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Anticapitalistes
  
dissabte 19 de març de 2016 | Manuel
Ernest Mandel: auto-organización y democracia socialista

Arturo Anguiano

Ernest Mandel es uno de los referentes fundamentales del marxismo crítico, cuyas contribuciones enlazan la teoría y la práctica política e incidieron en debates decisivos todavía vigentes. Economista de profesión, estudioso de las contradicciones y tendencias del capitalismo contemporáneo, este trabajo aborda sus aportes menos conocidos sobre cuestiones teórico-políticas como el Estado, los momentos de crisis general de las relaciones capitalistas y del orden social, los procesos y formas de organización, resistencia y emancipación de los oprimidos, desembocando en los problemas de la democracia y de la reorganización se las sociedades desde una perspectiva anticapitalista. El propósito más general del ensayo es recuperar y confrontar sus ideas invitando a que las descubran y reflexionen las nuevas generaciones de lectores.

Estamos profundamente convencidos de que el régimen capitalista ha entrado en declive, que los nuevos progresos de bienestar material, que realiza todavía en ocasiones, son contrarrestados por un costo destructor cada vez mayor. Estamos convencidos de que este régimen está desgarrado por contradicciones cada vez más diversas e incontrolables, que periódicamente las amplias masas se rebelan contra este régimen con movimientos poderosos que podrían abrir la via del progreso si desembocaran en la victoria, y que el deber de los socialistas es asegurar esta victoria mediante una línea política adecuada. Si la ocasión se pierde, se acrecienta cada vez más el riesgo de que el régimen capitalista se hunda en catástrofes todavía más graves que las conocidas en el pasado. Ernest Mandel «Pourquoi sommes-nous révolutionnaires aujourd’hui?», La Gauche, 10 janvier 1989

Centralidad del proletariado y autoemancipación

Millones de seres humanos, los productores directos que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo, son sometidos a condiciones de explotación y opresión inhumanas para garantizar las ganancias y privilegios de las clases dominantes y la propia dominación. Ese orden social injusto que reproduce la desigualdad, la miseria, la violencia y la enajenación de la gente con la mercantilización de la vida social, no ha dejado de expanderse y prevalecer desde la época de Marx hasta la actualidad. Pero la historia de la sociedad dividida en clases que genera el capitalismo, ha sido sin embargo atravesada por rebeliones recurrentes de los trabajadores en contra de sus explotadores, viviendo experiencias de autoactividad y autoorganización que los unieron y desarrollaron sus fuerzas colectivas/10. Si esta lucha de clases «gira alrededor de intereses materiales (la división del producto social en producto necesario y plusproducto)», al desarrollar fuerzas productivas gigantescas el capitalismo moderno crea «por primera vez en la historia, las bases posibles de una emancipación total, es decir de la sociedad sin clases»/11.

En especial en sus trabajos dirigidos a la educación militante/12, Mandel se empeña en mostrar y ejemplificar minuciosamente la larga historia de las revueltas de los oprimidos y la manera como el marxismo retoma todas esas experiencias y se afirma como una solucion de continuidad que las condensa y supera. Se remite a los orígenes de la condición social de los trabajadores entrelazada al desarrollo del capitalismo, a cómo sus luchas contra la explotación fueron forzando espacios y derechos para los trabajadores que sin duda se convirtieron en aportes (como el sufragio universal) decisivos para la organización y democratización de las propias sociedades. De los primeros gremios y sindicatos que claramente entran en la lógica del capital al plantearse la posibilidad de negociar el precio de la fuerza del trabajo y las condiciones en las que se utiliza, hasta formas de organización en circunstancias críticas que evidentemente rebasan y sacuden la normalidad capitalista, avanzando procesos de autoorganización, de autoactividad que disputan directamente el poder del capital, cuestionando incluso el dominio del Estado capitalista. Las acciones reivindicativas, las revueltas, las formas de organización, las ideas, sueños y esperanzas que los asalariados van desarrollando en contra de la explotación y el sometimiento impuestos por el capitalismo en su transcurrir, forjan una amplia y rica tradición de lucha proletaria por su emancipación. Hay una continuidad fundamental que resulta precisamente «de la llama inextinguible de la insubordinación a la desigualdad, a la explotación, a la injusticia y a la opresión, que brota siempre de nuevo en el seno de la humanidad»/13.

Así, no sólo su papel objetivo en la reproducción del capitalismo/14, sino igualmente su capacidad de acción colectiva y el sentido de la solidaridad que desarrolla en el propio proceso de trabajo, convierten al proletariado en un sujeto decisivo en la lucha de clases contra la explotación y por la emancipación. «El marxismo, señala Mandel, se sitúa sin ninguna duda en la huella de esa vieja y venerable tradición de sueño y combates de emancipación de los pobres, explotados y oprimidos. Comparte con ellos interrogantes, protestas, preocupaciones, rebeliones. Pero todo lo que es específico del marxismo no se explica, en última instancia, sino por lo que es nuevo a partir del siglo XVIII y que está íntimamente ligado a la consolidación del modo de producción capitalista por la revolución industrial: la aparición definitiva del proletariado como clase social fundada en el trabajo asalariado; la toma de conciencia radical de la ’cuestión social’ nacida del nuevo antagonismo social: el del capital y el trabajo asalariado»/15.

El papel emancipador del proletariado fue para Mandel una preocupación fundamental que retomó de Marx y sobre la cual insistió explicando siempre la complejidad de las transformaciones en la composición del proletariado (lo que remite a discusiones teóricas sobre el trabajo productivo e improductivo), sobre todo a causa de lo que denominó la tercera revolución tecnológica. Fuera de cualquier obrerismo o determinismo económico, invariablemente vinculaba y complementaba los cambios objetivos con las luchas y revueltas, con la autoactividad del conjunto de los asalariados y en general con el factor político, el cual implica conceptos como conciencia de clase, niveles de conciencia, movimiento obrero, partido de vanguardia. Consideraba que la caída del capitalismo y el paso a una sociedad sin clases, el papel de sujeto revolucionario emancipador del proletariado, se vuelven posibilidades objetivas por el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por el capitalismo. Pero, advertía: «No hace falta subrayar que se trata aquí de una posibilidad que nada tiene de ineluctable», lo que por lo demás haría innecesaria e inútil «la actividad de los socialistas en favor de la educación, de la organización, del estímulo de la conciencia de clase, de la organización y del combate de clase, actividad comenzada por Marx y Engels»/16.

Obviamente el proletariado no ha dejado de cambiar como el propio capitalismo. En este sentido, Mandel refrenda la validez de los análisis de Marx e insiste en la necesidad de considerar «la naturaleza cualitativa, estructural del proletariado», para entender cómo las innovaciones y cambios tecnológicos afectan la división social del trabajo, volviendo borrosas las tradicionales diferencias entre trabajador productivo y trabajador improductivo, señalando que «el proceso productivo actual tiende a integrar cada vez más a los trabajadores manuales y no manuales, los "ensambladores" semicalificados y procesadores de datos semicalificados, las brigadas de reparación y mantenimiento altamente calificadas y los expertos electrónicos altamente calificados». Escribe: «así como la tercera revolución industrial, así como la automatización, tienden a industrializar la agricultura, la distribución, los servicios industriales y la administración, así como tienden a universalizar la industria, asimismo tienden a integrar una parte creciente de los asalariados con quienes perciben sueldos en un proletariado cada vez más homogéneo». Varios hechos significativos lo muestran: «la reducción en las diferencias de retribuciones entre trabajadores de cuello blanco y trabajadores manuales, que es una tendencia universal en occidente; la creciente sindicalización y militancia sindical de estas capas "nuevas" que son igualmente universales»; «similitud creciente en el consumo, en el nivel y medio social de estas capas; creciente similitud en sus condiciones de trabajo, es decir, creciente similitud en la monotonía, la mecanización, la falta de creatividad, el daño para los nervios y en el embrutecimiento del trabajo en la fábrica, el banco, el autobús, en la administración pública, en los almacenes y en los aeroplanos»; la «igualación de las condiciones de reproducción de la mano de obra, especialmente de la mano de obra calificada y semicalificada». Todo esto lo considera un proceso básico hacia una creciente homogeneidad del proletariado/17.

