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Anticapitalistes
  
dilluns 7 de març de 2016 | Manuel
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS. Parte 1. La NEP y su crisis (1921-1927)

Rolando Astarita

I. Introducción: El comunismo, un humanismo

En una nota publicada a comienzos de 2011 (aquí y aquí, también aquí) polemicé con las tesis que dicen que la URSS fue un régimen socialista, un capitalismo de Estado o un Estado obrero burocrático, y sostuve que se trató de un régimen burocrático, no proletario y no capitalista /1, que bloqueó la transición a la socialización. Por socialización entiendo la toma del control y administración efectiva de los medios de producción por los productores. En particular, y en oposición a la caracterización trotskista de la URSS como Estado obrero, planteé que hacia fines de los 1930 había cristalizado un aparato estatal colocado por encima de los trabajadores, y hostil a estos. Decía: “… entre el período de la colectivización forzosa y la terminación del llamado Tercer Proceso de Moscú, en 1938, ocurrieron cambios tan profundos, que generaron un abismo social entre los productores directos y la burocracia. Se trató de una catástrofe humana, de proporciones colosales, que acarreó la ruptura de la alianza de los campesinos con el régimen; la muerte de millones de personas; la eliminación de la vanguardia revolucionaria y crítica; la extensión del terror entre la clase trabajadora (por cualquier falta menor en el trabajo, o discrepancia, se podía terminar en un campo de trabajo forzado); y el consiguiente reforzamiento de la burocracia como un grupo explotador”.

El presente escrito está dedicado a ese período crucial de la historia de la URSS, marcado por el giro de la dirección stalinista hacia la colectivización y la industrialización acelerada, y a la idea de Trotsky de que el régimen soviético, en vísperas de la invasión nazi, no solo continuaba siendo un régimen obrero, sino incluso había fortalecido ese carácter con respecto a 1928-9.

Al colocar en el centro del análisis la tensión entre burocracia y clase obrera, el enfoque trotskista es más complejo que las caracterizaciones de la URSS como capitalista o socialista; por eso también brinda las aristas más ricas para abordar los cambios ocurridos en aquellos tiempos traumáticos del “giro a la izquierda” de Stalin. Asimismo, se trata de la interpretación que más vínculos teóricos tiene con el enfoque que defiendo.

A fin de facilitar su lectura, adelanto que la idea que recorre la nota es que la colectivización y la industrialización acelerada marcaron el quiebre definitivo de la naturaleza proletaria del Estado soviético. Naturalmente por lo tanto, se opone por el vértice a la afirmación de Stalin de que la sociedad soviética, en 1931, había entrado en la era del socialismo. Pero también la nota es crítica del balance de esa etapa que hicieron Trotsky y los trotskistas. Es que si bien Trotsky denunció los costos y excesos de las políticas stalinistas, pensó que a resultas de la colectivización y de la industrialización se habían fortalecido los elementos socialistas del régimen soviético. Un planteo este que remite al nudo de las diferencias que mantengo con el trotskismo en torno a la naturaleza social de la URSS. Por eso, en esta Introducción resumo su posición ante el carácter y los resultados de la política de Stalin en el período considerado.

La interpretación de Trotsky del giro de 1928

Hacia 1928 en la Oposición de Izquierda –de la que formaba parte Trotsky- la idea dominante era que en la URSS estaba en curso una contrarrevolución termidoriana, encabezada por los campesinos ricos, o kulaks, y los “hombres de la Nueva Política Económica”, (comerciantes, especuladores del mercado y similares). En los años precedentes los kulaks se habían fortalecido gracias a la política aplicada por Bujarin y Stalin desde 1923-4, y en 1928 se asistía a una importante retención de ventas de grano por parte de los campesinos. Lo cual amenazaba el abastecimiento de las ciudades y la industria. Aunque no está claro que se tratara simplemente de una rebelión de los kulaks (véase más abajo) Stalin, sintiéndose acorralado, rompió con Bujarin y el ala de derecha del Partido, denunció el avance kulak y dio un brusco giro hacia la colectivización del agro y la industrialización a marchas aceleradas.

Frente a este cambio, importantes dirigentes de la Oposición de Izquierda –Radek y Preobrazhenski entre ellos- pensaron que el régimen se había visto obligado a adoptar la línea proletaria que defendía la izquierda, y pasaron a las filas de Stalin. Trotsky y sus seguidores, en cambio, mantuvieron la exigencia de democracia obrera y criticaron el giro, empírico y apresurado, de Stalin, así como la instrumentación burocrática de las medidas. Sin embargo, también consideraron que el cambio tenía un contenido progresivo, en tanto frenaba la contrarrevolución. Por eso, el 22 de agosto de 1929 Christian Rakovsky y otros dos dirigentes, aliados de Trotsky, hicieron pública una declaración en la que se manifestaban solidarios con la realización del Plan quinquenal, aunque alertaban sobre el peligro de la burocracia. Reconocían también que el agravamiento de la lucha de clases y el avance de la derecha habían “abatido parcialmente las barreras entre el Partido y la Oposición de Izquierda”. Un mes más tarde, Trotsky (que había sido expulsado de la URSS) adhirió al documento, y pidió que la Oposición tuviera su lugar en el Partido “a fin de poder defender la causa de la revolución internacional de una manera que esté de acuerdo con sus propios puntos de vista” (citado por Broué).

El trasfondo de esta postura era que Trotsky estaba convencido de que la liquidación de la pequeña propiedad agraria y del kulak, y la ampliación de la industria estatal, eran sinónimo de reforzamiento de los elementos socialistas por sobre los elementos capitalistas. Por eso, la declaración de agosto de 1929 no fue dictada por alguna conveniencia política circunstancial. Estaba en línea con planteos que Trotsky había desarrollado desde 1923, y analizaremos con algún detalle luego. Esto explica también que en otro escrito, esta vez de 1931 saludara “el gigantesco éxito de la economía soviética” y afirmara que el tempo sin precedentes de la industrialización había probado “todo el poder del método socialista de la economía”. En igual sentido, sostenía que en la agricultura la dictadura del proletariado había tenido éxito, “revelando todo su poder creativo”. De ahí que no importaban cuán grandes pudieran ser los reveses y retrocesos en el futuro, la colectivización “significa una nueva época en el desarrollo de la humanidad”. En la URSS había “disminuido fuertemente el rol explotador de los estratos superiores” y “la relación de fuerzas entre los elementos socialistas y capitalistas de la economía han girado, indudablemente, en beneficio de los primeros” (1976; énfasis agregado). Los peligros del dominio burocrático para el Partido y el Estado eran analizados en este marco.

En La revolución traicionada, publicada en 1936, se expresó en términos parecidos: “Los inmensos resultados obtenidos por la industria, el comienzo lleno de promesas del desarrollo de la agricultura, el crecimiento extraordinario de las antiguas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades, tales son los resultados incontestables de la Revolución de Octubre, en la cual los profetas del viejo mundo quisieron ver la tumba de la civilización. (…) … el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria no en las páginas de El Capital, sino en la arena económica que forma la sexta parte de la superficie del globo; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad” (1973).

De aquí no debe deducirse que silenciara sus críticas a la dirección stalinista. Como señala Deutscher (1980), en repetidas oportunidades Trotsky pidió al Politburó una tregua en la ofensiva contra los campesinos, exigió que se aplicaran métodos más humanos en el campo y que se permitiera abandonar las granjas colectivas a los campesinos que así lo quisieran. Era consciente de que la socialización del agro no podía imponerse con los métodos de la guerra civil, y tenía información de los sufrimientos de la población. En La Revolución traicionada anota: “Las pérdidas en hombres (de hambre, de frío, a causa de las epidemias y de la represión) no se han anotado, desgraciadamente, como las del ganado, pero también suman millones” (1973; énfasis añadidos). Los costos eran gigantescos, las muertes se contaban por millones. Sin embargo, el saldo del “giro a la izquierda” era positivo. Trotsky apunta las muertes en masa, pero no reflexiona sobre sus consecuencias, ni sobre su significado para un proyecto humanista del socialismo. En todo momento parece sobrevolar la idea de que Stalin y la burocracia, al lanzar la ofensiva contra las economías campesinas, objetivamente habían defendido y fortalecido el carácter proletario de la URSS. Es como si el avance de la “rueda de la Historia” se hubiera cobrado un costo demasiado alto, debido al control burocrático, pero hasta cierto punto justificado por el fin alcanzado, la derrota de la contrarrevolución.

El balance en sus seguidores

La evaluación globalmente positiva de la colectivización y la industrialización forzadas se mantuvo, después de la muerte de Trotsky, entre sus simpatizantes y en la Cuarta Internacional. Tal vez el caso extremo de valoración positiva fue Isaac Deutscher. Según Deutscher, los cambios ocurridos en los años 1929-30 conformaron una verdadera revolución social, diferente de la de 1917, pero igualmente irreversible. Incluso se habría cumplido, objetivamente, la dinámica planteada por Trotsky en las “Tesis de la Revolución Permanente”: “Lo que se manifestó en ese cataclismo fue la ‘permanencia’ del proceso revolucionario que Trotsky había profetizado” (1980). La colectivización y la industrialización forzadas habían reemplazado la falta de extensión internacional de la Revolución, y la liquidación de los kulaks rusos era el sucedáneo de la derrota del poder burgués en el extranjero. En la URSS se había producido una “revolución desde arriba”, fundada sobre la supresión de toda actividad popular espontánea y su elemento motor había sido no una clase social, sino el aparato del Partido. En otras palabras, Stalin había actuado como el agente inconsciente de la revolución permanente, aunque Trotsky no lo quisiera reconocer.

Aunque sin llegar a ese extremo, el balance positivo del giro de 1928-9 también se mantuvo en la Cuarta Internacional. Por ejemplo, en el Tratado de economía marxista, Ernest Mandel reconocía que el pueblo soviético había tenido que pagar “un terrible tributo por la rápida industrialización”, y criticaba los despilfarros y pérdidas ocasionadas por la dirección stalinista. Sin embargo, esas medidas habían posibilitado un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas. Solo en un pie de página, Mandel anota: “El número de animales sacrificados fue pues más desastroso en 1930 (cerdos) y 1931 (bovinos y ovinos). La consecuencia fue un temible período de hambre en 1932-3”. Es todo el comentario que merece la muerte de millones de personas. Esto no puede explicarse por insensibilidad psicológica; encaja en un criterio general de los “costos” que demanda el progreso revolucionario.

Luego, en otro texto, de fines de los 1970, Mandel explica que la colectivización y la industrialización acelerada configuraron una etapa de acumulación primitiva socialista: “… el aislamiento de la Revolución de Octubre en un país económicamente subdesarrollado con la resultante compulsión a efectuar una ‘acumulación primitiva socialista’ implicaba deformaciones del modelo maduro de la sociedad de transición, y al fin estas deformaciones se multiplicaron infinitamente, debido al desarrollo del factor subjetivo (autoidentificación del PCUS con la burocracia soviética, burocratización del partido, stalinismo, etcétera)” (1979; énfasis agregado). Lo central del pasaje es que se ha realizado una acumulación socialista. Este tipo de análisis, por otra parte, lo comparten muchos militantes de izquierda, críticos del stalinismo. “La colectivización y la industrialización se llevaron adelante con métodos brutales, pero fortalecieron a la URSS; gracias a ello, se pudo derrotar luego al nazismo”, vienen a decir.

