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Anticapitalistes
  
dissabte 5 de setembre de 2015 | Manuel
Sexo, clase, “raza” y sexualidad: desafíos para un feminismo incluyente

Justa Montero

La identidad de las mujeres, la respuesta a la pregunta ¿qué es ser mujer? sigue suscitando una viva polémica en el feminismo. Y no es de extrañar, dadas las implicaciones políticas de las posibles respuestas: ¿quiénes y cómo articulan la contestación y propuesta ante las múltiples situaciones de desigualdad, injusticia y subordinación de las mujeres? En definitiva, cuál es el sujeto del feminismo. Las recientes Jornadas organizadas por la Coordinadora de Organizaciones Feministas (Granada 2009) han puesto de manifiesto el estado del debate: la crítica y el cuestionamiento de grupos feministas y las aportaciones que desde la teoría se están planteando .

La crítica se centra en los efectos que para la teoría y la práctica tiene el representar a las mujeres como un colectivo homogéneo, con una identidad fija y sin fisuras, que derivaría de la determinación que opera en la vida de todas las mujeres su pertenencia al género femenino. Siguiendo con esta lógica, la adscripción de las mujeres al género establecido socialmente constituiría unas características consideradas comunes a todas y a partir de las cuales se generaliza una forma de ser, o para no simplificar en exceso, diría que una forma de estar situadas en el mundo, de vivir la subordinación y dominación patriarcal.

Esas características son también las que hacen presuponer una uniformidad en las experiencias de las mujeres, en sus aspiraciones y necesidades. Esto tiene como corolario que la política feminista debe desarrollar esa unidad “natural”, establecer una agenda que “naturalmente” sería común para todas las mujeres, al igual que se partiría de la similitud de los procesos que las mujeres tienen que realizar en la lucha por conseguir su libertad y autonomía, independientemente del contexto social, económico y cultural en el que vivan.

Feminismos diferenciados

Una expresión de estos feminismos es la que se basa en la existencia de una naturaleza propia de las mujeres, y diferente de la de los hombres, que hace de unas y otros dos colectivos con identidades fuertemente definidas como contrapuestas entre sí, uniformes, estables, y a las que van asociada unos valores “propios”. Identidades que pueden considerarse innatas o adquiridas, que pueden estar definidas por la condición biológica de nacer mujer o varón, por la sexualidad o por diferenciaciones culturales muy interiorizadas por cada grupo, pero que en todos los casos operan fuertemente en la asignación de los géneros. Algunos planteamientos acerca de la sexualidad como dicotómica, intrínsecamente “genitalizada” y agresiva (la de los hombres en contraposición a la que experimentan las mujeres), son deudores de estos planteamientos y se reflejan, por ejemplo, en los debates y propuestas tanto en torno a la violencia sexual, como a las expresiones del deseo y placer sexual de mujeres y hombres.

El feminismo institucional representa otra variante de ese feminismo hegemónico. En la defensa del paradigma igualitario, la igualdad la refieren a la que es obviamente necesaria establecer entre mujeres y hombres. Pero se deja de lado las desigualdades entre las propias mujeres, de tal forma que acaba teniendo un efecto uniformador de las mujeres al representarlas como iguales entre sí y ahoga las diversas formas en que viven y se enfrentan al sexismo. Un ejemplo que creo ilustrativo es el tratamiento de la paridad en la representación política, como objetivo central (y en ocasiones como lo fundamental que queda por conseguir) de la acción feminista. La idea, como aspecto central de la propuesta feminista, de que a las mujeres lo que les falta es acceder al poder, deja fuera de esa propuesta a quienes no tienen ni tan siquiera reconocidos sus derechos de ciudadanía, como es el caso de las mujeres inmigrantes. Éstas tampoco son un colectivo homogéneo, sus demandas y reivindicaciones van en muchas direcciones, tal y como se manifiesta en los cambios en la ley de extranjería o en los cambios en la regulación del trabajo de las empleadas de hogar, por poner algunos ejemplos.

