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dilluns 11 de juliol de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 7. Formación de una nueva élite dirigente y desaparición de las comunas.

Rolando Astarita

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XVII ¿Revolución “desde arriba”?

Isaac Deutscher caracterizó la colectivización e industrialización acelerada como una revolución “desde arriba”, esto es, realizada desde la cumbre del Estado. La misma idea fue sostenida por la historia oficial soviética. En el Curso breve de la Historia del PCUS, se sostiene que “el carácter distintivo de esta revolución [la colectivización y la industrialización] es que fue cumplida ‘desde arriba’, sobre la iniciativa del Estado, y directamente apoyada ‘desde abajo’ por millones de campesinos, que estaban luchando por sacarse de encima la esclavitud kulak y vivir en libertad en las granjas colectivas”.

La tesis del giro de 1928-9 como una revolución desde arriba conecta con la tradición teórica marxista. Marx y Engels caracterizaron en su momento que la revolución burguesa en Prusia había sido realizada por el Estado, dominado por los terratenientes; y Lenin, en sus escritos pre-revolucionarios, contempló la posibilidad de que en Rusia se produjera una revolución burguesa “por el camino prusiano”, o “desde arriba”. La noción también se aplicó a otros procesos sociales, tales como la Revolución de los Jóvenes Turcos o la transformación de Egipto bajo el gobierno de Nasser. En todos los casos la idea es que los cambios “revolucionarios” son impulsados íntegramente por la cúpula gobernante, desde el Estado.

Indudablemente la colectivización en la URSS fue impuesta desde arriba, apelando el Estado a métodos represivos, fue resistida por una parte significativa del campesinado, otra parte se resignó y otros la aceptaron, o trataron de adaptarse. La industrialización también fue acompañada por el empleo de métodos represivos. Esta circunstancia dio pie a la creencia, extendida entre los sovietólogos occidentales, de que la política de Stalin se basó pura y exclusivamente en el terror y la represión masiva, y que no habría tenido prácticamente base en sector alguno de la sociedad. Es la visión de un Estado autoritario que decidía a su antojo el destino de la URSS, frente a una masa de población esencialmente pasiva. Según este enfoque académico tradicional, y en palabras de Fitzpatrick, el tema dominante del período stalinista es el Estado contra la sociedad, donde esta última es reducida a un objeto inerte, manipulado por la acción del régimen autoritario. Así, la sociedad aparece como un todo indiferenciado, y se minusvaloran los procesos sociales que ocurren en su interior. El énfasis se pone en los mecanismos del Estado, y no en los procesos sociales.

En contraposición a ese enfoque “superestructural”, ya en los 1930 Trotsky explicó el triunfo de Stalin con un análisis que hacía eje en el atraso de las fuerzas productivas y en la estructura social predominantemente campesina y artesanal que había heredado la Revolución. Refiriéndose a las bases sociales de la burocratización, decía: “La autoridad burocrática tiene como base la pobreza en artículos de consumo y la lucha contra todo el mundo que resultaba de esa pobreza” (1973). También: “En un país pobre como la URSS, – y la URSS en el presente es todavía un país muy pobre, donde un cuarto privado, comida y ropa suficiente, solo están al alcance de una pequeña minoría de la población- en tal país, millones de burócratas, grandes y pequeños, hacen cualquier esfuerzo para asegurarse, antes que nada, su propio bienestar” (1935). La fatiga y las privaciones, la absorción de parte de la vanguardia por el aparato estatal, en el cuadro de las derrotas de la revolución europea y china, explicaban el ascenso y consolidación de la burocracia. Por eso Trotsky afirmaba que no tenía sentido haber intentado un golpe militar contra Stalin; no se hubiera alterado el curso fundamental de la revolución. De la misma manera, explicó el giro a la colectivización y la industrialización por las fuerzas que emanaban de la economía estatizada.