Ninguna visión restrictiva de la clase obrera o el proletariado, conceptos al final de cuentas considerados sinónimos. El proletariado moderno no deja de ser la gran masa de asalariados que no cesa de crecer en todas partes –más todavía con la expansión explosiva del sector servicios que es también un rasgo característico del capitalismo tardío–, está formado por quienes se ven obligados a vender su fuerza de trabajo/18 y por lo mismo padecen la explotación y la opresión no sólo en sus centros productivos, en los lugares donde laboran, sino en la sociedad toda, donde el Estado asegura la dominación y la reproducción del orden desigual, injusto e inhumano. Por lo demás, la irrupción creciente de las mujeres en el mercado de trabajo (una «tendencia de largo plazo en el capitalismo tardío, aunque a mediano plazo es posible percibir diferentes fluctuaciobes, que corresponden entre otras cosas a las oscilaciones del ciclo económico concreto») no sólo desintegra el tradicional núcleo familiar patriacal de la sociedad burguesa, sino que «garantiza una expansión general del trabajo asalariado»/19. Mandel no quitará el dedo del renglón y cuando ya habían comenzado las transformaciones que acarreó al mundo del trabajo el viraje neoliberal, enfatizó:

«La clase obrera en el sentido marxista del término es la única fuerza social en el mundo de hoy que dispone del potencial necesario para eliminar al capitalismo, para salvar a la humanidad de las catástrofes que la amenazan, para realizar la civilización superior, la de los productores (ras) libremente asociados, indispensable a este fin. Hoy tiene la fuerza de más de mil millones de personas a escala mundial, es decir, más fuerte que nunca. La tendencia histórica a largo plazo, la de las décadas venideras de las que se puede trazar el perfil, va en el sentido de su refuerzo y de su homogeneización creciente, y no en el sentido de su debilitamiento, incluso su descomposición.[...] Hablamos de tendencia histórica, no de situaciones específicas, ni de países o zonas geográficas específicas. Se combina con tendencias que van en sentido contrario»/20.

Consideraciones polémicas, que andando el tiempo fueron criticadas dentro de su propia corriente por algunos de sus más cercanos, como Daniel Bensaïd: «Si esa fue la tendencia de los años sesenta y de inicios de los setenta, la respuesta del capital llegó rápido con la ofensiva liberal. Lejos de ser irreversible, la homogenización tendencial fue minada por las políticas de desconcentración de las unidades de trabajo, de intensificación de la competencia en el mercado mundial de trabajo, de individualización de los salarios y del tiempo de trabajo, de privatización de la recreación y del modo de vida, de demolición metódica de las solidaridades y de las protecciones sociales»/21. Me pregunto, empero, si los procesos de recomposición y precarización del trabajo, con el desempleo masivo (¿hasta dónde alcanza el ejército industrial de reserva?), el crecimento explosivo del subempleo y cierta individualización de las relaciones laborales, revierten realmente la tendencia que plantea Mandel, a causa del posible debilitamiento estructural del proletariado o si más bien éste sigue siendo una clase en extremo diferenciada, pero todavía con condiciones sociales semejantes (combinadas heterogeneidad y homogeneidad) en cuanto prosigue integrado por quienes están obligados a vender su fuerza de trabajo en situación adversa y a veces incluso fuera de toda formalidad (y por lo mismo sujetos a la explotación y la opresión de un orden jerárquico). Los trabajadores siguen irrumpiendo recurrentemente por todas partes con sus luchas y reivindicaciones, e incluso a contracorriente, en condiciones aciagas y hasta debilitadas, sus organizaciones resisten al desmantelamiento por parte del capital y el Estado y a la desnaturalización promovida por las burocracias colaboracionistas o estatistas. Nuevas formas de organización colectiva no dejan de emerger. La desigualdad y la opresión, aunadas al despojo, la incertidumbre y hasta la exclusión, generan de cualquier manera respuestas de la gran masa de desposeídos –tanto en los países capitalistas industrializados como en los atrasados y hasta en los antiguos Estados burocratizados– contra la dominación y las consecuencias múltiples de las estrategias cada vez más expoliadoras y devastadoras del capital mundializado.

¿Se puede hablar en nuestros días de centralidad del proletariado y de su calidad de posible sujeto revolucionario anticapitalista? Me parece evidente si retomamos el concepto en su acepción amplia y todavía más si lo ligamos con el concepto de opresión, de oprimido (entre los que se encuentran notablemente las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los migrantes, etc.), que por supuesto atraviesa prácticamente a todas las clases, pero priorizando a los desposeídos, explotados y despojados por el capitalismo.

Autoorganización y desarrollo desigual de la conciencia de clase

Las luchas de los trabajadores, el movimiento obrero, tienen también su lógica. Cualquier huelga profesional en el fondo cuestiona en cierta medida el poder del capital al impedir la explotación sin límites, arbitraria, de los asalariados. Una huelga aislada puede o no prosperar, pero cuando la huelga se amplifica, se extiende de una empresa particular a una rama industrial, de una rama específica a una zona, a una región o a toda una nación, deviniendo huelga general/41, cambia significativamente el sentido de la lucha que deja de ser un simple conflicto de trabajo, una pelea reivindicativa, para devenir un verdadero desafío al poder del capital. Y si la huelga pasa de la defensa mediante guardias de los huelguistas (los piquetes de huelga) a la ocupación pasiva de las instalaciones y luego incluso a la ocupación activa en la que los trabajadores reanudan la producción y hasta la venta de productos bajo su responsabilidad, se está forjando en los hechos un «contrapoder emprionario». Se desemboca entonces en «una prueba de fuerza para determinar quién manda en la fábrica, en la economía y en el Estado: la clase obrera o la clase burguesa»/42. Pero para Mandel no se trata de un proceso lineal o automático, fatal. «Si bien toda huelga amplia, duradera y combativa contiene en germen la creación de semejante poder de impugnación al poder del capital», no es sino una posibilidad. Lo que hace la diferencia es de entrada el nivel de conciencia de los asalariados, que está en la base de las capacidades de iniciativa, de organización y de decisión colectivas/43. El problema de la conciencia de clase de los trabajadores es sumamente complejo, más cuando éstos se encuentran sometidos a procesos ideológicos promovidos por el capital y el Estado que los condicionan desde la escuela, los medios masivos de comunicación –en particular la televisión de más en más poderosa y abarcadora–, las relaciones que suscita el propio trabajo asalariado que en el fondo es un trabajo forzado, parcelizado y enajenante, y sobre todo con el peso avasallador de las relaciones mercantiles cotidianas que condensan la fetichización generalizada de las relaciones sociales en la sociedad capitalista. El dominio del capital es primero que nada el dominio de las relaciones mercantiles cotidianas consideradas inevitables.

