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dissabte 2 d’abril de 2016 | Manuel
Represión stalinista en la URSS en los 1930

Rolando Astarita

En una nota anterior polemicé con la idea de que la política de Stalin, de fines de los años 1920 y de los 1930, significó una profundización de la revolución de Octubre de 1917. Contra los defensores de las políticas de Stalin, sostengo que en la década de 1930 el stalinismo acabó con cualquier posibilidad de gobierno de los obreros y campesinos en Rusia. La razón fundamental: es imposible avanzar al socialismo –esto es, al control y administración de los medios de producción por los productores- en una sociedad en la que imperan la sospecha generalizada, la delación, la regimentación policial del trabajo, las muertes de hambre por millones, las limpiezas étnicas de millones, los fusilamientos de cientos de miles y los campos de trabajo forzado para millones. No hay crecimiento de la industria, o de granjas colectivas, que pueda “compensar” en términos de “avance socialista” esas atrocidades. Por eso, es imposible desconocer las consecuencias duraderas del miedo, a escala social, sobre lo político e ideológico; o de la exacerbación de la xenofobia y el racismo.

En lo que sigue me focalizo en aspectos de la represión interna; o sea, no trato episodios como la actuación de la GPU durante la guerra civil en España, o en otros países. Con esta nota no tengo, por otra parte, ninguna pretensión de originalidad; simplemente sintetizo y transcribo pasajes de algunos estudios que se han beneficiado de la apertura de los archivos del ex ministerio del Interior soviético; y complemento con algunos datos. En todo sentido, debe entenderse como complemento de la nota anterior, y de la que estoy publicando, por partes, sobre el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS, en la que se pone el acento en las raíces sociales y políticas de la consolidación del régimen stalinista.

Los treinta

En términos generales puede decirse que en la década de 1930 se profundiza y consolida el extrañamiento del aparato estatal con respecto al ciudadano común. Debajo de la pantalla del “socialismo alcanzado en lo fundamental”, los obreros y campesinos son despojados, por medio de la violencia brutal, de toda posibilidad de influir en sus destinos, que quedan a merced del régimen burocrático. “Esos fueron tiempos de dislocación social masiva, cuando millones de personas cambiaron sus ocupaciones y lugares de residencia. (…) Se declaró que era una era de lucha para destrozar el viejo mundo y crear un nuevo mundo y un nuevo hombre. El régimen se abocó a la transformación económica, cultural y social, llevada a cabo a través de cambios radicales sin importar el costo humano… Castigos salvajes, peores que cualquier cosa que se hubiera conocido bajo el antiguo régimen, fueron infligidos a los “enemigos”, y a veces aleatoriamente en la población. (…) Los ciudadanos se sintieron a merced de funcionarios y del régimen; especulaban sin cesar acerca de la gente ‘de ahí arriba’ y qué sorpresas nuevas podían guardar para la población, pero se sentían impotentes para influenciarlos” (Fitzpatrick, 1999).

Vigilancia y terror

En ese proceso de extrañamiento el terror, establecido a nivel de la población, constituye una mediación esencial. Es que el miedo paraliza y ayuda a la opresión. “La vigilancia significa que la población es vigilada; el terror significa que sus miembros están sujetos de forma impredecible, pero en gran escala, al arresto, ejecución y otras formas de violencia estatal”. En la URSS la vigilancia era un recordatorio diario de la posibilidad del terror.

Para una sociedad, la experiencia del terror es más complicada que solo el sufrimiento de las víctimas y sus familias, y el miedo de otros en la población de que puedan convertirse en víctimas. La experiencia de la sociedad acerca del terror incluye al victimario así como a la víctima, el infligir violencia y el sufrirla. Esto también es cierto para la experiencia individual del terror; aun personas que nunca denunciaron voluntariamente a sus compañeros ciudadanos en la Gran Purga, no defendieron a amigos que eran acusados públicamente, cortaron contacto con las familias de los ‘enemigos del pueblo’ y en una variedad de formas se encontraron convirtiéndose en participantes del proceso del terror” (Fitzpatrick, 1999).

