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Anticapitalistes
  
dimecres 20 d’abril de 2016 | Manuel
Balance del FSLN y la Revolución Sandinista: El FSLN en el poder

Adolfo Rodríguez Gil

[El 19 de julio de 1979 el FSLN entraba en Managua. Adolfo Rodríguez Gil, que fue militante de la IV Internacional, con 10 años de estadía en Nicaragua, realiza un formidable balance de la experiencia del FSLN y la revolución sandinista. La primera parte de este artículo se publicó en el nº 75 de Viento Sur con el título “¡Ay Nicaragua, Nicaragüita! A veinticinco años de la revolución sandinista”, que corresponde al del artículo en su conjunto. Mantenemos la numeración correlativa de las notas que figuran al final del artículo].

Cuando se hace balance, un doloroso balance, de la experiencia sandinista se ven mezclados, incluso en las trayectorias personales de los revolucionarios, lo mejor y lo peor. El heroísmo procedente de la conciencia sobre la injusticia, la rica aportación del cristianismo de base a la ideología y a la formación de los revolucionarios, la tremenda imaginación que desplegaron en todos los terrenos, el desprecio por el dogmatismo que se respiraba en la revolución, el ambiente de debate que la recorría de arriba abajo (todo se discutía, todo se cuestionaba), la sensibilidad de muchísimos cuadros a lo que pensara y dijera la gente, la capacidad de mantener espacios de independencia frente a quienes la apoyaban, el potencial para integrar a miles de personas no nicaragüenses, a los “internacionalistas”, en las tareas de la revolución, su capacidad de conectar con la izquierda mundial, el impulso para incorporación a las mujeres a las conquistas revolucionarias y a las tareas de la revolución, la defensa de la cultura, la capacidad de autocrítica y de rectificación de sus políticas, la decisión tenaz de construir un modelo revolucionario propio, la capacidad de rectificación que demostró en la incorporación de las peculiaridades nacionales de la Costa Atlántica por medio de los Estatutos de Autonomía, la disposición a negociar con los sectores alzados en armas contra la revolución y su capacidad para integrarlos en la misma, la alegría y el humor presentes incluso en los peores momentos, la libertad de expresión que se respiraba en el país...

Pero frente a estos aspectos que, a mi juicio, hacen de la revolución sandinista la revolución más cercana y un fenómeno que debemos seguir estudiando, analizando y no dejando caer en el olvido, también se cometieron grandes errores y, sobre todo, una parte fundamental de sus más altos dirigentes se acomodaron en el poder, restringieron y retrasaron de manera injustificable la democracia interna en el FSLN, se fueron corrompiendo y, finalmente, cayeron, y siguen cayendo hoy, en actitudes deleznables y hasta delincuenciales y mafiosas. Como demuestra la revolución sandinista, el factor subjetivo es el único ingrediente imprescindible para lograr una victoria revolucionaria. Su organización en forma de partido leninista (no estalinista) sigue siendo, a mi juicio, la única forma de abordar la destrucción del poder de la burguesía. Pero a la vez, la historia de las revoluciones nos enseña los peligros que entraña una organización de este tipo y la inevitabilidad del desarrollo de la burocracia en su seno.

Las derrotas de las revoluciones, y la sandinista no ha sido por desgracia una excepción, han venido fundamentalmente por la degradación del factor subjetivo, más que por los ataques de sus enemigos. Por esto, la autolimitación consciente del poder de los revolucionarios, la democracia interna más absoluta dentro de sus organizaciones, la transparencia en la toma de decisiones, la ausencia de privilegios para los dirigentes y altos cargos, el mantenimiento de las libertades formales, la rotación en los puestos de responsabilidad, la renovación generacional, la desmitificación de las actuaciones de los dirigentes, etc., es decir, la lucha contra la burocracia es una tarea de primer orden, que se relegó en Nicaragua.

En Nicaragua se daban muchos factores que favorecían la burocratización de la revolución. La formación social nicaragüense no era la más adecuada para proporcionar cuadros formados política e intelectualmente, con una conciencia histórica de la necesidad de acabar con el capitalismo y con la (auto)disciplina necesaria para mantenerse en el proceso. El FSLN era una formación guerrillera y la acción militar, aunque esté presidida por el análisis político, no predispone precisamente a los debates y a la democracia radical. La revolución se vio obligada a hacer frente a la agresión armada y ésta impulsó un nuevo predominio de lo militar (y en una guerra hay que tomar muchas decisiones que no son precisamente democráticas), la dedicación de los mejores cuadros y la desaparición muchos de ellos. También, como en todas las revoluciones, la sandinista tuvo que utilizar el poder del Estado como arma revolucionaria, lo que supone una actuación dictatorial imprescindible hacia las minorías poderosas, pero es también un elemento que puede derivar fácilmente a coartar las libertades del conjunto de la población, en las organizaciones revolucionarias y en el debate /30. Y también los sectores que apoyaban a la revolución y los militantes, como ha ocurrido en todos los procesos revolucionarios, fueron experimentando el cansancio lógico que provoca vivir una situación de tensión prolongada, penurias crecientes personales y familiares y dedicación plena, lo que conspira contra la vitalidad de los procesos revolucionarios.

Equilibrio roto

Pero si abundaban las dificultades objetivas que favorecían la burocratización de la revolución, en Nicaragua también se daban las condiciones para controlar este fenómeno mortal. Aunque parezca un tópico, todas las revoluciones auténticas permiten que los pueblos se pongan en marcha, que surja lo mejor de cada persona, que miles estén dispuesta a entregarse y a “asumir su puesto en la historia”, desarrollando una capacidad asombrosa de sacrificio, de sensibilidad y de decisión.

Y este factor, que hay que vivir para entender hasta qué punto es real y hasta qué punto es contagioso, tenía una presencia de primer orden en la revolución sandinista e iba unido al carácter antidogmático, de debate, de participación y de crítica con que nació. En Nicaragua había muy poca pasividad, resignación o seguidismo ciego entre la población, y abundaban los deseos auténticos de ser protagonistas de los cambios. A la vez, la revolución sandinista tenía a la vista las experiencias históricas de las revoluciones burocráticamente degeneradas. Muchos de sus principales cuadros habían estado, antes del triunfo, en los países del Este de Europa, incluso habían tenido problemas políticos allí. Muchos más conocieron de primera mano esas sociedades tras el triunfo, como estudiantes fundamentalmente, y había que oír, formuladas con el divertido estilo nica, sus opiniones críticas sobre esas sociedades. La revolución sandinista podía también en este terreno, como todos podemos, aprender de la historia. Pero entre los factores que impulsaban la burocratización y los que permitían frenarla, el equilibrio se rompió a favor de ésta, por otros factores de orden subjetivo que la impulsaron consciente e inconscientemente.

