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divendres 6 de maig de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 3. Resistencias, represión y hambre (1930-1932)

Rolando Astarita

Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 1. La NEP y su crisis (1921-1927) (aquí), Parte 2. Industrialización y giro a la colectivización forzosa (1928-1929) aquí

IX. Colectivización, "eliminación" del kulak y "guerra civil" en el campo

Colectivización acelerada y por la fuerza

Si bien Stalin afirmaba que el campesino medio se estaba incorporando voluntariamente a las granjas colectivas, eran principalmente campesinos pobres los que lo estaban haciendo (Viola, 1999). Según Bettelheim (1978), muchos de ellos aceptaron la colectivización por la ayuda que les prestaba el Estado; en vísperas de la siembra, estaban faltos de caballos y otros implementos, y la incorporación al koljós era su mejor alternativa. Sin embargo, la mayoría de los campesinos no estaba impresionada por el desempeño de los koljoses y pensaba que había mejores oportunidades trabajando fuera de la granja y llevando los productos al mercado (Davies y Wheatcroft 2009). Otros consideraban que la incorporación a las granjas colectivas significaba perder los lotes que habían obtenido con la Revolución y se resistían. Por eso, si bien hubo algo de entusiasmo “desde abajo”, las campañas regionales ya habían empezado a recurrir a la coerción para lograr altos porcentajes de colectivización. “Incluso en este [primer] estadio la colectivización fue impuesta en gran medida ‘desde arriba’. Orquestada y dirigida por las organizaciones regionales del Partido, con la sanción implícita o explícita de Moscú, los funcionarios distritales y los comunistas y obreros urbanos llevaron la colectivización al campo. Las brigadas para la requisa del grano, que ya estaban obsesionadas con obtener altos porcentajes, fueron transferidas en masa a la colectivización” (Viola, 1999).

Se trataba, a todas luces, de una política aventurera. Trotsky (1973) anota: “Los empíricos, trastornados, llegaban a creer que todo les era posible. El oportunismo se había transformado, como sucediera a veces en la historia, en su contrario, el espíritu de aventura”. Ni siquiera se tuvo en cuenta la debilidad del Partido en el agro: había células en 23.458 aldeas sobre un total de 70.849; y en muchos casos la célula partidaria constaba solo de un secretario y una persona dedicada a la propaganda (Liu, 2006).

Dadas las resistencias a la colectivización, el Gobierno decidió aplicar sanciones. Las no penales eran para aquellos que se negaban a entrar en las granjas colectivas, pero no estaban clasificados como kulaks. Consistían en no venderles mercancías y/o en la privación de tierras; a veces también se les quitaba la tierra en que estaban instalados y se les entregaba otra, de mala calidad o situada lejos de los pueblos que habitaban; también a muchos les fueron confiscados ganado, semillas e instrumentos de trabajo. Otras sanciones comprendían la imposición de alguna carga fiscal individual elevada, o la prohibición de que los hijos asistieran a la escuela (Bettelheim). Davies y Wheatcroft señalan que los impuestos estaban fuertemente sesgados contra los campesinos individuales, a pesar de que legalmente solo debían dirigirse contra los kulaks. Asimismo se imponían “pagos voluntarios de préstamos”, que se cobraron a partir de 1931; estos eran un 74% superiores, en promedio, para los campesinos individuales que para los que estaban en las granjas colectivas. También se redujo la tierra individual que podían tener los campesinos. En muchos casos, se obligaba a los campesinos a decidirse en una semana, o menos, por la incorporación a las granjas. Y por sobre todas las cosas, se utilizó la represión abierta. “Brigadas de colectivizadores, con poderes plenipotenciarios, recorrían el campo, deteniéndose brevemente en aldeas donde, a menudo con un arma en la mano, forzaban a los campesinos, bajo amenaza de dekulakización, a firmar la incorporación a la granja colectiva. La intimidación, el hostigamiento e incluso la tortura fueron utilizadas para conseguir las firmas” (Viola, 1999). La idea de Lenin, de que debían convencerse por experiencia de las ventajas de la cooperación, no tenía cabida en la política oficial.

En cuanto a los kulaks, hemos visto en la parte anterior de la nota que, hacia finales de 1929, Stalin decidió que debían desaparecer como clase social. Se argumentaba que había que evitar que dominaran las granjas colectivas desde adentro, como habían dominado las asambleas de las aldeas en los 1920 (Nove, 1973). En consecuencia, se dispuso que comisiones formadas por la GPU, brigadas obreras y a veces con participación de campesinos, clasificaran a los kulaks en categorías, según la posibilidad de “reeducarlos”. Los considerados más recalcitrantes eran detenidos o enviados al exilio. Un segundo grupo, considerado menos peligroso, era también mandado al exilio, aunque el trato no era tan duro como para el primer grupo. Una tercera categoría la conformaban los destinados a trabajar en las granjas colectivas; pero mantenían el estigma de su origen kulak y no eran miembros plenos del koljós hasta que se mostraran dignos de ser admitidos como tales (Viola). A veces también a algunos kulaks se les permitía permanecer en la localidad, pero se les entregaban las peores tierras (Bettelheim). En enero de 1930 unas 60.000 cabezas de familia enfrentaban la ejecución o el internamiento en campos de concentración, en tanto otras 150.000 familias eran expropiadas y enviadas al exilio en zonas remotas. Otro medio millón fue parcialmente expropiado y relocalizado dentro de sus distritos nativos (Viola).