Romper con todo esto no es cualquier cosa, cuando los trabajadores están «obligados en la práctica cotidiana a tolerar, sufrir y reproducir las relaciones capitalistas si no quieren verse condenados a vivir al margen de la sociedad». Superar, pues, la falsa conciencia y la enajenación a partir del estrecho horizonte de la fábrica o empresa y de luchas profesionales limitadas parece imposible sin una «brusca mutación», que solamente puede suceder en el transcurso de duros y masivos enfrentamientos que en un cierto momento puedan sintetizar agravios y experiencias de suerte que produzcan un salto cualitativo en la conciencia de clase de los asalariados. Asimismo, deben presentarse y conjugarse condiciones sin las cuales esa transformación de la conciencia de clase es improbable: descontento acumulado durante largo tiempo y aspiraciones insatisfechas dentro de la clase trabajadora; confianza creciente de los asalariados en sus propias fuerzas y por tanto incremento de combatividad, lo cual modifica las relaciones sociales de fuerza a favor de los obreros y a costa de las clases dominantes; escaramuzas previas que no hayan terminado con derrotas; descontento generalizado de los estratos medios; consolidación de una vanguardia; crisis del poder del Estado y crisis en los principales dominios de la superestructura; división y fluctuaciones en el seno de la clase gobernante y en el gobierno/44.

«De manera que sólo raras veces», escribe Ernest Mandel, «la lenta acumulación de resentimientos, preocupaciones, inquietudes, de indignación, de experiencias parciales y de ideas nuevas, puede producir vuelcos bruscos en la conciencia de las masas trabajadoras (o por lo menos de una vanguardia suficientemente amplia e influyente para que abarque a sus estratos determinantes). Repentinamente, las masas sienten de manera instintiva que no es ’normal ni ’inevitable’ que sea el patrón el que mande; que las máquinas y las fábricas pertenezcan a alguien diferente de aquellos que día con día las ponen en movimiento; que la fuerza de trabajo, fuente de todas las riquezas, se halle rebajada al nivel de una simple mercancía que se compra de la misma manera que se compra cualquier objeto inanimado; que periódicamente pierdan los trabajadores sus ingresos y sus trabajos, no porque la sociedad produzca muy poco sino porque produce demasiado. Es entonces cuando las masas buscan, instintivamente, modificar las cosas a fondo, es decir, la estructura de la sociedad, el modo de producción. Y cuando se percatan de su inmenso poder, que es producto no sólo de su número, de su cohesión y de la fuerza colectiva que genera su unión, sino, ante todo, del poder que adquieren cuando se hallan solos en las fábricas, cuando todo el poder económico se halla de su lado, entonces aquello que está presente en toda huelga amplia y combativa se afirma repentinamente de manera consciente».

En la propia empresa comienza la disputa por el poder. De las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores asimilables en tiempos normales por el capital («aun las más radicales»), se pasa al cuestionamiento del dominio patronal sobre las máquinas y el control vertical del proceso de trabajo, lo que subvierte la disciplina férrea que el capital requiere para optimizar la explotación del trabajo y la extracción del plusproducto social. Precisamente las transformaciones del capitalismo tardío, especialmente suscitadas por la tercera revolución tecnológica, hacen que se desplace el centro de gravedad de las preocupaciones y luchas obreras de los problemas de la distribución del ingreso (salarios reales) a los de la organización del trabajo y de la producción (organización y ritmos de trabajo, seguridad del empleo, formas de remuneración, orientación de las inversiones, qué se produce y cómo, etcétera), esto es, al problema crucial de las relaciones de producción capitalistas.

Control obrero, autoorganización y doble poder

En este sentido, y en la lógica del Programa de Transición (de la estrategia, del método) desarrollado por León Trotsky/45, Mandel plantea la necesidad de formular «reivindicaciones que no son integrables» dentro del régimen capitalista, en la brega por las cuales se «establece una fusión entre la lucha por los objetivos inmediatos y la lucha por el derrocamiento del capital». El control obrero es la primera de ellas y sobre el que han brotado numerosas experiencias a través de la historia. Se sobrepone y rebasa –confronta– todas las iniciativas de «participación obrera», de «cogestión» y tantas otras que después se instrumentaron por parte de los capitalistas/46, justamente con el propósito de desactivar la revuelta obrera, restaurar la disciplina en los centros de trabajo y reforzar los vínculos de integración de los asalariados, primero que nadie de las burocracias sindicales colaboracionistas, auténticas beneficiarias. El control obrero rechaza toda responsabilidad de los sindicatos y de los representantes sindicales en la gestión de las empresas; exige el derecho de veto en cuestiones de la vida de la empresa o sobre la duración del empleo; demanda la supresión del secretismo y la existencia de contabilidades abiertas, mientras se opone a cualquier «institucionalización» o asimilación (integración) del control obrero que lo desnaturalizaría. El control obrero implica reemplazar el principio de rentabilidad individual que caracteriza a las empresas capitalistas, por el principio de la solidaridad colectiva. Si bien pueden existir –y han existido– prácticas de control obrero en una empresa u otra, en ciertas coyunturas precisas, lo que es fundamental en el proceso de acumulacion de experiencias y suele propiciar saltos en el desarrollo desigual de la conciencia de clase, solamente puede madurar en el momento de explosión generalizada de las luchas de los trabajadores, esto es, de cambios sustantivos en las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo, favorables a éste último.

La generalización del control obrero no puede alcanzarse más que en el momento de crisis generalizada de las relaciones de producción capitalista y del poder del Estado, es decir en un período de ascenso de las luchas obreras y de crisis revolucionaria/47. Es así como se concreta la dualidad de poder y cuando los asalariados pueden extender la huelga activa en sus empresas poniendo en práctica la autogestión obrera, sin que se corra el riego de reproducir la lógica de la ganancia (la lógica del capital) que normalmente acaba por reproducirse en los experimentos autogestionarios aislados y parciales, precisamente gracias al cerco capitalista que prevalece/48.

Mandel menciona otras reivindicaciones transitorias fundamentales para que las luchas defensivas de los trabajadores y el desarrollo de su conciencia de clase, durante una fase depresiva de la economía, se vinculen a una «estrategia anticapitalista de conjunto».

Destalla incluso opciones del control obrero:

«la expropiación de todas las empresas que cierran o despiden masivamente, y su gestión a costa del Estado y bajo control obrero; la nacionalización sin indemnización ni nueva compra del conjunto de las instituciones de crédito, de las industrias clave y de todos los monopolios, ’nacionales’ o ’transnacionales’, y su gestion bajo control obrero; el control obrero generalizado sobre la contratación y la organización del trabajo, implicando el poder de veto sobre cualquier despido; la elaboración por las organizaciones obreras y populares, apoyadas sobre una red de comités democráticamente elegidos y revocables por sus electores, de un plan de restablecimiento y de desarrollo económico orientado hacia la satisfacción prioritaria de las necesidades de las masas; el desarrollo de empresas públicas con este fin y el fin de cualquier subsidio a las empresas privadas (o la nacionalización de todas las empresas subsidiadas); la constitución de un gobierno de las organizaciones obreras para aplicar todas esas medidas».

Todavía va más allá:

«La lucha por el conjunto de esas reivindicaciones debería llevar a la creación de una vasta red de comités de fábrica, de oficinas y de barrios para controlar la aplicación del programa y hacer fracasar el sabotaje de la burguesía; al armamento general del pueblo trabajador para desbaratar cualquier complot militar-fascista ’nacional’ o ’internacional’; al desmantelamiento del aparato represivo de la burguesía; al establecimiento de relaciones fraternales de colaboración en pie de igualdad con los pueblos llamados del Tercer Mundo y con los trabajadores y organizaciones obreras del mundo entero, ante todo los de Europa»/49.

Todas estas reivindicaciones transitorias se plantean, evidentemente, en la perspectiva de un desenlace revolucionario de la crisis capitalista/50.

Para Mandel es difícil encontrar un denominador común que explique el advenimiento de una situación revolucionaria, pero a través de distintas experiencias particularmente europeas encuentra la posibilidad de explicación en la combinación de una serie de factores: un ascenso impetuoso del movimiento de masas cuya autoorganización se manifieste a través del surgimiento y extensión de órganos de poder obrero y popular, esto es de apertura de un período de doble poder; la crisis del poder y la descomposición del aparato estatal (particularmente el aparato represivo), con la pérdida de autoridad política y capacidad de iniciativa de las clases dominantes; la crisis de legitimidad de las instituciones del Estado y su rechazo por parte de las masas movilizadas, de la gran mayoría de los trabajadores, que comienzan a optar por una nueva legitimidad que va brotando en sus luchas y procesos organizativos/51.

