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dissabte 28 de novembre de 2015 | Manuel
Economistas keynesiano-progresistas y el principio de demanda efectiva

Rolando Astarita

En otras notas he polemizado con la idea, muy difundida entre los economistas keynesiano-progresistas, de que es posible sostener la demanda en base al gasto público (aquí, aquí). En esta amplío el argumento a partir de la interpretación de Keynes que hacen destacados economistas, identificados con la gestión kirchnerista. Sostienen que, según Keynes, los factores determinantes del ingreso y la producción son el consumo popular y el gasto público. Por ejemplo, el profesor Andrés Asiain, en “Mitos económicos. La ortodoxia contra la demanda interna” (Página 12, 25/10/15) escribe:

“… desde que en los años treinta Kalecki y Keynes desarrollaran el concepto de demanda efectiva, se sabe que los ingresos son un resultado del volumen de gastos. Así, la ampliación de la demanda interna no debe financiarse a costa de un ingreso previo, sino que es la generadora de ingresos vinculados con el mercado interno. Es decir, el mayor gasto público y consumo popular, estimulan las ventas, la producción y el empleo, engordando la recaudación impositiva, los aportes patronales y de los trabajadores a la seguridad social, así como los ingresos empresariales y de otros sectores que conforman el ahorro interno. La idea de agotamiento de esos recursos “manoteados por el Estado”, es una ilusión ortodoxa que no comprende que los mismas se nutren del gasto estatal y su efecto estimulante sobre la producción y el empleo”.

Aquí la inversión ha literalmente “desaparecido”; apenas se mencionan los “ingresos” de los empresarios, asimilando estos con el ahorro. Sin embargo, el ahorro no siempre va automáticamente a la inversión, cuestión en la que insiste Keynes, en oposición a la ortodoxia defensora de la ley de Say. Por eso, una lectura medianamente atenta de la Teoría general nos muestra que en el principio de la demanda efectiva de Keynes la inversión -decisión de los empresarios de qué hacer con sus ingresos- juega el rol central. Para clarificar esta cuestión, en lo que sigue presento ese principio, eje articulador de la teoría keynesiana. La conclusión que adelanto es que, incluso desde la lógica de Keynes, es un error de análisis importante minusvalorar el rol de la inversión.

El principio de la demanda efectiva

El principio de la demanda efectiva es presentado por Keynes en el capítulo tres de la Teoría General, donde establece que los dos componentes principales de la demanda son el consumo y la inversión (razona con una economía cerrada). Su argumento parte de suponer que el consumo crece cuando aumenta el ingreso, pero en menor proporción. Escribe: “cuando aumenta la ocupación aumenta también el ingreso global real de la comunidad; la psicología de esta es tal que cuando el ingreso real aumenta, el consumo crece, pero no tanto como el ingreso” (TG, p. 35).

Viene luego el razonamiento central: dada la propensión al consumo, “los empresarios resentirían una pérdida si el aumento total de la ocupación se destinara a satisfacer la mayor demanda de artículos de consumo inmediato. En consecuencia, para justificar cualquier actividad dada de ocupación, debe existir cierto volumen de inversión que baste para absorber el excedente que arroja la producción total sobre lo que la comunidad decide consumir cuando la ocupación se encuentra a dicho nivel; porque a menos de que exista este volumen de inversión, los ingresos de los empresarios serán menores que los requeridos para inducirlos a ofrecer la cantidad de ocupación de que se trate. Se desprende, por tanto, que dado lo que llamamos propensión a consumir de la comunidad, el nivel de equilibrio de la ocupación… dependerá de la magnitud de la inversión corriente” (ídem).

En el mismo sentido, en su artículo de 1937 del Quarterly Journal, señala que, dada la propensión al consumo, “los empleadores tendrían una pérdida si el conjunto del empleo incrementado se destinara a satisfacer la demanda inmediata de consumo. Por lo tanto, para justificar una cantidad dada de empleo debe haber una cantidad de inversión corriente suficiente para absorber el exceso de output total por encima de lo que la comunidad elige consumir cuando el empleo está a cierto nivel. Ya que a menos que exista este monto de inversión, los ingresos de los empresarios serán menores de lo que se requiere para inducirlos a ofrecer una cantidad dada de empleo”.

