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diumenge 4 de setembre de 2016 | Manuel
"El Imperialismo, fase superior del capitalismo" (Lenin), análisis crítico

Rolando Astarita

Este año se cumplen 100 años de la publicación del El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. Por este motivo Hic Rhodus publicación electrónica semestral del Instituto de Investigaciones Gino Germani, fundada por Pablo Rieznik, preparó un Dossier que lleva por título “A cien años del Imperialismo de Lenin. Vigencia y controversias en torno a un clásico del marxismo”, en el que participo junto a Claudio Katz, Daniel Duarte y Pablo Rabey.

Resumen: "El Imperialismo, fase superior del capitalismo", de Lenin, ha sido un libro de indudable influencia en el marxismo del siglo XX, y lo sigue siendo hasta el día de hoy. De hecho, para la mayoría de los marxistas, marcó una divisoria en el análisis y comprensión del capitalismo: en tanto El Capital habría tenido como objeto al capitalismo basado en la libre competencia, el libro de Lenin daba cuenta del capitalismo dominado por los monopolios. Este estadio del desarrollo del capitalismo, el monopolista, habría sido el resultado de la tendencia a la concentración y centralización de los capitales, estudiada por Marx.

El Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin, ha sido un libro de indudable
influencia en el marxismo del siglo XX, y lo sigue siendo hasta el día de hoy. De hecho, para la mayoría de los marxistas, marcó una divisoria en el análisis y comprensión del capitalismo: en tanto El Capital habría tenido como objeto al capitalismo basado en la libre competencia, el libro de Lenin daba cuenta del capitalismo dominado por los monopolios. Este estadio del desarrollo del capitalismo, el monopolista, habría sido el resultado de la tendencia a la concentración y centralización de los capitales, estudiada por Marx. Con él se afirmaba también la tendencia al estancamiento y descomposición de las fuerzas productivas, el parasitismo y dominio del capital financiero por sobre el capital productivo, el colonialismo y las guerras entre las potencias por nuevos repartos del mundo. Resumiendo esta visión, en 1940 Trotsky afirmaba que;

La eliminación de la competencia por el monopolio señala el comienzo de la desintegración de la sociedad capitalista. (…) La competencia necesita de ciertas libertades, una atmósfera liberal, un régimen democrático, un cosmopolitismo comercial. El monopolio necesita, en cambio, un gobierno lo más autoritario que sea posible, murallas aduaneras, sus “propias” fuentes de materias primas y mercados (colonias). La última palabra en la desintegración del capital monopolista es el fascismo (Trotsky, 1984: 17).

La idea del predominio del monopolio constituyó el fundamento de las tesis clásicas del imperialismo. Pero entonces se presentó la cuestión de cómo articular esa tesis con el análisis de El Capital. Es que la ley del valor trabajo, y las leyes de la acumulación del capital (incluida la tendencia decreciente de la tasa de ganancia) operan bajo el presupuesto de la competencia. Pero si esto es así, es necesario precisar qué es exactamente el imperialismo. ¿Es una nueva forma de capitalismo, en el que la ley del valor no opera, o al menos no opera a plenitud? ¿O es simplemente una superestructura? La cuestión se ha debatido desde hace ya décadas. Así, después de un seminario realizado en Oxford, en 1969‐1970, para discutir el sentido de la noción de imperialismo, Barrat Brown, organizador del encuentro, concluyó que no había un concepto preciso. También Giovanni Arrighi, en la Introducción a La geometría del imperialismo, reconoció que la teoría del imperialismo está rodeada de equívocos y ambigüedades. E incluso Lenin, como veremos en seguida, admitió los problemas que planteaba el predominio del monopolio para el análisis del capitalismo y la comprensión de su dinámica. A fin de desarrollar la cuestión, empiezo sintetizando la estructura de la tesis clásica del imperialismo, tal como la formula Lenin en su trabajo de 1916.

