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Anticapitalistes
  
dimarts 16 d’agost de 2016 | Manuel
Más allá del "arco iris" (2004).

Slavoj Žižek

El enigmático espectáculo de un suicidio colectivo a gran escala siempre resulta fascinante. Pensemos en los cientos de seguidores de la secta de Jim Jones que ingirieron, obedientes, veneno en su campamento de la Guyana. En el terreno económico, eso mismo está sucediendo hoy en Kansas. Ése es el objeto de este excelente libro de Thomas Frank. La sencillez de su estilo no debe impedir que veamos su análisis político afilado como una cuchilla. Fijando su atención en Kansas, cuna de la revuelta populista conservadora, Frank describe con acierto la paradoja fundamental de su construcción ideológica: el desfase, la falta de cualquier conexión cognitiva, entre los intereses económicos y las cuestiones “morales”. Si ha habido alguna vez un libro que deba leer quien esté interesado en las extrañas torsiones de la política conservadora de hoy, ése es ¿Qué pasa con Kansas?

¿Qué sucede cuando la oposición de clase de base económica (agricultores pobres y obreros contra abogados, banqueros y grandes empresas) se traspone/codifica como la oposición entre los honrados trabajadores cristianos y buenos americanos por un lado, y los progresistas decadentes que beben café a la europea y conducen coches extranjeros, defienden el aborto y la homosexualidad, se burlan del sacrificio patriótico y del estilo de vida sencillo y “provinciano”? El enemigo es visto como el progre que quiere minar el estilo de vida auténticamente americano por medio de intervenciones federales (desde la integración de los escolares negros hasta obligar a enseñar el evolucionismo darwiniano y las prácticas sexuales perversas). Así, el principal interés económico es el de liberarse del Estado fuerte que carga de impuestos a la población que trabaja duro para financiar sus intervenciones reguladoras: el programa económico mínimo es “menos impuestos, menos normas”.

Ataques evangélicos

Desde la perspectiva habitual de una búsqueda ilustrada y racional de los intereses personales, la incongruencia de esta posición ideológica es evidente. Los conservadores populistas están votando literalmente por su propia ruina económica. Menos impuestos y menos regulación significan más libertad para las grandes empresas que están quitando el mercado a los agricultores empobrecidos. Menos intervención estatal significa menos ayudas federales a los pequeños agricultores, etc. A los ojos de los populistas evangelistas norteamericanos, el Estado es un poder ajeno y, junto con la ONU, un agente del Anticristo: restringe la libertad del cristiano creyente, lo libera de la responsabilidad moral de la autodeterminación y, de ese modo, mina la moralidad individualista que hace de cada uno de nosotros el arquitecto de su propia salvación. ¿Cómo hacer cuadrar esta idea con la inaudita expansión del aparato estatal bajo el gobierno Bush?

No es sorprendente que las grandes empresas estén encantadas de aceptar esos ataques evangelistas contra el Estado, cuando el Estado trata de regular la concentración de medios de comunicación, de imponer restricciones a las empresas energéticas, de reforzar las normas contra la contaminación atmosférica, de proteger la naturaleza, de limitar la tala de árboles en parques nacionales, etc. Es una ironía extrema de la historia que un individualismo radical sirva de justificación ideológica del poder sin límites de lo que la enorme mayoría de las personas percibe como un gran poder anónimo que, sin control público democrático alguno, regula sus vidas.

Por lo que se refiere al aspecto ideológico de su lucha, Thomas Frank dice una obviedad que, a pesar de serlo, necesita ser dicha: los populistas están librando una guerra que no puede ser ganada. Si los republicanos efectivamente prohibiesen el aborto, prohibiesen la enseñanza de la evolución, sometieran a la regulación federal a Hollywood y a la cultura de masas, ello se traduciría inmediatamente no sólo en su derrota ideológica sino en una depresión económica a gran escala en los Estados Unidos. El resultado es, por ello, una debilitante simbiosis: aunque esté en desacuerdo con la agenda moral populista, la clase dirigente tolera esta “guerra moral” como medio de controlar a las clases inferiores, es decir, como medio que permite a esas clases expresar su propia rabia sin que sus intereses económicos se vean afectados. Eso significa que la guerra cultural es una guerra de clase, pero desplazada, en contra de lo que piensan los que creen que vivimos ya en una sociedad sin clases.

