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Anticapitalistes
  
dilluns 2 de novembre de 2015 | Manuel
Nuevos colonialismos y crisis de los valores de izquierda

Raul Zibechi / Aimé Césaire

Cuando la visibilidad es mínima porque poderosas tormentas nublan la percepción de la realidad, puede ser conveniente levantar la mirada, trepar laderas para buscar puntos de observación más amplios, para discernir el contexto en que nos movemos. En estos momentos, cuando el mundo está atravesado por múltiples contradicciones e intereses, es urgente aguzar los sentidos para mirar lejos y adentro.

Tiempos de confusión en los que naufraga la ética, desaparecen los puntos de referencia elementales y se instala algo así como un vale todo, que permite apoyar cualquier causa siempre que vaya contra el enemigo mayor, más allá de toda consideración de principios y valores. Atajos que conducen a callejones sin salida, como emparejar a Putin con Lenin, por poner un ejemplo casi de moda.

La intervención rusa en Siria es un acto neocolonial, que coloca a Rusia en el mismo lado de la historia que Estados Unidos, Francia e Inglaterra. No existen colonialismos buenos, emancipadores. Por más que la intervención rusa se justifique con el argumento de frenar al Estado Islámico y la ofensiva imperial en la región, no es más que una acción simétrica a la que se condena usando idénticos métodos y similares argumentos.

La pregunta que considero central es: ¿Por qué desde las izquierdas latinoamericanas se levantan voces en apoyo de Putin? Es evidente que muchos han colocado sus esperanzas en un mundo mejor, en la intervención de grandes potencias como China y Rusia, con la esperanza de que frenen o derroten a las potencias aún hegemónicas. Es comprensible, en vista de las fechorías que Washington comete en nuestra región. Pero es un error estratégico y un desvío ético.

Quisiera iluminar esta coyuntura, especialmente crítica, apelando a un documento histórico: la carta a Maurice Thorez (secretario general del Partido Comunista Francés), escrita en octubre de 1956 por Aimé Césaire. El texto nació en uno de los recodos de la historia, poco después del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, donde se denunciaron los crímenes del estalinismo; el mismo mes del levantamiento del pueblo húngaro contra el régimen burocrático pro-ruso (con un saldo de miles de muertos) y de la agresión colonial contra Egipto por la nacionalización del canal de Suez.

Césaire renunciaba al partido luego de un bochornoso congreso en el que la dirección fue incapaz de la menor autocrítica ante la revelación de crímenes que, en los hechos, estaba apoyando. Nació en Martinica, al igual que Frantz Fanon, del que fue maestro en la secundaria. Fue poeta y fundador del movimiento de la negritud en la década de 1930. En 1950 escribió Discurso sobre el colonialismo, de gran impacto en las comunidades negras. Su carta a Thorez fue, en palabras de Immanuel Wallerstein, el documento que mejor explicó y expresó el distanciamiento entre el movimiento comunista mundial y los diversos movimientos de liberación nacional (en Discurso sobre el colonialismo, Akal, p. 8).

Encuentro tres cuestiones en su carta que iluminan la crisis de los valores de izquierda por la que atravesamos.

La primera es la falta de voluntad para romper con el estalinismo. Césaire se revuelve contra el relativismo ético que pretende conjurar los crímenes del estalinismo con alguna frase mecánica. Como ese latiguillo que se repite una y otra vez, diciendo que Stalin cometió errores. Asesinar millones no es un error, aunque se mate en nombre de una supuesta causa justa.

La mayor parte de las izquierdas no hicieron un balance serio, autocrítico, del estalinismo que, como se ha escrito en estas páginas, va mucho más allá de la figura de Stalin. Lo que dio vida al estalinismo es un modelo de sociedad centrado en el Estado y en el poder de una burocracia que deviene burguesía de Estado, que controla los medios de producción. Se sigue apostando a un socialismo que repite aquel viejo y caduco modelo de centralización de los medios de producción.