Una interpretación alternativa

El enfoque que recorre la nota que presento es, por lo tanto, muy distinto del que prevalece entre los trotskistas y simpatizantes de Trotsky (y por supuesto, muy distinto de lo que dicen los stalinistas). Afirmo que, si bien la industrialización fue clave en la derrota de los nazis, para ese entonces el régimen soviético había dejado de tener un carácter proletario precisamente a causa de los métodos y la forma con que se llevaron adelante la industrialización y la colectivización. Es que en los treinta la industrialización incrementó el número de obreros empleados en la economía estatal, pero estos perdieron toda posibilidad de gestión directa del Estado, o de los medios de producción. En términos más generales, el aumento cuantitativo de la clase obrera no implica mecánicamente su emponderamiento político. Además, los costos en términos de sacrificios humanos afectaron radicalmente la capacidad de respuesta y resistencia obrera frente a la burocracia. Nunca debería olvidarse que la industrialización acelerada en la URSS tuvo como premisa condiciones de vida a nivel de supervivencia fisiológica, con el telón de fondo de los miles de campesinos que migraban a las ciudades, escapando de las hambrunas que hacían estragos en las aldeas. Sin contar que en las empresas y granjas colectivas se impusieron duros castigos a quienes no cumplían las metas de producción; y que se fomentó (con el movimiento stajanovista) la división en las filas obreras. Estos no fueron meros factores a colocar en el pasivo de un balance con saldo positivo para el socialismo, ya que conformaron las condiciones para que la burocracia se consolidara como un estamento anti-socialista, que vivía de la explotación del trabajo.

Algo similar cabe decir de la colectivización, el complemento necesario de la industrialización stalinista. No solo por las hambrunas y las migraciones ya mencionadas, sino también porque su consecuencia más duradera fue la ruptura de la alianza de los campesinos con la Revolución. Trotsky tenía razón cuando, en 1923, afirmaba que “[e]l sentimiento de confianza del campesinado hacia el proletariado… es uno de los principales soportes de la dictadura del proletariado”. Esta idea era compartida por todos los dirigentes bolcheviques. Pero ese “sentimiento de confianza” desapareció entre fines de los 1920 y comienzos de los 1930. Por eso, desde entonces y hasta el colapso final de la URSS, todo estímulo a la productividad del campesino-trabajador rural pasó por las sucesivas concesiones de los gobiernos soviéticos a la producción individual (basada en los lotes que se permitieron al interior de las granjas colectivas). El camino a la socialización en el agro estaba bloqueado.

Enfaticemos también que estos resultados no pueden entenderse al margen o por fuera de los padecimientos de los millones de seres humanos afectados por la colectivización. La “acumulación primitiva” no fue socialista, como pensaba Mandel; fue solo “primitiva”, dado el nivel de violencia desplegada a nivel de masas. Y esa violencia abonó el terreno para las grandes purgas. En los años veinte, y a pesar de la represión al Kronstadt (cientos de fusilados y miles de deportados), o a los opositores (hacia fines de la década los deportados sumaban varios miles), no se había conocido nada de la magnitud, en términos de represión, de lo que ocurrió durante las purgas iniciadas en 1935-6. Pero el eslabón que conecta esos dos escenarios es el giro “de izquierda” de 1928-9. Fue en 1929 que aparecieron los campos de trabajo para prisioneros en masa, y las deportaciones, también masivas. Por eso, se equivoca Broué cuando dice que la represión desatada por el asesinato de Kirov (en diciembre de 1934), fue “el comienzo de la represión en masa en la URSS”. La represión en masa había comenzado por los kulaks, seguido por los “kulaks ideológicos” (campesinos que se resistían a entrar en las granjas), y continuado contra los “saboteadores”, buscados en las granjas colectivas y en las fábricas. Una escalada que estuvo amparada en la lógica de “la lucha de clases para derrotar a la contrarrevolución burguesa”, a partir de la cual el Gobierno movilizó a obreros y militantes del Partido para controlar y aplastar a campesinos y obreros que intentaban resistir el despotismo de la burocracia. La idea de que se luchaba contra una contrarrevolución burguesa en ascenso dio pie a esta división de los trabajadores; y esa división fue funcional a la represión de la segunda mitad de los treinta. El enfoque trotskista, en cambio, al pasar a segundo plano la represión y el hambre de masas que permearon el giro de 1928-9, no tiene manera de explicar cómo el aparato pudo lanzar, a partir de 1936, los grandes juicios, las purgas, los internamientos masivos en los campos de trabajo forzado y los fusilamientos de cientos de miles, sin encontrar prácticamente resistencia por parte de los elementos “socialistas” que, supuestamente, se habían reforzado a partir de 1929.

Tragedia de millones y sus consecuencias sociales y políticas

En base a lo argumentado, sostengo que el balance de la colectivización y la industrialización no debería hacerse en términos de “acero, carbón y grano producidos”, sino de aumento de la coerción y del control burocrático; con el foco colocado en los efectos de esa coerción sobre la organización, conciencia socialista y poder efectivo de las masas trabajadoras, urbanas y rurales. La hipótesis que adelanto es que la tragedia que abarcó, a partir de 1929, a millones de personas, marcó un quiebre en las conciencias y determinó uno de los fenómenos duraderos que más llamaron la atención de la sociedad soviética madura, a saber, el apoliticismo y la pasividad, que habilitaron al control del aparato estatal. Esto es, el régimen no se sostuvo solo ni en forma permanente por medio de la represión abierta.”En cuanto al modelo totalitario que implica una toma total del control político sobre la sociedad, se acomoda mal con los comportamientos reales: el apoliticismo de la gran mayoría de los ciudadanos. Más que los excesos del encuadramiento, es la pasividad de la sociedad la que plantea un problema”, observaban Basile Kerblay y Marie Lavigne en los años 1980. Pienso que no hay forma de desligar este comportamiento social de las formas brutales que asumió la llamada “acumulación primitiva socialista“. Pero al minusvalorar los efectos sociales y políticos de las formas brutales de la colectivización y la industrialización forzadas, el trotskismo no podía entender por qué, en 1990, la clase obrera no defendía las “conquistas sociales del Estado obrero, y por qué la caída del régimen no se traducía en la tan esperada “revolución política de carácter socialista”. Para ponerlo más en claro: si el saldo del giro de 1928-9 había sido el reforzamiento de los elementos proletarios; si a ello le siguió la derrota de la Alemania nazi por el Estado “obrero”; ¿cómo es posible que la clase obrera no avanzó al socialismo en el momento del colapso de la burocracia? No hay forma de establecer un hilo lógico en este enfoque. Por eso el balance en términos principalmente de “acero, carbón y grano” de la colectivización e industrialización debe ceder el lugar a la pregunta de qué sucedió con el trabajador común, de la granja colectiva o de la fábrica, en ese período terrible.

Lo cual conecta con la idea de que el comunismo debe entenderse como un humanismo. No es solo una cuestión ética, sino de comprensión de la naturaleza social de una revolución. Las transformaciones revolucionarias no pueden acometerse al margen de la participación activa y consciente de los millones de trabajadores que mueven las economías y generan la riqueza. No hay forma de realizarlas por fuera o por encima de lo que están dispuestos a hacer aquellos que conforman el centro vital de las fuerzas productivas. Y las conciencias y voluntades no pueden ser dirigidas “desde las cumbres de la dirección iluminada con la ciencia del marxismo leninismo”. Por eso, décadas de privaciones, o muertes por millones, no se pueden justificar diciendo que “los pueblos están construyendo el futuro venturoso.” La realidad es que para la gente común, de carne y hueso, que conforman los millones de seres que tienen familias, sueños, esperanzas, trabajos, frustraciones, alegrías y tristezas en el día a día, el socialismo debe ser un medio para vivir una vida digna de ser vivida, y no un fin en sí mismo. Como alguna vez lo decían Marx y Engels, hay que partir de los hombres concretos, de carne y hueso –de nuestros vecinos, de nuestros compañeros de trabajo, de la gente con la que nos relacionamos todos los días- de lo que ellos sienten, quieren y piensan, y no de lo que “la vanguardia” quiere que sientan, quieran y piensen.

¿Qué fuerza social?

Señalemos todavía otro problema que encierra la valoración trotskista sobre el giro de 1928-9 en la URSS. La cuestión es, ¿cuál fue la fuerza social detrás del fortalecimiento de los elementos socialistas por sobre los elementos capitalistas, durante el período bajo análisis? Tengamos en cuenta que, según el enfoque de Trotsky, el carácter de clase de un Estado es, necesariamente, en la época actual, burgués o proletario. No hay otra alternativa. Pero si esto es así, la fuerza social que impulsó el afianzamiento de los elementos socialistas por sobre los capitalistas tuvo que ser, necesariamente, obrera. Sin embargo, hacia 1928-9 la clase obrera soviética se encontraba en una situación de extrema pasividad. El desaliento, las privaciones y el hambre, la habían debilitado social y políticamente. Por eso, la explicación última de Trotsky de por qué se habían impuesto ideas conservadoras –el programa de construcción del socialismo en un solo país, el sesgo nacionalista- y la burocracia remite a esa pasividad. En 1928-9 las deportaciones de opositores, que para entonces eran considerables, acentuaban el quietismo y la confusión. Por lo tanto, y de nuevo, ¿cuál fue la base social del avance en sentido socialista que caracteriza Trotsky? Deutscher responde, como vimos, con la tesis del sustituismo; el aparato partidario sustituyó a la clase obrera (y presenta la misma tesis para explicar la revolución “socialista” en la China de 1948, casi carente de clase obrera). Pero Trotsky no adhiere a una teoría de este tipo, y explica el avance de las estatizaciones por la naturaleza del Estado soviético y de la burocracia. Esta habría cumplido la tarea “progresiva” no porque sustituyó a la clase obrera, sino porque formaba parte de la clase obrera (su estrato “privilegiado”). Pero así el argumento descansa enteramente en la noción de que estatización es sinónimo de avance socialista. Por lo cual cae en una petición de principio: la estatización de los medios de producción avanzó porque el Estado soviético y la burocracia eran de naturaleza proletaria; y el Estado fortaleció su naturaleza obrera porque los medios de producción pasaron a manos del Estado obrero, dirigido por la burocracia obrera. Las cuestiones, decisivas en el enfoque que defiendo, del rol de esa burocracia para bloquear la socialización, y como capa social enemiga de la clase obrera, desaparecen del radar del análisis.

Comentarios:

"no logro comprender como dio tal giro la revolucion de octubre": en mi opinión, el problema fundamental fue la combinación del atraso productivo y el aislamiento de la revolución, que no permitía superarlo.

"En mi opiniòn tuvo mucho que ver en la degeneracion de la URSS la Guerra Civil ... Si no tomaban medidas que iban en detrimento del desarrollo de una democracia obrera, perdìan en el conflicto bèlico y volvìan los zaristas, pero al tomar estas medidas anularon a los soviets como organismos autonomos del proletariado ... La ùnica forma de evitarla hubiera sido una ràpida extensiòn de la revoluciòn en Europa": Estoy de acuerdo en que la salida para la revolución era la extensión revolucionaria a Europa. De todas maneras, y acordando en que la intervención marcó un giro a una política represiva, las medidas más duras se toman en 1921, cuando la guerra había terminado: se suprime el derecho a fracción dentro del Partido bolchevique, y se prohíben las elecciones libres en los soviets.

