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diumenge 17 de juliol de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 8 (conclusión). La consolidación del dominio burocrático.

Rolando Astarita

Parte 7 aquí

La consolidación del dominio burocrático

Desde principios de los treinta el gobierno soviético fue escalando en medidas represivas. En 1930 se creó el GULAG (Administración Principal de Campos de Trabajo del ministerio Soviético del Interior, NKVD). Se trataba de un sistema penitenciario complejo, conformado por campos, colonias, prisiones y asentamientos forzados. En los primeros años los campos se poblaron principalmente de campesinos deportados (unas dos millones de personas), acusados de “robo de la propiedad estatal” o “sabotaje” (especialistas “burgueses”, obreros que díscolos), curas, elementos sospechosos. A partir de 1933 también hubo un creciente flujo de cientos de miles de deportados por razones étnicas. Por otra parte, y marcando el inicio del giro a la derecha, en 1932 Stalin puso un abrupto freno a la Revolución Cultural y a los movimientos de las comunas fabriles.

De todas maneras, hasta el asesinato de Kirov, que ocurre a fines de 1934, la represión a la oposición política se suavizó. Incluso en 1934 se asistió a una especie de liberalismo y reconciliación en el Partido. Zinoviev y Kamenev fueron readmitidos, e invitados al XVII Congreso del Partido. Este se realizó en febrero, y proclamó la victoria del socialismo (para lo que sigue, Getty 1991). Ya no había enemigos a los que combatir y la dictadura del proletariado podía relajarse. Se tomaron algunas medidas para aliviar las tensiones. Se eliminó el racionamiento del pan, se readmitieron viejos oposicionistas en el Partido y se prometió que habría más libertad para los escritores. Se habló de intensificar las actividades de propaganda y educación, como alternativa a las medidas represivas. Asimismo se dispuso la redacción de una nueva Constitución. Se implantaría el sufragio universal y se garantizarían derechos civiles elementales. En el plano internacional, la política giró hacia los frentes populares y la unidad anti-fascista, y por la democracia. Se definió a la URSS como un “Estado socialista de obreros y campesinos” (anteriormente era “Estado de trabajadores libres de la ciudad y del campo”). El proyecto de Constitución se publicó en junio de 1936 y se sometió a discusión pública. Muchas personas hicieron llegar observaciones, aportes.

En principio el Gobierno autorizó elecciones abiertas para el Soviet Supremo. Elecciones abiertas significaba que cada puesto podía ser disputado por todos los candidatos que estuvieran calificados para participar (aunque no estaba permitida la existencia de partidos políticos por fuera del PC). Pero en octubre de 1937 el Gobierno, temeroso de que se expresara el descontento, dispuso que solo pudiera presentarse un candidato por puesto. Era una manifestación del extrañamiento de la alta dirección con relación a las masas trabajadoras.

Por otra parte, con el asesinato de Kirov la represión volvió a incrementarse. Kirov era miembro del Politburó, cabeza de la organización partidaria de Leningrado y líder del ala conciliacionista. Hoy existen fundadas sospechas de que Stalin estuvo involucrado en su asesinato. En cualquier caso, a partir del atentado se desató un proceso en el cual no solo encontró la muerte toda la vieja guardia bolchevique, sino también cientos de miles de ciudadanos. Según el informe Kruschov al XX Congreso del PCUS, de los 139 titulares y suplentes del Comité Central elegidos en 1934, 98 fueron ejecutados, principalmente entre 1937-8; en tanto, 1108 delegados de los 1966 delegados al XVII Congreso fueron detenidos bajo la acusación de crímenes contrarrevolucionarios” (citado por Rosefielde, 1996). Ellman (2002) calcula que solo en el período 1937-1938 hubo entre 950.000 y 1,2 millones de muertos por la represión; la mayoría por fusilamiento.

La magnitud que alcanzó la represión a lo largo de la historia del régimen soviético puede verse también en el siguiente dato: desde 1921 y hasta su desaparición, los sentenciados por motivos políticos habrían sido 6 millones de personas, de las cuales entre 3 y 3,5 millones habrían muerto fusiladas o en los campos de detención (Ellman, 2002, en base a archivos oficiales).

