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Anticapitalistes
  
dimarts 12 d’abril de 2016 | Manuel
Las colectivizaciones en la revolución

Andy Durgan

El corazón de la revolución social que surgió como repuesta a la sublevación militar de julio de 1936, fue la colectivización de la industria, los servicios y la tierra. Aunque la CNT tuvo un papel clave en el proceso, en gran parte la colectivización fue la respuesta espontánea de sectores de las masas urbanas y rurales al problema práctico de cómo mantener la producción y el cultivo.

El centro de la colectivización urbana fue Catalunya, sobre todo Barcelona, donde el 80% de la industria y servicios del capital catalán estuvieron bajo el control de los trabajadores. En la mayoría de los casos la decisión de colectivizar fue tomada por una asamblea de trabajadores o por el comité sindical de la empresa. Además de colectivizar la producción, se introdujeron una serie de medidas como la educación técnica, cursos de alfabetización y la provisión de guarderías (una medida especialmente importante dado la entrada masiva de las mujeres en los lugares del trabajo durante la guerra).

Para coordinar la producción en algunos sectores se organizaron federaciones de industria; la más importante fue en Barcelona, siendo la federación de madera que involucró unos 8.000 trabajadores y que procedió a una verdadera “socialización” de la producción basada en las necesidades de la población.

El campo

El proceso de colectivización fue más lejos en el campo. En toda la zona Republicana hubo casi 2.000 colectivizaciones agrarias, involucrando más de un millón y medio de personas. En muchos sitios, las colectivizaciones organizaron nuevas escuelas y otras actividades culturales en los pueblos. En Valencia, Andalucía y Castilla participaron tanto la CNT como la UGT en su organización.

En el este de Aragón, donde las milicias anarquistas catalanas tuvieron un papel clave en su establecimiento, el proceso fue aún mayor. En muchos pueblos se abolió el dinero, se colectivizaron los talleres y almacenes y se organizó la distribución de todo lo producido según las necesidades de cada familia.

Uno de las colectivizaciones más emblemáticas fue la del cultivo de la fruta cítrica en el País Valencià que llegó a organizar las exportaciones al extranjero independientemente del Estado.

Problemas

En un contexto de guerra las colectivizaciones se enfrentaron a toda una serie de obstáculos: faltaron materias primas y se interrumpieron las comunicaciones. Además hubo problemas de índole político. Aunque no fueron tan comunes como insistió la propaganda comunista, hubo casos de colectivización forzada que alienó a determinados sectores del campesinado. Más problemático aún, fueron los casos que el POUM llamó “capitalismo sindical” —cuando los trabajadores trataron a la empresa colectivizada como su propiedad y no como parte de una economía socializada—.

Sin embargo, el principal obstáculo fue la hostilidad del gobierno republicano. El Frente Popular, empeñado en presentar al mundo la imagen de una democracia “normal”, fue bastante hostil a la idea de una economía colectivizada. Así que desde el gobierno se saboteó la labor de muchas colectivizaciones o, sobre todo en la industria, se introdujo un control estatal nombrando directivos. Incluso, se devolvieron algunas empresas a sus antiguos propietarios.

Los anarcosindicalistas, al negarse a crear un nuevo poder revolucionario, dejaron en manos del Frente Popular las comunicaciones, el comercio internacional, las finanzas y el orden público.

Ejemplo

A pesar de todo, las colectivizaciones fueron relativamente eficaces. En el campo, al menos durante el primer año de la guerra, se mantuvo la cultivación y el abastamiento de la retaguardia y del frente. Asimismo, en muchas industrias la producción no cayó en picado. Incluso en algunos casos, cuando los dueños volvieron a Catalunya con las tropas fascistas al final de la guerra encontraron sus fábricas en mejores condiciones que antes de la guerra.

Sobre todo, la experiencia de la colectivización durante la Guerra Civil sigue siendo uno de los ejemplos más ricos de cómo es una revolución social; de cómo la gente es capaz de organizar por sí misma la vida económica.

