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Anticapitalistes
  
dijous 30 de juliol de 2015 | Manuel
Introducción a El Capital: II. El método: la dialéctica materialista

Ernest Mandel

El pasado 20 de julio se cumplían 20 años del fallecimiento en Bruselas de Ernest Mandel, intelectual y activista marxista, dirigente de la Cuarta Internacional durante largos años y autor de una larga relación de obras y artículos que, pese al transcurso del tiempo, siguen siendo muy útiles para los debates actuales sobre el capitalismo, el balance a extraer del fracaso del mal llamado “socialismo real” y la apuesta por un socialismo radicalmente democrático y autogestionario.

Con motivo de este vigésimo aniversario nos ha parecido opotuno reproducir una serie de textos sobre El Capital, tomados de su libro “El Capital: Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx“

Esta segunda parte es un fragmento del capítulo I. "El libro primero (2. El metodo de El Capital)"

El propósito de El capital es en sí mismo un recordatorio claro del método de conocimiento que aplicó Marx a su obra principal: el método de la dialéctica materialista. Marx no dejó duda alguna de que así entendía él mismo su trabajo. En una carta a Maurice Lachâtre, editor de la primera edición francesa del libro primero de El capital, insistió en el hecho de que él era la primera persona en aplicar este método al estudio de los problemas económicos.[6] De nuevo, en su propio posfacio a la segunda edición alemana del libro primero de El capital, Marx especificó este uso del método dialéctico como la differentia specifica de El capital, que lo distinguía de cualquier otro análisis económico.[7]

Cuando se aplica el método dialéctico al estudio de los problemas económicos, los fenómenos económicos no son considerados por separado unos de otros, en pedazos, sino en sus conexiones internas como una totalidad integrada, estructurada alrededor de un modo de producción básico predominante y a partir de él. Esta totalidad es analizada en todos sus aspectos y manifestaciones, tal y como está determinada par ciertas leyes del movimiento dadas, que se relacionan también con sus orígenes y su desaparición inevitable. Según parece, estas leyes del movimiento de un modo dado de producción no son otra cosa que el desarrollo de las contradicciones internas de esa estructura, que define su verdadera naturaleza. La estructura económica dada, a su vez, está caracterizada al mismo tiempo por la unidad de esas contradicciones así como por sus luchas, todo lo cual determina los cambios constantes que experimenta. Los cambios (cuantitativos) que ocurren constantemente en el modo dado de producción, a través de la adaptación, de la integración de reformas y de la defensa propia (evolución), se distinguen de los cambios (cualitativos) que, mediante saltos bruscos, producen una estructura diferente, un nuevo modo de producción (revolución).

Marx opone claramente su propio método dialéctico de investigación y conocimiento al de Hegel, pese a que nunca dudó en reconocer su deuda de gratitud al filósofo alemán, quien, acicateado por la revolución francesa, lanzó nuevamente el pensamiento dialéctico al mundo moderno. La dialéctica de Hegel era idealista: el motor básico era la Idea absoluta; la realidad material era solamente una apariencia externa de la esencia ideal. Para Marx, por el contrario, la dialéctica es materialista, «lo ideal no es sino lo material traspuesto y traducido en la mente humana».[8] Las leyes básicas del movimiento de la historia son las de los hombres reales que producen ellos mismos su propia existencia material dentro de un marco social dado. El desarrollo del pensamiento corresponde en última instancia a ese movimiento básico, y lo refleja, aun cuando lo haga a través de muchas mediaciones. Así, el proceso del pensamiento científico a través del cual Marx llegó a comprender las operaciones del modo capitalista de producción era en sí mismo un producto de ese modo de producción, de la sociedad burguesa y de sus contradicciones. Sólo de manera secundaria puede considerársele como un producto del desarrollo de numerosas ciencias humanas e ideologías: la filosofía clásica alemana, la economía política inglesa, la historiografía y la ciencia política francesas, el socialismo premarxista. Sólo el reconocimiento de la sociedad burguesa y sus contradicciones, especialmente la lucha entre capital y trabajo, permitieron a Marx asimilar, combinar y transformar estas ciencias en la forma y con la dirección especificas que les dio. No obstante, pese a que la dialéctica materialista es la dialéctica (idealista) de Hegel «dada vuelta», ambas tienen características comunes. La dialéctica como lógica motora presupone que todo movimiento, toda evolución, sea de la naturaleza, de la sociedad o del pensamiento humano, adopta ciertas formas generales llamadas «dialécticas».[9] Engels y Lenin observaron, en la manera misma en que el libro primero de El capital está construido, una aplicación sorprendente de este método dialéctico general; así, pues, Lenin escribe que, pese a que Marx nunca escribió su proyectado tratado breve sobre la dialéctica, nos dejó sin embargo El capital, que es la aplicación de la dialéctica materialista al campo de los fenómenos económicos.[10]

