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dijous 21 d’abril de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 2. Industrialización y giro a la colectivización forzosa (1928-1929)

Rolando Astarita

Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 1. La NEP y su crisis (1921-1927) (aquí)

VI. Comienza el giro, crisis del grano, represión, industrialización acelerada, racionamiento y requisas, la colectivización

Comienza el giro

La crisis del grano tomó al Partido desprevenido. Todavía en el XV Congreso, realizado a fines de 1927, Stalin se enfocó en atacar a la izquierda. Con el acuerdo de los bujarinistas, se expulsó a la Oposición (Trotsky y Zinoviev habían sido expulsados del Partido poco antes). Sin embargo, ya había conciencia de los problemas con la provisión de grano, y se aceptaba que la política bujarinista exigía rectificaciones. Rykov y Bujarin propusieron limitar las actividades de los kulaks, favorecer a las cooperativas y acelerar la industrialización; Rykov también contempló desviar recursos desde el agro a la industria (Lewin, 1965). Stalin insinuó que había que “liquidar” al kulak como estrato social. Finalmente se decidió dar más importancia a la industria y al rol del Estado, se elevaron los precios de los productos industriales, disminuyeron los suministros al agro y se dispuso lanzar un plan quinquenal.

Sin embargo, en 1928 la crisis de aprovisionamiento se agravó. La cosecha en Ucrania y el Cáucaso Norte no fue buena. Los métodos de requisa compulsiva, empleados el año anterior habían provocado gran descontento. Los campesinos volvieron a retener el grano y en las ciudades hubo hambre. “En enero de 1928 la clase obrera se encontró abocada a una hambruna inminente” (Trotsky, 1973). Hubo necesidad de frenar todas las exportaciones de cereales.

Alarmado, el Politburó decidió aumentar el precio del grano. Fue la última victoria del ala de Bujarin, que se oponía a las medidas duras. En el Pleno del Comité Central de julio de 1928 Stalin planteó que puesto que la Rusia soviética carecía de colonias, y no podía industrializarse apelando a créditos externos leoninos, el excedente debía provenir de los campesinos. Los campesinos no solo pagaban los impuestos, sino también sobrepagaban a través de los altos precios industriales y los bajos precios del grano (Stalin, 1928a). Eran los argumentos de Preobrazhenski. Hacia el fin del verano Stalin denunció un “golpe kulak” y el Politburó, donde ya tenía mayoría, envió al campo brigadas obreras con plenos poderes; se castigó a funcionarios a los que se consideraba responsables de la crisis, se cerraron mercados y los campesinos fueron obligados a entregar el grano a precios bajos. Pero ahora la mayor carga recaía sobre los campesinos medios, dado que los excedentes de los kulaks ya habían sido requisados (Cohen, 1976). Los métodos fueron similares a los aplicados durante el Comunismo de Guerra. Aunque se dijo que se trataba de una medida “de emergencia y excepcional”, hubo resistencias. Según una comunicación personal de Bujarin a Kamenev (citada por Deutscher, 1979), la GPU habría reprimido unas 150 revueltas espontáneas en el campo. Stalin dio poder a los funcionarios locales para multar, y a veces poner en prisión, a los campesinos que no suministraban las cantidades requeridas. También se autorizó a las autoridades locales a vender las propiedades de aquellos campesinos que no cumplieran con las exigencias (Nove, 1973). Era el fin de la NEP. Rápidamente Bujarin y sus partidarios perdieron posiciones dentro del Partido, el Estado y los sindicatos.

Naturalmente, el giro interno a la izquierda tuvo su correlato en la Internacional Comunista. A partir de 1928-9 se caracterizaría que el capitalismo había entrado en un nueva fase de crisis y revoluciones (el llamado “tercer período”) y se planteó que los Partidos Comunistas debían lanzarse a la ofensiva, rechazando todo tipo de colaboración con la socialdemocracia, a la que se caracterizaba ahora de “socialfascista” y de principal enemiga en el movimiento obrero.

La ofensiva contra los especialistas

Como parte de la lucha contra la derecha y los kulaks, se desplegó también una ofensiva contra los “especialistas burgueses”. Se llamaban así a quienes habían recibido su educación bajo el régimen zarista, o eran hijos de la vieja inteligentsia burguesa. Durante la NEP muchos habían sido convocados para estar al frente de la dirección técnica de las empresas o instituciones estatales, pero estaban subordinados al control político de comisarios comunistas o proletarios. La incorporación de especialistas burgueses había sido parte de la política recomendada por Lenin (antes de la guerra civil, y cuando se establece la NEP), de avanzar al socialismo utilizando métodos del capitalismo de Estado.