Pero por otra parte, no está claro cuántos de los represaliados eran realmente campesinos ricos, ya que todo aquel que se negaba a entrar en las granjas colectivas era pasible de ser acusado de kulak y enemigo del socialismo; por eso, muchos fueron deportados bajo el cargo de “kulaks ideológicos” (Nove). La idea de que un campesino podía ser considerado kulak por su comportamiento político había sido adelantada por Lenin en 1918 para referirse a campesinos medios que retenían el grano, y fue retomada por Stalin durante la colectivización (Viola). También se incluían entre los kulaks a antiguos bandidos, ex oficiales blancos, curas y otros miembros de la iglesia. Pero incluso desde el punto de vista estrictamente sociológico, existían varios criterios para definir al kulak: iban desde la contratación de mano de obra a la posesión de varios emprendimientos, o al aumento de ingresos no basados en el trabajo propio. Getty y Naumov (2001) sostienen que el régimen “nunca pudo definir con precisión quién era kulak, ni siquiera de acuerdo con sus criterios teóricos sobre las dimensiones de la explotación agrícola, el número de ganado, etc. No obstante, pese a esta aparente contradicción, siguió atacando y denunciando a los kulaks e incluso llegó a fijar contingentes de represión”. Por otra parte, el kulak mantenía esa condición aun después de haber sido deskulakizado y entrado a una granja colectiva (Viola).

Agreguemos que muchos campesinos (pero también curas de aldeas y otros) fueron acusados de ser promotores de rumores interpretados como propaganda o agitación subversiva, procesados por el artículo 58 del Código Penal (que concernía a crímenes contrarrevolucionarios), y sentenciados a penas de prisión por no menos de seis meses. Cuando se explotaban prejuicios religiosos o raciales vía el rumor durante disturbios de masas, el castigo podía llegar a la pena de muerte.

La colectivización se aceleró, además, porque las organizaciones regionales del partido, los administradores y funcionarios, en aras de “hacer méritos”, o temerosos de ser acusados de “desviación derechista”, o llevados por el entusiasmo (en la convicción de que estaban asegurando el futuro socialista), sobreactuaban. Las directivas para implementar la eliminación del kulak como clase, emanadas desde el centro en enero de 1930, fueron vagas y representaron casi una invitación a los excesos. En muchos lugares fueron interpretadas como una señal para que las organizaciones locales se lanzaran a una carrera frenética de colectivización y persecuciones. Así, hubo casos en que se dio la directiva de colectivizar localidades campesinas en menos de una semana (Bettelheim). Nove cita una declaración del responsable del Departamento de Propaganda y Agitación del partido, Kaminsky, en enero de 1930, que decía a los militantes: “Si en algunos asuntos usted comete excesos y es arrestado, recuerde que es arrestado por sus acciones revolucionarias”. Los miembros de la dirección del Partido que recomendaban alguna prudencia, fueron desoídos.

Resistencia y guerra larvada

A medida que la represión estatal se incrementó, también aumentó la violencia campesina, lo que a su vez incrementó la violencia estatal, llevando a una espiral sin fin de detenciones, pillaje, golpizas y odio (Viola). En su trilogía sobre Trotsky, y refiriéndose a la colectivización, Isaac Deutscher escribía: “Cada aldea, o casi, se convirtió en campo de batallas dentro de una guerra de clases de la cual antes nunca se había visto un ejemplo análogo; una guerra llevada a cabo por un Estado colectivista, bajo el comando supremo de Stalin, a fin de conquistar a la Rusia rural y triunfar sobre su individualismo obstinado. Las fuerzas de la colectivización eran reducidas, pero bien armadas, móviles y dirigidas por una voluntad única. El individualismo rural, cuyas vastas fuerzas estaban dispersas, fue tomado por sorpresa, con la masa de madera como toda arma de la desesperación. En esta guerra, como en toda otra, se vio abundancia de maniobras, escaramuzas indecisas, avances y retrocesos confusos, pero finalmente los vencedores se hicieron de los despojos y llevaron consigo a las incontables multitudes prisioneros que tomaron en las planicies vacías e interminables de Siberia y las grandes extensiones desoladas y heladas del Gran Norte” (1980).

Viola enfatiza también el carácter de verdadera guerra civil que adquirió la colectivización. “La colectivización de la agricultura fue un evento que dividió aguas en la historia de la Unión Soviética. Fue el primer esfuerzo del Partido Comunista de ingeniería social a escala de masas y marcó el inicio de una serie de sangrientos hitos que terminarían por caracterizar y definir al stalinismo”. Agrega que la confianza en la viabilidad del socialismo trasplantado a las aldeas de los brigadistas enviados al campo rápidamente se evaporó cuando se vieron inmersos en un mundo ajeno y hostil, que se resistía a los trabajadores, a la ciudad y al socialismo al estilo stalinista.