A pesar de las excusas que se dieron, nada hacía imprescindible mantener durante diez años las decisiones principales en manos de una minoría de dirigentes y esto es lo que pasó en Nicaragua. El FSLN mantuvo hasta después de la derrota electoral de 1990 una organización vertical, en la que todas las decisiones importantes las tomaban los nueve comandantes de la Dirección Nacional. Y se sabía, porque lo proclamaban, que las tomaban tras largos debates, generalmente por consenso y en algunos casos por votación, pero en secreto para la mayoría de los militantes y simpatizantes y para la población, que no tenían acceso a conocer siquiera cuáles eran esos debates, qué posiciones se mantenían, qué alternativas se barajaban. La guerra era la razón que se esgrimía públicamente para mantener esta ausencia de participación y de información, pero también la falta de madurez de los militantes y del pueblo revolucionario (de ese mismo pueblo al que se halagaba y al que, contradictoriamente, se le pedía sacrificios sin límite en función de su conciencia revolucionaria). Ni la población, ni los militantes, podían tomar directamente las decisiones sobre centenares de aspectos no militares, que afectaban a su vida cotidiana y a la revolución. El FSLN decidió seguir siendo una organización con estructura militar en la que incluso la Asamblea Sandinista (que venía a ser un Comité Central) era cooptada por la Dirección Nacional. La designación de los dirigentes desde arriba hacia abajo fue así la práctica generalizada, sobre todo en los primeros cinco años. Los responsables del FSLN, los dirigentes sindicales, los de los CDS (hasta 1985), los de las organizaciones de masas, etc., eran nombrados por las estructuras superiores, que a su vez eran nombradas por otras estructuras superiores, hasta llegar a la Dirección Nacional.

Hay que observar, no obstante, que estos elementos formales de centralismo no democrático iban unidos a una realidad de debate bastante abierto entre la gente, a una gran sinceridad en la expresión de las críticas por parte de muchos cuadros y por parte de la población en general, a la realización continua de asambleas en los barrios, las empresas, los ministerios, las cooperativas, etc. Que los organismos de dirección del FSLN tenían en general una especial sensibilidad a las opiniones que se vertían en los debates y que la gente en muchas ocasiones les criticaba abiertamente cuando creían que se habían “desviado”. Que se organizaban casi semanalmente los “Cara al Pueblo” en los que en un barrio, una fábrica, una explotación agraria, un pueblo, un cuartel, etc. se reunía la población con el presidente Daniel Ortega y varios ministros y altos cargos del gobierno, y que en esas reuniones se adoptaban decisiones que afectaban al colectivo que en ellas participaba /31. Es decir, que ese centralismo no democrático venía matizado por un grado importante de participación de la población en las tareas de la revolución y por la sensibilidad de los dirigentes ante la realidad, lo que configuraba una democratización mayor que la que las estructuras formales consentían. Pero la ausencia de cauces formales, democráticos, de expresión y decisión, permitía que el poder de los cuadros del FSLN fuera muy grande, que se dieran cotidianamente abusos y que se fuera desarrollando una casta burocrática en el partido, las organizaciones de masas y el Estado. Y esa burocracia pudo obtener, a través de ese poder no compartido, privilegios cada vez más notorios y más evidentes. Esa burocracia utilizaba su poder contra los que consideraba sus enemigos políticos o personales /32, favorecía un ambiente de seguidismo acrítico hacia los dirigentes, se nutría y promocionaba a los militantes más complacientes, se aprovechaba de la revolución para favorecer sus intereses personales /33 y los de sus amigos, buscaba ávidamente privilegios materiales y sociales, etc. Y en este aprovechamiento cayeron por igual miembros de las tres tendencias, cuadros revolucionarios que se habían reclamado del maoísmo, de la socialdemocracia, del marxismo-leninismo, del guevarismo, del castrismo, del trotskismo...

Frente a este fenómeno, la Dirección Nacional del FSLN respondió muy débilmente, en la medida que la mayoría de sus componentes habían ido cayendo también en la complacencia con su poder, se recreaban en la discrecionalidad y empezaban a tener un estilo de vida nada austero. Eran corrientes las críticas del FSLN y de las organizaciones de masas al “burocratismo”, entendido como una conducta desviada, pero escaseaban los análisis y las críticas sobre la burocracia como fenómeno social y de poder. Más aún, no eran bien vistos este tipo de análisis. Eran considerados, al igual que otras críticas incómodas, una manifestación de “diversionismo ideológico”. Sin embargo entre las bases y sectores de los cuadros medios de la revolución las críticas a este tipo de comportamientos eran también cotidianas. La inmadurez del pueblo y de los militantes, que se argüía como justificación para mantener un sistema de dirección centralizada, no sólo no se correspondía con la realidad, sino que era cada vez más cuestionada por esa misma realidad. Las reclamaciones de mayor participación, de mayor transparencia eran cada vez más fuertes. La contradicción era evidente: la revolución implicaba sacrificios personales de toda índole y a la población y a los revolucionarios se les pedía aceptar con madurez esos sacrificios, madurez que luego no se les reconocía a la hora de opinar y de tomar decisiones.

La guerra y la crisis:el proyecto revolucionario hace aguas

Pero como telón de fondo de todos los procesos por los que atravesaba la revolución estaba la guerra, que venía siendo ganada por la revolución en el terreno militar y en el político. La revolución la enfrentó de manera decidida en el terreno militar, al poder contar en pocos años con un Ejército profesional muy motivado, fuertemente ideologizado, altamente cualificado y, relativamente, bien armado /34, con las cualificadísimas tropas del Ministerio del Interior, con las milicias populares, que defendían los pueblos y ciudades (a las que la “contra” nunca pudo atacar) y con los batallones de voluntarios y, a partir de 1985, con el reclutamiento militar de los jóvenes varones (el Servicio Militar Patriótico). Y también la enfrentó con una política de negociaciones con algunos sectores de la contrarrevolución, especialmente con aquellos que tenía una base popular o que se justificaban por reivindicaciones o por choques con algún tipo de políticas de la revolución. Negociaciones que se basaron en atender algunas de esas reivindicaciones políticas y económicas de su base social (entrega de tierras a campesinos individuales, eliminar controles al comercio, mejorar el abastecimiento de insumos, etc.) y también en atraerse a sus lideres. Especialmente exitosas fueron las negociaciones con los indígenas alzados en armas en la Costa Atlántica, que contaban en muchas zonas con un apoyo mayoritario de la población, y que llevaron al establecimiento del Estatuto de Autonomía de la Costa Atlántica, que reconocía algunas de las reivindicaciones históricas de estas etnias, y a la desmovilización de la mayoría de estos grupos e incluso a su integración en la defensa armada de la revolución. Pero la guerra de baja intensidad diseñada por los USA, a pesar de sus “fracasos” militares, tuvo el efecto proyectado en la economía y, junto con otros factores, acabó provocando una situación que apartaría a sectores populares del proyecto revolucionario. La guerra consumía cerca del 50% de los recursos del país y una parte muy considerable de las divisas. El ejército era la prioridad en los gastos del Estado, incluso para aspectos difícilmente justificables /35. Los gastos militares fueron, junto con otro tipo de gastos de inversión, los que desbalancearon más allá de todo lo sostenible los Presupuestos del Estado y los que motivaron gran parte de la gigantesca emisión inorgánica de billetes, que llevó la inflación a las cuatro y cinco cifras /36, y los que llevaron a la revolución a tomar una serie de medidas antipopulares. También la guerra tuvo un efecto de desgaste tremendo sobre el ánimo de la población. No se trataba de una guerra convencional con grandes batallas puntuales, sino de una guerra que generaba inseguridad cotidiana a todo el que viajaba fuera de la zona del Pacífico, que utilizaba las minas para hacer difícil el transporte, que incidía especialmente sobre las zonas cafetaleras (el principal producto de exportación en aquellos momentos) y sobre la producción agropecuaria, que tenía a las cooperativas y a las haciendas del Estado en el punto de mira, que generaba miedo a las represalias, a los secuestros y a los asesinatos, especialmente entre los campesinos más dispersos, y que se hacía visible en las ciudades, además de por el deterioro de la situación económica, por un goteo continuo de muertos. Goteo que duró diez años, añadidos a los años de guerra anteriores al triunfo...