Por eso, la ofensiva contra los especialistas de finales de los 1920 fue leída como parte del giro “de izquierda”, y acorde con la colectivización y la industrialización forzadas. Comenzó en la primavera de 1928, cuando se anunció que se había descubierto una conspiración de 55 ingenieros y técnicos en minería en la ciudad de Shakhty, en el Cáucaso Norte. Oficialmente se dijo que los complotados preparaban sabotajes, en alianza con los antiguos propietarios de las minas. Hubo un juicio público fraguado, del que resultaron cinco sentencias de muerte y 44 condenas a prisión. A partir de ese momento los especialistas pasaron a ser sospechados de potenciales saboteadores y agentes del capitalismo internacional, que deberían ser reemplazados por comunistas jóvenes, educados en las escuelas soviéticas (Fitzpatrick, 1974). Stalin sostuvo que el “sabotaje” en Shakhty probaba que a medida que avanzaba el socialismo, se intensificaba la lucha de clases, y que los acusados estaban en acuerdo con el capitalismo internacional para atacar a la URSS. “Los hechos muestran que el affaire Shakhty fue una contrarrevolución económica, complotada por una sección de expertos burgueses, antiguos propietarios. (…)… es un asunto de intervención económica en nuestros asuntos industriales por parte de organizaciones capitalistas antisoviéticas de Europa Occidental” (Stalin, 1928).

El asunto de Shakhty puede ser considerado como “una estrategia de movilización para crear una atmósfera de crisis y justificar las demandas del régimen de sacrificio y extraordinarios esfuerzos en la causa de la industrialización” (Fitzpatrick, citada por Josephson, 1988). Por eso también, fue el disparador de un movimiento “desde abajo”, motorizado por comunistas jóvenes y proletarios, contra el establishment cultural, encarnado en el Comisariado Popular para la Instrucción Pública, dirigido por Lunacharsky y afín a Bujarin, y la intelingentsia burguesa. Shakhty también contribuyó a construir el clima fuertemente represivo de los 1930; el temor a ser acusado de saboteador y contrarrevolucionario, incluso por equivocaciones menores, pasó a ser una constante en la sociedad soviética.

Primer Plan Quinquenal, industrialización acelerada y requisa

A fines de 1928, y en paralelo con la colectivización, el Gobierno decidió embarcarse en una industrialización a marchas aceleradas, y aumentar sustancialmente la inversión. Con este objetivo se proclamó el Primer Plan Quinquenal, que tenía el carácter de una ley impuesta al país. Se trataba, como explicó Stalin, de realizar una “revolución desde arriba”, como la que había hecho Pedro el Grande para industrializar a la Rusia atrasada. El Plan establecía incrementar la producción de comida y bienes de consumo, a la par del aumento de la producción de medios de producción. El incremento de la producción agrícola era indispensable para alimentar a la mayor población urbana que se necesitaba para la industrialización (Davies y Wheatcroft, 2009), y también para incrementar las exportaciones. Pero los objetivos, que se establecieron en 1929, fueron desmesurados: el ingreso nacional, la inversión y la producción industrial debían multiplicarse en cinco años por un factor de entre dos y tres, la inversión en la industria pesada debía representar el 78% de la inversión industrial, la producción de máquinas y equipos aumentar 230%, y el consumo también debía aumentar (Nove, 1973; Cohen, 1976); solo en 1929 se proyectaba elevar la producción industrial un 32%.

