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Anticapitalistes
  
dissabte 8 d’agost de 2015 | Manuel
Introducción a El Capital: IV. El descubrimiento clave de Marx, la teoría del plusvalor

Ernest Mandel

El pasado 20 de julio se cumplían 20 años del fallecimiento en Bruselas de Ernest Mandel, intelectual y activista marxista, dirigente de la Cuarta Internacional durante largos años y autor de una larga relación de obras y artículos que, pese al transcurso del tiempo, siguen siendo muy útiles para los debates actuales sobre el capitalismo, el balance a extraer del fracaso del mal llamado “socialismo real” y la apuesta por un socialismo radicalmente democrático y autogestionario.

Con motivo de este vigésimo aniversario nos ha parecido opotuno reproducir una serie de textos sobre El Capital, tomados de su libro “El Capital: Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx“. Esta cuarta parte es un fragmento del capítulo I. El libro primero.

La escuela clásica de la economía política, incluyendo a Ricardo, veía las ganancias como un ingreso neto residual, una vez que los salarios habían sido pagados. De hecho, se aferraba tanto a este concepto que Ricardo creía que sólo los aumentos o bajas de los costos de producción en las industrias de bienes de subsistencia podían influir en la tasa de ganancia. Lo que aconteciera a la industria de bienes suntuarios, o a las materias primas incluso, no habría de afectar a la tasa global de la ganancia.

Este punto de vista es incompleto y por lo tanto incorrecto, pero al menos fue un intento de comprender el problema de la distribución del ingreso entre las clases sociales en función de lo que sucede en el transcurso de la producción. Los expositores de la teoría económica posricardiana «vulgar», y en especial los marginalistas neoclásicos, no se toman la molestia de preguntar el «porqué» y se limitan a responder la pregunta sobre el «cómo». Simplemente observan que los «factores» (trabajo, capital, tierra) obtienen diferentes «precios» en el mercado y se limitan a un estudio de cómo fluctúan tales precios. Considerar los orígenes de la ganancia, el interés y la renta; preguntar si los trabajadores deben abandonar parte del producto de su trabajo cuando laboran para un empresario ajeno; examinar los mecanismos a través de los cuales esta apropiación tiene lugar como resultado de un intercambio honrado, sin trampas ni abusos de ninguna clase: éstos son los problemas básicos del modo capitalista de producción que Marx tuvo que desentrañar.

El origen del ingreso y el consumo de las clases gobernantes en las sociedades precapitalistas no es tema de especulación. Cualquiera sabe que, desde un punto de vista económico, fueron resultado de la apropiación de parte de los frutos del trabajo de los productores por la clase gobernante. Cuando el siervo medieval trabajaba media semana para su propia subsistencia en las tierras de su masada y la otra media sin remuneración en las propiedades del noble o de la Iglesia, puede argüirse que, desde un punto de vista «moral», se le ofrecía trabajo impago «a cambio» del «servicio» de la protección divina o profana, pero nadie confundiría este «intercambio» con lo que sucede en la plaza del mercado. De hecho no era ningún intercambio económico, sea cual sea el sentido de la palabra, ningún toma y daca de nada que pueda tener un «precio» ni siquiera de la manera más indirecta. El «servicio de protección» no lo «compra» el siervo, como tampoco un comerciante de Chicago «compra el servicio» de una pandilla de maleantes. Se trata de una extorsión impuesta sobre él por la organización social, le guste o no. El origen del plusproducto social del que se apropia la clase gobernante precapitalista es, por lo tanto, obviamente, el trabajo impago (ya sea en forma de servicios de trabajo o de productos físicos de estos servicios de trabajo, o incluso de renta dineraria) consumido por los productores.

En el caso del esclavismo, el contexto es igualmente claro o incluso más, especialmente en aquellos ejemplos extremos donde los amos no proporcionaban ni siquiera la miserable ración del esclavo, sino que este mismo tenía que procurársela el séptimo día de la semana. Desde luego, al observar estas plantaciones esclavistas, hasta los críticos más escépticos del materialismo histórico encontrarán difícil dudar de que todo el producto social, tanto la parte que alimentaba a los esclavos como la que alimentaba a los amos, tenía un solo origen: el trabajo social invertido por los esclavos y sólo por ellos.

