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dissabte 16 de juliol de 2016 | Manuel
Del orden revolucionario al orden antifascista. Conversación con Josep Antoni Pozo


¿Cómo fueron los primeros días de guerra en Barcelona?

Durante los días inmediatamente posteriores al 19 de julio, Barcelona vivió una situación excepcional, mezcla de esperanza, incertidumbre y euforia. Los acontecimientos proporcionaron argumentos que alimentaban continuamente cada una de estas sensaciones. La militancia obrera que se echó a la calle y que venció al Ejército estaba exultante, y no era para menos. La idea de que todo era posible, se adueñó de ella y contagió a muchísima gente. En medio de la sensación generalizada de que el Estado había desaparecido, la imagen de grupos de milicianos armados controlando los accesos y puntos neurálgicos de la ciudad, o la de los cuarteles militares ocupados por militantes obreros, incluida la Capitanía General, contribuyó enormemente a ello. Naturalmente, esta sensación coexistió con la inquietud con la que determinados sectores –y no me refiero solo a aquellos sectores que apoyaron directamente el golpe- vivieron el estallido de la revolución social que se produjo como respuesta a la acción de los golpistas. También, con la incertidumbre que generaba el hecho de que en algunas ciudades el golpe había triunfado, y por lo tanto, la situación estaba todavía por definir. Obviamente, a medida que pasaron los días sin que, por ejemplo, el objetivo de liberar Zaragoza se hubiera cumplido, la guerra apareció como una realidad tangible. Es decir, como algo que podía durar más tiempo de lo que la euforia desatada de los primeros momentos había hecho creer.

Institucionalmente, hablando….¿cómo se fueron desarrollando los acontecimientos?

De manera muy contradictoria. El gobierno de la Generalidad salió indemne de la sublevación militar en Barcelona, pero no obstante quedó seriamente tocado. De hecho, tal y como se ha descrito en infinidad de testimonios, las autoridades legales se vieron superadas por los acontecimientos y sin poder ejercer las funciones que tenían reservadas, especialmente, las que tenían que ver con el control del orden público. De esta manera, asistieron, sin poder impedirlo, a la transformación de una reacción defensiva –la respuesta popular al golpe militar- en un potente movimiento ofensivo que derivó rápidamente en una revolución social. Tras el fracaso de la sublevación militar, las organizaciones obreras adquirieron un protagonismo indiscutible, e impusieron su presencia en la calle y en la vida política de la ciudad. A partir de ese momento, quedó claro para muchos dirigentes que ninguna tarea política podría emprenderse con garantías de éxito sin contar con ellas, particularmente con la CNT. Partiendo de esta realidad, Companys recabó –y consiguió- el apoyo de las organizaciones obreras para crear una especie de comité de enlace. Tal y como él lo concebía, este comité debía convertirse en un organismo auxiliar del gobierno de la Generalidad, en unos momentos delicadísimos en los que necesitaba imperiosamente el concurso de todos los que se oponían al golpe. Conocía la discusión en el interior de la CNT, y además, en las conversaciones mantenidas con todos los dirigentes de las organizaciones, había constatado que nadie cuestionaba su continuidad como Presidente de la Generalidad. Esto fue lo que le animó a proponer una forma de colaboración con las organizaciones que no estaban en el gobierno, pero que dominaban de hecho la situación. Sin embargo, como es sabido, el desarrollo de los acontecimientos fue en otra dirección y el Comité Central de Milicias no fue exactamente un organismo auxiliar del gobierno, por más que muchos lo intentaron. La tesis de García Oliver y su grupo –mantener el gobierno de la Generalidad, pero paralelamente, convertir el Comité Central de Milicias en un poder revolucionario autónomo que garantizara las conquistas revolucionarias- se acabó imponiendo no sin contradicciones. La principal de ellas venía determinada por la paradoja tantas veces invocada, representada por el hecho de que quienes podían gobernar no querían hacerlo, y quienes querían hacerlo no podían. Naturalmente esta dualidad no podía prolongarse en el tiempo, y se acabó resolviendo como es conocido también, con la integración de todas las organizaciones obreras en el gobierno de la Generalidad.

¿Cómo llegó Josep Tarradellas a hacerse con el poder….quizás por conocer mucho otras gentes, regiones y escenarios….?