La guerra sostenida de “baja intensidad” terminó provocando la sensación en muchos sectores populares de que las cosas iban a seguir empeorando en todos los terrenos, especialmente en el económico, y que los Estados Unidos no se darían nunca por vencidos hasta terminar con la revolución. El FSLN intentó abordarla con garantías de éxito, pero tuvo poco margen. Todavía podemos discutir si fue acertado crear un Ejército altamente profesionalizado o si se debía haber centrado la defensa en las milicias, si fue acertada o no la decisión de instaurar el Servicio Militar Patriótico (en un país que nunca lo había tenido), si la actividad preponderantemente militar en los primeros años de ese Ejército no causó el alejamiento de sectores de la población /37. Lo cierto y rotundo es que el saco se rompió por la economía y que los diferentes planes que se adoptaron para intentar paliar los efectos de la situación, desde el mayor control de la producción y el establecimiento de la cartilla (“libreta”) de racionamiento, la sustitución por sorpresa de la moneda, etc., a las posteriores medidas que podíamos llamar de carácter más liberal, como la supresión de monopolios estatales a determinado comercio, incluido algunos aspectos del comercio exterior, las garantías a la propiedad privada, el retroceso de los tímidos intentos de regular y planificar la economía, la devaluación de la moneda, la ampliación de las categorías salariales, la autorización del mercado libre de cambio de divisas, la puesta en marcha de tiendas en dólares, la vuelta de las importaciones de lujo, etc., la situación no paraba de empeorar para la mayoría, mientras que era cada vez más notoria la mejoría del nivel de vida y de la ostentación de las minorías ligadas al poder político (la burocracia) y al poder económico (los burgueses y los nuevos ricos ligados al poder político).

Las elecciones de 1990:la derrota del FSLN, la derrota de la revolución

En esta combinación de circunstancias, algunas favorables pero la mayoría desfavorables, el FSLN optó por la “moderación” del proyecto revolucionario en todos los terrenos, con la esperanza de capear el temporal, y por la restauración de los mercados como reguladores de la economía. En el terreno político, se optó por la institucionalización de la revolución bajo un modelo democrático-formal que incluía una Constitución, un Parlamento elegido por sufragio universal, libre, directo y secreto, un sistema municipal con cierto grado de descentralización y con elección de concejales a través de listas cerradas, sendos Consejos Regionales en la Costa Atlántica (Norte y Sur), que representaban las peculiaridades de los habitantes de estos territorios, y un poder legislativo y un poder electoral con cierto grado de independencia. Aunque estas estructuras formales, estaban acompañadas, como la derecha no se cansaba de denunciar, de un poder revolucionario real representado por unas organizaciones de masas, por un Ejército y una policía (que llevaban los nombres de Ejército Popular Sandinista y Policía Sandinista) de absoluta fidelidad y compromiso con el proyecto revolucionario.

En este contexto y con el telón de fondo de un economía en crisis creciente y con la disminución de la ayuda exterior (especialmente la de los países del Este de Europa, metidos a su vez en la crisis económica y política que le llevaría de vuelta al capitalismo), la dirección de la economía fue poco a poco pasando a manos de los sectores socialdemócratas del gobierno (especialmente cuando Alejandro Martínez Cuenca fue nombrado Ministro de Economía) que empezaron a aplicar medidas de liberalización y terminaron de arrinconar los intentos de establecer un sistema de planificación y de control de la producción. Así, se fue restableciendo “el mercado” en muchos terrenos, se eliminaron muchos subsidios, se cerraron empresas deficitarias, se liberalizó el cambio de divisas, se suprimieron aspectos de la nacionalización del comercio exterior, se suprimieron puestos de trabajo en el Estado, se cerraron organismos públicos, se suprimió la libreta de racionamiento, se congelaron los ínfimos salarios del Estado (aunque se compensó con la inclusión en los mismos de una cesta de productos de consumo, conocida como “A.F.A.” –arroz, frijoles y azúcar–, que incluía, además de estos productos otros, según la ocasión, como latas de sardinas, etc.), se autorizó el acceso a las tiendas en dólares, etc. Este paquete de medidas, que recordaba mucho a los Planes de Ajuste Estructural que empezaba a aplicar el FMI /38, estaba pensado para evitar el colapso de la economía, de la moneda y de los presupuestos, y para intentar recuperar la producción para el consumo y para la exportación, incentivando a los productores privados. Pero el impacto del mismo en la población trabajadora fue durísimo. El desempleo creció, a la vez que lo hacía el pluriempleo (un trabajo por la mañana y agarrar “su rumbo” por la tarde, vendiendo algo, reparando algo...). Las condiciones materiales de la enseñanza y de la sanidad pública se derrumbaron /39. El sector informal de la economía creció de manera espectacular. Los cortes programados de agua y luz eran el pan de cada día. La gasolina se compraba con cupones. Las carencias de lo más elemental convirtieron en productos de lujo muchos elementos de consumo cotidiano. Y todo esto tuvo una repercusión en el estado de ánimo de muchos revolucionarios, en su cansancio y en su dedicación, pues para la gran mayoría de la población, la vida cotidiana se convirtió en una lucha tremenda por sobrevivir en un marco en que todo era caro y difícil de obtener.