"¿Cree usted que si el plan de Trotsky se hubiese impuesto, la historia del siglo XX hubiese cambiado algo a como realmente sucedió, me refiero tanto a la URSS como al sistema en su conjunto?": Creo que el propio Trotsky (aunque a veces hay ambigüedades en su pensamiento) era consciente de que las fuerzas sociales que apuntaban a la burocratización y reacción no podían ser frenadas con un mero cambio en la dirección del partido.

II. Antecedentes de la colectivización: la NEP

Antecedentes de la colectivización en la URSS

La Nueva Política Económica, NEP, establecida a comienzos de 1921, constituyó una respuesta desesperada a una crisis que amenazaba con disgregar al país. Aunque la Revolución había triunfado en el campo militar, la situación económica de Rusia era desesperante, había hambre, el ingreso nacional no llegaba a la tercera parte del nivel de 1913 y la producción industrial era menor al 20%. “Durante los dos últimos años la tasa de mortalidad había subido bruscamente, la hambruna y la pestilencia se llevaban millones de víctimas, aparte de los millones que habían caído en combate” (Avrich, 2004). Davies y Wheatcroft (2009) estiman que entre 1918 y 1922 murieron, por las hambrunas, entre 10 y 14 millones de personas. Naturalmente, crecía el descontento. “Por primera vez desde 1917 la mayoría de la clase obrera, para no hablar del campesinado, se volvía contra los bolcheviques. Un sentimiento de aislamiento comenzaba a inquietar al equipo dirigente” (Deutscher, 1979). El malestar se manifestó incluso en las asambleas fabriles de Moscú y Petrogrado que pidieron elecciones libres en los soviets, en enero y febrero de 1921. Todo indica que de haberse realizado esas elecciones, se hubieran impuesto los candidatos mencheviques (Avrich, 2004). En ese clima se reunió el X Congreso del Partido Comunista. Durante sus sesiones, se produjo el levantamiento de la guarnición de Kronstadt, una fortaleza situada en el golfo de Finlandia. Los marineros sublevados, que habían sido un bastión de la revolución en 1917, demandaron restablecer las relaciones de mercado con los campesinos y elecciones libres en los soviets. La dirección soviética cedió a la demanda económica, pero no a la política. El Congreso aprobó, a propuesta de Lenin, la NEP y mandó reprimir el levantamiento. Hubo cientos de fusilados y varios miles fueron enviados a prisión (Avrich, 2004). A su vez, el Congreso prohibió las fracciones al interior del Partido; poco después, la prohibición se extendió a las tendencias organizadas en los soviets.

La NEP consistió, en lo esencial, en restablecer los mecanismos de mercado para la relación entre la industria y el agro. Esto significaba el abandono del Comunismo de Guerra, el programa que el Gobierno soviético había aplicado durante los años de guerra civil e intervención extranjera. Ese programa había consistido, en esencia, en la requisa forzada de cereales, caballos, forrajes y otros productos a los campesinos, a fin de aprovisionar a las ciudades y al Ejército Rojo. Si bien había sido medianamente tolerado durante la guerra, cuando esta terminó los campesinos comenzaron a resistirse a seguir entregando el grano. En 1920 una autoridad gubernamental estimaba que los campesinos sustraían más de una tercera parte de la cosecha a los equipos estatales de acopiamiento; y empezaban a cultivar solo la tierra para cubrir sus necesidades directas (Avrich). Se produjo una caída catastrófica de la producción y del aprovisionamiento de las ciudades. Era la expresión de la ruptura de la alianza de los campesinos con la Revolución, ruptura que era “funesta para República soviética” (Lenin). El objetivo de la NEP, por consiguiente, fue restablecer la smichka, o unión económica y política duradera entre el proletariado y el campesinado, o entre la industria y la agricultura. Para eso, en lugar de la requisa, se estableció un impuesto (primero en especie, luego en dinero) y los campesinos fueron autorizados a comerciar su producción.

Surgió entonces un sistema económico mixto: la mayor parte de la industria estaba en manos del Estado, pero la economía campesina estaba conformada principalmente por unidades pequeñas y medianas. La NEP también dispuso concesiones para atraer capital extranjero, la formación de compañías mixtas, y que las empresas estatales debían reorganizarse respetando el principio de rentabilidad; se permitía el libre comercio y el capitalismo, que se sometían a una regulación estatal. En palabras de Lenin, la NEP admitía “la emulación económica entre el socialismo en construcción y el capitalismo, que aspira a resurgir; todo ello, con el fin de satisfacer por el mercado las necesidades de millones de campesinos” (1922a). Por eso, la NEP fue interpretada como una “retirada” en relación al programa del Comunismo de Guerra, y provocó “desmoralización, indignación y oposición en las filas del Partido y del Konsomol” , ya que muchos la interpretaron como una renuncia al socialismo (Cohen, 1976). Pero también para todos los bolcheviques se planteaba el problema de cómo avanzar desde esa estructura social mixta hacia el socialismo. Precisemos que, si bien en la tradición teórica del Partido Bolchevique estaba establecido que el socialismo solo triunfar(ía) en el plano internacional, se consideraba posible avanzar, sin embargo, hacia formas de trabajo cooperativo y en el fortalecimiento de las premisas materiales del socialismo (véase Trotsky, 1974). Y en este respecto, hubo dos líneas marcadas: por un lado, los que considerando a la NEP una retirada momentánea, esperaban el momento oportuno para lanzar una segunda gran ofensiva, o “asalto revolucionario” que liquidara de una vez los elementos capitalistas, o pequeñoburgueses. Por el otro, los que buscaron avanzar hacia metas socialistas a través de la NEP. Estas cuestiones son, en buena medida, el nudo de los problemas que enfrentó la Revolución rusa. ¿Cómo avanzar hacia el trabajo colectivo y la socialización desde formaciones sociales que involucran a millones de pequeños y medianos propietarios? ¿Cómo articular estas relaciones de producción y cambio con la economía estatizada? ¿Y cómo avanzar hacia el socialismo desde la misma economía estatizada? Gran parte de los debates, tensiones y luchas que se dieron en el seno del Partido Bolchevique y el Estado soviético estuvieron atravesadas por estas cuestiones cruciales. Cuestiones que, bajo formas diferentes, se reprodujeron luego en otras revoluciones triunfantes que se consideraron socialistas. De ahí el interés general que tiene el análisis de la experiencia rusa.

Lenin sobre estatización, socialización y cooperativas

A fin de progresar en la comprensión de lo que sigue, hay que tener presente la diferencia que establecía Lenin (y compartía el Partido) entre estatización y socialización, y las dificultades para el avance del socialismo que presentaba la estructura social de la Rusia postrevolucionaria.

La diferencia entre estatización y socialización fue subrayada en varios escritos del líder soviético. En el “Infantilismo de ‘izquierda’ y la mentalidad pequeñoburguesa”, de mayo de 1918, y polemizando con las corrientes ultraizquierdistas (su máximo referente entonces era Bujarin), Lenin planteó que la nacionalización o confiscación de los medios de producción dependía de las decisiones del poder revolucionario. Pero pasar a la socialización no era una cuestión de decisión, sino de correlación de fuerzas y de aprendizaje y educación práctica en la tarea. Esto porque la socialización significaba el control y administración efectiva de la economía por las masas trabajadoras. Por eso, “[l]a diferencia entre la socialización y la simple confiscación está en que es posible confiscar solo con ‘decisión’, sin la capacidad de calcular y distribuir correctamente, mientras que sin esta capacidad no se puede socializar” (Lenin, 1918a). Poco antes, y en el mismo sentido, se había referido a la implantación de la Ley del Control Obrero diciendo que esta “no hace más que empezar a funcionar y no hace más que empezar a penetrar en la mente de amplios sectores del proletariado”, pero para hacerse efectiva “no basta con la Ley” (Lenin, 1918b). Por eso reconocía que en las empresas que se habían confiscado “no hemos logrado todavía implantar el registro y el control” (ídem). Una de sus conclusiones era la necesidad de incorporar especialistas burgueses, incrementar la disciplina y copiar formas de organización del trabajo (incluido el taylorismo) de las empresas capitalistas.

No vamos a discutir aquí si esas medidas eran apropiadas, pero lo que nos interesa remarcar es la conciencia de que la socialización era un proceso a conquistar, que no podía lograrse con medidas administrativas. De ahí también la preocupación ante la tendencia a delegar la participación en los soviets: “Debemos trabajar infatigablemente para desarrollar la organización de los soviets y el poder soviético. Existe una tendencia pequeñoburguesa de transformar a los miembros de los soviets en ‘parlamentarios’, o si no en burócratas. Debemos luchar contra esto haciendo participar a todos los miembros de los soviets en la labor práctica del gobierno” (Lenin, 1918b).

La cuestión se planteaba en términos todavía más agudos cuando no se trataba de grandes unidades productivas, sino de los millones de pequeños productores, principalmente campesinos. En 1918 Rusia era un país de pequeños campesinos, la enorme mayoría “pequeños productores de mercancías” (1918a). Este elemento pequeñoburgués representaba la principal amenaza interna al socialismo, ya que espontáneamente generaba diferenciación social y capitalismo, y se resistía a toda intervención del Estado (Lenin, 1918a). Sin embargo, el campesinado no podía desaparecer por decreto, por decisión “desde arriba”. ¿Cómo organizar entonces el trabajo y la distribución entre millones de trabajadores pequeño-propietarios (además de los campesinos, había que tener en cuenta a los pequeños productores artesanos), si el socialismo debe ser una construcción consciente de las mismas masas trabajadoras? De ahí que Lenin propusiera formas intermedias de capitalismo de Estado, como la organización de cooperativas de consumidores (véase textos citados).

Esta política fue interrumpida durante la guerra civil, para ser retomada y profundizada con la NEP. En el X Congreso, Lenin afirmaba: “…en un país donde la inmensa mayoría de la población son pequeños productores agrícolas, solo es posible llevar a cabo una revolución socialista a través de una serie de medidas transitorias especiales…” (1921a). Para lo cual era necesario tiempo: “… la labor de transformar al pequeño agricultor, de trastocar su psicología y sus hábitos, es obra de generaciones. Solo la base material, la maquinaria, el empleo en gran escala de tractores y otras máquinas en la agricultura, la electrificación de todo el país, puede transformar de raíz y con enorme celeridad la psicología del pequeño agricultor. Esto es obra de generaciones enteras, pero no digo que hagan falta siglos”. “Cambiar la psicología y los hábitos del campesino”, se ve aquí una preocupación por avanzar con millones de productores, no contra ellos. En todo esto subyace la idea de una evolución reformista: “En el momento actual, lo nuevo para nuestra revolución es la necesidad de recurrir a un método ‘reformista’, gradualista, prudentemente indirecto, de actividad en las cuestiones fundamentales de la construcción económica” (Lenin, citado por Cohen).

Por eso también la necesidad de permitir el intercambio comercial, que en su programa de 1918 casi no figuraba. En este marco, afirmaba: “Debemos esforzarnos por atender las demandas de los campesinos que no están satisfechos, que tienen motivos para estar descontentos. Debemos decirles: ‘Esta situación no se puede prolongar por más tiempo’”. En otro texto del mismo período, “El impuesto en especie”, enfatiza la necesidad de encauzar a la pequeña producción hacia el capitalismo de Estado (Lenin, 1921b). En un saludo enviado al Pravda, en 1922, escribía: “Mi deseo es que en los próximos cinco años conquistemos pacíficamente no menos que conquistamos antes con las armas” (citado por Cohen). Y poco antes de morir insiste en que el gobierno soviético debía ayudar, con suministros industriales y créditos, a los campesinos pobres y medios a avanzar hacia cooperativas. A diferencia de los escritos de 1918, donde solo se mencionan las cooperativas de consumo, ahora las cooperativas de producción pasan a ser centrales. Ellas servirían para generar una cultura solidaria, y permitirían mostrar, en la práctica, las ventajas del trabajo en común. El ingreso del campesino sería voluntario y las cooperativas debían ser reales, no máscaras detrás de las cuales se ocultara la propiedad colectivizada. Por eso, organizar a la población en cooperativas demandaría “toda una época histórica”; en el mejor de los casos, “una o dos décadas”, y debería ser acompañada por una “revolución cultural”, entre otras razones porque el analfabetismo llegaba al 65% de la población (véase Lenin, 1923).

