contacte: anticapitalistes@anticapitalistes.net

 



 

Anticapitalistes
  
dimecres 9 de setembre de 2015 | Manuel
¿Cómo se sale de las crisis económicas?

Rolando Astarita, José A. Tapia

Actualmente el FMI, algunos gobiernos como el de Alemania y una parte de los economistas «de derechas» proponen reducir drásticamente los gastos sociales y el subsidio de desempleo, recortar salarios, hacer que el despido sea libre y que se pueda contratar a todo el mundo en precario (esto suelen llamarlo flexibilización del mercado laboral) y que no haya regulación alguna de los mercados. Otro sector de la economía académica, conformado entre otros por los economistas vinculados a la administración de Obama, los articulistas del Financial Times y la influyente revista The Economist, critica la política de la Merkel y sostiene que los países más fuertes, como Alemania, Francia y EEUU, deben seguir aumentando el gasto público con una política monetaria expansiva. Este sector también está de acuerdo en imponer mayor regulación a los mercados financieros y a los bancos. Frente a estas alternativas del establishment económico, los economistas «de izquierdas», como Galbraith y Wray, piden en cambio que aumenten los salarios para que haya más demanda, que se aumente el gasto público para que se creen puestos de trabajo y que haya subsidio de desempleo y se aumenten las medidas de protección social. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y cierta «sensibilidad social» diría que esto último es mucho mejor, ¿no?

La cuestión aquí, es separar dos cosas que aunque tienen relación, son distintas. Por una parte, está la realidad económica, cómo funciona el sistema de producción y distribución de la «economía de mercado» y si lo que dicen sobre ese funcionamiento distintas escuelas de pensamiento es cierto o es falso. Por otra parte, está la cuestión de qué es lo que favorece a unos sectores de la sociedad, a unas clases sociales, y qué favorece a otras.

Por ejemplo, desde una perspectiva de defensa de los intereses de los asalariados es evidente que hay que defender medidas como el subsidio de desempleo, porque los desempleados tienen que poder vivir. Pero es ilusorio decir, como se dice a veces desde posiciones supuestamente progresistas, que el subsidio de desempleo crea demanda y por tanto favorece la salida de la crisis. Ciertamente, el dinero del subsidio que se paga a los desempleados crea demanda, pero si, por ejemplo, la cuantía total anual del subsidio es 2000 millones, como los subsidios son siempre menores que los salarios que reemplazan, la demanda de bienes de consumo que puedan crear esos 2000 millones siempre será menor que la demanda anual que creaban los salarios de los empleados antes de que comenzara la crisis que, supongamos, eran 3000 millones. Si con una demanda de consumo de 3000 la demanda era insuficiente para cubrir la oferta, con 2000 millones la insuficiencia de la demanda será mucho mayor.

Lo clave para que se recupere la demanda son las inversiones. En el mundo hay ahora enormes masas de dinero que antes o después necesita encontrar «oportunidades de inversión». Y oportunidades de inversión significa empresas con buenas perspectivas de producir ganancia. Como las ganancias empresariales son la diferencia entre ventas totales y costos, y un componente importante de los costos son los costos salariales, para que aumente la inversión es clave que aumente la rentabilidad, por ejemplo, mediante la reducción de los salarios. Como el subsidio de desempleo al menos en alguna medida reduce la presión a la baja que el desempleo masivo pone sobre los salarios, dificulta la recuperación de la rentabilidad empresarial y, por tanto, la recuperación de la rentabilidad. Decir simplemente que se puede salir de la crisis porque el subsidio de desempleo o los aumentos de salarios aumentan la demanda agregada y de esa forma estimulan la economía es ignorar el mecanismo básico del capitalismo, que es la explotación del trabajo asalariado. Las empresas obtienen mayor rentabilidad cuanto menores son los salarios y estos son tanto menores cuanto más presione la necesidad sobre los asalariados, forzándoles a aceptar cualquier trabajo y cualquier ingreso. Si los salarios son muy bajos las ganancias serán muy altas y la economía no solo recibirá un estímulo sino que se acelerará sobremanera, por la afluencia de inversiones de capital, atraídas por esa alta rentabilidad. En una ocasión Marx citó con aprobación al sindicalista inglés Thomas Dunning, quien afirmaba que el capital:

tiene horror a la ausencia de ganancia o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturale- za tiene horror al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10% y acudirá adonde sea; un 20%, y se sentirá ya animado; con un 50%, positivamente temerario; al 100%, es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; el 300%, y no hay crimen a que no se arriesgue aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen ganancia, allí estará el capital encizañándolas.