Lo explicamos con un sencillo ejemplo numérico. Supongamos primero que los empresarios producen un output por valor de $100, compuesto solo de bienes de consumo. Esta producción genera un ingreso correspondiente de $100 (hay que suponer que se adelanta la distribución de beneficios, además de los salarios). Si la propensión al consumo es 0,8 los empresarios solo pueden vender el output por valor de $80, y hay deficiencia de demanda. O, en palabras de Keynes, existe un exceso de output por encima de lo que la comunidad elige consumir, dado el nivel de empleo; es, además, una demostración de que no se cumple la ley de Say.

Supongamos luego que los empresarios producen un output de $100, pero compuesto de bienes de consumo por $80 y bienes de capital (medios de producción, en términos de Marx) por $20. El ingreso es $100, del cual se gastan $80 en bienes de consumo. Pero ahora la inversión debe cubrir la otra parte de la demanda, para que los ingresos de los empresarios no sean menores al valor del output producido. En caso de que exista esa inversión, y dado el nivel de empleo, se absorbe “el exceso de output total por encima de lo que la comunidad elige consumir”.

Puede verse entonces que por el solo hecho de que, en la teoría de Keynes, la propensión marginal al consumo es menor que la unidad, es absurdo sostener que la demanda puede depender solo del consumo. Agreguemos que la demanda tampoco puede sostenerse solo con el gasto público, como he mostrado en las notas antes referidas. En este último respecto, es significativo que en la TG Keynes dedica extensos desarrollos a los dos componentes de la demanda efectiva que trata en el capítulo tres: una vez presentado el principio de la demanda efectiva, encontramos tres capítulos dedicados al análisis del consumo; ocho a la inversión y a sus determinantes; a lo que se agregan dos capítulos sobre las relaciones entre ingreso, ahorro e inversión; y otro en que trata las expectativas, que influyen en la inversión. En cambio, sobre el gasto público solo encontramos pasajes; y en ninguno plantea que pueda tener siquiera un rol parecido al de la inversión. El gasto público puede tener efectos “estimulantes” (Asiain) sobre la inversión, pero no compensar su ausencia.

La centralidad de la inversión está subrayada, por otra parte, en el artículo de 1937, donde Keynes sintetiza su teoría. Allí dice que esta podía resumirse diciendo que “dada la psicología del público, el nivel del producto y del empleo depende del monto de la inversión” (énfasis agregado). Y explica que esto sucede no porque la inversión sea el único factor del que depende el output agregado, “sino porque es usual en un sistema complejo observar como la causa causans aquel factor que es más proclive a tener una fluctuación súbita y amplia”.

A partir de lo anterior puede entenderse la importancia que dará Keynes a los determinantes de la inversión, la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. Vamos a tratar este aspecto en una próxima nota, pero por ahora adelantamos que al introducir la eficiencia marginal como variable separada de la tasa de interés, y hacerla depender (aunque no exclusivamente) de la demanda esperada, está admitiendo que los empresarios obtienen beneficios en la medida en que deciden invertir; y deciden invertir porque esperan altos beneficios (un razonamiento distinto del que tiene Marx). Por eso, aunque no lo haya formulado explícitamente, “considera los ingresos empresariales como el resultado de las decisiones de gastos, más que al revés” (Kaldor, 1973). Una idea que fue central en Kalecki (y en la teoría de Kalecki la inversión también es esencial para sostener la demanda).

Es claro también que en este esquema el ahorro no es el factor activo decisivo, como piensa la ortodoxia; por eso, desde el enfoque de Keynes, no es suficiente con que haya aumento de los ingresos (ahorros) de los empresarios para que se sostenga, o aumente, la demanda. En definitiva, al no clarificar el rol de la inversión, y su relación con la demanda, el profesor Asiain, con un razonamiento supuestamente keynesiano, desemboca en una lógica neoclásica ortodoxa. No es casual por eso que su argumento se interrumpa en “aumentan los ingresos empresarios” (a consecuencia del aumento del consumo y el gasto público); o sea, se interrumpe justamente donde debería empezar.

Una consecuencia natural de la interpretación de la teoría de Keynes que hemos criticado es que invisibiliza el rol de la inversión. Dicho en términos marxistas, invisibiliza la centralidad de la acumulación de plusvalía para la reproducción ampliada del capital. Por eso también deja abierta la puerta para la idea de que la falta de inversión pueda ser "compensada" por el gasto público. Y desde esta perspectiva, es imposible tener un diagnóstico correcto de la dinámica y las contradicciones de la economía argentina en los 2000.