Por otra parte, el Gobierno estaba confiado en que la cosecha mejoraría en 1929, y a fin de asegurar el abastecimiento, había dispuesto la represión a los comerciantes de granos y el cierre de los mercados libres (Narkiewicz, 1966). Sin embargo, la cosecha nuevamente disminuyó (aunque también es posible que hubiera ocultamiento por parte de los campesinos; véase Narkiewicz). En consecuencia, no solo no hubo excedentes agrícolas para exportar, sino se agravó el abastecimiento. A mediados de 1929 se extendió el racionamiento de alimentos en las ciudades. El Gobierno intensificó las requisas, y aumentaron las denuncias de las actividades saboteadoras de los kulaks. Aunque esto permitió aumentar la provisión de granos, a mediano plazo agravaba los problemas, ya que la entrega forzosa a los precios establecidos por el Estado inducía a los campesinos a reducir la siembra. La dirección stalinista acusó de nuevo a los kulaks, y a muchos les fueron impuestos cargas que en la práctica significaban la expropiación. Pero en la dirección también había creciente conciencia de que la pequeña producción no podía abastecer a las ciudades en constante crecimiento, ni proveer la materia prima necesaria para la industrialización. Esto contribuyó a que se comenzara a considerar como solución de las dificultades a la colectivización: la formación de grandes unidades productivas habilitaría economías de escala y aplicar tecnología también a gran escala. “En 1929, contra el fondo de la tensión entre el campesinado y el Estado, las autoridades soviéticas concluyeron que la implementación del programa de industrialización sería imposible si no se ponía a la agricultura bajo un firme control” (Davies y Wheatcroft).

Desde comienzos de 1929 la ofensiva se aceleró. En febrero se estableció un impuesto adicional a los campesinos. En abril Stalin volvió a atacar a la “desviación de derecha”, y caracterizó a los bujarinistas como oportunistas y saboteadores. También denunció a los kulaks por estar reteniendo el grano y los acusó de ser los causantes, además de la mala cosecha, de la caída en el aprovisionamiento. Sostuvo que las buenas cosechas habían fortalecido el poder de los campesinos ricos en el mercado, pero que los elementos socialistas de la economía estaban creciendo más rápido, y por lo tanto ya había condiciones para lanzar una ofensiva contra los elementos capitalistas. La lucha de clases se intensificaba, y debía “organizarse la recolección del grano. Las masas de campesinos pobres y medios deben ser movilizadas contra los kulaks; y debe organizarse su apoyo público a las medidas del Gobierno Soviético para aumentar la recolección del grano” (Stalin, 1929). Era necesario aplicar un impuesto adicional a los campesinos para canalizar recursos de la agricultura a la industria. Y afirmó que “debemos transferir gradualmente a los pequeños campesinos individuales a unidades colectivas de producción de gran escala”, la única capaz de hacer pleno uso del conocimiento científico y la tecnología moderna (énfasis agregado). También ese mes la XVI Conferencia de Partido hizo un llamado a acelerar radicalmente la industrialización y la colectivización que reproducía en parte, de forma literal, llamados anteriores de Trotsky (Deutscher, 1980).

VII. La Oposición de Izquierdas ante el giro, el inicio de la colectivización

Impacto en la Oposición de Izquierda del giro y represión

Con el giro hacia la industrialización y el ataque a los kulaks, Stalin parecía adoptar el programa de la Oposición. Incluso hizo suya parte de la argumentación de Preobrazhenski, y otros miembros de la izquierda (véase parte anterior de la nota). Esa impresión se consolidó luego de la XVI Conferencia del Partido, realizada en abril de 1929. En ella se resolvió avanzar en la lucha contra el kulak –aunque todavía manteniendo formalmente la NEP- y en la industrialización. También se llamó a combatir el burocratismo en el Partido y el Estado, cuestión que analizaremos más adelante con cierto detalle. La ruptura con el ala bujarinista pareció definitiva.

Ante esta nueva situación, en las colonias de deportados trotskistas hubo dos corrientes principales (véase Deutscher 1979 y 1980; también Broué 1988, con una interpretación algo distinta). Por un lado, estaban los que consideraron que había que apoyar el giro de Stalin, ya que fortalecía al socialismo. Así, Preobrazhenski sostuvo que en las nuevas medidas se expresaba la “fuerza objetiva de la ley” de la economía nacionalizada, ley que se imponía a los dirigentes del Partido. Planteaba que la Oposición había sido la intérprete consciente de una necesidad histórica, de la cual la fracción stalinista era su agente. Por eso, había que negociar las condiciones de vuelta al Partido y participar del movimiento histórico que se iniciaba. Radek, otro destacado dirigente, ya en 1928 se había pronunciado de forma abierta en favor del giro. Consideraba que era importante el llamado de la dirección soviética a enfrentar el peligro kulak, y proponía organizar al proletariado rural, depurar al Partido de los elementos pro-burgueses y reintegrar a la Oposición (Broué). Preobrazhenski y Radek pensaban que lo central era corregir la política económica y confiaban en una reforma desde arriba (ídem). Por otro lado estaban los “irreductibles, muchos de ellos jóvenes, que se negaban a cualquier compromiso con Stalin y ponían el acento en la necesidad de recuperar la democracia al interior del Partido y del Estado.

