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Anticapitalistes
  
dilluns 14 de desembre de 2015 | Manuel
Reforma y revolución

Paul D’Amato

Nosotros apoyamos activamente la lucha obrera y de los oprimidos por reformas económicas, políticas y sociales como un medio de mejorar sus condiciones y fortalecer su confianza y fuerza luchadoras. Pero con sólo reformar el sistema no terminaremos con la opresión y explotación capitalistas. El capitalismo debe ser reemplazado.

Fragmento de "Nuestra Posición" de la ISO

EL SOCIALISTA estadounidense Daniel DeLeon, en un discurso titulado "Reforma o Revolución", dado en Boston en 1886, comparó las reformas económicas y sociales a acicalar a un perro caniche. En su discurso, él argumento que no importa cuánto le cambies la apariencia al perro, ’’esencialmente era un caniche, es un caniche, y seguirá siendo un caniche".

Para ver lo inapropiada que es esta analogía del caniche, podemos usar un ejemplo más sustancial. En los ojos de DeLeon, no importa si son seis o doce horas de trabajo diario, los trabajadores siguen siendo explotados. Por ende las horas del día de trabajo deberían ser una cuestión insignificante para los socialistas, y la lucha por menos horas de trabajo una pérdida de tiempo.

Si los socialistas de verdad pensaramos de esta forma, con buena razón nos verían como imbéciles. DeLeon podría también haber dicho que un caniche sigue siendo un caniche, sin importar que esté bien alimentado o medio muerto de hambre.

Sin embargo, en algo sí tiene razón. Por definición, las reformas afectan a la sociedad sin cambiar las relaciones básicas, económicas y sociales, del capitalismo. La extensión o el repliegue de una reforma en particular puede aliviar o intensificar la carga de la explotación y opresión capitalista que pesa sobre nuestros hombros, pero no cambia el hecho de esa explotación.

Pero se formule como se formule, la posición de DeLeon es estática y parcial porque falla en ver la conexión entre la lucha por reformas y la revolución. Por ende, el razonó: "Nosotros los socialistas no somos reformistas, sino revolucionarios. No proponemos cambiar formas; éstas no nos importan. Queremos un cambio en el mecanismo de la sociedad; ya la forma se hará cargo de sí misma".

De acuerdo a este enfoque, los socialistas no tenemos nada que hacer en el aquí y ahora, mas que esperar de brazos cruzados hasta que llegue la revolución. La contraposición de reformas sociales y revolución lleva entonces a una esterilidad sectaria.

Los socialistas no podemos difundir nuestras ideas o esperar ganar más y más trabajadores sin participar en la lucha diaria por reformas económicas y sociales. La Internacional Comunista lo puso bien claro en 1921 en su tesis sobre las tareas organizacionales de los partidos socialistas:

Sería el error más grande para los comunistas invocar el programa y la lucha armada final revolucionaria como una excusa para mirar pasivamente, o incluso oponerse a las luchas presentes de los trabajadores por pequeñas mejoras en sus condiciones de trabajo. No importa que tan pequeñas y modestas sean las demandas por las que los trabajadores están dispuestos a pelear contra los capitalistas, su tamaño nunca debe ser una razón para que los comunistas se abstengan de luchar.

Para estar seguros, en nuestro trabajo de agitación, los comunistas no debemos mostrarnos como ciegos instigadores de paros estúpidos y acciones imprudentes. Más bien, los comunistas en todas partes debemos ganar la reputación entre los trabajadores que luchan de ser sus más hábiles camaradas en la pelea.

LA LUCHA por reformas es crucial en diferentes sentidos.

Primero, sólo una lucha masiva y militante es capaz de ganar reformas. De hecho, las reformas de mayor alcance se logran precisamente cuando la clase dominante siente que su control por sobre la sociedad y sus instituciones está gravemente amenazado.

Segundo, sólo en la lucha colectiva por reformas es donde el pueblo se radicaliza, se llena de conciencia de clase y adquiere una idea de su propio poder.

Tercera, una lucha masiva puede, bajo ciertas circunstancias, incluso convertirse en una lucha insurreccional que contiende por el poder.

Los socialistas, sin embargo, debemos distinguir entre reformas, a las que apoyamos, y el reformismo, al que nos oponemos. El reformismo es la posición política que ve los límites del cambio social en los límites del sistema capitalista mismo. Para el reformismo, las reformas son un fin en sí mismas.