La tesis de Lenin sobre el imperialismo

El punto de partida de Lenin dice que la principal característica del imperialismo es “la dominación de las asociaciones monopolistas de los grandes patrones” (1973: 451). Según Lenin, “la competencia se transforma en monopolio” (p. 393) y se constituye en la base de la vida económica moderna (aclaremos que los marxistas de inicios del siglo XX acostumbran utilizar el término monopolio para designar lo que eran en realidad oligopolios).

Pero con esto disminuye la fuerza reguladora de la ley del valor trabajo y de la competencia, ya que “unas cuantas decenas de empresas gigantescas pueden ponerse de acuerdo fácilmente” (p. 386). Por lo tanto, tendrá un rol creciente la coerción extraeconómica para extraer el excedente: “La estrangulación monopolista”, los acuerdos, las manipulaciones de precios y de mano de obra pasan a ser determinantes, de manera que “la producción mercantil se halla ya quebrantada”, a pesar de que todavía sigue siendo la base de la vida económica. Las ganancias son producto de “maquinaciones financieras” y “estafas”; prima una relación de dominación y violencia (p. 395). “En otras palabras, el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre competencia, con su regulador indispensable, la Bolsa, pasa a la historia” (p. 408). Además, el monopolio genera pobreza crónica en las masas obreras y campesinas, lo que restringe los mercados y empuja al estancamiento crónico en los países adelantados. “Por lo tanto, existe excedente crónico de capital” (p. 431). Se reducen así las oportunidades de inversión rentable en las metrópolis, lo que empuja a asegurarse mercados y zonas de inversión en la periferia mediante el colonialismo. En consecuencia, aumenta la inversión extranjera, de la mano del colonialismo. Lo cual generará, a largo plazo, desarrollo del capitalismo en la periferia. Por otra parte, y debido a que el mundo ya está repartido entre las potencias, son inevitables las guerras por nuevos repartos del mundo.

Imperialismo, ¿es el capitalismo contemporáneo, o es una superestructura?

Tal vez el problema más importante encerrado en la noción de imperialismo pasa por la cuestión a la que hicimos referencia más arriba, a saber, el término alude, por un lado, a todo el sistema capitalista, pero por otra parte parece referirse a una superestructura conformada por las relaciones entre los países opresores y oprimidos y al desarrollo de un aparato político‐militar destinado a la empresa colonial y las guerras inter‐imperialistas.

Alternativamente, a veces los marxistas utilizan el término simultáneamente en los dos sentidos.

El propio Lenin advirtió, en el curso de un debate que se realizó en 1919 sobre el cambio del programa del partido comunista, que era necesario distinguir el capitalismo, en tanto sistema, del imperialismo. Es que Bujarin había planteado que si el imperialismo es el capitalismo contemporáneo, había que volver a escribir la parte del programa del Partido que hablaba de la producción mercantil, la ley del valor y la dinámica del capitalismo.

Lenin se opuso porque, sostuvo, el capitalismo monopolista coexistía con la producción mercantil y la libre competencia, y por lo tanto el imperialismo no había reemplazado esa base. Lenin se refería a Rusia, donde la revolución había acabado con la “superestructura” del dominio del capital financiero, pero subsistía y crecía un capitalismo “de base”. Sin embargo, la cuestión era extensiva al resto de los países. “Si tuviéramos delante nuestro un imperialismo integral… habría resultado un sistema en el cual todo estaría subordinado solo al capital financiero”. El imperialismo, precisaba entonces, es una superestructura del capitalismo, ya que en una serie de ramas “el antiguo capitalismo… ha crecido hasta el imperialismo”, pero por debajo de esa superestructura “sigue existiendo el enorme subsuelo del antiguo capitalismo” (Lenin, 1919). Habría entonces dos niveles: el de la base, en que se desarrollaba capitalismo, y el correspondiente a la superestructura imperialista, a partir de la cual se explicarían las guerras, el colonialismo o la tendencia al estancamiento.