En cuanto a Trotsky, siguió denunciando el régimen represivo y reclamando la democracia socialista, lo cual lo alejaba de Radek y Preobrazhenski. Pero por otra parte coincidía en que el principal enemigo a derrotar era el bujarinismo, y que la colectivización y la industrialización, al fortalecer al proletariado, reforzaban los elementos socialistas del régimen soviético. Esta idea ya la había expresado en 1928 en “Crisis en el bloque de centro derecha”. Allí, luego de caracterizar el quinquenio anterior como años de reacción política y social, sostuvo que la recuperación económica había “reagrupado al proletariado en las empresas, renovado completamente sus cuadros y creado las premisas para un nuevo avance revolucionario”. Estos factores, añadía, empujaban al centro (Stalin) a la pelea con la derecha (Bujarin). Eran afirmaciones afines a la idea de Preobrazhenski de las leyes objetivas de la economía estatizada. Pero de aquí no derivó un planteo de apoyar a Stalin, como dice Deutscher. Es que tanto Trotsky como sus partidarios más cercanos, Sosnovsky y Rakovsky, consideraban que el régimen burocrático del Partido era un resultado de la presión de las clases enemigas, y esta era la clave de la posibilidad de una política proletaria (Broué).

Sin embargo, tiene razón Deutscher cuando sostiene que Trotsky consideró progresivo al giro de 1928-9. Esta caracterización está expresada en el artículo de 1928, y también en la declaración que firmaron Rakovsky, y otros partidarios estrechos de Trotsky, el 22 de agosto de 1929. En ella, además de criticar el régimen burocrático, se sostiene que las resoluciones de la XVI Conferencia y el giro habían borrado parcialmente las barreras entre “el Partido y la Oposición”. En consecuencia, se declaraban dispuestos a renunciar a los métodos fraccionales de lucha y someterse a los estatutos y la disciplina partidaria, pero reservando el derecho a defender sus opiniones (esta condición era a todas luces inaceptable para Stalin). La declaración recibió unas 500 firmas y fue respaldada por Trotsky.

Precisemos también que Trotsky se negó a hacer una alianza programática con los bujarinistas, contra Stalin. Consideraba que Bujarin y los suyos expresaban los intereses de los campesinos acomodados, de la aristocracia obrera y los empleados del Estado, en tanto el “centrista” Stalin representaba la casta burocrática que intentaba suplantar al Partido. Por eso Bujarin encarnaba a las fuerzas del Termidor, en tanto Stalin reflejaba el reflujo de la revolución (Broué). Sin embargo, acordó con Bujarin en luchar por un punto específico y delimitado: que se restableciera la democracia al interior del Partido. Era un ejemplo de la vieja táctica marxista de la unidad de acción. Pero la propuesta fue rechazada tanto por sus seguidores como por los partidarios de Bujarin (Deutscher 1980).

Los oposicionistas de izquierda que capitularon

El término capitulación sintetiza lo que Stalin exigía de los oposicionistas: una renuncia en toda la línea a sus posiciones. Por eso la exigencia es indicadora del curso hacia el monolitismo burocrático que estaba en marcha. Ya en 1924 Zinoviev había presentado por primera vez los términos de la rendición. Decía: “La Oposición debe capitular completamente y sin condiciones, tanto sobre el plano político como sobre el organizativo… Deben renunciar a sus puntos de vista anti-bolcheviques… Deben denunciar las faltas que han cometido y que han devenido faltas ante el Partido” (citado por Broué). De hecho, significaba renunciar a la esencia misma del revolucionario, a sostener su opinión frente a cualquier poder constituido. Pero estos fueron los términos en que, en 1929, volvieron al Partido los oposicionistas. Zinoviev y Kamenev ya lo habían hecho al final de 1927.

De manera que en julio, poco después de la XVI Conferencia, Radek, Smilga y Preobrazhenski firmaron el correspondiente documento de capitulación frente a Stalin. Expresaban allí su apoyo a la industrialización, a la lucha contra los kulaks, la derecha y los elementos capitalistas, y por la construcción de las granjas colectivas. También al combate contra el burocratismo en los aparatos del Estado y el Partido; combate que prometía la Conferencia. Su posición era congruente con el entusiasmo más general que despertó el giro de fines de los veinte en sectores de la militancia comunista y de la vanguardia obrera. Este factor de legitimación de la política stalinista de los 1930 no debiera despreciarse; volveremos sobre ello más adelante.