Las crisis económicas son periodos de baja rentabilidad del capital, en los que muchas empresas dan pérdidas y quiebran, mientras otras tratan de sobrevivir recortando gastos, para lo cual los despidos son a menudo el mecanismo fundamental. Ambas cosas aumentan el desempleo y esto a su vez pone presión a la baja sobre los salarios. Las quiebras de empresas y la baja de los salarios hacen que, poco a poco, las empre- sas restantes mejoren las perspectivas de negocio por disminución de la competencia, aumento de la cuota de mercado y reducción de los costos, tanto salariales como no salariales, ya que los insumos de las empresas tienden a abaratarse en las crisis, en las que en general caen todos los precios.

El argumento poskeynesiano según el cual el aumento del gasto público y la «inyección de dinero» en la economía son el método ideal para resolver la crisis tiende a ocultar un aspecto central, que la «solución» de las crisis en el capitalismo siempre pasa por el aumento de la explotación, por la desvalorización de los capitales improductivos y la concentración del capital. De hecho, si mediante el aumento del gasto público el gobierno inyecta liquidez en la economía (por ejemplo, mediante subsidios de desempleo, pagos para hacer obras públicas o adquisiciones a empresas nacionales de portaviones o tanques para el ejército) y las empresas, los capitalistas individuales y bancos deciden guardar las ganancias que obtienen a partir de esa actividad en forma líquida porque no ven perspectivas de inversión, la economía no se reactivará o se reactivará muy poco.

Se podrían dar muchos ejemplos, como el que ya mencionamos del Japón, que muestran que no se sale de una recesión simplemente creando demanda a través de la inyección de dinero en la economía por parte del banco central. La razón de fondo es que el elemento clave en la dinámica del capitalismo es la acumulación del capital, es decir, la inversión, que a su vez depende de la rentabilidad de los capitales individuales, es decir, las empresas. El núcleo de la dinámica económica es la decisión del capitalista individual o colectivo de inyectar dinero en la circulación, es decir, invertir. El gasto esta- tal puede complementar, o facilitar esa inversión privada, pero no es lo decisivo.

En cada crisis económica la caída de los salarios, el aumento de la explotación vía incrementos de los ritmos de trabajo y el aumento de la «disciplina laboral» en los cen- tros de trabajo son componentes claves para la recuperación de las ganancias empresariales y del crecimiento económico. En eso la visión de la economía estándar, neoclásica, de los economistas generalmente ligados a las instituciones financieras internacionales y a los gobiernos más conservadores, es mucho más realista que la de los economistas keynesianos. Los economistas conservadores defienden claramente los intereses de las empresas y los bancos, piden recortes de impuestos a las ganancias empresariales y reducción de salarios y servicios sociales y descalifican como tonterías las ideas keynesianas de reforzar la demanda.

La lucha de los asalariados contra la reducción de los salarios y contra la supresión de servicios sociales es parte general de la defensa de los intereses de quienes producen la riqueza o, lo que es lo mismo, de la lucha contra la explotación del trabajo. Por ello es reaccionario no apoyarla aunque, de hecho, esa lucha bloquea los mecanismos habituales de superación de la crisis mediante el aumento de la explotación. En resumidas cuentas, en las crisis o se defienden medidas para aumentar la explotación que favorecen la «vuelta a la normalidad» del crecimiento económico, o se lucha contra esas medidas y entonces se está interfiriendo con los mecanismos del sistema e, implícitamente, empujando hacia soluciones de la crisis que van más allá del sistema capitalista. Las ideas de muchos intelectuales y políticos o economistas poskeynesianos que desde la izquierda proponen reformas y políticas «para superar la crisis y que no la paguen los trabajadores» reflejan una profunda confusión sobre cómo funciona el sistema. Y, de hecho, aunque algunos economistas poskeynesianos consideran el aumento sala- rial como favorable por la creación de demanda que podría generar, otros como Dean Baker dicen sin tapujos que los salarios deben reducirse, aunque para ello proponen el medio sutil de la inflación.

