada, cuando todos los niños puedan leer y escribir, cuando tengan acceso a la escuela y a la medicina.

Está claro entonces que la reivindicación de las elecciones deviene una máquina de guerra de la burguesía, pero en ausencia de expresión organizada de la voluntad de las masas, la dictadura del proletariado toma inevitablemente un curso plebiscitario y bonapartista.

3. Los trazos del nuevo Estado obrero

Las tesis del congreso de reunificación, en 1963, definen a Cuba como «un Estado obrero cuya forma no es todavía fija». De esta manera, buscan dar cuenta de las particularidades de la revolución cubana. Si bien el poder no es directamente ejercido por las masas, a través de un sistema de consejos democráticamente centralizado, las deformaciones burocráticas originales no son comparables con las de China en 1949, ni con las de las democracias populares.

Existen razones a la vez objetivas y subjetivas para esto. Objetivas en la medida en que la lucha relativamente breve no ha dado nacimiento a la armazón administrativa consolidada de un nuevo aparato administrativo y militar. Subjetivas en la medida en que el partido se forma y evoluciona en el mismo proceso revolucionario, sin disponer de antemano de un conjunto de cuadros plegados a una ideología homogénea.

Para enfrentar las maniobras de la contrarrevolución y las amenazas constantes del imperialismo, la dirección no cesa de movilizar audazmente a las masas obreras y campesinas a partir del momento mismo de la caída de Batista. De esta forma surgen muchos embriones posibles de una democracia obrera amplia y directa:

– En la agricultura existe un sistema de dirección mixto, desde 1962 con la formación de las granjas de Estado que oficializan la transformación de hecho de las cooperativas.

– En las empresas, los consejos técnicos de asesores (CTA) son órganos mixtos, designados y elegidos, además de no tener más que una función consultiva.

– A nivel de los pueblos y de los barrios, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) ejercen tareas de vigilancia y de asistencia social, sin poder de decisión política real.

– Las Juntas Unificadas de Coordinación Económica e Industrial (JUCEI) que son puestas en funcionamiento durante el período en que Guevara es ministro de industria, cumpliendo el rol de relés regionales del Plan, podrían haber devenido auténticos órganos de poder, centralizando todas las formas de organización popular, aunque no haya sido este el caso.

– Una de las manifestaciones más claras de la movilización de masas y de la realidad de su poder es la formación y el crecimiento de las milicias, que son armadas a partir de 1961 frente a la agresión imperialista, pero desarmadas en 1964 y finalmente disueltas en 1973.

Si bien en Cuba no se implementó un mecanismo de representación parlamentaria, tampoco se implementó un mecanismo soviético de centralización democrática de órganos de masa. Esta ausencia facilita el desarrollo de una burocracia (de la cual la dirección castrista es bien consciente), debilitando la legitimidad del poder revolucionario, y reforzando inevitablemente sus rasgos paternalistas y bonapartistas. Sin embargo, hay que remarcar la dificultad real que plantea el proceso de revolución permanente, donde las masas pasan de forma acelerada de objetivos democráticos a tareas socialistas, mientras que conservan masivamente sus prejuicios religiosos y con frecuencia anticomunistas, heredados de la vieja educación. El desarrollo efectivo de la democracia socialista no es concebible más que a través de una batalla de «revolución cultural» (alfabetización, escolarización, movilización política).

A estas debilidades estructurales del naciente Estado obrero cubano, es necesario agregar también el peso creciente de los factores internacionales. Desde 1960, debe tenerse en cuenta el bloqueo americano y el esfuerzo colosal por escapar a la dependencia. Los dirigentes cubanos, el Che en particular, impresionados en su justa medida por los resultados de las economías planificadas, trabajan fundamentalmente en poner fin al monocultivo, girando hacia el modelo soviético de prioridad absoluta a la industria pesada. Desarrollan un proyecto de inversión de 850 millones de dólares en cuatro años (más que el total de las inversiones americanas en cincuenta años). La URSS toma un lugar cada vez más importante en el relevo comercial (compra de azúcar) y tecnológico de los Estados Unidos.

Pero la planificación de la URSS y de las democracias populares no aporta solo las ventajas y la superioridad de la economía planificada. Aporta al mismo tiempo el carácter arbitrario, el caos administrativo y las incoherencias de una planificación completamente burocratizada, inmediatamente contradictoria con el desarrollo de una revolución viva. Rápidamente, y de manera mucho más profunda que en China o Vietnam, los dirigentes cubanos corrigen esta vía. En su discurso de Algeria en 1965, el Che denuncia públicamente las condiciones económicas vergonzosas de la «solidaridad» soviética y china.

Sin embargo, el fracaso de la zafra que costó 10 millones en 1968 y el aislamiento continental de la revolución cubana después de la muerte del Che en Bolivia, desembocarán en una dependencia económica reforzada de la URSS y el COMECON, que concentran entre el 80% y el 90% del comercio cubano.

Para hacer frente a estos fuertes factores de burocratización, se necesita un partido revolucionario fuerte, que disponga de una gran capa de cuadros educados. La ausencia de un partido revolucionario sólidamente constituído se hace sentir plenamente luego de la toma del poder.

