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Anticapitalistes
  
dimecres 9 de març de 2016 | Manuel
Marx sobre la censura y algunas reflexiones

Rolando Astarita

A raíz de la nota que publiqué contra la censura “socialista” en el arte (aquí), algunos lectores escribieron al blog preguntando qué relación tiene mi crítica con la posición de Marx. Respondí que la idea del censor ubicado por encima de la sociedad está inspirada en el texto de Marx, de 1842, “Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana acerca de la censura” (Escritos de juventud, México, FCE, pp. 149-169). En esta nota amplío mi respuesta de Comentarios. Para eso, cito extensamente pasajes del texto de Marx que influyeron o conectan con la posición que defiendo en la entrada anterior, y añado comentarios en cuanto su pertinencia con respecto a la censura “socialista”, esto es, la censura en regímenes que se califican a sí mismos de revolucionarios. En otros términos, debido a que en la entrada anterior critiqué la censura de Stalin, en esta nota los ejemplos y reflexiones están centrados en el régimen stalinista.

Antes de entrar en el tema, permítaseme aclarar que cuando hablo de eliminar la censura, me refiero a la censura de opiniones y posturas científicas o artísticas; no tiene nada que ver con ocultar secretos militares, por ejemplo. En lo que sigue, los pasajes de Marx van en itálica.

1. “La censura es la crítica oficial, sus normas son normas críticas, las menos indicadas para, por lo tanto, para sustraerse de la crítica que ellas mismas proclaman”. Esto es, la censura conlleva un mensaje, que es el mensaje oficial, concretado en las normas que la rigen en tanto censura. Por lo tanto, sigue el razonamiento de Marx, esas normas, que contienen crítica, deberían ser pasibles de la crítica. Pero si esto es así, la censura es intrínsecamente contradictoria.

2. La Instrucción prusiana sobre la censura reconocía que desde hacía mucho tiempo no se aplicaba el Edicto sobre Censura de 1819. Lo cual implicaba reconocer que la ley no se aplicaba. Pero no es un problema de los censores, afirma Marx, sino de la ley que habían aplicado las más altas autoridades del Estado. Por eso, continúa el razonamiento, no se trata de imputar a individuos o descargar argumentos “ad hominem”. No hay que convertir el tema en una cuestión de encono contra personas, ni hay que sacrificar personas para mantener la institución. La crítica es a la censura como tal. Para “bajarlo” a la actualidad: no se trata de criticar personas, o “excesos” de algunos funcionarios. Se trata ir al fondo de la mecánica de la censura y su vinculación con el Estado.

3. Refiriéndose a la violación de la ley: “Durante veinte años han venido actuando ilegalmente unas autoridades encargadas de tutelar el más alto de los intereses de los ciudadanos que es su espíritu; autoridades que tienen por misión regular, en medida todavía mayor que los censores romanos, no solo la conducta de los ciudadanos individuales, sino incluso el comportamiento del espíritu público”. Marx tiene se refiere a la censura de la prensa. Pero la idea la podemos extender a la censura en el arte. De lo que se trata es de controlar –censurando en el arte, el periodismo, la ciencia- el comportamiento del espíritu del público. Es el fondo del alma del burócrata. El Estado, a través de sus funcionarios, parece decir: “tengo tal grado de poder, que voy a controlar y dictar con qué puede satisfacerse tu espíritu, y con qué no puede hacerlo”.
Marx critica la Instrucción cuando dice que la censura no debe entorpecer la investigación “seria y modesta” de la verdad. Señala que con esos criterios (seriedad y modestia) se desvía la atención de lo que debe importar, la verdad. Por eso se pregunta si “no es deber primordial del investigador de la verdad lanzarse directamente a la búsqueda de esta, sin mirar a derecha o izquierda”. Añade que las observaciones sobre la modestia no caben, ya que la modestia no puede ser lo que caracteriza a la búsqueda de la verdad (ampliación: sobre el rol reaccionario de la modestia, versus el pecado de soberbia en la Iglesia, ver aquí). Lo que busca el Estado, en sus Instrucciones, es imponer el temor a la investigación.