Estos debates no son nuevos. Hace ya tiempo que tomó fuerza entre algunos feminismos la importancia de contemplar en la propuesta feminista tanto las similitudes de las mujeres como su diversidad y sus desigualdades. Los debates y ponencias presentadas en las Jornadas Feministas de la Coordinadora del año 2000 (Córdoba) son una buena referencia para comprender el rumbo emprendido por lo que podríamos denominar el feminismo crítico.

La comprensión de que las mujeres vivimos en una sociedad donde la opresión patriarcal es sistémica, no significa que todas vivamos las mismas manifestaciones sexistas, ni percibamos o sintamos los límites de autonomía y libertad de la misma manera. Pensar, por ejemplo, que todas las mujeres tenemos las mismas experiencias o vivimos de la misma forma la maternidad, los trabajos de cuidados, o la sexualidad, sólo se puede plantear como resultado de una especie de mistificación y esencialismo. Y tiene, entre otros efectos, el “normativizar” de alguna manera a las mujeres, pues plantea una forma de ser, sentir o hacer común para todas. Ahoga, por tanto, la expresión de diversidad de realidades de las mujeres en todos los campos y su propia agencia o capacidad frente a las diversas formas en que se manifiesta el sexismo.

El feminismo de América Latina y el Caribe, con sus múltiples expresiones, ha tenido un importante y estimulante impacto en el desarrollo de este feminismo crítico en el Estado español: en la propuesta de analizar las especificidades de las opresiones concretas, las formas en que se manifiesta la subordinación de las mujeres en realidades diversas y cambiantes, la distinta forma de percibirla según el momento en el que se encuentren de su recorrido vital, los distintos niveles de autonomía/dependencia económica, afectiva o sexual en el que se desarrolla la vida de las mujeres, las diferentes situaciones de partida para enfrentarse a circunstancias similares, etc. En definitiva, en considerar que la identidad de las mujeres es diversa y compleja puesto que actúa en una pluralidad de contextos sociales y que esa identidad se construye en las intersecciones que establece el género con la clase, la sexualidad, la “raza” y otros condicionantes sociales, económicos y culturales.

La crítica de los “feminismos periféricos”

Así que no se parte de cero. Pero la crítica más incisiva a los feminismos hegemónicos ha venido de quienes se ven excluidas o relegadas a los márgenes del discurso y la propuesta política que formulan quienes tienen el poder de poner voz y de presentar la agenda propia como la única agenda del feminismo.

Me refiero a las feministas lesbianas, al movimiento transexual y transgénero, las llamadas “minorías sexuales” que, con la crítica radical que realizan a la “heternormatividad” como eje regulador de la sociedad, cuestionan los feminismos dominantes por “heterosexistas”. Es decir, por hacer de la mujer heterosexual el sujeto de la contestación feminista, excluir a quienes defienden y viven sexualidades no normativas y no establecer ninguna articulación con sus perspectivas y reivindicaciones.

Identidades fronterizas

Desde las teorías y prácticas queer, se va más allá al poner en cuestión el binarismo que clasifica a unas y a otros como mujeres y hombres y que no da cabida a identidades fronterizas, a quienes reclaman el reconocimiento del cuerpo como lugar de resistencia y de acción política frente a la cosificación de los cuerpos como hombres o mujeres. Desde otros escenarios, el llamado feminismo postcolonial (quizás sea más preciso denominarlo des-colonial), también plantea importantes desafíos. Los feminismos disidentes protagonizados por mujeres negras, chicanas, de países del “Sur” contestan el universalismo establecido por el feminismo blanco y occidental.

Interpreto aquí colonialismo como el proceso por el cual la mayoría de las mujeres occidentales (por hacer justicia con los feminismos críticos) representan, en sus discursos y prácticas, a las mujeres del Sur como “las otras” diferentes en sus particulares contextos culturales. Un sujeto sí, pero diferente, monolítico y victimizado.