Cada experiencia histórica reúne sus peculiaridades y se puede pasar de una situación pre-revolucionaria a una situación revolucionaria y ésta última puede que no madure lo suficiente; largos períodos de inestabilidad pueden producirse incluso sin que realmente se arrive al punto de la crisis revolucionaria, interregnos que hay que comprender «como una sucesión de fases de ascenso de las luchas revolucionarias, entrecortado[s] por crisis revolucionarias puntuales, a las cuales pueden suceder retrocesos parciales del movimiento e incluso éxitos parciales de la contrarrevolución». Tales fueron los casos, para Ernest Mandel, de Alemania entre 1918 y 1923 y de España entre 1931 y 1937, que solamente al final sufrieron realmente derrotas, con una reversión de la tendencia histórica de ascenso de las luchas obreras.

Pero en los diversos procesos, lo que anuncia la posibilidad de la crisis revolucionaria es el surgimiento, extensión y generalización de los órganos de autoorganización de las masas trabajadoras que se sitúan en la lógica del doble poder, los consejos obreros, como fue el caso devenido clásico de la Revolución rusa de 1917 que dio vida a los soviets. Mandel destaca que León Trotsky fue el primero en entender la aparición en octubre de 1905 del Soviet de Petersburgo como un viraje histórico, un salto cualitativo, quien consideró esta forma emergente de organización como «la ola del futuro», «la forma clásica de autoorganización de la clase obrera»; subraya que Trotsky fue precisamente quien formuló el «concepto clave» de «autoorganización» que define como un «fenómeno universal» y el cual «implica una insurrección de la clase obrera sostenida activamente por una amplia mayoría del proletariado»/52.

Si las crisis revolucionarias no resultan de la noche a la mañana, los consejos obreros pueden surgir espontáneamente sólo a través de un proceso que, por un lado, evidencia la desintegración del poder del Estado capitalista, y por otro, expresa en forma abrupta la condensación de largas y múltiples experiencias de lucha y organización del proletariado que en los hechos van rebasando sus organismos de resistencia de tiempos normales –los sindicatos, pero igualmente comités de base de todo tipo: de fábrica, de delegados, de huelga, etcétera–, logrando involucrar al conjunto de los asalariados (organizados o no en forma permanente) a través de movilizaciones y enfrentamientos de clase que modifican de fondo los términos del conflicto capital-trabajo; expresan sin duda un desarrollo desigual de los niveles de conciencia de las distintas capas del proletariado, que en el proceso de lucha acrecientan la confianza en sus propias fuerzas colectivas, que entonces no dejan de afirmarse y reforzarse/53. Los consejos obreros aparecen como instancias masivas de organización que no solamente abarcan y organizan la resistencia del conjunto de los trabajadores, sino que asimismo tratan de atraer la solidaridad de las más amplias capas de la población (jóvenes, mujeres, campesinos, todos los excluídos), involucrándolas en las luchas. En estas condiciones extraordinarias es cuando se hace patente «el carácter universal de la tendencia de los trabajadores a apoderarse de las empresas y a organizar la economía y la sociedad sobre la base de los principios que corresponden a sus necesidades de autodeterminación», cuando los trabajadores pueden descubrir y entender «su capacidad de cambiar la sociedad: de construir otra economía, otro Estado, otra organización social del trabajo, otra cultura, diferentes de los que le impone el capital»/54. Mandel concibe como «ley general de la historia» el que «por medio de la acción las grandes masas son capaces de elevar su conciencia»/55.

«Los consejos obreros surgidos de una huelga o de un gran combate revolucionario, creados dentro del cuadro de la lucha por el control obrero o de un enfrentamiento de los trabajadores con el poder represivo del Estado, constituyen», para Mandel, «los órganos naturales para el ejercicio del poder por parte del proletariado»/56. Cualesquiera que sea su punto de arranque, el detonador que desencadene el proceso de aparición de los consejos obreros, lo cierto es que esta forma de autoorganización manifiesta una gran flexibilidad, lo mismo a nivel territorial (una fábrica, una zona, una ciudad, una nación) que sectorial o funcional (obreros, campesinos pobres, soldados, estudiantes, etc.), favoreciendo la participación masiva en lo que se revela ya como el ejercicio colectivo del poder, un verdadero aprendizaje del autogobierno que permite comenzar a «superar en gran medida la separación que existe entre las funciones legislativas y las funciones ejecutivas»/57. Los consejos tienden a extenderse y a centralizarse y a asumir las funciones necesarias para la satisfacción de las necesidades básicas de la población (finanzas, abasto, transporte, comunicaciones, etcétera) que el Estado ya no es capaz de realizar y para garantizar la autodefensa del nuevo orden que va brotando; incluso pueden pasar a organizar la producción bajo control obrero en las fábricas ocupadas. Es el doble poder que se disputa en todos los niveles y durante un período turbulento que no puede prolongarse mucho tiempo.

Se trata, pues, de un proceso de carácter revolucionario, de una revolución/58 cuyo desenlace es incierto. Puede desembocar en el derrocamiento del poder de las clases dominantes, la expropiación-supresión de la propiedad privada de los medios de producción, en la reorganización del orden social sobre principios ajenos a la ganancia y en un Estado basado en la democracia de los consejos obreros. Pero igualmente puede fracasar con la derrota de los desposeídos y precipitarse más bien a la reconstitución de la dominación capitalista en crisis o incluso hacia una situación sin salida, de agotamiento y descomposición de las clases y del régimen dominante.

La operación de los consejos obreros en la situación revolucionaria prefigura lo que sería una forma de democracia más amplia que la de cualquier régimen capitalista, sostenida desde abajo, entre todos y donde se presupone una multiplicidad no sólo de experiencias vividas, sino de tendencias, de puntos de vista encontrados que pueden coexistir, la elegibilidad, rotación y revocabilidad de los elegidos, la transparencia de las decisiones y el control directo desde la base, desde la población movilizada que impone la rendición de cuentas. Los consejos obreros son, pues, instancias que expresan la diferenciación real del proletariado y a la vez la indispensable unidad de acción de los oprimidos (un verdadero frente único de clase) en una situación de crisis y de cambios bruscos en la conciencia, en la capacidad de acción y decisión de las masas trabajadoras, así como en las relaciones de fuerza entre las clases. Prefiguran un nuevo orden que Marx y Lenin denominaron dictadura del proletariado y que no dejó de suscitar toda suerte de interpretaciones y polémicas. Este fue el desenlace
primero de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia al dar nacimiento a esa dictadura singular de un Estado obrero sostenido en los soviets, en los consejos, la que apenas había sido anunciada con el ensayo de la Comuna de París de 1871/59. Un nuevo Estado cuya peculiaridad es que comienza a desaparecer desde su surgimiento, un Estado en vía de desintegración («un État en voie d’éclatement»)/60. Aquí, Ernest Mandel realiza una de sus más obstinadas búsquedas, refiriéndose como siempre a Marx y Engels y confrontando el desempeño y los aportes en particular de Lenin y Trotsky en el curso mismo del proceso poscapitalista, para estudiar el poder de los soviets, la burocracia y la degeneración del Estado obrero/61.