En el mismo sentido Preobrashenski sostuvo que el giro de 1928-9 respondía a las leyes de la economía estatizada. Son análisis alejados del enfoque meramente superestructuralista. Los mismos pueden ayudar a comprender por qué sectores importantes de la sociedad soviética apoyaron, o consintieron, la colectivización y la industrialización. Esos apoyos o consensos se reflejaron incluso en un fenómeno al que ya hicimos referencia, a saber, que muchos miembros de la Oposición de Izquierda (Preobrashenski en primer lugar) pasaron a las filas del stalinismo a fines de los 1920. Recordemos también que el propio Trotsky, a pesar de sus críticas, consideró globalmente progresista la colectivización e industrialización. Este enfoque no implica negar el rol de la dirección del Partido, en una sociedad en la cual las palancas fundamentales de la economía estaban estatizadas.

Pero también en los estudios académicos occidentales la explicación meramente “superestructural” de los cambios fue cuestionada, como hemos adelantado, por Sheila Fitzpatrick, y otros autores que pusieron el acento en los análisis sociales, y a los que también ya hemos citado a lo largo de este trabajo. Este enfoque fue llamado “revisionista” en relación al criterio dominante en los medios académicos occidentales durante la Guerra Fría.

Fitzpatrick sostuvo que el impulso para el giro a la izquierda no provino solo desde arriba, ya que hubo una corriente de militantes y activistas obreros que participó con entusiasmo en esa revolución. Por eso subraya la complejidad del régimen soviético y la necesidad de estudiar la sociedad rusa no solo “desde arriba”, sino también “desde abajo”, dando importancia a la movilidad social que permitió la industrialización (véase Fitzpatrick 1986 y 2007). En términos más generales, Fitzpatrick (1986) distinguió tres posiciones entre los historiadores de la URSS llamados “revisionistas”. Por un lado, los que subrayan que el régimen tenía menor control sobre la sociedad de lo que se ha afirmado, y que las políticas muchas veces tenían consecuencias no planeadas ni anticipadas. En segundo término, los que afirman que las políticas del Estado respondían a presiones sociales y quejas, y eran pasibles de ser modificadas a través de procesos de negociaciones sociales informales. La tercera postura plantea que tales políticas fueron el producto de iniciativas “desde abajo”. Fitzpatrick anota que la primera postura claramente no es incompatible con la idea de una revolución “desde arriba”.

En la misma línea revisionista, Manning (1987) sostuvo que la respuesta a la pregunta sobre el giro de finales de los años veinte fue una revolución “desde arriba” o “desde abajo” es “desde ambos lados”. Afirma que el Partido se multiplicó por siete u ocho entre 1924-33, recibiendo un enorme flujo desde los estratos más bajos de la sociedad. Estos elementos pudieron ascender en el Partido y el Estado, en la medida en que sucedían los desplazamientos, y actuaron como transmisores de las directivas de Stalin. Además, hubo muchas otras instancias intermedias que fueron mediadoras o impulsoras de las medidas decididas por el Politburó: el Konsomol, los activistas y voluntarios políticos, los delegados a las Conferencias de producción, o soldados desmovilizados y stajanovistas, que a menudo participaron del proceso político. Por eso concluye que se debe corregir un desbalance en los estudios académicos, que se interesaron durante mucho tiempo solo en lo que sucedía en las alturas. A diferencia de Fitzpatrick, afirma que el estudio del rol del Estado no debe ser dejado en manos de los científicos políticos.

Viola, por su parte, también sostiene que a fines de los 1920 había entusiasmo entre los trabajadores por la colectivización de los campesinos, lo cual explicaría por qué Stalin pudo movilizar 25.000 voluntarios proletarios para llevar adelante la colectivización. Y subraya la importancia que tuvieron los funcionarios y militantes locales en la ejecución de la colectivización.