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Decreto de colectivización: cuando la mayoría tomó el control

Andy Durgan

En julio de 1936 la revolución social que surgió como repuesta a la sublevación militar desencadenó la experiencia de autogestión económica más importante de la historia: la colectivización de la industria, los servicios y la tierra. Mientras que la colectivización agraria se extendió más en otras tierras de la zona republicana (Aragón, València, Castilla…), el centro de la colectivización urbana fue Catalunya, sobre todo Barcelona donde el 80% de la industria y servicios estuvo bajo el control de la clase trabajadora.

La colectivización fue la respuesta, a menudo espontánea, de sectores de las masas urbanas y rurales al problema muy práctico de cómo mantener la producción y el cultivo. Sin dueños (huidos o eliminados), en la mayoría de los casos la decisión de colectivizar fue tomada por una asamblea de la plantilla o por el comité sindical de la empresa. Al principio la autogestión fue espontanea pero pronto los sindicatos, sobre todo la CNT, fueron sus impulsores.

Además de colectivizar la producción, se introdujeron una serie de medidas como la educación técnica, cursos de alfabetización y la provisión de guarderías (una medida especialmente importante dada la entrada masiva de las mujeres en los lugares del trabajo durante la guerra).

El poder en Catalunya después del 19 de julio de 1936 estuvo en manos de múltiples comités, formados por las organizaciones antifascistas; entre ellos el Comité Central de Milícies Antifeixistes de Catalunya (CCMA) que actuó como un gobierno paralelo a la Generalitat que siguió existiendo en la sombra. El gobierno catalán estableció el 11 de agosto el Consell de Economia de Catalunya (CEC) como primer paso para poner orden en la nueva economía colectivizada. Presentado como “un plan de transformación socialista”, el programa del CEC, escrito por el líder del POUM, Andreu Nin, tuvo como eje potenciar la colectivización de la industria y la agricultura.

Con el recrudecimiento de la guerra y la necesidad de estructurar el poder en la retaguardia la CNT aceptó la disolución del CCMA y la formación el 26 de septiembre de un nuevo Consell de la Generalitat con representación de todas las fuerzas antifascistas. El nuevo gobierno se dedicó a ‘legalizar’ las conquistas revolucionarias, aprobando, entre otras medidas, el Decreto de Colectivización y Control Obrero el 24 de octubre 1936; elaborado en base del programa del CEC. La CNT y el POUM defendieron que todas las empresas que tuvieran mas de 50 obreros y obreras el 30 de junio debían ser colectivizadas; la ERC y el PSUC las que tuvieran más de 250. A final el decreto se aplicó a las empresas con un mínimo de 100 personas empleadas.

Entre otras medidas, el Decreto, creaba Consejos Generales de Industria, que tenían como función formular los planes de trabajo de la respectiva industria, orientar a los Consejos de Empresa y ocuparse de las tareas de coordinación industrial. Además, se preveía la constitución de una Caja de Crédito Industrial y Comercial que tenía que recoger el 50% de los beneficios de las empresas colectivizadas, invertirlas de acuerdo a las orientaciones del CEC y de los Consejos Generales y facilitar créditos a las colectivizaciones que lo necesitasen. Hasta el final de la guerra hubo más de 8.000 colectivizaciones legalizadas por el Decreto, además de unas 4.500 empresas más con comités de control obrero.

Dada la situación de guerra, la experiencia de la colectivización en Catalunya fue desigual. Por ejemplo, el POUM criticaba duramente el llamado “capitalismo sindical” de algunas empresas colectivizadas que actuaron en competencia con las demás. Al mismo tiempo las colectivizaciones tuvieron a afrontar por un lado serios problemas creados por la situación bélica (falta de materias primas, boqueo del comercio…) y por el otro la creciente hostilidad de las autoridades republicanas comprometidas con el restablecimiento de la normalidad capitalista.

La ausencia de un nuevo estado revolucionario que pudiera haber controlado, entre otras cosas, las instituciones financieras y el comercio, contribuyó debilitar este gran experimento en autogestión y, en último término, significó la derrota de la revolución social.


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