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Anticapitalistes
  
diumenge 27 de març de 2016 | Manuel
Kronstadt 1921

Paul Avrich

Introducción del libro Kronstadt 1921

Éste fue el relámpago –dijo Lenin refiriéndose a la rebelión de Kronstadt– que iluminó la realidad mejor que cualquier otra cosa.” En marzo de 1921 los marineros de la fortaleza naval del golfo de Finlandia, el “orgullo y gloria” de la Revolución Rusa, se levantaron en una revuelta contra el gobierno bolchevique, al cual ellos mismos habían ayudado a llegar al poder. Bajo la divisa de “soviets libres” establecieron una comuna revolucionaria que sobrevivió durante 16 días, hasta que se envió un ejército a través de la superficie helada, con el fin de aplastarla. Después de una lucha larga y encarnizada, con grandes pérdidas por ambos bandos, los rebeldes fueron sometidos.

El levantamiento provocó de inmediato una apasionada controversia que nunca se apaciguó. ¿Por qué se sublevaron los marineros? Según los bolcheviques, eran agentes de una conspiración de la Guardia Blanca tramada en el oeste de Europa por emigrados rusos y los Aliados que los apoyaban. Sin embargo, para sus simpatizantes esos marineros fueron mártires revolucionarios que lucharon por restaurar la idea del soviet contra la dictadura bolchevique. La represión de esta revuelta constituyó, según ese punto de vista, un acto de brutalidad que descalabró el mito de que la Rusia Soviética era un “Estado de obreros y de campesinos”. Como consecuencia, una cantidad de comunistas del exterior cuestionaron su fe en un gobierno que podía tratar tan despiadadamente una auténtica protesta de masas. En este respecto, Kronstadt fue el prototipo de sucesos posteriores que llevarían a los radicales desilusionados a romper con el movimiento y a buscar la pureza original de sus ideales. La liquidación de los kulaks, la Gran Purga, el pacto nazi-soviético, la denuncia de Stalin por Kruschev, produjeron un éxodo de miembros y simpatizantes del partido que se convencieron de que la revolución había sido traicionada. “Lo que cuenta en forma decisiva –escribió Louis Fisher en 1949– es el hecho mismo de que ocurriera un ‘Kronstadt’. Hasta que eso sucedió, uno podía vacilar en el plano emocional, dudar intelectualmente o incluso rechazar del todo la causa en su propio espíritu, pero rehusarse, sin embargo, a atacarla. Yo no tuve nada como ‘Kronstadt’ durante muchos años.

Otros encontraron su “Kronstadt” aun más tarde, en la sublevación húngara de 1956. En efecto, en Budapest, como en Kronstadt, los rebeldes trataron de transformar un régimen autoritario y burocrático en una auténtica democracia socialista. Sin embargo, para los bolcheviques tal herejía constituía una amenaza mayor que la oposición lisa y llana a los principios del socialismo. Hungría –y también Checoslovaquia en 1968– fue peligrosa no porque fuera contrarrevolucionaria, sino porque, como en el caso de Kronstadt, su concepción de la revolución y del socialismo divergía netamente de la que sostenía el liderazgo soviético; sin embargo, Moscú, igual que en 1921, denunció el levantamiento como un complot contrarrevolucionario y procedió a reprimirlo. El aplastamiento de la rebelión de Budapest, observó un crítico de la política soviética, mostró una vez más que los comunistas no se detenían ante nada cuando se trataba de destruir a quienes desafiaban su autoridad.

Sin embargo, no hay que exagerar demasiado tales comparaciones, pues acontecimientos separados por treinta y cinco años y ocurridos en diferentes países con participantes enteramente distintos, no pueden ofrecer más que un parecido superficial. La Rusia Soviética no era, en 1921, el Leviatán de décadas recientes. Era un Estado joven e inseguro, que se enfrentaba con una población rebelde en el interior y con implacables enemigos externos que anhelaban ver a los bolcheviques desalojados del poder. Y, hecho más importante aún, Kronstadt estaba en territorio ruso; lo que los bolcheviques enfrentaban era un amotinamiento en su propia armada, en el punto de vanguardia más estratégico, que vigilaba el acceso desde el exterior a Petrogrado, y temían que Kronstadt pudiera encender la chispa en el territorio continental ruso o transformarse en el trampolín para otra invasión antisoviética. Había pruebas crecientes de que los emigrados rusos estaban tratando de ayudar a la insurrección y de aprovecharla en beneficio propio. No se trata de que las actividades de los Blancos puedan excusar las atrocidades cometidas por los bolcheviques contra los marineros. Pero hacen más comprensible que el gobierno sintiera urgencia por aplastar la revuelta. En unas pocas semanas el hielo del golfo de Finlandia se fundiría, y podrían entonces embarcarse abastecimientos y refuerzos desde el oeste, para convertir la fortaleza en una base que permitiera una nueva intervención. Aparte de los motivos de propaganda, Lenin y Trotsky parecen haberse sentido auténticamente preocupados por esta posibilidad.