Se impuso entonces un clima de terror y delaciones que causó estragos a nivel de las relaciones sociales. Dice Fitzpatrick sobre las acusaciones y detenciones en los 1930: “El señalamiento en las reuniones de ‘autocrítica’ en oficinas y empresas, la acusación pública en periódicos, y la denuncia privada de ciudadanos estaban dentro de los mecanismos de selección. Las cadenas de asociaciones también fueron muy importantes. La NKVD [Ministerio del Interior] arresta a una persona y la interroga preguntando el nombre de sus socios criminales; cuando finalmente se quiebra y da algunos nombres, estos serían a su vez detenidos y el proceso continuaba. Cuando alguien era arrestado por ‘enemigo del pueblo’, familia, amigos y compañeros de trabajo, todos se convertían en candidatos de alto riesgo”.

Cualquiera cuyo nombre estaba en alguna de las listas sobre características dudosas –antiguos oposicionistas, ex miembros de partidos políticos, ex curas y sacerdotes, ex oficiales del Ejército Blanco, y similares- que mantenían las organizaciones locales, era pasible de ser señalado en aquel tiempo. En las aldeas, las familias que habían perdido un miembro durante la deportación de comienzos de los 1930, tenían elevada probabilidad de sufrir otra en 1937-8. En las fábricas, trabajadores que habían huido de las aldeas para escapar de la dekulakización unos pocos años antes, eran pasibles de ser ‘desenmascarados’ durante la Gran Purga. En las universidades, estudiantes eran denunciados como elementos ‘socialmente peligrosos’ por haber tenido padres kulaks o haber sido criados por un comerciante”. (…)

Para los comunistas y miembros del Konsomol (organización juvenil), cualquier mancha de una anterior asociación con las oposiciones de los 1920, contactos con oposicionistas, pasadas reprimendas partidarias, suspensiones o expulsiones del Partido, podían ser reflotadas de nuevo en 1937-8, ya fuera por señalamiento en las reuniones o denuncias secretas (…) Un hombre que, en el espíritu del deber partidario, había denunciado a su suegro como un kulak años antes era expulsado del Partido por sus conexiones con elementos ‘ajenos’ en 1937”.

El terror se expandía tanto por los que denunciaban a otros, como por los que eran portadores de la plaga y contaminaban a los que entraban en contacto ellos. El clima que se respiraba era de recelo y miedo. Un testigo de la época, citado por Fritzpatrick: “El menor incidente era fatal. Tu esposa tiene una discusión con su vecino y ese vecino escribirá una carta anónima a la NKVD y estarás en problemas”.

A su vez, se tomaron medidas de sentido reaccionario. En 1934 se castigó la homosexualidad con penas que iban de tres a cinco años de trabajos forzados. Junto con la prohibición de la homosexualidad, se definió a esta como una “perversión sexual” (Gran Enciclopedia Soviética de 1936). En 1935 se aprobó una ley que bajó la edad de responsabilidad penal a los 12 años; de esta manera los niños recibían trato y penas de adultos. En 1936 el Gobierno emitió un decreto por el que se hizo más difícil el divorcio: por el mismo se disponía que las partes tuvieran que ir a la Corte y negociar. Ese año también se prohibió el aborto, a menos que la vida de la mujer estuviera en peligro; recién volvió a legalizarse en 1955. El papel del padre fue fortalecido como una figura de autoridad que reforzaba los principios morales del régimen soviético en el hogar. “Los jóvenes deben respetar a sus mayores –apuntaba el Komsomolskaya Pravda en 1935–, uno debe respetar y amar a sus padres, incluso si son anticuados y no les gusta el Komsomol”. Fue exaltado el rol de la mujer en el hogar. Una expresión del clima de época fue la creación, en 1934, de un movimiento social de esposas activistas (movimiento obshchestvennitsa), que involucró a decenas de miles de amas de casa para trabajo voluntario en servicios sociales (Balmas Neary, 1999). Participaron principalmente las esposas de los administradores de empresas e ingenieros, pero también de oficiales del ejército, stajanovistas, obreros, resaltando el rol de la mujer como madre, y brindando cursos de educación, salud e higiene. En 1941, con la guerra, el movimiento cesó.