Al margen de las cualidades personales de Tarradellas, es muy difícil entender el papel y protagonismo que adquirió en aquellos momentos, sin tener en cuenta obviamente las circunstancias que concurrieron. Entre las más importantes, cabe destacar en particular todas aquellas que derivaron del hundimiento del poder legal. Hundimiento que produjo un cortocircuito en el funcionamiento normal de las instituciones, al que se añadió la defección de muchos consejeros y altos cargos que dejaron literalmente solo a Companys. Todo ello nos remite a otra circunstancia que conviene remarcar y que tiene que ver con la imposibilidad de seguir haciendo política a la manera “tradicional”, es decir, como antes del 19 de julio. Fue en este contexto, en el que la capacidad y la habilidad de Tarradellas para moverse en el nuevo escenario, ganaron peso y se convirtieron en su mejor carta de presentación. Por otro lado, desde su distanciamiento con Companys en 1933, había estado retirado de la política, un hecho que en otras circunstancias tal vez le hubiera supuesto una dificultad, pero que acabó convirtiéndose en una especie de aval político que le permitió asumir más fácilmente su nuevo papel. De hecho, quienes podían reprocharle algo por sus divergencias pasadas, habían abandonado prudentemente la escena política durante los primeros momentos. Por otro lado, Tarradellas –igual que Companys- entendieron perfectamente el papel que les tocaba jugar a ellos y que tenía como premisa fundamental el reconocimiento del papel hegemónico de las organizaciones obreras. Naturalmente, tanto el uno como el otro, intentaron darle la vuelta a la situación siempre que pudieron, pero por esta misma razón, aparecieron ante determinados sectores, como los únicos con capacidad para hacerlo.

Companys y Tarradellas; Tarradellas y Companys… ¿cómo su relación y sus interferencias influyeron con el resto de situaciones….?

Es conocido que a partir de un momento determinado, las diferencias entre ellos se manifestaron a consecuencia de la crisis del gobierno de la Generalidad de abril de 1937, que destapó a su vez las distintas apreciaciones que tenían en relación al reordenamiento del bloque antifascista como eje de reconstrucción del Estado republicano. Desde que se constituyera en septiembre de 1936 el primer gobierno Tarradellas con la participación de todas las organizaciones obreras, hasta la primera crisis producida en diciembre de ese mismo año, y después de marzo-abril, tras el enésimo conflicto con los consejeros cenetistas a propósito de la reorganización de los servicios de orden público, Companys llega a la conclusión de que la participación de la organización confederal en el gobierno de la Generalidad ya no es imprescindible como hasta ese momento. La política de unidad antifascista exige una disciplina que los dirigentes cenetistas no le garantizan, y por otro lado, a principios de 1937, Companys parece estar muy seducido por el cada vez más influyente PSUC, un partido que se opone decididamente al avance de la revolución social porque en su opinión causaría un grave perjuicio a la lucha contra el fascismo. Piensa que la CNT ha perdido predicamento entre las masas obreras en favor del PSUC y que ha llegado el momento de imponer una disciplina antifascista cueste lo que cueste. Por su parte, Tarradellas consideraba que esta política era un suicidio y que no había que dejar de lado a la organización confederal como pretendía Companys, tal vez espoleado por el cónsul soviético en Barcelona.

Este fue el punto de partida de las discrepancias entre uno y otro, que se agriaron con las maniobras que, según Tarradellas, se emplearon contra él para hacerlo fracasar en las negociaciones que tuvieron lugar para resolver la crisis de abril de 1937.

¿Por qué esa pugna por el poder en Cataluña, fue más encarnizada que en otros lugares?

No creo que fuera más encarnizada que en otros sitios. Desde luego, sí más visible y “espectacular” porque en Cataluña la revolución social estuvo mucho más cerca de triunfar plenamente y eso determinó muchas conductas. Si nos referimos a la pugna que acabó en los Hechos de mayo, el choque fue evidente. Pero a la luz de los acontecimientos ocurridos en Barcelona y en otras poblaciones, creo que no es descabellado afirmar que respondieron de alguna forma a los intentos del antifascismo oficial de cercenar cualquier posibilidad de cristalización de una oposición revolucionaria, al mismo tiempo que marcaron los límites de ésta.