La segunda es que las luchas de los oprimidos no pueden ser tratadas, dice Césaire, como parte de un conjunto más importante, porque existe una singularidad de nuestros problemas que no se reducen a ningún otro problema. La lucha contra el racismo, dice, es de una naturaleza muy distinta a la lucha del obrero francés contra el capitalismo francés, y no puede considerarse un fragmento de esta lucha.

En este punto, las luchas anticolonial y antipatriarcal tocan las mismas fibras. Estas fuerzas se marchitarían en organizaciones que no les sean propias, hechas para ellos, hechas por ellos y adaptadas a objetivos que sólo ellos pueden determinar. Aún hoy hay quienes no comprenden que las mujeres necesitan sus propios espacios, como todos los pueblos oprimidos.

Se trata, afirma Césaire, de no confundir alianza y subordinación, algo muy frecuente cuando los partidos de izquierda pretenden asimilar las demandas de los diversos abajos a una causa única, mediante la sacrosanta unidad que no hace más que homogeneizar las diferencias, instalando nuevas opresiones.

La tercera cuestión que ilumina la carta de Césaire, de rabiosa actualidad, se relaciona con el universalismo. O sea, con la construcción de universales no eurocéntricos, en los cuales la totalidad no se imponga sobre las diversidades. “Hay dos maneras de perderse: por segregación amurallada en lo particular o por disolución en lo ‘universal’”.

Aún estamos lejos de construir un universal depositario de todo lo particular, que suponga la profundización y coexistencia de todos los particulares, como escribió Césaire seis décadas atrás.

Quienes apuestan por poderes simétricos a los existentes, excluyentes y hegemónicos, pero de izquierda; quienes oponen a las bombas malas de los yanquis las bombas buenas de los rusos, siguen el camino trazado por el estalinismo de hacer tabla rasa con el pasado y con las diferencias, en vez de trabajar por algo diferente, por un mundo donde quepan muchos mundos.

16/10/2015

http://www.jornada.unam.mx/2015/10/16/opinion/020a2pol


Carta a Maurice Thorez

Aimé Césaire

A Maurice Thorez
Secretario General del Partido Comunista Francia

Maurice Thorez,

Me serfa facil articular una larga lista de quejas o de desacuerdos tanto respecto al Partido Comunista Frances como respecto al comunismo internacional patrocinado por la Unión Sovietica.

La cosecha ha sido particularmente abundante en estos ultimos tiempos y las revelaciones de Kruchev sobre Stalin son tales que han sumergido, o por lo menos asi lo espero, a todos aquellos que han participado de algun modo en la acción comunista en un abismo de estupor, dolor y vergüenza.

Si, nada prevalecerá contra estos muertos, contra estos torturados, contra estas victimas de suplicios; ni las rehabilitaciones póstumas, ni los funerales nacionales, ni los discursos oficiales. Ellos no son de esos cuyo espectro se conjura mediante alguna frase mecanica.

De ahora en adelante, su rostro apareceni en filigrana en la pasta misma del sistema como la obsesi6n de nuestra derrota y de nuestra humillación.

Y por supuesto, no sera la actitud del Partido Comunista Frances mostrada en su XIV Congreso, actitud que parece haber sido dictada ante todo por la irrisoria preocupación de sus dirigentes por no perder su prestigio, la que permitini disipar el malestar y lograni que una herida deje de ulcerarse y sangrar en lo mas profunda de nuestras conciencias.

Los hechos estan ahí, rotundos.