Por otra parte, a fines de la década se impusieron medidas represivas sobre la clase obrera. “Un giro político de finales de los 1930 que merece atención debido a su impacto en la vida cotidiana fue el endurecimiento de la disciplina laboral con las leyes de 1938 y 1940, que introdujeron castigos más estrictos por ausentismo y llegadas tarde al trabajo” (Fitzpatrick, 1999). La ley de 1940 imponía penas criminales para todo trabajador que llegara 20 minutos tarde. Dado que el transporte público no era confiable, para no mencionar el estado de los relojes soviéticos, esto puso a cada persona empleada bajo riesgo y generó un gran resentimiento entre la población urbana. Agrega Fitzpatrick que “el impacto negativo de las leyes laborales fue posiblemente mayor que el de las Grandes Purgas, o de cualquier otra cosa desde las agudas carencias de comida y la fuerte caída de los niveles de vida al inicio de la década”.

Los efectos duraderos del giro de 1928-9

En octubre de 1933 Trotsky escribió (en “La naturaleza de clase del Estado soviético”) que al interior de la URSS la burocracia soviética conservaba un carácter progresivo “en tanto guardián de las conquistas sociales de la revolución proletaria”. También sostuvo que, a pesar del despilfarro de recursos y sus métodos, la burocracia estaba interesada, por su misma función, en el progreso económico y cultural del país. Pero por otro lado, y dados los fundamentos sociales del Estado soviético, pensaba que la mejora económica y cultural de las masas trabajadoras “debe tender a socavar las mismas bases del dominio burocrático”. Esto es, el desarrollo de las fuerzas productivas posibilitadas por la industrialización, junto a la desaparición del kulak y la economía campesina individual, generarían las condiciones para que los obreros y campesinos acabaran con la burocracia. En este pronóstico está contenida una valoración globalmente positiva del giro de 1928-9. Es la idea, extendida en la izquierda radical, de que la colectivización y la industrialización, a pesar de los costos inmensos en términos de vidas humanas y recursos, habrían tenido como saldo el fortalecimiento de los elementos socialistas por sobre los elementos capitalistas. De alguna manera este enfoque tiende a identificar el socialismo con la estatización y el fortalecimiento político de la clase obrera con su crecimiento numérico.

Con la ventaja de la perspectiva histórica, hoy podemos decir que el diagnóstico optimista de Trotsky no tenía manera de realizarse. Y el análisis del proceso de burocratización del propio Trotsky da una clave del porqué. Efectivamente, en La revolución traicionada, y refiriéndose a la situación en los años veinte, Trotsky apuntaba la fatiga y pérdida de iniciativa de la clase obrera. “A una intervención le seguía la otra. Los países de Occidente no prestaban ayuda directa. En vez del bienestar esperado, el país vio la miseria instalada por largo tiempo. Los representantes más notables de la clase obrera habían perecido en la guerra civil o, elevándose en cierto grado, se habían desprendido de las masas. Así sobrevino, después de una prodigiosa tensión de las fuerzas, esperanzas e ilusiones, un largo período de fatiga, depresión y desilusión. (…) Estas mareas llevaron al poder a una nueva capa dirigente”.