De todos modos, eso no hace más que volver más impenetrable aún el enigma: ¿cómo es posible ese desplazamiento? La respuesta no se halla en la “estupidez” ni en la “manipulación ideológica”. Es evidente que no basta con decir que las primitivas clases inferiores sufren el lavado de cerebro de los aparatos ideológicos y que, por ello, no son capaces de identificar sus verdaderos intereses. Al menos deberíamos recordar que hace unos decenios la propia Kansas fue cuna de un populismo progresista en los Estados Unidos y la gente no se ha vuelto más estúpida en los últimos decenios. Tampoco basta con proponer la “solución Laclau”: no existe una conexión “natural” entre una determinada posición socioeconómica y la ideología que la acompaña, por lo que no tiene sentido hablar de “engaño” ni de “falsa conciencia”, como si existiera una norma que estableciera la conciencia ideológica “adecuada” inscrita en la misma situación socioeconómica “objetiva”. Toda construcción ideológica es el resultado de una lucha hegemónica para establecer/imponer una cadena de equivalencias, una lucha cuyo resultado es por completo contingente y no está garantizado por ninguna referencia externa como la “posición socioeconómica objetiva”.

Lo primero que hay que señalar es que hacen falta dos para librar una guerra cultural. La cultura también es el argumento ideológico dominante de los progresistas “ilustrados” cuya política se centra en la lucha contra el sexismo, el racismo y el fundamentalismo y a favor de la tolerancia multicultural. La cuestión clave es, por tanto, la de por qué la “cultura” está emergiendo como nuestra categoría central acerca de la vida y del mundo. Nosotros ya no creemos “de verdad”, sino que nos limitamos a seguir (algunos de) los ritos y costumbres religiosas como signo de respeto por el “estilo de vida” de la comunidad a la que pertenecemos (judíos no creyentes que respetan las reglas de alimentación kosher “por respeto a la tradición”, etc.). “En realidad no creo, pero es parte de mi cultura” parece ser la modalidad predominante de la fe abandonada/dislocada característica de nuestro tiempo: aunque no creamos en Papá Noel, en diciembre hay un árbol de Navidad en cada casa e incluso en lugares públicos. “Cultura” es el nombre que damos a todas aquellas cosas que hacemos sin creer de verdad en ellas, sin “tomárnoslas en serio”.

La segunda cosa a señalar es que, mientras profesan la solidaridad con los pobres, los progresistas codifican una cultura de guerra con un mensaje de clase opuesto. Con mucha frecuencia, su batalla por la tolerancia multicultural y por los derechos de la mujer marca la posición opuesta a la intolerancia, el fundamentalismo y el sexismo patriarcal de los que se acusa a las “clases inferiores”. Su modo de resolver esta confusión es focalizar sobre términos de mediación cuya función es ocultar las verdaderas líneas divisorias. El modo en el que se utiliza la “modernización” en la reciente ofensiva ideológica es ejemplar. Se empieza por construir una oposición abstracta entre los “modernizadores” (los que suscriben el capitalismo global en todos sus aspectos, económicos y culturales) y los “tradicionalistas” (los que se oponen a la globalización). En esa categoría de los–que–se–resisten se incluye a continuación a todos, desde los conservadores tradicionalistas y la derecha populista hasta la vieja izquierda (los que siguen defendiendo el Estado del bienestar, los sindicatos, etc.).

Esta categorización capta una parte de la realidad social (pensemos en la coalición de la Iglesia y los sindicatos que impidió en Alemania en 2003 la apertura dominical de los comercios). Sin embargo, no basta con decir que esa “diferencia cultural” atraviesa todo el terreno social, dividiendo estratos y clases diferentes. No basta con decir que esa oposición puede combinarse con otras oposiciones (por lo que podríamos tener una resistencia conservadora a la “modernización” global capitalista fundada en los “valores tradicionales”, y conservadores en lo moral que suscriben plenamente la globalización capitalista).