En esta situación, el FSLN decidió, de nuevo, adelantar las elecciones generales a febrero de 1990, antes que el deterioro de la situación fuera mayor. Se pensaba así ganar legitimidad internacional con la victoria, que se daba por segura, y abordar, sin tener la hipoteca de las elecciones, nuevas medidas de austeridad y de estabilización de la economía. Pero la paradoja cada vez más sangrante era que el espacio real de libertades y de debate que se respiraba en el país, a pesar de la guerra, seguía sin tener su equivalente en las estructuras del FSLN, que, diez años después del triunfo de la revolución, seguían siendo autoritarias y, además, se habían burocratizado a la vez que muchos de sus dirigentes se habían aburguesado /40. Antes de las elecciones algo empezó a moverse en el interior del FSLN y en las organizaciones de masas. Cada vez manifestábamos más abiertamente nuestras críticas a algunos aspectos de las políticas del “partido” y del gobierno, y se empezó a abrir camino la exigencia de democratización interna, aunque las postergamos para después de las elecciones /41. Incluso empezaron a funcionar equipos de trabajo para preparar esa nueva etapa, en uno de los cuales participé. Pero en esos meses, las elecciones ocuparon todo el espacio. En éstas, a diferencia de las de 1984, sí se presentó toda la oposición al sandinismo. La contrarrevolución había demostrado su incapacidad para derrotarlo por las armas y la derecha nicaragüense consideró que había llegado el momento de empezar a cuestionar desde dentro la revolución. Los Estados Unidos movieron sus influencias y su dinero y se formó una coalición antisandinista, a la que llamaron Unión Nacional Opositora, que presentó como candidata a la presidencia a Violeta Barrios (viuda del periodista asesinado por el somocismo Pedro Joaquín Chamorro). La UNO era un conglomerado de partidos que incluía a las diferentes fracciones de los viejos partidos liberales y conservadores, a los social-cristianos (demócratas cristianos) y hasta al Partido Socialista (que había sido un fiel aliado del FSLN) y al pintoresco Partido Comunista Nicaragüense (de marcada tendencia prosoviética).

La dirección del FSLN enfocó esta campaña como lo que era: una ocasión decisiva para la revolución. Se movilizó la inmensa fuerza que representaban las organizaciones de masas y, a la vez, se diseñó una campaña de propaganda muy al estilo del marketing electoral de tipo yanqui. Se centró el voto en la figura de Daniel Ortega, se cuidó su imagen externa, se le hizo aparecer vestido de civil, proclamó su fe cristiana en todos los mítines, etc. Se llenó el país de propaganda, se organizaron grandes mítines en los que se repartían camisetas con la foto de Daniel, se regalaban gorras, se organizaban fiestas, se fletaban camiones y autobuses para las grandes concentraciones. Se hizo una impactante propaganda por radio y televisión /42, etc., bajo la consigna: “¡Seguimos de frente con el Frente!”. Todo parecía indicar que la suma de conciencia revolucionaria, de moderación política y de campaña espectacular (y carísima) nos llevaría, a pesar de la dureza de la situación, a ganar las elecciones. Las encuestas, incluidas las de los medios norteamericanos, señalaban, todas menos una, una victoria del FSLN /43. Tanto es así, que los periódicos más importantes de los USA empezaron a reclamar que se llegara a un acuerdo con el FSLN, al que daban también por seguro vencedor. Pero la UNO, con un importante grado de recursos económicos provenientes del exterior, de los que pudo disfrutar legalmente, tenía también bazas muy importantes que jugar e hizo una campaña basada en el respaldo de los Estados Unidos a esta opción (lo que se relacionaba explícitamente con el fin de la guerra y con una milagrosa recuperación económica, cuando volvieran los dólares y lloviera el dinero del “amigo americano”), en el apoyo beligerante de la jerarquía de la Iglesia católica y de sectores evangélicos conservadores y en el hecho de que el voto era secreto y que no había que temer represalias por tomar la opción de la UNO.

En el mitin final de campaña, el FSLN concentró a centenares de miles de personas llegadas de todo el país. Incluso se dijo que el número de personas que allí se equivalían a cerca de la mitad de los votos. La concentración fue tan espectacular que se comentó que Daniel Ortega que iba a anunciar el fin del Servicio Militar Patriótico, como última y espectacular medida, decidió no hacerlo ante el impresionante respaldo que la concentración manifestaba. Incluso al día siguiente, algunos de los analistas políticos más considerados en el campo sandinista señalaban la madurez impresionante de la población que, a pesar de la guerra, de los muertos y del deterioro de la situación económica, seguían respaldando masivamente a la revolución /44. Sin embargo, los resultados electorales dieron la victoria a la Unión Nacional Opositora por un aplastante 54,74%, frente aun 40,83% del FSLN.

Del desconcierto al aprovechamiento: la piñata sandinista

El impacto del resultado fue brutal sobre la gente. Las ciudades se despertaron con un silencio que se podía cortar. Las caras reflejaban tristeza y desconcierto. Incluso mucha gente que había votado a la UNO mostraba miedo, y otros desolación y arrepentimiento. ¿Qué pasó? Ahora, parece fácil explicarlo. La gente votó por la opción que le garantizaba el fin de la guerra y que creyó que le garantizaba la mejora de la situación económica, a pesar de que esto supusiera tirar por la borda los sacrificios y las ilusiones de años. Mucha gente estaba cansada, destruida por la muerte de sus hijos, empobrecida, harta de que su vida cotidiana fuera una odisea para conseguir lo elemental, desengañada con las desigualdades que se mantenían.... Otra mucha gente observaba la burocratización y los estilos de vida de muchos dirigentes del FSLN como la prueba de que “todos son iguales” y de que los sacrificios sólo rigen para los de abajo. Otros más votaron a la UNO para evitar una victoria demasiado aplastante del Frente. Otros más fueron fanatizados por la jerarquía católica y por muchas de las sectas protestantes que habían proliferado como parte de la estrategia norteamericana. Y, claro, una parte importante sabía perfectamente que votaba para poner fin a un proyecto que había recortado sus privilegios económicos, políticos y culturales.

Pero lo cierto es que la UNO ganó en la mayoría de los barrios populares de Managua, en muchos acuartelamientos militares /45, en zonas donde la revolución había tenido una importante acción transformadora y en zonas en las que había cometido importantes errores. Lo cierto es que la opción de terminar con la revolución fue la que primó en el momento en que las personas, de una en una, se enfrentaban al voto en las cabinas electorales. En los primeros momentos de desconcierto y de incredulidad, un sector de la Dirección Nacional del FSLN, apoyado en un estado de ánimo probablemente mayoritario entre los cuadros revolucionarios, se planteó el no entregar el poder político. Parece que Tomás Borge, apoyado por Castro, fue el que encabezó esta posición /46. Posición que era respaldada abiertamente en las concentraciones que se convocaron en los días posteriores a la jornada electoral. La situación era de un desgarro inaguantable. Habíamos sido derrotados en las urnas, pero el poder real era revolucionario. El Ejército, la policía, las milicias, los batallones, las organizaciones de barrios, los sindicatos, las cooperativas, etc., todos estábamos armados y éramos cientos de miles. Suprimir la legalidad que la propia revolución se había dado era, a corto plazo, tan sencillo como hacer un decreto, seguramente, no hubiera provocado ni siquiera manifestaciones en la calle por parte de la UNO. Pero se impuso la racionalidad y se decidió entregar el poder político, siendo bastante conscientes de lo que representaría, pero siendo más conscientes aún de que si no se hacía, continuar en el poder político implicaba desconocer la opinión de la mayoría, perder legitimidad interna y externa, relanzar la guerra y el embargo, aumentar la crisis económica a niveles insoportables y suprimir el marco de libertades en que se había venido moviendo la revolución, a la vez que se hubiera tenido que militarizar el país y ejercer una represión importante sobre sectores significativos de la población, incluidos sectores populares. El coste hubiera sido imposible de soportar.