Los campesinos, en su mayoría, sintieron la colectivización como el fin del mundo y resistieron la represión. Además, y contra lo que esperaban las autoridades –que los campesinos pobres y medios se enfrentaran con los kulaks-, la intervención del Estado los unificó. Existía una base social para ello: la revolución había nivelado en el campo, de manera que los campesinos pobres en los 1920 habían bajado desde el 65% al 25%, los kulaks del 15% a aproximadamente el 3%. El campesino medio era la figura dominante, y conformaba el estrato culturalmente más conservador de las aldeas, y el que más resistía el cambio. Además, los más débiles y las mujeres en especial, se aferraron tenazmente a nociones conservadoras y tradicionales, referidas al hogar, la familia, la fe y el matrimonio. Es que si bien la revolución había dislocado importantes aspectos de la vida campesina, las estructuras tradicionales habían permanecido (y continuaron incluso después de la colectivización). En este marco, la colectivización fue interpretada como una violación de las normas tradicionales de las autoridades de las aldeas, y de los ideales del colectivismo; para muchos era una amenaza al hogar campesino y a la supervivencia comunal, y una traición de los bolcheviques, quienes primero les habían dado las tierras y ahora se las quitaban. “Este es vuestro poder, toman la última vaca del campesino pobre, esto no es el poder de los soviets sino el poder de ladrones y saqueadores” (queja de un campesino registrada por la GPU en el Volga Medio, citado por Viola).

X. Resistencias y deportaciones

Resistencia y red de rumores

Lanzada la colectivización, por todo el campo se extendió una densa red de rumores, una de las formas que tomó la resistencia campesina: “Los rumores son omnipresentes en las sociedades campesinas y tienden a prosperar en los climas especialmente propicios del temor y el levantamiento. Los rumores se convierten en una forma de noticias de subsuelo y de expresión social disidente en sociedades, comunidades y grupos que confrontan una prensa censurada y falsificada o tienen dificultades en acceder a las noticias. (…) Sin embargo, durante la colectivización los rumores funcionaron más que como simples noticias o verdad alternativa; fueron un arma en el arsenal de la resistencia campesina” (Viola, 1999; también para lo que sigue).

El rumor esparció el temor, asegurando la cohesión de la aldea frente al peligro “de afuera”, y garantizó el espacio necesario dentro del cual los campesinos construyeron una ideología que los unificó y movilizó contra el Estado. Se decía que este era el Anticristo, y que la granja colectiva su guarida; y que aquellos que firmaran la entrada a las granjas colectivas, serían sometidos a servidumbre, recibirían la marca del Anticristo o estarían obligados a compartir a sus esposas, dado el proyecto de los bolcheviques de “nacionalización de las mujeres”. También se hablaba de la inminente “socialización de los niños”, o de la venta de mujeres y niños a China. La granja colectiva era considerada incompatible con la religión: se decía que habría que trabajar los domingos, que las iglesias estarían cerradas, no se podría rezar y los muertos serían cremados. Pero había rumores más “materialistas”, como que los que entraran a las granjas perderían sus chozas y comerían ratas.

Todo apuntaba a deslegitimar al poder soviético. Los años de guerras y revolución, con sus sufrimientos y devastaciones, habían aumentado los temores y contribuido al aislamiento de las aldeas, y el período de la NEP era interpretado por los campesinos como un simple período de tregua. El sentimiento era de desesperación y desesperanza; por eso también la idea de la llegada del Anticristo se asociaba con el fin del mundo, no su regeneración. Aunque no puede determinarse hasta qué punto los campesinos realmente creían que se acercaba el fin de los tiempos, el rumor contribuía a superar particularismos regionales, y contrapesaba la agitación bolchevique que planteaba la divisoria en términos de clases sociales.

Paralelamente, los ataques bolcheviques a la Iglesia Ortodoxa también contribuyeron a la unificación campesina. En algunos casos el anti-bolchevismo campesino se mezclaba con el antisemitismo, que parece haber estado bastante extendido; por ejemplo, había sacerdotes que afirmaban que los comunistas servían a los intereses judíos. También las mayores libertades sexuales entre la juventud provocaban el rechazo de los campesinos adultos, y muchos interpretaban que detrás de ese cambio de las costumbres estaba la demoníaca triada Comunismo – Anticristo –perversión sexual. Lógicamente, los curas se convertían en usinas y transmisores de los rumores. De ahí también la reacción del gobierno de imponer penas fuertes a sus promotores.