Cito en desorden: las precisiones dadas por Kruchev sobre los metodos de Stalin; la verdadera naturaleza de las relaciones entre el poder del Estado y la clase obrera en demasiadas democracias populares, que nos hacen creer en la existencia de un verdadero capitalismo de Estado en estos paises, que explota a la clase obrera de manera no muy distinta a la que se estila en los paises capitalistas; la concepcion generalmente aceptada en los partidos comunistas de tipo estalinista de las relaciones entre los Estados y los partidos hermanos, y para muestra de ella la carretada de injurias volcadas durante cinco afios sobre Yugoslavia, culpable de haber afirmado su voluntad de independencia; la falta de signos positivos que muestren la voluntad del Partido Comunista Ruso y del Estado sovietico de conceder su independencia a los demas partidos comunistas y a los demas Estados socialistas; o bien, la falta de prisa de los partidos no rusos, y particularmente del Partido Comunista Frances, para apropiarse de esta oferta y afirmar su independencia respecto a Rusia; todo esto nos autoriza a decir que -excepto en Yugoslavia- en numerosos paises de Europa, y en nombre del socialismo, burocracias separadas del pueblo, burocracias usurpadoras de las cuales se ha probado actualmente que no hay nada que esperar, han logrado el lamentable prodigio de transformar en pesadilla lo que durante largo tiempo la humanidad acaricio como un sueño: el socialismo.

Respecto al Partido Comunista Frances, como no estar impactados por su repugnancia a comprometerse en las vias de la desestalinizacion; por su mala voluntad a la hora de condenar a Stalin y los metodos que lo han llevado al crimen; por su inalterable satisfaccion de sf mismo; por su rechazo a renunciar por su parte a los metodos antidemocraticos caros a Stalin; en fin, por todo aquello que nos autoriza para hablar de un estalinismo frances que tiene mayor perduracion que Stalin mismo y que, se puede conjeturar, habria producido en Francia los mismo efectos catastroficos que en Rusia, si el azar hubiese permitido que en Francia se instalase en el poder.

Como callar aqui nuestra decepcion?

Es muy cierto que al día siguiente del informe Kruchev nos resquebrajamos de esperanza.

Esperabamos del Partido Comunista Frances una autocritica honesta; una falta de solidaridad con el crimen que lo disculpara; no una renegacion, sino un nuevo y solemne punto de partida; algo así como el Partido Comunista fundado una segunda vez . . . Por el contrario, en El Havre solo hemos visto terquedad en el error, perseverancia en la mentira, absurda pretension de no haberse equivocado nunca; en resumen, una incapacidad senil en pontffices mas pontificadores que nunca, para desprenderse de sí mismos y así elevarse al nivel del acontecimiento, y todas las argucias pueriles de un orgullo sacerdotal acorralado.

¡Pero vamos! Todos los partidos comunistas cambian. Italia, Polonia, Hungria, China. Y el partido frances, en medio del torbellino general, se contempla a sí mismo y se declara satisfecho. Nunca tuve tanta conciencia de un tal retardo historico afligiendo a un gran pueblo . . .

Pero por mas grave que sea esta queja -suficiente en si misma como fracaso de un ideal y como ilustracion patetica de la derrota de toda una generacion-, quiero afiadir un número de consideraciones relacionadas con mi caracteristica de hombre de color.

Digamoslo en una sola palabra: a la luz de los acontecimientos (y tras reflexionar sobre las practicas vergonzosas del antisemitismo que han tenido lugar y continuan, parece, teniendo todavia lugar en paises que se reclaman del socialismo), he adquirido la conviccion de que nuestros caminos y aquellos del comunismo, tal como ha sido puesto en practica, pura y simplemente no coinciden; pura y simplemente no pueden coincidir.

Un hecho capital a mis ojos es el siguiente: que nosotros, hombres de color, en este preciso momento de la evolucion historica, hemos tornado posesion, en nuestra conciencia, de todo el campo de nuestra singularidad y estamos listos para asumir en todos los pianos y en todos los dominios las responsabilidades que se derivan de esta toma de conciencia.

Singularidad de nuestra «situacion en el mundo» que no se confunde con ninguna otra. Singularidad de nuestros problemas que no se reducen a ningun otro problema. Singularidad de nuestra historia jalonada por avatares terribles que solo le pertenecen a ella. Singularidad de nuestra cultura que deseamos vivir de manera cada vez mas real.

