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Anticapitalistes
  
diumenge 6 de novembre de 2016 | Manuel
En Madrid, ¿Podemos?

Emmanuel Rodríguez

Este sábado 5 de noviembre se abrían las elecciones primarias a secretario general y consejo ciudadano de la Comunidad de Madrid. El partido de la nueva política busca renovarse; afrontar el reto de desalojar del poder a Cristina Cifuentes del gobierno autonómico. Valga decir que en Madrid-región los populares llevan gobernando desde hace tanto tiempo que muchos de los que hoy se preparan para echarles no han conocido otra cosa.

Las razones de la interminable hegemonía popular son complejas. Algunas son mérito suyo, pero otras vienen, sin duda, de la ausencia de contrincante —acuérdense del “tamayazo” en 2003—. Sin espacio para muchos matices, se puede decir que los grandes partidos de la izquierda madrileña han destacado menos por su capacidad para hacer oposición que por sus interminables disputas internas, casi siempre caracterizadas por una mezquindad difícil de encontrar en la vida civil y demasiado a menudo salpicada de escándalos de corrupción de poca monta —en la misma línea de falta de luces y de ambición—. Es una tradición que viene de lejos, que se puede encontrar en el PSOE de la Transición. El mismo que en 1979 llevó a la alcaldía al carismático Enrique Tierno Galván. Y el mismo que destituyó en 1981 al vicealcalde Alonso Puerta por negarse a conceder fraudulentamente unas contratas de limpieza. Y eso por no hablar del PCE, que entre 1979 y 1982 fue lo más parecido a la cadena de despiece de un matadero que pueda existir en política. En esos años, el 90% de su militancia salió despedida, desollada y descuartizada. Todo un alarde de eficacia taylorista.

La tendencia a la inmolación ha tenido para la política madrileña sus desventajas: no hay (ni parece vaya a haber) gobierno de la izquierda. Pero también sus ventajas. En Madrid, a diferencia de por ejemplo Barcelona, se ha vuelto imposible hacer política (útil y creíble) sobre esa pantalla ‘progre’ y biempensante con la que a menudo se sirve a la izquierda convencional. ¿Se imaginan algo parecido al maragallismo en esta ciudad? ¿Algo similar, pero más serio, a lo que en este año y medio ha venido probando Manuela Carmena con sus ocurrentes ocurrencias y su poquito de no tire las colillas al suelo? Sencillamente la ‘gobernanza progre’ no es rival para la derecha neoliberal madrileña (algunos de sus miembros, antiguos izquierdistas), que conoce a fondo la doblez moral y la falta de espesor de lo que hace unas década todavía pasaba por gauche divine. La ventaja es que cualquier proyecto de transformación tiene que presentarse cruda y sinceramente dispuesto al conflicto, sin tapujos, sin ambages. Caso contrario no resulta creíble, no recibe apoyo. Esto es lo que le está pasando a Podemos Madrid. La izquierda madrileña, incluso cuando no se llama izquierda, parece condenada a repetir todos sus vicios.

Rita Maestre y Ramón Espinar, los dos ‘colosos’, se presentan al cargo de secretario general de Podemos. Guapo ella y guapo él, como corresponde a una política ya no hecha de ideas cuanto de imágenes. Sobre ambos candidatos conocemos, no obstante, poco: nada de su obra intelectual (por inexistente) y apenas de sus aptitudes como organizadores políticos (difícilmente se puede desarrollar esta capacidad cuando se rozan los 30 años y la mayor parte de la trayectoria política se ha empeñado en los rituales de los grupúsculos universitarios). Sabemos, en cambio, que compartieron militancia en Juventud Sin Futuro (JsF). Un colectivo que como ningún otro representa las potencias y los límites del actual ciclo político. JsF convocó la manifestación que se apuntó como precedente del 15M en 2011. Y JsF se ha convertido en la mayor cantera de figurones de la nueva política. No en vano su éxito estuvo estrechamente ligado a la demanda más conservadora de la fase: aquella que denunciaba la enorme injusticia cometida contra aquellos chicos y chicas de doble grado y master universitario que tenían que emigrar al extranjero porque aquí no iban a encontrar el trabajo —y, entiéndase, la condición social— que merecían.
Pero aunque podríamos multiplicar los méritos de los dos candidatos, lo cierto es que su valor principal reside en servir de ‘representantes’ de sus padrinos: Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. Al fin y al cabo, si lo que se quiere es hablar de política, no merece ni dos minutos detenerse en estas dos estampas de juventud y belleza. Lo que se juega en Madrid es el primer combate entre dos posiciones: la de Íñigo y la de Pablo.

