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Anticapitalistes
  
diumenge 5 de juny de 2016 | Manuel
La revolución desjacobinizada (1956). Enseñanzas de la Revolución Francesa.

Daniel Guerin

En el presente artículo se resumen brevemente, desde el punto de vista de la concepción de la revolución proletaria, las conclusiones desarrolladas por el autor en una obra anterior, de gran importancia política: La lucha de clases en el apogeo de la Revolución francesa, 1793-1795 (año 1946, Alianza Editorial).

INDICE:

La Revolución desjacobinizada

La democratización directa de 1793

Democracia directa y vanguardia

Reconstitución del Estado

El embrión de una burocracia plebeya

La «anarquía» deducida de la Revolución francesa

La tradición «jacobina»

Hacia una síntesis

Notas


A nuestro alrededor no hay hoy más que ruinas. Las ideologías que nos han imbuido, los regímenes políticos que nos han hecho soportar y ansiar, se hacen pedazos. Para decirlo con palabras de Edgar Quinet (1), hemos perdido el equipaje.

El fascismo, la forma suprema y bárbara de la dominación del hombre por el hombre, se hundió en un mar de sangre hace poco más de una década. Y quienes se habían abrazado a él como a una tabla de salvación, quienes habían recurrido a él para que, aunque fuese con el concurso de las bayonetas extranjeras, les salvase de los trabajadores, perdieron sus plumas en la aventura y tienen que ofrecer su mercancía con disimulo, manteniendo secretas sus preferencias.

Lo menos que se puede decir es que la democracia no quedó revitalizada gracias a la desbandada del fascismo. Le había allanado el camino a éste y luego se mostró incapaz de cerrárselo. Ya no tiene doctrina ni fe en sí misma. No logró dorar otra vez su blasón captando para su provecho el impulso que las masas populares francesas habían desplegado en la lucha contra el hitlerismo. La «Resistencia» perdió toda razón de ser el día que desapareció aquello contra lo que se combatía. Su falsa unidad se deshizo enseguida. Su mito se vino al suelo. Los políticos de postguerra son los más lamentables que nos haya tocado soportar. Han volatilizado la crélula confianza de quienes, en la lucha contra Vichy, habían vuelto la mirada hacia Londres, a falta de algo mejor. La democracia burguesa ha dado pruebas de su absoluta incapacidad para resolver los problemas y las contradicciones de la postguerra, contradicciones tanto más insolubles cuanto que lo eran antes de la cruzada que se dijo emprendida para resolverlas. En el plano interno, sólo consigue sobrevivirse merced a una vergonzosa e hipócrita caricatura de los métodos fascistas, y en el exterior con guerras coloniales e incluso de agresión. Está, ya desde ahora, dimitida. Queda abierta su sucesion. Y la anacrónica Quinta República apenas si podrá colocar en la herida un emplasto ineficaz, más nocivo aún que los remedios anteriores, y además efímero.

Y por añadidura el estalinismo, que se decía y que muchos creían hecho de un metal recio y duradero, destinado históricamente a sustituir las formas moribundas, fascistas o «democráticas», de la dominación burguesa, cae a su vez envuelto en el escándalo de las infamias reveladas por el informe de Kruschev y en el horror de la represión húngara y la invasión de Checoslovaquia.

Pero un mundo que se derrumba es también un mundo que renace. Lejos de prestarse a la duda, a la inacción, a la confusión y a la desesperación, la hora actual llama a la izquierda francesa a volver a empezar de cero, a replantearse desde la raíz sus problemas, a rehacer, como decía Quinet, todo su acervo de ideas.

Fue esta preocupación lo que me llevó, inmediatamente después de la «Liberación», a remontarme a la Revolución francesa (2). Si entonces no logré revelar suficientemente mi propósito y si, por mi culpa pasó inadvertido para muchós de mis lectores y contradictores, un crítico británico llegó en cambio a vislumbrarlo: «Cada generación -escribía- debe reescribir la historia para sí misma. Si el siglo XIX fue en Europa occidental el siglo de la libertad, el nuestro es el de la igualdad. Los ideales gemelos de la Revolución francesa, separados durante tan largo tiempo por el ascenso político del liberalismo del siglo pasado, están en vías de volver a encontrarse. Este reencuentro, dictado por el curso de los acontecimientos y por la dirección del proceso histórico, plantea nuevas exigencias a todos cuantos aspiran a describir e interpretar el proceso. De producirse la reconciliación de los ideales de libertad e igualdad que la Revolución francesa legó a la civilización occidental, el mismo fenómeno debe operarse -y quizá antes- en la descripción histórica de esa evolución». Y ese critico anónimo encontraba «natural que en el momento en que Francia atraviesa una fase de reconstrucción política y social (...) procure guiarse por una interpretación social más multilateral de su historia» (3).

Pero la necesaria síntesis de las ideas de igualdad y de libertad que el critico recomendaba en términos demasiado vagos y confusos, no puede ni debe intentarse, creo, en el marco de una democracia burguesa en bancarrota, ni en su beneficio. Sólo podemos y debemos realizarla en el marco del pensamiento socialista, que, pese a todo, sigue siendo el único valor sólido de nuestra época. El doble fracaso del reformismo y del estalinismo nos impone la urgente tarea de reconciliar la democracia proletaria y el socialismo, la libertad y la Revolución.

Y precisamente la Revolución francesa nos da la materia prima para la construcción de esa síntesis. En su inmenso crisol se enfrentaron por primera vez en la historia, clara aunque no plenamente, las nociones antagónicas de libertad y coerción, de poder estatal y poder de masas. De esta fecunda experiencia surgieron, como advirtió Kropotkin (4), las grandes corrientes del socialismo moderno, cuya síntesis deberemos encontrar para rehacer nuestro bagaje ideológico.

La vuelta a la Revolución francesa ha resultado infructuosa hasta hoy porque los revolucionarios modernos, pese a haberla estudiado detalladamente y con pasion, sólo han atendido a las analogías superficiales, a los puntos de semejanza formal con tal o cual situación, partido o personaje de sú época. Sería divertido pasar revista a todas estas fantasías, a veces brillantes, a veces simplemente absurdas, sobre las cuales han expresado, con razón, serias reservas historiadores de la Revolución rusa como Boris Souvarine, Erich Wollenberg e Isaac Deutscher (5). Pero para ello serían menester muchas páginas y tenemos otras cosas que hacer. En cambio, si abandonamos el juego de las analogías y tratamos de ir al fondo de los problemas y de analizar el mecanismo interno de la Revolución francesa, podremos extraer enseñanzas muy útiles para la comprensión del presente.

La democratización directa de 1793

Ante todo, la Revolución francesa fue la primera manifestación histórica, coherente y a gran escala, de un nuevo tipo de democracia. La gran Revolución no fue únicamente, como creyeron muchos historiadores republicanos, la cuna de la democracia parlarnentaria: al ser al mismo tiempo que una revolución burguesa, un embrión de revolución proletaria, llevaba en sí el germen de una nueva forma de poder revolucionario, cuyos rasgos se acentuarían en el curso de las revoluciones de fines del siglo XIX y en las del siglo actual. Salta a la vista la línea de filiación que va de la Comuna de 1793 a la de 1871, y de ésta a los soviets de 1905 y 1917.

