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Anticapitalistes
  
diumenge 6 de novembre de 2016 | Manuel
Frente a la dictadura de la UE: ¿habéis dicho... "revolución"?

Daniel Tanuro

Según el Futurómetro, el 91 % de personas a las que se les planteó la pregunta quieren "cambiar de sistema". Leyendo las cuestiones planteadas, se ve que no desean reformas cosméticas sino un cambio profundo.

Quienes "confían en el mundo de los políticos para cambiar la sociedad profundamente" no representan mas que el 10 % de las personas encuestadas. Ahora bien, un cambio social profundo y rápido sólo tiene un nombre: revolución. Y ahí… las cosas no están tan claras.

La revolución está desacreditada. La revolución rusa se asimila a los procesos de Moscú: nunca de dice que los condenados fueron los revolucionarios de 1917 que derrocaron a una autocracia feroz. La revolución francesa se reduce al Terror: se olvida citar que abolió los privilegios que el Antiguo Régimen defendía con uñas y dientes. La revolución cubana se transfigura en un gulag tropical: nunca se dice que Batista convirtió La Habana en el prostíbulo de los yanquis adinerados. A principios del siglo XXI, las revueltas contra la miseria y las dictaduras en el mundo árabe-musulmán otorgaron cierta legitimidad a la revolución, pero no por mucho tiempo. Orientada por los media, la gran mayoría de la población de nuestros países ve la yihad como fruto de la revolución aunque constituye más bien una contrarrevolución. Hay quienes incluso echan de menos el tiempo en el que los Ben Alí, Mubarak y Gadafi imponían "el orden y la seguridad"… como Bachar el Assad lo hace en Siria.

Por la puerta o por la ventana

La revolución no adquiere actualidad si no está presente en la cabeza y en los corazones de la mayoría social. Estamos lejos de ello, pero la arrogancia, la obstinación y la brutalidad de los responsables de la Unión Europea ponen de manifiesto que habrá que ir hacia la confrontación para desembarazarse de ellos y de su política. ¿Qué es lo que ocurre en realidad? Fundamentalmente dos cosas:

1) Por una parte, se negocian a espaldas de la ciudadanía tratados que otorgan a las multinacionales el derecho de pasar por encima de los parlamentos; y

2) Cuando se descubre el pastel y la movilización popular hace que un parlamento diga democráticamente que "no", salen en tromba los poderes políticos, mediáticos y económicos. Comienzan a hablar de "vergüenza", ponen el grito de "escándalo" por el cielo, culpabilizan, ridiculizan y amenazan. Pero sobre todo, hablan sin tapujos de imponer su diktat: es decir, que Valonia de marcha atrás, que el Estado belga haga caso omiso del acuerdo en Valonia, que Europa haga caso omiso del Estado belga. (En el momento que escribimos estas líneas parece que un acuerdo belgo-belga puede abrir la puerta a la aplicación del CETA mediante algunas concesiones… provisionales).

Nada nuevo bajo el sol. Cuando los pueblos logran despachar un proyecto europeo por la puerta, los eurócratas se las ingenian para volverlo a introducir por la ventana. Esto nos trae a la memoria el referéndum de 2005 cuando el 55 % del censo electoral francés rechazó el proyecto de Tratado Constitucional: se retiró el texto, pero su contenido se traspasó al Tratado de Lisboa. O el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa: el 53 % se opuso al mismo, tras lo cual la UE les otorgó algunas derogaciones para lograr que la población, bien condicionada por los media, revote mayoritariamente a favor del "si". Y, sobre todo, nos trae a la memoria la forma como la Unión Europea esquilmó al pueblo griego en beneficio de los bancos alemanes, franceses y belgas, y después se sirvió del cambio de posición de Tsipras para arrojar a la basura el "no" del 61 % al nuevo plan de austeridad europeo. De ese modo actúa la democracia en la UE: se puede decir no, pero hay que decir "si". Nos hace pensar en El Padrino de Francis F Coppola: "Voy a haceros una propuesta que no podréis rechazar".

¿Dictadura o democracia?

En la UE, la Comisión [Europea], no electa, solo tiene capacidad de proponer textos, las decisiones las toma el Consejo, y la ciudadanía vota para elegir una asamblea que de parlamento no tiene más que el nombre. Se trata de una estructura dictatorial presentada en un embalaje democrático. En cuanto a los "valores europeos" con los que nos llenan los orejas, el único que conoce la UE es el contante y sonante. En efecto, los tratados definen a la UE como "una economía de mercado abierta en el que la competencia es libre". ¿Qué significa eso? En primer lugar, que para esa gente la sociedad es un mercado y no se puede hacer frente a las necesidades más que a través de los mecanismos del mercado: es decir, a través de empresas que compiten por el beneficio; y, en segundo lugar, que el proto-Estado supranacional llamado UE tiene una proto-constitución (los tratados) que definen, por arriba y a priori, las políticas que deben seguir los Estados miembro si no quieren ser sancionados.