Obsérvese que aplicado este enfoque a los países atrasados, por un lado se afirmaba que el imperialismo los sometía al pillaje y saqueo colonial, de lo que derivaría la imposibilidad de desarrollo capitalista y de reformas democrático burguesas. Pero por otra parte, se afirmaba que el capitalismo de libre competencia se desarrollaba en los países atrasados y que la inversión extranjera podía fomentar las relaciones capitalistas. Lo cual podía generar las fuerzas sociales para dar lugar a revoluciones anticolonialistas y la generación de regímenes democrático‐burgueses. En este respecto, Lenin planteó que “… lo característico de todos los países es que el capitalismo sigue todavía desarrollándose en muchos lugares. Esto es así para toda Asia, para todos los países que marchan hacia la democracia burguesa, como lo es para toda una serie de regiones de Rusia” (ídem). Aquí encontramos una aguda conciencia de que las leyes del desarrollo y la acumulación capitalista no son anuladas por el fenómeno imperialista, por el monopolio.

Ley del valor y tesis del capital monopolista‐imperialista

Lo anterior explica un hecho que planteó hace unos años David Harvey con agudeza: la dificultad de poner los estudios sobre el imperialismo en consonancia con la teoría del valor y del capital de Marx. Harvey sostenía que los estudios sobre el imperialismo “se ven en apuros para basar sus descubrimientos en la propia estructura teórica de Marx” (1999: 441). Es que la teoría del valor trabajo plantea que los precios constituyen un fenómeno objetivo, y no pueden ser controlados conscientemente. Marx expresa esta idea cuando dice que la ley del valor se impone, durante una crisis, de la misma manera que se impone la ley de gravedad cuando a alguien se le cae la casa encima.

La tesis del monopolio, en cambio, plantea que las grandes empresas dominan los precios; que la economía hasta cierto punto está controlada conscientemente por estos monopolios. Hilferding era consciente del giro que esto significaba con respecto a El Capital.

Cuando las asociaciones monopolistas eliminan la competencia, eliminan con ella el único medio con que pueden realizar una ley objetiva de precios. El precio deja de ser una magnitud determinada objetivamente; se convierte en un problema de cálculo para los que lo determinan voluntaria y conscientemente; en lugar de un resultado, se convierte en un supuesto; en lugar de algo necesario e independiente de la voluntad y conciencia de los participantes, se convierte en una cosa arbitraria y casual. La realización de la teoría marxista de la concentración, la asociación monopolista, parece convertirse así en la eliminación de la teoría marxista del valor. (p. 257)

En lugar de una ley objetiva, reina lo arbitrario y casual.

Por otra parte, la ley del valor trabajo sostiene que los mecanismos de extracción del excedente son económicos; el trabajador, no propietario de los medios de producción, está obligado a vender su fuerza de trabajo al capitalista; la coerción político‐militar actúa como garante o “marco” de la explotación. La tesis del monopolio y el imperialismo, en cambio, pone el acento en la coerción extraeconómica para la extracción del excedente; la subordinación política y militar (régimen colonial o semicolonial) es esencial; por eso habla de robo o pillaje. Vinculado a esta diferencia, la ley del valor trabajo plantea que la explotación se da principalmente entre clases sociales; la tesis del imperialismo y el monopolio, en cambio, pone la explotación de poblaciones y países por otras poblaciones y países en un plano de importancia por lo menos similar a la explotación de clases. La primera crece en importancia en la medida en que las fuerzas productivas se estancan en los países maduros y capas de la clase obrera de estos países son sobornadas con los frutos de la explotación de los países más débiles.

La cuestión central entonces es que en la tesis clásica del imperialismo coexisten los dos enfoques. Por un lado se afirma que rige la ley de la producción mercantil capitalista; pero por otra parte se sostiene que el capitalismo ha pasado a ser capitalismo monopolista, donde prevalece la colusión por sobre la competencia en la formación de los precios. Se trataría entonces de dos estructuras: la regida por la ley mercantil, y la regida por el dominio del monopolio. En la visión de Lenin, la dominación del monopolio sería una mera “superestructura”, que no habría afectado en profundidad a la ley mercantil. En los textos posteriores de los principales marxistas del siglo XX –Baran, Sweezy, Mandel, para nombrar a algunos de los mayores referentes‐, el énfasis se puso, sin embargo, en el dominio generalizado del capital monopolista.