Oleadas de terror

Fitzpatrick destaca que hubo varias olas de terror. Al finalizar los 1920 y el comienzo de los 1930 las principales víctimas fueron los kulaks, los hombres de la NEP, los sacerdotes y, en una menor medida, los “especialistas burgueses”. En 1935, luego del asesinato de Kirov, sufrieron ciudadanos de Leningrado, especialmente miembros de las viejas clases privilegiadas y antiguos oposicionistas en el Partido Comunista y el Konsomol. Luego vino la Gran Purga de 1937-8, focalizada en la elite comunista, así como en la inteligentsia, además de “sospechosos usuales”, los kulaks y gente que pertenecía a la vieja clase dominante. Una característica fundamental fue que ahora los “enemigos del pueblo” ya no tenían un atributo específico de clase. Supuestamente la Constitución de 1936 proclamaba el fin de las clases antagónicas, de manera que los enemigos ahora lo eran “del pueblo”; y cualquiera podía ser un enemigo. Agreguemos las masivas deportaciones de nacionalidades, a partir de 1933 y especialmente desde 1935.

Represión sobre los obreros

Un giro político de finales de los 1930 que merece atención debido a su impacto en la vida cotidiana fue el endurecimiento de la disciplina laboral con las leyes de 1938 y 1940, que introdujeron castigos más estrictos por ausentismo y llegadas tarde al trabajo” (Fitzpatrick). La ley de 1940 imponía penas criminales para todo trabajador que llegara 20 minutos tarde. Dado que el transporte público no era confiable, para no mencionar el estado de los relojes soviéticos, esto puso a cada persona empleada bajo riesgo y generó un gran resentimiento entre la población urbana. Agrega Fitzpatrick que “el impacto negativo de las leyes laborales fue posiblemente mayor que el de las Grandes Purgas, o de cualquier otra cosa desde las agudas carencias de comida y la fuerte caída de los niveles de vida al inicio de la década”.

Medidas sociales generales

En 1934 se castigó la homosexualidad con penas que iban de tres a cinco años de trabajos forzados. Recordemos que después del triunfo de la Revolución se habían legalizado las relaciones homosexuales voluntarias para toda persona mayor de 14 años. Avance que se había consolidado con el Código Criminal Soviético de 1922, donde los crímenes sexuales fueron referidos solo a las violaciones. Junto con la prohibición de la homosexualidad, se definió a esta como una “perversión sexual” (Gran Enciclopedia Soviética de 1936). En 1935 se aprobó una ley que bajó la edad de responsabilidad penal a los 12 años; de esta manera los niños recibían trato y penas de adultos. En 1936 el Gobierno emitió un decreto por el que se hizo más difícil el divorcio: por el mismo se disponía que las partes tuvieran que ir a la Corte y negociar. Ese año también se prohibió el aborto, a menos que la vida de la mujer estuviera en peligro; el aborto había sido legalizado en noviembre de 1920, y volvió a legalizarse recién en 1955. Se lanzaron campañas oficiales de exaltación del rol de la mujer en el hogar. Se creó un movimiento de mujeres, principalmente compuesto por esposas de directores de empresas, funcionarios y oficiales del Ejército, que promovió ese rol.

Además, la represión en términos estrictamente política se combinó con la represión a personas consideradas antisociales, tales como vagabundos, ladrones y criminales, niños de la calle, mendigos, y otros. El régimen fue muy duro para el conjunto de la población. Podía haber fuertes condenas por violaciones a la exigencia de pasaporte interno, robo en una granja colectiva, además de las violaciones a las leyes laborales, ya mencionadas. En la mayor parte de los años los prisioneros políticos –acusados de actividades contrarrevolucionarias bajo el artículo 59 del Código Criminal- oscilaron entre el 20 y 30% (Bell, 2011). Esto demuestra que no se trató solo ni tal vez principalmente de los prisioneros políticos.

Por otra parte, en 1932 se suprimió el movimiento izquierdista de “Revolución Cultural” (que fue utilizado por Stalin entre 1928 y ese año para eliminar al ala bujarinista). También se liquidó el movimiento de comunas y colectivos obreros, que había surgido espontáneamente y aplicaba criterios comunistas o socialistas de reparto de ingresos entre los obreros. Había llegado a abarcar casi el 8% de los obreros industriales, y no era controlado por los funcionarios.