5. La exaltación de la modestia se vincula a la supresión de la individualidad. Marx observa que “[l]o mío es la forma, a la que yo imprimo mi individualidad espiritual”. Sin embargo, “[l]a ley me permite escribir, pero me ordena escribir en un estilo que no es el mío”. Se busca así la uniformidad. “No exigís que la rosa tenga el mismo perfume que la violeta, pero queréis que lo más rico de todo, que es el espíritu, solo exista de un modo. (…) Gris sobre gris: he aquí el único color lícito de la libertad. Cada gota de rocío en que se refleja el sol, brilla en un juego inagotable de colores, ¡y queréis que el sol del espíritu, al refractarse en incontables individuos e innumerables objetos, se manifieste en un solo color, en el color oficial! La forma esencial del espíritu es la alegría, la luz, ¡y queréis hacer de la sombra su modo adecuado de expresarse, queréis que solo ande vestido de negro, como si hubiera una sola flor negra! La esencia del espíritu es la verdad siempre igual a sí misma, ¿y en qué tratáis de convertir su esencia? En la modestia”. Y más adelante, Marx señala que con la censura “se erige en género exclusivo el género tedioso”. Es la esencia del censor, el gris sobre gris. Es el bibliotecario Jorge, en la abadía de El nombre de la rosa, ocultando el libro sobre la comedia. Y sostengo que el pasaje se aplica a los defensores de la censura “socialista” en el arte, o en cualquier otro campo. La anulación de la individualidad, las “autocríticas” exigidas a los “intelectuales pequeño burgueses que no se subordinan al proyecto colectivo”, la sospecha sobre todo lo que se desvía de la “línea correcta que apunta al progreso de la Historia”, configuran el mundo de la uniformidad, de las producciones intelectuales que provocan tedio, de la chatura. Pero todo esto equivale al ahogo de las energías vitales.

6. Marx dice que la apelación a la “seriedad y la modestia” nos deja a merced del censor: “¡Serio y modesto! ¡Qué conceptos tan fluctuantes y relativos! ¿Dónde termina la modestia y comienza el orgullo? Estamos atenidos al temperamento del censor”. El temperamento del censor es la arbitrariedad del funcionario que se ha ubicado por encima de la sociedad, y decide por ella. Pero esto equivale al Estado colocado por encima de la sociedad. En el caso específico del Estado en transición al socialismo, el censor es el burócrata que atiene a las masas trabajadoras al capricho de su temperamento (y se considera a sí mismo la “ilustrada vanguardia”).

7. Pero con lo anterior todavía no se llegó al control íntimo. Marx critica el pasaje de la Instrucción en que se establece que no deben rechazarse las producciones cuya “redacción sea decorosa y su tendencia bien intencionada”. Escribe: “El escritor queda sometido así al más espantoso de los terrorismos, al tribunal de la sospecha”. Ya no hay hechos objetivos a juzgar, sino intenciones: “… las leyes tendenciosas no castigan solamente lo que hago, sino lo que, por fuera de mis actos, pienso. (…) Póngame como me ponga, no se trata de hechos. Mi existencia resulta sospechosa, mi naturaleza más íntima, mi individualidad se considera mala y se me castiga por esta opinión”. De nuevo, y para conectarlo con experiencias vividas, en los “socialismos reales” las acusaciones por “intenciones” fueron una constante. Por supuesto, esto llevaba a una autocensura en todas las formas de expresión, incluido el arte. No solo había que evitar producir hechos que dieran pie a acusaciones, sino también no dejar traslucir indicios de oposición espiritual al régimen. Es que el afán de controlar las mentes, llevado a su última consecuencia, aboca en la fiscalización de las intenciones del espíritu. En el mundo del stalinismo, encontramos una expresión de esto en los diarios íntimos de los soviéticos, en particular de viejos revolucionarios o altos funcionarios. Por autocensura no se escribía lo que se pensaba siquiera en el diario; o se lo ponía bajo formas disimuladas y alusiones. Es que se era consciente de que ese diario, en manos de la GPU y de los fiscales, podía convertirse en una prueba decisiva acerca de las “verdaderas intenciones” del acusado. El diario de Alejandra Kollontai (antigua oposicionista, alineada con Stalin en la polémica de los veinte, embajadora en Noruega en los treinta), es ilustrativo. Consciente de la vastedad de la represión que se desarrollaba en la URSS, Kollontai se cuidaba de anotar nombres (ejemplo, habla de “el huésped” para referirse a alguien que le trae noticias terribles de Rusia) o de comprometer opiniones a fondo. Y aunque estaba medianamente a resguardo de las represalias, en 1942 su diario fue sometido a inspección, y tuvo un dictamen “favorable” gracias a la buena voluntad del examinador (véase Farnsworth, B., 2010: “Conversing with Stalin, Surviving the Terror: The Diares of Aleksandra Kollontai and the Internal Life of Politics”, Slavic Review, vol. 69, pp. 944-970). Marx dice que en el Estado prusiano se habilitaba al censor a clasificar a todos los ciudadanos “en sospechosos y no sospechosos, en bien intencionados y mal intencionados”. Agrega: “Es el censor, suplantando a Dios, en juez de los corazones”. ¿Cuál es la diferencia con el régimen stalinista? Por supuesto, sabemos la respuesta del defensor stalinista de la censura: la diferencia es que en los 1930 avanzaba “la rueda de la Historia”. Como si los medios empleados pudieran desconectarse del lugar hacia el cual avanzaba esa “rueda de la Historia”.