Quisiera limitarme aquí a precisar sumariamente algunos de los rasgos generales de la «democracia directa» de 1793.

Bajar a las secciones, a las sociedades populares del año II, es como recibir un baño vivificador de democracia. La depuración periódica de la sociedad, por sí misma, con la posibilidad, abierta a todos, de subir a la tribuna para ofrecerse al control de los demás, la preocupación por asegurar la expresión más perfecta posible de la voluntad popular, por impedir su sofocamiento a manos de los charlatanes y los ociosos, por dar a los hombres de trabajo la posibilidad de abandonar sus herramientas sin sacrificio pecuniario para que así participaran plenamente en la vida pública, por asegurar el control permanente de los mandantes sobre los mandatarios, por colocar a hombres y mujeres en absoluto pie de igualdad en las deliberaciones (6), tales son algunos de los rasgos que caracterizan a una democracia realmente propulsada de abajo arriba.

El Consejo General de la Comuna de 1793 -al menos hasta la decapitación de sus magistrados por el poder central burgués- ofrece también un buen ejemplo de democracia directa. Los miembros del Consejo son delegados de sus secciones respectivas, están en contacto permanente con ellas y se hallan bajo el control de quienes les dan el mandato; además se mantienen siempre al tanto de la voluntad de la base porque a las sesiones del Consejo concurren delegaciones populares. En la Comuna no se conoce el artifício burgués de la «separación de poderes» entre el ejecutivo y el legislativo. Los miembros del Consejo son a la vez administradores v legisladores. Aquellos modestos descamisados no se convirtieron en políticos profesionales, siguieron siendo hombres de su oficio, ejerciéndolo en la medida en que se lo permitían sus funciones en la Casa Comunal, o dispuestos a ejercerlo nuevamente cuando terminara su mandato (7).

Pero el más admirable de todos estos rasgos es, sin duda, la madurez de una democracia directa practicada por primera vez en un país relativamente atrasado, recién salido de la noche del feudalismo y el absolutismo, sumido aún en el analfabetismo y el hábito secular de la sumisión. No hubo asomos de «anarquía» ni desorden en esta gestión popular, inédita e improvisada. Para convencerse de ello, basta con hojear los diarios de trabajo de las sociedades populares, las actas de las sesiones del Consejo General de la Comuna. En ellos vemos a las masas, como si tuvieran conciencia de sus tendencias naturales a la indisciplina, animadas de un ansia constante de disciplinarse. Ellas mismas ordenan sus deliberaciones y llaman al orden a los que se muestran tentados a turbarlo. Aunque en 1793 su experiencia de la vida pública es muy reciente, aunque la mayoría de los descamisados, guiados es cierto por pequeñoburgueses cultos, no saben leer ni escribir, dan ya pruebas de una aptitud para el autogobierno que todavía hoy los burgueses, ansiosos de conservar el monopolio de la cosa pública, se obstinan en negar contra toda evidencia, y que ciertos teóricos revolucionarios, imbuidos de su superioridad intelectual, tienden a subestimar con frecuencia.

Democracia directa y vanguardia

Pero, al mismo tiempo, hacen su aparición las dificultades y las contradicciones de la autogestión. La falta de instrucción y el retraso relativo de su conciencia política son otros tantos obstáculos para la plena participación de las masas en la vida pública. No todo el pueblo tiene noción de sus verdaderos intereses. Mientras unos dan pruebas de extraordinaria lucidez para la época, otros se dejan extraviar fácilmente. La burguesía revolucionaria aprovecha el prestigio que le ha granjeado su lucha sin compromiso contra las secuelas del antiguo régimen para inculcar a los descamisados una ideología seductora pero falaz que, en la práctica, contradice sus anhelos de igualdad total. Si hojeamos la voluminosa recopilación de los informes presentados por los agentes secretos del Ministerio del Interior (8), veremos cómo dan cuenta de comentarios expresados en la calle por gente del pueblo, y cuyo contenido es unas veces revolucionario, otras contrarrevolucionario. Y que estos comentarios se presentan en bloque, como si fueran todos idénticas expresiones de la vox populi, sin tratar de establecer distinciones entre ellos ni de analizar sus contradicciones evidentes.

La relativa confusión del pueblo, y en particular de los trabajadores manuales, todavía faltos de instrucción, deja el campo libre a las minorías, más educadas o más conscientes. Así, en la sección de la Casa Comunal un pequeiío grupo «hacía hacer todo lo que quería» a la sociedad, del sector, compuesta por gran cantidad de albañiles (9). En muchas sociedades populares, pese a todas las precauciones que se tomaban para garantizar el funcionamiento más perfecto posible de la democracia, había fracciones que dirigían el juego en uno u otro sentido, y que a veces se enfrentaban entre sí.

La gran lección del 93 no es sólo haber demostrado que la democracia directa es practicable, sino también que, cuando la vanguardia de una sociedad está en minoría respecio a las masas del país que conduce, no puede evitar, en la batalla a vida o muerte que es toda revolución, imponer su voluntad a la mayoria, primero, y con preferencia, por la persuasión y, si la persuasión falla, por la coacción.

Marx y Engels tomaron su famosa concepción de la «dictadura» del proletariado de la experiencia misma de la Revolución francesa. Desgraciadamente, nunca fue verdaderamente elaborada por sus autores. Aun sin pretender, como Kautsky cuando se hizo reformista, que la expresión no es más que un Wörtchen, una palabreja sin importancia pronunciada ocasionalmente (gelegentlich) (10), hay que reconocer que en sus escritos la mecionan muy pocas veces y de pasada. Cuando la descubren en la Revolución francesa, los términos que emplean no son nada revolucionarios del claros (11) sino muy discutibles. En efecto, los revolucionarios del año II, pese a estar convencidos de la necesidad de aplicar medidas de excepción, de recurrir a la coerción, sentían repugnancia por la palabra dictadura. La Comuna de 1793, como su continuadora de 1871, quería guiar y no «imponer su supremacía». Hasta Marat, el único revolucionario de la época que abogaba por la dictadura, estaba obligado a hechar mano de circunloquio: pedía un guía y no un amo. Pero aun bajo esta forma velada escandalizó a sus compañeros de armas y suscitó entre ellos vehementes protestas.

Hay que comprender: la democracia estaba apenas naciendo. Se acababa de derrocar al tirano y de destruir la Bastilla. La palabra dictadura sonaba mal. Evocaba la idea de un posible retorno de la tiranía, del poder personal. Para los hombres del siglo XVIII, nutridos en los recuerdos de la antigüedad clásica, la dictadura tenía una significación precisa y atemorizadora. Recordaban -y allí estaba la Enciclopedia para refrescarles la memoria- que los romanos, «después de haber derrocado a sus reyes, se vieron obligados, en épocas difíciles, a crear, con carácter temporal, un dictador munido de poderes mayores que los que habían poseído los antiguos reyes». Recordaban que, luego, al degenerar la institución, Sila y César se habían hecho proclamar dictadores perpetuos y habían ejercido la soberanía absoluta, al punto de que se llegó a sospechar, en el caso del segundo, la intención de restaurar la monarquía. No quérían, pues, nuevos monarcas ni nuevos césares.