Matanza de animales y liquidación de bienes

Junto al rumor, hubo otras formas de resistencia. Una de ellas fue la matanza de los animales, realizada tanto por los campesinos que no se habían incorporado a las granjas colectivas, como por aquellos que lo habían hecho. Los campesinos interpretaban que se acababa la vida y la cultura campesina tradicionales, y liquidaban el ganado, y a veces también los implementos de trabajo. Para los kulaks, era una forma de “auto-dekulakizarse”; algunos lo hacían antes de abandonar el campo para ir a las ciudades. La “auto-dekulakización” ahorró a cientos de miles de campesinos la expropiación, la deportación o algo peor. Pero los campesinos pobres y medios también protestaban contra una “socialización” que consideraban un saqueo, vendiendo o matando sus animales y otras propiedades, tratando de conservar cash, almacenar comida ante el temor de tiempos duros, o simplemente para negarle al poder soviético los frutos de su labor. También hubo destrucción de maquinaria, y otras formas de resistencia. Deutscher se refirió a esto como una rebelión de tipo luddista. Se trató, observa Viola, de un acto de sabotaje masivo al nuevo sistema de granjas colectivas. La matanza de los animales alcanzó grandes proporciones, afectó fuertemente a la economía, y tuvo consecuencias duraderas en el posterior funcionamiento de los koljoses y sovjoses.

Frente a la resistencia campesina y la liquidación de animales, las autoridades respondieron acelerando, entre fines de 1929 y comienzos de 1930, la colectivización, la dekulakización (que cada vez abarcaba más campesinos medios o incluso pobres) y la socialización de los animales; los funcionarios locales incluso apretaron más el acelerador que el Gobierno central. Lo que agravó la liquidación de animales y equipos por parte de los campesinos; y en respuesta, hubo más represión.

Terror campesino

Junto a las formas de resistencia antes descrita, también hubo un extendido terror, dirigido tanto a los campesinos que rompían con la comunidad, o tenían intención de hacerlo, como contra los funcionarios (véase Viola, 1999). El Gobierno habló de terror kulak, pero el fenómeno fue general: incluso, según las estadísticas oficiales, había una proporción relativamente alta de terroristas no kulaks. Hubo incendios provocados, circulación de amenazas, linchamientos y asesinatos de funcionarios locales y activistas campesinos. La gravedad de la situación era tal que en algunas localidades los miembros del Partido eran advertidos de mantenerse alejados de las ventanas cuando estaban trabajando en las instituciones soviéticas y de no caminar por las calles de la aldea después del anochecer. “La amenaza de violencia, de un ataque súbito o de ‘una bala disparada desde cualquier lugar’, era omnipresente en el campo durante la colectivización” (Viola).

Según las estadísticas nacionales, los incidentes terroristas (incendios, asesinatos, asaltos, etcétera) pasaron de 1027 en 1928 a 9903 en 1929 y a 13.794 en 1930. De acuerdo a la GPU, mientras que en 1929 casi el 44% de los incidentes habían estado relacionados con las requisas de grano, en 1930 el 57% se vinculaban con la dekulakización y la colectivización. En 1930 hubo más de 1000 muertes de funcionarios soviéticos (datos de la GPU que deben ser tomadas con cuidado; véase Viola). La mayoría eran funcionarios locales de bajo rango, y activistas; muchos eran campesinos que apoyaban la colectivización. En ocasiones las ejecuciones y linchamientos se asentaban en formas anteriores de justicia campesina, vinculadas a las prácticas tradicionales comunitarias destinadas a mantener el orden y hacer justicia. También hubo oleadas de levantamientos y manifestaciones en masa, a medida que se intensificó la colectivización, que causaron profunda alarma en la dirección soviética en la primavera de 1930 (véase más adelante). Según las estadísticas oficiales, ese año los disturbios de masas fueron 13.754. Por otra parte, millones de campesinos emigraron a las ciudades, o a las estepas desoladas, donde las familias buscaban refugio y los jóvenes se unían a los “bandidos kulaks”.

El drama de las deportaciones

Además de la hambruna, que trataremos luego, las deportaciones parecen haber sido una de las mayores fuentes de sufrimientos. “El número de los deportados en 1930 es considerable. Trenes enteros, llamados por los campesinos ‘trenes de la muerte’, llevan a los deportados hacia el norte, las estepas y los bosques. Muchos mueren en el trayecto de frío, hambre o epidemias” (Bettelheim, 1978, citando un testigo). “Los preparativos para la deportación –transporte, alojamiento, comida, ropa, medicinas- parecen haberse hecho en simultáneo con las deportaciones. Los resultados fueron catastróficos. Se desataron epidemias en los “asentamientos especiales”, golpeando a los muy jóvenes y a los ancianos. De acuerdo a un informe de julio de 1931, para mayo de ese año más de 20.000 personas habían muerto solo en la región norte” (Viola, 1999).

