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dimecres 8 de juny de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 4. Hambruna y Primer Plan Quinquenal (1930-1932)

Rolando Astarita

Parte 1 aquí

Parte 2 aquí

Parte 3 aquí

XII. Fracaso y hambruna

Caída de la producción

Todo confluyó en una aguda caída de la producción. De acuerdo a Trotsky (1973), la cosecha global de cereales, que había sido de 850 millones en 1930, disminuyó a menos de 700 millones en los dos años siguientes, esto sin contar que ya había caído en 1930. El número de caballos bajó 55%; del de vacunos disminuyó 40%, de cerdos 55%, de corderos 66%. Según estadísticas oficiales soviéticas, citadas por Mandel (1969), el número de bovinos en general cayó desde 60,1 millones en 1928 a 33,5 millones en 1933; el de cerdos, en el mismo período, pasó de 22 millones a 9,9 millones. Según Hunter (1988), la producción agrícola en 1932, medida en moneda constante, fue 3739 millones de rublos, contra 4148 en 1928; la de productos animales fue 3.903 millones contra 7136 millones en 1928; el output total bajó, entre esos años, de 19.129 millones a 16.808 millones de rublos. De acuerdo a datos oficiales de 1958, el índice de output agrícola muestra una caída desde 100 en 1928 a 81,5 en 1933; el objetivo del Plan era llegar a 155 para ese último año. La parte del ganado en el índice cayó de 100 a 44. Aunque tomando el período 1928-1932, la producción de grano, si bien tuvo bajones algunos años, en el balance permaneció sin cambios; y aumentó el grano comercializado. Pero la caída de la producción agraria global tendría duras consecuencias para la población y la economía soviética en su totalidad.

La hambruna

De acuerdo a la FAO, se considera hambruna a la carencia grave de alimentos que afecta a un número muy grande de personas, por lo general en un área geográfica específica. Típicamente la consecuencia es la muerte por inanición de la población afectada, precedida por una grave desnutrición o malnutrición. Los seres humanos pueden morir de hambre después de algunas semanas si han gozado de buena salud hasta el momento en que se los priva de alimentos por primera vez; pero el plazo se acorta considerablemente según carezcan de reservas de energía y músculos al momento del estallido de la hambruna. Naturalmente, los niños, las mujeres en edad fértil y los ancianos son los grupos más vulnerables a la inanición. El edema, a veces denominado edema de hambre, es una característica frecuente de la desnutrición grave: el individuo postrado en la cama presenta hinchazón en los pies y las piernas, generalmente sufre anemia y casi siempre tiene diarrea. La inanición ocasiona diarrea persistente, colapso vascular o insuficiencia cardíaca y muerte; pero además, la persona gravemente desnutrida desarrolla a menudo alguna infección y fallece a causa de neumonía, tuberculosis u otra enfermedad infecciosa. Grandes hambrunas ocurrieron en Irlanda, en la década de 1840; en India colonial, en 1769-70 (10 millones de muertos); Bengala, 1943; Bihar, 1966-7; Holanda y Leningrado, durante la Segunda Guerra; Chad, Mali, Mauritania, Senegal y (actual) Burkina Faso, entre 1968 y 1973; Etiopía, en los 1970; Somalia, 1992-3 (FAO, 2002). A esta lista hay que agregar la hambruna en China, a comienzos de los 1960, y en la URSS, en los inicios de los 1930.