El hecho de que la “modernización” no haya funcionado como clave para la totalidad social significa que se trata de una noción universal “abstracta” y la apuesta del marxismo es que sólo existe un antagonismo (“lucha de clases”) que “sobredetermina” a todos los demás y sirve así de “universal concreto” de todo el campo. La lucha feminista puede hallar sentido si se engarza con la lucha por la emancipación de las clases inferiores, o bien puede funcionar (y desde luego funciona) como un instrumento ideológico con el que las clases medias y altas afirman su superioridad sobre las clases inferiores “patriarcales e intolerantes”. Y aquí el antagonismo de clase parece estar “doblemente inscrito”: es la específica constelación de la propia lucha de clases la que explica por qué las clases superiores se han apropiado de la batalla feminista. Lo mismo vale para el racismo: es la propia dinámica de la lucha de clases la que explica por qué el racismo directo es fuerte entre los trabajadores blancos de las clases inferiores.

La tercera cosa de la que hay que tomar nota es la diferencia fundamental entre la lucha feminista/antirracista/antisexista y la lucha de clases. En el primer caso, el objetivo es traducir el antagonismo en diferencia (coexistencia “pacífica” de sexos, de religiones, de grupos étnicos), mientras que el objetivo de la lucha de clases es precisamente el contrario, es decir, “radicalizar” la diferencia de clases para transformarla en antagonismo de clase. Por eso la serie raza–género–clase oculta la diferente lógica del espacio político en el caso de la clase: mientras la batalla antirracista y la antisexista se guían por la búsqueda del pleno reconocimiento del otro, la lucha de clases trata de vencer y someter, incluso aniquilar, al otro. Aunque no se trate de una aniquilación física directa, la lucha de clases tiende a la aniquilación del rol y la función sociopolítica del otro. En otras palabras, aunque sea lógico decir que el antirracismo quiere que a todas las razas se les permita afirmar y desarrollar libremente sus objetivos culturales, políticos y económicos, no tiene evidentemente sentido decir que la lucha del proletariado tiene por objetivo permitir a la burguesía afirmar plenamente su identidad y sus objetivos sociales… En un caso se trata de una lógica “horizontal” de reconocimiento de identidades diferentes mientras que, en el otro, se trata de la lógica del combate contra un antagonista.

Aquí, paradójicamente, es el fundamentalismo populista el que conserva esta lógica del antagonismo, mientras que la izquierda progresista sigue la lógica del reconocimiento de las diferencias, de la neutralización de los antagonismos haciendo coexistir las diferencias. Las campañas de la base conservadora y populista han hecho suya la vieja posición de la izquierda radical de la movilización y la lucha contra la explotación de las clases altas. Esta inesperada inversión sólo es una de una larga serie.

En los Estados Unidos de hoy, los papeles tradicionales de los demócratas y los republicanos casi se han invertido: los republicanos gastan los dineros del Estado generando déficits récord, construyendo de hecho un Estado federal fuerte y desarrollando una política de intervencionismo global, mientras los demócratas defienden una política fiscal rigurosa que, bajo el gobierno Clinton, llegó a abolir el déficit público. Hasta en la delicada esfera de la política socioeconómica, los demócratas (lo mismo vale para Blair en el Reino Unido) suelen desarrollar el programa neoliberal que busca la abolición del Estado del bienestar, la reducción de los impuestos, las privatizaciones, mientras que Bush ha propuesto una medida radical de legalizar la situación de millones de trabajadores clandestinos mejicanos y ha hecho más accesible la asistencia sanitaria a los jubilados. El caso extremo es el de los grupos survivalistas del Oeste de los Estados Unidos. Aunque su mensaje ideológico sea el del racismo religioso, todo su modo de organización (pequeños grupos ilegales que combaten contra el FBI y otras agencias federales) los convierte en un inquietante doble de los Panteras Negras de los 60.