NEP y democracia soviética

Una de las cuestiones que posiblemente más llaman la atención al leer los escritos leninistas del período de la NEP, es que los mismos no articulan la propuesta de avanzar voluntaria y paulatinamente hacia formas cooperativas, con el giro hacia un régimen represivo, marcado por la supresión de fracciones organizadas al interior del Partido, de las elecciones libres en los soviets, y la represión al Kronstadt. Naturalmente, el punto de partida del razonamiento es materialista. Lenin no se engaña acerca de la importancia de la infraestructura tecnológica y productiva para la transformación de la pequeña economía campesina. Pero esa transformación, según el mismo Lenin, tenía que ser acompañada por una “revolución cultural” y las demandas campesinas debían ser atendidas. La pregunta entonces es cómo podría haber una “revolución cultural” , cómo podían escucharse y atenderse las demandas de los campesinos (y de los obreros) sin libertad de discusión y participación de partidos políticos en los soviets. Este aspecto de la cuestión, que había estado en el centro de las demandas de Kronstadt y de asambleas obreras en Moscú y Petrogrado, es pasado por alto en la formulación de la NEP en 1921-2. Pero entonces el control del Estado sobre el mercado, que preveía la nueva política, no podría basarse en la acción colectiva de los productores. En otras palabras, en los papeles se sostenía que los campesinos debían hacer su experiencia y comparar los resultados de sus explotaciones individuales con los de las cooperativas. Pero para hacer la experiencia y comparar, es necesario que haya libertad de discutir y comparar propuestas y experiencias. Lo cual parece imposible si se ahoga la democracia en los organismos básicos del poder soviético. Según Lenin, y las resoluciones del Partido y el Gobierno, el centro de gravedad debía desplazarse “hacia la labor pacífica de organización ‘cultural’”. Sin embargo, este nuevo eje exigía entonces, imperiosamente, la profundización de la democracia soviética, que las resoluciones de 1921 restringían.

Pero a su vez, al suprimirse los mecanismos de la democracia socialista, se potenciaban los burocrático-administrativos. En este respecto, los últimos escritos de Lenin también evidencian preocupación por la creciente burocratización en todas las instancias del Estado. Así, en el XI Congreso del Partido, admite que en Moscú, por ejemplo, 4700 comunistas responsables eran dirigidos, en la realidad, por una “gran máquina burocrática” , con mayor cultura y capacidad en la administración (1922b). Para referirse a los burócratas Lenin utilizaba el término chinóvnik, que entre los bolcheviques designaba un burócrata de Estado en el sentido más despreciable de la palabra (Cohen). Sin embargo, esa “montaña de burocracia” (Lenin) no podría ser derrotada si se cerraban las exclusas a la participación democrática de las masas trabajadoras en los soviets. El aspecto político -control de las masas trabajadoras- contemplado en la formulación de la NEP era decisivo para que la libertad de mercado no derivara en capitalismo abierto. Pero para ello se requería volver a las ideas de la democracia soviética, que el mismo Lenin había formulado en El Estado y la revolución, en 1917. Si, por el contrario, se pretendía controlar esas tendencias mediante intervención administrativa del Estado, se alimentaría al chinóvnik. Por eso el Partido, y menos todavía su fracción dirigente, podían sustituir a la clase obrera, ni cubrir con medidas administrativas, las debilidades de la alianza de los campesinos, sin fortalecer, objetivamente, a la naciente burocracia.

Los resultados de la NEP

La NEP permitió reconstituir la economía. En 1926-7 la producción industrial era un 8% superior a la de 1913 (Nove, 1973); Wheatcroft, Davies y Cooper (1986), la ubican entre un 2 a 6% por encima (y un año después 18 a 23% más elevada), o sea, unas tres veces superior al nivel 1921-2. La producción de pequeña escala, en su mayor parte artesanal, era aproximadamente igual, en 1926-7, al nivel de 1913. La de granos era 4% menor que la de 1913 (Nove). Según Wheatcroft, Davies y Cooper, en la segunda mitad de los 1920 la producción de granos estaba más de un 5% por debajo del promedio 1909-13, y más de un 20% por debajo de la cosecha excepcional de 1913. El número de caballos en 1928 era menor un 14% que en 1914 y el de vacas y cerdos 7% y 10%, respectivamente, mayor. Sin embargo, de conjunto la producción agrícola era más elevada porque la producción de cultivos industriales, vegetales y patatas compensaba la declinación del grano. Por otra parte, la mejora en la calidad y composición de los rebaños parece haber incrementado la productividad. Según Wheatcroft, Davies y Cooper, la producción agrícola de conjunto, en 1928, era un 10 a 12% superior que el promedio 1909-13. En lo que respecta a la inversión en viviendas, construcciones rurales y ganado, el nivel de 1926-7 era algo menor que el de 1913. La inversión en la industria, en cambio, superaba ostensiblemente el nivel de preguerra. Wheatcroft, Davies y Cooper concluyen que la economía de la NEP, alrededor de 1928, era dinámica, aunque con importantes limitaciones (ver más abajo). La NEP también dio lugar al restablecimiento del rol del dinero y hubo un mercado relativamente amplio; entre 1923-4 y 1926-7 el comercio se multiplicó por 2,5. La mejora en la situación económica hizo a la NEP más digerible, a los ojos de muchos bolcheviques (véase Cohen). Aunque hay que destacar que la mejora de la industria, y la producción en general, que se produjo hasta 1926, fue la parte fácil, ya que se hizo en buena medida utilizando capacidad ya instalada. Este límite estaría en el centro de las crecientes dificultades de la NEP (véase más abajo).

III. Los problemas en la NEP: ¿quien controla la producción y el estado?

Las contradicciones de la NEP

Antes de detallar las discusiones que se produjeron en el Partido en los años 1920, es conveniente dar un panorama de los principales problemas que atravesaría la NEP.

Hacia 1928 el sector estatal y el cooperativo que estaba bajo el control del Estado, proporcionaba el 82,4% de la producción industrial y el 76,4% del volumen de negocios comerciales al por menor; aunque solo el 3,3% del valor de la producción agrícola. Esta diferencia entre industria estatizada y producción agraria individual fue el marco de la tensión entre los campesinos y el Estado; tensión que se expresaría en los movimientos de los precios industriales y agrícolas, y en las vicisitudes que enfrentó el acopio, esto es, la compra por los organismos del Estado y las cooperativas oficiales de productos agrícolas. Esta cuestión estuvo en el centro de las diferencias al interior de la dirección soviética.

Antes de presentar esas polémicas, es conveniente trazar una visión panorámica de las tensiones que atravesaban la relación campo – ciudad, o campesinado – clase obrera industrial.

Lo primero a señalar es que, si bien hasta 1926-7 hubo una considerable recuperación industrial, la misma se produjo en gran medida a partir de la utilización de capacidad instalada. No hubo ampliación de capacidad productiva, ni renovación importante en tecnología. De manera que la productividad continuó siendo baja, y hacia el final de la década la brecha tecnológica entre la Rusia soviética y Occidente era mayor que en 1914 (Wheatcroft, Davies y Cooper, 1986). En diciembre de 1928 Kuíbyshev, dirigente de la fracción stalinista, hablando en el VIII Congreso de los Sindicatos, reconocía que la producción de un obrero estadounidense en los altos hornos era 10 veces superior a la de un obrero ruso (citado por Deutscher, 1971). En otros rubros las diferencias también eran significativas. La debilidad de la industria determinaba que la producción fuera insuficiente para satisfacer la demanda de productos industriales por el campo.

En cuanto a la agricultura, también era atrasada; la productividad del trabajo y el rendimiento por hectárea en Rusia eran menores que en los principales países de Europa, y mucho menores que en EEUU (Wheatcroft, Davies y Cooper). Aunque los factores climáticos y la naturaleza de la tierra explicaban una parte importante de esa diferencia, es indudable sin embargo el atraso tecnológico del agro ruso. Además, el reparto de la tierra entre los campesinos había aumentado la pequeña parcela, menos eficiente que las grandes unidades (Nove, 1973). Trotsky apuntaba, a mediados de la década, que debido a la división de la tierra habían desaparecido las grandes unidades productivas que aplicaban economías de escala y técnicas relativamente avanzadas; aunque en compensación, las pequeñas y medianas unidades habían elevado su producción por mayor empeño de los campesinos (1976a). En cualquier caso, la productividad del agro era baja; había carencia de equipos y animales de tiro, y los métodos eran los tradicionales. Y para industrializar a Rusia había que aumentar la producción rural, a fin de alimentar a las ciudades y suministrar materias primas a la industria. Antes de la guerra los kulaks proveían la mayor parte del grano que se comercializaba, pero con la nivelación que se había producido desde 1917 los campesinos consumían más grano, en lugar de enviarlo al mercado. Según Lewin (1965), el grano que se mandaba al mercado a mediados de los veinte era apenas el 13% de la cosecha total, contra el 26% antes de 1914. Lo cual dificultaba el acopio de grano y otros productos. El acopio competía con las compras que realizaba el sector privado, y debía realizarse a los precios de venta aceptados por los campesinos, para los productos que estos voluntariamente querían entregar. Pero los precios que pagaba el Estado por el grano eran bajos; incluso a veces no cubrían los costos de producción. Los bienes industriales, en contrapartida, eran caros y de baja calidad. Por eso, a lo largo de los años veinte se habla permanentemente del “hambre de bienes”. Por otra parte, los precios relativos del ganado y de los cultivos industriales eran más altos que los del grano, y por lo tanto los campesinos guardaban el grano para su consumo, o para alimentar el ganado. Lo cual también impulsaba al alza los precios del cereal en los mercados libres, en relación a los que pagaba el acopio. De manera que el Estado recogía poco grano, no tenía reservas por caso de guerra o hambre, y el acopio se debilitaba en tanto instrumento estatal de planificación y control sobre el comercio privado. Lógicamente también, los saldos exportables eran escasos; en 1926 las exportaciones de cereales eran menos de un cuarto de las de preguerra. Lo cual afectaba negativamente la posibilidad de importar tecnología, necesaria para remontar el atraso de la industria.