Los historiadores acuerdan en que, entre 1927 y 1933, en la URSS, hubo millones de muertos por hambre, pero las cifras son dispares. Basándose en estimaciones demográficas, Nove (1973) afirma que, en términos globales, murieron unas 10 millones de personas (en 1932 la población era de 165,7 millones de habitantes, y había crecido a un promedio anual de tres millones desde 1926; en 1939 la población era de 170 millones). Livi Bacci (1993), por su parte, calcula las muertes “en exceso”-o sea, aquellas que no hubieran ocurrido si no se hubiera aplicado la política de la colectivización- entre 1927 y 1936. Suponiendo una expectativa de vida de 40 años, uno de cada cinco nacidos muerto antes del año de vida, una fertilidad de seis niños por mujer, y una tasa de crecimiento de la población cercana al 2% anual, habría habido un exceso de muertes de entre el 5% y 6% de la población, lo que representaría unas nueve millones de personas. En 2003, 25 países, entre ellos Rusia, Ucrania, y EEUU, firmaron una declaración conjunta en la ONU en la que se dice que en la ex URSS la hambruna de 1932-1933 costó entre siete y 10 millones de vidas, siendo el pueblo ucraniano el más afectado. Davies y Wheatcroft, sin embargo, consideran exageradas estas cifras. Distinguen tres grandes episodios: a) el hambre que se desató en las ciudades, en 1932, prolongándose hasta 1933; b) la hambruna en Kazajistán, que comenzó en el otoño de 1931 y continuó hasta la cosecha de 1933; c) el hambre rural en las mayores áreas de grano, Ucrania y Cáucaso del Norte, en primer lugar, que comenzó en la primavera de 1932 y se hizo mucho más intensa en los meses previos a la cosecha de 1933.

La primera, la crisis alimentaria urbana, tuvo su origen en la baja colecta de grano de 1927, que llevó a la introducción del racionamiento a partir de 1928. En la primavera de 1932 la crisis se convirtió en hambruna, que continuó hasta la cosecha de 1933. Entre 1932 y 1933 las raciones bajaron, al punto que en muchos sitios apenas eran de 200 gramos por día; en 1933 unos 30 millones de personas estuvieron en el sistema de racionamiento. Por este motivo el descontento en las ciudades estuvo muy extendido, hubo revueltas y manifestaciones, y la tasa de mortalidad urbana aumentó hasta la cosecha de 1933. De todas formas, la crisis fue menos devastadora que la de 1918-9, cuando grandes masas de personas abandonaron las ciudades.

En lo que respecta a Kazajistán, el hambre se comenzó a sentir desde comienzos de 1932, y continuó hasta el verano de 1933. Davies y Wheatcroft calculan que entre 1931 y 1933 habrían muerto entre 1,3 y 1,5 millones de personas. Un informe de una agencia estatal reportaba que solo entre 1931 y 1932 la población había disminuido en 1,9 millones de personas (hay que incluir la emigración). Según Ohayon (2013), estaría establecido, en base a estudios demográficos, que entre 1,15 y 1,42 millones de kazajos sucumbieron al hambre durante la colectivización, y que 600.000 emigraron definitivamente. Otras poblaciones, no kazajas, también se redujeron abruptamente.

En cuanto a las grandes áreas productoras de grano, a comienzos de 1932 hubo hambre en Ucrania. Allí el nivel de la requisa en 1931 fue tan alto que dejó a la población rural con 250 libras de grano por habitante, la mitad de la provisión normal. En 1932 la cosecha disminuyó (los problemas se agravaron por una sequía), pero aún así aumentó más la requisa. A pesar de las muertes crecientes en Ucrania por inanición y del éxodo masivo de campesinos a las ciudades, se hizo todo lo posible para que se cumplieran las cuotas de entrega. Pero no había manera de cumplirlas, y el Gobierno intensificó la represión (Livi-Bacci).

En 1932 y 1933 la catástrofe humanitaria fue gigantesca, y se extendió al Norte del Cáucaso. El régimen ocultó y negó la tragedia (incluso suprimiendo censos), por lo cual es difícil calcular el número de víctimas. Trotsky habló de millones de muertos, agregando que “la responsabilidad de esto no incumbe a la colectivización sino a los métodos ciegos, atrevidos y violentos por los cuales se aplicó”. De acuerdo a Davies y Wheatcroft, en junio de 1933, en las vísperas de la cosecha, la mortalidad rural en Ucrania fue 13 veces más elevada que la tasa normal. En el Norte del Cáucaso, y según un informe del bureau regional del Partido de febrero de 1933, 48 de los 75 distritos productores de grano sufrían el hambre. En las áreas rurales de la región del Bajo Volga, la tasa de mortalidad fue nueve veces superior a la normal, y tres veces superior en la zona del Volga central. Aun excluyendo a los Urales, Siberia y el Lejano Oriente, las áreas con hambre abarcaron unas 70 millones de personas, sobre un total de 160 millones que conformaba la población de la URSS. Estas áreas también experimentaron una fuerte reducción de las tasas de nacimientos.