Lamentablemente, pocos historiadores occidentales han tomado adecuadamente en cuenta estas preocupaciones. Y los autores soviéticos, por su parte, falsearon considerablemente a los hechos al tratar a los rebeldes como incautos o agentes de una conspiración Blanca. Este volumen trata de examinar la rebelión con una perspectiva más auténtica. Para realizarlo, es necesario ubicar a Kronstadt en un contexto más amplio de eventos políticos y sociales, pues la revuelta fue parte de una crisis mayor que caracterizó la transición del Comunismo de Guerra a la Nueva Política Económica, crisis que Lenin consideró como la más grave que había enfrentado desde su llegada al poder. Es necesario, además, vincular el levantamiento con la larga tradición de rebelión espontánea que había en Kronstadt misma y en toda Rusia. Esperamos que tal enfoque arroje alguna luz interesante sobre las actitudes y conducta de los insurgentes.

Aparte de esto, hay una cantidad de problemas específicos que requieren cuidadoso análisis. Entre los más importantes están la composición social de la flota, el rol desempeñado por el descontento nacional, la cuestión de la participación Blanca y la naturaleza de la ideología rebelde. Por supuesto, hay algunas de estas cuestiones a las que no podrán darse respuestas definitivas hasta que estén accesibles para su examen los archivos soviéticos pertinentes, hecho que probablemente no ocurra por algún tiempo. Entretanto, en este volumen tratamos de ofrecer una exposición completa de la rebelión, en la medida en que lo permiten las fuentes disponibles. Hemos utilizado una cantidad de documentos pertinentes de los archivos occidentales, y también de materiales soviéticos publicados que se han descartado a menudo como mera propaganda pero que, si se los utiliza con el debido cuidado, son de auténtico valor porque esclarecen algunos de los problemas más significativos.

Es importante, sobre todo, examinar los motivos antagónicos de los insurgentes y de sus adversarios bolcheviques. Los marineros, por un lado, eran fanáticos revolucionarios, y como todos los fanáticos a lo largo de la historia deseaban recobrar una época pasada, en la cual la pureza de sus ideales no había sido aún mancillada por las exigencias del poder. Los bolcheviques, en cambio, que habían surgido victoriosos de una sangrienta Guerra Civil, no estaban dispuestos a tolerar ningún nuevo desafío a su autoridad. A lo largo del conflicto cada bando se comportó de acuerdo con sus propios fines y aspiraciones particulares. Decir esto no equivale a negar la necesidad del juicio moral. Sin embargo, Kronstadt presenta una situación en la cual el historiador puede simpatizar con los rebeldes y conceder, no obstante, que los bolcheviques estuvieron justificados al someterlos. Al reconocer este hecho se capta en verdad toda la tragedia de Kronstadt.

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"... Pese a toda su animosidad hacia la jerarquía bolchevique los marineros nunca requirieron la disolución del partido o que se lo excluyera de desempeñar un rol en el gobierno o la sociedad rusos. “Soviets sin comunistas” no era, como sostuvieron a menudo tanto autores soviéticos como no soviéticos, un lema de Kronstadt. Tal lema existió en verdad: lo propalaron bandas campesinas en Siberia durante la Guerra Civil, y los guerrilleros de Macno en el sur también se habían declarado en favor de los soviets pero contra los comunistas. No obstante, los marineros nunca hicieron suyas estas consignas. Afirmar que lo hicieron es una leyenda que parece haberse originado en el líder Kadete exilado Miliukov, que en París sintetizó los propósitos de los insurgentes en los eslogans “Soviets en lugar de bolcheviques” (Sovety vmesto Bol’shevikov) y “Abajo los bolcheviques, larga vida a los soviets” ... El objetivo de los insurgentes no era entonces eliminar directamente al comunismo sino reformarlo, purgarlo de las tendencias dictatoriales y burocráticas que habían cobrado relieve durante la Guerra Civil.En este respecto, Kronstadt se parecía a los movimientos de oposición surgidos dentro del partido –la “oposición de la flota”, los centralistas democráticos, y la Oposición de los Obreros–, con los cuales compartía descontentos similares y una perspectiva semejante en su idealismo izquierdista. Como la “oposición de la flota”, a la cual algunos de ellos habían sin duda pertenecido, los rebeldes objetaban los métodos rudos y arbitrarios que practicaban los comisarios políticos en su medio. Como los centralistas democráticos, se oponían al creciente autoritarismo del liderazgo bolchevique y exigían la “democratización” tanto del partido como de los soviets ... en común con todos los grupos de oposición, los sublevados de Kronstadt deploraban el creciente aislamiento del partido respecto del pueblo y atacaban a los líderes bolcheviques por violar el espíritu esencial de la revolución, por sacrificar sus ideales democráticos e igualitarios en el altar del poder y la eficiencia ... Desafiada por la Asamblea, Kollontai declaró que los Obreros Oposicionistas estaban entre los primeros voluntarios para ir al frente y luchar contra los rebeldes ...Trotsky estimaba que el 30 por ciento de los comunistas de Kronstadt tomaron parte activa en la revuelta, mientras el 40 por ciento ocupó una “posición neutral” "