Un registro del drama se encuentra en el diario de Alejandra Kollontai, embajadora de la URSS en Noruega cuando la colectivización. Antigua oposicionista de izquierda, en 1927 Kollontai se había alineado con Stalin contra Trotsky y Zinoviev. Un huésped, a quien no identifica en su diario, camarada del Partido que acababa de participar en el XVI Congreso, le describe las consecuencias de la orden de Stalin, de enero, de colectivizar rápidamente. El huésped había acompañado trenes cargados de kulaks deportados en el invierno de 1930. Kollontai, desesperada por las historias de desdichados campesinos, “niños, padres, los ancianos y los enfermos, todos arreados en carros como ovejas… Tomaron gente de aldeas prósperas, kulaks, por supuesto, pero de todas maneras personas, no ganado”. La helada era tal que “los niños morían en los brazos de sus madres y eran arrojados de los carros en montones de nieve, mientras sus madres lloraban… No pude dormir después que se fue: madres y niños hambrientos aparecían ante mí… nadie tiene el derecho de matar de hambre a la gente o aumentar innecesariamente sus sufrimientos. ¿Cuántos niños murieron y por qué? Torpe, estúpido, una falta de verdadera humanidad comunista” (citado por Farnsworth, 2010).

Un párrafo aparte merece lo sucedido en la República Soviética de Kazajistán, ya que aquí no se trató de terminar con unidades campesinas sedentarias, sino con el nomadismo. A fines de la década de 1920 el 70% de los kazajos eran pastores nómades que recorrían vastas estepas semiáridas (Ohayon, 2013, también para lo que sigue). Las actividades de granja sedentarias, a cargo de otras nacionalidades, se concentraban en las áreas arables del norte, más ricas. Con la colectivización, el Gobierno soviético buscó convertir en sedentarios a los nómades, ubicándolos en koljoses en zonas que rodeaban a las estepas, y que no eran aptas para la agricultura. Para ello, lanzó una fuerte represión destinada a disciplinar a la población nómade y para aumentar el control sobre el Gobierno de la República, al que no se consideraba suficientemente sovietizado. Entre 1929 y 1932 se redujeron las tenencias de ganado de los nómades con vistas a proveer a las ciudades, y se elevaron las requisas de grano en toda la República. Esto generó resistencias, intentos de insurrección, disturbios y hasta guerrillas. El movimiento involucró a varias miles de personas, pero finalmente cedió cuando comenzó a extenderse el hambre. Muchos pastores huyeron de las estepas para salvar su ganado, lo que representó otra forma de resistencia. Según la GPU, 1,7 millones de kazajos emigraron de sus regiones nativas hacia Afganistán, China, Irán y Mongolia o hacia otras regiones de la URSS.

Agreguemos que a partir de 1928-9 comenzaron también las deportaciones por limpiezas étnicas, que adquirirían enormes proporciones en las décadas siguientes (ver aquí para una referencia).

XI. Resistencias y hambre

Retirada parcial y los métodos de Stalin

El 20 de febrero de 1930 el Gobierno soviético anunció que el 50% de los campesinos se había incorporado a los koljoses o sovjoses; las tozes habían sido descartadas. Era la mitad de la población campesina “colectivizada” en siete semanas (Nove, 1973). Sin embargo, en términos de producción, los primeros resultados de la colectivización fueron malos. Además de la destrucción provocada por los campesinos que se negaban a entrar en las granjas colectivas, la siembra se interrumpió. La aceleración de la colectivización provocó que la resistencia campesina adquiriera el carácter de un levantamiento general. La situación fue tan grave que incluso hubo disturbios en el Ejército Rojo cuando los soldados campesinos recibieron noticias de sus familias sobre lo que sucedía en las aldeas.

Alarmado, en marzo de 1930 Stalin decidió una retirada precipitada. Lo hace en un discurso que ya hemos citado, “Mareados con el éxito”. Anuncia que con el 50% de las granjas campesinas colectivizadas se había sobrecumplido el plan quinquenal en más de un 100% y que se había operado el giro radical del agro “hacia el socialismo”. Afirma que el éxito se debía a que los campesinos entraban voluntariamente a las granjas colectivas y que se había tenido en cuenta la diversidad de las condiciones locales. Sin embargo, reconoce que en muchos lugares se había forzado la entrada de los campesinos, no se habían tenido en cuenta las condiciones particulares y muchos funcionarios se habían excedido, avanzando a la socialización de viviendas, animales de corral y otros bienes. Los bienes a socializar debían ser la tierra, el trabajo, la maquinaria, los animales de tiro y las construcciones de las granjas. En consecuencia llama a hacer una pausa, acusa de burocratismo a los funcionarios locales y plantea que los campesinos deben conservar lotes individuales al interior de las granjas, una medida de larga consecuencia. También podrían conservar vacas y aves de corral. Poco tiempo después se autorizó a comerciar parcialmente la producción campesina en mercados libres.