Lo ocurrido en Japón en años recientes es un ejemplo ilustrativo de cómo un componente clave de las crisis es el aumento de la explotación de los trabajadores. En todo ese periodo los salarios estuvieron estancados o se redujeron y la situación general de los trabajadores empeoró, especialmente durante el 2009, año en el que, según informa The Economist, los bonos que se pagan a los trabajadores en las grandes empresas bajaron aproximadamente un 15%. Los trabajadores jóvenes que son admitidos a las empresas reciben salarios mucho menores que los trabajadores con antigüedad y los puestos permanentes, de por vida, tradicionales en las empresas japonesas, son cosa del pasado, ya no se garantizan, los puestos temporales y precarios son cada vez más frecuentes. Quienes tienen esos puestos carecen de seguridad laboral, no reciben los bonos que representan un 20% del ingreso de los trabajadores regulares, no disponen de vacaciones pagadas ni subsidios para pagar la seguridad social. Muchas empresas están además imponiendo jubilaciones anticipadas, a edades de alrededor de 50 años, para disminuir costos.

Algo similar ha sucedido en EEUU, donde la recesión que comenzó a finales del 2007 ha hecho que se reduzcan los salarios y aumente la productividad. Así, según estadísti- cas oficiales del Bureau of Labor Statistics entre el 2008 y el 2009, de cuarto a cuatro trimestre el producto por hora de las personas empleadas aumentó casi un 6% mientras que la compensación real por hora se redujo casi 2% y los costos laborales unitarios disminuyeron 5,2%.

Todo esto, sin embargo, no es ninguna novedad. Son las medidas tradicionales que se proponen en cada país cada vez que el capitalismo hace crisis. Las soluciones que se proponen implican defender el valor de las propiedades de quienes tienen el poder económico (y político) y aumentar las ganancias del capital mediante reducciones de salarios. De todas formas, aunque los recortes de salarios no se propongan, el sistema los promueve automáticamente en cada crisis. No hay propuesta más convincente para reducir salarios que la masa de desempleados en busca de trabajo que se multiplica en cada recesión.

Capitalismo, socialismo, crisis económicas y el futuro de la humanidad

El aspecto clave del capitalismo, persistente mostrado por los hechos y tercamente negado por los políticos y los economistas conservadores o reformistas es que el fundamento del sistema es conseguir y aumentar la ganancia empresarial, la rentabilidad del capital a corto plazo. Bajo el capitalismo, a ese objetivo se subordina todo lo demás.

A comienzos del siglo XIX, cuando la revolución industrial en Inglaterra estaba poniendo las bases de un enorme sufrimiento de los campesinos expulsados de sus tierras y convertidos en trabajadores industriales, se crearon muchas utopías sociales. Las utopías comunistas de Campanela y Thomas Moro eran antiguas, las de Fourier y Saint Simon surgieron precisamente en aquellos tiempos. Era cuando Adam Smith y David Ricardo predicaban las virtudes de la moderna economía de mercado y el cura Malthus culpaba a los obreros de sus propios males, por no ser castos y tener demasiados hijos. Federico Engels comenzó su crítica social atacando las teorías de Smith, Ricardo y Malthus. Fue en parte a partir de la lectura de esas críticas que Marx se hizo comunista y se interesó en los fenómenos y las teorías económicas. Pronto la labor de ambos, aparte del estudio de los fenómenos sociales y la labor directa en organizaciones obre- ras, se centró en la crítica de las ideas económicas y sociales de otras corrientes y autores. Frente a quienes como Proudhom en Francia, los fabianos ingleses, o los partida- rios del Henry George en EEUU pretendían reformar la sociedad para así mejorarla y hacerla menos injusta y menos hiriente para los trabajadores, Marx enfatizó que la lucha por reformas solo podría conseguir mejoras transitorias y efímeras, y que la lucha clave era la de transformar la organización económica y social de la sociedad. Quienes pocos años tras la muerte de Engels todavía defendían esas ideas en el movimiento socialista, como Karl Liebnecht, Rosa Luxemburg o Vladimir Ilich Lenin, pronto se vieron forzados a oponerse a una gran carnicería, la guerra mundial de 1914-1918. Quienes habían enfatizado la necesidad de ser realistas y de luchar por las reformas inmediatas como medio de cambiar la sociedad participaron gustosos en esa carnicería. Mucho ha llovido desde aquel entonces y las experiencias socialistas y comunistas del siglo XX han sido diversas, variadas y en gran medida decepcionantes. Eso exige aprender de todas esas experiencias y, más que nunca, que quienes se oponen al capitalismo convenzan con argumentos, no con inventos y soluciones fáciles.

