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Anticapitalistes
  
dissabte 5 de desembre de 2015 | Manuel
El terrorismo de arriba y el de abajo se impulsan mutuamente

Lucha Indígena

En ambos casos el terrorismo mata principalmente a personas inocentes, los de abajo.

La organización terrorista Estado Islámico (E I) que ha perpetrado acciones asesinas contra ciudadanos franceses, surgió por el terror de arriba desarrollado por el ejército norteamericano en Irak ...

Las acciones del E I en París le cayeron como anillo al dedo al gobierno de Hollande para prohibir que haya manifestaciones internaciones en Paris en rechazo a la farsante cumbre climática COP21 ...

Además ... sirven para reforzar en Europa las corrientes neonazis y otras ultra-derechistas, que se oponen a que sus países reciban refugiados ...

Aumenta la islamofobia en el mundo, especialmente en los países imperialistas.

En el Perú conocemos muy bien cómo los dos terrorismos se alimentan mutuamente, dañando al pueblo oprimido. Los 20 años de guerra interna entre los terrorismos de Sendero Luminoso y del estado peruano han servido para asesinar a 70 mil peruanos, la gran mayoría gente de abajo, esa guerra les ha servido para encarcelar, desterrar, violar, humillar a mucha gente pobre, la guerra les sirvió para tener más aplastadas que nunca las luchas populares. Las acciones de SL fueron muy bien usadas por Fujimori y los otros gobiernos, para saquear las arcas fiscales. Esa guerra impidió que se dieran movimientos como los de Ecuador y Bolivia.

Entendemos que las acciones terroristas en general son practicadas por gente indignada contra lo injusto del sistema de opresión que vivimos, pero no sirve para extinguirlo, al contrario, es usado por el sistema para reforzar la opresión con el nombre de defensa contra el terrorismo.

La acción de un grupo de valientes no inspira al pueblo a ejercer la violencia contra el poder, todo lo contrario, lo amedrenta y sirve como pretexto al poder opresor para comportarse más violento contra el pueblo.

No impulsemos la acción de un grupo, impulsemos la acción colectiva en la forma que dicha colectividad determine. Así, fue la colectividad del campesinado oprimido de los valles de La Convención y Lares, en el departamento del Cusco a inicios de la década de los 60 la que realizó la primera reforma agraria del Perú y la más completa, no se le pagó ni un centavo a los latifundistas ni se le dejó un palmo de tierra a los hacendados (salvo en el caso de dos haciendas que suplicaron al gobierno militar que hiciera la reforma agraria en sus haciendas). Es cierto que, ante el cruel ataque policial a su reforma, el campesinado insurrecto se vio obligado a practicar la autodefensa armada de su reforma agraria, pero esa fue una decisión colectiva del movimiento cuando él así lo decidió, no fue la acción de un grupo de valientes que se autonombran defensores de la colectividad, ni de ningún partido, ni de ningún líder (ver abajo).

Es también la acción colectiva la que tiene paralizados los proyectos depredadores de Conga y Tía María. Ha sido la acción democrática y sin líderes de los jóvenes que lograron que el mismo Congreso que había aprobado la ley anti-juvenil “pulpín”, la derogara.

Han sido los ejércitos de mujeres y hombres kurdos, organizados democráticamente por los de abajo, quienes ejecutaron la peor derrota al Estado Islámico, la de Kobane; no fue ningún poderoso estado imperialista. Confiemos en la acción rebelde de TODOS o la gran mayoría para acabar con la opresión, no en la acción audaz de un grupo de valientes.

Lucha Indígena 112, diciembre 2015


La reforma agraria empezó desde abajo

... los campesinos de las haciendas de La Convención y Lares ... consiguieron (la justicia) gracias a una huelga indefinida. “Imagínense lo aventurero que es el trostkista (Hugo) Blanco, que tiene a su sindicato en huelga nueve meses, decían los estalinistas de la Federación de Trabajadores del Cuzco”, recuerda. Pero no era una huelga al uso. Cuando un obrero hace huelga, pierde su salario y puede ser despedido. Pero, ¿qué ocurre cuando un campesino hace una huelga que consiste en no trabajar para el señor y dedicarse a cuidar su propia tierra y esa huelga se contagia a todas las haciendas de una región? Es la revolución. La reforma agraria desde abajo.