Sin embargo, cuando observamos el modo capitalista de producción, todo parece mucho más complicado y oscuro, por decir lo menos. Ninguna fuerza bruta, personificada por un capataz armado de látigo o un grupo de hombres armados, parece obligar al trabajador a ceder nada de lo que haya producido o que le pertenezca. Su relación con el capitalista parece basarse en un acto de intercambio idéntico al de un artesano o campesino, propietarios de las mercancías que han producido, que llega a la plaza del mercado. Parecería que el trabajador vende su «trabajo» a cambio de un salario. El capitalista «combina» ese trabajo con máquinas, materias primas y el trabajo de otros hombres con el fin de producir productos terminados. Como el capitalista es el dueño de esas máquinas y las materias primas, así como del dinero que paga los salarios, ¿no es acaso «natural» que deba también poseer los productos terminados que resultan de la «combinación de estos factores»?

Esto es lo que parece ocurrir en el capitalismo, pero, explorando bajo la superficie, Marx aparece con una serie de observaciones agudas que sólo pueden ser negadas por quien se rehúsa deliberadamente a examinar las condiciones sociales únicas que crean est «intercambio» peculiar y excepcional entre trabajo y capital. En primer lugar, hay una desigualdad institucional de condiciones entre capitalistas y obreros. El capitalista no está obligado a comprar fuerza de trabajo de manera permanente. Sólo lo hace si le rinde ganancias. Si no, prefiere esperar, despedir trabajadores o incluso cerrar la planta hasta que lleguen tiempos mejores. El obrero, por el otro lado (el término se usa aquí en el sentido social que la propia frase aclara y no necesariamente en el sentido más estricto de trabajador manual), está bajo la compulsión económica de vender su fuerza de trabajo. Como no tiene acceso a los medios de producción, incluyendo la tierra, como tampoco tiene acceso a provisiones gratuitas de alimentos en gran escala y como no tiene reservas de dinero que le permitan sobrevivir durante el tiempo en que permanezca sin hacer nada, debe vender su fuerza de trabajo al capitalista de manera permanente y al salario vigente. Si no existiera esta compulsión institucionalizada, sería imposible una sociedad capitalista plenamente desarrollada. Desde luego, cuando no hay tal compulsión (como cuando subsisten grandes extensiones de tierra libre), el capitalismo seguirá siendo enano hasta que, de uno u otro modo, la clase burguesa suprima el acceso a esa tierra libre. El último capítulo del libro primero de El capital sobre la colonización desarrolla este punto con gran efectividad. La historia de África, en especial la de Sudáfrica, pero también la de las colonias portuguesas, belgas, francesas y británicas, confirma contundentemente este análisis.[40] Si la gente vive bajo condiciones en las que no existe la compulsión económica de vender su fuerza de trabajo, corresponde entonces a la compulsión represiva jurídica y política proporcionar la mano de obra necesaria a los empresarios; de otra manera el capitalismo no podría sobrevivir bajo tales circunstancias.

De paso, podemos agregar que la función de los sindicatos se aclara inmediatamente a la luz de este análisis. Los trabajadores que se unen para establecer un fondo de reserva pueden liberarse al menos por unas semanas de la compulsión de vender su fuerza de trabajo de manera permanente al salario vigente en el mercado. Al capitalismo todo esto no le gusta nada. Va en contra de la «naturaleza», si no de la naturaleza humana por lo menos de la naturaleza más íntima de la sociedad burguesa. Por ello, bajo el naciente capitalismo ya vigoroso, los sindicatos fueron simplemente proscritos. Por ello, igualmente, bajo el capitalismo senil, regresamos gradual mente a una situación en la que se niega a los trabajadores el derecho a la huelga: el derecho a abstenerse de vender su fuerza de trabajo al precio ofrecido en el momento que quieran. En este caso, la percepción de Marx se ve claramente confirmada por las más altas autoridades del estado burgués: bajo el capitalismo, el trabajo es fundamentalmente trabajo forzado. En lo posible, los capitalistas prefieren disfrazar hipócritamente la compulsión tras la cortina de humo de un «intercambio igualitario y justo» en el «mercado de trabajo». Cuando la hipocresía deja de ser posible, regresan a aquello con lo que comenzaron: la coerción abierta.