James Galbraith y muchos otros economistas keynesianos han hecho valiosas críti- cas de la política social y económica conservadora. Frente a las tonterías reaccionarias de la economía neoclásica de los Milton Friedman y los Robert Lucas (que con su ―tasa natural de desempleo, su mundo de consumidores que optimizan entre el ocio y el trabajo y sus mercados financieros eficientes que tienden al equilibrio niegan las realidad del desempleo masivo y las crisis financieras recurrentes), los poskeynesianos han enfatizado a menudo la incertidumbre y la inestabilidad de los mercados financieros y las lacras de la desigualdad social y la desocupación que el mercado no resuelve. Pero ni James Galbraith ni su padre, el mundialmente conocido John Kenneth Galbraith, autor de tantos libros interesantes y embajador estadounidense en la India, fueron nunca más allá de buscar un capitalismo reformado, y por eso sus críticas a la derecha se debilitan. De hecho John Kenneth Galbraith, afirmo una vez, lúcidamente, lo siguiente:

Yo soy una persona conservadora y por tanto tengo tendencia a buscar antídotos para las tendencias suicidas del sistema económico. Pero gracias a la típica inversión del lenguaje esta predisposición suele ganarle a uno la reputación de ser un radical.

Algo similar ocurre con Keynes, a quien muchos derechistas consideran un radical de izquierda. Pero Keynes nunca ocultó que su principal objetivo era salvar al capitalismo del socialismo, a eso iban dirigidas sus propuestas de reforma. Con plena conciencia, el aristocrático Lord Keynes tomaba partido por la burguesía y sostenía que «puedo estar influido por lo que me parece justicia y buen sentido, pero la guerra de clases me encontrará del lado de la burguesía educada».

Quienes suscribimos este comentario también estamos convencidos como John Kenneth Galbraith de que existen «tendencias suicidas» en el sistema capitalista. Pero en vez de dejar que el capitalismo y sus persistentes intentos suicidas sigan sometiendo a la humanidad al sufrimiento de la pobreza, la desigualdad y las crisis económicas, al riesgo permanente de la guerra y a la creciente destrucción ambiental, preferimos que el paciente se suicide de una vez para que los demás podamos vivir. Y, si hace falta, haremos lo posible por propiciarle una buena eutanasia.

11/7/2010

Publicado como parte del artículo "Los Galbraith, la visión keynesiana de las crisis y la realidad económica del siglo XXI"

Rolando Astarita es docente en la Universidad Nacional de Quilmes y en la Universidad de Buenos Aires, donde ha dictado clases sobre macroeconomía, desarrollo económico y comercio internacional. Es autor de los libros Valor, mercado mundial y globalización (Buenos Aires, Kaicron, 2006), Keynes, poskeynesianos y keynesianos neoclásicos (Buenos Aires, Edic. Univ. de Quilmes, 2008), El capitalismo roto (Barcelona, Fundación Andreu Nin, 2009) y Monopo- lio, imperialismo e intercambio desigual (Madrid, Maia, 2009). José A. Tapia es economista especializado en salud pública e investigador en la Universidad de Michigan, Ann Arbor. Ha publicado trabajos en Social Science & Medicine, Journal of Health Economics, Ensayos de Economía, Revista Panamericana de Salud Pública, International Journal of Political Economy, Proceedings of the National Academy of Sciences y otras revistas.


Homenaje a Paul Mattick

Rolando Astarita

Un lector que acostumbra enviar comentarios al blog (firma AP) hace poco me llamó la atención sobre el trabajo de Paul Mattick, un autor al que había leído hace años e influyó en mi formación. Aquí quiero reivindicar su vieja crítica a las políticas keynesianas, que están planteadas en la misma línea de la argumentación anterior, esto es, a partir de la teoría del valor trabajo de Marx. Transcribo algunos pasajes de su libro Marx y Keynes. Dice Mattick, refiriéndose a los gastos gubernamentales con los que el keynesianismo pretende eliminar las depresiones capitalistas:

“La nueva inversión inducida por el gobieno no cae del cielo, sino que representa valores-mercancías en forma de dinero que se cambian por otras mercancías. Si un gobierno gasta mil millones de dólares, esta suma ha sido o bien recaudada de los impuestos, o tomada en préstamo en el mercado de capitales. En cualquiera de estos dos casos, esta suma representa el equivalente de valores-mercancías producidos anteriormente, En el supuesto poco realista de que estos mil millones fueran gastados en el consumo, estos bienes ya deben existir o deben ser producidos para hace posible la transacción. (…) No hay multiplicación del ingreso mediante el gasto inicial por sí mismo, aunque puede haber producción de nuevo ingreso; y es solamente en tanto que el gasto original lleva a un aumento en la producción que aquél puede aumentar el ingreso” (Mattick, 1985, pp. 159-60).