Los críticos de los revisionistas, por su lado, han sostenido que, sin negar los elementos de participación, el peso de la explicación debe ponerse en la acción del Estado, particularmente en la dirección de Stalin, so pena de quitar de escena el rol del stalinismo. Además, afirman que ya antes de la ola revisionista muchos trabajos –Lewin, Davies, Nove- habían puesto el acento en los factores sociales. De todas maneras, Fitzpatrick y otros “revisionistas” no niegan el rol del Estado y Stalin. Por ejemplo, en Fitzpatrick (1999) leemos: “El término ‘revolución de Stalin’ ha sido usada para esta transición [se refiere a las transformaciones iniciadas a fines de los 1920] y expresa su carácter destructivo, violento y utópico. Pero esta revolución fue en gran medida el resultado de la iniciativa del Estado, no de movimientos populares, y no dio por resultado un cambio del liderazgo político”.

La conclusión que podríamos sacar de este cruce de enfoques es que, dada la industria estatizada y el hecho de que el Estado soviético encarnara (al menos hasta finales de los veinte) las tradiciones de Octubre, le dieron a la dirección del Partido un peso determinante para operar el giro hacia la colectivización y la industrialización. Pero una vez dicho esto hay que tener conciencia que entre Stalin y el campesino que era obligado a entrar en el koljós, o el obrero que era sancionado por llegar tarde al trabajo, existieron las instancias sociales y políticas que menciona Manning, que actuaron como correas de transmisión y motores de la política del Politburó. Y hubo, además, un extendido sentimiento de que, de alguna manera, se estaba avanzando hacia un futuro mejor. Como hemos afirmado en una parte anterior de la nota, este es el elemento real que reflejaron también muchos militantes de la Oposición de Izquierda que viraron hacia el stalinismo después de 1928, y que también refleja Trotsky, cuando caracterizó el giro de 1928 de progresivo, a pesar de sus problemas y las críticas que le merecía. Es necesario analizar entonces cómo se articuló, concretamente, esta “revolución desde arriba” con elementos de legitimación y apoyo en sectores de la población.

Desarrollo económico y construcción del socialismo

Una primera cuestión a señalar es que el desarrollo de las fuerzas productivas genera legitimación, sea cual sea el régimen social y político reinante. Y en la URSS, en los 1930, hubo un notable desarrollo de las fuerzas productivas, como ya hemos señalado. Pudo haber habido fuertes elementos de despilfarro, malgasto de recursos y grandes sacrificios de las masas trabajadoras, pero el crecimiento de la industria pesada y las grandes obras de infraestructura fue innegable. Pero además, el desarrollo se acompañaba de la convicción de que se avanzaba hacia una sociedad nueva, más justa e igualitaria, en la que ya no existiría la explotación del hombre por el hombre. La eliminación de las economías individuales y la industrialización alimentaban la idea de que estaba asegurado un futuro luminoso. Y esa convicción genera consenso y legitima políticas, incluso cuando estas sean muy duras.

El “realismo socialista” expresó esta situación. Dice Fitzpatrick (1999): “El socialismo era el resultado predeterminado de la revolución proletaria. (…) El conocimiento sobre el futuro tenía implicancias para entender el presente. Una persona que no conociera la historia podría mirar la vida soviética y ver solo privaciones y miseria, y no entender que se deben hacer sacrificios temporarios para construir el socialismo. Los escritores y artistas era urgidos a cultivar un sentido de ‘realismo socialista’ –viendo la vida tal como estaba deviniendo, más que como era- y no un realismo literal o ‘naturalista’. Pero el realismo socialista era una mentalidad stalinista, más que un estilo artístico. Los ciudadanos ordinarios también desarrollaron la capacidad para ver las cosas tal como estaban deviniendo y deberían ser, más que como eran”. También en el campo hubo un estrato de campesinos que adoptaron la perspectiva stalinista sobre que se estaba construyendo un futuro venturoso. Son los campesinos que Fitzpatrick (1994) llama “los campesinos Potemkin”, en alusión a la “aldea Potemkin”, que era una representación idealizada y distorsionada de la vida rural. Los “campesinos Potemkin” eran despreciados por los otros campesinos, a menudo trataban de ascender a puestos de funcionarios. Pero incluso prisioneros en los campos de trabajo forzado creían en los valores del socialismo y buscaban probar su inocencia y patriotismo a través del trabajo duro (Klimkova, 2006).