Los campos y colonias de trabajo forzado

El Gulag (acrónimo de Administración Principal de Campos de Trabajo Correctivo), es el término que se utiliza para designar el vasto complejo de campos, colonias, prisiones y otras instituciones penales (por ejemplo, asentamientos forzados) durante el stalinismo. Surgió en 1930 y se prolongó hasta 1960.

El sistema represivo era complejo, y de vastas proporciones. Por un lado estaban los asentamientos especiales, que no eran colonias penales propiamente dichas. Se poblaron primero con campesinos deportados; fueron 400.000 familias, o sea, unos dos millones de personas. Más tarde llegaron varios grupos étnicos no rusos, considerados sospechosos o traidores. Las condiciones eran muy duras, en especial a comienzos de los 1930 (Bell, 2011).

Por otra parte estaban los campos y colonias de trabajo forzado, cuyo crecimiento explosivo arranca en 1930. Las Colonias de Trabajo Correctivo eran campos penales. Se suponía que tenían prisioneros sentenciados a menos de tres años, pero podía haber internos con sentencias más largas. Las diferencias con los Campos de Trabajo Correctivo no eran muy claras. Estos últimos tenían prisioneros sentenciados a tres o más años. Hacia mediados de los 1930 los campos se habían expandido en número y tamaño y constituían la forma predominante de confinamiento de los convictos (Ertz, 2008).

Los internados en campos y colonias debían realizar trabajos forzados, en tanto los deportados debían trabajar en condiciones que estaban más cercanas a las del trabajador común. Los encarcelados no debían trabajar. Y por otra parte hubo millones de soviéticos que estaban obligados a realizar trabajo forzado en sus lugares de empleo, pero no estaban privados de su libertad física.

La magnitud de la represión

Según Ellman, entre 1928 y 1953 el número de personas que fueron sentenciadas a prisión, campos y colonias estuvo entre 17 y 18 millones. La cifra no incluye a los deportados, prisioneros de guerra e internados en los campos de filtración, después de la Segunda Guerra. Tampoco a los que fueron condenados a trabajos forzados, pero en sus lugares de trabajo habituales; aunque la cifra puede estar un poco sesgada hacia arriba porque hay casos de doble sentencia. El número de 17 o 18 millones no debe tomarse como medida de la represión política, ya que incluye convictos por delitos comunes. Pero es demostrativo del carácter de la sociedad soviética bajo el dominio de Stalin. Por otra parte, también hay que decir que las diferencias entre detenidos por razones políticas u ofensas criminales no siempre eran claras (Ellman, 2002).

La represión en términos estrictamente políticos se intensificó a partir de 1934, y alcanzó sus máximos niveles a fines de la década. En aquellos años se eliminaron dirigentes y militantes del Partido, de los sindicatos (en 1940 fueron expulsados 128.000 funcionarios sindicales), el Estado, el Ejército, y líderes en todo tipo de actividades del arte y la ciencia. Según el informe Kruschov al XX Congreso del PCUS, de los 139 titulares y suplentes del Comité Central elegidos en 1934 (esto es, ya bajo completo dominio del aparato stalinista), 98 fueron ejecutados, principalmente entre 1937-8; en tanto, 1108 delegados de los 1966 delegados al XVII Congreso fueron detenidos bajo la acusación de crímenes contrarrevolucionarios” (citado por Rosefielde, 1996). Ellman (2002) calcula que solo en el período 1937-1938 hubo entre 950.000 y 1,2 millones de muertos por la represión; la mayoría por fusilamiento.

La magnitud que alcanzó la represión a lo largo de la historia del régimen soviético puede verse también en el siguiente dato: desde 1921 y hasta su desaparición, los sentenciados por motivos políticos habrían sido 6 millones de personas, de las cuales entre 3 y 3,5 millones habrían muerto fusiladas o en los campos de detención (Ellman, 2002, en base a archivos oficiales).