(…) “Puesto que no depende de la rentabilidad, la producción inducida por el gobierno puede aumentar la producción social total; pero no puede aumentar el capital total. Parece posible, sin embargo, que el simple aumento o mantenimiento de un nivel dado de producción independientemente de la rentabilidad pueda detener un descenso de la actividad económica, y pueda incluso actuar como instrumento para invertir la tendencia. Aunque el financiamiento por déficit de la producción no lucrativa aumenta solamente la actividad económica del capital total, afecta la rentabilidad de aquellos capitales individuales que comparten la producción inducida por el gobierno, y permite la acumulación de títulos portadores de interés respaldados por el gobierno. Esto puede crear un clima económico favorable para que se reanude la inversión de capitales privados. (…) Así como el gasto deficitario reduce el desempleo y aumenta la producción, puede, en condiciones especiales, inducir una aceleración de las inversiones privadas. En este caso el ingreso total aumentaría más de lo que produjo el gasto deficitario, pero esta “multiplicación” se debería directamente a las inversiones rentables adicionales, y no al gasto inicial” (p. 160).

(…) Cualquiera sea la tasa de ganancia, cuanto mayor sea la parte del capital social total ocupado en la producción no lucrativa, menor será la tasa de ganancia total del capital total. Aunque sus ganancias no serían mayores de no existir el gasto gubernamental no lucrativo, no pueden ser aumentadas mediante tal gasto” (p. 160).

(…) El cambio en el volumen de empleo causado por la producción que induce el gobierno disminuye la rentabilidad del capital total en relación a la magnitud de la producción social total. Esta rentabilidad decreciente es la que aparece en la deuda pública creciente, y esta última es la que indica la declinación en la formación de capital privado, a pesar y a causa del aumento en la producción. En la teoría burguesa, el producto nacional bruto, o demanda agregada, es igual a la suma de consumo, inversiones y gasto del gobierno. Sin embargo, el gasto deficitario del gobierno no forma parte de la demanda agregada real, sino una política deliberada de producir más allá de ella” (ídem).

(…) “Cuando son tomados para propósitos gubernamentales, los impuestos tomados del capital regresan a los capitalistas en la forma de contratos del gobierno. La producción resultante de estos contratos es pagada por los capitalistas mediante impuestos. Al recobrar su dinero gracias a los contratos del gobierno, los capitalistas proveen al gobierno de una cantidad equivalente de productos. Esta cantidad de productos es la que el gobierno “expropia” al capital. (…) Este tipo de producción no solamente no es lucrativo, sino que resulta posible solo mediante aquella parte de la producción social total que es todavía lo suficientemente lucrativa para producir impuestos bastante altos para extender la producción del gobierno mediante impuestos” (p. 162).

(..) “Debe haber un límite a la expansión de la parte no lucrativa de la economía. Cuando se alcance ese límite, el financiamiento por déficit y la producción inducida por el gobierno como políticas para contrarrestar las consecuencias sociales de una tasa decreciente de acumulación, debe terminar. La solución keynesiana se revelará entonces como una seudosolución, capaz de posponer, pero no impedir el curso contradictorio de la acumulación del capital, tal como lo predijo Marx” (p. 164).

Mattick, P. (1985): Marx y Keynes. Los límites de la economía mixta, México, Era.

+ Info:

Crisis, gasto público y déficit. Rolando Astarita

Salidas de las crisis y otra crítica desatinada. Rolando Astarita

Marx, Kalecki y el ciclo económico. Rolando Astarita

Sobre los orígenes de la crisis financiera. Rolando Astarita


A la mateixa secció:


El debate sobre Kronstadt es actual


La montaña de la deuda global: ¿un ‘momento Minsky’ o una ‘contracción Carchedi’?


Cien años después: Algunas herencias difíciles de la revolución de Octubre de 1917


Marx més enllà dels marges


China: Xi toma el control total del futuro.


Kronstadt tuvo antecedentes


De octubre 1917 al "socialismo del siglo XXI"


La toma del Palacio de Invierno


Economía mundial: Días soleados seguidos de tormentas


Pau Viciano: ‘La clau de Fuster és una presa de partit’

Creative Commons License Esta obra est� bajo una licencia de Creative Commons by: miquel garcia -- esranxer@gmail.com