Gloria Anzaldúa, una destacada activista, ha acuñado el interesante término de “identidades fronterizas” para denominar la situación en la que se encuentran muchas mujeres que viven en el cruce de fronteras culturales y sociales: de género, “raciales”, étnicas, de clase, sexuales. Pero más allá de lo sugerente del término, tiene una extraordinaria importancia por sus implicaciones teóricas y políticas. Advierte sobre la imposibilidad de articular un feminismo que prescinda del sexismo, del racismo, el heterosexismo, o las diferencias de clase, puesto que todo ello interactúa en la realidad concreta de mujeres concretas.

Descolonizar el feminismo es un desafío que plantean también las mujeres inmigrantes, mujeres de procedencias diversas, con distintas trayectorias migratorias e identidades también fronterizas debido al propio proceso migratorio. Supone deshacerse del lastre etnocéntrico y eurocéntrico de muchos de nuestros planteamientos y propuestas. Para empezar, supone prescindir de esa representación victimizante de “las otras”, como sujetas pasivas de un férreo dominio patriarcal, para que sus voces se expresen en un diálogo feminista e intercultural que permita las alianzas en las luchas de resistencia.

Recuperar las categorías de “raza”, clase, sexualidad para el análisis y política resulta clave para un feminismo incluyente. Pero ¿dónde queda el género?

Una cosa es afirmar que el género no es el único eje de diferenciación para las mujeres y otra que no sea un elemento de su identidad, ni un elemento sistémico de organización social. Requiere, por tanto, actuar sobre los distintos mecanismos por los que la sociedad jerarquiza la diferencia sexual y establece relaciones de poder. El género es un punto de partida fundamental pero no algo natural, histórico o universal. Pero partir de que la pertenencia al género femenino es lo único realmente significativo para las mujeres, es decir, dar por buena la exclusiva identificación de las mujeres como miembros de un grupo social definido por su pertenencia de género, lleva al tratamiento abstracto de las mujeres ya señalado, que dificulta la comprensión de la compleja realidad.

Partir del valor de las experiencias de cada mujer es imprescindible para entender sus itinerarios vitales y obliga a un tratamiento más complejo de la subjetividad. Desde luego es fundamental como antídoto a cualquier tentación de esencializar “lo femenino”. La cuestión es cómo no caer presa del efecto pendular de presentar como universales experiencias concretas de algunas mujeres, a que tenga valor cualquier experiencia. Porque considerar de forma acrítica que cualquier experiencia es igualmente relevante para una propuesta feminista de cambio y transformación plantea otra serie de problemas.

En primer lugar, introduce cierto relativismo y una visión acrítica sobre las ideas y los procesos sociales que subyacen en las prácticas. Hay prácticas que se enfrentan a la autonomía de las mujeres, otras que fundamentan relaciones de poder entre las propias mujeres.

Como señala Nancy Frasser, las experiencias de las mujeres (como las de los hombres) hay que someterlas a crítica, ponerlas en relación con las estructuras sociales de dominación y con las relaciones sociales de desigualdad. Ponerlas en relación con los sistemas de poder que el género, la clase, la “raza”, la sexualidad establecen, con la forma en que se interrelacionan y actúan. Esto, además, abre la posibilidad de establecer algunas generalizaciones y posibles elementos de identificación colectiva de las mujeres, contingentes, cambiantes, pero necesarios para un feminismo transformador.

La política feminista debería ser una política de alianzas entre las distintas prácticas y grupos feministas, no apelando a esa unidad inexistente, a priori, entre las mujeres, sino a la imprescindible articulación de luchas de resistencia y propuestas sobre necesidades y propuestas concretas que haga frente a las prácticas patriarcales, heterosexistas, racistas y clasistas.

El feminismo incluyente no es ninguna fórmula, ni una suma aritmética de grupos feministas o un listado de agravios, es un complejo camino que nos queda por recorrer.

27/4/2010

http://www.revistapueblos.org/old/spip.php?article1862


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