A pesar de todo, después del aturdimiento, empezamos a caer en la cuenta de que una derrota electoral no significaba la pérdida de todo lo hecho por la revolución. Que ahí seguíamos teniendo, por primera vez en la historia de Nicaragua, un Ejército y una policía que no respondían a los poderosos y al imperialismo, que en el campo la reforma agraria era una realidad que había cambiado de manera importante la estructura de la propiedad de la tierra, que una parte considerable de las explotaciones agrarias y de la industria eran estatales, que centenares de miles de personas estaban incorporadas de cuerpo y alma a la revolución, que la incorporación de la mujer a la vida política era un dato que no se eliminaba por un resultado electoral, que las organizaciones de masas estaban ahí con su enorme poder, que la gente humilde había sentido durante todos estos años el orgullo que siglos de explotación y opresión le habían vedado /47... Empezamos muchos, incluso con entusiasmo, a prepararnos para hacer de oposición, para defender las conquistas de la revolución en todos los terrenos, para defender la propiedad social, las leyes revolucionarias (algunas de las más importante no podían ser cambiadas por la mayoría parlamentaria que tenía la UNO), para prepararnos adecuadamente para cuando la UNO (que era una jaula de grillos) manifestara sus contradicciones internas, y para, en definitiva, volver al gobierno en las próximas elecciones...

Pero si esto empezamos a hacer mucha gente, muchos de los principales dirigentes del FSLN y una parte considerable de los cuadros en pocos días, en horas incluso, se lanzaron, en un “sálvese quien pueda”, a garantizarse la mayor cantidad de recursos económicos para la nueva etapa /48. Fue lo que se conoció acertadamente como la piñata, pues el espectáculo recordaba a los niños lanzándose en tumulto a recoger los caramelos después de romperla /49. Y lo hicieron, primero buscando coartadas políticas, como el carácter simbólico que hubiera tenido que ellos hubieran perdido sus casas y el peligroso precedente que habría significado para los campesinos que habían recibido la tierra de la revolución /50. Pero la piñata no paró, ni mucho menos en las casas en que vivían, sino que incluyó otras casas más, casas de veraneo, empresas de todo tipo, fondos en divisas situados dentro y fuera del país, barcos, grandes propiedades agrícolas y haciendas ganaderas, explotaciones madereras, multitud de vehículos del Estado, y hasta aviones y helicópteros del Ejército rápidamente pintados de otro color... E incluso, de nuevo, se intentó justificar este robo descarado con supuestas razones políticas, como que si lo dejaban en el Estado se lo iban a apropiar los de la UNO, que se lo merecían por los sacrificios que habían realizado y que ahora les tocaba sacrificarse a los jóvenes, que eran propiedades que no habían entrado en el inventario del Estado y que eran del FSLN, que iban a demostrar así que los sandinistas podían ser buenos empresarios para sus trabajadores y para el país, etc. /51.

La piñata llegó también al interior del FSLN. Cada comandante de la Revolución, con alguna excepción, buscó situarse políticamente dentro y fuera del partido. Unos utilizaron los contactos internacionales que habían llevado desde el gobierno o desde el Frente para patrimonializarlos. La mayoría de los dirigentes de nivel alto, se apropiaron de propiedades confiscadas y montaron en ellas ONGs y Fundaciones /52, a las que llevaron a su “corte” y con las que pretendían garantizar sus contactos, su esfera de influencia y, cómo no, sus viajes internacionales, sus fuentes de divisas y su futuro. Otros más volvieron a sus privilegiadas familias, se dedicaron a sus negocios familiares o se fueron a estudiar al extranjero. Muchos cuadros medios buscaron trabajo y acomodo, dentro y fuera de Nicaragua, en las centenares de ONGs solidarias con la revolución. Mientras, miles de permanentes del FSLN y de cuadros del Estado primero, luego militares y policías, trabajadores y sindicalistas destacados, etc., se fueron quedando en la calle, volvieron a sus oficios, pasaron de directores generales a taxistas, zapateros, vendedores de refrescos... En la derrota también hubo clases y cada uno “volvió a su sitio”.

La descomposición de la vanguardia revolucionaria

La “piñata aunque fue vivida por muchos de nosotros como una locura, no fue algo que surgió de la nada, sino la consecuencia directa de un proceso de burocratización de la dirección del FSLN y de su progresivo aburguesamiento, a la vez de su engreimiento que les llevaba a verse como los intérpretes de la historia y los que siempre sabían qué le convenía a la revolución. Fue el paso decisivo hacia la corrupción generalizada del FSLN y la derrota real de una revolución que había presumido siempre de honestidad, frente a la corrupción generalizada en que siempre había vivido Nicaragua. Si todavía hoy yo siento una indignación sin límites por esta malversación del único caudal que les corresponde legítimamente a los revolucionarios, la honestidad, imaginemos cómo se sintieron los familiares y amigos de los miles que habían muerto defendiendo la revolución, de los miles de mutilados, de los que habían hipotecado todo (empleo, profesión, familia, vida...) para dedicarse de cuerpo y alma a las tareas de la revolución, cómo se sintieron los que volvieron a la pobreza sin más, al trabajo precario, a ser superexplotados, a pedir amparo a sus familiares, a emigrar a los USA o a Costa Rica...

Pero ahí no paró todo. De nuevo se demostró que el camino para la degradación no tiene fin, y que cuando los revolucionarios empiezan a renegar de sus principios pueden acabar en cualquier sitio y pueden ser capaces de las peores tropelías /53. De la piñata, de los apaños posteriores con el gobierno de Violeta de Chamorro y con el del somocista Arnoldo Alemán, de sus acuerdos con la burguesía, de su propia actividad empresarial, de la utilización patrimonialista de la fuerza que el sandinismo ha seguido teniendo en Nicaragua, surgió lo que hoy se denomina la “burguesía sandinista. Gente adinerada que se sigue reclamando del sandinismo, en la medida que su respaldo en el partido con más militantes y con mejor nivel de organización de Nicaragua, les ha permitido primero legalizar el robo y les permite después tener un importantísimo respaldo político que les garantiza una gran impunidad para sus negocios y, en el mejor estilo de la lumpenburguesía, para sus estafas. Les permite jugar con los “dados cargados”. A pesar de todo, todavía hoy en Nicaragua el nombre el sandinismo es para muchos trabajadores y trabajadoras, para los revolucionarios y las revolucionarias, sinónimo de orgullo de clase y de independencia frente al imperialismo. El sandinismo, para centenares de miles de personas, simboliza lo que se puede llegar a conseguir a través de una revolución. Las luchas más importantes, las de los campesinos y campesinas por mantener la tierra, la de los pobladores y pobladoras por conservar sus casas y mejorar sus barrios, las de los jornaleros y jornaleras por sus condiciones de trabajo, la de los parados y paradas, la de los y las estudiantes por el incremento de los presupuestos, las de las maestras y maestros, las luchas de todos contra las privatizaciones y contra los dictados del FMI... se siguen haciendo bajo la bandera del sandinismo, de ese mito revolucionario que perdura. Y el sandinismo ya no es un patrimonio del FSLN (aunque este partido tiene centenares de miles de afiliados y la hegemonía en su seno) sino un patrimonio de todos los rebeldes.