En este cuadro se insertaba la diferenciación social al interior del campesinado. En 1926-7 los campesinos medios representaban el 67,5% del total de los campesinos; los pobres el 29,4% (contra el 65% en 1917) y solo el 3,1% eran ricos (el 15% en 1917). Siguiendo el criterio establecido por Lenin, se consideraba campesino pobre (o mujik) al que extraía de su explotación solo lo justo para vivir, o que debía suplementar sus ingresos con trabajo remunerado; el medio disponía de un pequeño excedente que en caso de buenas cosechas le permitía una cierta acumulación; y el rico, o kulak, tenía capacidad de acumular y explotar trabajo asalariado. Se habían achicado entonces las diferencias sociales y predominaban los campesinos medios. Como señala Viola (1986), la nivelación reforzó la homogeneidad de las aldeas y la cohesión, al tiempo que aumentó el poder del campesino medio, decididamente conservador. A su vez, debido a la política favorable a los campesinos aplicada por el Gobierno entre 1924 y 1928, se acentuaron las diferencias al interior del campesinado, en tanto la producción colectiva estaba estancada. En 1928 las tierras colectivizadas representaban solo el 1% del total; en junio de 1929 los campesinos miembros de colectivos de cualquier tipo eran apenas un millón, y de ellos, el 60% estaba en tozes (Nove, 1973). La toz (asociación para el cultivo conjunto de la tierra) era una cooperativa en la cual los campesinos compartían la tierra, pero no los equipos. Según Trotsky, a mediados de los 1920 los medios de producción en la agricultura en manos del Estado eran el 4% del total; el 96% pertenecía a los campesinos (1976a). En consecuencia, a fines de la década los campesinos ricos se habían fortalecido, e incluso tenían fuerte influencia política en las aldeas. En estas dominaba la comuna tradicional, apenas disimulada bajo el nombre de “comunidad aldeana”; los soviets habían perdido relevancia (Cohen, 1976). En ese marco, una preocupación central del mujik, e incluso del campesino medio, era no caer bajo la dependencia del kulak, que disponía de una gran parte de los medios de cultivo y transporte (Bettelheim; 1978). Esta cuestión es el telón de fondo de la crisis de 1927-8, que conduciría al abandono de la NEP y al giro hacia la colectivización forzosa.

La crisis de las tijeras y el informe de Trotsky de 1923

Durante la NEP hubo repetidas crisis de abastecimientos y de precios. La primera ocurrió en 1922-3. En 1922, dado el escaso poder adquisitivo de los campesinos, la industria no tenía compradores, a pesar de que la producción era apenas la cuarta parte del nivel de preguerra. Para salir de esa situación, el Gobierno mejoró los términos de intercambio para la agricultura; lo cual dio lugar a una buena cosecha en 1923. Sin embargo, en un marco de alta inflación y ausencia de controles estatales, los términos de intercambio se movieron de nuevo en perjuicio de los campesinos. En octubre los precios industriales llegaron a estar casi tres veces por encima de los niveles de 1913, en tanto los agrícolas fueron un 90% superiores. Con una relación tan desfavorable, los campesinos no podían adquirir equipos agrícolas o materiales para construir viviendas. Por lo tanto, bajaron la comercialización de los productos agrícolas, afectando seriamente el abastecimiento de las ciudades. Existía un serio problema en la relación de los precios, tema que había sido tratado por Trotsky en el XII Congreso del Partido (el primero sin la presencia de Lenin), realizado en abril 1923. En ese Congreso Trotsky fue el informante de la situación económica. Según sus biógrafos Pierre Broué e Isaac Deutscher, habría aceptado un acuerdo con el triunvirato dirigente en el Poliburó (Stalin, Zinoviev y Kamenev) para presentar el informe económico, a cambio de no apoyar las denuncias que hacían militantes del ala de izquierda de la burocratización del régimen. En su exposición, mostró un gráfico con la evolución relativa de los precios agrícolas e industriales que tenía forma de hojas de tijeras abriéndose. De ahí que luego la crisis de finales de 1923 se conociera como la “crisis de las tijeras”.

El informe de Trotsky está resumido en las “Tesis sobre la industria”, de 1923, y sintetiza muchos de los problemas que enfrentaría la NEP. Comienza planteando que las relaciones entre la clase obrera y el campesinado descansaban, en último análisis, en las relaciones entre la industria y la agricultura. La clase obrera podría retener y afianzar su poder no a través del aparato estatal o el Ejército, sino por medio de la industria, que a su vez es la que genera a la clase obrera. Por eso, solo el desarrollo de la industria fortalecería a la dictadura del proletariado. Y si bien el tiempo que demandaría la superación de la economía campesina dependería, en última instancia, de la marcha de la revolución mundial, el Partido debía prestar mucha atención a la política hacia los campesinos, ya que la restauración de la industria estaba vinculada al desarrollo de la agricultura. Por eso, había que generar un excedente agrícola por encima de lo que consumían los campesinos, antes de que la industria pudiera avanzar de manera decisiva. Pero también era importante que la industria no se quedara detrás de la agricultura, porque de lo contrario se crearía una industria privada, que desplazaría a la estatal. De ahí que la clave era desarrollar la industria, lo que implicaba generación y acumulación de plusvalía en ese sector; lo que a su vez era la condición para el desarrollo de la agricultura.

Si bien la NEP había permitido una mejora económica general, seguía Trotsky, la situación de la industria era muy seria. Los precios de la industria liviana eran muy altos en relación a los de la agricultura, aunque muchas veces no cubrían los costos, y tampoco permitían la expansión de la producción. Además, se habían consumido existencias de materia prima cuyo reemplazo representaba un problema agudo. A su vez, la industria pesada necesitaba inversiones, así como los ferrocarriles y la red de agua. Como salida, Trotsky preveía combinar el plan y el mercado, fortalecer la Comisión de Planificación Estatal, y avanzar con cuidado en la elaboración del Plan, seleccionando administradores eficientes. La planificación debía crecer dentro de la economía mixta, hasta absorber al sector privado. Como señala Deutscher (1979), en ningún momento prevé prohibir por decreto el comercio privado, o la destrucción violenta de la agricultura privada. La propuesta incluía atraer capital extranjero para ayudar a la industrialización, y prestar especial atención a la articulación entre los precios regidos por el Estado y el mercado. “El logro de la regulación del precio, sobre la base del mercado, que mejor se corresponda con las necesidades del desarrollo industrial, el establecimiento de más correlaciones normales entre las ramas de la industria pesada y las ramas de la industria y la agricultura que la proveen de materias primas, y finalmente el fortalecimiento de la industria pesada y liviana, estas son las raíces de los problemas del Estado en la esfera de la actividad industria en el segundo período de la NEP que ahora está empezando. Estos problemas solo pueden ser resueltos por una correlación correcta entre el mercado y el plan industrial del Estado”. No menciona los problemas de la burocracia a nivel del Estado, ni el ahogo cada vez mayor de la democracia soviética. Pero ¿cómo podía lograrse esa “correlación correcta” de la que hablaba Trotsky sin la participación y control de los productores (y tal vez de los consumidores) del plan económico?

Sesgo hacia lo administrativo

La pregunta con que cerramos el apartado anterior remite, en el fondo, al carácter excesivamente administrativo de la propuesta económica de Trotsky al XII Congreso. Es como si la planificación debiera encararse a partir de un “sano sentido común” en la administración a cargo de los funcionarios del Estado. La necesidad del control de los trabajadores sobre esos administradores, y sobre las instancias en que se elabora el plan económico, no es mencionada. Por ejemplo, las Tesis subrayan la necesidad de acabar con el robo, el pillaje y la dilapidación de los recursos públicos, que se efectuaban “gracias a los cálculos arbitrarios y falsos”, y eran facilitados por la ausencia de toda contabilidad. Había llegado la “época del cálculo”, decía Trotsky. Pero el robo, pillaje, dilapidación de fondos públicos, ¿no eran acaso expresiones de la falta de control de los productores sobre lo que producían? Sin embargo, pasa por alto esta cuestión y parece apelar a una suerte de “sentido de la responsabilidad” de los administradores y funcionarios. Al tiempo, hacía oídos sordos frente a delegados y dirigentes que denunciaban los métodos burocráticos que asfixiaban al Partido y el Estado. Entre los denunciantes estaban Rakovsky, jefe del Gobierno ucraniano, la delegación de Georgia, Kollontai y la Oposición Obrera, y Bujarin, en su última aparición en el ala izquierda.

A la vista de lo anterior, no es de extrañar que Stalin y Zinoviev no tuvieran inconvenientes en votar favorablemente el informe. Lo cual no les impediría lanzar, a finales de ese mismo año, la campaña pública “anti-trotskismo”. Broué y Deutscher han señalado que Trotsky cometió un grave error táctico al no hacerse eco de las denuncias de la burocracia durante el Congreso. Su error, afirman, estaría vinculado a su convicción de que si se revertía el curso económico, poniendo el acento en la industrialización planificada, se reforzarían las posiciones proletarias y se debilitarían las tendencias a la burocratización y los elementos pro-capitalistas. “Trotsky ha podido pensar que la batalla esencial debía ser librada en el terreno económico, donde el compromiso [con la mayoría de la dirección] le permitía presentar, en nombre de la dirección del Partido, un informe en el cual hacía triunfar sus ideas acerca de la aplicación práctica de la NEP”, escribe Broué. Si esto fue así, su error fue pensar que podía haber un informe puramente “económico”, al margen de la cuestión política, a saber, de la incidencia de la misma burocracia sobre “lo económico. En última instancia, lo que debía discutirse era quién controlaba efectivamente los medios de producción, y el Estado. Pero este debate debía cuestionar una relación de producción burocrática –o sea, de posesión y administración efectiva- que estaba en la raíz del robo y dilapidación de fondos públicos, y también de las cuestiones que denunciaba la izquierda.

Sin embargo, en el Congreso Trotsky no habla de ello; denuncia la ineficacia administrativa y el burocratismo de los directores de empresas, pero no encara la burocratización como un fenómeno de conjunto, y con eje en el poder político. La idea que recorre su informe es que si crecía la clase obrera con la industrialización, se reforzaría su peso político y retrocedería la burocracia. Recordemos una idea clave de sus Tesis: la clase obrera podría retener y afianzar su poder por medio del crecimiento de la industria que genera a la clase obrera. El problema incluso se agrava porque en su discurso (aunque no aparece en las “Tesis sobre la industria”), presentó una posición muy dura sobre los sacrificios que deberían hacer los trabajadores. Pidió que la producción industrial se concentrara en un pequeño número de grandes empresas de buen rendimiento, lo que dejaba planteada la pregunta de qué suerte correrían los trabajadores de las empresas defectuosas o improductivas que cerraran. Sostuvo también que la clase obrera habría de soportar el mayor peso de la reconstrucción industrial, y que podría haber momentos en que se pagara solo la mitad del salario, y los trabajadores deberían, en ese caso, prestar la otra mitad al Estado (véase Deutscher, 1979). Era la “acumulación socialista primitiva”, lo que dio pie a una fuerte intervención de Krassin, Comisario del Comercio Exterior, en contra de Trotsky (ídem). El problema que planteaba, además, era de dónde saldrían los fondos necesarios para la industrialización. Tema que estaba en el centro de las preocupaciones de Preobrazhenski (véase la siguiente parte de la nota).