Una explicación monista

La tesis que defendemos es opuesta al planteo dualista. La idea central es que no hay dos sistemas o modos de producción capitalista –con leyes de formación de precios y tasa de ganancia distintas‐, sino uno, regido por la ley del valor trabajo (y no por los acuerdos de precios). Existe una primera razón, y fundamental, para abogar por una concepción monista basada en la ley del valor trabajo, y es que la competencia sigue desempeñando un rol clave en el funcionamiento de la economía capitalista. Por eso la ley del valor trabajo opera a todos los niveles: en el plano del mercado mundial y las grandes corporaciones transnacionales, y también al interior de los países. Lo cual también significa que el capital en la periferia se reproduce según la lógica de la acumulación estudiada por Marx, y al hacerlo, reproduce en escala ampliada la relación de explotación. Esto implica que la contradicción entre el capital y el trabajo pasó a ser dominante también en el tercer mundo, en la misma medida en que las formas de coerción extraeconómica (colonialismo en particular) para la extracción del excedente perdieron relevancia.

El rol histórico del colonialismo

De lo anterior se deriva otra afirmación central: es por la dialéctica del valor y el capital que en las regiones del Tercer Mundo que estuvieron bajo dominio colonial, terminó desarrollándose un capitalismo con raíces propias. En otros términos, se cumplió la previsión que había hecho Marx con respecto a la India: que la entrada de los ferrocarriles ingleses, a pesar de la devastación y miseria que provocaba entre las masas, terminaría por dar lugar al surgimiento de un capitalismo autóctono indio.

Ya sé que la burguesía industrial inglesa trata de cubrir la India de vías férreas con el exclusivo objeto de abaratar el transporte del algodón y de otras materias primas necesarias para sus fábricas. Pero si introducís las máquinas en el sistema de locomoción de un país que posee hierro y carbón, ya no podréis impedir que ese país fabrique dichas máquinas. (…) La industria moderna, llevada a la India por los ferrocarriles, destruirá la división hereditaria del trabajo, base de las castas hindúes, ese principal obstáculo para el progreso y el poderío de la India. (Marx, 1853)

El argumento de Marx se puede aplicar al resto de los países de la periferia en los que entraba el capitalismo, fuera de la mano del colonialismo o de alguna forma de dominación por la violencia. A mediano o largo plazo, terminó desarrollando capitalismo. El proceso no fue lineal, pero la tendencia parece clara. Nótese, además, que está en línea incluso con la afirmación de Lenin, en el Octavo Congreso del Partido Bolchevique, que hemos citado, acerca de que los países atrasados evolucionaban, al final de la segunda década del siglo XX, hacia el capitalismo. Podemos decir que algo similar ocurrió con otras formas de intervención militar imperialista, que establecieron gobiernos títeres en países de la periferia. Si bien favorecían a los capitales de la metrópoli dominante, las inversiones que acompañaban a estas inversiones contribuyeron, directa o indirectamente, al desarrollo de fuerzas capitalistas locales, que luego fueron el sustento de gobiernos con capacidad de resistencia y negociación frente al capital de los países centrales. Es lo que explica que hoy los gobiernos de India (o de Brasil, Argentina, Chile, y similares) no son meras marionetas de Washington (o Londres, París, Berlín). Parafraseando a Marx, podemos decir que la violencia fue la partera del capitalismo de las periferias, desbrozando el camino para la reproducción de un capitalismo que, si bien dependiente y atrasado, se asienta en la explotación de la clase obrera local. Por eso mismo la violencia directa dejó de ser el medio fundamental de extracción del excedente, y la relación capital‐trabajo se generaliza.

La naturaleza de la competencia y ley del valor‐trabajo

Una de las dificultades que existen para aceptar que la competencia sigue rigiendo las relaciones intercapitalistas es la creencia de que esa afirmación equivale a aceptar la noción neoclásica de competencia perfecta. Recordemos que la competencia perfecta supone que los precios están dados, y que ningún productor puede modificarlos; en consecuencia excluye las guerras de precios y las ganancias extraordinarias. Pero si ninguna empresa puede modificar el precio por su sola acción, no hay competencia. Por eso la competencia perfecta es, en esencia, la contrapartida especular de la llamada “competencia imperfecta”, donde la colusión entre las grandes empresas oligopólicas (o monopolios, en el lenguaje común) anularía también la competencia.