¿Qué queda de aquello?

Sin embargo, la conciencia de los errores cometidos por sus dirigentes no ha llevado a la defenestración de la mayoría de ellos, especialmente de Daniel Ortega que sigue siendo su máximo líder, probablemente por una combinación de factores nefastos, como su dominio sobre el aparato del partido, el influjo que mantiene en el Estado (sobre todo en el poder judicial), el peso económico de su círculo, las relaciones y los pactos con otros sectores políticos burgueses, etc., pero también por el sentimiento de mucha gente honesta de que considera que, por encima de todo, la unidad sandinista debe mantenerse. La salida de algunos dirigentes históricos del sandinismo ha demostrado que es difícil construir algo desde fuera del FSLN. Ni los intentos de los sectores más socialdemócratas (Sergio Ramírez, Dora María Tellez, etc.), ni los de los más críticos con la actual dirección, tanto los que permanecen dentro (Henry Ruiz...) como los que optaron por salirse (Ernesto Cardenal...), han podido consolidar una alternativa revolucionaria que polarice el inmenso caudal popular que todavía hoy se reclama del sandinismo. Las alianzas con Arnoldo Alemán, las actuaciones vergonzosas de la mayoría de los miembros de la antigua Dirección Nacional /54, las acusaciones de violación por parte de su hijastra hacia Daniel Ortega, las manipulaciones dentro del Frente, las estafas en las que han participado, las expulsiones, e inclusos los asesinatos (tras los cuales parece estar la mano del círculo de poder de la dirección del FSLN) pesan como una losa sobre el ánimo de los sandinistas honestos. Pero las dificultades, la necesidad de defenderse y de sentirse defendido, el impacto que lo mejor de la revolución dejó en la memoria... actúan a la vez como elemento conservador, que impide crear una alternativa política sandinista al margen de sus dirigentes históricos, y como elemento revolucionario, pues permite mantener la unidad y una fuerte capacidad de respuesta popular. El caudillismo de Daniel Ortega, volviéndose a presentar a las elecciones presidenciales, consiguiendo unos resultados del 37,75% en 1996 y del 42,34% en el 2001, marcan esta doble realidad del nuevo bipartidismo nicaragüense, pero también de las esperanzas de la población. Es difícil ser revolucionario y ser sandinista hoy en Nicaragua, pero viendo lo que está ocurriendo, viendo la enorme pobreza, las injusticias, el analfabetismo de nuevo, el trabajo degradante de las maquilas, el enseñoreamiento de los Estados Unidos, la pérdida de propiedades campesinas en manos, de nuevo, de los bancos usureros y de los terratenientes, la inmensa corrupción de los gobernantes y del aparato del Estado, la inmensa pobreza de la mayoría de la población.... más difícil es hoy en Nicaragua no ser sandinista y no ser revolucionario, aunque la recuperación de la frescura y de las esperanzas pase por deshacerse de los burócratas, ladrones y burgueses que hoy acaudillan el FSLN.

Notas

30/ Recuerdo también una pequeña anécdota que puede ilustrar esta situación: en un debate con una compañera de trabajo del Ministerio de la Presidencia, sobre uno de los planes económicos de la revolución, que como es lógico era atacado por la derecha, como yo insistía en manifestar mis dudas sobre su eficacia, la compañera me espetó: “ten cuidado, porque eso que estás haciendo es diversionismo ideológico”...

31/ Es cierto también que esos “Cara al Pueblo” se preparaban, minuciosamente y con mucha antelación, por las organizaciones revolucionarias de la zona o del sector donde se iban a realizar. Que los burocratillas ejercían presiones de todo tipo para que no salieran preguntas que les cuestionaran directamente o que empañaran su imagen ante los dirigentes. Pero también es cierto que, en muchas ocasiones, se convertían en auténticas expresiones de lo que la población opinaba.

32/ Personalmente viví varias situaciones de este tipo, dos de las cuales pueden ilustrar este fenómeno. La primera, en 1985, en el Instituto Nacional de Administración Pública, en el que su director era una caricatura casi prototípica del burócrata. Pertenecía a la clase media, había tenido una casi nula participación en las luchas antes de la toma del poder, incluso se decía que en una época había tenido importantes relaciones con el somocismo, no había obtenido, todavía en 1984, la militancia del FSLN, orientaba casi toda su actuación a intentar que se expropiara el INCAE (un centro de posgrado ligado a la universidad de Harvard) y a postularse como su nuevo director, sometía a su plantilla a vigilancia ideológica continua, forzaba a sus trabajadores a apuntarse a los cortes de café, al trabajo voluntario, etc., para que su institución apareciera como muy cumplidora y su figura como la de un revolucionario eficiente. Aparecía, incluso, como partidario de tomar medidas más radicales, que consideraba que le beneficiaban, orientaba la actividad de la institución en función de sus intereses personales, para conseguir mejores contactos e intentar impresionar a los dirigentes, utilizaba en beneficio propio muchos de los recursos del INAP, etc. Este personaje, cuando tuvimos un desacuerdo, aparentemente técnico, sobre la puesta en marcha de una actividad de formación y como lo vio como un descrédito a su autoridad y a su prestigio, no sólo buscó que me sacaran del INAP, sino que pidió a la Seguridad del Estado que me expulsaran del país. Como ilustración de la situación especial de Nicaragua, una amiga de la Seguridad del Estado me lo contó y me dijo que no me preocupara que allí todos conocían “a ese viejo loco”. También hay que decir que unos años después, en una reestructuración del Estado, esa persona seguía sin conseguir sus objetivos, estaba cada vez más desprestigiada y ocupaba un cargo que, indirectamente, dependía del mío. La segunda situación, mucho más seria, la viví en el Ministerio de la Presidencia, cuando un director general violó a una cooperante, además de haber montado un sistema de proveerse de dólares por medio de actividades ilegales. Pero, por su estrecha relación con una comandante guerrillera, fue únicamente degradado y trasladado. Posteriormente volvió a violar a otra mujer y, por fuertes presiones del sindicato al que pertenecía la víctima, fue encarcelado, pero consiguió, muy sospechosamente, evadirse de la cárcel y atravesar la frontera. Para muchos era evidente que existía una trama de corrupción y amiguismo en la que participaban un grupo de directores y un encubrimiento por parte de la comandante guerrillera. Así, empezamos un proceso de debates y requerimientos, en el que la voz cantante la llevó el sindicato y su principal responsable. Hubo asambleas tensas y dramáticas, intentos de amedrentamiento, personas que se nos acercaron para sacarnos información y para denunciarnos posteriormente (concretamente esto hizo el ex-cónsul nicaragüense en Barcelona), se nos vigiló en nuestras casas por la Seguridad del Estado, etc., pero finalmente varias de las personas relacionadas con este personaje perdieron sus cargos de dirección (pero se mantuvieron en la institución), aunque la comandante quedó intocada. También los denunciantes sufrimos algunas represalias que nos dolieron mucho, pero que analizadas fríamente eran nimias. Concretamente toda la “represión” que yo sufrí fue que se me impidió dejar el coche en el aparcamiento de los directivos y que se me rebajó el sueldo utilizando una argucia formal (de la categoría equivalente a viceministro se me rebajó a la de director general). En uno de los momentos más duros anímicamente, los que desarrollamos estas denuncias nos animábamos y consolábamos, considerando que las represalias que contra nosotros habían tomado eran una prueba de la viveza de la revolución y que el poder de la burocracia tenía importantes limitaciones, pues en otras revoluciones por menos habríamos acabado en la cárcel o peor.