Más vivo aún era el recuerdo que los hombres de 1793 tenían de la Revolución inglesa. ¿Cómo iban a olvidar que, en el siglo anterior, Oliver Cromwell había usurpado el poder popular después de derribar a un monarca absoluto, y había instaurado una dictadura y tratado de hacerse coronar rey? Temían a un nuevo Cromwell como a la peste, y ésta fue una de las acusaciones que lanzaron contra Robespierre en visperas del Thermidor (12).

Finalmente, los descamisados de la base, los hombres de las sociedades populares, sentían una desconfianza instintiva hacia la palabra dictadura, porque ésta sólo traducía una parte de la realidad revolucionaria: ellos querian, primero convencer, abrir las puertas de la democracia naciente, y recurrieron a la violencia únicamente cuando aquellos a quienes querian convencer y acoger en el seno de la democracia les contestaron con plomo.

Quizá intuyeran que siempre es un error apropiarse de las palabras del enemigo. «Soberanía del pueblo» es, como señalaba Henri de Saint-Simon, uno de esos molestos préstamos. Desde el momento en que el pueblo se administra a sí mismo no es soberano de nadie. Expresiones como «despotismo de la libertad» -fórmula que los hombres del 93 se aventuraron a usar a veces en sustitución de «dictadura», pues tenía una resonancia más colectiva- y «dictadura del proletariado» no dejan de ser antinomias. El tipo de coerción que la vanguardia proletaria se ve obligada a ejercer sobre los contrarrevolucionarios es de una naturaleza tan radicalmente distinta de las formas de opresión del pasado, y queda tan compensada por el alto grado de democracia para los oprimidos de la víspera, que la palabra dictadura está reñida con la palabra proletariado.

Tal era la opinión de los colectivistas libertarlos del tipo de Bakunin, conscientes de que las clases poseedoras no renundiarían voluntariamente a sus privilegios y que sería preciso, en consecuencia, recurrir a la fuerza para lograrlo, firmemente decididos a «organizar una fuerza revolucionaria capaz de derrota a la reacción», pero al mismo tiempo opuestos categóricamente a toda consigna de «dictaduras que se dicen revolucionarias», «aun con carácter de transición revolucionaria», ni siquiera «jacobinamente revolucionaria» (13). En cuanto a los reformistas, no sólo rechazan las palabras «dictadura del proletariado» sino también todo lo que hemos definido como valedero en su contenido. Por eso, durante mucho tiempo los marxistas revolucionarios no se atrevieron a expresar reservas en cuanto a las palabras, por temor de ser sospechosos de «oportunismo» respecto al fondo (14).

La impropiedad de los términos aparece más evidente si nos remontamos a los orígenes. Los seguidores de Babeuf fueron los primeros en hablar de «dictadura» revolucionaria. Si bien tuvieron el mérito de aprender la lección del escamoteo que hizo la burguesía con la Revolución, también lo es que aparecieron demasiado tarde, cuando ya había muerto el movimiento de masas. Minoría ínfíma y aislada, dudaron de la capacidad del pueblo para dirigirse, al menos de inmediato. Y apelaron a la dictadura, ya fuese la de uno sólo, ya la de «manos sabia y enérgicamente revolucionarias» (15).

El comunista alemán Weitling, y el revolucionario francés Blanqui, se adhirieron a la concepción de la dictadura de Babeuf. Incapaces de unirse a un movimiento de masas todavía demasiado ignorante y desmoralizado para gobernarse a sí mismo, creyeron que unas minorias pequenas y audaces podrían adueñarse del poder por sorpresa e implantar el socialismo desde arriba, mediante la centralización dictatorial más rigurosa, en espera de que el pueblo estuviese maduro y pudiera compartir el poder con sus jefes. Mientras el idealista Weitling proponía la dictadura personal de un nuevo Mesías, Blanqui, más realista, más cercano al movimiento obrero naciente, hablaba de «dictadura parisina», es decir, del proletariado de París, pero en su pensamiento, el proletariado no estaba aún en condiciones de ejercer esta dictadura por sí mismo sino por «interpósita persona», por intermedio de su élite instruida, o sea, de Blanqui y de su sociedad secreta (16).

Marx y Engels, aunque contrarios a la concepción minoritaria y voluntarista de los blanquistas, creyeron en 1850 que debían hacer a éstos la concesión de apropiarse de su fórmula (17), llegando ese mismo año hasta el extremo de identificar comunismo y blanquismo (18). Sin duda, en el espíritu de los fundadores del socialismo científico, el cometido de ejercer la imposición revolucionaria se asignaba a la clase obrera y no, como en el caso de los blanquistas, a una vanguardia desprendida de la clase (19). Pero no distinguieron con suficiente claridad su interpretación de la «dictadura del proletariado» de la de los blanquistas. Lenin, que se proclama a la vez jacobino y marxista, inventará la concepción de la dictadura de un partido que sustituye a la clase obrera y actúa en su nombre por procuración; y sus discípulos de los Urales, llevando tal concepción hasta sus extremos, proclamarán sin ambages, y sin que nadie los desautorice, que la dictadura del proletariado seria una dictadura sobre el proletariado (20).

En 1921, el libertario alemán Rudolf Rocker, consigna la «bancarrota del comunismo de Estado» en Rusia y sostiene que la dictadura de una clase es una noción «absolutamente inconcebible» y que lo que hay en realidad es la dictadura de un partido que pretende actuar en nombre de una clase. Ataca la idea ilusoria de transformar el Estado, órgano de opresión, en órgano de liberación de los oprimidos, al que se bautiza con el nombre de «dictadura» del proletariado. «El Estado -escribe- no puede ser sino lo que es: el defensor del privilegio y la explotación de las masas, el creador de nuevas clases y nuevos monopolios. Quien ignore el papel del Estado no comprende la esencia del orden social actual y es incapaz, por lo tanto, de mostrar a la humanidad los nuevos horizontes de su evolución» (21).

Reconstitución del Estado

La doble experiencia de la Revolución francesa y la Revolución rusa nos enseña que tocamos aquí el punto central de un mecanismo, al término del cual la democracia directa, el autogobierno del pueblo, se trueca gradualmente, por la instauración de la «dictadura» revolucionaria, en la reconstitución de un aparato de opresión del pueblo. Desde luego, el proceso no es totalmente idéntico en las dos revoluciones. La primera es una revolución esencialmente burguesa, aunque contenga ya un embrión de revolución proletaria. La segunda es una revolución esencialmente proletaria, aunque deba cumplir al mismo tiempo las tareas de la revolución burguesa. En la primera no es la «dictadura» desde abajo (que, no obstante, ya había hecho su aparición), sino la «dictadura» desde arriba, la del «gobierno revolucionario» burgués, la que señala el punto de partida para la creación de un nuevo aparato de opresión. En la segunda, se reconstruye a partir de la «dictadura» desde abajo, la del proletariado en armas, sustituida casi de inmediato por el Partido. Pero en ambas casos, pese a tan importante diferencia, salta a los ojos una analogía: la concentración del poder, la «dictadura», se presenta como producto de la «necesidad» (22). La revolución está en peligro en el interior y en el exterior. La reconstrucción del aparato de opresión se invoca como indispensable para aplastar la contrarrevolución.