Sin embargo, precisamente porque la dialéctica de Marx es materialista, no empieza a partir de la intuición, de precondiciones o esquemas mistificadores, sino de una asimilación completa de datos científicos. El método de investigación debe diferir del método de exposición. Primero deben recogerse los datos empíricos, debe captarse por completo el estado del conocimiento dado. Sólo una vez logrado esto puede emprenderse una reorganización dialéctica del material con el objeto de comprender el todo dado. Si se tiene éxito, el resultado es una «reproducción» en el pensamiento humano de esta totalidad material: el modo capitalista de producción.

El peligro principal para cualquier científico abocado al estudio de los fenómenos sociales es tomar las cosas por dadas, «cerrar los ojos ante los problemas». La distinción entre la apariencia y la esencia, que Marx heredó de Hegel,[11] no es otra cosa que un constante intento de penetrar más y más profundamente a través de capas sucesivas de fenómenos, hacia leyes del movimiento que expliquen por qué estos fenómenos evolucionan en cierta dirección y de maneras determinadas. Una búsqueda constante de preguntas —¡poner en duda!— donde otros ven respuestas hechas y una vulgar «evidencia»: éste es ciertamente uno de los méritos principales de Marx en tanto que innovador revolucionario de la ciencia económica. Pero para Marx, el dialéctico materialista, la distinción entre «esencia» y «apariencia» no implica en ningún sentido que la «apariencia» es menos real que la «esencia». Los movimientos de valor determinan en última instancia los movimientos de los precios, pero el Marx materialista se hubiera burlado de los «marxistas» que sugieren que los precios son «irreales» porque, en última instancia, están determinados por los movimientos del valor. La distinción entre la «esencia» y la «apariencia» se refiere a los distintos niveles de determinación, es decir, en último análisis, al proceso de conocimiento y no a los diferentes grados de realidad. Para explicar el modo capitalista de producción en su totalidad es insuficiente entender simplemente la «esencia básica», la «ley del valor». Es necesario integrar la «esencia» y la «apariencia» a través de todas sus conexiones mediadoras intermedias para explicar cómo y por qué aparece una «esencia» dada bajo unas formas concretas dadas y no bajo otras. Porque estas mismas «apariencias» no son ni causales ni evidentes. Plantean problemas que también han de ser explicados, y esta misma explicación ayuda a penetrar a través de nuevas capas de misterio y nos acerca de nuevo a una comprensión total de la forma específica de la organización económica que deseamos comprender. Negar esta necesidad de reintegrar la «esencia» y la «apariencia» es tan antidialéctico y mistificador como aceptar las «apariencias» tal y como se ven, sin buscar las fuerzas y contradicciones básicas que tienden a ocultarle al observador superficial y empirista.