Autocríticas”, delaciones, aislamiento social, terror

Dice Fitzpatrick sobre las acusaciones y detenciones en los 1930: “El señalamiento en las reuniones de ‘autocrítica’ en oficinas y empresas, la acusación pública en periódicos, y la denuncia privada de ciudadanos estaban dentro de los mecanismos de selección. Las cadenas de asociaciones también fueron muy importantes. La NKVD [Ministerio del Interior] arresta a una persona y la interroga preguntando el nombre de sus socios criminales; cuando finalmente se quiebra y da algunos nombres, estos serían a su vez detenidos y el proceso continuaba. Cuando alguien era arrestado por ‘enemigo del pueblo’, familia, amigos y compañeros de trabajo, todos se convertían en candidatos de alto riesgo”.

Cualquiera cuyo nombre estaba en alguna de las listas sobre características dudosas –antiguos oposicionistas, ex miembros de partidos políticos, ex curas y sacerdotes, ex oficiales del Ejército Blanco, y similares- que mantenían las organizaciones locales, era pasible de ser señalado en aquel tiempo. En las aldeas, las familias que habían perdido un miembro durante la deportación de comienzos de los 1930, tenían elevada probabilidad de sufrir otra en 1937-8. En las fábricas, trabajadores que habían huido de las aldeas para escapar de la dekulakización unos pocos años antes, eran pasibles de ser ‘desenmascarados’ durante la Gran Purga. En las universidades, estudiantes eran denunciados como elementos ‘socialmente peligrosos’ por haber tenido padres kulaks o haber sido criados por un comerciante”. (…)

Para los comunistas y miembros del Konsomol (organización juvenil), cualquier mancha de una anterior asociación con las oposiciones de los 1920, contactos con oposicionistas, pasadas reprimendas partidarias, suspensiones o expulsiones del Partido, podían ser reflotadas de nuevo en 1937-8, ya fuera por señalamiento en las reuniones o denuncias secretas (…) Un hombre que, en el espíritu del deber partidario, había denunciado a su suegro como un kulak años antes era expulsado del Partido por sus conexiones con elementos ‘ajenos’ en 1937”.

El terror se expandía tanto por los que denunciaban a otros, como por los que eran portadores de la plaga y contaminaban a los que entraban en contacto ellos. El clima que se respiraba era de recelo y miedo. Un testigo de la época, citado por Fritzpatrick: “El menor incidente era fatal. Tu esposa tiene una discusión con su vecino y ese vecino escribirá una carta anónima a la NKVD y estarás en problemas”.

Una dimensión humana muchas veces pasada por alto: “Las esposas de los ‘enemigos’ más importantes también eran arrestadas, y sus hijos enviados (con otros nombres) a orfanatos si los parientes no se presentaban inmediatamente y (arriesgándose) no asumían la guarda legal. Las esposas de detenidos menos importantes conservaban la libertad, pero tenían grandes dificultades para mantener sus trabajos a causa del destino de sus maridos. (…) Los hijos de los padres arrestados eran pasibles de ser expulsados de la universidad o incluso del colegio de secundaria luego de una ritual humillación pública de sus pares, ante la cual algunos trataban de defender a sus padres. (…) A pesar de lo que sintieran en privado los amigos, parientes por fuera del círculo familiar inmediato y colegas acerca de la culpabilidad de los arrestados, el comportamiento prudente era cortar todo contacto. Era lo que hacía casi toda la gente, dejando a la familia aislada”.

Xenofobia, nacionalismo y limpiezas étnicas

Aunque se suponía que la colectivización no tendría una dimensión étnica, en la práctica rápidamente evolucionó hacia ella (Martin, 1998). Es que en muchos lugares los que perdían con el quiebre de la NEP tomaban revancha contra grupos étnicos. Por ejemplo en Kajastán los rusos se vengaron en los vulnerables kazajos nómades. En Ucrania la opinión popular consideraba a los alemanes como kulaks. También los polacos eran identificados con kulaks. Este sentimiento llevó a que durante la colectivización alemanes o polacos fueran tratados de manera especialmente ruda. Tratamientos similares inspiraron el desarrollo de movimientos de emigración menores entre 1929 y 1930 de minorías “occidentales”: polacos, finlandeses, griegos, estonios, lituanos, checos, suecos, búlgaros. En el Extremo Oriente de la URSS la colectivización también incrementó las tensiones étnicas; la violencia anti-coreana y anti-china se incrementó dramáticamente entre 1928 y 1932 (Martin). De manera que la colectivización exacerbó la xenofobia y las rivalidades nacionales.