La «necesidad», el peligro contrarrevolucionario, ¿fueron en realidad el único motivo de este súbito retorno? Es lo que sostienen la mayoría de los historiadores de izquierda. Georges Lefevre en la crítica que escribió sobre mi libro, afirma que la Revolución sólo podía salvarse si el pueblo se ponía bajo el mando de los burgueses. Era preciso reunir todas las fuerzas de la nación en beneficio del ejército; esto sólo podía lograrse por medio de un gobierno fuerte y centralizado. La dictadura desde abajo no habría podido prescindir de un plan de conjunto y de un centro de ejecución (23). Albert Saboul estima que, por su «debilidad», la democracia directa de los descamisidos era impracticable en la crisis que atravesaba la República (24). Antes que ellos, Georges Guy-Grand, minimizando la capacidad política de la vanguardia popular, había dicho: «El pueblo de París sólo sabía amotinarse. Los motines sirven para destruir; pero demoler Bastillas, matar a los prisioneros, apuntar los cañones sobre la Convención no bastaba para hacer vivir a un país. Cuando hubo que reconstituir los cuadros, hacer funcionar las industrias y la administración, fue forzoso apelar a los únicos elementos disponibles para ellos: los burgueses» (25).

Por lo demás, desconfiamos de los que invocan el pretexto de la «competencia» para legitimar, en épocas revolucionarias, el uso exclusivo y abusivo de los «técnicos» burgueses. En primer lugar, porque los hombres del pueblo son menos ignorantes, menos incompetentes de lo que afirman algunos por el bien de la causa; luego, porque los plebeyos de 1793, aunque carecían de capacidad técnica, suplían esta deficiencia con su admirable sentido de la democracia y con su altísima conciencia de sus deberes con la Revolución; finalmente, porque los técnicos burgueses, considerados indispensables e irreemplazables, se aprovecharon a menudo de la situación para intrigar contra el pueblo e incluso para anudar vínculos sospechosos con los contrarrevolucionarios. Los Carnot, los Cambon, los Lindet, los Barère, eran los apoderados de la burguesía, pero también los enemigos mortales de los descamisados. En plena revolución, un hombre carente de conocimientos pero entregado en cuerpo y alma a la causa del pueblo, que asume responsabilidades civiles o militares, vale más que una lumbrera dispuesta a traicionar.

Durante los seis meses que floreció la democracia directa, el pueblo dio muestras de su genio creador; reveló, aunque de manera todavía embrionaria, que hay otras técnicas revolucionarias que las de la burguesía, que las de la gestión de arriba abajo. Sin duda, acabaron por prevalecer estas últimas, pues la burguesía poseía entonces una madurez y una experiencia que le daban una enorme superioridad sobre el pueblo. Pero el año II de la República anuncia, a quien sepa descifrar su mensaje, que las fecundas potencialidades de las técnicas revolucionarias de los de abajo se impondrán algún día, el de la revolución proletaria, a las técnicas heredadas de la burguesía jacobina. Albert Mathiez, acostumbrado como reconoce G. Lefevre a «considerar la Revolución desde arriba» (26), creyó que debía trazar un paralelo entusiasta entre la «dura» dictadura de salvación pública de 1793 y la de Rusia en 1920 (27).

Pero en la misma época en que Mathiez invocaba la dictadura burguesa revolucionaria de 1793 para tratar de legitimar la dictadura jacobina de Lenin, el libertario alemán Rudolf Rocker sostenía la tesis opuesta: «referirse a la Revolución francesa para justificar la táctica de los bolcheviques en Rusia» era, según él, dar pruebas de «absoluto desconocimiento de los hechos históricos». «La experiencia histórica nos muestra precisamente lo contrario»: «En todos los momentos decisivos de la Revolución francesa, la verdadera iniciativa de la acción surgió directamente del pueblo. En esta actividad creadora de las masas reside todo el secreto de la Revolución». En cambio, cuando Robespierre despojó al movimiento popular de su autonomía y lo sometió al poder central, cuando persiguió a las tendencias auténticamente revolucionarias y aplastó a la oposición de izquierda, comenzó el «reflujo de la Revolución», prefacio del 9 de Thermidor y, más tarde, de la dictadura militar de Napoleón (28). Por eso, en 1921, Rocker concluye, con amargura: «En Rusia se repite hoy lo que ocurrió en Francia en marzo de 1794

El embrión de una burocracia plebeya

Debido a que la gran Revolución no fue sino burguesa, acompañada de un embrión de revolución proletaria, se ve aparecer en ella el germen de un fenómeno que sólo se desarrollará en toda su amplitud al producirse la degeneración de la Revolución rusa: ya en 1793 la democracia desde abajo dio nacimiento a una casta de advenedizos prestos a diferenciarse de las masas y deseosos de confiscar en su provecho la revolución popular. He tratado de analizar la mentalidad ambivalente de aquellos plebeyos en quienes se confundían estrechamente fe revolucionaria y apetitos materiales. La Revolución les parecía, según la expresión de Jaurés, a la vez «un ideal y una carrera». Servían a la revolución burguesa mientras se servían a sí mismos. Robespierre y Saint-Just, como haría más tarde Lenin, denunciaron las apetencias de esta burocracia naciente y ya invasora.

Cierto número de ellos entraron en abierto conflicto con el Comité de Salvación Pública. Si bien su adhesión al derecho burgués, a la propiedad burguesa, era producto de su misma codicia, tenían ciertos intereses particulares que defender contra la burguesla revolucionaria. Esta, en efecto, solamente quería dejarles la parte más pequeña posible del pastel: primero, porque la enorme plebe presupuestívora que integraban resultaba muy cara, luego, porque recelaba de sus orígenes y sus vínculos populares y, sobre todo, del apoyo que, mediante el uso de la demagogia, iban ganándose en los barrios pobres con el fin de adueñarse de todos los cargos disponibles, y finalmente, porque la burguesía se proponía conservar en manos de sus propios técnicos de confianza el control del gobierno revolucionario.

La lucha por la conquista del poder que entablaron plebeyos y técnicos fue muy dura y la dirimió la guillotina. Algunos sectores importantes, como el Ministerio de la Guerra, los fondos secretos, las industrias militares, etc., fueron la apuesta en disputa. La batalla por el dominio de las industrias militares es particularmente reveladora, pues en torno de ellas se enfrentan ya dos modalidades antagónicas de gestión económica: la libre empresa y lo que hoy se llama capitalismo de Estado. Si los plebeyos hubieran logrado sus objetivos y si las industrias militares hubieran sido nacionalizadas, como ellos exigían, una parte de los beneficios de la producción codiciados y, finalmente, acaparados por la burguesía revolucionaria, habrían ido a parar a sus bolsillos.