Marx, por supuesto, sabía perfectamente bien que, para organizar la producción en las fábricas modernas, no bastaba combinar la fuerza de trabajo social de los trabajadores manuales con la de los intelectuales. Era necesario proporcionar tierra, edificios, energía, elementos infraestructurales tales como caminos y agua, maquinaria, un marco dado de sociedad organizada, medios de comunicación, etc. Pero es claramente absurdo suponer que, dado que la producción industrial es imposible sin estas condiciones de producción, los caminos y canales «producen valor». Igualmente ilógico sería suponer que las máquinas «producen» algún valor en sí mismas y por sí mismas. Lo único que puede decirse de todos estos «factores» es que su valor dado debe mantenerse y reproducirse, por medio de la incorporación de una parte del propio valor en el producto corriente del trabajo vivo, durante el proceso de producción.

Nos acercamos más a la verdad cuando observamos que los títulos de propiedad (derechos de apropiación privada) de la tierra y la maquinaria conducen a una situación en la que tales «factores» no serán incorporados al proceso de producción sin que sus propietarios reciban el «rendimiento» esperado por encima de la compensación por el deterioro de los «factores». Cierto. Pero de esto de ninguna manera se desprende que tales «rendimientos» los «produzcan» los títulos de propiedad. Ni tampoco implica que los dueños de tales títulos de propiedad se enfrenten en pie de igualdad con los propietarios de la fuerza de trabajo. Sólo si estuviéramos en una «sociedad esclavo-capitalista», donde los propietarios de los esclavos arrendaran la fuerza de trabajo a los dueños de las fábricas que a su vez arrendaran la tierra de los terratenientes, podríamos hablar de la existencia de una igualdad institucional entre todos los propietarios —aunque, desde luego, ¡no entre propietarios y esclavos! Claro está que en ese caso los propietarios de esclavos los arrendarían sólo en el caso de que recibieran a cambio un «rendimiento neto» por encima del nivel de manutención de los esclavos.

En segundo lugar, la situación social en la que una pequeña parte de la sociedad monopoliza la propiedad y el acceso a los medios de producción, hasta llegar a la exclusión de todos o casi todos los productores directos, no es de ningún modo un producto de la «desigualdad natural de talentos e inclinaciones» entre los seres humanos. Sin duda, tal desigualdad no existió por decenas de miles de años de vida social del homo sapiens. Y en el pasado relativamente reciente, digamos hace unos 150 años, las nueve décimas partes de los productores del planeta —de las que la abrumadora mayoría era de productores agrícolas— sí tenían acceso directo, de uno u otro modo, a sus medios de producción y de subsistencia. La separación entre el productor y sus medios de producción se realizó durante un proceso histórico largo y sangriento, que Marx analiza en detalle en la sección séptima del libro primero de El capital, esto es en «La llamada acumulación originaria».