Reingresados al Partido, Radek asumió funciones dirigentes en la Internacional y escribió una crítica a la teoría de la revolución permanente, de Trotsky. Preobrazhenski fue designado en la dirección de Planificación y luego, en 1932, en el directorio del Comisariado del Pueblo de la Industria Liviana. Piatakov, también antiguo oposicionista que había capitulado en 1928, fue puesto al frente del Gosbank (Banco del Estado) y en 1930 fue incorporado al Vesenkha, la institución más alta en la dirección de la economía. De todas formas, una vez que Stalin hubo afianzado su poder, todos esos destacados dirigentes de la vieja oposición de izquierda fueron acusados de actividades anti-soviéticas, condenados y eliminados: Piatakov fue ejecutado en 1936, Preobrazhenski en 1937, Smilga en 1938 y Radek (que hizo las denuncias más brutales contra la Oposición de Izquierda durante su juicio) murió en prisión en 1939. Otros militantes y cuadros de la izquierda, que también habían reentrado al Partido a finales de los 1920, sufrieron destinos similares.

Por otra parte, el giro de 1928-9 no atenuó la represión contra la izquierda. A fines de 1928 la GPU registraba que entre 6000 y 8000 opositores de izquierda habían sido detenidos y deportados (Deutscher, 1979). Desde comienzos de 1928 entre 1000 y 2000 oposicionistas de izquierda habían sido deportados a aldeas lejanas y aisladas; otros estaban en prisión (Broué). Trotsky había sido deportado a Alma Ata, a 4000 kilómetros de Moscú. Pero a comienzos de 1929 el Politburó votó -con el rechazo de Bujarin, Rykov y Tomski- su expulsión de la URSS. Era un intento de cortar toda comunicación de Trotsky con las colonias de sus partidarios, exiliados o encarcelados. A su vez, las condiciones en los campos de detención y en las cárceles se hicieron más duras. Otros grupos oposicionistas fueron igualmente reprimidos. Posiblemente Stalin era consciente de las convulsiones sociales que se avecinaban, y temía que la izquierda pudiera capitalizar el descontento.

El vuelco a la colectivización

Según Narkiewicz, en 1928 Stalin era consciente de que no tendría la aprobación de los campesinos para avanzar a la colectivización, y que el Estado tampoco disponía de máquinas y equipos para llevarla a cabo. Pero más importante, el aparato administrativo no era capaz de lidiar con un cambio económico y social drástico. Por eso, todavía a mediados de ese año Stalin no estaba en el camino de la colectivización completa. Aun los más ardientes partidarios de la misma reconocían que en la URSS no existían suficientes medios ni había cuadros políticos y técnicos para aplicarla en gran escala. En especial, faltaban ingenieros agrónomos, especialistas en mecanización de la agricultura, y organizadores y administradores de unidades productivas gigantes. Por eso, todavía la XVI Conferencia del Partido afirmaba que las granjas privadas predominarían en la economía rural durante muchos años. El Plan Quinquenal preveía la colectivización del 20% de las granjas para 1933; era una cifra elevada, pero nada comparado con lo que vino después. Tampoco se preveía la liquidación inmediata del kulak; solo aplicarle impuestos más elevados.

Sin embargo, a partir de septiembre de 1928 la dirección soviética toma conciencia de que el plan de recogida del grano no estaba funcionando. Luego, a comienzos de 1929, las reservas de grano volvieron a caer. El Gobierno culpaba por esto a los kulaks, pero también muchos campesinos pobres y medios no entregaban la producción al Estado e intentaban venderla por su cuenta. Hasta hubo autoridades locales que se resistieron a entregar el grano. Stalin respondió a las dificultades con medidas administrativas y represivas, y otorgó plenos poderes a brigadas de obreros enviadas al campo conseguir el grano. Estas requisas provocaron revueltas que fueron enfrentadas con más represión. Pero además de la resistencia campesina, el Estado tampoco estaba en condiciones de conseguir el grano. Es que en las instituciones estatales reinaba una gran desorganización, y ni siquiera había suficientes medios de transporte, instalaciones para el almacenamiento (en muchas localidades el cereal se pudría porque no había donde guardarlo) y dispositivos técnicos (por ejemplo, balanzas) para recoger el grano (Narkiewicz).