Que resulta de ello, entonces, sino constatar que nuestros caminos hacia el porvenir, digo, todos nuestros caminos, tanto el camino politico como el camino cultural, no estan trazados de antemano, que estan por descubrir y que los afanes de este descubrimiento solo nos conciernen a nosotros?

Basta decir que estamos convencidos de que nuestras cuestiones, o si se quiere, la cuestion colonial, no puede ser tratada como una parte de un conjunto mas importante, una parte sobre la cual otros podran transigir o dejar pasar tal compromiso que les parecera justo dejar pasar, considerando una situacion general que solo ellos podran apreciar.

(Es obvio que aqui hago alusion al voto del Partido Comunista Frances sobre Argelia, voto por el cual el partido concedia plenos poderes al gobierno de Guy Mollet Lacoste para que aplicase su politica en Africa del Norte, eventualidad respecto a la cual no tenemos ninguna garantia de que no pueda volver a repetirse.)

En todo caso, es incuestionable que nuestra lucha, la lucha de los pueblos colonizados contra el colonialismo, la lucha de los pueblos de color contra el racismo, es mucho mas compleja, es, a mi juicio, de una naturaleza muy distinta a la lucha del obrero frances contra el capitalismo frances y de ningun modo podria ser considerada como una parte, como un fragmento de esta lucha.

A menudo me he formulado la pregunta de saber si en sociedades como las nuestras, rurales como son, sociedades de campesinado, donde la clase obrera es infima y donde, por el contrario, las clases medias tienen una importancia politica desmesurada en relacion con su importancia numerica real, si en el contexto actual las condiciones politicas y sociales permitian una accion eficaz de organizaciones comunistas actuando de forma aislada (y con mayor razon organizaciones comunistas federadas o adheridas al partido comunista de la metropoli), y si en lugar de rechazar a priori y en nombre de una ideologia exclusiva hombres honestos pese a todo y fundamentalmente anticolonialistas, no existiria, por el contrario, la posibilidad de encontrar una forma de organizacion lo mas amplia y flexible posible, una forma de organizacion susceptible de impulsar al mayor numero de personas mas que de enrolar a un pequeño numero de elias en una organizacion autoritaria. Una forma de organizacion en la que los marxistas ya no estarian sofocados, sino que desempeñarian, por el contrario, su papel de levadura, de inspiradores, de orientadores, y no el papel que desempeiian en este momento, objetivamente, de divisores de las fuerzas populares.

El atolladero en el que estamos hoy en las Antillas, pese a nuestros triunfos electorales, me parece que zanja la cuestion: opto por lo mas am plio contra lo mas estrecho; por el movimiento que nos coloca codo a codo con los otros y contra aquel que nos encierra; por aquel que reline las energias contra aquel que las divide en capillas, en sectas, en iglesias; por aquel que libera la energia creadora de las masas, contra aquel que las canaliza y finalmente las esteriliza.

En Europa, la unidad de las fuerzas de izquierda esta a la orden del dia; los fragmentos del movimiento progresista tienden nuevamente a soldarse, y sin ninguna duda, este movimiento de unidad se volveria irresistible si por el lado de los partidos comunistas estalinistas estos se decidieran a deshacerse, por sobre todas las cosas, del impedimenta de sus prejuicios, de sus costumbres y de sus metodos heredados de Stalin. No hay ninguna duda de que en este caso se privaria de toda razon, o mejor aun, de todo pretexto para oponerse a la unidad a aquellos que en los demas partidos de izquierda no quieren esta, y asi sus adversarios se encontrarian aislados y reducidos a la impotencia.