Por otra parte, el hambre no desapareció por completo en 1933; todavía en 1934 la GPU informaba de múltiples casos de malnutrición y muertes por inanición. Kuromiya (2008) sostiene que el hambre se combinó, a partir de 1933, con el ataque abierto al comunismo nacional ucraniano, que llevó al suicidio del líder Mykola Skrypnyk y el descubrimiento de varias organizaciones ucranianas “contrarrevolucionarias” (por otra parte Kuromiya presenta argumentos convincentes en contra de la tesis que dice que el hambre constituyó en esencia un genocidio de los ucranianos).

Según Davies y Wheatcroft, solo entre 1932 y 1933 el número de muertes en exceso (o sea, comparada con el promedio 1926-7), en la URSS, y exceptuando Kazajistán, habría sido de unos tres millones. Otros cientos de miles murieron en los campos de concentración; unos 300.000 en 1932-1933. En total, las muertes en exceso, contando la hambruna en los medios rurales y el hambre en las ciudades, podrían haber sido entre 5,5 y 6,5 millones, según estos autores. Kuromiya, por su parte, eleva las muertes durante la hambruna de 1932-1933 a 7,8 millones. Señala también que, a pesar del hambre, el Gobierno no interrumpió las exportaciones de grano, ni liberó las reservas, que totalizaban 2,6 millones de toneladas. Bajo condiciones de óptima distribución, la suma del grano destinado a la exportación y el de las reservas hubiera prácticamente alimentado a las casi ocho millones de personas que murieron.

El caos social que acompañó a la tragedia fue de proporciones. Campesinos que no podían encontrar trabajo se convirtieron en mendigos o vagabundos. El Comité regional del Partido del Norte del Cáucaso informaba, en febrero de 1933, que las estaciones de ferrocarril estaban “sobrepobladas con elementos [de la población] sin casa, pasaportes o medios de existencia, un gran número de los cuales están muriendo en los coches ferroviarios y en las estaciones” (citado por Davies y Wheatcroft). Como también había ocurrido en 1921-2, hubo casos de canibalismo, en sentido estricto –asesinar seres humanos- o por ingestión de cadáveres. También se extendieron enfermedades; el tifus, en particular. En La Revolución traicionada Trotsky cita a un observador diciendo: “La colectivización completa ha sumergido a la economía en una miseria como no se veía desde mucho tiempo atrás; es como si se hubiese pasado por una guerra de tres años”, y caracteriza las consecuencias de las “aventuras” de la dirección sencillamente como “destructoras”.

Por otra parte, la colectivización debilitó a la URSS frente a sus enemigos. “Las campañas de la colectivización brutal y dekulakización, seguidas por la Gran Hambruna, desilusionaron a los ucranianos étnicos en Polonia y en otros lugares acerca de la URSS, y activaron en gran medida los grupos de emigrados ucranianos contra la URSS. Países extranjeros, en particular Alemania, Polonia y Japón, intentaron usar a los ucranianos descontentos con propósitos políticos y militares. (…) De forma similar, el Cáucaso Norte, con su población ucraniana y muchas otras nacionalidades no rusas, llamaron la atención de países extranjeros, en especial Alemania, Polonia, Turquía y Japón, como un terreno fértil para el espionaje y la subversión” (Kuromiya, 2008).