Eso fue lo que ocurrió en la provincia de La Convención y en la zona de Lares, en el departamento de Cusco, a principios de la década de los 60. Frente a los abusos de los patrones se formaron sindicatos en la zona de La Convención con abogados que defendían a los campesinos y exigían que se discutieran los pliegos de reivindicaciones.

Como la Policía y el poder judicial estaban en sus manos metían a los cabecillas en la cárcel. A uno de esos sindicatos, en Chaupimayo, es que yo entré”, dice Blanco, con su eterno sombrero de paja, su barba blanca y sus sandalias de indio. Cuando ingresó en el sindicato en el año 1960, tres de sus dirigentes estaban detenidos. “Ahí comenzó la cosa para mí. Hacíamos marchas por los presos, cortábamos durante un día las carreteras y la actividad comercial en la provincia, hacíamos mítines, huelgas de hambre… Y así los sacábamos”. Pero muchos hacendados se negaban a firmar los pliegos de reclamaciones, ni aceptaban reconocer a los sindicatos. Mucho menos discutir con los campesinos.

Entonces algunos sindicatos decidieron ir a la huelga. Y el campesino estaba feliz, porque tenía más tiempo para trabajar su chacra. Era como un inquilino que por huelga no paga el alquiler”, explica. Las reclamaciones iniciales de los campesinos –que se disminuyera los días de condición, jornadas de ocho horas, el fin de los maltratos físicos, libertad sindical…– fueron sobrepasadas por la huelga, que se convirtió en un cuestionamiento directo a la estructura feudal de la tierra. Llegó a haber cien haciendas en huelga, cien haciendas con reforma agraria con el nombre de huelga. “La reforma agraria la había hecho el campesinado sin saber que estaba haciendo la reforma agraria”, dice. Con la consigna “tierra o muerte”, los campesinos de las haciendas lograron rebasar a la dirigencia de la Federación de Trabajadores del Cusco.

Guerrilla en legítima defensa

Los hacendados comenzaron a portar armas, a disparar al aire, a amenazar de muerte a los “indios ladrones”, tal como los llamaban. Los campesinos denunciaron los hechos a la Guardia Civil pero se encontraban con un muro. “Indios sinvergüenzas, ustedes cara de quejarse, le están robando la tierra al patrón y él tiene derecho para matarlos como perros”, fue una de las respuestas que recibieron, según cuenta Blanco.

Ante la complicidad de la Policía, muchos afectados acudieron a la recién creada Federación Provincial de Campesinos en La Convención.

–Lo único que nos queda es defendernos nosotros mismos –dijo Blanco.
–Compañeros, ya saben que cuando nos emborrachamos podemos dispararnos unos a los otros –decían los “burócratas”.
–Sí, el compañero tiene razón –respondió Blanco–, puede suceder eso, pero para que no suceda lo mejor es que montemos comités de autodefensa bien organizados.

Y ahí ya no tuvieron más qué decir. Y se aprobó. Cómo sabían que en Chaupimayo estábamos ya preparándonos porque éramos de los más amenazados, la asamblea me eligió a mí por unanimidad para organizar los comités de autodefensa”, recuerda.

Lo primero era conseguir armas. En previsión de un estallido, las autoridades prohibieron su venta en el sur del Perú. “Pero como los comerciantes son capitalistas dijeron ‘ah, las armas están prohibidas en el sur del Perú, eso quiere decir que allá tienen buen precio, vamos a llevar allá’”. Sólo faltaba el dinero para comprarlas. Una noche se llevaron el ganado del hacendado y lo vendieron. “Al día siguiente la carne se vendió más barata que nunca. Con eso había dinero para comprar armas. También los amigos pirotécnicos de los campesinos nos regalaban pólvora para las escopetas. El capataz de una carretera que se construía cerca de Chaupimayo nos dio dinamita y el ingeniero incluso nos enseñó a utilizarla. Nosotros sabíamos que estallaba, pero no que se necesitaban mechas y detonadores”, se ríe Blanco. “Mi camarada Trotsky decía ‘hay que armar al pueblo con la necesidad de armarse’. Cuando la gente siente que tiene que armarse, de donde sea salen, brotan las armas”.