Adelanta nuestro autor: «Es poco probable que en las revoluciones futuras se inventen formas de organización del poder obrero enteramente nuevas, como es poco probable que dichas formas sean simples calcas de lo que fueron los soviets rusos en las diferentes etapas de la revolución dentro del viejo imperio de los zares. De modo que conoceremos numerosas variantes del tipo de organización modelada sobre el consejo obrero» y muy probablemente con las características mencionadas/62. En todo el siglo XX, según Mandel, no dejaron de brotar consejos obreros u organismos similares en Alemania, Austria, Hungría, China, España, Portugal, incluso en el Irán de 1979 y se presentaron huelgas generales y no pocas experiencias embrionarias de auto-organización en todos los continentes, incluso en países coloniales, semicoloniales y semiindustrializados, mostrando un «impulso instintivo del proletariado», una tendencia generalizada a la auto-organización y a la disputa del poder por parte de la gran masa de los desposeídos y oprimidos/63.

No cabe duda que Ernest Mandel retoma y enriquece el marxismo originario al abordar estos temas fundamentales de la historia y la estrategia revolucionaria, de la lógica de la autoorganización de clase y de las posibles alternativas al capitalismo desde la óptica del proletariado, de los oprimidos. Aunque aquí solamente los aludimos, en realidad Mandel estudia los procesos, sus contradicciones y desenlaces, incluso confrontando críticamente los enfoques, propuestas y decisiones de sus actores principales. En mi opinión se esfuerza por profundizar y no deja de descubrir tendencias que siempre carga de contradicciones, de matices, de posibles contratendencias que incluso pueden contrarrestarlas. Se le reprocha su apego a los «mitos fundadores» como la Revolución de Octubre o la Comuna de París con sus experiencias de autorganización y doble poder de los trabajadores y su exagerado optimismo cuando se acumulan fracasos, derrotas, esfuerzos fallidos por desmantelar el capitalismo y dar vida a sociedades igualitarias, bajo la óptica de un socialismo que se desgarra. Hoy se cuestionan la viabilidad del doble poder, de los cambios revolucionarios, de la existencia de algún actor social central, de las posibilidades de los progresos de la conciencia en medios determinados por culturas políticas fetichizantes y hasta de la posibilidad de resistir el curso devastador del capitalismo. Lo cierto es que no dejan de ser procesos abiertos siempre cambiantes, enraizados en la historia pero en movimiento y polémicas inagotables, donde sin remedio se enfrentan fuerzas sociales y visiones muy diversas que no dejan de desarrollarse –contra todas las inercias y adversidades– en la búsqueda de soluciones y caminos alternativos al capitalismo.

Democracia socialista y autoemancipación

Para Ernest Mandel, como para el marxismo original, es fundamental la cuestión de la democracia, que en ningún país durante el capitalismo ha sido el aporte gratuito de la clase dominante a la sociedad. Por todas partes fueron las masas trabajadoras quienes en especial impusieron con sus resistencias y luchas el sufragio universal, las libertades democráticas, la libre organización, mientras que las instituciones estatales dominantes tuvieron que moldearse o flexibilizarse, desprendiéndose en cierta medida de sus originarios aspectos oligárquicos, para así tratar de contener o canalizar las exigencias de los desposeídos. Muchos cambios y desarrollos políticos e ideológicos se tuvieron que hacer a través de la historia del capitalismo en aras de garantizar la reproducción de la dominación de clase, el sometimiento del proletariado, de todos los desposeídos. La democracia de la burguesía (ahora llamada formal, procedimental, representativa, mercantil...) buscó atomizar a la clase obrera, en general a todas las clases con la propagación del individualismo egoista, la ficción de la igualdad ciudadana, de electores individuales sin consideración de sus pertenencias de clase o sus formas colectivas de organización y autoactividad. Las instituciones estatales representativas que se crearon en las democracias de los países industriales (y en los atrasados que demolieron dictaduras ancestrales), a final de cuentas despolitizan o sesgan y unilateralizan la participación política; no dejan de resultar ajenas a la sociedad, más cuando instituciones y procesos políticos se profesionalizan y se vuelven a oligarquizar/64.

Mandel insiste en que «la democracia en el seno del movimiento obrero es una condición indispensable para su eficacia, para la clarificación de sus objetivos y de las vías y medios para lograrla»/65. Precisamente el proletariado y el movimiento socialista son quienes hacen «la interpretación más radical de los principios de la democracia», quienes luchan no sólo por la igualdad de los individuos en tanto ciudadanos, sino también por la igualdad entre los sexos, la igualdad económica, la igualdad entre los pueblos que se liberan de ataduras coloniales o imperiales, sin discriminaciones de ningún tipo: étnicas, raciales, religiosas, nacionales, de sexo, etcétera. El capitalismo no puede garantizar la democracia irrestricta, reproduce invariablemente un régimen donde solamente son libres y soberanos a plenitud los poseedores de los medios de producción, quienes se imponen y dominan. A pesar de oscilaciones conforme a las cambiantes relaciones de fuerza entre las clases, la tendencia a restringir las libertades democráticas en general –y las relacionadas con el trabajo en particular– se refuerza mientras más el conflicto de clase y la polarización social se desarrollan, y esto lo mismo en las «democracias consolidadas» del Norte del planeta, que en los países atrasados del antiguo Tercer Mundo/66. De esta forma, corresponde a los trabajadores la defensa de las libertades democráticas y la lucha por su más amplia extensión y en esta lucha política –a la que evidentemente llegan en un proceso complejo de movilizaciones y resistencias reivindicativas– es como van comprendiendo las posibilidades de su emancipación.

«En el transcurso del mismo proceso, y con el fin de dirigir sus luchas con mayor eficacia, los trabajadores comprenderán también la necesidad de optar por las formas de organización más democráticas. [...] adquirirán mucha más libertad de acción y […] harán el aprendizaje del valor insustituible de la democracia proletaria. Este es el eslabón indispensable en la cadena de acontecimientos que conduce de la dominación capitalista a la conquista del poder por el proletariado. Esta experiencia será también vital para asegurar las normas democráticas del Estado obrero. La autoorganización en el transcurso de las luchas de clases bajo el capitalismo –desde las asambleas de huelguistas, democráticas, y desde los comités de huelga elegidos democráticamente, hasta el sistema generalizado de dualidad de poder– es por tanto la mejor escuela de democracia proletaria»/67.

La autoorganización y autoemancipación del proletariado implican, entonces, un proceso de construcción de la dictadura del proletariado que es imposible sin el derrocamiento y destrucción del poder estatal y la expropiación de la clase capitalista. Una nueva sociedad asentada en la propiedad colectiva de los medios de producción y del plusproducto social, solamente es posible si la clase obrera en su conjunto planifica y gestiona la economía conforme a las necesidades sociales y esto no es factible sino mediante los consejos de trabajadores democráticamente centralizados y la democracia plena. La dictadura del proletariado, el ejercicio del poder por parte de los productores asociados es, para Mandel, una suerte de «democracia representativa de tipo soviético», combinada «con un crecimiento cualitativo de la democracia directa», esto es, con los más amplios derechos democráticos jamás vistos en la esfera política en el capitalismo y que deben extenderse irrestrictamente a la esfera económica y social. Así que deben crearse las condiciones materiales, sociales y políticas para el ejercicio efectivo de las libertades democráticas (como la libertad de prensa, el acceso a los medios masivos y la libre organización) y la gestión colectiva del poder, sin monopolios ni exclusivismos de ningún partido o del tipo que sean/68.

«Además, la autoactividad y autoadministración de las masas trabajadoras bajo la dictadura del proletariado adquirirán numerosos carices nuevos y ampliarán el concepto de ’actividad política’ y de ’partidos políticos’, de ’programas políticos’ y de ’derechos democráticos’, bastante más allá de los que caracteriza la vida política bajo la democracia burguesa. Esto no sólo se aplica a la extensión combinada de formas avanzadas de democracia representativa soviética (congresos soviéticos) y de manifestaciones crecientes de democracia directa; se aplica también a otros instrumentos políticos, como el referéndum sobre cuestiones específicas, que pueden utilizarse para que la masa de trabajadores pueda decidir directamente sobre toda una serie de cuestiones clave de orientación política. El contenido mismo de la ’política’ también se transformará». Otra será la política, muy distinta.