A partir de 1933 y hasta 1953 predominaron las deportaciones en masa basadas en clasificaciones étnicas. Utilizando una terminología actual, se trata de limpieza étnica. Por limpieza étnica entiende la remoción forzada de una población étnicamente definida de un territorio dado (Martin). A finales de 1933 el Politburó decretó la deportación de toda la ciudad cosaca Kuban de Poltava acusada de “sabotaje en la entrega de grano”. En los dos meses siguientes otras dos ciudades cosacas Kuban fueron deportadas. En total unos 60.000 cosacos Kuban fueron deportados acusados de sabotajes en la entrega del grano y sabotaje kulak. Pero las deportaciones kulaks nunca habían comprendido ciudades enteras (idem). Esta deportación marcó la transición desde deportaciones basadas en divisorias de clase a deportaciones étnicas.

Solo entre 1935 y 1938 al menos nueve nacionalidades soviéticas fueron sometidas a limpieza étnica: polacos, alemanes, finlandeses, estonios, latvianos, coreanos, kurdos, chinos e iraníes (Martin). Las limpiezas étnicas se extendieron a todas las fronteras de la URSS. Los campesinos deportados de las zonas fronterizas eran reemplazados por soldados del Ejército Rojo desmovilizados. “El proyecto nacionalista de hacer coincidir las fronteras estatales con las fronteras étnicas parecían implicar la asimilación, la segregación o la limpieza étnica” (Martin).

Aunque no entre en el período en que nos hemos focalizado, destaquemos que luego de la retirada del Ejército alemán en 1943-4 el Estado soviético deportó a tártaros de Crimea, calmucos, cechenos, inguses, balkarios, karachais y turcos mesketios al Asia Central bajo el cargo de “traición colectiva”, esto es, haber ayudado a los nazis. Además, entre 1944 y 1953 fueron deportados kurdos, armenios musulmanes, griegos, búlgaros, armenios de la region del Mar Negro, e iraníes desde las regiones fronterizas en Crimea y Transcáucaso.

Precisiones sobre la represión nacional

Oficialmente se proclamaba la amistad entre los pueblos dentro de la Federación soviética, y se repudiaba el racismo. Sin embargo el Estado, especialmente entre 1937 y 1953, no solo reprimió fuertemente expresiones de nacionalismo que consideraba peligrosas, sino también deportó grupos nacionales enteros. A poblaciones particulares se les endilgó poseer rasgos inmutables que poseían todos los miembros del grupo y que pasaban de generación en generación. Estos rasgos particulares podían ser fuente de elogio y poder, como sucedía con los rusos, o llevar a deportaciones y relocalizaciones forzadas en condiciones horrendas. Bajo el régimen de Stalin se practicaron, aunque de manera intermitente e inconsistente, políticas raciales sin el concepto y la ideología abierta de raza. Esto no quiere decir que la URSS haya sido un régimen racista, como la Alemania nazi o Sudáfrica bajo el apartheid. No fue una política sistemática, y hubo períodos en que se dio completa libertad a los mayores de 16 años para elegir la nacionalidad que deseaban. Pero en los 1930 hubo grupos nacionales que fueron considerados enemigos del socialismo y “racializados”, en el sentido de que sus características sospechosas eran atribuidas a todos sus miembros. La raza está presente cuando a un grupo de la población es visto poseyendo características que son indelebles, inmutables y trasgeneracionales (Weitz, 2002).