Podemos es un partido que discute poco, y que cuando lo hace emplea un código difícil de descifrar para los no iniciados. En buena medida, esto se debe a que es un partido como los demás y a que las posiciones políticas son demasiadas veces una cortina de humo de las luchas por el poder interno. No obstante, entre Pablo e Íñigo, y entre lo que ambos representan, existen tanto similitudes como diferencias. Empezando por lo que comparten: ambos son responsables del modelo verticalísimo de organización, con su multiplicación de secretarios, cargos y consejos. Ambos defendieron este modelo en Vistalegre bajo el nombre de las candidaturas Claro que Podemos. Ambos fueron igualmente responsables del éxito electoral de Podemos, pero también de una estrategia concentrada en el marketing y la intervención mediática, que despreció y luego se enajenó toda aquella marea heredada del 15M hecha de simpatías, círculos y movimientos. Ambos son pues causa de Podemos, de su auge y de su caída, de su asimilación como una opción electoral más, y esto por mucho que ahora nos hablen de movimiento popular, descentralización y democracia interna.

Y a partir de aquí las diferencias, que conviene recordar no se expresaron más que cuando las cosas empezaron a ir mal, esto es, cuando el partido alcanzó su techo en las encuestas y parecía claro que no iba a ser la arrolladora fórmula del “cambio político” que se preveía a finales de 2015. En lo que respecta a Íñigo que, tanto en su estrategia (populista) como en su modalidad organizativa (sectariamente burocrática), podría reivindicar Podemos como partido “de autor”, la formación morada debe decantarse como el nuevo partido-Estado. Según un guión difícil de probar, pero inspirado en el PSOE de 1982, a Podemos le está destinado atraerse a las clases medias moderadas, epítome de una indescifrable mayoría social conservadora. Esto es lo que se quiere traducir en palabras-consigna como transversalidad, centralidad o “los que faltan”. De acuerdo con su análisis, en una sociedad fragmentada y débilmente organizada, apenas nos queda el Estado como palanca de las transformaciones posibles: objetivo prioritario que pasa por pactar con quien haga falta, PSOE y PRISA incluidos.

A Iglesias, por contra, se le debe una capacidad de comunicación con segmentos sociales sin los cuales Podemos no habría pasado de dar una imagen de logia universitaria formada por los chicos y chicas bien del Madrid de Pozuelo-Las Rozas-Majadahonda. Consciente de lo que podríamos llamar los “límites de composición” del partido, ha virado hacia una izquierda que, sin embargo, resulta tan vacía y hueca como antaño la de Izquierda Unida. El riesgo de repetir la suerte de Anguita, si bien de forma más virtuosa, está inscrito en una maquinaria burocrática desconectada de los tejidos vivos, y confiada a un liderazgo carismático que sólo funciona entre los ya convencidos. Ambos, Íñigo y Pablo comparten, por todo ello, una última cosa: un despiste monumental en una situación que les ha dado la vuelta, y los ha neutralizado sobre la base de la misma estrategia con la que se veían sonrientes y ganadores.