XIII. El Primer Plan Quinquenal y el progreso productivo

La industrialización acelerada

Junto a la colectivización forzosa, la industrialización acelerada es el hecho que se invoca más frecuentemente para sostener que el giro de 1928-9 fue positivo, en términos de consolidación de los elementos socialistas por sobre los capitalistas. Si bien las cifras oficiales sobreestimaron el avance, es indudable que entre 1928 y fines de la década siguiente el país experimentó una asombrosa transformación productiva. Desde 1928 a 1937 el ingreso nacional pasó de 24.400 millones de rublos a 96.300 millones. En 1938 la URSS estaba produciendo cuatro veces más acero y tres veces y media más carbón que en 1928. Además, era el primer productor mundial de tractores y locomotoras, y la carga transportada por ferrocarriles era cinco veces superior a la de 1913. La producción de carbón aumentó de 35,4 millones de toneladas a 128 millones, la de acero de 4 a 17,7 millones de toneladas, la producción de electricidad aumentó 700%. Con el Plan Quinquenal se asignó una gran parte del excedente a la inversión, en particular hacia la industria pesada y la de guerra. Se construyeron en tiempo récord enormes fábricas, la represa del Dnieper, el combinado de hierro y carbón de los Urales-Kuznetsk, se perforaron pozos petrolíferos, se abrieron minas y canales, se lograron economías de escala y se difundió la tecnología. Solo durante el Primer Plan Quinquenal la industria soviética dominó la producción de caucho sintético, motocicletas, relojes pulsera, cámaras, excavadoras, cemento de alto grado y una variedad de calidades de acero. En esos años se estableció firmemente la red de investigación y desarrollo (Wheatcroft, Davies y Cooper, 1986).

Por supuesto, la URSS partía de niveles muy bajos de tecnología y producción. Además, la calidad de los productos era deficiente, y el despilfarro de recursos parece haber sido importante. Por eso Trotsky, en La revolución traicionada destaca los logros pero matiza los resultados oficiales. Además, cuando se pone el acento en la multiplicación rápida de productos altamente estandarizados, y no en las mejoras de calidad, los índices de crecimiento son mayores que cuando se atiende a la mejora de la calidad. Con todo esto, el progreso productivo fue inmenso, y creó la base material de la posterior victoria del Ejército Rojo sobre los nazis.

Junto a la industrialización se incrementó la población urbana, creció la clase obrera y se elevó su nivel de cultural. La población de las ciudades aumentó de 26,3 millones en 1926 a 55,9 millones en 1939; en términos porcentuales, pasó de ser el 17,9% del total del país en 1926 al 32,8% en 1939. La población total aumentó de 147 a 170,5 millones en ese lapso. El empleo en industria, construcción, comunicaciones y transporte pasó de 6,4 millones a 23,7 millones de trabajadores; en el sector agrícola bajó de 71,7 a 47,7 millones, siempre en el lapso 1926-1939. A pesar de que algunos datos pueden estar exagerados, el cambio fue dramático (Wheatcroft, Davies y Cooper).

En lo que respecta a la educación, en 1926 el porcentaje de alfabetización entre los 9 y 49 años de edad era 56,6%; en 1939 había aumentado al 87%. El número de estudiantes secundarios pasó de 1,8 millones en 1926-7 a 12 millones en 1938-9; los estudiantes universitarios aumentaron de 160.000 en 1927-8 a 470.000 en 1932-3; en este último año el 50% provenía de la clase obrera. Este crecimiento, junto a las grandes purgas, abrió oportunidades de ascenso social. Antiguos campesinos pobres accedieron a las ciudades, pudieron convertirse en oficinistas, o sus hijos acceder a la universidad y a altos puestos como funcionarios en el Estado o el Partido (se amplía más adelante).

Crecimiento desproporcionado

La estrategia soviética para el crecimiento económico se inspiró, en principio, en los esquemas de reproducción desarrollados por Marx en el segundo tomo de El Capital. Allí Marx dividió la economía en dos sectores, el que produce medios de producción (sector I) y el que produce medios de consumo (II). Con estos esquemas puede verse claramente que el crecimiento del sector II está condicionado, y depende, del crecimiento de I. Dado que los esquemas analizan las condiciones de la reproducción de la economía, el análisis pone el foco en los componentes materiales del proceso de producción. Se trata de condiciones objetivas, materiales, sin las cuales la reproducción de la producción puede ser imposible. Por ejemplo, debe existir cierta proporción entre el volumen de pan que se produce y el de trigo que entra como insumo para la producción del pan. De la misma manera, si ha de haber reproducción ampliada, y suponiendo el pleno empleo de los recursos, el volumen de los medios de producción producidos en un período debe ser mayor que los medios de producción consumidos en ese período. Son relaciones materiales objetivas, que se aplican a cualquier régimen, cualquiera sea su forma social.