33/ Los privilegios materiales de los dirigentes fueron aumentando a la vez que empeoraba la situación económica y caía el nivel de vida de la población. Las casas en que vivían, los vehículos que utilizaban, el acceso a tiendas especiales (al principio sin escaparates ni símbolos distintivos externos) en las que conseguían productos importados, la utilización personal de los recursos del Estado (casas, vehículos, personal, etc.). En algunos casos la coartada era la seguridad de los dirigentes la que les “obligaba” a vivir en casas rodeadas de grandes jardines..., en otros eran los requerimientos del carácter representativo de sus cargos (así lo justificó Daniel Ortega en un “Cara al Pueblo”, en el que comparó estas situaciones con el hecho de que el Papa tuviera que vivir en un palacio), o el reconocimiento a su entrega revolucionaria. Pero el caso es que estas situaciones, en un país donde “todo el mundo” se conocía, eran de conocimiento público. Además, muchos dirigentes no lo ocultaban en lo más mínimo. Por ejemplo, uno de los comandantes de la Dirección Nacional se paseaba por Managua en un Volvo rojo (probablemente el único que existía en Nicaragua) en el que en el maletero llevaba un surtido bar del que sus escoltas le servían, cuando salía de fiesta y a ligar. Y esto lo veíamos todos, en una sociedad donde todo se sabía.

34/ El armamento con el contó el EPS fue provisto básicamente por la URSS. Incluía las armas ligeras de reglamento en el Ejército soviético (AK-47, Dragonof, ametralladoras, etc.), artillería, misiles ligeros, algunos aviones de hélice, tanques soviéticos, pero un tanto anticuados y de poco uso en un tipo de guerra que se libraba en la montaña, vehículos IFA y de otros tipos, etc., destacando especialmente los helicópteros MI-17 y MI-25. Las milicias, sin embargo, no estaban especialmente bien armadas, tenían AK-47, pero también una miscelánea de fusiles que provenían de Checoslovaquia (los viejos BZ), M-16 norteamericanos, Galil israelitas, etc.

35/ Ya he comentado que la guerra se llevó a muchos de los mejores cuadros y que bastantes de ellos murieron, pero otros se acomodaron en las estructuras de la burocracia del Ejército y en los privilegios de los que gozaba.

36/ La subida descontrolada de precios, la hiperinflación, tuvo un efecto desastroso sobre la producción y sobre la población. Si en los primeros años esta estuvo en torno al 25%, ya en 1984 llegó al 50,2%, en 1985 al 334,3%, en 1986 al 747.4%, en 1987 al 1.347,3% y en 1988 alcanzó el 33.802,5% (sólo en 1989, último año de gobierno revolucionario, empezó a descender).

37/ Por ejemplo, cuando en 1981 los contrarrevolucionarios lanzaron la ofensiva desde Honduras en la zona del río Coco bautizada como “Navidad Roja”, se procedió con antelación al reasentamiento de miles de misquitos en zonas del interior sin su consentimiento. Tuve ocasión, en 1984, de visitar uno de estos reasentamientos llamado Abisinia (que posteriormente sería arrasado por la “contra”) y si bien las condiciones de vida eran, para la situación, más que aceptables, la población misquita estaba muy descontenta por su traslado forzoso a una zona muy lejana de su río y de su vida tradicional. De poco servían ante este sentimiento el que los muchachos de las juventudes sandinistas les estuvieran construyendo unas muy buenas casas de madera, que se les garantizara la alimentación, etc.... Bien es cierto, que más adelante el FSLN aceptó el retorno de estas comunidades a sus zonas de origen.

38/ En un “Cara al Pueblo”, el Presidente Daniel Ortega reconoció que eran medidas fondomonetaristas, pero puso como contrapunto que no se tomaban porque se creyera en ese modelo económico, sino porque eran necesarias y señaló que la principal diferencia era que “en Nicaragua no estaba el FMI”.

39/ Los niños y niñas tenía que llevar a la escuela sillas de sus casas y colaborar a completar el sueldo de las maestras y maestros, en los hospitales no había apenas medicinas y a veces ni productos de limpieza, la gente tenía que buscar elementos que necesitaba, como hilo para suturar, en el mercado negro para llevarlo al hospital, etc.

40/ Esta situación era sin duda el sueño de un burócrata, la mejor de las situaciones... Tuve ocasión de conocer de manera cotidiana el comportamiento de una comandante guerrillera. Por el día solía vestir de verde olivo, todos la teníamos que tratar de comandante, se permitía opinar sobre cualquier cosa, hasta de lo que ignoraba, en nombre de la Revolución, exigía sacrificios, austeridad, conciencia, responsabilidad... y fustigaba a los críticos... para luego volver a su mansión, que había pertenecido a un magnate somocista, en uno de sus coches de importación con aire acondicionado, asistir a fiestas vestida de dama de la burguesía, dar fiestas en su casa para centenares de personas, con camareros y orquesta, comprar productos importados con los dólares que su cargo le permitía, someterse en el extranjero a una operación de rebaja de caderas (quitarse las “pistoleras”), mientras en los hospitales públicos la gente moría por falta de lo más elemental, etc. Es decir, se podía seguir exigiendo representar a la Revolución y, sin tener que ocultarse, se podía vivir como un burgués.

41/ La consigna, muy del estilo cubano, “Dirección Nacional, ordene”, era cada vez más cuestionada y haciendo broma, en el mejor estilo “nica”, empezamos a sustituirla por “Dirección Nacional, escuche”.

42/ Uno de sus momentos cumbres fue cuando los principales personajes de una magnífica telenovela brasileña que tenía desde hacía dos años embelesado a todo el país, “Roque Santeiro”, salieron en la televisión llamando al voto sandinista.