Mandel insiste en que deben crearse «organismos de autoorganización de masas en todas las esferas de la vida económica y social» y en la necesidad de que existan toda una serie de mecanismos autónomos del propio Estado obrero consejista, los cuales funcionarían como «correctivos», coadyuvando a la superación de las contradicciones económicas y sociales que no dejarán de producirse. La clase trabajadora, la sociedad, deben poder desplegar sin trabas su capacidad de expresión, de acción y de impugnación.

Esta problemática la desarrolla Ernest Mandel de una manera muy amplia y rica en el texto que comentamos y en otros más, reflexionando en especial sobre el proceso de burocratización y degeneración de las experiencias realizadas el siglo pasado en la Unión Soviética y los países del Este y acerca de las razones de que no se hubiese implementado hasta la fecha ese programa socialista original/69. Y no deja de insistir en un principio fundamental retomado de los clásicos del marxismo: «Ninguna sociedad socialista plenamente desarrollada puede materializarse en los estrechos límites del Estado nacional.nLa construcción acabada del socialismo exige por lo menos la inclusión de la mayoría de los principales países del mundo».

Tlalpan, Ciudad de México, Julio 2013.

Notas:

10. «La experiencia práctica muestra que en la confrontación individual entre el asalariado y el empresario capitalista, el primero sale sistemáticamente vencido a causa de su impotencia financiera y económica. Debe vender contínuamente su fuerza de trabajo, mientras que el capitalista dispone de reservas suficientes para
poder alcanzar un precio que le convenga. Así, la presión material empuja a los asalariados a reagruparse, a organizarse colectivamente, a crear cajas de resistencia [de grève], sindicatos, cooperaivas y eventualmente partidos políticos obreros. Pero esta obligación objetiva no es vivida mecánicamente de la misma manera por todos los asalariados. No todos reaccionan, tampoco, inmediatamente, de la misma manera y contínuamente, a esta obligación. Algunos toman conciencia más rápido que otros de la necesidad de una coalición y de las condiciones en las cuales puede esta coronarse con el éxito. Algunos van a sacar permanentemente las conclusiones prácticas de esta conciencia, otros menos o para nada
» (Ernest Mandel,
«Pourquoi je suis marxiste», en Gilbert Achcar (sous la direction de), Le marxisme d’Ernest Mandel, Actuel Marx Confrontatio/PUF, Paris, 1999, p 216.

11. «Émancipation, science et politique...» , cit., p. 283. « La fuerza principal del socialismo científico reside en el hecho de que posee un objetivo emancipador –la liberación del proletariado, del trabajo y de la humanidad entera de todas las condiciones indignas de la humanidad– que resulta del movimiento real de la sociedad y de la historia. De las contradicciones internas del modo de producción capitalista, científicamente probadas por dos siglos de historia, contradicciones que ningún Estado, ninguna religión, ningún terror, ninguna ’sociedad de consumo’ pueden suprimir, se desprende por un lado una cadena de crisis sistémicas sucesivas en el dominio económico, social, cultural, político, militar, moral, ideológico, lo que se encuentra por completo confirmado por el desarrollo histórico real. De lo anterior se desprende, por otro lado, una tendencia histórica a la organización del trabajo asalariado, uno de los presupuestos más importantes que se derivan del análisis marxista de la sociedad capitalista en particular» (Idem, pp. 288-289).

12. Véase por ejemplo Escritos de Ernest Mandel. El lugar del marxismo…, cit. y ¿Qué es el marxismo revolucionario?, Folletos de Bandera Socialista, Nº 47, Spi., publicado originalmente en 1974 con el título de Introducción al marxismo; una versión en español más completa aquí.

13. «Pourquoi je suis marxiste», cit., p. 230.

14. «Con el proletariado el capitalismo crea a su propio enterrador. No puede crecer significativa y duraderamente sin que crezca de la misma manera el proletariado, sin que se desarrolle la lucha de clases proletaria. El proletariado tiende por lo demás a constituir una fracción mayoritaria de la población activa, al menos en los países industrializados y semi-industrializados» (Escritos de Ernest Mandel. El lugar del marxismo..., cit., p. 76).

15. Escritos de Ernest Mandel. El lugar del marxismo..., cit, p. 46.

16. «Émancipation, science...» , cit., p. 289.

17. Ensayos sobre el neocapitalismo, Era, México, 1971, pp. 75-77. Véase El capitalismo tardío (cit), donde habla de la ciencia sometida a la maximación de ganancias del capital, de la «reunificación masiva de la actividad intelectual y productiva, y la entrada del trabajo intelectual en la esfera de la producción», en fin,
de la proletarización del trabajo intelectual. concluye el capítulo señalando que «las contradicciones más importantes del capitalismo avanzado residen […] en la renovada crisis de valorización y en la creciente insurgencia de los asalariados contra las relaciones de producción capitalistas, una insurgencia que se puede extender también, en forma creciente, al sector de los productores intelectuales, no debido al
subdesarrollo de la educación sino a su subordinación a las necesidades del capital, que choca cada vez más frecuente y frontalmente con las necesidades de la libre actividad creadora
» (o el siguiente párrafo: «la unificación masiva de la actividad intelectual y productiva, y la entrada del trabajo intelectual en la esfera de la producción» (p. 268). Igualmente, se puede consultar Ernest Mandel, La proletarización del trabajo intelectual y la crisis de la producción capitalista, Folletos de Bandera Socialista nº 44, spi.

18. «La característica estructural que define al proletariado en el análisis marxiano del capitalismo es la obligación socioeconómica de vender su propia fuerza de trabajo. Así pues, dentro del proletariado se incluyen no sólo los trabajadores industriales manuales, sino todos los asalariados improductivos que están sujetos a las mismas restricciones fundamentales: no propiedad de los medios de producción; falta de acceso directo a los medios de subsistencia (¡la tierra no es de ninguna manera libremente accesible!); dinero insuficiente para comprar los medios de subsistencia sin la venta más o menos continua de la fuerza de trabajo» (Ernest Mandel, El capital, cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx, Siglo Veintiuno Editores, México, 1995, p. 128).

19. El capitalismo tardío, cit., pp. 382-383. «La expansión del sector de servicios capitalistas que tipifica al capitalismo tardío, resume así a su manera todas las contradicciones principales del modo de producción capitalista. Refleja la enorme expansión de las fuerzas sociotécnicas y científicas de la producción y el correspondiente crecimiento de las necesidades culturales y civilizadoras de los productores, al mismo tiempo que refleja la forma antagónica en que esta expansión se lleva a cabo bajo el capitalismo, ya que está acompañada por una sobrecapitalizacíón cada vez mayor (dificultades de valorización del capital), crecientes dificultades de realización, creciente desperdicio de valores materiales, y una creciente enajenación y deformación de los trabajadores en su actividad productiva y su esfera de consumo» (Idem, p. 393).

20. «Situación y futuro del socialismo», El socialismo del futuro, Revista de debate político, Fundación Sistema, Madrid, vol. 1, nº 1, 1990, p. 94. Subrayados del autor.

21. «Trente ans après: introduction critique à l’Introduction au marxisme d’Ernest Mandel» (aquí).

41. Véase la magnífica exposición al respecto realizada por E. Mandel y transcrita en «La grève générale».-Se desconoce la fecha.