A comienzos de 1929 la crisis se agudizó. En el primer semestre el acopio de cereales fue de 2,6 millones de toneladas, contra 5,2 millones en 1928 (Bettelheim). Acorralado, Stalin comenzó a ensayar la colectivización en el verano de 1929. Según Nove, secretamente se dio la orden a funcionarios locales para intentarla en áreas seleccionadas, utilizando los medios que fueran necesarios. Bettelheim (1978) señala que hubo presiones sobre los campesinos, incluidos los pobres, para que se incorporaran a los koljoses. Se los amenazó con que, en caso de negarse, no recibirían semillas ni máquinas; a veces fueron multados, encarcelados temporalmente o amenazados con la deportación. Así se logró que entre junio y octubre el número de campesinos en cooperativas se elevara de un millón a 1,9 millones. Entonces Stalin sacó la conclusión de que era posible colectivizar rápidamente. Temía, además, una contrarrevolución en larga escala, y esto parece haberlo inducido, al final del otoño de 1929, a apretar el acelerador. Según Narkiewicz, la decisión tuvo el carácter, al comienzo, de una medida punitiva contra los campesinos que se oponían a la confiscación del grano. Bettelheim anota, en el mismo sentido, que correspondió “a una necesidad política y no a una necesidad económica”. También parece haber habido impulsos desde las instancias intermedias del Partido. Según Viola (1987) “[d]esde el verano de 1929 las autoridades a niveles regionales estaban utilizando la dekulakización de manera arbitraria y aleatoria, y más básicamente como un método para dar respuesta a las urgencias del día a día, entre las cuales no eran menores la requisa del grano y la colectivización. Pero más importante, la dekulakización también se usaba, desde mediados de 1929, como un medio para impedir la matanza y venta de ganado, o la auto-dekulakización, por vía de la venta de la propiedad y la huida”.

viii. El Gran Giro y la burocratización

El Gran Giro

El 7 de noviembre Stalin publicó un artículo, “El año del Gran Giro”, en el que sostenía que los campesinos medios se estaban incorporando a las cooperativas. Aseguraba que “si el desarrollo de los koljoses y sovjoses se lleva a cabo a un ritmo acelerado, no hay lugar a dudas de que en tres años, más o menos, nuestro país se convertirá en un gran productor de grano, si no en el mayor del mundo”. Se refería también al crecimiento de la iniciativa creativa y al entusiasmo laboral de las masas, animadas por la emulación socialista y por la introducción de la jornada laboral ininterrumpida. Terminaba afirmando que se dejaba el viejo camino del desarrollo capitalista para iniciar el del socialismo (Stalin, 1929a). Ahora la consigna era colectivización total e inmediata. Los campesinos debían incorporarse a los koljoses, o a los sovjoses.

Aclaremos que formalmente el koljós era una cooperativa de producción, en la cual los campesinos participaban voluntariamente; también “en los papeles” debía ser manejada según los principios de autogestión socialista y participación democrática de sus miembros. Sin embargo, solo tenía de cooperativa la propiedad nominal en común de los activos que no fueran la tierra, nacionalizada en 1917. Sus miembros recibían un salario, no participaban de los beneficios, ni gozaban del derecho a retirarse. En consecuencia, no se distinguía, en sustancia, del sovjós, manejado por el Estado y cuyos trabajadores recibían un salario, como si se tratara de una fábrica. Por eso, la entrada al koljós implicaba que los campesinos perdían el control de sus medios de producción (ganado, arado, etcétera), que eran “socializados”. Aunque recién en marzo de 1930 se precisaron qué animales podían ser conservados en propiedad privada; y entonces también se dispuso que los campesinos de los koljoses pudieran tener un lote individual. Es de señalar asimismo que la maquinaria agrícola no pertenecía al koljós, sino a las Estaciones de Máquinas Tractores, del Estado. Los koljoses pagaban un impuesto, que normalmente rondaba el 20% de la cosecha, a las Estaciones para usar los tractores.

Apenas un mes después del discurso de Stalin, el Consejo de Comisarios del Pueblo decidió que se colectivizarían, solo en 1930, 30 millones de hectáreas, y que los sovjoses abarcarían 3,7 millones de hectáreas; alrededor de una cuarta parte de los hogares campesinos deberían estar en granjas colectivas al finalizar ese año (Bettelheim).