En un principio los grupos de autodefensa cumplieron con su objetivo: los hacendados rebajaron la violencia de las amenazas. Pero las críticas de la derecha al Gobierno militar por permitir esta ‘alteración del orden’ determinó el inicio de una escalada represiva: “Tal como anunció el jefe de la Guardia Civil por radio, primero reprimieron en el sector de la sierra fría, que estaba menos organizado, mataron a un campesino en un mitin. Después se fueron a La Convención y prohibieron que se reúna la Federación Provincial de Campesinos de La Convención y Lares, a culatazos entraban a las asambleas de los sindicatos”.

De la clandestinidad a la cárcel

En el contexto de esta contraofensiva, un hacendado acompañó a un policía para capturar al secretario general del sindicato local. No encontraron más que a un niño de once años. –¿Dónde está tu papá?
–No sé, señor.
–¿Cómo que no sabes? –gritó el hacendado y amenazó al niño con el arma del policía en el pecho–. Si no hablas, te mato.

El chiquito, como no sabía dónde estaba, empezó a llorar y de un balazo el patrón le rompió el brazo, en presencia de la Policía. Entonces el compañero vino a buscar ayuda. A mí ya me perseguían en esa época”, cuenta.
–¿A qué autoridad puedo quejarme? –preguntó el padre desesperado.

Reunidos cuatro sindicatos se decidió enviar una comisión encabezada por Hugo Blanco. “Teníamos que pasar dos puestos de la policía antes de llegar a esa hacienda. Uno logramos eludirlo, pero el otro no. Vimos que había gente que iba corriendo a avisar”, dice Blanco. Frente al puesto de la Guardia Civil, un guardia hacía como que leía el periódico.
–Señor, quiero hablar con usted –dijo Blanco.
–Sí, pase –el policía lo invitó a entrar.
–¿Sabe que en esta hacienda el patrón ha herido a un niño? Ahora nos están mandando en comisión para pedirle cuentas al hacendado, pero como no tenemos la suficiente cantidad de armas estamos viniendo a llevar las armas de acá… –decía Hugo Blanco mientras iba sacando el revólver –. Así que usted levante las manos y quédese tranquilo, nosotros vamos a sacar las armas y no va a pasar nada.
–Ah, si ustedes quieren las armas yo se las voy a dar…
–Usted quédese tranquilo, levante las manos o disparo –subió la voz Hugo Blanco. El policía se puso de pie y en vez de levantarlas metió una de las manos en el bolsillo para sacar el arma. Hugo Blanco disparó. El policía alcanzó a sacar el revólver y a disparar, pero ya se caía. “Un segundo más me demoraba y era yo el muerto”, cuenta. “Me abalancé y le quité el revólver. Salimos y rodeamos el puesto. Empezó el tiroteo. Sólo después de una granada de mano casera, se rindió el otro guardia”.

Trajeron al enfermero de Pujiura, el pueblo donde se encontraban, pero no fue suficiente para salvar al policía herido. Según Blanco, “el agente era el guardia que le había dado el arma al hacendado para que disparase al niño, por eso no quería rendirse”.

Poco tiempo después, la columna organizó una emboscada. “Yo no quería que muriera gente. Como no sabíamos de qué lado iban a venir los policías, pusimos a un vigía de cada lado para que nos avisara. Dije que nadie dispare mientras yo no lo hiciera, porque pensaba salir a amenazarles y que nos entregaran las armas. Pero mis compañeros se pusieron nerviosos y mataron a dos policías”. En el proceso judicial Hugo Blanco asumió la responsabilidad por las tres muertes. “Ahora que el caso está cerrado puedo decir que yo no fui”, admite.

Esos tiempos de clandestinidad, entre tiroteos con la policía y noches a la intemperie, contribuyeron a la creación de decenas de sindicatos y la extensión de la huelga campesina. Pero el cerco se estrechaba alrededor de la columna de Hugo Blanco. Según su propio relato, la Guardia Civil tenía órdenes de apresarlo muerto, mientras que las órdenes de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) eran encontrarlo vivo. La suerte volvió a estar de su parte. Un agente de la PIP fue el primero en verlo. “Acá está”, gritó. Pero la Guardia Civil estaba con ellos. “Dispare” fue la orden que emitió el jefe de la Guardia Civil. Como la orden que tenía era apresarlo vivo, el policía de la PIP disparó al aire.
–¡Quieto, saca las manos! –dijo el policía.
–¿Voy a sacar las manos o voy a estar quieto? –contestó Blanco. “Muchas veces en mi vida he tenido miedo, pero en esos momentos acostumbro a estar tranquilo”, dice.