La tasa de variación de la inversión total (y por ende, de la economía) viene determinada entonces por la proporción del producto que se asigna a I, y por la relación entre los medios de producción invertidos en el sector I y la producción de este sector. De ahí que la Oposición de Izquierda exigiera, en los años 1920, que se acelerara la inversión en el sector I. Agreguemos que la necesidad de aumentar la tasa de crecimiento en I estaba reforzada por el carácter cerrado de la economía y la caída de los términos de intercambio durante la Gran Depresión.

Enfaticemos por lo tanto que el sector I es el decisivo, dado que si baja la producción en II, la producción de I no se ve afectada. Aunque esto es cierto dentro de ciertos límites, ya que una caída en la producción de bienes de consumo no puede llegar al extremo de afectar la reproducción de los medios de subsistencia necesarios; tampoco puede afectarlos al punto que provoque desmoralización y retracción del esfuerzo de los trabajadores en las empresas. Si se diera esa circunstancia, se afectaría la producción y la productividad.

En cualquier caso, a partir del giro 1928-9, la dirección stalinista decidió priorizar el desarrollo del sector I. Así, en su intervención “La industrialización del país y la desviación de derecha en el PC de la Unión Soviética (Bolchevique)” ante el Pleno del Partido (18/11/1928) Stalin planteó que era clave el desarrollo de la producción de medios de producción al ritmo más alto posible. Lo cual implicaba “la máxima inversión de capital en la industria”. Esta idea habría de regir en los años siguientes la industrialización, y se terminaría presentando como una “ley económica del socialismo”.

Sin embargo, si se supone plena utilización de la capacidad, o pleno empleo, a más alta tasa de inversión menor será el nivel absoluto de consumo. Además, durante el período de gestación se consumen recursos sin que haya todavía producción de los bienes que se supone generará la nueva inversión. Estas cuestiones fueron reconocidas por Stalin en el discurso citado: “La reconstrucción de la industria implica la transferencia de fondos desde la esfera de la producción de medios de consumo a la esfera de la producción de medios de producción. (…) Esto significa que el dinero está siendo invertido en la construcción de nuevas plantas, y que el número de ciudades y nuevos consumidores está creciendo mientras que las nuevas plantas pueden producir mercancías adicionales en cantidad solo después de tres o cuatro años. Es fácil darse cuenta de que esto no lleva a poner fin a la escasez de bienes”.

Objetivos desmedidos

Lo anterior explica que a partir del lanzamiento del Primer Plan Quinquenal se dedicara una alta proporción de los recursos domésticos a la inversión destinada a ampliar la capacidad de producción de medios de producción. Si bien parecía inevitable para garantizar el crecimiento, los objetivos que impuso la dirección soviética fueron desmedidos. El Plan preveía que el stock de capital fijo aumentara más del 80% en cinco años, que el ingreso nacional se duplicara y la inversión bruta en capital fijo más que triplicara su volumen. Estos objetivos deberían cumplirse en una economía cuya relación capital/producto (entendido aquí “capital” como máquina y equipos) en el año base era 2,9 (se esperaba una caída al 2,5 al terminar ese año); la tasa de inversión neta de capital fijo era del 16%; y el promedio de construcción de nuevas plantas de entre 4 y 5 años (Erlich, 1967; también para lo que sigue). Para más males, en vísperas del Primer Plan Quinquenal el 40% de la inversión bruta se destinaba a la agricultura campesina, muy primitiva.

Al mismo tiempo, las líneas de producción que se suponía encabezarían la industrialización (construcción de máquinas y metalurgia) representaban el 15% del producto nacional y todo el output de la industria de gran escala generaba apenas el 26% del ingreso nacional. Como plantea Erlich, no había manera de alcanzar los objetivos del plan con ese stock de capital. Es que el volumen de la inversión planeada no era suficiente para generar el aumento deseado del output; pero al mismo tiempo demasiado grande cuando se consideraba la capacidad disponible del sector I. En un sentido más general, Bettelheim también observa que el plan soviético olvidó la necesidad de respetar ciertas proporciones entre las ramas económicas. De todo esto derivaron muchos problemas. Por un lado, dado que la capacidad de la producción de máquinas y equipos era insuficiente para la tarea, el período de gestación de la nueva planta, que ya era grande debido al tamaño de los proyectos, fue todavía mayor. Por lo tanto, otras plantas que dependían de los insumos que habrían de proveerles esos proyectos tuvieron que construirse más despacio, o debieron operar a una fracción de su capacidad durante períodos extensos. Un caso punta fue la producción de hierro y acero, retrasada con respecto a la industria de construcción de máquinas.

