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dilluns 29 d’agost de 2016 | Manuel
Los marxistas y la lucha contra dictaduras

Rolando Astarita

La discusión ... sobre el carácter de los movimientos populares contra dictaduras ha puesto en primer plano la política que deberían adoptar los marxistas. No me refiero a cuestiones tácticas, sino a una postura estratégica general.

En este respecto, una posición que cosecha muchas adhesiones es la que sostiene que los marxistas no deben comprometerse en la defensa de las libertades democráticas burguesas, ya que una democracia capitalista no deja de ser una dictadura del capital. Los marxistas, sigue el razonamiento, deben concentrarse en promover la lucha contra el Estado capitalista y la propiedad privada. En el caso de los movimientos de los países árabes, no tiene importancia decidir si uno de los bandos encarna regímenes democráticos, y otro regímenes dictatoriales bonapartistas, porque la clase trabajadora no puede ganar nada con uno u otro. ... Pienso que si bien una democracia capitalista sigue siendo una dictadura del capital, genera mejores condiciones para la organización de los trabajadores, para ejercer la crítica y desarrollar actividades de propaganda y denuncias. Además, en la medida en que existen dictaduras, se allana el camino para que se imponga el discurso liberal burgués, que sostiene que la causa de los problemas de los trabajadores no es el sistema capitalista, sino la falta de democracia. Por eso Lenin decía que la democracia burguesa puede dar lugar a una lucha más abierta contra el capital. En apoyo a esta postura cité varias veces los casos en que los marxistas tomaron partido; por ejemplo, en la lucha de la República española contra el golpe de Franco. Además, en la nota sobre Marx y la ética, he presentado argumentos a favor de una política que tome en cuenta las reivindicaciones de libertad y democracia, en los marcos de una crítica a la sociedad capitalista.

Hasta ahora pensaba que los argumentos de un lado y del otro estaban medianamente claros. Sin embargo ... he leído otro argumento a favor de la tesis “son todos iguales”, que es un poco más sutil que el anterior. Este argumento admite que hay que diferenciar, pero establece tantos requisitos para definir a un régimen como “democrático”, que de hecho se desliza a la postura “son todos iguales”. Es que se afirma que, en tanto no exista una limpieza de los antiguos funcionarios de la dictadura; en tanto no se quiebren las fuerzas armadas y otros aparatos del Estado; en tanto no se convoque a una Asamblea Constituyente y se tomen medidas democráticas profundas, estaremos ante una “transición tutelada”, acorde con los intereses del imperialismo, que solo dará lugar a “instituciones democrático-liberales”, también bajo la tutela del imperialismo. Por lo tanto lo único progresivo pasa por la “autoorganización del pueblo” y la “formación de milicias para imponer un gobierno obrero y popular”. Desde esta perspectiva, en el mundo árabe todas las fracciones burguesas o pequeño-burguesas son lo mismo.

El viejo argumento ultraizquierdista y Trotsky

Sostengo que el argumento que acabo de presentar es una variante de la vieja tesis ultraizquierdista que decía que los socialistas debían abstenerse de tomar partido entre un régimen democrático burgués, y una dictadura. Para ver por qué, vayamos primero a la Rusia revolucionaria de 1917. En febrero de 1917 fue derrotado el zarismo, por un movimiento revolucionario (aunque Lenin caracterizó que se trataba de un semigolpe de Estado), a partir del cual se instala un gobierno de coalición democrática. En julio de 1917, ese gobierno, encabezado Kerenski, desata una terrible represión contra los revolucionarios y encarcela a miles (según Trotsky) de bolcheviques. El objetivo era ahogar la revolución. En agosto se produce un intento de golpe militar, encabezado por el general Kornilov. Pues bien, si en ese momento los bolcheviques hubieran aplicado el criterio que defienden hoy algunos ultraizquierdistas, habrían concluido que Kornilov era igual a Kerenski, que no había que alinearse con ninguno, y que la salida era “el gobierno de los obreros y campesinos”. Es que el gobierno no había convocado a la Asamblea Constituyente; no había entregado la tierra a los campesinos; no había firmado la paz; y perseguía a los revolucionarios. Además, era evidente la influencia (hoy alguien diría “tutela”) de los imperialistas ingleses y franceses en el gobierno. Solo un “etapista”, que “no quiere traspasar los límites de la democracia liberal”, podía afirmar que Kerenski era distinto de Kornilov. Es la manera de razonar de algunos modernos discípulos de Trotsky. Pero en 1937 Trotksy escribía:

Los bolcheviques no permanecieron neutros entre los campos de Kerenski y Kornilov. Aceptaron el mando oficial mientras no fueron lo suficientemente fuertes para derribarlo” (España, última advertencia, Barcelona, Fontamara, p. 92). Trotsky señalaba, además, que el ascenso posterior de los bolcheviques solo fue posible porque supieron distinguir. Y precisaba que tomar partido no significaba enajenar la independencia política:

Los bolcheviques,aun participando en primer línea de la lucha contra Kornilov, no asumieron la menor responsabilidad por la política de Kerenski; al contrario, la denunciaron como responsable del asalto reaccionario y por incapaz de dominarlo” (ídem, p. 93). En un texto de 1931, también explicaba que “de no haber rechazado a Kornilov en agosto… él hubiera aniquilado a la flor de la clase obrera y en consecuencia dificultado la obtención de nuestra victoria sobre los conciliadores dos meses más tarde” (La lucha contra el fascismo en Alemania, Buenos Aires, Pluma, p. 54). Esto es, exactamente lo opuesto de lo que sostiene su moderno discípulo ultraizquierdista, que lo cita y defiende ciegamente, pero sin comprender de qué va el asunto.

Aprovecho también para discutir un argumento, que ... consiste en afirmar que “no hay que elegir entre el mal mayor y el mal menor”. ¿Es posible que alguien piense seriamente que se puede hacer política sin elegir entre diversos grados de “males”? Cuando Lenin y los bolcheviques eligieron enfrentar a Kornilov, eligieron el mal menor, a saber, que continuara el gobierno provisional. Cuando luchamos por una libertad democrático burguesa (formal), luchamos por un mal menor (continúa la dictadura del capital) frente a un mal mayor (que no haya ninguna libertad, siquiera formal). De nuevo, el ultraizquierdista ... levanta el dedo acusador: “etapismo”, “confianza en la democracia”, etc., etc. Ingenuamente cree que estos rezongos bastan para enfrentar la conciliación de clases, sin darse cuenta de que en el fondo la fomentan. Por supuesto, siempre es necesario tener criterio. El argumento “el mal menor” fue utilizado por el PC argentino, por ejemplo, para apoyar a Videla frente a un supuesto “mal mayor”. Pero por el hecho de rechazar estos dislates, no se puede deducir que siempre, y en todo lugar, esté prohibido distinguir entre el “mal mayor y el mal menor”. Todo esto es elemental.

Vayamos ahora a la guerra civil española. Con respecto a este conflicto, Trotsky no solo polemizó con los que apoyaban la política del Frente Popular, sino también con los ultraizquierdistas que ponían un signo igual entre la República y el fascismo. Es que los ultraizquierdistas protestaban: “¡Se nos quiere acorralar en la elección entre la democracia burguesa y el fascismo! ¡Esto es oportunismo puro! La revolución española, en el fondo, es la lucha entre el socialismo y el fascismo. La democracia burguesa no ofrece ninguna salida” (España,… p. 91). A lo que Trotsky respondía que había que partir del hecho “tal como es, es decir, como lucha armada entre dos campos sociales subyugados, en uno de los lados, por la democracia burguesa, y en el otro, por el fascismo abierto” (ídem, p. 92, énfasis mío). Y agregaba que había que reconocerlo para “encontrar una actitud justa ante esta lucha híbrida, para transformarla, desde adentro, en lucha por la dictadura del proletariado” (ídem).

... Para sus discípulos modernos, esta posición de Trotsky, que partía de la situación real existente, sería “etapista”, “democratizante”, y cosas por el estilo. Es penoso repetirlo, pero no se puede hacer política si no se parte de la realidad objetiva, y si no se comprende dónde estamos ubicados (entre otras cosas, si no se comprende que hoy los marxistas casi no influenciamos en nadie).