Esta intervención del 2 de marzo de 1930 es ilustrativa del método de Stalin: cuando se lanzó la colectivización, no hubo directivas precisas de cómo llevarla a cabo (cuestión señalada por Fitzpatrick, 1999; Viola, 1999). Pero el clima era de pronunciado giro “a la izquierda”, y llovían acusaciones por doquier contra los “derechistas” y “elementos pro-kulaks”. Cuando el desastre fue inocultable, Stalin describe una realidad que no existe –“los campesinos entran voluntariamente a las granjas”- y acusa a los funcionarios locales de “excesivo celo socializador”, de atacar inútilmente a las iglesias locales y de irritar a las masas queriendo socializar de forma compulsiva. Este tipo de intervenciones, que realizaba luego de haber dado una directiva central relativamente vaga, le permitía reacomodarse frente a las fallas y dificultades, mantener la presión y el control sobre el aparato y aparecer a los ojos de del pueblo como alguien más bien moderado, comprensivo y paternalista, que condena los excesos de sus subordinados.

De todas formas, la retirada no calmó a los campesinos. Por el contrario, en algunos casos parece haber intensificado la rebelión contra los funcionarios locales, a los que Stalin había acusado de excesos y burocratismo. En marzo los levantamientos alcanzaron un pico; entre los funcionarios reinaban la confusión y la desmoralización (Viola, 1999). El 2 de abril de 1930 el Comité Central del Partido informaba, en un memorándum secreto, sobre levantamientos en masa de campesinos en Ucrania, Kazajstán, Siberia, la región de Moscú y en el distrito Central de Tierra Negra. En la dirección reinaba un temor cierto a enfrentar un levantamiento general de los campesinos. Por eso, a partir del freno de marzo de 1930, en muchos lados se permitió a los campesinos abandonar las granjas. Como resultado, entre marzo y junio de 1930 el número de hogares colectivizados en toda la URSS pasó del 55% al 23%. Bettelheim observa que “[l]a amplitud del retroceso muestra hasta qué punto es frágil la ‘colectivización’ realizada durante el invierno de 1929-1930”. Aunque hubo grandes desigualdades regionales: en el Norte del Cáucaso y Ucrania, la colectivización se mantuvo relativamente alta. En otros lugares, casi se la abandonó; en algunos sitios los campesinos que abandonaron los koljoses intentaron crear auténticas cooperativas; pero fueron desarticuladas. Indudablemente el abandono de los campesinos de las granjas colectivas ponía en evidencia, contra lo que había afirmado Stalin, el carácter forzado de la colectivización.

Nueva aceleración

A pesar de los problemas y la resistencia, poco después de la pausa se retomó la campaña por la colectivización Según una resolución del Pleno del Comité Central de diciembre, en 1931 el 80% de los hogares debería estar colectivizado en las principales áreas cerealeras. Así, en los primeros cinco meses de 1931 se lanzó la segunda gran ola de colectivización. Una vez más, se ejerció todo tipo de medidas para obligar al campesino a aceptar la colectivización: cargas impositivas, reducción de las tierras para los campesinos individuales, préstamos forzosos. En respuesta, recrudeció la resistencia. Estadísticas oficiales dicen que solo en los primeros seis meses de 1931 en el 15,8% de los koljoses hubo algún tipo de disturbio, y casi la mitad de ellos sufrieron dos o más ataques. Por disturbios se entiende envenenamiento de animales, daño de máquinas, o “ataques a los activistas”. Los informes de la policía los atribuían a los activistas, pero admitían que eran extendidos y que continuaron durante todos los meses de la colectivización (Davies y Wheatcroft).

La represión fue intensa. En total, entre 1930 y 1931 fueron deportados 1,8 millones de kulaks; y entre 1932 y 1939 serían deportados un millón de campesinos (Ellman, 2002). En consecuencia, de marzo a diciembre de 1931 el número de hogares de koljoses aumentó otros 1,2 millones, elevándose al final de año al 62,5% de los hogares campesinos. Y en los años siguientes se mantuvo la presión. Todavía en 1933 Stalin, refiriéndose a la zona del Don, decía –en una carta que luego citaría Krushchev- que los agricultores estaban empeñados en una “guerra silenciosa” contra el poder de los Soviets y justificaba por ello los arrestos masivos y otras medidas similares (Nove). En 1936 se había colectivizado el 89,6% de los hogares campesinos (idem). En definitiva, entre 1928 y 1932 unas 20 millones de granjas campesinas fueron reemplazadas por 240.000 granjas colectivas. También se eliminaron los pequeños artesanos, comerciantes privados y tenderos; muchos hombres de negocios fueron detenidos, acusados de especulación. “Para comienzos de la década de 1930, hasta los pequeños artesanos y tenderos habían sido forzados a abandonar sus actividades o a integrar cooperativas supervisadas por el Estado”, (Fitzpatrick, 2005).