La noción de Marx de competencia es muy distinta de la noción neoclásica. En primer lugar, en su visión la competencia atañe a la naturaleza misma del capital:

…la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su determinación esencial, que se presenta y realiza como acción recíproca de los diversos capitales entre sí; la tendencia interna como necesidad exterior. El capital existe y solo puede existir como muchos capitales; por consiguiente su autodeterminación se presenta como acción recíproca de los mismos entre sí. (Marx, 1989: 366) /1

La cuestión no es menor, ya que a través de la competencia las leyes del capitalismo se le imponen a cada capitalista como coerción externa, y lo obligan a intentar extraer el máximo de plusvalía a los trabajadores. Por eso no puede entenderse cómo operan las leyes del capitalismo si no se presupone la competencia. En este marco, la competencia debe entenderse como un proceso “destructivo y antagónico”, una verdadera guerra, donde la tecnología hace las veces de las armas, los movimientos de capitales desde una industria a otra corresponden a la determinación de los sitios de batalla, y la competencia de una firma con otra corresponde a la batalla misma (Shaikh, 1991: 84). Agreguemos que las bajas de precios constituyen la munición misma de estas batallas. Es un escenario muy distante de los “pactos de caballeros”, de la competencia desarrollada meramente por diferenciación de productos y con precios manipulados a voluntad; y también muy alejado de la (inexistente) competencia perfecta.

¿Y la tendencia a la concentración del capital?

Una de las ideas más difundidas entre los marxistas es que el dominio del monopolio se habría instalado, hacia finales del siglo XIX, como resultado de la tendencia a la concentración del capital, analizada por Marx en el capítulo 23 del libro I de El Capital. Por ejemplo, Trotsky escribe, en el texto ya citado, que…

Marx fue el primero en deducir que el monopolio es una consecuencia de las tendencias inherentes al capitalismo”, y que “la eliminación de la competencia por el monopolio señala el comienzo de la desintegración de la sociedad capitalista” (1984: 17).

El problema con esta visión es que peca de unilateral y mecánica. Lógicamente, no se puede negar que en algún momento el sistema capitalista desemboque en el dominio de los monopolios, pero lo cierto es que hasta el presente la centralización del capital avanzó desplegando tendencias contradictorias. Es que a la par que avanzan la concentración y centralización, también aumenta el número de capitales que entran en competencia.

El incremento del capital social se lleva a cabo a través del incremento de muchos capitales individuales. Presuponiendo que no varíen todas las demás circunstancias, los capitales individuales ‐y con ellos la concentración de los medios de producción‐ crecen en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, de los capitales originarios se desgajan ramificaciones que funcionan como nuevos capitales autónomos. (…) con la acumulación del capital crece en mayor o menor medida el número de capitalistas” (Marx, 1999: 777)./2

La realidad es que constantemente surgen nuevas ramas de producción donde se generan nuevos capitales. También se incorporan países en los que se desarrolla el capitalismo, dando lugar a la formación de nuevos capitales que compiten en los mercados mundiales. Pero además, en las ramas ya instaladas, el cambio tecnológico con frecuencia favorece la aparición de capitales que presentan batalla exitosamente a los antiguos, especialmente si estos deben soportar altos costos para mandar a desguace equipos y máquinas obsoletas. Por eso, se trata de dos tendencias, a la centralización y concentración, por un lado, pero también al surgimiento de nuevas unidades del capital. Como resultado, la ley del valor opera a escala cada vez mayor. En la medida en que los capitales crecen por la concentración y centralización, tienen más poder para incursionar en nuevos mercados. Y constantemente aparecen nuevos competidores, adquiriendo la lucha competitiva dimensiones mundiales.