Y entonces, como en nuestro pais, donde muy a menudo la division es artificial, proveniente del exterior, vinculada a divisiones europeas abusivamente transplantadas en nuestras politicas locales, como no habriamos de estar dispuestos a sacrificar todo, todo lo secundario para volver a encontrar lo esencial; esta unidad con hermanos, con camaradas, que es la muralla de nuestra fuerza y la garantia de nuestra confianza en el porvenir.

Por lo demas, aqui, la vida misma zanja la cuestion. ¡Mirad entonces el gran soplo de unidad que pasa sobre todos los paises negros! ¡Mirad como aqui y alia se remienda el tejido roto! Es porque la experiencia, una experiencia duramente adquirida, nos ha ensefiado que solo existe un arma a nuestra disposicion, una sola eficaz, una sola no mellada: el arma de la unidad, el arma del agrupamiento anticolonialista de todas las voluntades, y que el tiempo de nuestra dispersion, a merced de las discrepancias de los partidos metropolitanos, es tam bien el tiempo de nuestra debilidad y de nuestras derrotas.

Por mi parte, creo que los pueblos negros estan dotados de energia, de pasion; que no les falta vigor, ni imaginacion; pero que estas fuerzas se marchitarian en organizaciones que no les sean propias; hechas para ellos; hechas por ellos y adaptadas a objetivos que solo ellos pueden determinar.

Esto no es voluntad de luchar solo ni desden de toda alianza. Es voluntad de no confundir alianza y subordinacion. Solidaridad y renuncia. Ahora bien, es precisamente ahi donde nos amenazan algunos de los defectos muy visibles que constatamos en los miembros del Partido Comunista Frances: su asimilacionismo inveterado; su chovinismo inconsciente; su conviccion apenas primaria -que comparten con los burgueses europeos- de la superioridad omnilateral de Occidente; su creencia en que la evolucion tal como se ha desarrollado en Europa es la única posible; la única deseable; aquella por la cual el mundo entero debera pasar; para decirlo todo, su creencia, raramente confesada pero real, en la Civilizacion con mayúscula; en el Progreso con mayúscula (como muestra su hostilidad frente a lo que llaman con desden el «relativismo cultural», defectos todos ellos que, por supuesto, llegan hasta la comunidad literaria que dogmatiza en nombre del partido a proposito de todo y de nada). Debe decirse, de paso, que los comunistas franceses tuvieron una buena escuela. La de Stalin. Y Stalin es, indiscutiblemente, aquel que reintrodujo en el pensamiento socialista la nocion de pueblos «avanzados» y de pueblos «atrasados».

Y si el habla del deber que tiene el pueblo avanzado (en este caso los gran rusos) de ayudar a los pueblos atrasados a colmar su retardo, que yo sepa, el paternalismo colonialista proclama tambien esta pretension.

En el caso de Stalin y de sus sectarios seguidores, tal vez no se trate de paternalismo. Pero se trata seguramente de algo que se le parece hasta el punto que se confunde con el. Inventemos la palabra: se trata del «fraternalismo». Porque indiscutiblemente se trata de un hermano, de un hermano mayor que, imbuido de su superioridad y seguro de su experiencia, os toma de la mano (¡por desgracia una mano a veces ruda!) para conduciros al camino en el cual el sa be que se encuentran la razon y el progreso.

Ahora bien, es exactamente lo que no queremos. Lo que no queremos mas. Queremos que nuestras sociedades alcancen un grado superior de desarrollo por elias mismas, por crecimiento interno, por necesidad interior, por progreso organico, sin que nada externo venga a entorpecer este crecimiento, a alterarlo o a comprometerlo.

En estas situaciones se comprende que no podamos otorgarle a nadie la delegación para pensar por nosotros; delegación para buscar por nosotros; que de ahora en adelante no podamos aceptar que nadie, sea quien sea, así fuese el mejor de nuestros amigos, sea fiador por nosotros. Si la meta de toda polftica progresista es devolver algun dfa su libertad a los pueblos colonizados, se precisa, al menos, que la acción cotidiana de los partidos progresistas no entre en contradicción con el objetivo buscado y no destruya todos los dfas las bases mismas, tanto las bases organizacionales como las bases psicológicas, de esta futura libertad, que pueden reducirse a un solo postulado: el derecho a la iniciativa.