Los problemas de la colectivización

Las consecuencias inmediatas de la colectivización fueron la liquidación de ganado, la quema de sembrado y la caída de la producción. Pero además estaban las dificultades inherentes a la operación de transformar 25 millones de economías campesinas individuales en medio millón de granjas colectivas (Davies y Wheatcroft, 2009). Fuentes oficiales reconocían que en las nuevas granjas colectivas no había experiencia en el manejo de ganado; la planificación era mala, los militantes enviados desde las ciudades no conocían sobre agricultura y desconfiaban de los consejos de los campesinos. También se impusieron esquemas impracticables para la socialización de todo el ganado y el grano. Por otra parte, los publicitados koljoses gigantes que se formaron en 1930-1, e iban a permitir el desarrollo de la agricultura en gran escala, se derrumbaron rápidamente, o fueron eliminados. “El típico koljós era la antigua aldea, con sus campesinos –ahora en cantidad algo menor debido a la emigración, las deportaciones y la considerable merma de animales de tiro- viviendo en las mismas cabañas de madera y arando los mismos campos de la aldea de antes” (Fitzpatrick, 2005). Las principales transformaciones fueron en la administración y los procedimientos de comercialización. Los ingresos eran escasos y los campesinos resentían de la coerción que se ejercía sobre ellos (Nove, 1973). Incluso en una buena cosecha a los campesinos de las granjas colectivas no se les garantizaba un ingreso mínimo por su trabajo (Davies y Wheatcroft). Fitzpatrick (2005) señala que las cuotas de producción que debían entregar los koljoses eran muy altas, y los precios bajos, y que los campesinos recurrieron a la evasión y la resistencia pasiva. El Gobierno, por su parte, se mantuvo firme y tomó todo lo que pudo, lo que llevó a la hambruna en 1932-3.

El caos en la administración y en la agricultura, y la desmoralización incidieron para la caída de la producción. Si bien se incrementó, el uso de fertilizantes no compensó la caída en la provisión del estiércol, producto de la disminución del ganado. Se intentó extender las áreas sembradas, pero esto trajo aparejado el deterioro de la tecnología agrícola y la disrupción de sistemas establecidos. En muchos distritos desapareció la rotación de cultivos; recién en 1932 las autoridades apoyaron fuertemente la rotación, pero mucho del daño estaba hecho. Para ese año, en muchas regiones, particularmente en Ucrania, el suelo estaba agotado y estaban extendidas las enfermedades de los cultivos. Además, las requisas redujeron el grano para el forraje; lo cual se tradujo en una reducción drástica del número de caballos y bueyes (de 29,7 millones en 1928 a 18,8 millones en 1932) que no pudo ser compensada por el importante aumento del uso de tractores (Davies y Wheatcroft).

Es ilustrativa la carta que V. Feigin, un funcionario del Rabkrin (Inspección de Obreros y Campesinos), envía desde Novosibirsk a Ordzhonikidze, lugarteniente de Stalin y comisario de la Industria Pesada, con fecha abril de 1932. Después de señalar que había disminuido el ganado (por ejemplo, en el koljós Ziuzia el número de vacas lecheras había pasado de 2000 en 1928 a 507), proponía aumentar la propiedad privada de ganado en manos del koljosiano. Informaba también que la situación del grano era muy mala, que había muchas granjas que no tenían lo suficiente para cumplir con los planes de siembra, y que había hambre. Pero tal vez lo más significativo era el comentario sobre los campesinos: “Su actitud es absolutamente mala a la luz del hambre y del hecho de que están perdiendo sus últimas vacas, dado que el koljosiano no tiene leche ni pan. Vi todo esto con mis propios ojos y no estoy exagerando. La gente está muriendo de hambre, viviendo con sustitutos de comida, se están debilitando y naturalmente, en estas circunstancias, su estado de ánimo es hostil. Hacía mucho tiempo que no había visto una actitud como la que se ve ahora en las aldeas, debido al hambre y a la pérdida de las últimas vacas y ovejas. (…) Cuando llegue a Moscú, trataré de ver a Stalin e informarle, o si no tiene tiempo, le escribiré una carta” (aquí).

Refiriéndose a la forma en que se llevó adelante la colectivización, en La Revolución Traicionada Trotsky señala que “se hizo como si se tratase de establecer inmediatamente el régimen comunista en la agricultura” (1973). Stalin pretendió superar los comportamientos individualistas por decreto y a marchas forzadas. La desmoralización repercutió en la calidad de los cultivos: “los campesinos que cultivaban la tierra estaban desmoralizados y los conductores de tractores y los encargados de su mantenimiento carecían de experiencia”. Se araba superficialmente, no se ponía atención en la regulación de la siembra ni en la eficiencia de la cosecha. Bettelheim (1978) señala que muchos campesinos trabajaban a regañadientes; y que “algunos, afectos hasta entonces al poder soviético, se transforman en elementos más o menos hostiles al mismo”.

También había robos y sabotajes. En 1932 se reconocía oficialmente que había “pillaje socialista” realizado por campesinos desmoralizados y, muy a menudo, hambrientos. Bettelheim dice que muchos campesinos conservaban sus concepciones de pequeños productores, no creían en la superioridad de la explotación colectiva, y que esto se reflejaba “en la importancia considerable que adquieren los robos de bienes colectivos, así como el hecho de que muchos koljoses son administrados de tal manera que a una parte de su producción mercantil se le da salida fuera de los circuitos legales”. El Gobierno respondió con más presión, pero eso no solucionaba el problema de las bajas cosechas, la desmoralización, la escasez y mal mantenimiento de los tractores y equipos, o los transportes deficientes.