Trotski, insuficientemente informado, no estaba del todo en lo cierto al afirmar que el estalinismo «carecía de prehistoria» y al decir que la Revolución francesa no conoció nada parecido a la burocracia soviética, surgida de un partido revolucionario único cuyas raíces se afincaban en la propiedad colectiva de los medios de producción (29). Pienso, por el contrario, que los plebeyos hebertistas anunciaban ya, en más de un aspecto, a los burócratas rusos de la era estaliniana.

Igualmente, en el plano militar, una vez eliminados los generales del antiguo régimen traidores a la revolución, surgió, junto a algunos generales descamisados, entregados pero a menudo incompetentes, un nuevo tipo de jefes jóvenes procedentes de la tropa, con capacidad pero devorados por la ambición y que, más tarde, se convertirán en instrumento de la reacción y la dictadura militar. En cierta medida, aquellos futuros mariscales del Imperio prefiguran a los mariscales soviéticos.

La «anarquía» deducida de la Revolución francesa

Apenas terminada la Revolución francesa, los «teóricos» se entregaron con ardor y pasión, y a veces con notable lucidez, al análisis del mecanismo que rigió la marcha de aquélla a la búsqueda de sus enseñanzas. Concentraron su atención en dos grandes problemas: el de la revolución Permanente y el del Estado. Descubrieron, en primer término, que la gran Revolución, por no haber sido más que una revolución burguesa, había traicionado las aspiraciones populares y que debía ser continuada hasta la liberación total del hombre. De ello, dedujeron unánimemente el socialismo (30). Pero algunos descubrieron también que, en la Revolución, había hecho su aparición histórica un poder popular nuevo orientado de abajo arriba, que había sido suplantado al final por un aparato de opresión organizado de arriba abajo fuertemente reconstituido. Y se preguntaron, con angustia, cómo podría el pueblo evitar que en el futuro se le confiscara su revolución. De ello dedujeron el anarquismo.

El primero que vislumbró este problema fue el «rabioso» Varlet, ya en 1794. En un folleto publicado poco después del Thermidor, escribió esta frase profética: «Para todo ser dotado de razón, gobierno y revolución son incompatibles». Y acusó al «gobierno revolucionario» de haber implantado una dictadura (31) en nombre de la salvación pública. «Tal es la conclusión que el primero de los rabiosos extrajo del 93, y es una conclusión anarquista», escriben dos historiadores del anarquismo (32). El folleto de Varlet encerraba un pensamiento profundo: una revolución conducida por las masas y un poder fuerte (contra las masas) son cosas incompatibles.

Los babeuvianos sacaron la misma conclusión: «Los gobernantes -escribió Babeuf- sólo hacen revoluciones para seguir gobernando. Nosotros queremos hacer una que asegure para siempre la felicidad del pueblo por medio de la verdadera democracia». Y Buonarrotti, su discípulo, previendo con extraordinaria clarividencia la confiscación de las revoluciones futuras por nuevas «étites», agregaba: «Si se formase en el Estado una clase que poseyera en forma exclusiva el conocimiento del arte social, de las leyes y de la administración, dicha clase pronto descubriría la forma de crear para sí nuevas distinciones y privilegios». De aquí deducía Buonarrotti que sólo la supresion radical de las desgualdades, sólo el comunismo podría librar a la sociedad del azote de Estado: «Un pueblo sin propiedad privada y sin los vicios y crímenes que ella alumbra no tendría necesidad de esas innúmeras leyes bajo las que gimen las sociedades civilizadas de Europa» (33).

Pero los babeuvianos no supieron extraer todas las consecuencias de tal comprobación. Aislados de las masas, se contradijeron, como hemos visto, reclamando además la dictadura de un hombre sólo o de una élite «sabia», lo que hará escribir a Proudhon más tarde que «la negación del gobierno, que arrojó una luz, apagada de inmediato, a través de las manifestaciones de los "rabiosos" y "hebertistas", habría surgido de las doctrinas de Babeuf, si Babeuf hubiera sabido razonar y deducir su propio principio» (34).

A Proudhon corresponde el mérito de haber hecho, ya en 1851, un análisis realmente profundo del Estado en la Revolución francesa. El autor de L’Idée Générale de la Révolution Française au XIX siécle (35) se entrega primero a una crítica de la democracia burguesa y parlamentaria, de la democracia desde arriba, de la democracia por decreto. Denuncia su superchería. Ataca a Robespierre, adversario declarado de la democracia directa. Subraya las insuficiencias de la constitución democrática de 1793, punto de partida sin duda, pero también bastardo compromiso, entre democracia burguesa y democracia directa, que lo prometía todo al pueblo sin darle nada y que, apenas promulgada, quedó para las cadendas griegas.

Yendo al fondo del problema, Proudhon declara, siguiendo a Varlet, que «al proclamar la libertad de opinión, la igualdad ante la ley, la soberanía del pueblo y la subordinación del gobierno con respecto al país, la Revolución ha hecho de la sociedad y del gobierno dos cosas incompatibles entre sí». Afirma la «incompatibilidad absoluta del poder con la libertad». Y pronuncia una fulgurante requisitoria contra el Estado: «Eliminación de la autoridad, ausencia total de gobierno, aun cuando éste sea popular: ahí está la Revolución (...). El gobierno del pueblo será siempre el engaño contra el pueblo (...). Si la Revolución deja subsistir al gobierno en alguna parte, éste renacerá por todos lados». Ataca a los «pensadores más audaces», los socialistas «autoritarios» que, pese a reconocer los males del Estado, «dicen que el gobierno es, sin duda, un azote (...) pero es necesario». «Por eso -agrega- incluso las revoluciones más emancipadoras han desembocado siempre en un acto de fe y de sumisión al poder; por eso todas las revoluciones han servido para reconstruir la tiranía». «El pueblo se daba un tirano en vez de un protector. Siempre, y en todas partes, el gobierno, por muy popular que fuera en su origen, se ha ido haciendo exclusivo, dictatorial, después de mostrarse liberal durante un tiempo

Condena con rigor la centralización operada a partir del Decreto del 4 de diciembre de 1793. Dicha centralización podía comprenderse bajo el viejo régimen monárquico, pero «despojar al pueblo de sus fuerzas con el pretexto de la República una e indivisible, tildar de federalistas y, en consecuencia, arrojar a la proscripción a aquellos que se pronuncian por la libertad y la soberanía local, es desvirtuar el verdadero espíritu de la Revolución francesa, falsear sus tendencias más auténticas. El sistema centralista impuesto en el 1793 no es más que el feudalismo tansformado. Napoleón, que le dio el retoque final, fue testimonio de ello». Más tarde, Bakunin, discípulo de Proudhon, le hará eco: «Cosa extrafia, esta gran revolución, que por primera vez en la historia, proclamó no ya la libertad del ciudadano, sino la del hombre, se hizo heredera de la monarquía con la que había acabado y resucitó la negación de toda libertad: la centralización y la omnipotencia del Estado» (36).