43/ Incluso el vicepresidente de la república, Sergio Ramírez, mostró su preocupación por si una victoria aplastante del FSLN podía restar legitimidad internacional a la limpieza del proceso electoral.

44/ En aquella concentración cercana al medio millón de personas, un compañero me señaló como antes de terminar el mitin, muchas personas de aspecto campesino lo abandonaban hacia los camiones que les habían traído. Recuerdo que me comentó que, o lo hacían por miedo a perderlos a la vuelta o porque habían venido forzados. Este fue el único comentario que ponía en duda nuestra fuerza que oí en toda la campaña.

45/ Todo parece indicar que muchos jóvenes que estaban en el servicio militar, que la UNO había prometido suprimir, votaron esa opción, al igual que muchas de las compañeras de los militares profesionales. Fue muy duro admitir que mucha gente, después de años de luchas y sacrificios optara por lo que creía que le permitiría salvar su vida y mejorar sus condiciones, frente a las transformaciones revolucionarias y la independencia frente al imperio.

46/ El editorial del periódico cubano Granma fue muy significativo. No lo recuerdo con precisión, pero si que criticaba la inexperiencia de una parte de los dirigentes del FSLN y su aventura democrática.

47/ Una empleada de hogar de la casa de unos amigos puso de manifiesto este aspecto, cuando su único lamento por la pérdida de las elecciones fue que “ahora a los pobres nos volverán a mirar como a ratas”.

48/ La misma comandante a la que me he referido en estas notas, y que hoy sigue queriendo aparecer como uno de los referentes de la izquierda del FSLN, tardó bastantes días en mantener la reunión que le habíamos pedido un grupo de funcionarios de la Presidencia de la República, para explicarle los planes que habíamos hecho para consolidar el poder revolucionario en los municipios y regiones, y para aprobar una serie de decretos que por descuido de los aspectos legales estaban pendientes y que eran necesarios para consolidar algunos aspectos claves en este terreno. En esa reunión nos explicó, con toda tranquilidad, que esos días, para nosotros fundamentales, pues había que hacer los cambios antes de la entrega del gobierno, los habían ocupado en resolver la propiedad legal de sus casas (sobre la que inmediatamente sacaron un decreto presidencial), pues si no se podía ver “durmiendo en un parque”.

49/ Recuerdo también una conversación que mantuvo por teléfono el piloto de una avioneta con algún alto cargo de la aviación civil: le pedía que le “diera algo”, que “no le había tocado nada”, que “aunque fuera un motor de avioneta estropeado”, que él lo podía reparar y “sacarle partido”...

50/ Frente a estos planteamientos, que se debatieron en muchas de las asambleas que proliferaban en esos días, en las que las bases de la revolución tomaron un protagonismo importantísimo, algunos propusimos, sin éxito por parte de los comandantes, que los dirigentes que tenían casas que habían sido expropiadas a los somocistas las entregaran a instituciones sociales y que hiciéramos una colecta para comprarles nuevas casas.

51/ Esa misma comandante a la que me vengo refiriendo, publicó un artículo a doble página en Barricada, el órgano del FSLN, en el que defendía sus propiedades obtenidas en la piñata y la empresa del textil que había puesto en marcha, con dinero proveniente de los fondos del Estado, con los argumentos que arriba relato: los sandinistas nos lo merecemos y además vamos a demostrar (¿a quién?) que podemos ser buenos y eficaces empresarios... y era tan canalla de decir que ahora les tocaba “sacrificarse a los jóvenes”, precisamente a los que habían venido defendiendo la revolución con las armas y con sus vidas, a cambio de nada...

52/ La comandante guerrillera de la que vengo haciendo en estas notas casi una biografía, no se contentó con varias casas, un barco (con varios motores de repuesto), numerosos coches, una cantidad no precisada de dinero (con el que, entre otras cosas, montó una empresa textil), y con lo que se apropió su marido, también dirigente del FSLN (por ejemplo, una inmensa y moderna finca ganadera en Rivas), con sus negocios madereros con otros cuadros sandinistas, etc., sino que también montó su ONG en un local expropiado perteneciente a un organismo del FSLN (precisamente el organismo que dirigía su marido), para mantener también su peso político en ese importante espacio y para poder repercutirlo. Y se llevó a esa ONG a personal del Estado de su fidelidad (incluida la persona que sabía hacerle el té...), repartió coches entre algunos de sus fieles, cargaba algunos de sus gastos a cuenta de esa ONG y, como la había constituido en forma de Fundación en la que tenía todo el poder, se encargó de ir desalojando a los que le eran molestos. Yo apoyaba a esa ONG n las tardes; por las mañanas continuaba trabajando para el Estado, como parte de un ingenuo diseño que habíamos hecho de crear un “gobierno en la sombra” soportado por una red de ONGs sandinistas. Pero cuando algunos empezamos a hacer requerimientos, pedimos transparencia y nos enfrentamos a esta dirigente, su respuesta fue inmediata: “Esto no es una cooperativa...”. Cuando regresé de un viaje encontré desmontado mi lugar de trabajo y todos mis papeles en un almacén...

53/ Tras la pérdida de las elecciones, los enfrentamientos internos entre dirigentes del FSLN se volvieron cotidianos y en estos enfrentamientos se llegó a utilizar incluso la acción terrorista contra los que consideraba sus opositores (por ejemplo, por Humberto Ortega, cuando todavía era el jefe del Ejército, contra la emisora de radio de la izquierda sandinista La Primerísima, dirigida por William Grisby). La restauración del poder de la burguesía en Nicaragua les vino al pelo a estos sectores, y la legalización de la piñata fue el eje de sus actividades en los primeros años del gobierno de la UNO. Legalización que finalmente consiguieron en abierta alianza con Alberto Alemán, el corrupto y somocista presidente de Nicaragua que sucedió a Violeta de Chamorro. Los dirigentes ladrones no perdieron sus propiedades, pero el Estado tuvo que otorgar a cambio a los somocistas a quienes habían pertenecido una buena parte de los bonos BPI, que, en conjunto, generaron una inmensa deuda interna de más de 800 millones de dólares, que deberá empezar a pagarse en el año 2006.

54/ Podemos hacer una reflexión especialmente triste de la vergonzosa trayectoria final de Tomás Borge. Un revolucionario de la extirpe del Ché, que participó durante décadas, en su país y fuera de él, en los movimientos insurreccionales, que sufrió cárcel y torturas, que perdió en la lucha a sus mejores amigos y a varios de sus familiares, entre ellos a su mujer, que murió violada y torturada por la Guardia, que supo expresar como nadie lo que significaba la revolución sandinista, que nos hacía más fuertes y más sabios cuando le escuchábamos... un revolucionario de ese tamaño, tiró en pocos meses por la borda toda su trayectoria participando en la piñata y llegando hasta el extremo ridículo, pero bien remunerado, de convertirse en el plumífero del último presidente mexicano del PRI.

Punto de Vista Internacional

+ Info:

Primera entrega: Ay Nicaragua, Nicaragüita


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