Tres problemas asociados a la tesis de monopolio

Señalemos ahora tres problemas principales asociados a la tesis del dominio del monopolio. El primero es de tipo teórico, ya que las explicaciones sobre los precios de monopolio no logran establecer una determinación objetiva –esto es, sometida a alguna ley económica‐ de los mismos. Esta cuestión la subraya Sweezy, citando a Marx:

Cuando hablamos de precio de monopolio nos referimos de un modo general a un precio que es determinado solo por el anhelo que los compradores tienen de adquirir y por su solvencia, independientemente del precio que es determinado por el precio general de producción y por el valor de los productos. (1974: 297)

Por eso Baran y Sweezy intentaron superar, en El capital monopolista, esta indeterminación de los precios monopólicos. Allí sostienen que en el capitalismo monopolista está proscripta “la reducción de precios como arma legítima de lucha económica” (p. 51) y que los precios establecidos por las grandes corporaciones son tales que elevan al máximo las ganancias como un todo (p. 52). Pero entonces recurren a la explicación burguesa tradicional de la competencia imperfecta: la empresa bajará los precios hasta que el aumento de los rendimientos provenientes de venta de la unidad marginal iguale el aumento del costo implicado en la producción de esa unidad marginal. Lo cual equivale a no explicar nada.

Otra explicación intentada ha sido la de Mandel (con antecedente en Hilferding), en el Tratado de economía marxista. Mandel sostuvo que en el capitalismo contemporáneo existen dos tasas medias de ganancia, correspondientes a los sectores competitivos y monopolizados. De conjunto, ambas estarían determinados por la ley del valor trabajo, pero la del sector monopólico sería más alta que la del sector competitivo. Pero la explicación deja indeterminada la divisoria de los niveles medios de las dos tasas de ganancia. Lo cual lleva de nuevo a un análisis en términos de poder de mercado y manipulación de precios por las empresas. Esto es, la tasa de ganancia monopólica dependería de relaciones de fuerza, y no de los tiempos de trabajo social. Estamos de nuevo en el terreno de lo subjetivo. Otra explicación, ya por fuera del campo del marxismo, es la de Kalecki, quien explica los precios en el sector no competitivo por el “recargo” (o markup) sobre los costos que aplican las empresas. El mark‐up estaría determinado por el llamado “grado de monopolio” (véase, por ejemplo, Kalecki 1984). Sin embargo, este “grado de monopolio” tampoco está determinado teóricamente.

Destaquemos también que la idea de que puedan existir ganancias monopólicas sistemáticas y generalizadas a todas las ramas de la economía es teóricamente incoherente. Es que la ganancia monopólica –esto es, por poder de mercado‐ significa transferencia de plusvalía desde los sectores no monopólicos. Pero si todas las ramas están dominadas por grandes monopolios (esto es, son los principales abastecedores de esos mercados), no hay forma de que se transfiera plusvalía desde sectores no concentrados.

Los otros dos problemas fundamentales de la tesis del dominio del monopolio es que sus postulados esenciales, a saber, que no hay guerra de precios y que existe una tasa de ganancia monopólica, más alta que la competitiva, no tienen sustento en la evidencia empírica. Por un lado, no se registra una correlación positiva sistemática entre la tasa de ganancia y el grado de concentración de los diversos sectores. Sí ocurre que en algunas ramas y durante ciertos períodos, donde son importantes las economías de escala, existe una correlación positiva entre el tamaño de las empresas y los beneficios. Pero esto se debe al descenso del tiempo de trabajo por producto, debido a las economías de escala, y no al poder de mercado. Además, es frecuente que empresas más pequeñas, con nuevas tecnologías, irrumpan en ramas desplazando a las empresas ya establecidas y altamente concentradas. Como explicó ya hace mucho Semmler, se comprueba que las ramas donde predominan empresas más pequeñas pueden tener tasas de ganancia más variables, pero no sistemáticamente más bajas que las ramas en las que predominan empresas grandes.