La forma en que El capital arranca con un análisis de las categorías básicas de la producción de mercancías, con la «unidad básica» (la célula fundamental) de la vida económica capitalista, la mercancía, ha sido citada a menudo como una aplicación modelo de esta dialéctica materialista. El propio Marx aclara que no parte de un concepto básico —el valor— sino de un fenómeno material elemental —la mercancía— que se encuentra en la base del capitalismo, como la única organización económica basada en la producción generalizada de mercancías.[12] Es pues correcto, aunque incompleto, hablando estrictamente, decir que el método de Marx consiste en «pasar de lo abstracto a lo concreto»[13] De hecho, parte de los elementos de lo material concreto para pasar a lo teórico abstracto, lo cual le permite reproducir la totalidad concreta en su análisis teórico. En su despliegue y riqueza plenos, lo concreto es siempre una combinación de innumerables «abstracciones» teóricas. Pero lo material concreto, es decir la sociedad burguesa real, existe antes de toda esta tarea científica, la determina en última instancia y permanece como un punto de referencia práctico y constante para probar la validez de la teoría. Sólo cuando la reproducción de esta totalidad concreta en el pensamiento humano se acerca a la totalidad material real, el pensamiento que domina el libro primero de El capital aparece como un movimiento de «categorías» económicas, de la mercancía y sus contradicciones internas a la acumulación del capital y su derrumbe. A menudo ha surgido la pregunta: ¿este movimiento es sólo una sinopsis abstracta de la «esencia» del capitalismo o es un reflejo sumamente simplificado del desarrollo económico real, es decir la historia real a partir de la primera aparición de la producción mercantil hasta una producción capitalista en gran escala en Occidente, purificada de todas las formas secundarias y combinadas que sólo oscurecerían la naturaleza básica de este movimiento?

Es imposible responder a esta pregunta con un simple «sí» o «no». Las mercancías producidas accidentalmente en las sociedades precapitalistas, al margen de los procesos básicos de producción y consumo, no pueden desencadenar, desde luego, la notable y terrible lógica de la «ley del valor» que Marx desenvuelve majestuosamente en El capital. La producción mercantil, como característica básica y dominante de la vida económica, presupone al capitalismo, es decir una sociedad donde la fuerza de trabajo y los instrumentos de trabajo se han convertido ellos mismos en mercancías. En este sentido puede decirse que el libro primero de El capital (basado en la lógica dialéctica) es lógico y no histórico.

Pero la dialéctica implica que todo fenómeno tiene un principio y un fin, que nada es eterno ni está “terminado de una vez por todas. Así, la célula histórica del capital es al mismo tiempo la clave del análisis lógico del capital: filogénesis y embriología no pueden separarse por completo. Algunos aspectos de la acumulación originaria del capital se reproducen dentro de la acumulación del capital en la vida capitalista contemporánea cotidiana: sin esa acumulación originaria del capital no habría modo capitalista de producción. De modo que el análisis lógico, después de todo, sí refleja ciertas tendencias básicas del desarrollo histórico. Las formas más simples de la aparición de las «categorías económicas» (que no son más que formas de existencia material, de la realidad material tal y como la percibe y simplifica la mente humana) son a menudo también su forma primaria, es decir originaria. Independientemente de lo controvertido de esta interpretación, es difícil negar que esta unidad de análisis lógico e histórico es la manera como entendían su propio método Marx y Engels.[14]

