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Anticapitalistes
  
dimecres 2 de novembre de 2016 | Manuel
Cinco mil quinientos millones de recorte presupuestario

Albert Recio Andreu

I

Aún no tenemos Gobierno, pero ya sabemos el recorte presupuestario que le exige Europa. Y que seguramente el PP y sus aliados acatarán por responsabilidad. Hasta ahora el Gobierno se había pasado por el forro las exigencias de Bruselas, pero había contado para ello con la complicidad comunitaria seguramente temerosa que un recorte a destiempo pudiera provocar un descalabro electoral de las fuerzas del orden. Siempre es más fácil aplicar un hachazo al principio de la legislatura, cuando los que Gobiernan se encuentran más fuertes y confían que la mejora posterior de la situación hará que sus electores olviden el mal trago a la hora de votar. Es verdad que este Gobierno nace mucho más debilitado que el anterior. Pero no parece que sus oponentes vayan a estar por la labor de enfrentarse con la política de la UE. Ya sabemos de qué responsabilidad cojean. La responsabilidad que les llevó a los recortes de 2010 y al golpe de estado palaciego contra la constitución, y que ahora les ha llevado a dar el apoyo al PP, es la misma que les conducirá a tragar la nueva sarta de recortes. Precisamente la crítica al PP que desde sectores cercanos al PSOE se hacían por el incumplimiento del déficit indica que van a estar preparados para cumplir los compromisos.

Un recorte de 5.500 millones de euros en el presupuesto público va a tener sin duda un efecto depresivo sobre la economía y el empleo. De la forma como se haga dependerá su profundidad. Lo nuevo en el momento presente es que hay al menos un nuevo discurso, por parte de economistas oficiales, que aboga por que el recorte se haga subiendo impuestos en lugar de recortar gastos. Significa un viraje político y un reconocimiento implícito del fracaso de los ajustes impuestos en Europa en 2010.

En aquel momento la Unión Europea adoptó como orientación la teoría del “ajuste expansivo” elaborada fundamentalmente por un grupo de profesores de la Universidad Boconi de Milán. Según esta teoría, si el gobierno recortaba gasto los individuos entendían que había una voluntad de reducir impuestos en el futuro y esto generaba una ola de optimismo que se traducía en un mayor volumen de inversión y gasto. Por ello, el recorte generaba al poco tiempo una expansión económica basada en la inversión y el gasto privados. Es el típico modelo basado en unos discutibles supuestos psicológicos que la realidad acaba desmintiendo. Los países que recortaron más gasto experimentaron una recaída en la depresión, un aumento del déficit y de la deuda. Lo contrario de lo previsto. Que posteriormente se haya experimentado una cierta recuperación tiene más que ver con las dinámicas autónomas de la economía y con circunstancias espurias (como el impacto que ha tenido para el turismo español la situación bélica en el área mediterránea) que no porque esta política haya funcionado.

Aumentar impuestos, en cambio, tiene otro efecto. Para los economistas ortodoxos todo es igual: si al aumentar impuestos la gente gasta más, la economía también se deprimirá. Pero este argumento pierde de vista que una parte de la población no gasta todos sus ingresos, mantiene una parte en forma de ahorro ocioso que no genera demanda (por ejemplo mantiene la propiedad de pisos vacíos en espera de subidas futuras de precios). Si la subida de impuestos está bien diseñada y se concentra en rentas ociosas, el impacto puede ser nulo, porque el sector público mantendrá su nivel de gasto (y por tanto mantendrá el empleo que éste genera) y el recorte simplemente reducirá el exceso de ahorro de los ricos. De hecho podría argumentarse que si el aumento de recaudación se transfiriera a nuevo gasto público la actividad aumentaría y se podría reducir parte de la deuda. Pero esto último, en los tiempos presentes, suena a demasiado radical para que lo acepten el núcleo más poderoso de economistas.

II

Que un teórico ajuste vía aumento de impuestos fuera menos dañino que uno basado en el recorte de gastos no quiere decir que vaya a ser la línea adoptada por el Gobierno. Y tampoco hay ninguna garantía de que el aumento de impuestos se produzca de la forma adecuada. El clasismo y la sumisión a los intereses de las élites están demasiado consolidados en las políticas de los partidos “responsables” (tanto los viejos ―PP, PSOE, PDECAT, PNV, Coalición Canaria― como en los pretendidamente nuevos ―Ciudadanos―) como para esperar que por una vez atentarán directamente contra estos intereses.

Por ello, considero que la línea de respuesta alternativa debería articularse en una doble dirección. La primera, la más fácil de desarrollar por las fuerzas políticas alternativas y los movimientos sociales, pasa lógicamente por la puesta en cuestión de la lógica del ajuste, por mostrar la inutilidad de las políticas de ajuste para alcanzar sus propios objetivos manifiestos (recortar el déficit y la deuda), por denunciar el impacto social del nuevo ajuste, por exigir una condonación de la deuda (para una buena argumentación, Steve Keen, «Manifiesto del Observatorio de la Deuda», en Revista Economía Crítica, nº 14, accesible en www.revistaeconomiacritica.org), por exigir un giro en la política europea… Es, sin embargo, un discurso necesario pero que al mismo tiempo tiene el peligro de facilitar el aislamiento de quien lo propone, bajo el mantra de que es una respuesta utópica, irrealizable a corto plazo. No puede menospreciarse en este sentido que los partidarios de las políticas neoliberales cuentan con un ejército de economistas, dispuestos a argumentar en favor de la racionalidad de sus tesis y con acceso a medios de comunicación con una potente capacidad de penetración.

Por ello creo que en el contexto actual hay que dotarse de una segunda línea de actuación que muestre que hay formas mejores de hacer el ajuste y que traten de minimizar los impactos más antisociales del mismo. Esta línea debería pasar en primer lugar por defender que cualquier ajuste se haga con aumentos de impuestos y no con recortes de gastos. En segundo lugar, que estos aumentos de impuestos se dirijan fundamentalmente a gravar las actividades parasitarias que generan riqueza privada sin generar bienestar, algo especialmente palpable en muchas de las actividades financieras e inmobiliarias donde lo único que se hace es especular con activos preexistentes. En tercer lugar, un gravamen justo mejorando la progresividad de los impuestos directos (por ejemplo, igualando la carga fiscal de las rentas del trabajo y el capital en el IRPF, reintroduciendo en la práctica los impuestos de transmisiones y sucesiones, aumentando la carga efectiva del Impuesto de Sociedades…) e incluso de algunos impuestos indirectos (por ejemplo, estableciendo gravámenes en productos de lujo). Y en cuarto lugar, cerrando completamente la posibilidad de que el Estado se haga cargo de nuevas deudas privadas e incluso revisando el pago de indemnizaciones injustas como la del depósito de gas de ACS. Algo que vale la pena recordar cuando alguna de las grandes empresas españolas sigue en la cuerda floja debido a su elevado endeudamiento o cuando inventos como la Sareb (el llamado "banco malo") generan pérdidas sistemáticas que el Estado debe asumir.

En definitiva, se trata de hacer una oposición en dos patas. La crítica radical, cultural y política genérica por un lado y la propuesta de alternativas viables, bien elaboradas, que contrasten los planes neoliberales con las necesidades de la mayoría. Una pedagogía que permita mostrar que no sólo hay que cambiar los objetivos y los modos de la política sino también que se pueden hacer las mismas cosas de diversas formas y si se elige la peor no es por consideraciones técnicas sino por el interés de la clase dominante. Un tipo de respuesta que además permite a veces alcanzar alguna victoria parcial, algo que también hace falta.

31/10/2016

mientrastanto


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