Ejemplos actuales, América Latina

Una posible respuesta a los ejemplos históricos que acabo de presentar es que, después de todo, en Rusia había soviets, y el zarismo había sido derribado por una revolución; y que en España había fuerzas socialistas muy desarrolladas, y la monarquía había caído por un movimiento de tipo revolucionario (aunque Trotsky también decía que “la burguesía se sacó de encima a la monarquía”). Pero, continúa el moderno ultraizquierdista, las democracias actuales no tienen nada que ver con estos casos, ya que las transiciones desde las dictaduras han sido controladas, casi invariablemente, por los “factores de poder”, el gran capital y el Estado.

En aras de debatir el argumento en su estado puro, aceptemos que hay grandes diferencias entre la proclamación de la república española, y la instalación de democracias en América Latina. Podemos afirmar que en Chile, Argentina o Brasil, la transición se dio sin rupturas revolucionarias, y con conservación de muchos elementos del viejo régimen (Chile tal vez es el caso más claro). Todo esto lo podemos compartir. Sin embargo, ¿autoriza esta circunstancia a poner un signo igual entre las democracias capitalistas y las dictaduras? Tomemos el caso de Chile. Supongamos que mañana ocurre un alzamiento militar. ¿Decimos que hay que cruzarse de brazos, porque después de todo Piñera o Bachelet son iguales a Pinochet, ya que la transición fue controlada? Si el golpe ocurre en Argentina, ¿también sostenemos que los marxistas tenemos que abstenernos, porque “se trata de dos campos burgueses”, y los gobiernos democráticos no han convocado a una “verdadera” Asamblea Constituyente, han mantenido la estructura del ejército, han reprimido protestas sociales, etc., etc.? Mi posición es que no son iguales las condiciones que existen para la organización de trabajadores y de las fuerzas socialistas en Argentina o Chile en la actualidad, que en la época de las dictaduras. ¿Alguien sostiene seriamente que esto no es así?

Democracias “tuteladas”

... vuelvo un momento sobre el argumento -”nacional y popular” en el fondo- de que las democracias actuales (digamos, del tipo de las de Argentina, Brasil, Chile y tantos otros países atrasados) son “tuteladas”. La idea de que un gobierno está bajo “tutelaje” se enlaza con la tesis de que después de todo el estatus de estos países es de “colonias” o “semicolonias”, que no existen gobiernos propios, y por lo tanto está planteada la “liberación nacional”. De ahí hay un paso a argumentos del tipo “Cristina K tiene actitudes ‘cipayas’”, “Hay que defender al país del saqueo imperialista”, “Las potencias nos explotan”, etc. He criticado estas ideas, y la tesis “liberación nacional” en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, y no me extiendo aquí sobre ello. Solo señalo que todo indica que los gobiernos de los países dependientes responden, antes que nada, a los intereses de las propias burguesías nativas, y nada apunta a que son “agentes coloniales” de las potencias. Argentina o Chile, como “países”, no son explotados; la única relación de explotación (por lo menos económicamente relevante) es la que se existe entre el capital (nacional o extranjero, esto no tiene importancia) y el trabajo.

En conclusión, en el caso de Libia y otros países árabes, la postura que he criticado en esta nota (llevó) a plantear que, desde el punto de vista de los avances democráticos, no existe ningún bando progresivo. “Si los sublevados en Libia, o Siria, etc., no establecen en su programa la convocatoria a la Asamblea Constituyente, el llamado a milicias, la depuración del ejército y el Estado, etc., son iguales a las dictaduras”, dice nuestro ultraizquierdista. Si a esto le agregamos el argumento nacional – “los sublevados se convirtieron en agentes de la colonización a partir del momento en que aceptaron la intervención de la OTAN”- el lazo está cerrado. En esta lógica, si se aplasta(ba) a los sublevados, no se est(aba) aplastando a la vanguardia de un movimiento democrático (no hay diferencias en este sentido con el régimen de Khadafy), sino a la avanzada de una empresa imperialista colonizadora, al servicio de las potencias extranjeras. Desde esta perspectiva, es imposible eludir la conclusión de que solo cabría desear el triunfo de Khadafy.

2/4/2011

rolandoastarita


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