Indudablemente, a fines de los años 1920 el programa y el ideario socialista estaban vivos en sectores muy amplios de la clase obrera y la militancia comunista, de manera que el llamado a la industrialización y a la colectivización despertó entusiasmo y animó a la participación de muchos. Una muestra de ello fue el movimiento de comunas y colectivos que se desarrolló al margen de la dirección stalinista, y terminó siendo sofocado por esta. Otra expresión fue la “Revolución Cultural”, que alentó y utilizó Stalin para sus fines políticos, para luego desarticularlo cuando ya no le fue funcional. La evolución de ambos procesos ayuda a echar luz sobre la forma en que la “revolución desde arriba” fue interpretada y mediatizada por sectores de la vanguardia de izquierda, y la relación contradictoria que esta mantuvo con la dirección stalinista.

XVIII. Ascenso social y nueva elite dirigente

En la parte anterior de la nota nos hemos referido al elemento de legitimación de la política stalinista, basado en el desarrollo de las fuerzas productivas y en la idea de que en la URSS, en los treinta, se estaba construyendo el futuro socialista. En ese marco, cientos de miles de obreros y campesinos ascendieron socialmente, y se formó una nueva elite dirigente. Fitzpatrick (1979) describe este proceso.

Todavía en 1927 menos del 1% de los comunistas habían completado la educación superior, y los estudiantes obreros o comunistas en los institutos de educación superior seguían siendo una minoría. La enorme mayoría de ingenieros, contadores y administradores del Estado no eran comunistas. En la terminología soviética eran “burgueses”. Aunque estos “expertos” en las empresas y la administración estaban bajo la supervisión de obreros comunistas, estos tenían menor preparación que el personal al que debían controlar. Por eso, a partir del juicio por los especialistas de las minas de Shakhty (véase más arriba) Stalin convocó a la clase obrera a crear su propia intelligentsia técnica productiva. Para lo cual la dirección soviética decidió purgar al aparato administrativo de los especialistas burgueses, enviar obreros a escuelas de preparación superior, y formar una nueva generación de cuadros que serían al mismo tiempo rojos y expertos. Además se decidió aplicar una política de admisión a puestos de importancia, discriminando a favor de los obreros y comunistas.

Como resultado de esta orientación, a comienzos de 1933 unos 233.000 comunistas –equivalente a un cuarto del total de la membresía del Partido en 1927- eran estudiantes a tiempo completo en algún tipo de institución educativa. De ellos, 106.000 estaban en institutos de educación superior, excluyendo las escuelas superiores del Partido y academias militares e industriales; casi las dos terceras partes estudiaban ingeniería. Sumando los trabajadores no comunistas, la cifra llegaba a 150.000. En ese grupo estuvieron Brezhnev y Kosygin, que venían de familias obreras. En 1941 el 89% de los graduados en instituciones superiores durante el primer Plan Quinquenal tenían posiciones de liderazgo.

Paralelamente se promocionaron miles de trabajadores. Entre 1928-33 más de 140.000 obreros fueron promocionados a posiciones de responsabilidad administrativa o de especialistas; la mayoría fueron entrenados como técnicos de planta, ingenieros o administradores de la industria. Un grupo más amplio pasó de trabajos manuales a ocupaciones de cuello blanco. De acuerdo a una fuente soviética, solo entre 1930 y 1933 unos 666.000 obreros comunistas dejaron las fábricas por empleos de cuello blanco y estudio a tiempo completo. No se tienen datos para trabajadores no miembros del partido, pero se puede suponer por lo menos una cifra igual.