Creo haber dicho lo bastante para que se comprenda que no es ni del marxismo ni del comunismo de lo que reniego, que lo que repruebo es el uso que algunos han hecho del marxismo y del comunismo. Que quiero que marxismo y comunismo esten puestos al servicio de los pueblos negros y no los pueblos negros al servicio del marxismo y del comunismo. Que la doctrina y el movimiento esten hechos para los seres humanos, y no los seres humanos para la doctrina o para el movimiento. Y por supuesto, esto no es unicamente valido para los comunistas. Y si yo fuera cristiano o musulman, dirfa la misma cosa. Que ninguna doctrina es valida sino repensada por nosotros, repensada para nosotros, convertida a nosotros. Esto parece caerse por su peso. Y, sin embargo, en la practica no se cae por su peso. Y aquí es necesario imponer una verdadera revoluci6n copernicana: tan enraizada esta en Europa, y en todos los partidos, y en todos los dominios, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, la costumbre de hacer por nosotros, la costumbre de disponer por nosotros, la costumbre de pensar por nosotros, en resumen, la costumbre de cuestionarnos este derecho a la iniciativa del que hablaba hace un momento y que es, en definitiva, el derecho a la personalidad.

Ahí esta, sin duda, lo esencial del asunto.

Existe un comunismo chino. Sin conocerlo muy bien, tengo, en relación con el, un prejuicio muy favorable. Y espero de el que no caiga en las monstruosas equivocaciones que han desfigurado el comunismo europeo. Pero tambien me interesaría, y todavía mas, ver florecer y expandirse la variedad africana del comunismo. Sin duda este nos propondría variantes utiles, insólitas, originales, y estoy seguro, nuestras viejas sabidurías matizarían o perfeccionarían muchos de los puntos de la doctrina.

Pero digo que no habra jamas variante africana, o malgache, o antillana del comunismo, porque el comunismo frances encuentra mas cómodo imponernos la suya. Que no habra jamas comunismo africano, malgache o antillano, porque el Partido Comunista Frances concibe sus deberes frente a los pueblos coloniales en terminos de magisterio que debe ejercer, y que el anticolonialismo mismo de los comunistas franceses porta todavfa los estigmas de este colonialismo que combate. O lo que es casi lo mismo, que no habra comunismo propio de cada uno de los pafses coloniales que dependen de Francia, mientras las oficinas de la calle Saint Georges, las oficinas de la seccion colonial del Partido Comunista Frances, esta replica perfecta del Ministerio de la calle Oudinot, persistan en pensar nuestros paises como tierras de mision o como paises bajo mandato.

Para volver a nuestro proposito, la epoca que vivimos esta bajo el signo de una doble derrota: una evidente desde hace mucho tiempo, la del capitalismo. Pero tambien la otra, aquella, sobrecogedora, de lo que consideramos socialismo durante mucho tiempo y que no era mas que estalinismo.

El resultado es que actualmente el mundo esta en un atolladero.

Esto solo puede significar una cosa: no que no haya un camino para salir del mismo, sino que llego la bora de abandonar todos los viejos caminos. Aquellos que llevaron a la impostura, a la tirania, al crimen.

Basta decir por nuestra parte que ya no queremos contentarnos con asistir a la politica de los demas. Al pisoteo de los demas. A los tejemanejes de los demas. A las chapucerias de conciencia o a la casuistica de los otros.

Nuestra bora ha llegado.

Y lo que acabo de decir de los negros no solo es valido para los negros.