42. Ernest Mandel, Control obrero, consejos obreros, autogestión, Era, México, 1974, pp. 11-12. Escribe Mandel: «Tan pronto como la huelga alcance cierta amplitud y duración, todo comité de huelga eficaz que la dirija con suficiente combatividad se verá obligado a crear en su seno, y con los propios huelguistas, comisiones encargadas de recolectar y distribuir los fondos de sostenimiento; comisiones para distribuir víveres y ropa entre los huelguistas y sus familiares; para evitar el acceso a la empresa; para organizar el esparcimiento de los huelguistas; para defender la causa de los huelguistas ante la opinión pública obrera; para obtener información acerca de las intenciones del adversario, etc., etc. Vemos aquí los gérmenes de un poder obrero que organiza departamentos de finanzas, de avituallamiento, de milicias armadas, de información, de esparcimiento y aun de servicios confidenciales. Tan pronto como la huelga pasa a ser activa, se articulan lógicamente con estos departamentos, un departamento de producción industrial, de planificación e incluso de comercio exterior. El futuro poder obrero, aunque sólo exista embrionariamente, manifiesta ya la tendencia que le es exclusiva: tratar de asociar el máximo de participantes al ejercicio del poder, superar en la medida de lo posible la división social del trabajo entre administrados y administradores, división que es propia del Estado burgués y de todos los Estados defensores de los intereses de clases explotadoras en la historia». Las citas que siguen provienen del texto referido.

43. Escribe Mandel: «si no se toma toda una serie de decisiones conscientes, ninguna huelga puede poner en discusión el régimen capitalista, ningún comité de huelga puede transformarse en soviet».

44. Casi reproducimos textualmente el texto de Mandel, solamente cambiamos el orden de los factores.

45. «Es necesario ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución. Este puente debe contener un sistema de reivindicaciones transitorias, que partan de las condiciones actuales y de la actual conciencia de amplias capas de la clase obrera y conduzcan invariablemente a un solo resultado final: la conquista del poder por el proletariado». «Cuál es el sentido del programa de transición? Podemos llamarlo un programa de acción, pero para nosotros, para nuestra concepción estratégica, es un programa de transición: es una ayuda para las masas para superar las ideas, métodos y formas heredadas y para adaptarse a las exigencias de la situación objetiva [...] Todo el programa de transición debe llenar los huecos entre las condciones presentes y los soviets del futuro» (León Trotsky, El programa de transición para la revolución socialista, Editorial Fontamara, Barcelona, 1977). La primera cita proviene de «Programa de Transición. La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional» (p. 33) y la segunda de «Discusiones sobre el
Programa de Transición» (pp. 120-121).

46. Aceptar esas propuestas del capital, significa para los trabajadores asumir los intereses de la empresa, esto es «aceptar que la concurrencia capitalista se reintroduzca en el seno de la clase obrera, y, por lo tanto, aceptar también desarmarse frente a los efectos objetivos de esta concurrencia, cuando ésta afecta a esa empresa particular».

47. «Pero para que esta aplicación sea posible en período de dualidad de poder, son indispensables acciones ejemplares en período no revolucionario, incluso si sabemos que esos ejemplos no son viables. De lo que se trata es del desarrollo de la conciencia de clase de los obreros que deben aprender en la práctica a cuestionar el poder de los patrones y del capital sobre las máquinas y los hombres» (E. Mandel, «Contrôle
ouvrier et stratégie révolutionnaire
»).

48. «La función de agitación en favor del control obrero es justamente hacer que las masas, a través de su propia experiencia, y partiendo de sus preocupaciones inmediatas, comprendan la necesidad de expulsar al capitalista de la fábrica y a la clase capitalista del poder. Cuando se sustituye esta agitación pedagógica por la de la ’autogestión’, se impìde que las masas asimilen esta experiencia estimulándolas, en la práctica a las reivindicaciones inmediatas [... ] Otro resultado permicioso de un inicio de aplicación práctica de la autogestión obrera en el seno del modo de producción capitalista, al margen de una situación revolucionaria, reside en su tendencia a transformar la energía de la vanguardia obrera, disponible para fines de agitación, en energía productiva. En lugar de organizarse dentro de la fábrica ocupada con vistas a extender las luchas a otras fábricas de la misma ciudad, la región, la rama industrial y aun del país, los obreros que reinician la producción por su cuenta deben concentrar todos sus esfuerzos en la organización de una producción tanto más amenazada cuanto más aislada se encuentra. En lugar de situarse en el terreno donde son más fuertes –el de la lucha de clases que se generaliza– se colocan en el terreno donde su inferioridad es manifiesta: el terreno de la competencia del mercado capitalista» (Control obrero..., cit., pp. 32-33).

49. La crisis..., cit., pp. 273-274. La estrategia de reivindicaciones transitorias es una de las propuestas originales básicas de la corriente marxista a la que pertenecía Ernest Mandel, al grado que al final de su vida propuso reactualizar y completar el Programa de Transición escrito por León Trotsky en 1938, sobre la base de las experiencias acumuladas, «como un antídoto indispensable a la tendencia a la despolitización, particularmente en la juventud, despolitización comprensible en vista de la pudrición de las instituciones actuales, pero muy peligrosa para la humanidad» e impulsar la discusión y la educación en torno a «la posibilidad de otra manera de concebir la política distinta a de esas instituciones desacreditadas; LA AUTOACTIVIDAD POLÍTICA» (Ernest Mandel, «Compléter le programme de transition. 1938 et aujourd’hui», La Gauche, nº 14, 12 juillet 1995). Mayúsculas del autor.

50. «La crisis de las relaciones de producción capitalistas debe verse como una crisis social general –es decir la decadencia histórica de todo un sistema social y un modo de producción, operante a lo largo de toda la época del capitalismo tardío [...] los puntos más altos de la crisis social son las situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias de la lucha de clases, cuando culmina una crisis política abierta del poder estatal burgués, en la que el proletariado plantea objetivamente la amenaza de derrocar al capitalismo e inaugurar la transición hacia el socialismo. Tales puntos son preparados poderosamente por todos los episodios de la crisis de las relaciones
de producción capitalistas que impulsan a los trabajadores a establecer órganos provisionales de poder dual a nivel de fábrica, de industria, local, regional y nacional
» (El capitalismo tardío, cit., p. 550).

51. Henri Weber, «Interview d’Ernest Mandel Sur la stratégie révolutionnaire en Europe occidental», Critique Communiste, Numéro spécial 8-9, Septembre-octobre, Paris, 1976, pp.138-140. Reflexiona sobre las experiencias de crisis revolucionaria de Rusia 1917, Alemania 1918-1919 y 1923, Hungría 1919, España 1936-1937, Yugoslavia 1941-1945, Portugal 1975.

52. Ernest Mandel, Trotsky, cit., p. 64 y ss. Acota: «Ya en Balance y perspectivas [escrito en 1906], predecía con seguridad que todo el vasto imperio sería cubierto de soviets en la próxima revolución. Y oponia incluso con audacia la democracia más directa de esos soviets a la democracia representativa indirecta de los parlamentos tradicionales. La historia ha mostrado que tenía razón sobre este punto». Después de Trotsky, avanzaron elaboraciones teóricas sobre los consejos obreros Lenin, Antonio Gramsci, Nikolai Bujarin, Karl Korsch, Anton Pannekoek y otros más.

53. «En la vida cotidiana, los trabajadores, los campesinos pobres, los pequeños artesanos, las mujeres, los jóvenes, las minorías nacionales y raciales están acostumbrados a ser aplastados, explotados, oprimidos por una multitud de poseedores y de poderosos. Tienen la impresión de que la revuelta es imposible e ineficaz, que la fuerza de sus adversarios es demasiado grande y que todo acaba siempre ’como antes’. Pero en el calor de las grandes movilizaciones y de los grandes combates de masas, este miedo, este descorazonamiento, este sentimiento de inferioridad y de impotencia desaparecen bruscamente. En estos momentos las masas adquieren consciencia de su inmenso poder potencial, cuando actúan unidas, de forma colectiva y solidaria, cuando se organizan y organizan su combate de forma eficaz» (Mandel, ¿Qué es el marxismo...?, cit., p 38).