Pero el pensamiento de Proudhon va más lejos y más hondo. Comprende que el ejercicio de la democracia directa, que las fórmulas más ingeniosas, destinadas a promover el auténtico gobierno de pueblo por el pueblo (con fusión de los poderes legislativo y ejecutivo, elección y revocabilidad de los funcionarios escogidos por el pueblo en su propio seno, control popular permanente), en fin, que este sistema «irreprochable» en teoría, «encuentra en la práctica una dificultad insalvable». Efectivamente: aun en esta hipótesis óptima existe el riesgo de que persista, la incompatibilidad entre sociedad y poder: «Si la totalidad del pueblo, en su carácter de soberano, ejerce el gobierno, es inútil buscar gobernados (...). Si el pueblo, ya organizado en el poder no tiene nada por encima de él hay que preguntarse qué habrá por debajo de él». No hay término medio: hay que «reinar o trabajar». «Al convertirse la masa del pueblo en Estado, el Estado pierde toda razón de ser, por cuanto ya no queda pueblo: la ecuación del gobierno da como resultado cero

¿Cómo salir de esta contradicción, de este «círculo infernal»? Proudhon responde que hay que disolver el gobierno en la organización económica. «La institución gubernamental tiene su origen en la anarquía económica. Cuando la Revolución pone fin a esta anarquía y organiza las fuerzas industriales desaparecen los pretextos para la centralización

Sin embargo, hay en Proudhon una grave laguna. Ataca al Estado en abstracto. Su utopismo pequeño-burgués le impide explicar cómo y por qué se disolverá el Estado en la “organización económica”. Se da por satisfecho con unas cuantas fórmulas, como la “solidaridad industrial” y el “reinado de los contratos”. Se aferra a la propiedad privada, en la cual cree encontrar la garantía de la libertad; de ahí que se oponga en principio, a la gestión colectiva. El socialismo libertario de Bakunin habrá de ser más lúcido y consecuente.

La tradición «jacobina»

No olvidemos que Proudhon se inspira en la Revolución Francesa, en la experiencia de 1793–1794, para lanzar su tronante diatriba contra la restauración del Estado. Y Bakunin subraya a su vez que, por haberse «nutrido» en cierta teoría que «no es sino el sistema político de los jacobinos más o menos modificado al gusto de los socialistas revolucionarios», «los obreros socialistas de Francia» «nunca han querido comprender» que «cuando en nombre de la Revolución se construye el Estado, aunque sólo sea un Estado provisional, se trabaja por la reaccion y por el despotismo» (37). El desacuerdo entre marxistas y libertarios procede, en cierta medida, del hecho de que los primeros no siempre contemplan la Revolución francesa con el mismo criterio que los segundos. Deutscher advirtió que en el bolchevismo hay un conflicto entre los dos espíritus, el marxista y el jacobino, conflicto que nunca se resolverá por completo, ni en Lenin ni en Trotski (38). Efectivamente: en el bolchevismo, como veremos, las secuelas del jacobinismo están más acentuadas que en el marxismo original. Pero yo creo que el própio marxismo jamás llegó a superar esta contradicción. Hay en él una veta de espíritu libertario y otra de espíritu jacobino o autoritario.

Esta dualidad procede, a mi juicio, de una apreciación unas veces justa, pero otras errónea, del verdadero contenido de la Revolución francesa. Los marxistas comprenden que ésta traicionó las aspiraciones populares porque fue, objetivamente y en sus resultados inmediatos, una revolución burguesa. Pero al mismo tiempo incurren en una aplicación abusiva de la concepción materialista de la historia, que les obnubila y les lleva a considerar a aquel acontecimiento exclusivamente bajo el ángulo y en los límites de la revolución burguesa: Tiene razón, es cierto, al subrayar los rasgos relativa, aunque indiscutiblemente progresistas de la misma; pero hay momentos en que sobreestiman o idealizan tales rasgos (exaltados también por libertarlos como Bakunin y Kropotkin, aunque no por Proudhon) o los presentan de manera demasiado unilateral.

Es cierto que Boris Nicolaievski, por ser menchevique, pone excesivo énfasis sobre esta tendencia del marxismo. Pero hay algo de verdad en su análisis. Y Gottschalk, ultraizquierdista alemán de 1848, no andaba del todo descaminado cuando se horrorizaba ante la perspectiva marxista de «escapar del infierno de la Edad Media» para «precipitarse voluntariamente en el purgatorio» del capitalismo (39). Lo que dice lsaac Deutscher de los marxistas rusos de antes de 1917 -pues, ¡oh, paradoja!, había mucho de «menchevismo» entre los «bolcheviques»- es aplicable en cierta medida, creo, a los fundadores del marxismo: «Como veían en el capitalismo una etapa del camino que conducía del feudalismo al socialismo, exageraban sus ventajas, su carácter progresista, su influencia civilizadora» (40).

Si se confrontan los numerosos pasajes de los escritos de Marx y Engels sobre la Revolución francesa será forzoso constatar que, ora perciben, ora pierden de vista su carácter de «revolución pemanente». Ven así la revolución desde abajo, pero sólo por momentos. Por dar un solo ejemplo: Marx no vacila en presentar a los humildes partidarios de Jacques Roux y Varlet en los suburbios como los «representantes principales» del movimiento revolucionario (41), mientras Engels dice que al «proletariado» de 1793 «en el mejor de los casos se le podría ayudar desde arriba» (42).

Con esto se comprenderá mejor lo que significa ese espíritu «jacobino» de que hablaba Deutscher. A primera vista el término carece de sentido, pues ¿quién podría decir lo que era exactamente el «jacobinismo» de 1793? La lucha de clases -aunque todavía embrionaria- pasaba por el Club de los Jacobinos. Sus jefes eran burgueses que, en el fondo, desconfiaban de las masas y cuyo objetivo más o menos consciente consistía en no sobrepasar los límites de la revolución burguesa. Los jacobinos de la base eran plebeyos que, en forma más o menos consciente, deseaban franquear esos límites. Al fin, cuando el conflicto que las enfrentaba se planteó con crudeza y claridad, ambas tendencias se hicieron mucho más conscientes y los jacobinos de arriba enviaron al cadalso a los jacobinos de abajo, antes de caer, a su vez, bajo la cuchilla de los burgueses más reaccionarios. Por «espíritu jacobino» debe entenderse, a mi juicio, la tradición de la revolución burguesa, de la dictadura desde arriba de 1793, un tanto idealizada e insuficientemente diferenciada de la coerción desde abajo. Y por extensión, debe entenderse también la tradición del conspirativismo babeuviano y blanquista, que toma las técnicas dictatoriales y minoritarias propias de la revolución burguesa para ponerlas al servicio de una nueva revolución.

Así se comprende por qué los libertarlos disciernen en el socialismo o comunismo del siglo XIX cierta tendencia «jacobina», «autoritaria», «gubernamentalista», cierta propensión al «culto a la dísciplina estatal» heredada de Robespierre y de los jacobinos, la cual definen como «humor burgués», «legado político del revolucionarismo burgués».

A esto oponen la afirmación de que «las revoluciones sociales de nuestros días no tienen nada o casi nada que imitar de los procedimientos revolucionarios de los jacobinos de 1793» (43).