Por otra parte, las guerras de precios son una constante en el capitalismo contemporáneo. Las mismas se registran en prácticamente todas las ramas importantes de la economía (semiconductores, automóviles, acero, transporte de cargas, química, computadoras personales, líneas aéreas, bancos, seguros, para citar solo algunas) y se desarrollan a escala global. Incluso las fusiones de empresas se hacen muchas veces para afrontar esta guerra en mejores condiciones. Por eso la centralización del capital no lleva a la disminución de la competencia. Constantemente las grandes corporaciones buscan incrementar las economías de escala y el poder de negociación con proveedores y subcontratistas, consolidar su poder financiero, achicar los períodos de amortización del capital y mantenerse en la vanguardia de la renovación tecnológica. Es un panorama muy alejado de la idea del “vivir y dejar vivir” (expresión de Baran y Sweezy) que prevalecería entre las grandes corporaciones, según el enfoque del predomino del monopolio.

¿Qué expresó la tesis del monopolio?

A partir de lo discutido hasta aquí se plantea la pregunta de qué aspecto de la realidad del capitalismo de principios de siglo XX reflejó la tesis sobre el predominio del monopolio. Tengamos presente que hacia el final del capítulo 27 del tomo III de El Capital Engels introdujo un agregado en el cual sostuvo que desde que Marx había escrito los borradores había aumentado el proteccionismo, e incluso en algunos casos se habían formado cárteles internacionales, y que “la libertad de competencia… ya agotó sus argumentos y debe anunciar la misma su manifiesta y escandalosa bancarrota” (p. 564). Engels habla aquí de “sobreproducción general crónica”, “depresión de precios” y “descenso de las ganancias hasta su total eliminación”. Los trabajos de Hilferding y Lenin profundizaron esta idea, respaldándola con abundante material empírico sobre la formación de cárteles y trusts, y los acuerdos entre grandes corporaciones para manipular mercados y precios. Es el hecho objetivo sobre el que se basaron las tesis clásicas del imperialismo: entre fines de siglo XIX y principios del XX hubo un acelerado proceso de concentración del capital. Sin embargo, es necesario ubicarlo históricamente y relativizarlo. Dumenil y Lévy (1996) aclaran la cuestión a partir del análisis de lo sucedido en EEUU.

Lo que sostienen estos autores es que todavía a fines de la década de 1870 en la economía estadounidense la concentración de capitales solo se había producido en ferrocarriles y telégrafos. Pero a la salida de la depresión de la segunda mitad de esa década empieza el crecimiento de la escala de negocios. Se trató de un proceso vinculado a una gran apertura de los mercados, debido al desarrollo de los transportes y las telecomunicaciones; lo que trajo como consecuencia que desapareciera la protección geográfica que tenían muchas empresas.

De manera que se agudizó la competencia, lo que vino acompañado de prácticas predatorias y violentas, en especial en ferrocarriles y en la industria petrolera. Esta exacerbación de la competencia es la que dio lugar a intentos de limitar sus efectos. Surgen así organizaciones secretas, como los cárteles y trusts, movimiento que alcanza su apogeo con el cambio de siglo. Paralelamente crecieron los emporios financieros Morgan y Rockefeller, que controlaban una vasta red de industrias y actividades, realizaban todo tipo de maniobras y acuerdos secretos, y no vacilaban en recurrir a la violencia abierta para imponer sus intereses. Sin embargo, la competencia no desapareció. La movilidad de capitales se mantuvo a través de nuevas formas de financiamiento, y la rigidez de precios no aumentó. Por eso Dumenil y Lévy sostienen que los cambios ocurridos a fines del siglo XIX,

…no justificarían de manera alguna la tesis de la desaparición de la competencia pura y perfecta, según la cual los precios habrían estado determinados por el mercado en el siglo XIX, pero ya no lo serían en nuestros días. Las empresas siempre han fijado los precios, aun si su margen de maniobra está limitado por sus competidores, hoy como ayer. (1996: 34)

En definitiva, la tesis sobre el predominio del monopolio registró un fenómeno real, aunque lo hizo de manera unilateral, sin prestar la suficiente atención a las tendencias
contrarrestantes a la centralización y concentración de los capitales.