Era mayo de 1963. En el momento de la detención estaba descalzo. Tenía unos zapatos que dejaban una huella característica. Por eso los había ocultado en una cueva cercana junto con otra documentación que por nada del mundo dejaría que la policía encontrase. Hugo Blanco fue trasladado sin zapatos a la oficina de la PIP en Quillamba, capital de La Convención. De ahí fue trasladado en helicóptero al cuartel del ejército en el Cusco.

Cuando me sacaron de la oficina para llevarme al helicóptero, la gente que se había agolpado en la calle me aplaudió y yo grité ‘¡Tierra o Muerte!’. Me habían capturado pero eso no significaba el final de la lucha”, recuerda. Comenzaban sus años de prisión.

La mecha de la reforma agraria

Pese a su detención, la reforma agraria en el sur de Perú ya estaba en marcha. Hugo Blanco reconstruye la reflexión de los militares que estaban en el poder: “Estos indios se han acostumbrado durante más de diez meses a vivir sin trabajar para la hacienda. ¿Cómo vamos a conseguir que vuelvan a trabajar para el patrón? Eso se va a convertir en un incendio. Mejor sacamos una ley de reforma agraria, pero sólo para esta zona”. Y eso fue lo que hicieron.

Pero cómo era de esperar, la rebelión se extendió por otras zonas de Perú. Para esos años Fernando Belaúnde Terry (1963-1968) había reemplazado al Gobierno militar. “A La Convención le han dado tierras porque agarraron las armas, y a nosotros nada” era, a su vez, la reflexión de los campesinos que se lanzaban a la toma de tierras en todos los rincones del país. “Belaúnde hacía cortar la rebelión a balazos y hubo masacres como en Soltera Pampa en el departamento del Cusco”, dice. En esos años también surgieron las guerrillas de Luis Felipe de la Puente Uceda y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), guerrillas clásicas como la cubana, con la idea de crear un foco guerrillero. “Entonces los militares dijeron ‘este Belaúnde va a incendiar todo el país, mejor nosotros tomamos el poder y lo que hemos hecho en La Convención lo hacemos en todo el Perú”, explica Blanco.

Y así lo hizo el Ejército, comandado por Juan Velasco Alvarado, que tomó el poder en 1968 con un programa nacionalista y popular, combinado con recortes en las libertades públicas. La expropiación de las petroleras, la nacionalización de sectores claves de la economía y una amplia reforma agraria que acabó definitivamente con el gamonalismo fueron algunas de las medidas de este general que gobernó de facto entre 1968 y 1975. La reforma agraria de 1969 repartió millones de hectáreas entre comunidades campesinas e indígenas y creó grandes cooperativas producto de la unión de diversas haciendas con el nombre de Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS).

El gamonalismo de todas formas hubiera muerto, pero hubiera sido sustituido por el capitalismo agrario. Ahora el Perú sigue siendo, a pesar de que ha avanzando la agroindustria, el país de Latinoamérica que tiene mayor porcentaje de la tierra en manos de los campesinos, ya sea individual o colectivamente, gracias a la lucha del campesinado”, reconoce.

Sin embargo, a los campesinos no le gustaba eso de las SAIS. Teóricamente eran más revolucionarias que la revolución rusa, toda la tierra estaba ‘colectivizada’, pero en la práctica, quienes se aprovechaban del trabajo colectivo eran tres o cuatro burócratas”, cuenta Blanco. La lucha de los campesinos contra la SAIS se convertiría en los siguientes años en fuente de conflicto con el Estado.

En 1989, durante la primera presidencia de Alan García, Hugo Blanco era secretario de Organización de la Confederación Campesina del Perú (CCP). “Se rumoreaba que la gente de Puno quería tomar las tierras. Pido entonces que me manden a Puno. Entonces la lucha era contra el Gobierno de Alan García, la policía y el ejército, contra la Confederación Nacional Agraria –que era la central campesina que había formado Velasco– y contra Sendero Luminoso, que nos acusaba de traidores al campesinado porque decíamos que había otra forma de lucha que no era la lucha armada. Pero contra todo eso logramos recuperar 1.250.000 hectáreas de las SAIS para las comunidades, reformando la reforma agraria de Velasco”, afirma orgulloso.

(...)

De: Las diez vidas de Hugo Blanco. Martín Cúneo


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