Es cierto que Marx y Engels merecen mucho menos reproche que los pensadores de otras corrientes socialistas, autoritarias y estatistas del siglo XIX. Pero también es verdad que les costó un poco desembarazarse de la tradición jacobina. Por ejemplo, tardaron en deshacerse del «mito jacobino» de la «centralización rigurosa que la Francia de 1793 ofreció como modelo». Lo rechazaron, al fin, bajo la presión de los libertarios, pero no sin haber tropezado, vacilado, corregido la puntería y, aun en las rectificaciones, equivocado el cámino (44). Estás fluctuaciones permitirían a Lenin olvidar los pasajes anticentralistas existentes en los escritos de sus maestros -sobre todo, una puntualización hecha por Engels en 1885- para retener tan sólo «los hechos citados por Engels concernientes a la República francesa, centralizada, de 1792 a 1799» y para bautizar a Marx de «centralista» (45).

La influencia «jacobina», en efecto, se hace sentir con más fuerza todavía sobre los bolcheviques rusos que sobre los fundadores del marxismo. Y esta desviación se debe, en gran parte, a una interpretación a veces inexacta y unilateral de la Revolución francesa. Es verdad que Lenin advirtió su aspecto de revolución permanente. Mostró que el movimiento popular, al que denominó impropiamente «revolución democrático-burguesa», estuvo lejos de alcanzar sus objetivos en 1794 y que sólo los cumpliría en 1871 (46). Pero entendía que a fines del siglo XVIII no era posible lograr el triunfo completo porque faltaban todavía las «bases materiales» del socialismo (47). El régimen burgués sólo es progresista en comparación con la autocracia que lo precedió y porque constituye la forma postrera de dominación, así como «el terreno donde el proletariado puede librar más cómodamente su lucha contra la burguesía» (48). Sólo el proletariado es capaz de llevar la revolución hasta el fin, «pues sus objetivos van más allá de la revolución democrática» (49).

Pero, por otro lado, Lenin rechazó mucho tiempo la concepción de la revolución permanente y sostuvo que, después de la conquista del poder, el proletariado ruso debería limitarse voluntariamente a un régimen de democracia burguesa. Por eso, a veces tiende a sobreestimar la herencia de la Revolución francesa, afirmando que será, «quizá para siempre, el modelo de ciertos métodos revolucionarios» y que los historiadores del proletariado deben ver en el jacobinismo «uno de los puntos culminantes que alcanzó la clase oprimida en su lucha por la emancipación», uno de «los mejores ejemplos de revolución democrática» (50). Por eso idealiza a Danton (51) y no vacila en proclamarse «jacobino» (52). Por eso, con mucha exageración, atribuye a los burgueses revolucionarios la aplicación de medidas terroristas contra los capitalistas y se vanagloria de actuar, como ellos, con «inflexibilidad jacobina» (53).

Las actitudes jacobinas de Lenin provocaron en 1904 una viva réplica del joven Trotski. Para este último, que aún no se había adherido al bolchevismo, el jacobinisrno «es el grado máximo de radicalismo a que puede llegar la sociedad burguesa». Los revolucionarios modernos deben guardarse tanto del jacobinismo como del reformismo. Jacobinismo y socialismo proletario configuran «dos moldes, dos doctrinas, dos tácticas, dos psicologías separadas entre sí por un abismo». Si bien ambos son intransigentes, sus intransigencias son cualitativamente diferentes. La tentativa de introducir los métodos jacobinos en el movimiento de clase del proletariado, en las revoluciones proletarias del siglo XX, no es más que oportunismo. Expresa, al igual que el reformismo, «la tendencia a enlazar al proletariado con una ideología, una táctica y, por último, una psicología extraña y hostil a sus intereses de clase» (54).

Hacia una síntesis

En conclusión, la Revolución francesa ha sido fuente nutricia de dos grandes corrientes del pensamiento socialista que, a través de todo el siglo XIX se prolonga hasta nuestros días: la corriente jacobina autoritaria y la corriente libertaria. La una de «aire burgués», orientada de arriba a abajo, se preocupa ante todo de la eficacia revolucionaria y tiene en cuenta, principalmente, la «necesidad»; la otra, de espíritu esencialmente proletario, orientada de abajo arriba, pone en primer término la salvaguardia de la libertad. Se han elaborado varios compromisos entre ambas corrientes, compromisos que casi siempre han resultado más o menos cojos.

El colectivismo libertario de Bakunin buscaba conciliar a Proudhon y Marx. El marxismo, en la Primera Internacional, se esforzó por encontrar un término medio entre Blanqlui y Bakunin. La Comuna de 1871 fue una síntesis empírica de jacobinismo y federalismo. No obstante, la verdadera síntesis de ambas corrientes está sin hacer. Como escribe H. E. Kaminski, no sólo es necesario sino inevitable: «La historia elabora ella misma sus compromisos» (55). La degeneración de la Revolución rusa, el derrumbamiento y la bancarrota histórica del estalinismo, la ponen más que nunca a la orden del día. Sólo por medio de ella conseguiremos rehacer nuestro acervo ideológico y evitar para siempre jamás que nuestras revoluciones sean confiscadas por nuevos jacobinos, provistos de tanques al lado de los cuales la guillotina de 1793 es un juguete infantil.

Notas:

(1) Edgar Quinet, La Révolution (1865), ed., de 1869, t. 1, pág. 6.

(2) La lutte de classes sous la Première République, 2 vols., París, Gollimard, 1949.

(3) Times, Literary Suplement, 15-11-1946.

(4) Kropotkin, La Grande Révolution, 1909, pág. 745. La mayoría de los historiadores del pensamiento socialista han cometido el error de no hacer hincapié en el hecho de que las corrientes que nutren a aquél no sólo nacieron del cerebro de los ideólogos del siglo XIX (herederos a su vez, de los filósofos del siglo XVIII), sino también de la experiencia viva de la lucha de clases, sobre todo de la de 1793. Esta laguna es particularmente visible en el capítulo sobre la Revolución francesa, con que comienza la monumental Historia del pensamiento socialista escrita por G. D. H. Cole.

(5) Boris Souvarine, Staline, 1935, pág. 265; Erich Wollenberg, The Red Army, 2ª ed., Londres, 1940, págs. 78-80; Isaac Deutscher, Stalin, 1953, pág. 7.

(6) Véase, entre otros, Marc-Antoine Jullien en la Sociedad Popular de La Rochelle, 5 de marzo de 1793, en Edouard Lockroy, Une mission en Vendée, 1893, págs. 245-248.

(7) Véase Paul Sainte-Claire Deville, La Commune de l’An II, 1946, passim.

(8) Pierre Caron, Paris pendent la Terreur, 6 vols., 1910-1964.

(9) Ibíd., VI (obs. Bouchesciche, 29-3-94).

(10) Karl Kautsky, La Dictature du Prolétariat, Viena, 1918; del mismo: Materialistische Geschichtsaullassung, 1927, t. II, pág. 469. Véase Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918.

(11) Así en su «Crítica del Programa de Erfurt» (1891), Engels escribe que la República democrática es «la forma específica de la dictadura del proletariado, como ya lo demostró la gran Revolución francesa».