La Revolución Cultural

Contemporáneamente con el lanzamiento del Primer Plan Quinquenal ocurrió la Revolución Cultural (Fitzpatrick, 1974 y 2005). “La lucha contra la vieja inteligentsia, los valores culturales burgueses, el elitismo, el privilegio y la rutina burocrática constituyeron el fenómeno que los contemporáneos llamaron ‘Revolución cultural’” (Fitzpatrick, 2005). Fue expresión de la esperanza y entusiasmo que despertó el giro de 1928-9 en sectores de la juventud y en la militancia social y comunista. Se trató de un movimiento del comunista joven y proletario contra el establishment cultural, esto es, contra la alianza conservadora del Narkompros (el Comisariado de la Ilustración, dirigido por el bolchevique Lunacharsky) y la inteligentsia burguesa. Sus militantes eran activistas, no una herramienta dócil de la dirigencia. Tenían una hostilidad instintiva hacia las autoridades e instituciones sospechadas de tendencias burocráticas, lanzaron vastas campañas anti-religiosas en las aldeas, coincidiendo con la colectivización, y creían firmemente que estaban construyendo un mundo nuevo (Fitzpatrick 1974).

En materia de educación el objetivo del movimiento fue proletarizar las escuelas y universidades imponiendo la entrada selectiva a las mismas, la purga de los estudiantes no proletarios y la reorganización de los sistemas educativos para dar prioridad a la formación de ingenieros, especialistas en agricultura, técnicos y trabajadores especializados para el Plan Quinquenal. En las artes y los medios académicos el objetivo fue la proletarización a través de su subordinación a las organizaciones comunistas, en especial la Academia Comunista y la organización de Escritores comunistas (RAPP). Lo cual implicaba la politización y extensión del control del Partido en todas las esferas de la cultura (Fitzpatrick, 1974 y 2005).

Aunque Stalin no creó el movimiento, lo utilizó mientras le fue útil para combatir a la derecha. Por eso durante cuatro años alentó el hostigamiento a los intelectuales burgueses, a los especialistas no partidarios y a los burócratas de los soviets; la discriminación a causa de los orígenes sociales era común. Paralelamente se planteó que los comunistas que trabajaban en el frente cultural debían seguir la línea de clase más estricta, y se atacó la idea –que se asoció al bujarinismo- de que la revolución cultural pudiera ser pacífica, y que hubiera desarrollo cultural sin guerra de clases.

Sin embargo, y acorde con el giro “a la derecha” que se operó a nivel social general, el movimiento tuvo un abrupto corte en 1932. A partir de entonces la mayoría de las políticas de la Revolución Cultural fueron revertidas. Se acabó la discriminación social en la educación; se reinstaló a los profesores e ingenieros burgueses con el título de “especialistas soviéticos”; y la RAPP fue reemplazada por la Unión de Escritores Soviéticos, que estaba bajo el firme control del Partido, pero incluía no comunistas y no proletarios. También se disolvió la Academia Comunista. Cuando Stalin en el XVIII Congreso del partido, en 1939, dijo que los cinco años previos habían sido un período de genuina revolución cultural, se refería a la universalización de la educación elemental, el crecimiento de la educación secundaria y terciaria, y la creación de una nueva inteligentsia soviética. Así le estaba dando al término RC un nuevo significado.

El movimiento de comunas y colectivos

A partir de 1929, y al mismo tiempo que la dirección promovía las brigadas de choque para mejorar la actitud del trabajador hacia la industrialización, surgieron, espontáneamente, colectivos de producción y comunas en las empresas (véase Siegelbaum, 1986, del que tomamos lo que sigue). En abril de 1931 se llegaron a contar 46.671 miembros en las comunas y 87.359 en los colectivos. La mayor parte eran del metal y textiles, y representaban el 7% del total de los trabajadores industriales. La mayoría de sus miembros integraba las brigadas de shock. Estos trabajadores pensaban que para construir el socialismo hacía falta una economía fuerte y buena producción, y tenían un fuerte sentimiento a favor del igualitarismo. En los colectivos se repartía el salario; en algunos casos los que poseían la misma calificación repartían el salario en partes iguales, independientemente de las necesidades; en otros casos, lo dividían según las diferentes capacidades. Las comunas, en cambio, buscaban desarrollar una nueva forma de trabajo comunista: compartían el salario o intentaban aplicar el principio de “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”. Con este fin se crearon comunas domésticas de producción en las cuales los salarios se dividían de acuerdo al tamaño de la familia y se prohibía la propiedad privada.