Sin embargo, en otros escritos durante la época de la NEP, Trotsky sostiene que solo la democracia proletaria podía contrapesar las fuerzas combinadas de quienes se enriquecían especulando en los mercados, los kulaks y los burgueses conservadores. La democracia obrera era el único marco político al interior del cual la economía planificada podía alcanzar su máximo rendimiento. De ahí que su renacimiento era vital para la economía. Ella pasaba no por la administración de las empresas por los consejos obreros (experiencia que fracasaba en tanto no se elevara el nivel cultural de las masas trabajadoras) sino por el derecho de los trabajadores a discutir los planes y objetivos, y evaluar los recursos y posibilidades (véase Deutscher, 1979). En los treinta volvería varias veces sobre esta idea. Sin embargo, en otros textos de los 1929 el rol de la democracia obrera para la economía vuelve a diluirse. Por ejemplo, en 1925, cuando se había impuesto la política favorable al campesino, publica ¿Hacia el socialismo y el capitalismo?, donde advertimos el mismo problema de las Tesis de 1923, aunque ya no había de por medio compromiso alguno con la mayoría del Politburó. En ese folleto señala que “la forma social de nuestro desarrollo económico es dual, estando fundada en la colaboración y lucha entre los métodos, formas y objetivos capitalistas y socialistas”. Agrega que “si las fuerzas productivas a disposición del Estado socialista, y que aseguran todas las palancas de mando, crecen no solo rápidamente, sino más rápidamente que las fuerzas productivas individualistas y capitalísticas de las ciudades y los distritos rurales… es claro que una cierta expansión de las tendencias comerciales individualistas, que surge del corazón de la agricultura campesina, de ninguna manera nos amenaza con sorpresas económicas de algún tipo, con un cambio precipitado de cantidad en cualidad, esto es, con un giro rápido al capitalismo”.

Las relaciones entre la industria y el campo son analizadas desde esta perspectiva, en el marco del atraso de las fuerzas productivas de la URSS con respecto a los países capitalistas adelantados. En la misma línea que en 1923, plantea que el fortalecimiento de los elementos socialistas pasa por el fortalecimiento de la industria. La industria debería expandirse por encima de los límites que imponían las cosechas. Al fortalecerse, la industria podría proveer al campo no solo de productos baratos, sino también de medios de producción aptos para los métodos de trabajo colectivos. Lo cual permitiría el “progreso técnico y socialista de la agricultura”. En este planteo reaparece la idea de un “bloque socialista, cuya columna vertebral –en el plano económico- es la industria. ¿Qué hay de la oposición entre los trabajadores y el aparato de la administración burocrática al interior de ese “bloque”? El tema, de nuevo, es pasado por alto. Aunque paralelamente, en su actividad política Trotsky criticaba y enfrentaba la burocratización, junto a no pocos de los denunciantes de 1923.

IV. ¿Cómo financiar?, ¿cómo avanzar en la construcción socialista?

El significado de la polémica Preobrazhenski -Bujarin

La crisis de las tijeras desató una intensa polémica en el partido Comunista. “A partir del año crucial 1923, las divergencias de apreciación sobre las relaciones entre la industria y la agricultura… se agravan en el partido dirigente”, señala Trotsky en La revolución traicionada. Hubo dos posiciones polares enfrentadas, las de Preobrazhenski y Bujarin.

La polémica echa luz sobre las dificultades que enfrentaba la economía soviética en los años veinte, pero también ilumina acerca de los problemas más generales de economías atrasadas y estructura dual, esto es, industria estatizada en un mar de producción campesina y artesanal pequeño burguesa. El debate soviético de los veinte incluso tuvo eco en las teorías burguesas de crecimiento. Por caso, el modelo de Arthur Lewis, que supone que hay exceso de mano de obra que se transfiere del agro a la industria, desarrollándose esta a partir de la reinversión de los beneficios, con salarios a nivel de subsistencia, está inspirado en el modelo soviético (Lewis, 1959). De la misma manera, la relación capital/producto (la inversión en equipos y máquinas requerida para obtener un crecimiento deseado), que está en el centro del modelo de crecimiento de Harrod-Domar, había sido planteada en los años veinte en la URSS. Asimismo, el problema de cómo financiar, en un país atrasado, esa inversión requerida para obtener el crecimiento deseado que absorba la mano de obra no ocupada, o la desocupación disfrazada, estuvo en el corazón de los debates soviéticos de los años veinte y en los inicios de la industrialización. Por eso Domar afirma, en el capítulo IX de Ensayos en teoría del crecimiento económico, que para un estudioso del crecimiento y el desarrollo, la literatura económica soviética de los 1920 es de gran interés.

En este respecto, señalemos que la conexión entre teorías referidas a programas, entornos sociales y objetivos muy distintos, posiblemente no sea casual. Es que hay restricciones que tienen que ver con la naturaleza material de la reproducción de una sociedad. Por ejemplo, las relaciones entre excedente e inversión; entre producción de bienes agrarios e industriales; entre crecimiento de la industria de medios de consumo y la de medios de producción; entre consumo e inversión, y similares, que no pueden desconocerse arbitrariamente (ampliamos más adelante, cuando analicemos la aplicabilidad de los esquemas de reproducción de Marx a la planificación soviética). En cualquier caso, los bolcheviques tomaron rápidamente conciencia de estas restricciones en un país atrasado y predominantemente campesino. La noción de acumulación originaria socialista tuvo esta base objetiva y, como dice Harrison (1985), significó dejar atrás la creencia de que bastaba con estatizar y repartir la riqueza creada por el capitalismo para avanzar en la construcción socialista. Esta es una cuestión sobre la que debería reflexionarse en la izquierda, donde muchas veces parece predominar la idea de que basta con “voluntad revolucionaria” para superar las condiciones objetivas. Volveremos sobre este asunto a lo largo de la nota.

La polémica de los veinte: Preobrazhenski

Preobrazhenski, que pertenecía a la Oposición de Izquierda, publicó en 1924 un artículo, que sería la base de La nueva economía, editado en 1926 (para lo que sigue nos basamos también en Erlich, 1950). Preobrazhenski sostuvo que la crisis de las tijeras se debía a la elevada demanda de bienes industriales con relación a su oferta. Es que la demanda se había incrementado porque los campesinos disponían de más recursos a partir de que la eliminación de impuestos del zarismo, y el reparto de la tierra. Sin embargo, la industria no podía satisfacer esa demanda. Durante el Comunismo de Guerra se había interrumpido la formación de capital; luego, en los primeros tiempos de la NEP, se habían vendido productos industriales por debajo del costo y se habían utilizado fondos de amortización para sostener salarios. Por eso, aunque la utilización de capacidad instalada había permitido mejorar la producción, se había acentuado el atraso industrial. Y en la medida en que se siguiera sosteniendo la producción en base a sobreutilización de capacidad y mano de obra, caería todavía más la productividad, y se agravarían los problemas.

La solución entonces pasaba por aumentar la producción industrial, la infraestructura energética y del transporte por encima de los niveles de preguerra. El argumento se reforzaba porque la industrialización también era vital para absorber la elevada desocupación (mucha de ella se mantenía encubierta en el campo); y si aumentaba la productividad, como se esperaba, sería necesaria aún mayor expansión industrial para incorporar a los desocupados. Por supuesto, la desocupación también podría disminuirse si se intensificaba la acumulación en el campo: pero ello supondría desviar recursos que debían ir a la industria. La industrialización también era indispensable para desarrollar las fuerzas productivas en el campo. Dentro de la industria, había que dar prioridad a la industria productora de medios de producción, a fin de posibilitar una industrialización intensiva; o sea, con aumento de la relación medios de producción / trabajador.

El problema sin embargo era cómo conseguir los fondos necesarios para poner en marcha la industrialización. Preobrazhenski sostenía que el Estado proletario debía encarar una acumulación originaria socialista. La idea se inspiraba en lo ocurrido, según Marx, en los orígenes del capitalismo: hubo un período en cual, mediante métodos violentos, se produjo una transferencia de riqueza desde el campesinado y las colonias hacia los centros del incipiente capitalismo. De esa manera se generaron las condiciones para la posterior acumulación sostenida; esto es, para la reinversión de la plusvalía generada por el capitalismo para ampliar el capital. Preobrazhenski sostenía que un proceso similar debía ocurrir en Rusia para el surgimiento de una economía socialista. Era la “acumulación originaria socialista” (el concepto ya había sido adelantado por Smirnov). Antes de que la industria soviética pudiera autosustentarse y autoexpandirse reinvirtiendo el excedente generado por ella, debía obtener recursos de otra economía. Pero la URSS no poseía colonias; y no era posible sobre explotar a la clase obrera, como había ocurrido durante la Revolución Industrial inglesa; en consecuencia, los recursos debían obtenerse del campo. Sin embargo, no debía emplearse la violencia para arrancar el excedente a los campesinos, como había ocurrido en el Comunismo de Guerra. Por eso, el medio principal de transferencia hacia la industria sería un intercambio comercial desfavorable para el agro; el Estado soviético, utilizando su poder de monopolio, establecería precios industriales altos y precios agrícolas bajos.

Al intercambio desigual Preobrazhenski sumaba otras medidas, como impuestos a los campesinos. También era necesario fomentar el plan, aunque no fuera la solución completa de los problemas. Por otra parte, proponía medidas proteccionistas del comercio exterior, para impedir que las escasas divisas se dilapidaran importando bienes que no fueran indispensables para la industrialización o el avance tecnológico. Era consciente, además, de que debido al atraso industrial de Rusia, los campesinos presionarían por vender y abastecerse directamente en el mercado mundial. Por eso no podía levantarse el monopolio del comercio exterior.

Preobrazhenski sostenía que la lucha estaba planteada entre la ley de la acumulación socialista originaria (basada en el cálculo del trabajo) y la ley del valor. El Estado no debía permitir que el mercado actuara libremente distribuyendo la fuerza de trabajo y los recursos a través de los precios; la acumulación originaria consistía precisamente en esto. Lo cual no significaba desconocer la ley del valor; esta debía utilizarse para la acumulación socialista. Por otra parte, “la fuerza objetiva de las leyes” de la propiedad estatal abriría el camino al socialismo. Esas leyes se impondrían y forzarían a los dirigentes del Partido a convertirse en los instrumentos del socialismo, en “agentes de la necesidad histórica”, incluso a pesar de sus errores y ceguera. En otros términos, la nacionalización de la gran industria empujaba a la planificación de la economía y a la industrialización (véase Deutscher, 1979). Es posible que esta concepción haya influenciado en su posterior decisión de respaldar el giro de Stalin de 1928-9. En el plano político, Preobrazhenski, que se alineó con la Oposición de Izquierda, pensaba que la creciente complejidad de la economía soviética hacía necesario ampliar la democracia al interior del Partido.

La polémica de los veinte: Bujarin

Bujarin compartía con Preobrazhenski la idea de que la industrialización era imposible apelando solo a los recursos de la industria, y que por lo tanto debía haber una transferencia desde el agro a la industria. Los obreros industriales eran cinco millones, en tanto los hogares campesinos eran 22 millones; era inevitable que los campesinos tuvieran la mayor carga. En lo que discrepaba con Preobrazhenski era en los vías y las formas para obtener el excedente agrario y transferirlo. En su opinión -véase Sobre la acumulación socialista, también Cohen, 1976 para lo que sigue– el programa de Preobrazhenski afectaría la smichka, o unión de la clase obrera con el campesino, como había quedado demostrado durante la crisis de 1923. Y si el campesinado se negaba a entregar productos debido a lo desfavorable de los precios, habría que volver al programa del Comunismo de Guerra. Pero ello implicaba un enfrentamiento abierto e insostenible con el campo; y la smichka era la base del poder soviético. Por otra parte, con la política recomendada por Preobrazhenski, se arruinaría la economía campesina, no habría excedente para expropiar y se achicaría el mercado interno, perjudicando también a la industria. Además, los altos precios de los bienes industriales, establecidos por poder de monopolio, generarían ganancias extraordinarias sin incentivar a los directores de empresas a mejorar la productividad. Por último, en el largo plazo, de aplicarse la propuesta de Preobrazhenski, el proletariado podía degenerar y transformarse en una nueva clase explotadora.