Así pues, no sólo debemos rechazar el fácil desprecio progresista por los fundamentalistas populistas (o, peor aún, el lamento paternalista por lo manipulados que están), sino que debemos rechazar los términos mismos de la guerra cultural. Aunque, como es lógico, un representante de la izquierda radical debería apoyar, en el contenido concreto de gran parte de las cuestiones en disputa, la posición progresista (a favor del aborto, contra el racismo y la homofobia), no se debe olvidar que, a largo plazo, es el fundamentalista populista, y no el progre, el que constituye nuestro aliado. Con toda su rabia, los populistas no están lo bastante rabiosos: no son lo bastante radicales para percibir la conexión entre el capitalismo y la decadencia moral que deploran. Pensemos en el malvado lamento de Robert Bork acerca de nuestra “inclinación hacia Gomorra”: “La industria del ocio no está imponiendo la depravación a un público americano reticente. La demanda de decadencia está ahí. Eso no disculpa a los que venden ese material degenerado, como la demanda de crack no disculpa al traficante. Pero debemos recordar que el error está en nosotros mismos, en la naturaleza humana no limitada por fuerzas externas”.

¿Sobre qué se funda, exactamente, esa demanda? Aquí es donde Bork muestra su cortocircuito ideológico. En vez de señalar con su dedo la lógica misma del capitalismo que para sostener su expansión debe crear demandas nuevas, y admitir entonces que al combatir la decadencia consumista se está combatiendo una tendencia que se halla en el corazón mismo del capitalismo, sitúa el problema en la “naturaleza humana” que, dejada a sus anchas, acaba por querer la depravación y necesita por ello un control y una censura constantes: “La idea de que los hombres son criaturas naturalmente racionales y morales sin necesidad de fuertes limitaciones externas se ha deshecho con la experiencia. Existe un creciente mercado que pide a gritos depravación y lucrativas industrias dedicadas a ofrecerla”.

Inversión progre

Un punto de vista como ése representa, sin embargo, una dificultad para los guerreros de la cruzada moral contra el comunismo, dado que los regímenes comunistas de la Europa del Este fueron derribados por los tres grandes antagonistas del conservadurismo: la cultura juvenil, los intelectuales de la generación de los 60 y los trabajadores que seguían creyendo en la solidaridad frente al individualismo. Ese fantasma reaparece en Bork: en una conferencia, hizo una referencia en tono de desaprobación a la actuación de Michael Jackson en la SuperBowl en la que se puso la mano en la entrepierna. “Otro orador me contestó con aspereza que precisamente el deseo de poder asistir a ese tipo de espectáculos de la cultura americana fue el que hizo caer el muro de Berlín. Esa me parece una razón tan buena como cualquier otra para levantar de nuevo el muro.” Aunque Bork sea consciente de lo paradójico de la situación, es evidente que no ve su aspecto más profundo.

Pensemos en la definición de Jacques Lacan de la comunicación lograda: yo recupero del otro mi mensaje en su (verdadera) forma invertida. ¿No es eso lo que les está sucediendo hoy a los progresistas? ¿No están, tal vez, recuperando su propio mensaje de los populistas conservadores en su forma verdadera/invertida? En otras palabras, ¿no son los populistas conservadores el síntoma de los progresistas ilustrados tolerantes?

El inquietante y ridículo redneck (el blanco paleto y pobre /1) de Kansas que despotrica furioso contra la corrupción progresista, ¿no es acaso la misma figura en la que el progre se encuentra con la verdad de su propia hipocresía? Así pues, tendremos que ir (por citar la canción más famosa sobre Kansas, Over the rainbow del Mago de Oz) más allá del arco iris, más allá de la coalición arco iris de las luchas sobre cuestiones parciales, la predilecta de los progresistas radicales, y tener el valor de buscar un aliado en aquél que aparece como el enemigo extremo del progresismo tolerante.

Publicado en Il manifesto, 7 de octubre de 2004. Traducción al castellano de Manuel Aguilar Hendrickson. Se publicó en el número 202 de El Viejo Topo (enero, 2005).

N de T:

1. Redneck

+ Info:

EEUU: ¿Por qué millones de trabajadores norteamericanos apoyan a Trump? Thomas Frank

¿Qué pasa con Kansas? Thomas Frank

EE.UU.: clase obrera, "precariado", huelgas y estrategia socialista revolucionaria. Charlie Post

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