A fin de acercarse lo más posible a la inversión planeada en el sector I, hubo que reducir aún más la inversión en la producción de medios de consumo (Erlich), lo que se advierte con claridad en las estadísticas de Gerschenkron. Partiendo de un índice 100 en 1929, el índice oficial de producción para toda la industria había subido a 169 en 1932 y a 539 en 1940. Pero la producción de bienes de producción subió a 212 en 1932 y a 777 en 1940, en tanto la producción de bienes de consumo pasó a 136 en 1932 y 363 en 1940.

Inversión y despilfarro de recursos

Medida en rublos 1937 la participación de la inversión bruta en el PBI subió de 12% en 1928 a 26% en 1937 (Erlich, 1967). De acuerdo a otro estudio, citado por Wheatcroft, Davies y Cooper, la inversión bruta aumentó del 8,4% del PBI en 1928 al 20,1% en 1937, medida en precios de 1937; y del 20,3% al 40,5% medida en precios de 1928 (con la industrialización, debido al aumento de la productividad, cayeron los precios de los equipos y máquinas). Dado que el aumento fue mayor que el crecimiento de la clase obrera, aumentaron las relaciones capital/trabajo y capital/producto (entendido aquí como “capital” equipos y máquinas). Wheatcroft, Davies y Cooper plantean que estos datos cuestionan la idea, muy difundida, de que el crecimiento en los treinta fue de tipo extensivo. En realidad, se trata de crecimiento de conjunto de las fuerzas productivas. Aunque el nivel de desarrollo seguía estando muy lejos del nivel alcanzado por EEUU y otros países capitalistas adelantados.

En paralelo, hubo una abrupta expansión en la construcción no residencial, lo que dio lugar a cuellos de botella, físicos y organizativos; en consecuencia hubo un mayor alargamiento del período de gestación. Dado este alargamiento, y la escasez de producción en I, aumentaron todavía más los proyectos en marcha al mismo tiempo, lo que agravó las dificultades organizativas (Erlich, también para lo que sigue). En condiciones de excesiva tensión, los derroches fueron inevitables. Además de los cuellos de botella que daban lugar a frenos temporarios en líneas de producción, los retrasos en la terminación de los proyectos de inversión provocaron que hubiera plantas rápidamente obsoletas a poco de entrar en operación, e incluso a veces antes de inaugurarse. El cambio desde una tecnología vieja a una nueva muchas veces implicaba una amplia reconstrucción de la planta, lo que sumaba a los costos y desperdicios, y agregaba tiempo. A su vez, los directores, urgidos por presentar resultados, a menudo no exploraban nuevas tecnologías, o no dedicaban el tiempo de estudio suficiente a los proyectos.

Por otra parte, la imposición de objetivos extremadamente altos, que no se podían ser discutidos por las direcciones de las empresas (dada la campaña y represión contra los especialistas burgueses) ni por los trabajadores, daba lugar a más dificultades. Por ejemplo, según Siegelbaum (1986), en 1931 muchos proyectos gigantescos estaban atrasados y los que habían comenzado a construirse estaban experimentando problemas severos. En esas circunstancias, las direcciones de las empresas recurrían al “robo” de trabajadores calificados de otras empresas, a stockear maquinaria, piezas de repuesto y materiales, mandaban hacer horas extraordinarias y manipulaban los números para cumplir con las normas de la disciplina financiera. La rotación del trabajo–los trabajadores cambiaban de empresa buscando mejores salarios o condiciones de vivienda.-y el absentismo permanecían altos.

Lo anterior explica que el crecimiento a partir de 1928 fuera rápido, pero con gran despilfarro de recursos y errático. Fitzpatrick (2005) escribe: “Los accidentes industriales eran comunes; había un inmenso desperdicio de materiales; la calidad era baja y el porcentaje de producción defectuosa, alto”. La inversión creció muy rápido entre 1928 y 1932, pero se detuvo en 1933. La causa principal fue la caída de la producción agrícola, y por consiguiente, la baja de suministros de comida, algodón, lino y cuero. Además, los retrasos en la construcción de capacidad obligaron a importaciones de urgencia de acero, cobre, maquinaria y equipos, a pesar de la caída de los términos de intercambio. Entre 1929-31 la importación bruta de bienes de capital (medios de producción) representó entre el 12 y el 14% de la inversión bruta soviética de esos años.