Por eso, Bujarin planteaba que debía promoverse una relación con el campesinado sobre una base cooperativa, bajo dirección del Estado proletario. Su idea rectora era avanzar en la transformación (o sea, no la aniquilación ni explotación) de la economía campesina a través del desarrollo económico y el mercado. Para eso se apoyaba en la autoridad de Lenin y en los últimos escritos del líder bolchevique (véase la segunda parte de esta nota), aunque poniendo el énfasis en el comercio: en lugar de las cooperativas de producción, había que fomentar las de consumo, comercialización y crédito, que se integrarían, en el largo plazo, al socialismo. Sostenía que podía llegarse al socialismo a través del mercado, y que la lucha de clases en la URSS pasaba por la competencia económica pacífica. Con este enfoque, desestimó la intervención estatal en el agro y en la producción artesanal, no otorgó importancia al plan económico, ni puso la prioridad en la industria pesada. Para industrializar a Rusia había que alentar el consumo, en primer lugar de los campesinos medios y acomodados. Para ello era necesario bajar los precios para satisfacer a las masas. Así se alentaría la demanda, que arrastraría a la industria ligera, y esta a la industria pesada. La industria soviética debía adecuarse al mercado campesino; la industria y el agro serían interdependientes, alimentando mutuamente la oferta y la demanda. Los fondos para la industrialización provendrían de los impuestos obtenidos mediante una tributación racional al campesino, o con el ahorro voluntario de los productores independientes y las cooperativas.

En este marco, Bujarin no consideraba a la NEP como una “retirada”, sino como una política para avanzar. Sostenía que en la relación con la pequeña producción el mercado funcionaba mejor que el Estado. Es que para supervisar y guiar las funciones económicas de los pequeños productores y de los pequeños campesinos se requerían demasiados funcionarios y administradores. Pero todos esos pequeños burócratas (chinóvniki) estatales generaban un aparato tan colosal, que el gasto de su mantenimiento resultaba incomparablemente mayor que los costes improductivos derivados de la anarquía de la pequeña producción. Por lo tanto había que fomentar el comercio -donde el Estado intervendría lo menos posible- y la libertad de acumular generaría el mayor desarrollo de las fuerzas productivas. El sector estatal terminaría venciendo al privado mediante la competencia en el mercado. Bujarin planteaba que el aparato burocrático estaba asfixiando a toda la economía. Por eso, si la clase obrera no se elevaba a las tareas de control y organización de la economía, los funcionarios podían constituir el embrión de una nueva clase dirigente basada en “el monopolio de la autoridad y el privilegio” (véase Cohen, 1976). Sin embargo, aliado a Stalin, y a pesar de que se consideraba “pacifista y moderado”, no cuestionó la represión contra la izquierda ni los métodos burocráticos hasta el giro de 1928-9. De manera que en su propuesta la principal barrera al poder de la burocracia parece ser el mercado.

Destaquemos que en el esquema de Bujarin era clave que los campesinos medios y los kulaks acumularan. En 1925 lanzó una proclama que cobró fama: “A todos los campesinos globalmente, a todas las capas de campesinos, debemos decirles: enriqueceos, acumulad, desarrollad vuestras haciendas” (citada por Cohen, también Trotsky, 1973). Claramente parecía minusvalorar las tendencias pro-capitalistas que generarían el mercado y la acumulación libre; por eso no daba importancia a la influencia kulak en el campo, ni ponía el acento en la necesidad de transformar las relaciones de producción pequeño burguesas. Cuando se refería a la estructura social de Rusia, Bujarin hablaba de dos clases sociales, el proletariado y el campesinado, como si este último fuera un todo homogéneo, compuesto casi exclusivamente por campesinos medios. Tampoco tuvo en cuenta los peligros de restauración termidoriana, que podía ser vehiculizada por los kulaks y los “hombres de la NEP”, y que denunciaba la Oposición de Izquierda.

El “dilema Preobrazhenski”

Haciendo un balance del debate, en un muy citado trabajo de 1950, Alexander Erlich planteó que la posición de Preobrazhenski encerraba un dilema. Es que el intercambio desfavorable para el campesinado abría la posibilidad de una huelga de ventas campesinas a la vista del retraso de la industria. Los campesinos se retirarían del mercado, como había ocurrido en 1923, y esto mataría la recuperación industrial, ya que la privaría del suministro de comida e, indirectamente, de bienes de producción extranjeros, por la caída de las exportaciones agrícolas. Pero por otro lado, si los campesinos forzaban al Estado a capitular, habría alza de precios de la comida, lo que iniciaría la inflación.

Preobrazhenski luchó con este dilema, pero no logró resolverlo. Sostuvo que si los precios industriales eran bajos, eso tampoco ayudaba a los campesinos, ya que los intermediarios impondrían precios altos en el mercado. Sus críticos le respondieron que si esto era así, de todas maneras no ponía a salvo a la clase obrera de la inflación. Por otra parte, la propuesta de aplicar impuestos a los campesinos ricos fue criticada porque reduciría aún más los excedentes que podían ir al mercado, en una coyuntura en la cual los campesinos medios o pobres no podían cubrir esa diferencia. Preobrazhenski terminó respondiendo que la solución última de todos esos problemas era que Rusia saliera de su aislamiento. Como dice Erlich, en su peor interpretación, esto equivalía a una admisión de que todo intento de encontrar una solución dentro de los límites de la economía soviética aislada era como intentar la cuadratura del círculo. Y en su interpretación más benigna, era un esfuerzo desesperado por lograr la estabilidad de mañana a expensas de tensiones enormemente incrementadas en el presente, sin saber bien cómo resistirlas.

Digamos también que la propuesta de Bujarin parecía evitar el peligro de la huelga campesina. Además, subrayaba la necesidad de que la entrada de los campesinos a las cooperativas debía ser voluntaria, y debía cuidarse la alianza de la clase obrera con el campesino. Pero no daba respuesta al segundo cuerno del dilema de Preobrazhenski, el fortalecimiento de las tendencias mercantiles y pro capitalistas, y su preeminencia sobre la industria, que generaría la mejora de los términos de intercambio para los campesinos.

La posición de Trotsky en el debate

Trotsky consideró que el programa de Bujarin, que se aplicó entre 1924 y 1928, representaba el mayor peligro para la Rusia soviética. De ahí que se negara a hacer cualquier acuerdo programático con Bujarin contra Stalin. “La pequeña producción de mercancías crea necesariamente explotadores”, sostenía, y alertaba del peligro que encerraba el crecimiento del trabajo asalariado en el campo, y el enriquecimiento de los kulaks y los comerciantes privados (véase Trotsky, 1973). Por eso, exigió, junto a otros dirigentes de la oposición, que se frenara la economía privada, se acelerara la industrialización, se reforzara la planificación y se avanzara en la organización de cooperativas agrícolas de producción.

En cuanto al programa de Preobrazhenski, si bien tenía más coincidencias, no respaldó la extracción compulsiva de un gran excedente a los campesinos. Al menos en el curso del debate, Trotsky nunca hizo una declaración explícita a favor de ese programa. Y en la Revolución Traicionada reconoció que los “prestamos forzados” tomados del campesinado, cuando eran “demasiado considerables”, ahogaban el estímulo al trabajo. De todas formas, compartía la idea de que la industrialización debía realizarse tomando recursos del campesinado y que, al reforzar socialmente a la clase obrera, fortalecería los fundamentos sociales del régimen soviético. Además, entre Preobrazhenski y Trotsky había otra diferencia más sustancial, que señala Cohen: en tanto el primero razonaba sobre una industrialización socialista en la aislada Rusia, Trotsky ponía el acento en la necesidad de que una eventual revolución en Europa viniera en ayuda de la URSS.

V. Crisis de la NEP

La orientación pro-campesina 1924-8

Según Johnson y Temin (1993), a partir de la crisis de las tijeras de 1923 los bolcheviques sacaron dos conclusiones fundamentales: las fuerzas libres del mercado amenazaban con reducir la provisión de grano a las ciudades, y la hiperinflación reducía el control del Estado en la economía. En consecuencia se impusieron controles a los precios industriales con el fin de mejorar los términos de intercambio para los campesinos; también se redujo la emisión monetaria, de manera que en la primavera de 1924 se estabilizó la moneda. Si bien la inflación en los años siguientes continuó siendo alta (20% anual, aproximadamente) se evitó la hiperinflación. En 1924 hubo inyección créditos, muchos destinados a empresas estatales, y mejoró la producción industrial. También se alentaron las exportaciones de granos y se incrementó la importación de bienes industriales, lo cual contribuyó a que mejoraran los términos de intercambio para los campesinos (Johnson y Temin).

Estos resultados reforzaron la posición de Bujarin. Tengamos presente que los programas de Trotsky y Preobrazhenski no habían despertado adhesión en el Partido. Muchos militantes habían interpretado que sus propuestas implicaban volver al Comunismo de Guerra. Si bien la NEP había sido entendida por muchos bolcheviques como un retroceso y una concesión a las fuerzas capitalistas, el país estaba agotado y en el Partido existía el temor de volver a los enfrentamientos con los pequeños productores. Estos conformaban aproximadamente el 80% de la población.

Todo empujaba entonces hacia el bujarinismo. En 1925 Stalin se alió con el ala de Bujarin, Rykov y Tomski, lo que generó una nueva mayoría en el Politburó, que estaba conformado por siete miembros; Trotsky fue removido de su puesto de comisario de Guerra. Ese año también se dispusieron más concesiones al campo, en especial a los estratos medio y superior: se bajó el impuesto agrícola; se amplió el período permitido para el arrendamiento de tierras; se legalizó el trabajo asalariado, que antes estaba limitado a la época de recolección; y se quitaron obstáculos administrativos para el comercio (ampliamos más abajo). Al año siguiente Trotsky fue sacado del Politburó y se intensificó la ofensiva contra la izquierda.

En este nuevo clima político se abrió paso el programa de construir el socialismo al interior de Rusia. Ya había sido adelantado en 1923 por Bujarin cuando afirmó que “durante muchas décadas estaremos pasando lentamente al socialismo: a través del crecimiento de nuestra industria de Estado, de la cooperación, de la creciente influencia de nuestro sistema bancario, de mil y una formas intermedias” (citado por Cohen, 1976). Lo cual implicaba sostener que el socialismo podía derrotar al capitalismo en el terreno de la competencia económica, sin pasar por los peligros asociados a la revolución internacional. En diciembre de 1924, Stalin proclamó el objetivo de construir el socialismo al interior de Rusia. En 1928 Bujarin fue el autor principal del programa que aprobó el VI Congreso de la IC, en el cual se proclamó el norte de construir el socialismo en la Rusia soviética. Además, Bujarin planteó una orientación conciliadora con la producción mercantil y privada en el plano internacional. Era necesario, afirmó, “un gran frente unido entre el proletariado revolucionario de la ciudad mundial y el campesinado del campo mundial”. Por eso también a mediados de los veinte la Internacional Comunista desplegó una política de acercamiento con la socialdemocracia agrupada en la Internacional de Amsterdan; apoyó la formación de un bloque entre los sindicatos soviéticos y las tradeunions inglesas; aconsejó la subordinación del Partido Comunista de China a la organización burguesa Kuomintang; y convocó a formar partidos obrero-campesinos (para una crítica de izquierda de la orientación de la IC, y del programa de construcción del socialismo en un solo país, véase Trotsky, 1974).