Las comunas y los colectivos no podían elevar los salarios, pero amortiguaban las fluctuaciones que se producían por la entrega irregular de materiales o por defectos de calidad. También protegían a sus miembros de las arbitrariedades de capataces o de las direcciones al momento de establecer normas o fijar la tasa de remuneración. En algunos casos establecían sus propias normas, y sus prácticas igualitarias parecen haber favorecido a los trabajadores menos calificados. También expulsaban, o no admitían, a parásitos. Las comunas y colectivos ponen en evidencia que hubo entusiasmo y optimismo, al menos en sectores importantes de la clase obrera, en los primeros años de la industrialización.

A pesar de que estudios realizados por oficinas gubernamentales habían demostrado que las comunas y colectivos eran viables y gozaban del respeto de los trabajadores, fueron atacadas. Con frecuencia las direcciones de las empresas las penalizaban elevando las normas o asignándoles las tareas más difíciles. En el XVI Congreso, en 1930, se las criticó por “parasitismo y las tendencias igualitarias”, y poco después se afirmó que constituían una desviación de la línea del Partido. La orientación oficial fue a favor de brigadas con líderes elegidos por las direcciones de las empresas. En junio de 1931 Stalin lanzó finalmente un ataque en toda línea contra las comunas y colectivos. Reclamó “nuevos métodos de dirección” y llamó a poner fin a la “práctica izquierdista de igualación salarial” a la que atribuyó la fluidez de la fuerza de trabajo, y la falta de responsabilidad personal con el trabajo y el cuidado de la maquinaria. El Gosplan, por su parte, tomó medidas para profundizar las diferencias en la paga. Luego, con el lanzamiento de las brigadas de contabilidad de costos (sus líderes eran designados por los capataces; y los trabajadores eran responsables por exceder los costos establecidos), las comunas y colectivos desaparecieron.

Bibliografía:

XVII

Fitzpatrick, S. (1986): “New Perspectives on Socialism”, Russian Review, vol. 45, pp. 357-373.
Fitzpatrick, S. (1999): Everyday Stalinism Ordinary Life in Extraordinary Times. Soviet Russia in the 1930s, Oxford University Press.
Fitzpatrick, S. (2007): “Revisionism in Soviet History”, History and Theory, vol. 46, pp. 77-91.
Klimkova, O. (2006): “Behind the Facade of Soviet Industrialization: The Gulag Economy”, Central European University Budapest.
Manning, R. (1987): “State and Society in Stalinist Russia”, Russian Review, vol. 46, pp. 407-11.
PCUS (1939): History of the Communist Party of the Soviet Union (Bolsheviks), Short Course, International Publishers,
Trotsky, L. (1973): La revolución traicionada, Buenos Aires, Yunque.
Trotsky, L. (1935): “How Did Stalin Defeat the Opposition?
Viola, L. (1999): Peasant Rebels under Stalin, Collectivization and the Culture of Peasant Resistance, Oxford University Press.

XVIII

Fitzpatrick, S. (1974): “Cultural Revolution in Russia 1928-32”, Journal of Contemporary History, vol. 9. pp. 33-52.
Fitzpatrick, S. (1979): “Stalin and the Making of a New Elite, 1928-1939”, Slavic Review, vol. 39, pp. 377-402.
Fitzpatrick, S. (2005): La Revolución Rusa, Buenos Aires, Siglo XXI.
Siegelbaum, L. (1986): “Production Collectives and Communes and the ‘Imperatives’ of Soviet Industrialization, 1929-1931”, Slavic Review, vol. 45, pp. 65-84.

+ Info:

Stalin and his Stalinism: Power and Authority in the Soviet Union, 1930-1953. Excerpted from Ronald Grigor Suny, "Stalin and his Stalinism: Power and Authority in the Soviet Union, 1930-53," in Ian Kershaw and Moshe Lewin, eds., Stalinism and Nazism: Dictatorships in Comparison (New York: Cambridge University Press, 1997).


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