Pues bien, luego de la industrialización y colectivización forzosas, la situación solo pudo ser peor a la descrita por Trotsky. Las hambrunas de los treinta, tanto urbanas como rurales, y la vastedad de la represión, tienen que haber debilitado aún más la capacidad de respuesta frente a la burocracia. La fatiga física y psíquica de millones de seres humanos debió de haber sido incomparablemente mayor que la que existía en vísperas del giro de 1928-9. Por eso, y contra lo que piensa buena parte de la izquierda filo stalinista (¿y algunos trotskistas?), es imposible construir socialismo alguno sobre montañas de cadáveres. Dramas humanos de esta escala dejan abiertas heridas imposibles de superar durante generaciones. Alguien que ha visto morir a sus seres queridos y partir en deportación a sus vecinos, que ha debido callar sus pensamientos más íntimos por temor a ser acusado de “contrarrevolucionario”, que ha sufrido infinitas privaciones a la par que observaba cómo la dirigencia obtenía toda clase de beneficios, no pasa a convertirse, de la noche a la mañana, en un “ciudadano consciente y comprometido con la construcción socialista”. No sucede así incluso cuando ese ciudadano haya podido luego elevar su nivel de vida, o superarse culturalmente, como ocurrió en los 1950 y 1960 con el ciudadano soviético promedio. La ausencia de casi toda resistencia de los obreros y campesinos a la restauración capitalista en la década de 1990 tiene su explicación última en esta historia. Por eso, alguna vez también habrá que entender en la izquierda que el socialismo no es construcción voluntarista, ni de una vanguardia que pretenda sustituir a las masas trabajadoras, las únicas que pueden escribir la historia definitiva de su propia liberación.

Debilitamiento de los obreros y campesinos

A lo largo de los 1930, de hecho en la URSS hubo dos dinámicas sociales, hasta cierto punto, complementarias. Por un lado, la burocracia creció numéricamente y adquirió mayor poder, dada la estatización casi completa de la economía. Las granjas colectivas, los comercios y transportes estatizados, y en general todos los centros de vida económica y social necesitaban nuevos administradores. Los nuevos burócratas carecían de experiencia, tenían una pobre educación, eran ineficientes y con frecuencia prepotentes, pero eran necesarios para la administración de la economía y el Estado. A lo que se sumó la expansión del aparato represivo, necesario para sostener a esa burocracia y sofocar las tensiones sociales.

Por otra parte, y lógicamente, esa consolidación de la burocracia iba de la mano del apartamiento definitivo de los productores de la cualquier forma de control sobre los medios de producción, la economía y el Estado.

Así, en el campo y en la ciudad los productores directos perdieron, a lo largo de los 1930, toda posibilidad de controlar los medios de producción y el Estado. La vieja comunidad campesina fue borrada sin dar lugar a una forma superior de organización socialista de la producción. Con la colectivización forzada la alianza de los campesinos con el régimen soviético se quebró definitivamente, los campesinos fueron separados de la administración de sus medios de producción y del manejo de su destino económico. Al interior de las granjas colectivas se consolidó la división entre la administración, privilegiada, y el trabajador común. El responsable del koljós, los ingenieros, el contable, conformaban el estrato superior, y representaban al Estado; luego venían los trabajadores calificados, como los tractoristas; y por último, los campesinos, que hacían los trabajos tradicionales. Pero el control burocrático significaba también una extracción sistemática de excedente en favor de la burocracia. Como dice Viola (1996), la colectivización permitió no solo que el Estado extendiera su control sobre el campo, sino también que extrajera un tributo del campesino en la forma de grano y otros productos.

En lo que hace a la clase obrera, si bien creció numéricamente, y se elevó su nivel educativo, fue debilitada por las divisiones y la represión. Las divisiones tuvieron causas sociológicas –por caso, los obreros con un pasado reciente campesino, incluso kulak, y los de vieja tradición- como políticas –tal vez la más importante, entre stajanovistas y obreros comunes. A ello se sumó la represión “general”, antes mencionada, y la que se desató sobre dirigentes y militantes sindicales y comunistas, de las oposiciones de derecha o izquierda. Por otra parte, también pesaron las privaciones, la necesidad de asegurar la supervivencia diaria, incluso el hambre. En este clima, los sindicatos fueron sometidos al control de la burocracia, y se utilizaron para disciplinar a la clase trabajadora. Los soviets hacía mucho (¿desde la represión a Kronstadt?) que no tenían vida propia. Las direcciones de las empresas, y los ministerios, pasaron a estar más y más alejados de lo que pensaba y sentía el trabajador común.