Luego del derrocamiento de Batista, el movimiento obrero cubano inicia un proceso de restructuración que lo modifica profundamente. Antes de 1959, el PSP (PC pro-soviético) cuenta con alrededor de 17.000 miembros. Con el impulso de la victoria y del entusiasmo, los que se reclaman del Movimiento 26 de julio constituyen la mayoría, pero también los más confundidos, más heterogéneos, menos organizados. Rápidamente el PSP se esfuerza en las tareas de organización. Abre numerosos locales y publica un programa de cuatro puntos muy moderados : convertir al ejército rebelde en el núcleo del futuro ejército, aplicar la reforma agraria de 1958, volver a la Constitución de 1940, volverse hacia Europa del Este.

El PSP logra hacer pie en las estructuras del ejército rebelde. A cambio, hacia fines de enero, es puesto a distancia del nuevo directorio de la FONU. Las relaciones tormentosas entre los militantes del PC y los del 26 de julio en el seno del movimiento obrero son muy confusas. La hostilidad hacia los militantes del PSP mezcla reproches reales (la participación en el gobierno de Batista, la pasividad en los últimos años de lucha contra la dictadura) con prejuicios directamente anticomunistas. Los insultos a los militantes del PSP durante la asamblea de la FONU son significativos. Son tratados de « melones », verdes por fuera y rojos por dentro: para la mayor parte de la población y para los cuadros del 26 de julio, la revolución permanece « verde oliva » y no socialista.

Para el X Congreso de la Central de Trabajadores Cubanos, en noviembre de 1959, el PSP ha sido reducido a su mínima expresión. Pero aún así, el proceso de ruptura con la burguesía se acelera, la lucha de clases se agudiza. Bajo la cubierta de una campaña anti-amarilla, el PSP recupera terreno y reconquista importantes responsabilidades en el sindicato. Al punto que el viejo burócrata del PSP, Lázaro Pena, accede a la dirección del sindicato, mientras que David Salvador, antiguo responsable sindical del Movimiento 26 de julio, se pasa a la oposición «para un castrismo sin Castro». Para ese entonces comienzan a funcionar los comités de depuración en los sindicatos.

En la medida en que la dirección castrista corta sus lazos con la burguesía, se precipita sobre el PSP. A falta de su propio partido sólidamente organizado y su propia red de cuadros homogéneos, tiene necesidad cotidiana de la experiencia organizacional del PSP. En julio de 1961, se da un paso importante hacia la fusión con la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI). El 9 de marzo de 1962 se anuncia la formación de una dirección unificada de 25 miembros (13 fidelistas, 10 PSP, más Faure Chomon en el directorio y el presidente Dorticos). Deviene el órgano del partido bajo la dirección del viejo estalinista Blas Roca, y Carlos Rafael toma la dirección del INRA. Los dirigentes del PSP consiguen poner en marcha una revolución que no han hecho y que no han apoyado.

Pero solo cuatro días después, se da la primera crisis pública. Fidel acusa al dirigente del PSP, Escalante, responsable de la organización del partido unificado, de censurar el testamento de un mártir de la dictadura. Se trata de la insolencia y los métodos burocráticos de los cuadros estalinistas: la fusión es y continuará siendo una convivencia conflictiva y tormentosa entre dos tradiciones, dos concepciones, dos proyectos políticos distintos.

El peso del ala estalinista se ha reforzado incontestablemente por el rol creciente de las relaciones económicas y militares con la URSS. Paralelamente, el núcleo castrista se ha reducido progresivamente sin que aparezca un relevo. La reestructuración gubernamental de principios de los años 1980 marcan una concentración creciente de responsabilidades entre los dirigentes históricos del 26 de julio, y particularmente en Fidel y Raúl.

Los rasgos específicos de dicha dirección castrista se mantienen :

– no ha renunciado a la expansión de la revolución socialista. Su actitud hacia la revolución sandinista es testimonio de esto;

– se esfuerza por conservar su margen de autonomía política frente a la URSS y los PC, apoyando a una red de organizaciones revolucionarias en América Latina (sandinistas, MIR, BPR, etc.) en desmedro de los PC;

– mantiene en lo esencial la perspectiva de la revolución permanente afirmada a través de la propia experiencia de la revolución cubana: el discurso de Castro del 26 de julio de 1980 sirve como una nueva ilustración de esta idea;

– conserva con las masas cubanas lazos vivos, que le permiten, frente a la prueba de la embajada de Perú, apelar a la movilización de masas con un éxito inimaginable en cualquier otro Estado obrero;

Por estos motivos, no puede considerarse, más allá de profundas deformaciones burocráticas, que en Cuba haya triunfado una contra-revolución política. Dichas deformaciones requieren la defensa de un programa político independiente, internacional (principalmente el programa de la revolución política en la URSS, en China y en los países del Este) y nacional (para la realización de la democracia socialista apoyándose sobre las experiencias existentes). Pero la defensa de tal programa puede todavía tomar la vía de reformas y no del derrocamiento de la dirección cubana.

Los desarrollos revolucionarios por venir en América Central y en América Latina, rompiendo con el aislamiento continental de la revolución cubana, tendrán profundos efectos en Cuba. Sea que favorezcan el relanzamiento de una política internacionalista y revolucionaria, sea que precipiten, a través de pruebas de fuerza en el seno mismo de la dirección cubana, la victoria de la burocracia.

Una u otra hipótesis deberan ser verificadas por hechos certeros antes de que podamos extraer conclusiones prácticas nuevas en lo que concierne a nuestras tareas en Cuba y en el continente.

Institut international de recherche et de formation (IIRF), abril-junio 1985, Amsterdam, ciclo sobre la revolución cubana, danielbensaid.org

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