En 1932 el Plan se declaró “completado” y no se lanzó uno nuevo hasta 1934. Luego la inversión y el crecimiento retomaron con fuerza. Pero entre 1937-1941 hubo nuevas dificultades: la inversión anual bajó en términos reales, y aumentaron los costos (Wheatcroft, Davies y Cooper). Los problemas tenían que ver con el desvío de recursos hacia la industria de guerra, pero también con los trastornos ocasionados por los arrestos de un gran número de administradores de empresas e ingenieros entre 1936 y 1938 (ídem).

Escasez cotidiana y burocracia

La prioridad que se dio al sector I y las caídas de la producción agraria, provocaron una escasez crónica de bienes de consumo. El problema se agravó, además, por las dificultades en la distribución, el cese abrupto de la producción artesanal y la tendencia de muchos a acaparar, a fin de protegerse de la escasez. Por otra parte, la escasez de bienes de consumo y comida, combinada con un impulso hacia el comercio privado, llevó al alza de precios. Esto forzó al racionamiento y la suba de los salarios nominales, que provocó problemas serios en la planificación de los costos. A comienzos de los 1930 los niveles de vida se hundieron, lo cual repercutió de lleno sobre los trabajadores urbanos. Según Jasny, en 1937 el nivel de consumo en la URSS era, en el mejor de los casos, el 60% del nivel de 1928 (citado por Wilhem, 2003). Erlich sostiene que en 1953 el nivel de consumo por habitante era apenas superior al nivel de 1928 (lo cual fue reconocido por Kruschev). A pesar del aumento nominal, en términos reales el salario obrero promedio era, en 1932, la mitad que el de 1928 (Deutscher, 1980). Después de 1933 los salarios comenzaron a elevarse, pero solo de manera muy débil, y en 1937 habían vuelto a retroceder, siendo un 60% del nivel de 1928. Todavía a comienzos de los años 1950 los salarios no habían recuperado el nivel anterior al lanzamiento del Primer Plan Quinquenal; aunque el producto industrial soviético era seis veces superior (Gerschenkron, 1968).

En cuanto a la construcción residencial, ya en 1928 la inversión volcada a construcción residencial era, en relación a la inversión total, más baja que en 1913. Pero entre 1928 y 1937 disminuyó aún más: de representar el 27% de la inversión total pasó a un mero 5,5% (Wheatcroft, Davies y Cooper). Los problemas de alojamiento en las ciudades fueron graves. Según Mandel (1969), la superficie habitable útil pasó de 7,3 m2 en 1913 a 6,9 m2 en 1940 (y recién recuperó el nivel de 1913 en 1950).

Naturalmente, las carencias de bienes de consumo hicieron que la distribución se convirtiera en una tarea burocrática central; lo cual contribuyó a la consolidación del aparato burocrático (Trotsky ha subrayado la conexión entre escasez y fortalecimiento del burócrata que administra la distribución). Las preocupaciones cotidianas para la mayoría de los ciudadanos comunes pasaban por conseguir cosas. “Para la mayor parte de la población la vida giraba en torno de la lucha sin fin por conseguir las cosas básicas para sobrevivir – comida, ropa, vivienda” (Fitzpatrick, 1999). En estas condiciones, el incremento numérico de la clase obrera y de su nivel de instrucción no se tradujo en poder político efectivo. Por el contrario, en los 1930 se refuerza el aparato y el control burocrático.

Bibliografía

XII

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Treinta años después de la Revolución rusa (1947)


Identitat nacional i feminisme: pertinença, comunitat i llibertat


La colosal deuda privada de la empresas estará en el corazón de la próxima crisis financiera


Valor, clases y capital: La conferencia de Materialismo Histórico 2017


El debate sobre Kronstadt es actual


La montaña de la deuda global: ¿un ‘momento Minsky’ o una ‘contracción Carchedi’?

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