La historia nos enseña que cuando la lucha por reformas amenaza por "írsele de las manos", los líderes reformistas intentan apagarla con agua fría para que se mantenga dentro de límites "aceptables" para el capitalismo. Los socialistas debemos siempre liderar una lucha contra el reformismo, para convencer a la clase trabajadora sobre la perspectiva revolucionaria en el proceso mismo de la lucha por las reformas.

El revolucionario ruso Vladimir Lenin, en un artículo escrito en 1913, explicaba así la distinción entre reformas y reformismo:

A diferencia de los anarquistas, los marxistas reconocemos las luchas por reformas, es decir, por medidas que mejoren las condiciones de vida del pueblo obrero sin necesariamente destruir el poder de la clase dominante.

Al mismo tiempo, sin embargo, los marxistas libran una lucha resuelta contra los reformistas, que directa o indirectamente, restringen los objetivos y actividades de la clase obrera a la búsqueda de reformas. El reformismo es un engaño burgués a los trabajadores, quienes, a pesar de mejoras individuales, y mientras exista el dominio del capital, seguirán siendo esclavos asalariados.

PARA LOS socialistas, las reformas—y en particular la lucha por reformas—aunque importantes en sí mismas para mejorar nuestras condiciones de vida y trabajo, son cruciales en preparar las condiciones para una lucha que desafíe al sistema capitalista en su totalidad. No nos satisface parar en tal o cual reforma; nos toca empujar el movimiento hacia nuevas conquistas, y al final, hacia la destrucción de la vieja sociedad y la construcción de una nueva.

Algunos radicales se oponen a las reformas porque, según ellos, son usadas por la clase dominante como sobras de alimentos que nos lanzan para inducir a los trabajadores a renunciar a alternativas radicales.

Hay un elemento de verdad en esto. De ahí viene el llamado del pueblo al autócrata, oído más de una vez en la historia del mundo: si no se dan reformas desde arriba, las masas harán una revolución desde abajo.

En los estados burgueses, menos dramáticamente, la alternancia entre gobiernos liberales-reformistas y conservadores puede servir como una válvula de escape, diseñada para mantener el descontento dentro de límites aceptables a la clase dominante. En palabras del socialista estadounidense Hal Draper, esta alternancia se escenifica como "una división del trabajo entre distintos partidos del mismo sistema".

Sin embargo, el hecho de que se nos otorguen reformas con la expectativa de que ellas dividan, confundan y desactiven la lucha de clases no quiere decir que esos intentos de desviación vayan a triunfar. Bastante a menudo, quienes pelean por reformas ven en su concesión señales de la debilidad de los poderes dominantes, y de ahí, señales de que el movimiento debe presionar por más.

En la lucha hay siempre una tensión entre acomodarse a lo que existe y empujar por ir más allá, pero fuera de una revolución, toda lucha es siempre una lucha por reformas, y es sólo a través de la lucha que se hace posible ir más allá de las reformas.

El reformismo y el gradualismo, la idea de que los cambios sólo pueden o deben venir suave y lentamente, son conceptos gemelos. Ambos aceptan, conscientemente o no, los límites impuestos por el capitalismo, porque no importa cuántas reformas se acumulen, por sí mismas no podrán transformar el capitalismo en socialismo.

Para alcanzar el socialismo, en algún punto la lucha por reformas debe convertirse cualitativamente en una forma más elevada de lucha. La revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo lo escribió así:

Representar las reformas como una revolución arrastrada en el tiempo, y la revolución como una serie condensada de reformas es contrario a la historia. Una transformación social y una reforma legislativa no se diferencian de acuerdo a su duración, sino de acuerdo a su contenido.

El secreto del cambio histórico haciendo uso del poder político reside precisamente en la transformación de una modificación cuantitativa simple en una nueva cualidad, o para hablar más concretamente, en el paso de un período histórico de una cierta forma social a otra.

Es por eso que la gente que se pronuncia a favor del método de la reforma legislativa en lugar de, y en distinción a la conquista del poder político y la revolución social, no elige en realidad un camino más tranquilo, calmado y lento a la misma meta, sino una meta diferente. En vez de tomar posición por el establecimiento de una nueva sociedad, la toman por modificaciones superficiales a la vieja.

30/11/2015

http://socialistworker.org/2015/11/30/reforma-y-revolucion


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