Es cierto que los Estados miembro conservan el principio fundamental según el cual "todos los poderes emanan de la nación". Así pues, en principio es la ciudadanía la que determina la política a seguir a través de la elección de sus representantes que se supone deberían ponerla en práctica. Todo el mundo sabe que este principio no es más que pura teoría. Ahora bien, hay que hacer hincapié en: 1) que se contrapone al que da fundamento a la UE, en la que todos los poderes emanan en última instancia del mundo empresarial; y 2) que los propietarios y sus lacayos políticos en los Estados miembro se apoyan en la UE (que han creado y dirigen ellos) para actuar de forma que el principio democrático se difumine. Por tanto, la UE constituye un híbrido, un monstruo, una especie de Frankenstein constitucional evolutivo. La UE es un cáncer antidemocrático generalizado que avanza simultáneamente en la cabeza y en sus miembros. Por consiguiente, se trata de realizar una elección básica. No entre un Estado nación y un Estado supranacional, sino entre dos lógicas: ¿dictadura o democracia?

"Abandonad toda esperanza y remad, pobres idiotas"

Al respecto, la respuesta de la UE es neta: confrontada a su propia crisis, a un descontento multiforme y a una resistencia creciente, opta por la dictadura. No olvidemos nunca que esa opción es la de los gobiernos. Con la adopción del Tratado presupuestario europeo (TSGC) se dio un paso cualitativo: a través de la UE, los Estados miembro se impusieron a ellos mismos el equilibrio presupuestario y decidieron someter sus presupuestos a la Comisión, en adelante el Cerbero de neoliberalismo. Ahora se prepara un nuevo paso: para evitar que el escenario del "no valón" se repita en relación al TTIP, el ex comisario de comercio, Peter Mandelson, quiere que los tratados comerciales estén bajo la competencia exclusiva de la Unión: los Estados miembro no tendrían nada que decir. Esa era ya la posición de Jean-Claude Juncker al inicio de las negociaciones del CETA. Guy Verhofstadt sube la apuesta: quiere que esta regla se aplique de inmediato para sortear Valonia (puede que quizás no sea necesario). Se diría que asistimos a una competición sobre quién tendrá la mayor desfachatez para pasarse por el arco del triunfo la expresión democrática de un parlamento electo, mostrando sin tapujos que la legalidad le importa un bledo.

En plena crisis greca, el presidente de la Comisión osó declarar "no hay recurso democrático contra los tratados europeos ratificados"… que ¡jamán fueron sometidos a refrendo popular! Ningún Estado miembro, ningún jefe de Estado protestó ante esta declaración. Ahora bien, es monstruosa. Traducida en lenguaje cotidiano viene a decir: "Se acabó la democracia. Uds., a quienes sus gobernantes les embarcaron en este barco, abandonen toda esperanza y remen, pobres idiotas." Puede que la cuestión del CETA nos abra los ojos: se trata del discurso de los tiranos. No cae del cielo, sino de las necesidades de las multinacionales. En la época de los mercados globales, al gran capital ya no le sirve la democracia parlamentaria de los Estados nacionales: busca, pero a nivel global, la vuelta a las formas despóticas del Antiguo Régimen, en las que una grupo selecto de tecnócratas no electos gestionará la sociedad en interés de los poderosos. A eso se la llama "gobernanza" y actual la revolución digital está en vías de otorgarle formidables medios para controlarnos. Sublevarse contra esta tendencia es más que un derecho, es un deber.

Las palabras y las cosas

Por tanto tenemos que concordar las palabras con las cosas. Una insurrección es el hecho de sublevarse. Una revolución es la irrupción de la mayoría social en el ámbito en el que se decide su futuro. ¿Es legítima la insurrección? Si, mil veces sí. ¿Es violenta la revolución? Es lo que dicen los poderosos y su lacayos. Aúllan cuando se les sacude un poco y gritan "al asesino" cuando se les quiere arrebatar un poco de lo mucho que nos han robado, pero su sistema transpira por todos los lados una violencia increíble (policial, social, económica, sexista, racista, medioambiental…). La revolución solo es "violenta" en la medida que se corresponde con una situación en la que la mayoría, para defender sus derechos y sus condiciones de existencia, no tiene otra posibilidad que hacer pesar su masividad para construir una relación de fuerzas mediante la acción directa.

El camino hacia el Estado fuerte en la UE y en sus Estados miembro conlleva a esa situación. Termine como termine el asunto CETA, la tendencia a la dictadura continuará mientras no logremos pararla. Exige que nos situemos, por así decirlo, en un estado de insurrección democrática permanente. Es preciso sensibilizar, protestar, organizar, construir el tejido social, reapropiarse del espacio público, salir en masa a la calle… La lucha será de largo aliento, pero merece la pena que nos comprometamos por ella: o bien derribamos al Frankenstein capitalista europeo o él nos conducirá al siglo XIX. No sólo se trata de imponer el respecto formal a nuestra expresión democrática a través de los parlamentos electos y de reemplazar la UE por otra Europa. Se trata de reinventar el propio contenido de la democracia extendiéndolo radicalmente a todos los ámbitos de la vida social y económica. Se trata de construir la alternativa anticapitalista, ecosocialista, feminista, ciudadana e internacionalista del siglo XXI. Si queremos, lo podemos. Porque como decía Shelley, el poeta: "Es hora de levantarse y de pensar que somos muchos y ellos pocos"

27/10/2016

Daniel Tanuro, es militante ecosocialista belga y colaborador habitual de VIENTO SUR

levif, vientosur


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