Textos citados:

Kaldor, N. (1973): Teorías alternativas acerca de la distribución”, en O. Braun (ed.) Teoría del capital y la distribución, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, pp. 77-117.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Keynes, J. M. (1937): “The General Theory of Employment”, Quarterly Journal of Economics, vol. 51, pp. 209-223.


Keynes sobre inversión y ahorro

En la nota anterior (arriba) planteé que es un error desconocer el rol que tiene la inversión en el principio keynesiano de la demanda efectiva. Sostuve también que, desde la teoría de Keynes, no basta con que aumenten los ingresos (y los ahorros) de los empresarios para que aumente la inversión. Por eso, en la nota señalé que, según Keynes, el ahorro no siempre va automáticamente a la inversión, en oposición a la ortodoxia defensora de la ley de Say. Dada la importancia de este punto, en esta nota amplío esta última cuestión.

Marshall y Keynes sobre ingreso, ahorro e inversión

La idea de que basta con aumentar los ingresos de los empresarios para que aumente la inversión es criticada por Keynes en el capítulo 2 de la Teoría General. En el apartado VI de ese capítulo observa que “[d]esde los tiempos de Say y Ricardo los economistas clásicos han enseñado que la oferta crea su propia demanda”, queriendo decir con esto que “los costos de producción deben necesariamente gastarse por completo, directa o indirectamente, en comprar los productos” (p. 28). Explica luego que se hace una falsa analogía entre la economía monetaria y de mercado “con alguna de trueque, como la de Robinson Crusoe”. Con esto Keynes se está refiriendo al razonamiento del tipo “el trigo que Robinson no consume, lo ahorra e invierte como semilla de la próxima siembra”, con que todavía se inicia a los alumnos en algunos cursos de macroeconomía.

A partir de aquí, Keynes realiza una distinción crucial entre dos afirmaciones. Una de ellas sostiene que “el ingreso global percibido por todos los elementos de la comunidad relacionados con una actividad productiva necesariamente tiene un valor igual al valor de la producción” (p. 30). Keynes dice que esta afirmación es “indudable”. Es lo que llama “el axioma de las paralelas de la teoría clásica”, a saber, “el supuesto de la igualdad entre el precio de demanda y de oferta de la producción total”. Pero esta afirmación a menudo se confunde con la que dice que “los costos de producción se cubren siempre globalmente con los productos de las ventas derivadas de la demanda”. Dado que la primera es “indudable”, se piensa que la segunda también es cierta. Sin embargo, no lo es, ya que no siempre se cumple que los “costos de la producción” se cubren con las ventas; o sea, si el empresario pagó salarios y adelantó distribución de beneficios, no siempre ese “costo” se cubrirá con la venta. Para explicarlo con un ejemplo sencillo: si decimos que en un producto A el valor agregado se compone de salario + beneficio, y que el pago de estos se adelanta, podemos afirmar que el ingreso percibido por trabajadores, empresario y accionistas (“elementos de la comunidad relacionados con la actividad productiva”) necesariamente tiene que ser igual “al valor de la producción” (dejamos de lado el consumo de medios de producción). Es lo que dice la primera afirmación; sin embargo, no necesariamente se cumplirá que en la venta el empresario recupere lo que ha pagado en salarios, o adelantado en beneficios. Esto es, la segunda afirmación no siempre es cierta.

Observemos que en términos de la teoría marxista, diríamos que al valor generado en la producción le debe corresponder un ingreso equivalente por parte de obreros y capitalistas. Pero esto es así si en la venta se realiza el valor generado en la producción; para lo cual es necesario que los capitalistas gasten la plusvalía (se supone que los trabajadores gastan su ingreso en bienes de consumo), a fin de que se pueda realizar el producto. Si por alguna razón los capitalistas no gastan la plusvalía, habrá un déficit de demanda. Por lo tanto, a un poder de compra puede no corresponderle una compra efectiva equivalente. Posibilidad a la que también alude Keynes en una nota al pie de página. En ella observa que Hobson señaló que en una de sus primeras obras Marshall había sostenido que “aunque los hombres tienen poder de compra, pueden decidir no usarlo”. Hobson dice que Marshall parecía no haber captado “la importancia crítica de ese hecho”, y Keynes escribe que este comentario “es acertado a la luz de los trabajos posteriores de Marshall” (p. 29, nota 11).