Si, todo puede ser todavia salvado, todo, incluso el pseudosocialismo instalado aqui y alla en Europa por Stalin, a condicion de que la iniciativa le sea devuelta a los pueblos que basta el momento no han hecho sino padecerla; a condicion de que el poder descienda y se arraigue en el pueblo, y no escondo que la efervescencia que se produce actualmente en Polonia, por ejemplo, me llena de alegria y esperanza.

Que se me permita aqui pensar mas particularmente en mi infortunado pais: Martinica.

Pienso en el para constatar que el Partido Comunista Frances padece la incapacidad absoluta de ofrecerle una perspectiva que no sea utopica; que el Partido Comunista Frances nunca se ha preocupado por ofrecersela; que nunca ha pensado en nosotros sino en funcion de una estrategia mundial, por lo demas desorientadora.

Pienso en Martinica para constatar que el comunismo ha logrado pasarle el nudo corredizo de la asimilacion alrededor del cuello; que el comunismo ha logrado aislarla en la cuenca caribe; que ha logrado sumergirla en una especie de gueto insular; que ha logrado aislarla de los demas paises antillanos cuya experiencia podria serle a la vez instructiva y fructifera (porque tienen los mismos problemas que nosotros y porque su evolucion democratica es impetuosa): que el comunismo, en fin, ha logrado incomunicarnos del Africa negra, cuya evolucion se perfila de ahora en adelante a contrapelo de la nuestra. Y sin embargo, es de este Africa negra, la madre de nuestra cultura y nuestra civilizacion antillana, de la que espero la regeneracion de las Antillas; no de Europa, que solo puede perfeccionar nuestra alienacion, sino de Africa, que es la única que puede revitalizar, repersonalizar las Antillas.

Lo sé

Se nos ofrece a cambio la solidaridad con el pueblo frances; con el proletariado frances y, a traves del comunismo, con los proletariados mundiales. No niego estas solidaridades. Pero no quiero erigir estas solidaridades en metafisica. No existen aliados por derecho divino, existen aliados impuestos por el lugar, el momenta y la naturaleza de las cosas. Y si la alianza con el proletariado frances es exclusiva, si esta tiende a hacernos olvidar o a contrariar otras alianzas necesarias y naturales, legitimas y fecundantes, si el comunismo saquea nuestras amistades mas vivificantes, aquella que nos une con las demas Antillas, aquella que nos une con Africa, entonces digo que el comunismo nos causó perjuicio haciendonos trocar la fraternidad viva por lo que corre el riesgo de aparecer como la mas fría de las frías abstracciones.

Anticipo una objecion.

Provincianismo? En absoluto. No me entierro en un particularismo estrecho. Pero tampoco quiero perderme en un universalismo descarnado. Hay dos maneras de perderse: por segregacion amurallada en lo particular o por disolucion en lo «universal».

Mi concepcion de lo universal es la de un universal depositario de todo lo particular, depositario de todos los particulares, profundizacion y coexistencia de todos los particulares.

Entonces? Entonces necesitaremos paciencia para retomar el trabajo; fuerza para rehacer lo que ha sido deshecho; fuerza para inventar en lugar de seguir, fuerza para «inventar» nuestra ruta y para despejarla de las formas estereotipadas, de las formas petrificadas que la obstruyen.

En resumen, de ahora en adelante, consideramos como nuestro deber conjugar nuestros esfuerzos con los de todos los hombres prendados de la justicia y la verdad para construir organizaciones capaces de ayudar a los pueblos negros en su lucha presente y futura de manera proba y eficaz: lucha por la justicia; lucha por la cultura; lucha por la dignidad y la libertad; organizaciones capaces de prepararlos, en una palabra, en todos los ambitos para asumir de manera autonoma las pesadas responsabilidades que en este mismo momenta la historia hace pesar tan fatigosamente sobre sus hombros.

En estas condiciones, le ruego que acepte mi dimisión como miembro del Partido Comunista Francés.

Paris, Presence Africaine, 24 de octubre de 1956.


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