A pesar de las denuncias y la presión de la Oposición de Izquierda, y luego de la Oposición Unificada (encabezada, desde 1926, por Trotsky, Zinoviev y Kamenev), entre 1924 y 1928 el Gobierno no desarrolló ninguna política especial hacia el campesino pobre y medio; no fomentó las cooperativas y dejó sin asistencia a las que existían. Fueron los años de máxima influencia de Bujarin. Lewin (1965) dice que por entonces el Gobierno parecía creer que la NEP funcionaría automáticamente, apostando a un incremento de la producción de los campesinos más ricos, a los que se habían dado concesiones. También Bettelheim (1978) señala que no se implementó ningún tipo de ayuda a las cooperativas de campesinos pobres y medios. Cohen, que simpatiza con las posiciones de Bujarin, afirma que el período 1924-6 “presenció el abandono oficial y el descenso de todas las formas de cultivo colectivo”, y que Bujarin subestimó la necesidad de intervención estatal en la economía. Tampoco hubo medidas para favorecer industrialización. Lewin cita el caso de una fábrica de tractores que debía construirse en Petrogrado en 1924, pero su construcción solo se implementó seis años más tarde, de manera acelerada.

La orientación hacia “hombres de la NEP

Aunque la posición ante los campesinos fue el eje de las diferencias entre los bolcheviques, la cuestión del comercio y la artesanía privada también estuvo en la agenda de los debates. Las polémicas giraron en torno a cuánta libertad había que dar a los comerciantes y pequeños fabricantes, también conocidos como los “hombres de la NEP” (Ball, 1985, también para lo que sigue). A lo largo de la década hubo cambios bruscos en su situación. El primero ocurrió a fin de 1923, cuando se cerraron cerca de 30.000 empresas privadas y se produjeron numerosos arrestos de comerciantes. En mayo de 1924 se ordenó a los bancos no dar más crédito, en lo posible, a comerciantes privados, y las industrias que les vendían les redujeron violentamente los créditos. Como resultas de esta orientación, el número de comerciantes con licencia disminuyó en 100.000. La ofensiva fue parte de las medidas adoptadas para bajar los precios a los que compraban los campesinos. Pero también pesó el miedo de los bolcheviques al fortalecimiento económico de los nepmen, y a que estos pudieran separar a los campesinos del régimen soviético. En febrero de 1924 Smilga (dirigente de la Oposición de Izquierda y alto funcionario del Gosplan) advertía: “Si hace dos años atrás el capital privado hizo sus primeros esfuerzos tímidos en el área del comercio y la pequeña industria, y no pareció un peligro para la economía estatal soviética, hoy no podemos decir lo mismo. En la persona del capitalista privado tenemos una fuerza económica significativa que demanda ser considerada seriamente. En el comercio minorista y especialmente en el comercio con los campesinos, el capital privado ocupa ahora la posición dominante” (citado por Ball).

La alianza obrera y campesina peligraba entonces no solo por el crecimiento del kulak, sino también por el fortalecimiento del intermediario privado entre el campo y la ciudad. Pero además, había irritación entre los bolcheviques porque había reaparecido la vida fastuosa: casinos, restaurantes de lujo, clubes nocturnos, casinos donde se jugaba con moneda extranjera, joyas para las mujeres de los hombres de la NEP, prostitución “de alto nivel”, circulación de cocaína y heroína. Lógicamente, también había resentimiento entre los obreros, que estaban padeciendo muchas privaciones.

Sin embargo, en 1925, con el ascenso de la orientación bujarinista, se produjo un nuevo cambio. La nueva doctrina era que no había nada que temer de los nepmen. Más aún, para animar a que salieran del mercado negro, se les dieron más y más seguridades. Entre 1925 y principios de 1926 los artesanos rurales fueron exceptuados de impuestos a condición de que emplearan solo miembros de su familia y a dos aprendices; y los que tenían hasta tres obreros no pagaban el impuesto nivelador. Tampoco debían tener licencias para vender. Facilidades muy similares fueron otorgadas a los artesanos de las ciudades. En 1926 se quitó el límite de lo que podían dejar en herencia. Los impuestos que pagaban los nepmen cayeron del 55,7% del total de impuestos pagados por las empresas estatales, cooperativas y privadas en 1923-4, al 43,2% en 1925-6. El crédito concedido a empresarios privados subió un 300% entre fines de 1924 y fines de 1925. En la primavera de 1926 había más de 600.000 comercios privados con licencia, contra 470.000 a fines de 1924.

Límites del crecimiento y crisis de la NEP

Hasta 1926-7 la economía soviética, y en particular la industria, tuvieron una recuperación importante. En 1927 la inversión neta era un 20% superior al nivel de 1913. Sin embargo, esa ganancia se había obtenido a expensas de inversiones en viviendas y construcciones rurales. La inversión en ferrocarriles, educación y defensa también era débil, lo que causaba alarma en el Gobierno (Wheatcroft, Davies y Cooper, 1986). Además, los equipos productivos estaban envejecidos, había demanda insatisfecha y los precios de los bienes industriales eran elevados; y buena parte de la producción era de calidad defectuosa. Por otra parte, aumentaba el desempleo, ya que el débil crecimiento industrial impedía absorber a los campesinos que emigraban a las ciudades (idem); las mujeres parecen haber sido particularmente afectadas por el desempleo (durante las guerras muchas se habían incorporado a la industria). Las empresas estatales eran financiadas en parte con impresión de dinero (señoraje), con lo que se compensaban las pérdidas que pudiera haber derivadas del control de precios. En 1928 los créditos y descuentos a las empresas estatales llegaron a absorber las tres cuartas partes del crédito total (Johnson y Temin). Lo cual daba lugar a una presión inflacionaria. Dado que los controles de precios eran efectivos para las manufacturas (los directores de empresas estatales no evadían los controles), los precios del grano subieron en relación a los industriales, a pesar de la escasez de los bienes industriales (ídem).

Por otra parte, en 1926-7 solo el 49% de las ventas de grano eran adquiridas por las agencias estatales; el resto se vendía en forma privada; en lo que respecta al ganado, el 90% se vendía privadamente. Esta situación debería haber mejorado los términos de intercambio para los campesinos, pero de hecho empeoraron, ya que no había bienes industriales que comprar a los precios establecidos (Johnson y Temin). A partir de mediados de 1927 se intensificó la escasez de bienes industriales en el campo, pero el Gobierno procuró de nuevo bajar los precios industriales para favorecer a los campesinos. En paralelo aumentó la emisión de dinero, no solo para financiar la compra de grano, sino también para sostener a bancos, la industria pesada y los ferrocarriles (Johnson y Temin). Era una política incoherente, ya que ponía más presión en una demanda que no podía ser satisfecha. De todos modos, mejoró los precios relativos para los campesinos. Según Harrison (1985), en 1927-8 y en 1928-9 los precios se habrían movido a favor de los campesinos, aunque sin recuperar los niveles relativos de 1913; en 1928-9 estarían todavía un 28% por debajo del nivel de preguerra.

Cada vez era más claro que los problemas de fondo no eran de demanda, sino de oferta; era necesario incrementar la inversión. Como hemos señalado, el intento de bajar los precios de los productos industriales ocasionaba pérdidas a empresas estatales, que eran financiadas con emisión, lo que a su vez generaba nuevas presiones inflacionarias (Johnson y Temin; el problema de la inflación y la necesidad de estabilizar la moneda fueron planteados repetidas veces por Trotsky, 1973). Se demostraba así que la Oposición tenía razón cuando denunciaba, en el pico de la influencia de Bujarin, que la industria no podía proveer a los campesinos con insumos y bienes a precios adecuados, a causa de la debilidad del crecimiento industrial y el retraso en poner en práctica la planificación. El propio Bujarin comenzó a revisar sus posiciones ya en 1926, y la dirección soviética habló de acelerar el desarrollo industrial (Cohen).

Hacia octubre de 1927 la escasez de bienes industriales en las áreas rurales impulsó a los campesinos a retener el grano. Hubo que disponer el racionamiento de alimentos en las ciudades. Según Bettelheim, debido a la falta de bienes industriales, para los campesinos pobres y medios era racional retener su producción para asegurar su alimentación o reducir su dependencia del campesino rico. La dependencia con respecto al kulak se sentía de forma aguda; el kulak entregaba al campesino pobre, o medio, elementos en préstamo para trabajar, a cambio de productos; o los empleaba como asalariados. Bettelheim enfatiza que la retención del grano fue un fenómeno de masas, ya que respondía a una lógica de supervivencia de los campesinos pobres y medios. En cambio, Trotsky interpretó que en 1927-8 los kulaks, acompañados por la pequeña burguesía de las ciudades, se rebelaban contra el régimen soviético. “El kulak había tomado a la revolución por el cuello”, escribiría en La revolución traicionada. Señala que ya a mediados de la década había una fuerte presión, que se hacía sentir en el mismo Gobierno, por acabar con la nacionalización de la tierra. En el Partido Bolchevique se temía que hubiera una sublevación motorizada por los kulaks, los “hombres de la NEP” (comerciantes y especuladores) y elementos capitalistas. Entre la vieja guardia bolchevique nunca había dejado de sobrevolar el temor al golpe termidoriano. Y era una realidad que en las crisis de precios o abastecimientos el kulak potenciaba su influencia entre el campesinado. También hemos visto el poder que habían adquirido los “hombres de la NEP”. Además, en 1927 el desempleo urbano alcanzó un nivel alarmante, y esto solo podía remediarse con expansión de la industria.

Como telón de fondo, en la dirección soviética, hacia fines de 1927, con el aplastamiento de la revolución en China, la ruptura de relaciones con Gran Bretaña y el asesinato del embajador soviético en Polonia, aumentó el temor de un ataque a la URSS. Todos estos elementos se conjugaron para que el giro de Stalin hacia la colectivización e industrialización, de 1928-9, fuera interpretado por muchos comunistas (y no solo los de la Oposición de Izquierda), activistas, la intelectualidad de izquierda, y seguramente franjas importantes de la clase obrera, como un paso hacia el socialismo. Volveré varias veces sobre este factor de legitimación por izquierda de la política de Stalin en los 1930.

Notas y Textos citados:

I

1. Si se define que un Estado es capitalista porque la burocracia extrae excedente a través de su dominio del Estado, dejamos de lado lo específico de la relación capitalista. La relación capitalista es “valor en proceso de valorización”, a través de la explotación del trabajo asalariado. Pero para que haya valor en proceso de valorización, debe desplegarse el mercado ... la caracterización de la URSS como un Estado no obrero y no capitalista, burocrático ... permitía prever un proceso de restauración capitalista ... se podía haber entendido por qué la clase obrera de estos países NO consideraba que esos Estados fueran obreros, o algo siquiera semejante. No era una cuestión de “degeneración”, sino de cambio cualitativo, ya que había una relación de EXPLOTACIÓN de la clase obrera por la burocracia ... Una objeción común (esto también tomado del testimonio de un trotskista inglés, que fue de los primeros en entrar con literatura trotskista a la URSS) de la gente (estudiantes y obreros) era que la economía de la URSS no tenía nada que ver con la clase obrera; “pertenece y enriquece solo a los funcionarios”, era el argumento más común ... Sostengo que entre el períodos de la colectivización y la industrialización forzadas, que arrancan en 1928-9, y fines de los 30 desaparece cualquier rasgo de Estado obrero.

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+ Info:

¿Qué fue la URSS? (1)

¿Qué fue la URSS? (2)

URSS: Respuesta a una crítica trotskista

Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (Conclusión)

Control bonapartista, trotsky y autonomia de clase


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Andreu Nin: «La qüestió nacional a Espanya. El problema català» (1926). Un document inèdit.

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