En tercer lugar, el trabajador no vende al capitalista su trabajo sino su fuerza de trabajo, su capacidad de trabajar durante un período determinado. En el capitalismo esta fuerza de trabajo se convierte en una mercancía.[41] Como tal, tiene un valor específico (valor de cambio), como cualquier otra mercancía: la cantidad de trabajo socialmente necesario para reproducirlo, es decir el valor de los bienes de consumo necesarios para mantener al trabajador y a sus hijos en condiciones de seguir trabajando dentro de un nivel determinado en cuanto a la intensidad de sus esfuerzos, pero tiene una cualidad especial, un «valor de uso» especial para el capitalista. Cuando el capitalista «consume» fuerza de trabajo en el proceso de producción, el trabajador produce valor. Su trabajo tiene la doble capacidad de conservar valor —o sea de transferir al producto terminado el valor de la materia prima y de una fracción de la maquinaria gastada en el proceso de producción— y de crear nuevo valor, a través de su propia venta. Todo el misterio del origen de las ganancias y las rentas se acaba cuando se comprende que, en el proceso de producción, los trabajadores pueden (y deben hacerlo, pues de lo contrario el capitalista no los contrataría) producir valor en una medida superior a la del valor de su propia fuerza de trabajo, mayor que el equivalente de los salarios que reciben. Regresamos al punto en que empezamos en las sociedades precapitalistas y hemos podido eliminar la telaraña de la aparente «igualdad de cambio»: como la renta feudal o la subsistencia del propietario de esclavos, las ganancias, los intereses y las rentas capitalistas se originan a partir de la diferencia entre lo que los trabajadores producen y lo que reciben para su mantenimiento. Bajo el capitalismo esta diferencia aparece en forma de valor y no de producto físico. Este hecho impide que el proceso sea diáfano al primer golpe de vista, pero no lo hace fundamentalmente diferente del «intercambio» que tiene lugar entre el señor feudal y el siervo.

Así pues es incorrecto afirmar, como lo hace Blaug, siguiendo a otros críticos académicos de Marx, que la teoría marxiana del plusvalor es una teoría del «incremento no devengado».[42] Se trata de una teoría de la apropiación o de la deducción del ingreso de los capitalistas, como lo era la teoría clásica del valor-trabajo. Los capitalistas se apropian del valor que los trabajadores han producido ya, antes del proceso de circulación de las mercancías y de la distribución del ingreso. Ningún valor puede distribuirse —desde un punto de vista macroeconómico o, en otras palabras, tomando a la sociedad burguesa como un todo— que no haya sido previamente producido.

El propio Marx consideraba que el descubrimiento del concepto de plusvalor, que representa la suma total de ganancias, intereses y rentas de todas las partes de la clase burguesa, era su descubrimiento teórico principal.[43] Vincula la ciencia histórica de la sociedad con la ciencia de la economía capitalista al explicar tanto los orígenes y el contenido de la lucha de clases como la dinámica de la sociedad capitalista.[44]

Porque una vez que hemos comprendido que el plusvalor lo producen los trabajadores, que el plusvalor no es más que el viejo plusproducto social en forma de dinero, en forma de valor, comprendemos el salto histórico que ocurrió cuando ese plusproducto social ya no aparece esencialmente en forma de mercancías de lujo (cuyo consumo está necesariamente limitado, aun bajo condiciones de una extravagancia extrema, como durante el imperio romano o en la corte francesa del siglo XVIII) sino en forma de dinero. Más dinero quiere decir no sólo un poder adquisitivo adicional para más máquinas, más materias primas, más fuerza de trabajo. También aquí descubrió Marx una compulsión económica. La propiedad privada, la fragmentación del trabajo social entre las diversas empresas, esto es, la naturaleza misma de una producción generalizada de mercancías —el capitalismo—, implica la compulsión de competir por una participación en el mercado. La necesidad de acumular capital, la necesidad de incrementar la extracción de plusvalor, la sed insaciable de plusvalor que caracteriza al capitalismo, todo está aquí: la acumulación del capital = la transformación de plusvalor en capital adicional.

De nuevo, como lo hicimos con el valor, debemos llamar la atención acerca de lo que se trata: dominio sobre las fracciones de la cantidad total disponible del trabajo social. Basta recordar este hecho básico para entender cuán fuera de lugar están las críticas contra la teoría del plusvalor que hablan de la «productividad del capital», considerando al capital como si fuera maquinaria.[45] Las máquinas nunca pueden, en sí y por sí, arrendar fracción alguna de la fuerza de trabajo social disponible, excepto en la ciencia ficción. En ese mundo más prosaico en el que vivimos, los hombres que son propietarios de las máquinas pueden, por esta razón, contratar y despedir a otros hombres. Cómo y por qué se divide entonces el producto del trabajo de estos hombres es lo que Marx busca explicar.