Precisión sobre el programa de Kronstadt

rolando astarita

Paul Avrich, en su Kronstadt 1921, ... demuestra que los marineros de Kronstadt no exigieron soviets sin partidos, sino soviets libres, esto es, con direcciones elegidas libremente. Una demanda que era visualizada como la concreción del programa de Octubre de “todo el poder a los soviets”. A efectos de que los lectores tengan elementos para el análisis, transcribo pasajes del escrito de Avrich (Colección Utopía Libertaria, Anarres, Buenos Aires, sin fecha).

“Como movimiento político, entonces, la revuelta de Kronstadt fue un intento que realizaron los revolucionarios desilusionados para deshacerse del “dominio obsesionante” de la dictadura comunista, tal como lo describió el diario rebelde Izvestiia, y restablecer el poder efectivo de los soviets” (p. 162). (…)

“Como los marineros se oponían al dominio exclusivo de cualquier partido en particular, trataban de quebrar el monopolio comunista en el poder garantizando la libertad de expresión, prensa y reunión para los obreros y los campesinos, y solicitando que se realizaran nuevas elecciones para integrar los soviets. Los marineros… fueron los más firmes sostenedores del sistema soviético; su grito de guerra era el lema bolchevique de 1917: “Todo el poder a los soviets”. Pero en contraste con los bolcheviques, pedían soviets libres y no encadenados, que representaran a todas las organizaciones del ala izquierda –socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, maximalistas- y reflejaran las verdaderas aspiraciones del pueblo” (p. 163). (…)

“Pero si bien los rebeldes pedían soviets libres, no eran demócratas en el sentido de que defendieran la igualdad de derechos y libertades para todos. Como los bolcheviques, a los que ellos condenaban, sostenían una rigurosa acritud de clase respecto de la sociedad rusa. Cuando hablaban de libertad, era libertad para los obreros y campesinos, no para los terratenientes o las clases medias. (…) No había ningún lugar en su programa para un Parlamento liberal según los lineamientos del oeste de Europa…” (pp. 163-4). Avrich explica que los marineros de Kronstadt rechazaban la restauración de la Asamblea Constituyente (demanda de los socialistas revolucionarios), y afirmaban que los soviets eran “el baluarte de los trabajadores”. Tampoco pedían la completa eliminación del Estado, que era uno de los puntos fundamentales de la plataforma anarquista. Más adelante, escribe Avrich:

“Pese a toda su animosidad hacia la jerarquía bolchevique, los marineros nunca requirieron la disolución del partido [Comunista] o que se lo excluyera de desempeñar un rol en el gobierno o la sociedad. “Soviets sin comunistas” no era, como sostuvieron a menudo tanto autores soviéticos como no soviéticos, un lema de Kronstadt. Tal lema existió en verdad: lo propalaron bandas campesinas en Siberia durante la Guerra Civil, y los guerrilleros de Macno en el sur también se habían declarado en favor de los soviets pero contra los comunistas. No obstante, los marineros nunca hicieron suya estas consignas. Afirmar que lo hicieron es una leyenda que parece haberse originado en el líder kadete exiliado Miliukov, que en París sintetizó los propósitos de los insurgentes en los slogans “Soviets en lugar de bolcheviques” y “Abajo los bolcheviques, larga vida a los soviets” (pp. 179-80). (…) “Sin embargo, esta era una descripción bastante inexacta del programa de Kronstadt, que rechazaba explícitamente la Asamblea Constituyente y concedía en verdad un lugar a los bolcheviques en los soviets, junto con las demás organizaciones políticas de izquierda” (p. 180).

(D)esde el punto de vista económico el programa de Kronstadt pedía, entre otras cosas, acabar con las requisas de granos a los campesinos, y el restablecimiento de relaciones de mercado entre la ciudad y el campo. Esas medidas fueron de hecho adoptadas por el Congreso del Partido, que sesionaba al momento que estalló la sublevación. Es lo que se conoció como la Nueva Política Económica, que reemplazó al programa del Comunismo de Guerra.


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