La noción de imperialismo hoy

Por lo desarrollado más arriba, afirmamos que el capitalismo contemporáneo no puede identificarse con un sistema económico distinto, en lo esencial, del capitalismo regido por la ley del valor trabajo y las leyes que derivan de ella. La extracción del excedente se da hoy, en lo esencial, no por coerción extraeconómica (imposición militar, formas de coloniaje o esclavitud, y similares), sino a través del mercado, la contratación de trabajo asalariado y la generación de plusvalía. Esto equivale a decir que la contradicción central, a nivel global, es entre el capital y el trabajo.

Es en este marco que ubicamos al imperialismo contemporáneo. A diferencia de lo que sostienen algunos “globalistas” (esto es, los que sostienen que los Estados nación ya no tienen relevancia; véase, por ejemplo, Burbach y Robinson, 1999; Robinson y Harris, 2000), el término “imperialismo” contiene una carga crítica de la mundialización capitalista y del despliegue militar que conlleva que es necesario sostener. Es en este respecto que mucho de la crítica de Lenin al imperialismo debería mantenerse, aunque en el marco de la unidad que deriva de la dialéctica del valor y el capital. Es que lejos del mundo de paz y tranquilidad que algunos auguraron cuando colapsó la URSS, las últimas décadas han sido testigo de intervenciones militares, operaciones desestabilizadoras y bloqueos económicos contra regímenes que se presentaban como obstáculos al “orden mundial del capital”. Asimismo, ha habido, y hay, conflictos y tensiones entre las potencias por mantener, o adquirir, zonas de influencia. Pero no se trata de volver a la empresa colonial clásica, como interpretan algunos, sino de garantizar las condiciones jurídicas, políticas y sociales para que la mundialización del capital, o sea, la subsunción bajo su mando de los recursos y las fuerzas productivas planetarias, se lleve hasta sus últimas consecuencias. Y en este cuadro, cada potencia, y “sus” capitales, tratan de posicionarse de la mejor manera posible frente a sus competidores. Si bien comparten intereses estratégicos –derivados de la hermandad del capital en la explotación del trabajo‐, cada capital, o fracción del capital, intenta obtener las mejores condiciones –políticas, diplomáticas para avanzar en la explotación del trabajo.

Desde esta perspectiva, podemos definir al imperialismo como la política y el aparato militar e institucional que la aplica, destinada a garantizar “los derechos universales del capital”. Las instituciones internacionales (FMI, BIS, BM, OMC, OCDE, Consejo de Seguridad de la ONU), las alianzas militares y los Estados más poderosos conforman esta superestructura que se corresponde con el capital mundializado. A ella se pliegan las burguesías de los países subdesarrollados que procuran insertarse, con más o menos éxito, en la globalización. Esto explica que haya un impulso del capital en general para barrer todo obstáculo a su movilidad y al afianzamiento de la propiedad privada. Es con este objetivo que los gobiernos de EEUU y sus aliados no vacilan en asesinar a cientos de miles de personas y en provocar las más terribles devastaciones y sufrimientos a muchos otros millones de seres humanos. Se trata de desarmar, por los medios que sean, todo lo que se dificulte el orden mundial regido por la lógica de la valorización del capital.

Por lo tanto, el imperialismo hoy se puede concebir como un producto genuino de las tendencias profundas del capitalismo mundializado: a la centralización y concentración de los capitales, a la subsunción creciente de mano de obra bajo su mando, a la mercantilización de todos los valores de uso y su producción bajo condiciones capitalistas, a la competencia mediante el cambio permanente de las fuerzas productivas, lo que lleva a las crisis de sobreacumulación y sobreproducción.

Notas

1 Tomo 1 de los Grundrisse. La cursiva fue agregada por el autor.
2 La cita pertenece al Tomo 1 de El Capital.

Bibliografía

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Sweezy, Paul (1974) Teoría del desarrollo capitalista, México: FCE.
Trotsky, León (1984) El pensamiento vivo de Karl Marx, Buenos Aires: Losada.

publicaciones.sociales.uba

+ Info:

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