Desde luego que Marx no «negaba» que la maquinaria podía aumentar la productividad social del trabajo. Por el contrario, si se lee el capítulo XIII del libro primero de El capital se verá inmediatamente que estaba más consciente de ese potencial de la tecnología que cualquier otro economista contemporáneo. Pero el problema que la mayoría de sus críticos y otros exponentes de la economía «vulgar» dejan de lado es muy simple: ¿por qué el capitalista se debe apropiar de los resultados del incremento de la productividad del trabajo? ¿Por qué la productividad combinada de muchos hombres trabajando juntos —el famoso «potencial de trabajo colectivo de la fábrica», al cual se dedica un análisis clave en la sección séptima original (el «capítulo sexto») omitida en la versión publicada del libro primero de El capital—, la productividad combinada de científicos y técnicos, trabajadores manuales y trabajadores intelectuales, inventores de maquinaria y ejecutores de trabajo muscular, deben aumentar la ganancia de los dueños de las máquinas? Seguramente no porque esa maquinaria posea cierta calidad misteriosa de «crear» valor, es decir de «crear» cantidades de trabajo socialmente necesario,[46] sino seguramente porque los propietarios están en situación de apropiarse los productos de dicha producción. Estamos de regreso a la teoría marxiana del plusvalor.

Recientemente surgió una interesante, aunque en cierto modo sorprendente, innovación apologética respecto de las ganancias capitalistas, en la forma de la teoría de la empresa desarrollada por Alchian y Demsetz.[47] Se supone que los propietarios de los diferentes «insumos cooperadores» tienen una tendencia natural a desentenderse, porque le dan cierta preferencia a «los bienes no pecuniarios» (!) tales como el ocio, las condiciones de trabajo atractivas y el tiempo para conversar con sus compañeros de trabajo. De ahí se sigue, según Alchian y Demsetz, que si debe corregirse tal desatención alguien debe tener tanto el derecho de supervisar el desempeño de los miembros del grupo como cierta aversión a la propia desatención. Con este fin debe tener el derecho de recibir el residuo una vez pagadas las cantidades contratadas de los demás insumos, el derecho de dar por terminada la asociación del grupo y el derecho de vender estos derechos. Después de recibir con gran alegría la buena nueva de que se le ha promovido a la posición de miembro de un «equipo cooperativo», con base de igualdad con el capitalista, el trabajador medio no puede dejar de preguntarse por qué misteriosa razón ese «alguien» que tiene todos esos «derechos económicamente necesarios» siempre es el propietario del «insumo medios de producción» y nunca el propietario del «insumo fuerza de trabajo». ¿Será porque el capitalista está exento del vicio humano de la desatención o carece de inclinación por el ocio o por las condiciones de trabajo atractivas? ¿O será porque los señores apologetas del capitalismo están tratando de olvidar el hecho de que la apropiación del plusvalor se da a través de la propiedad monopólica de los medios de producción?

Notas:

[40] Nos referimos aquí a la apropiación de la tierra en gran escala, por parte de los colonizadores blancos y de las compañías coloniales, el reunir a los africanos en «reservas», el establecimiento de impuestos en dinero en economías esencialmente no monetarias, el forzar a los africanos a vender su fuerza de trabajo con el fin de conseguir el dinero necesario para pagar los impuestos, la imposición de multas dinerarias en gran escala o incluso el trabajo forzado directo como castigo por transgresiones de todo tipo a leyes que han sido especialmente ideadas para proveer de mano de obra a los colonizadores, etcétera.”