¿Queda algo más en Podemos? Existe, sin duda, la posibilidad de una tercera vía, la que salió derrotada en Vistalegre, y que más bien moribunda todavía palpita entre la resignación, el trabajo concreto y la exigencia democrática. En Madrid, esta posición podía haber sido encabezada por el sector de anticapitalistas y sus adláteres. Pero enfrentada a su propia debilidad y a la polaridad Pablo-Íñigo, ha acabado por optar por un mal pacto con la candidatura de Pablo y Espinar o dispersarse en otras candidaturas menores. Inercia y comodidad dentro de una alianza que se consideraba ganadora, un error de cálculo en las propias fuerzas y alguna cosa más, han acabado de neutralizar a esta posición, tanto en el proceso de Madrid, como parcialmente de cara a un Vistalegre bis.

Caso de compartir este análisis, las alternativas a estas primarias madrileñas se reducen básicamente a tres. La primera, y seguramente la más coherente de acuerdo con lo hasta aquí expresado, consiste en no votar. Es lo que van a hacer la inmensa mayoría de los inscritos, aburridos de las trifulcas internas y concentrados en otros menesteres que consideran más productivos. En esta misma línea también pueden votar a las candidaturas minoritarias.

La segunda podría ser votar a Rita. Si usted comparte el análisis de la centralidad, de la moderación de la mayoría social, de la palanca del Estado como herramienta de transformación, etc., ésta es su opción. En su comportamiento y funciones políticas (portavoz de Carmena, retractación ante el arzobispo y el juez por su acción ‘anticlerical’ juvenil, su calculado aire de responsabilidad institucional, casos como el de los titiriteros), la candidata es una representación exacta de todo ello. Parece que también es la de PRISA, siempre presente del lado de Errejón en la guerra sucia interna de Podemos. Esta propuesta cuenta con la ventaja de la crisis del PSOE, que sin duda deja espacio electoral. Pero también con la desventaja de que en política siempre es preferible el original, por desgastado que esté (el PSOE), a la copia.

La tercera consiste en votar la lista de Espinar. Como se puede inferir de todo lo dicho, por experiencia y trayectoria, y no precisamente por el capítulo de la compra-venta de la VPO, Ramón no era el mejor candidato para una opción de renovación del partido. De hecho, está por ver que lo sea cualquier opción que se reconozca orgullosamente en las funciones del secretario general autonómico. No obstante, si se deciden por esta opción votarán entonces dos cosas: a los de Pablo y al sector crítico. Con el sistema propuesto (una lista plancha corregida), el consejo ciudadano quedaría configurado en tres tercios, de forma muy parecida a la situación actual. La ventaja de esta opción, con un consejo ciudadano “equilibrado” entre las tres familias-aparatos, es que a ese Podemos Madrid le resultará imposible cerrar la discusión pública, al tiempo que quedará más o menos garantizada cierta amplitud de repertorio estratégico en el marco de una ciudad-región compleja y de la que en ese partido se sabe todavía poco.

En cualquier caso, y con una mirada a ras de suelo, la ventaja de un Podemos fracturado reside en que éste estará tan entretenido en sus batallas internas, y tan necesitado de ayuda externa, que seguramente no se podrá consolidar como aquel tapón institucional que durante décadas fue IU. En cierto modo, en el actual caos y confusión podemita ganamos tiempo. Tiempo para discutir de cara al futuro congreso de recomposición del partido: un encuentro en el que a Podemos se le debería dar la vuelta como a un calcetín.

En definitiva, si lo que se quiere es que este nuevo Podemos sirva para algo más que reproducir los viejos vicios de PSOE-IU, y que nuestra reclamación no sea puramente negativa, en el sentido de conformarnos con que no moleste en todo aquello que está por llegar, el partido no debería unificarse sobre la línea burocrática que principalmente Errejón (pero también Pablo) nos siguen proponiendo. Esperemos que de cara al próximo congreso surja una opción crítica y democrática que, sin complejos, se presente como una tercera opción para el futuro de la formación morada.

Emmanuel Rodríguez es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y colaborador de la Fundación de los Comunes. Su último libro es ’¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen de 1978’.

5/11/2016

ctxt

+ Info:

En Comú Podem: Siete retos para un sujeto. Josep Maria Antentas


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