El 27 de diciembre de 1929 Stalin brinda otro importante discurso ante estudiantes y especialistas de cuestiones agrarias. Comienza afirmando que millones de campesinos, pobres o de nivel medio, se estaban uniendo a las granjas colectivas, lo que allanaba el camino para acabar con los kulaks como clase social. Sostiene que era imposible continuar la reproducción ampliada de la industria socialista si en el agro seguía predominando la producción del pequeño campesino, que no se reproducía de forma ampliada. Era necesario por eso avanzar a la agricultura en gran escala, capaz de superar ese estancamiento. Pero para hacerlo con contenido socialista (porque la producción en gran escala también podía ser capitalista) debían introducirse las granjas colectivas y estatales; estas emplearían máquinas y métodos científicos en gran escala. Contra lo que decía la derecha, los campesinos no irían espontáneamente al socialismo, ya que la pequeña producción, librada a sí misma, genera capitalismo, no socialismo. Por eso, las grandes granjas eran la vía para que la ciudad socialista liderara al pequeño campesino. Además, en Rusia, a diferencia de Europa Occidental, el pequeño campesino no estaba atado al lote de tierra, dada la nacionalización de la tierra que había hecho la Revolución. Las granjas colectivas entonces serían la solución al problema de las tijeras: el grano se produciría más barato, y además se crearían las condiciones para superar la antítesis entre la ciudad y el campo.

El poder soviético pasaba ahora de una política de restringir las tendencias explotadoras del kulak, a su eliminación como clase. La Oposición, dirigida por Zinoviev y Trotsky, había pedido en 1926-7 la ofensiva contra los campesinos ricos, pero en aquel momento era una política aventurera, dada la debilidad de las granjas colectivas y estatales. En cambio, en 1929, ya se podía reemplazar la producción del grano del kulak con la producción de las granjas colectivas y estatales. Además, la política aconsejada por la Oposición era de simples “pinchazos”, y se necesitaba una ofensiva “real”, que significaba aplastar y acabar con el kulak como clase. Los campesinos ricos no deberían siquiera entrar a las granjas colectivas porque eran los enemigos jurados del movimiento de las granjas colectivas (Stalin, 1929b).

Un aspecto señalado por Fitzpatrick (1999) es que a pesar de la trascendencia de la medida, ni en este discurso ante especialistas agrarios, ni en otras intervenciones, Stalin, o la dirección soviética, dieron alguna guía específica de cómo llevar a cabo la colectivización y la “liquidación del kulak como clase”. Recién el 2 de marzo de 1930, después de dos meses de desastres en el agro, aparecería una declaración pública (“Mareados con el éxito”) de Stalin con algunas precisiones, junto a un descargo de responsabilidades en los funcionarios locales, que fueron acusados de “excesos” socializadores.

En todo caso, por lo menos tres puntos del argumento de Stalin debieron de haber tenido un fuerte impacto en la militancia comunista, la inteligentsia de izquierda y probablemente en sectores de la clase obrera. En primer lugar, la perspectiva de superar definitivamente las crisis de las tijeras; en segundo término, el programa de avanzar hacia una agricultura en escala que representaría, junto a la industrialización, un gran desarrollo de las fuerzas productivas. Pero lo más importante era que ese desarrollo se presentaba en dirección al socialismo. Se acabaría con el kulak (y con los “hombres de la NEP”), al tiempo que la gran industria y la estatización fortalecerían socialmente a la clase obrera. Son los elementos que, a pesar de todas las críticas, Trotsky rescatará como positivos en la política soviética de los 1930.

Burocratización y la “lucha contra la perversión burocrática

El giro de 1928-9 fue sostenido por mayores niveles de represión y control burocrático por parte de la cúpula dirigente sobre el Partido (que se identificaba más y más con el Estado). Aunque ese mayor control burocrático se acompañó de constantes llamados de la dirección stalinista a combatir a la burocracia. Este aspecto es enfatizado por Bettelheim cuando analiza la XVI Conferencia, realizada en abril de 1929. En esta Conferencia, que fue de transición entre el abandono de la NEP y el inicio de la colectivización, se convocó al Partido y a los soviets a luchar “contra la perversión burocrática del aparato del Estado, que a menudo oculta a amplias masas de trabajadores la naturaleza efectiva del Estado proletario…” (véase Bettelheim). Pero, como dice Bettelheim, la crítica al burocratismo no indaga en sus causas, ni se indica “la vía capaz de hacer posible que la iniciativa de las masas llegue a romper la tendencia de los aparatos a dominarlas y a funcionar como aparatos políticos burgueses, no como aparatos proletarios”.