[41] Claro está que Marx no «transformó» a los hombres en «mercancías», como muchos de sus oponentes «éticos» afirman. Por el contrario, advirtió que el capitalismo era el que había llevado a cabo tal transformación, y por tanto lo condenaba. Popper sostiene significativamente que «la teoría del valor [de Marx] considera el trabajo humano como fundamentalmente diferente de todos los demás procesos propios de la naturaleza, por ejemplo del trabajo de los animales. Esto muestra con claridad que su teoría se basa finalmente en una teoría moral, la doctrina de que la vida y el sufrimiento humanos gastados son una cosa (1) fundamentalmente diferente de todos los procesos naturales […] No niego que esta teoría sea correcta en un sentido moral […] Pero también pienso que un análisis económico no debe basarse en una doctrina moral, metafísica o religiosa de la cual su poseedor es inconsciente» (The open society, t. 2, p. 329). En primer lugar, Marx no era de ninguna manera inconsciente de las diferencias entre el trabajo humano y los esfuerzos de animales como las hormigas, como lo atestiguan los comentarios que efectúa en el primer capítulo del libro primero de El capital. En segundo lugar, no hay nada de metafísico en el hecho de que, cuando los hombres establecen relaciones entre si para producir lo necesario para su subsistencia, ciertamente considerarán el trabajo humano —en tanto que base de esta organización social— de manera muy diferente a los procesos naturales, fertilidad de la tierra o del ganado, etc. Desde el punto de vista del hombre no hay nada de metafísico en la distinción entre los procesos químicos de los árboles y las disposiciones necesarias para dividir el tiempo total de trabajo útil a la comunidad en diferentes tipos de actividad humana. Hace dos mil años, los defensores de la institución de la esclavitud igualaban a los esclavos con «instrumentos que hablan» o «bestias de labor que hablan». Sabemos muy bien que Popper no avala el esclavismo. ¿Diría pues que esta condena del esclavismo es puramente «metafísica» o admitiría que se basa en una distinción científica y antropológica entre los hombres y los animales?

[42] Mark Blaug, «Technical change and Marxian economics», en Kyklos, vol. 3, 1960, citado por Horowitz, op. cit., p. 227.

[43] «Lo mejor de mi libro es 1] (en ello descansa toda la comprensión de los hechos) el carácter doble del trabajo, destacado ya en el primer capítulo, según se exprese en valor de uso o valor de cambio; 2] el tratamiento del plusvalor, independientemente de sus formas especiales, como ganancia, interés, renta del suelo, etc. Precisamente en el libro segundo se manifestará esto» (carta de Marx a Engels del 24 de agosto de 1868, en MEW, t. 31, p. 326).

[44] Popper (The open society, vol. 2, p. 160) sostiene que Marx no descubrió la categoría general de plusvalor, sino que la heredó de Ricardo. A tal efecto cita la «Introducción» de Engels al libro segundo de El capital, en donde, por lo demás, no se dice nada de eso, sino que, como cualquier estudiante de las doctrinas económicas sabe, se afirma que una larga serie de economistas, desde Adam Smith y los fisiócratas hasta Ricardo y los anticapitalistas posricardianos de la tercera y la cuarta década del siglo XIX en Gran Bretaña, consideraban ganancias y rentas como sustracciones de los productos del «trabajo productivo». Pero sólo Marx logró demostrar qué tipo de trabajo produce plusvalor y cuál es el contenido real del proceso de producción del plusvalor, independientemente de sus formas específicas, así como explicar este proceso.

[45] Samuelson, siguiendo a Böhm-Bawerk, deriva esta «productividad del capital» del hecho de que «se puede obtener más productos de consumo futuro usando métodos indirectos» (Economics, an introductory analysis, Nueva York, 4.ª ed., pp. 576-577). En la explicación que sigue, sin embargo, el «incremento» se origina en el hecho de que el «consumo corriente» se «sacrifica» por la producción de «bienes intermedios». Pero es la gente la que renuncia al consumo (dejemos de lado cuál gente es la que se ve realmente forzada a la abstinencia). La gente produce bienes intermedios. La gente aumenta la productividad de su trabajo. Cómo resulta que todas estas operaciones humanas llevan de pronto a que el valor fluya de los «bienes intermedios» (llamándolo «productividad del capital») es un secreto oculto que Samuelson no resuelve.

[46] La única cualidad que las máquinas tienen «en sí y por sí» es la de aumentar la productividad del trabajo y por tanto bajar el valor de las mercancías —no la de «crear» valor.

[47] A. Alchian y H. Demsetz, «Production, information costs and economic organisation», en American Economics Review, 1972.

+ Info:

Introducción a El Capital: III. La teoría marxista del valor-trabajo.

Introducción a El Capital: II. El método: la dialéctica materialista

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