De manera que Keynes es consciente de que no siempre al valor de la producción le corresponde un valor equivalente por el lado de la demanda. Por eso también critica la idea de Marshall de que “un acto de ahorro individual conduce inevitablemente, a otro paralelo, de inversión” (p. 30). Es que un acto de ahorro (abstención del consumo) en el presente, dice Keynes, no implica un acto de consumo futuro; por eso puede deprimir la demanda –y las expectativas de ganancia de los empresarios- y la inversión. En el capítulo 16 vuelve sobre el tema: “Un acto de ahorro individual significa –por decirlo así- el propósito de no comer hoy; pero no supone la necesidad de tomar una decisión de… consumir cualquier cosa concreta en fecha alguna determinada. De este modo deprime los negocios de la preparación de la comida de hoy sin estimular los que preparan algún acto futuro de consumo” (p.188). Por eso puede deprimir la eficiencia marginal del capital (o sea, las expectativas de ganancias) y la inversión (ídem).

El planteo tiene un trasfondo emparentado con el enfoque subconsumista (que dice que las economías capitalistas tienen un problema crónico de demanda derivado de la debilidad del consumo; en el caso de Keynes, asociado a la propensión marginal del consumo). Pero vuelve a poner el acento en que no necesariamente el aumento del ahorro tiene como contrapartida un aumento de la inversión. Dejemos señalado que esta crítica de Keynes a la tesis neoclásica se completa con su análisis de la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. Por ahora digamos que, en términos generales, Keynes consideraba que el ahorro podía ser atesorado en la medida en que existiera incertidumbre (incluía aquí el clima de negocios, entorno político, etcétera) o temor a sufrir pérdidas en los mercados financieros. Para hacerlo “actual” en la Argentina del presente, el ahorro puede ir al atesoramiento en dólares; esto es, puede no tener su correlato en la inversión. Esta es la cuestión clave, que parecen no captar algunos economistas keynesianos, defensores del “modelo productivo con inclusión 2003-2015”. Por otra parte, vuelve a evidenciarse con esto la complejidad de la inversión en el enfoque de Keynes.

Ahorro e inversión, prioridad y residuo

Lo afirmado en el final del punto anterior se refuerza con una de las ideas centrales de la Teoría General, a saber, que la inversión tiene primacía por sobre el ahorro. Lo cual constituye un giro con respecto a la ortodoxia neoclásica. Según esta, el ingreso está dado (ley de Say, pleno uso de los recursos, no hay desocupación involuntaria); del ingreso se derivan el consumo y el ahorro; y el ahorro siempre fluye hacia la inversión. De manera que la inversión es residuo, y el ahorro es el elemento activo (en los modelos neoclásicos más ortodoxos, el ahorro depende de la tasa de interés; en los manuales de macro usuales, solo del ingreso, a igual que sucede en la TG).

En Keynes, en cambio, se supone que el ingreso no está necesariamente al nivel del pleno uso de los recursos; y que la inversión es el elemento activo, y el ahorro residuo. La secuencia entonces es: la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés determinan la inversión; la inversión, por efecto multiplicador, genera un determinado ingreso; y este ingreso da lugar a un ahorro con el cual se financiará la inversión. Escribe: “El análisis tradicional ha advertido que el ahorro depende del ingreso, pero ha descuidado el hecho de que este depende de la inversión, en tal forma que, cuando esta cambia, el ingreso debe cambiar necesariamente en el grado precisamente necesario para hacer que la variación en el ahorro sea igual a la de la inversión” (p.165). También: “El ahorro, de hecho, no es más que simple residuo. Las decisiones de consumir y las decisiones de invertir determinan conjuntamente los ingresos” (p. 65; énfasis agregado). El esquema se completará cuando agregue, luego de publicada la TG, el financiamiento para iniciar la inversión (véase Keynes 1937a y 1937b; también Davidson, 1965).

En conclusión, no hay forma de minusvalorar, desde un encuadre teórico que se reivindica keynesiano, el rol de la inversión en la demanda efectiva; menos todavía, se puede afirmar que basta estimular los ingresos (y los ahorros) para que haya inversión.

Textos citados:

Davidson, P. (1965): “Keynes’s Finance Motive”, Oxford Economic Papers, vol. 17, pp. 47-65.
Keynes, J. M. (1937a): “Alternative Theories of the Rate of Interest”, Economic Journal, vol. 47, pp. 241-252.
Keynes, J. M. (1937b): “The ex ante Theory of the Rate of Interest”, Economic Journal, vol. 47, pp. 663-9.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.


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