(12) Cuando Saint-just propuso que se concentrara el poder en manos de Robespierre, la perspectiva de la dictadura personal provocó ardiente indignación entre sus colegas, y Robert Líndet exclamó: «No hemos hecho la Revolución en provecho de uno solo.» (Armand Montier, Robert Líndet, 1899, pág. 245.)

(13) Bakunin, artículo en Egalité, del 26-6-1869, en Mémoire de la Fédérátion Jurassienne..., Sonvillier, 1879, anexo; Oeuvres (ed. Stock), y IV, página 344; «Programme de l’Organisation Revolutionnaire des Frères Internationaux», en L’Alliance Internationale de la Démocratie socialiste et l’Association Internationale des Travailleurs, Londres-Hamburgo, 1873.
Sin embargo, Bakunin admite que es necesaria una «dictadura colectiva» de los revolucionarios para «dirigir» la Revolución, pero la misma habrá de ser una «dictadura sin banda presidencial, sin títulos, sin derecho oficial, y tanto más poderosa cuanto que no tendrá ninguna de las apariencias del poder» (carta a Albert Richard, 1870, en Bakoúnine et L’Internationale à Lyon, 1896). Véase también, «Soixante ans d’hérésie», de Fritz Brupbacher, en Socialisme et Liberté, Boudry (Suiza), 1955, pág. 259.

(14) Temblaban ante la idea de contradecir a Lenin, pues para éste, quien no comprendiera la necesidad de la dictadura, no comprendía la Revolución y no era buen revolucionario. («Contribution á l’histoire de la dictature», 1920, en De l’Etat, París, 1935 págs. 31, 35.)

(15) Philippe Buonarrotti, Conspiration pour l’Egatité dite de Babeuf, ed. 1828, t. 1, págs. 93, 134, 139, 140.

(16) Kautsky, La dictature..., cit. Prefacio de Volguine a los Textes choisis de Blanqui, 1955, págs. 20, 41; Maurice Dommanget, Les Idées potitiques et sociales d’Auguste Blanqui, 1957, págs. 170-173.

(17) Cfr. Cahiers du Bolchevisme, 14-3-1933, pág. 451.

(18) Marx, La lucha de clases en Francia (1850).

(19) Maximilien Rubel, Pages choisies de Marx, 1948, p. L., nota y páginas 224-225.

(20) Cfr. León Trotski, Nuestras tareas políticas, Ginebra, 1904 (en ruso), especialmente el último capítulo sobre la «dictadura del proletariado».

(21) Der Bankrott des russischen Staatskommunimus, Berlín, 1921, páginas 28-31.

(22) Véase Proudhon, Idée générale de la Révolution au XIXe siècle (1851). Oeuvres Complètes, Rivière, págs. 126-127, Deutscher, op. cit., páginas 8-9.

(23) Georges Lefebvre, Annales historiques.... abril-junio de 1947, página 175.

(24) Albert Soboul, «Robespierre and the Popular Movement of 1793-1794», Past and Present, mayo de 1954, páp. 60.

(25) George Guy-Grand, La démocratie et l’après-guerre, 1922, pág. 230.

(26) Georges Lefebvre, Etudes sur la Révolution française, 1954, página 21.

(27) Mathiez, Humanité del 19-8-1920; cit., por Guy-Grand, op. cit., página 225.

(28) Der Bankrott..., cit.

(29) Trotski, Staline, 1948, págs. 485, 556, 559, 560.

(30) La expresión «revolución permanente» aparece en textos de Bakunin, así como en Blanqui y Marx.

(31) Varlet, L’Explosion, 15 Vendimiario, año III.

(32) Alain Sergent y Claude Harmel, Historie dé l’anarchie, 1949, página 82.

(33) Babeuf, Tribun du Peuple, II, 294, 13-4-1796; Bounarrotti, op. cit., páginas 264-266.

(34) Proudhon, Idée Générale..., cit., pág. 195.

(35) Ibídem., págs. 177-236.

(36) Bakunin, Oeuvres, t. I, pág. 11.

(37) Bakunin, Oeuvres, t. II, págs. 108, 232. Lo mismo puede decirse de los socialistas alemanes: Rudolf Rocker señaló (en su Johann Most, Berlín, 1924, pág. 53) que Wilhelm Liebknecht fue «influido por las ideas de los antiguos jacobinos comunistas».

(38) Deutscher, El proleta armado.

(39) Boris Nicolaievski, Karl Marx, 1937, págs. 146, 158.

(40) Deutscher, Stalin, biografía política, México, Era. Véase también: Sir john Maynard, Rusia in Flux, Nueva York, 1955, pág. 118.

(41) Marx, La Sagrada Familia, 1844.

(42) Engels, Anti-Dühring, 1878.

(43) Proudhon, Idée Générale..., cit., págs. 234-323. Bakunin: Oeuvres, t. II, págs. 108, 228, 296, 361-362; t. IV, pág. 257.

(44) Engels, Karl Marx devant les jurés de Cologne, ed. Coste, pág. 247 y nota; Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte; Marx, La Guerra Civil en Francia; Engels, Crítica del Programa de Erfurt.

(45) Lenin, El Estado y la Revolución, 1917.

(46) Lenin, Pages choisies (ed. Pascal), t. II, págs. 372-373.

(47) Lenin, Oeuvres, t. XX, pág. 640.

(48) Pages.... t. II, pág. 93.

(49) Ibíd., t. II, págs. 115-116.

(50) Pages.... t. II, pág. 296; Oeuvres, t. XX, pág. 640.

(51) Pages..., t. III, pág. 339.

(52) Oeuvres, t. XX, pág. 640; Pages..., t. 1, pág. 192 (1904).

(53) Oeuvres, t. XXI, pág. 213, 227, 232.

(54) Trotski, Nuestras tareas políticas, cit. (en ruso).

(55) H. E. Kanlinski, Bakounine, 1938, pág. 17.

Font: Escrito en 1956. La Revolución desjacobinizada se reproduce a partir de la versión de la editorial Jucar, incluida en la compilación de artículos «Por un marxismo libertario», 1979 (traducida de la edición de Robert Laffont, 1969). Al encontrar algunas lagunas y erratas en algunos puntos, se ha completado a partir de la versión de Editorial Proyección, incluida en: Daniel Guérin, «Marxismo y socialismo libertario», 1959.

+ Info:

La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa, 1793-1795 (Daniel Guérin, 1973). “…los sans-culottes opusieron, en numerosas ocasiones, la auténtica soberanía del pueblo, que se ejercía directamente allí donde estuviese reunido –en sus secciones, en sus municipios, en sus sociedades populares-, a la supuesta soberanía de la asamblea parlamentaria ... El 4 de mayo (de 1793), con motivo del desfile de una delegación del barrio de Saint-Antoine hasta la Convención, su orador declaró que le seguían 8 mil ciudadanos, “miembros del pueblo soberano que venían a dictar sus voluntades a sus mandatarios”

Descargar «La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa» (Guérin) aquí

Archivo Daniel Guérin (1904 - 1988)

La relación entre el movimiento sans culottes y el jacobinismo. acuerdos y contradicciones. Facundo Lafit.


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