A los problemas anteriores se sumaron las idas y vueltas en el terreno del comercio. Entre finales de 1929 y mediados de 1930 se intentó establecer un sistema con ausencia de dinero, o “intercambio de productos”. Luego, y hasta finales de 1931, se aceptó que continuaría la economía monetaria, pero que todo intercambio se haría a los precios oficialmente establecidos, o precios “socialistas”. Y el modelo adoptado a partir de 1932 incorporó el dinero, la contabilidad financiera y comercio de las granjas colectivas a precios libres. Estos giros acarrearon costos (Wheatcroft, Davies y Cooper, 1986); la desorganización de la distribución minorista era otro lastre.

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Comentarios:

A pesar de la resistencia campesina, al final del día, el estado soviético impuso la colectivización y la industrialización a fuerza del sometimiento de obreros y campesinos. ¿Cuál fue la clave para que un reducido núcleo de jerarcas del partido erigieran y modelaran un estado que aplicó una re-ingeniería a toda la sociedad. Es que el aislamiento y el atraso relativo de ese enorme país, más los sufrimientos derivados de la primera guerra mundial, la revolución y la guerra civil son suficientes para explicar la consolidación de un poder tan implacable que no perdonó a nada ni a nadie en su camino de auto-realización burocrática al amparo de una racionalidad modernizadora, única en su tipo?

RA: Tenía dudas de tratar esta cuestión en la nota, pero su pregunta me convence de la conveniencia de hacerlo. De manera sucinta ahora: se ha planteado la pregunta si la colectivización y la industrialización fueron solo una “revolución desde arriba” (como la definieron los stalinistas). En la línea de Fitzpatrik y los llamados “revisionistas”, se puede responder que no fue solo “desde arriba”, ya que tuvo el apoyo de la militancia comunista, de la juventud organizada en el Konsomol, de activistas sindicales y sociales; y por lo menos el consentimiento de sectores importantes de la clase obrera. El cambio de muchos trotskistas hacia el apoyo a Stalin a partir del anuncio del giro de 1928-9 sería una expresión de esto; también el carácter progresista que, a pesar de los errores de la burocracia, veía Trotsky en la colectivización y la industrialización (tengamos en cuenta que esto parece predominar todavía hoy en organizaciones trotskistas).

Esto es, hubo elementos importantes de legitimación; entre ellos, la perspectiva del desarrollo de las fuerzas productivas y construir una sociedad socialista. Además, hubo una importante urbanización, acceso a la educación media y superior para obreros y campesinos (lo que, entre otras cosas, formó la nueva elite de la burocracia); todo esto representó un ascenso social para importantes sectores. Los 25.000 brigadistas obreros que fueron enviados al agro no eran “carreristas”; o por lo menos una buena parte de ellos debió de estar convencida de que estaban actuando en el sentido del “progreso de la historia”.

Otra cuestión a tener en cuenta es la que señala Deutscher: la resistencia campesina fue extendida, pero desarticulada. Las fuerzas del Gobierno soviético, en cambio, golpeaban de forma concentrada.

Es que la noción de una revolución desde arriba no calza con la sola idea de los enormes y continuados sacrificios impuestos a los pueblos de la Unión Soviética durante décadas; algunos mecanismos intermedios debieron actuar para aplicar y legitimar esas políticas, más allá de los procedimientos arbitrarios y terroristas de la Cheka y el NKDV. El Komsomol destaca entre ellos pues, según he visto, actuó como una fuente de liderazgo y activismo cuándo y dónde hizo falta. El papel de la ideología, de su manejo y difusión es menos claro. De todos modos, sería excelente que el tema fuera ampliado en la nota. Supongo que los crímenes, la represión y la brutalidad estalinistas son incuestionables pero no bastan para entender la solidez de un sistema puesto a prueba del modo más terrible durante la guerra ruso-germana.

RA: Un elemento importante de legitimación del régimen fue indudablemente la industrialización, la urbanización y elevación del nivel cultural de obreros y campesinos. Desde lo ideológico, la idea de que se estaba construyendo una sociedad nueva, porvenir por el cual valían la pena los sacrificios. De todas maneras las contradicciones y complejidades de este proceso también se ven en la guerra. Es un hecho que el ejército nazi fue bien recibido por muchos pueblos no rusos. Este es un dato que debería haber hecho reflexionar a los que siguieron caracterizando a la URSS como un régimen socialista (los stalinistas) o un “Estado proletario” (los trotskistas). El propio Trotsky había advertido que si los trabajadores no oponían resistencia a una restauración capitalista, debería revisarse la caracterización de la naturaleza social de la URSS. La realidad es que pueblos enteros saludaron como “libertadores” a los nazis. Una vez derrotados los alemanes, Stalin culpó de traidores a esos pueblos y les impuso castigos colectivos.


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