Así con la lectura de este libro se entiende que los “hechos del 37” son otro episodio más, puede que el más conocido y el más violento…..pero la cosa ya venía alimentándose….Coméntanos.

Efectivamente, los Hechos de Mayo son la expresión de la crisis del antifascismo, perfectamente visible por otro lado en la lucha política que sacudió toda la retaguardia catalana desde finales de 1936, y que tuvo continuidad durante todo el primer trimestre de 1937. Representa –los Hechos de Mayo- la constatación de que el restablecimiento de un orden antifascista opuesto a la revolución social, no podía hacerse por métodos pacíficos. Llegados a este punto, me parece necesario puntualizar que, aunque a menudo se presenten los acontecimientos del mes de mayo como una pugna entre partidos que luchaban por conseguir la hegemonía, creo que esta apreciación es insuficiente para comprender el alcance y significado de lo que sucedió. Si todo se reduce a esto, ¿cómo entender entonces que García Oliver y Federica Montseny corrieran hacia Barcelona para, igual que hicieron otros dirigentes de otras organizaciones, pedir a sus compañeros que desmontaran las barricadas y abandonaran la lucha? A mi modo de ver, la ocupación de la Telefónica por la policía, y sobre todo, la declaración del Gobierno de la Generalidad avalando esta acción, fue interpretada no como una simple provocación o demostración de fuerza para recuperar un espacio vital para cualquier gobierno, sino como el inicio de una operación destinada a acabar con las conquistas revolucionarias e imponer definitivamente una disciplina antifascista. De ahí la respuesta que tuvo en forma de levantamiento de barricadas por toda la ciudad, pero también en forma de huelga en las fábricas. Los continuos enfrentamientos durante los meses precedentes entre miembros de los cuerpos policiales “oficiales” y elementos de las Patrullas de Control, o las continuas denuncias que tenían como referencia la composición de los ayuntamientos pero que en realidad escondían la lucha por la propiedad de la tierra, anunciaban ya algo más que una simple lucha entre siglas. Los acontecimientos ocurridos días antes de mayo en Bellver de Cerdanya convencieron a muchos militantes que el curso “contrarrevolucionario” iba en serio y amenazaba directamente con la eliminación física a todo aquel que se pusiera por medio.

¿Cómo fue la convivencia en la retaguardia catalana después de este aciago mayo del 37?

Es difícil responder a esta pregunta. Desde el punto de vista de las relaciones entre las organizaciones, aparentemente no tuvieron una incidencia especial entre sus dirigentes. A ello contribuyó enormemente el hecho de que, en ausencia de un debate político –la disciplina antifascista ahogaba esta posibilidad-, más que nunca la guerra y sus consecuencias acapararon todas las preocupaciones de la gente. En paralelo, es posible encontrar elementos que denotan una cierta desmoralización en sectores de la clase obrera que difícilmente pueden disociarse de lo que sucedió en mayo del 37. También es cierto que la CNT y en general el movimiento libertario, sufrieron una profunda transformación operada al compás del proceso de recomposición del Estado, que llevaría –como señaló Peirats- a desfigurar las organizaciones y a hacerlas irreconocibles. De hecho, a partir del verano de 1937, y hasta el final de la guerra, el único vestigio que queda de los Hechos de Mayo son los centenares de presos, la mayoría cenetistas, a los que la dirección de la organización confederal intentó silenciar de mil maneras. En estos sectores y, por descontado, en los que el POUM conservaba a pesar de todo alguna influencia, hubo una crítica violentísima que contrastó con la “unanimidad” antifascista. Hubo intentos de transformar la crítica en una alternativa organizada –algo que ya se había vislumbrado en los meses anteriores a mayo del 37- pero las duras condiciones a las que fueron sometidos todos aquellos que disentían, y el final mismo de la guerra, dieron al traste con esta posibilidad.