54. Control obrero..., cit., p 10 y Trotsky, cit., p. 68.

55. Ernest Mandel, Teoría leninista de la organización, cit., p. 19.

56. Mandel, Control obrero..., cit., p. 33. «Aprendiendo a dirigir sus propias luchas, aprenden a dirigir al mismo tiempo el Estado y la economía. Las formas de organización a las cuales se acostumbran son ya las formas embrionarias de los futuros consejos obreros, de los futuros soviets, formas de organización de base del Estado obrero que debe construirse» (Mandel, ¿Qué es el marxismo...?, cit., p. 39).

57. Idem. «Como Marx lo subrayó en sus comentarios sobre la Comuna de París, se trata en efecto de una forma superior de democracia: comienza a romper las barreras entre los electores pasivos y los participantes activos en los asuntos del gobierno, la barrera entre las funciones legislativas y ejecutivas» (Mandel, Trotsky, cit., p. 71).

58. El concepto de revolución es fundamental para el marxismo. En sus análisis, Mandel parte como siempre de Marx y Engels, pasando por Lenin, Rosa Luxemburg y Trotsky, que según él fue quien más avanzó en la profundización teórica. La teoría de la revolución permanente, elaborada por éste último, no sólo contribuyó a preparar e interpretar la revolución rusa, sino igualmente sus perspectivas truncadas y la descomposición del régimen soviético. Y la clave para su comprensión está en su articulación con la revolución mundial (concepto central), que a la vez se explica justamente debido al desarrollo desigual y combinado del capitalismo, el que a la vez remite al concepto de capitalismo como totalidad. Vid en particular los trabajos de Mandel: Trotsky, cit., p. 36 y ss.; Trotski: teoría y práctica de la revolución permanente: introducción, notas y compilación, Siglo veintiuno editores, México, 1983 y la interesante síntesis que al respecto de la revolución hace Ernest en «Pourquoi sommes-nous révolutionnaires...», cit.

59. «La Comuna de París abrió la era histórica de las revoluciones proletarias y socialistas […] demostró espectacularmente la posibilidad de combinar la dictadura del proletariado con la más amplia democracia obrera, con la garantía de libertad de acción para todas las corrientes del movimiento obrero […] inauguró la era de la expropiación de los expropiadores, al decretar la socialización de las fábricas abandonadas por sus patronos e instaurar en ellas un régimen de autogestión obrera […] La Comuna de París abrió un nuevo capítulo en la tradición del internacionalismo proletario, pese a su origen jacobino nacional […] inauguró la tradición de las brigadas proletarias internacionales». Y el autor enfatiza: «La audacia de los trabajadores de París tuvo la particularidad de que los problemas fundamentales que plantearon en marzo de 1871 no han tenido solución hasta la fecha. Sabemos cuál es la principal razón de ello. No reside ni en la inmadurez de las condiciones objetivas, ni en la falta de ardor de las masas en combate. Reside en la ausencia de una organización revolucionaria adecuada» («La Comuna no ha muerto», en Ernest Mandel, Sobre la historia del movimiento obrero, Editorial Fontamara, México, 1978, pp.11-13). Se trata del texto de la alocución de Ernest a la asamblea reunida en París, en 1971, en conmemoración del primer centenario de la Comuna de París.

60. Henri Weber, «Interview d’Ernest Mandel Sur la stratégie...», cit p 154-158. Véase la interesante polémica, sobre el tema referido y otros que se encadenan, contenida en Ernest Mandel, Réponse à Louis Althusser et Jean Elleinstein, Petite collection la brèche, Paris, 1979, pp.33 y ss.

61. Este es uno de los temas que más desarrolla Mandel, ya no solamente a nivel teórico, sino analizando en concreto la contrarrevolución burocrática en la Unión Soviética y luego en los países del Este, estudiando la naturaleza del Estado, de la economía y las relaciones sociales en las nuevas sociedades poscapitalistas. Ésta problemática extremadamente compleja y polémica requeriría al menos un artículo especial, por lo que no la abordaré aquí. Sólo señalo que Mandel realizó una labor inmensa de reflexión, crítica, debate y elaboración al respecto, desde su Tratado de economía marxista de 1962, donde dedica tres capítulos al tema, hasta su última obra, publicada en 1992, El poder y el dinero. Contribución a la teoría de la posible extinción del Estado, Siglo veintiuno, México, 1994.

62. Control obrero..., loc cit. Consultar también Mandel, Trotsky, loc cit.

63. Ernest Mandel, «Démocratie socialiste et dictature du prolétariat». Este texto fue la base de lo que se convirtió en una de las Resoluciones principales del XI Congreso Mundial de la Cuarta Internacional, efectuado en noviembre de 1979 en Bélgica y en un punto de referencia central en el debate sobre la cuestión; en adelante citaremos la versión española del texto definitivo, que no está firmado por Mandel,
pero que es prácticamente idéntico al citado: «Democracia socialista y dictadura del prletariado», Inprecor. Intercontinental press, número especial, Spi.

64. Es muy interesante la polémica que Ernest Mandel realiza con los eurocomunistas respecto a la democracia, las instituciones estatales y el Estado en el capitalismo, así como las ilusiones sobre su posible transformación gradual a golpes de reformas: Crítica del eurocomunismo, Editorial Fontamara, México, 1978, especialmente los capítulos 9 y 11.

65. «El socialismo del futuro», cit. p.98. Subrayados del autor.

66. Escritos de Ernest Mandel..., cit., p. 45; Henri Weber, op. cit., 148 y ss. «Los marxistas revolucionarios luchan por las libertades democráticas más amplias posibles bajo el capitalismo. Cuanto más amplias sean estas libertades, tanto mayores serán las posibilidades de los trabajadores y de sus aliados para luchar por sus intereses, para mejorar la relación de fuerzas entre las clases a favor del proletariado, y para
encaminarse así a la prueba de fuerzas final con los capitalistas, en la lucha por el poder, en las mejores condiciones
».

67. «Democracia socialista...», cit, p. 205-206. Los conceptos y citas que siguen son retomados de este texto, mientras no se señale otra cosa.

68. «Sin una plena libertad de organizar grupos, tendencias y partidos políticos, no es posible la completa materialización de los derechos y libertades democráticas de las masas trabajadoras bajo la dictadura del proletariado. Mediante su voto libre, los trabajadores y campesinos pobres indicarán ellos mismos qué partidos desean que formen parte del sistema de los soviets. En este sentido, la libertad para organizar
grupos, tendencias y partidos distintos [...] constituye una condición previa para el ejercicio del poder político por la clase obrera […] Socialmente, esta libertad constituye una condición para que la clase obrera pueda llegar colectivamente, en tanto que clase, a un punto de vista común, o al menos a un punto de vista mayoritario, en torno a los innumerables problemas tácticos, estratégicos e incluso teóricos (programáticos)
que implica la gigantesca tarea de construir una sociedad sin clases, bajo la dirección de unas masas tradicionalmente oprimidas, explotadas y aplastadas
» («Democracia...», cit., p. 206).

69. En este sentido véase el muy notable trabajo «Situación y futuro del socialismo», citado.

Arturo Anguiano es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (México).

Font: Ernest Mandel, autoemancipación de los trabajadores y democracia socialista

+ Info:

Hagamos renacer la esperanza. Ernest Mandel

Cómo hacer una revolución. Peter Camejo

ERNEST MANDEL TEÓRICO DE LA REVOLUCIÓN. Osvaldo Soriano


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