8. Al incluir las intenciones en los criterios de censura, está abierta la puerta para la arbitrariedad, sin que, por otra parte, se pueda sospechar siquiera de las intenciones del Estado. Escribe Marx: “Tratando de reprimir las intrigas provenientes de los individuos mal intencionados o mal informados, la Instrucción obliga al censor a confiarse y atenerse a tales intrigas y a las delaciones de individuos mal intencionados y malinformados, al degradar los juicios de la esfera del contenido objetivo a la esfera de las opiniones o las arbitrariedades subjetivas. No se quiere que se sospeche de las intenciones del Estado, pero la Instrucción parte de las sospechas que el Estado inspira”. Luego: “se viola el principio de la personalidad de tal modo que se juzga, no por los actos, sino por las opiniones acerca de la opinión que los actos inspiran”. La intriga, la delación, la violación del principio de la personalidad, son los condimentos necesarios de la censura convertida en sistema. En este punto, y como elemento de reflexión, recomiendo al lector la novela El cero y el infinito, de Arthur Koestler (se puede bajar de la web); también muy ilustrativa sobre la operación de anulación del “yo”, de la personalidad que piensa, para suplantarlo por el regimentado y burocrático “nosotros”. Precisemos que este “nosotros” burocrático no es una unidad concreta (y consciente) de personalidades, sino una unidad mecánica y monocorde, sostenida por coerción, explícita o implícita.

9. La lógica de la censura lleva a ubicar al censor por encima de la sociedad. “Se exige modestia, y se parte de la enorme inmodestia de convertir a algunos servidores del Estado en espías de los corazones, en depositarios de la sabiduría total, en filósofos, teólogos, políticos, en el Apolo délfico. (…) La verdadera inmodestia es aquella en que ciertos individuos incurren al arrogarse la perfección del género humano. (…) A nosotros se nos ordena confianza y se confiere a la desconfianza fuerza legal”. Luego, refiriéndose a que la censura en Prusia podía decidir qué periodista no reunía las condiciones necesarias para ejercer su oficio, Marx escribe: “Y no se apunta [en la Instrucción] la más leve duda de que el censor posee la capacidad científica necesaria para poder juzgar acertadamente la capacitación científica de los redactores, cualquiera sea ella”. Pero, sigue su argumento, si esos “genios universales” del gobierno tienen tal capacidad, ¿por qué no escriben? Y aquí introduce un argumento importante, que conserva toda su validez. La idea es: si los censores saben tanto como para censurar “con criterio científico”, ¿por qué no refutan con argumentos a los que censuran, en lugar de censurarlos? Después de todo, es un camino mejor que la censura: “Pues no cabe duda de que un medio mucho mejor que la censura para acabar con los extravíos de la prensa sería que estos funcionarios, pujantes por su número y poderosos por su ciencia y su genio, se levantasen de una vez y aplastasen con su peso a aquellos míseros escritores que solo conocen un género, e incluso actúan en él sin una capacidad oficialmente acreditada”. ¿Hace falta señalar que esto lo podemos aplicar totalmente a todos los mediocres que se postulan como censores de todo lo que no saben ni pueden rebatir? Aplíquese al régimen autoritario que se quiera. Si los socialistas no podemos refutar con argumentos a los argumentos de nuestros críticos, ¿estaríamos entonces autorizados para suplantar nuestra falta de razones con la razón de la represión?

10. Para ir terminando: “… la esencia de la censura descansa, en general, en la arrogante confianza que al Estado policíaco le merecen sus propios funcionarios”. Agregaría: también descansa en la arrogante confianza que tienen algunos intelectuales en la superioridad de la represión y el sofocamiento del pensamiento, por sobre los debates de ideas y la libre expresión de perspectivas culturales distintas.

11. Para terminar: “La verdadera cura radical de la censura sería su supresión”. Dicho para el Estado prusiano a mediados del siglo XIX, tiene plena aplicabilidad en lo que hace a las expresiones artísticas, culturales, científicas, de cualquier sociedad que pretenda avanzar al socialismo. Y no se trata de criticar “excesos”, o a personas (véase el punto b, más arriba), sino de acabar con la censura como tal. Es todo el sistema de cultura y producción intelectual articulado en torno a la censura el que debe criticarse.

8/3/2016

https://rolandoastarita.wordpress.com/2016/03/08/marx-sobre-la-censura-y-algunas-reflexiones/


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