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Anticapitalistes
  
diumenge 29 de maig de 2016 | Manuel
Declaración de la Comuna de París al pueblo francés [1 de Abril de 1871]


DECLARACIÓN DE LA COMUNA AL PUEBLO FRANCÉS

En el conflicto doloroso y terrible que impone una vez más a París los horrores del sitio y del bombardeo que hace correr la sangre francesa, que hace perecer a nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos aplastados bajo los obuses y la metralla, es necesario que la opinión pública no sea dividida, que la conciencia nacional no sea turbada.

Es necesario que París y el país todo entero sepan cuál es la naturaleza, la razón, el fin de la Revolución que se produce. Es necesario que la responsabilidad de los duelos, de los sufrimientos, de las desdichas de los que somos víctimas recaigan sobre aquellos que, después de haber traicionado a Francia y librado París al extranjero persiguen con una ciega y cruel obstinación la ruina de la capital, a fin de enterrar, en el desastre de la República y de la libertad el doble testimonio de su traición y de su crimen.

La Comuna tiene el deber de afirmar y determinar las aspiraciones y los deseos de la población de París, de precisar el carácter del movimiento del 18 de marzo, incomprendido, desconocido y calumniado por los hombres políticos que se reúnen en Versalles.

Esta vez nuevamente París trabaja y sufre por la Francia entera, de la que él prepara por sus combates y sacrificios, la regeneración intelectual, moral administrativa y económica, la gloria y la prosperidad. ¿Qué pide París?

El reconocimiento y la consolidación de la República, única forma de gobierno compatible con los derechos del pueblo y el desarrollo regular y libre de la sociedad.

La autonomía absoluta de la Comuna extendida a todas las localidades de Francia, y asegurando a cada una la integridad de sus derechos, y a todo francés el pleno ejercicio de sus facultades y aptitudes, como hombre, ciudadano y trabajador.

La autonomía de la Comuna no tendrá otros límites que el derecho de autonomía igual para todas las obras comunes adherentes al contrato, cuya asociación debe asegurar la unidad francesa.

Los derechos inherentes a la Comuna son:

El voto del presupuesto comunal, gastos y recursos; la fijación y la repartición del impuesto; la dirección de los servicios locales, la organización de su magistratura, de la policía interior y de la enseñanza, la administración de los bienes pertenecientes a la Comuna.

La selección por elección o concurso, y el derecho permanente de control y revocación de los magistrados y funcionarios comunales de todo orden.

La garantía absoluta de la libertad individual, de la libertad de conciencia y la libertad de trabajo.

La intervención permanente de los ciudadanos en los asuntos comunales por la libre manifestación de sus ideas, la libre defensa de sus intereses: garantías dadas a esas manifestaciones por la Comuna, única encargada de vigilar y asegurar el libre y justo ejercicio del derecho de reunión y de publicidad.

La organización de la Defensa urbana y de la Guardia Nacional, que elige sus jefes y vela sola al mantenimiento del orden en la ciudad. París no quiere nada más a título de garantías locales, a condición bien entendida, de encontrar en la gran administración central, delegación de las comunas federadas, la realización y la práctica de los mismos principios.

Pero, a favor de su autonomía y aprovechando su libertad de acción, París se reserva realizar como lo considere mejor, las reformas administrativas y económicas que reclame su población: crear instituciones aptas para desarrollar y propagar la instrucción, la producción, el intercambio y el crédito; a universalizar el poder y la propiedad, según las necesidades del momento, el deseo de los interesados y los datos proporcionados por la experiencia.

Nuestros enemigos se equivocan o hacen equivocar al país cuando acusan a París de querer imponer su voluntad o su supremacía al resto de la nación y pretender una dictadura que sería un verdadero atentado contra la independencia y soberanía de las otras comunas.

Se equivocan o hacen equivocar al país cuando acusan a París de perseguir la destrucción de la unidad francesa, constituida por la Revolución, con la aclamación de nuestros padres, que concurrieron a la fiesta de la Federación desde todos los puntos de la vieja Francia. La unidad, tal como nos ha sido impuesta hasta hoy por el imperio, la monarquía y el parlamentarismo, no es más que la centralización despótica, ininteligente, arbitraria u onerosa.

La unidad política, tal como la quiere París, es la asociación voluntaria de todas las iniciativas locales, el concurso espontáneo y libre de todas las energías individuales en vistas a un fin común, el bienestar, la libertad y la seguridad de todos.

La Revolución comunal, comenzada por la iniciativa popular del 18 de marzo, inaugura una era nueva de política experimental, positiva, científica.

Este es el fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo, del funcionarismo, de la explotación, de los monopolios, de los privilegios, a los que el proletariado debe su servidumbre y la patria sus desdichas y sus desastres.
Que esta patria querida y grande, engañada por las mentiras y las calumnias, se tranquilice entonces.

La lucha entablada entre París y Versalles es de esas que no pueden terminar por compromisos ilusorios: la salida no deberá ser dudosa. La victoria, perseguida con indomable energía por la Guardia Nacional, pertenecerá a la idea y al derecho.

¡Llamamos a Francia!

¡Advertida de que París en armas posee tanta calma como bravura, que sostiene el orden con tanta razón como heroísmo; que no se armó más que por devoción a la libertad y la gloria de todos, que Francia haga cesar este sangriento conflicto!

Corresponde a Francia desarmar a Versalles por la manifestación solemne de su irresistible voluntad.

¡Llamada a aprovechar nuestras conquistas, que se declare solidaria con nuestros esfuerzos; que sea nuestra aliada en este combate que no puede terminar más que con el triunfo de la idea comunal o con la ruina de París!

En cuanto a nosotros, ciudadanos de París, tenemos la misión de realizar la revolución moderna, la más grande y la más fecunda de todas aquellas que han iluminado la historia.

¡Tenemos el deber de luchar y de vencer!

París, 1 de abril de 1871.

LA COMUNA DE PARIS

El Sol Ácrata


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