De todas formas, la repetición de este tipo de ataques a la burocracia desde la alta burocracia (que se reiteran en otros regímenes de “socialismos reales”) obliga a pensar en el motor que los impulsa. En este punto, se pueden adelantar, tentativamente, dos causas. La primera es que pueden ser el reflejo del descontento de las masas con el Estado y sus funcionarios, con su prepotencia y extrañamiento con respecto al ciudadano común. En un Estado que se llama a sí mismo proletario, este no es un tema menor en lo que hace a su legitimación. En los años 1930 la crítica al funcionario insensible a las necesidades y demandas del pueblo, se convirtió en una constante de la vida cotidiana soviética, que se expresaba incluso en chistes y caricaturas de amplia circulación (Fitzpatrick, 1999). Por eso, la denuncia de los comportamientos burocráticos, realizada desde la misma alta dirección burocrática, puede buscar descomprimir el descontento, y constituye un elemento de legitimación de esa misma alta dirección.

Pero en segundo lugar, el funcionamiento burocrático se convierte invariablemente en un obstáculo para el cumplimiento de las tareas que se proponen. En el caso de la XVI Conferencia, esa preocupación parece acentuada ante los objetivos que fijaba el Plan Quinquenal. Por eso, la Conferencia en sus resoluciones sostiene que las tareas “no pueden resolverse sin una mejora decisiva del aparato del Estado, sin su simplificación y la reducción de su costo, sin abordar de modo preciso las tareas encomendadas a cada uno de sus escalones, sin superar de modo decidido su rutina, su carácter embrollado y la asfixia burocrática, sus camarillas solidarias, su indiferencia hacia las necesidades de los trabajadores” (citado por Bettelheim).

Mucho de esto puede haber estado en la base de la crítica de la XVI Conferencia a la burocracia. Tengamos en cuenta que Stalin, en el curso de la colectivización, más de una vez echará la culpa de los males a los estratos intermedios de funcionarios, que se “exceden”, que “no escuchan a las masas”, que actúan “con indiferencia hacia los trabajadores”, etcétera. Pero además, durante el terror de 1937-8 este será un factor de justificación de los juicios y castigos (cárcel, internamiento en campos de trabajo, pena de muerte) a funcionarios, altos o medios, del Partido o el Estado. Por este motivo, y paradójicamente, el llamado a la lucha contra la burocracia permitió acentuar el control burocrático de la dirección sobre el Partido. La directiva de “eliminar a los elementos burocratizados”, así como la purga de los “elementos pequeñoburgueses” y de los “arribistas”, sirvieron para disciplinar y expulsar a críticos y elementos molestos. No eran las masas las que tomaban medidas contra los funcionarios que se habían alejado de ellas, sino otros funcionarios, dotados de poderes. “Los resultados de las operaciones de depuración dependen esencialmente… de la manera en que actúen los miembros de las comisiones de control… Dado que los miembros de las comisiones de control son escogidos, de hecho, entre los cuadros del partido, solo pueden actuar, en su gran mayoría, de conformidad con lo que consideran ‘correcto’ aquellos, precisamente, a los que deben juzgar” (Bettelheim).

Las resoluciones exigían que para la depuración se tomaran en cuenta las opiniones de los miembros del Partido y que fueran “expulsados sin compasión” los partidarios ocultos de las diversas corrientes (ídem). Era un llamado a una caza de brujas. Como resultado, entre 1929 y 1930, aproximadamente el 11% de los efectivos del Partido fueron depurados. No era una cifra elevada (y una parte se reincorporaría luego), pero contribuyó a crear un marco político altamente represivo.

Una consecuencia inmediata fue que entre abril y diciembre de 1929 se tomarán numerosas decisiones “de carácter histórico –por cuanto conducen al abandono completo de la NEP- sin consultar a las instancias supremas del Partido. Cuando se reúnen estas instancias, solo les queda ratificar decisiones que ya están en curso de ejecución y han sido anunciadas públicamente” (Bettelheim). La asfixia casi total de la democracia socialista en la URSS, no puede dejarse de lado a la hora de hacer balance de en cuánto se reforzaron los elementos “socialistas” a partir del giro de 1928-9.

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