Una vez más, sobre estatización, excedente y explotación

Un punto central del argumento que presento es que la estatización no define, de por sí, una relación socialista, o proletaria. Solo puede adquirir un carácter socialista si está puesta al servicio de la socialización de los medios de producción. Pero esto requiere la intervención consciente de los trabajadores, sean de la industria, los servicios o el campo. Dicho en otros términos, no se puede hablar del carácter progresivo de la propiedad estatal de los medios de producción al margen de las formas políticas del Estado en cuestión. Más aún, si la estatización está al servicio de la consolidación de una burocracia, que vive sistemáticamente del excedente y se opone a la socialización, no cabe hablar de su “naturaleza socialista”. Esta es la razón última de por qué no es posible afirmar que con la colectivización se fortalecieron los elementos socialistas en el régimen soviético.

Pero además, es fundamental considerar qué relación mantiene la propiedad estatal con la apropiación y distribución del excedente. Es que en la URSS, en los 1930, la ruptura de la alianza obrera y campesina, y el debilitamiento de largo plazo de los trabajadores, tuvieron como contrapartida la consolidación de un régimen que permitió la apropiación sistemática del excedente por parte de la burocracia. No se trató de una mera “norma de distribución burguesa”, como pretendía Trotsky, sino de una relación de explotación, dada su sistematicidad, organicidad y magnitud. En este respecto, en una nota anterior, y polemizando con un defensor de la posición de Trotsky, escribí: “…si los funcionarios reciben ingresos muchas veces superiores a los de un salario; si además, a fin de defender estos ingresos, parte del excedente lo destinan a mantener un gigantesco aparato represivo contra la clase obrera, podemos decir que hay explotación, y que el excedente se dedica, en buena parte, a sostenerla y reproducirla. Hay apropiación del excedente por el Estado, y explotación. Esto es lo que ocurría en la URSS; es lo que no ocurriría en un Estado obrero en transición al socialismo” (aquí).

En definitiva, la colectivización forzosa y la industrialización acelerada, lejos de consolidar a las fuerzas de izquierda, generaron las condiciones para el afianzamiento de la burocracia, y de un aparato de Estado que bloqueó y reprimió las fuerzas que podían haber apuntado hacia la socialización (entendida como el control efectivo de los medios de producción y de cambio, y del Estado, por los trabajadores). El fortalecimiento numérico de la clase obrera, y la desaparición del kulak como clase, no pueden disimular la naturaleza del proceso que ocurrió entre fines de la década de 1920 y los 1930, a saber, la desaparición de todo vestigio de “Estado en transición al socialismo”.

Bibliografía:

Balmas Neary, R. (1999): “Mothering Socialist Society: The Wife-Activists Movement and the Soviet Culture of Daily Life, 1934.41”, Russian Review, vol. 58, pp. 396-412.
Ellman, M. (2002): “Soviet Repression Statistics: Some Comments”, Europa-Asia Studies, vol. 54, 1151-1172.
Fitzpatrick, S. (1999): Everyday Stalinism Ordinary Life in Extraordinary Times. Soviet Rusia in the 1930s, Oxford University Press.
Getty, J. A. (1991): “State and Society under Stalin: Constitutions and Elections in the 1930s”, Slavic Review, vol. 20, pp. 18-35.
Rosefielde, S. (1996): “Stalinism in Post-Communist Perspective: New Evidence on Killings, Forced Labour and Economic Growth in the 1930s”, Europe-Asia Studies, vol. 48, pp. 959-87.
Trotsky, L. (1933): “The Class Nature of the Soviet State”.
Trotsksy, L. (1973): La revolución traicionada, Buenos Aires, Yunque.
Viola, L. (1996): Peasant Rebels under Stalin, New York, Oxford University Press.

16/7/2016

rolandoastarita.wordpress.com

Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 1 La NEP y su crisis (1921-1927). Parte 2 Industrialización y giro a la colectivización forzosa (1928-1929). Parte 3 Resistencias, represión y hambre (1930-1932). Parte 4 Hambruna y Primer Plan Quinquenal (1930-1932). Parte 5 Campesinado y clase obrera. Parte 6 Granjas colectivas, resistencia y evolución de la política agrícola. Parte 7. Formación de una nueva élite dirigente y desaparición de las comunas. Rolando Astarita


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