Al fin y al cabo, podríamos reflexionar que todo se resume, por decirlo de alguna manera, en una lucha por el poder o más bien en la lucha del poder, digamos, “el de siempre” contra otra manera de hacer las cosas, la revolución que abrazaban más los poumistas y los libertarios…

Sí, pero hay que añadir inmediatamente que la revolución –y la contrarrevolución- normalmente se ha asociado a determinadas siglas, y creo que esta forma de enfocar las cosas puede llevarnos a no apreciar correctamente algunos fenómenos y, en determinadas ocasiones, a cometer directamente errores de bulto. Naturalmente, no voy a desmentir o poner en duda que detrás de cada posición hay normalmente unas siglas. Sin embargo, hay que precisar: bajo la bandera de las mismas siglas, ¿defendían lo mismo García Oliver –por poner un ejemplo- que cualquiera de los muchos sindicatos cenetistas que criticaron abiertamente el rumbo liquidador de sus dirigentes, que a su juicio no hacían nada para combatir la contrarrevolución que les amenazaba a todos? Es evidente que no, luego ya tenemos un primer matiz importante. Por otro lado, creo qua hay que abordar la revolución como un fenómeno transversal. Es un error creer, como habitualmente se hace, que todos los revolucionarios estaban en la CNT y en el POUM, y que en el resto de organizaciones solo había contrarrevolucionarios. Algo que, desde luego, no tiene nada que ver con la realidad.

Josep Antoni, ¿cómo ha sido el proceso de documentación de este libro?

Bueno, he utilizado a fondo la documentación de la Consejería de Seguridad Interior de la Generalidad y de organismos que dependían de ella, que ofrecen multitud de datos de lo que representó a escala local el proceso de recomposición del Estado y la lucha política que desencadenó. Esta documentación la he complementado con actas de todo tipo de organismos, particularmente, las que corresponden a las reuniones del mismo Gobierno de la Generalidad o del Secretariado de las Patrullas de Control, y naturalmente, con la documentación municipal de aproximadamente unos doscientos archivos locales de Cataluña.

¿Y la metodología de trabajo?

Me interesaba analizar todos los aspectos que tuvieron un papel relevante en el proceso de recomposición del Estado. Si en el libro Poder legal y poder real, se analizaba el proceso de hundimiento del Estado, así como el surgimiento de un poder revolucionario disperso y atomizado, en Del orden revolucionario al orden antifascista, se analiza el proceso a la inversa. Hemos abordado esta cuestión a partir del estudio del impacto que tuvieron las primeras medidas adoptadas por el gobierno de unidad antifascista –los decretos de disolución de los comités revolucionarios, los que reorganizaron los nuevos ayuntamientos en substitución de aquellos, etc.- y las que se adoptarían más adelante, todas ellas con el claro objetivo de restablecer la legalidad republicana en detrimento de la legitimidad revolucionaria que impregnó todas las actuaciones en los primeros meses. Y prestando especial atención al tránsito que se produjo entre un orden público “revolucionario” y un orden público “antifascista” –que da título al libro- y que va más allá de la simple substitución de las Patrullas de Control por un nuevo cuerpo policial.

¿En qué andas trabajando ahora….?

En viejos proyectos inacabados y en otros más recientes que me han absorbido bastante tiempo. Entre los primeros, estoy particularmente interesado en el fenómeno de las milicias, y en la dialéctica que se estableció, a partir de su existencia, entre las necesidades de la guerra, y la compatibilidad o no de éstas con la revolución. Y entre los nuevos, y esto es realmente “nuevo” para mi, he trabajado últimamente en diversos aspectos relacionados con los primeros años de la postguerra. Lo que se conoce como primer franquismo. Bueno, en realidad, para quienes hemos investigado el período de la revolución y la guerra civil de 1936-1939, no nos es totalmente extraño: sabemos que, a pesar de la insistente propaganda oficial acerca de la “Paz de Franco”, el cese de las operaciones militares en abril de 1939, no supuso el fin de la guerra. En realidad, ésta prosiguió por otros medios, de manera implacable y por unos cuantos años más, contra las organizaciones obreras y republicanas.

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Josep Antoni Pozo González es doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona.

Josep Antoni POZO GONZÁLEZ, Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936. El Gobierno de la Generalidad ante el Comité Central de Milicias Antifascistas y los diversos poderes revolucionarios locales. Espuela de Plata, 2012.

Josep Antoni POZO GONZÁLEZ, La Catalunya antifeixista. El Govern Tarradellas enfront de la crisi política i el conflicte social (setembre de 1936 - abril de 1937) Edicions Dau, 2012


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