Ejecuciones de las “operaciones nacionales”

Según las estadísticas de los archivos de la antigua KGB de Moscú, desde julio de 1937 a noviembre de 1938 un total de 335.513 individuos fueron convictos en las operaciones nacionales; es el 21,4% del total de convictos. De las 681.692 ejecuciones durante el período 1937-8, las correspondientes a operaciones nacionales fueron 247.157; el 36,3%. De todos los arrestados en las “operaciones nacionales”, el 73,7% fueron ejecutados, un porcentaje mucho más elevado que los correspondientes a las otras categorías de detenidos (Martin).

La violencia de las limpiezas étnicas

“Las operaciones [de traslados masivos] eran altamente organizadas, y Stalin era informado a diario sobre su progreso. Tropas del NKVD (Ministerio del Interior) arribaban con amplia exhibición de los símbolos de poder que disponían… Sellaban la ciudad o el barrio, luego iban puerta por puerta informando a la gente que tenían 45 minutos (a veces menos) para reunir sus pertenencias. A veces simplemente sacaban a las personas de los campos o fábricas. Las personas eran acarreadas en camiones y luego en vagones de carga sellados, donde a veces languidecían durante un mes antes de ser depositados a cielo abierto en el lugar de deportación. Luego del traslado de la gente, se cambiaban los nombres del lugar, se destruían edificios, y se pasaban topadoras en los cementerios en un esfuerzo por borrar los signos visibles del pueblo y la cultura que una vez habían existido. En muchos transportes cerca del 50% eran niños o ancianos. Existe evidencia de que personas que estaban muy débiles para moverse eran simplemente ejecutados y los cuerpos de aquellos que morían en los superpoblados vagones eran arrojados fuera del tren. En 1948 la tasa de mortalidad de las 600.000 personas deportadas del Cáucaso entre 1943 y 1944 había alcanzado el 25%” (Weitz, 2002).

En conclusión, hacia finales de los 1930 las masas trabajadoras estaban muy lejos de una movilización revolucionaria –creación de soviets, levantamientos campesinos, control obrero, formación de milicias, confraternidad entre obreros y soldados, toma del poder, confianza en los revolucionarios- como la que había sacudido al mundo en 1917. La situación era la opuesta. No cabe por eso hablar de “profundización” alguna de las tradiciones de Octubre. Termino con este pasaje de El cero y el infinito, en el que Rubashov, viejo bolchevique, que había pertenecido al aparato y es procesado, interpela a los burócratas:

¿Es que realmente creen que el pueblo está detrás de ustedes? Los soporta, callado y resignado, igual que soporta a otros en otros países, pero no hay ninguna respuesta en sus entrañas. Las masas se han vuelto otra vez sordas y mudas, se han convertido en la gran incógnita silenciosa de la historia, tan indiferente a los sucesos como lo es el mar a los barcos que surcan su superficie. Cada luz que pasa se refleja en sus ondas, pero debajo hay oscuridad y silencio. Hace mucho tiempo, ‘nosotros’ removimos esas profundidades, pero eso se acabó”.

Bibliografía:

Bell, W. T. (2011): “The Gulag and Soviet Society in Western Siberia, 1929-1953”, Tesis, Universidad de Toronto.
Ellman, M. (2002): “Soviet Repression Statistics: Some Comments”, Europa-Asia Studies, vol. 54, 1151-1172.
Ertz, S. (2008): “Making Sense of the Gulag: Analyzing and Interpreting the Function of the Stalinist Camp System”, Political Economy Research in Soviet Archives, University of Warwick, Working Paper 50.
Fitzpatrick, S. (1999): Everyday Stalinism Ordinary Life in Extraordinary Times. Soviet Rusia in the 1930s, Oxford University Press.
Koestler, A.: El cero y el infinito, Buenos Aires, Emcé.
Martin, T. (1998): “The Origins of Soviet Ethnic Cleansing”, Journal of Modern History, Vol. 70, pp. 813-861.
Rosefielde, S. (1996): “Stalinism in Post-Communist Perspective: New Evidence on Killings, Forced Labour and Economic Growth in the 1930s”, Europe-Asia Studies, vol. 48, pp. 959-87.
Weitz, E. D. (2002): “Racial Politics without the Concept of Race: Reevaluating Soviet Ethnic and National Purges”, Slavic Review, vol. 61, pp. 1-29.

2/4/2016

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