Desde Bernstein hasta Popper y los economistas académicos contemporáneos, se ha producido toda una literatura sobre el tema de la naturaleza «inútil», «metafísica» o hasta «mistificadora» del método dialéctico que Marx tomó de Hege1.[15] La estrechez positivista de la posición de estos críticos por lo general se convierte en un elocuente testimonio de lo contrario, es decir de la amplia visión histórica y lucidez penetrante que Marx alcanzó con la ayuda del método dialéctico. Gracias a este método El capital de Marx aparece como un gigante comparado con cualquier trabajo subsiguiente o contemporáneo de análisis económico. Nunca tuvo la intención de ser un manual de ayuda a los gobiernos para solucionar problemas tales como los del déficit de la balanza de pagos, ni tampoco la de ser una explicación erudita, aunque un poco trillada, de los emocionantes acontecimientos en el mercado cuando el señor García no encuentra un comprador para sus últimas 1 000 toneladas de hierro. Su intención es ofrecer una explicación de lo que le sucedería al trabajo, la maquinaria, la tecnología, el tamaño de las empresas, la estructura social de la población, la discontinuidad del crecimiento económico y las relaciones entre los trabajadores y el trabajo a medida que el modo capitalista de producción desarrolle su terrible potencial. Desde ese punto de vista el logro es en verdad impresionante. Precisamente debido a la capacidad de Marx para descubrir, en su esencia, las leyes del movimiento del modo capitalista de producción a largo plazo, con independencia de miles de «impurezas» y aspectos secundarios, sus predicciones a largo plazo —las leyes de la acumulación del capital, el progreso tecnológico acelerado, el aumento acelerado de la productividad y de la intensidad del trabajo, la creciente concentración y centralización del capital, la transformación de la gran mayoría de la población económicamente activa en vendedores de fuerza de trabajo, la declinación de la tasa de ganancia, el aumento de la tasa de plusvalor, las recesiones periódicas recurrentes, la inevitable lucha de clases entre el capital y el trabajo, los crecientes intentos revolucionarios para derrocar al capitalismo— han sido notablemente confirmadas por la historia.[16]

Este juicio ha sido cuestionado en dos terrenos. La salida más fácil de los críticos de Marx es simplemente negar que las leyes del movimiento del modo capitalista de producción que descubrió hayan sido verificadas. Esto se hace generalmente reduciéndolas a un par de fórmulas simplificadas y falseadas al máximo (véase más adelante): «la pauperización progresiva de la clase trabajadora» y «la crisis económica siempre de mal en peor».[17] Karl Popper propuso una objeción más elaborada al negar la mera posibilidad, o mejor dicho la naturaleza científica de tales «leyes», llamándolas «profecías históricas incondicionales» que deben distinguirse claramente de «las predicciones científicas». «Las predicciones ordinarias de la ciencia —dice Popper— son condicionales. Afirman que ciertos cambios (por ejemplo, de la temperatura del agua en la tetera) serán acompañados de otros cambios (por ejemplo, la ebullición del agua).»[18] Popper niega la naturaleza científica de El capital al afirmar que, a diferencia de las teorías científicas, sus hipótesis no pueden ser demostradas científicamente.[19]

Desde luego, esto se base en un malentendido de la naturaleza misma de la dialéctica materialista, la cual, como Lenin apuntó, requiere de una verificación constante a través de la praxis con el fin de incrementar su contenido cognitivo.[20] De hecho, sería muy sencillo «demostrar» que el análisis de Marx es erróneo si la experiencia mostrara, por ejemplo, que a medida que se desarrolla la industria capitalista se vuelve cada vez más pequeña la fábrica común y depende menos de la nueva tecnología, los propios trabajadores proporcionan el capital, más trabajadores se convierten en dueños de fábricas, la parte del salario dedicada a adquirir mercancías disminuye (y aumenta la parte del salario dedicada a adquirir los propios medios de producción de los trabajadores). Si además hubieran transcurrido décadas sin fluctuaciones económicas acompañadas por la desaparición en gran escala de sindicatos y asociaciones de empresarios (todo ello a partir de la desaparición de les contradicciones entre el capital y el trabajo, en la medida en que los trabajadores controlaran cada vez más los medios y las condiciones de producción), entonces se podría ciertamente afirmar que El capitel es sólo material de desecho y que falló lamentablemente en sus predicciones acerca de lo que había de suceder en el mundo capitalista real un siglo después de su publicación. Basta comparar la historia real del período que comienza en 1867, por un lado, con lo que Marx predijo que sería, y por el otro con cualquier alternativa como las «leyes del movimiento», para comprender cuán notable fue el logro teórico de Marx y cuán vigoroso se yergue ante la prueba experimental de la historia.[21]

Notas:

[6] K. Marx, carta a Maurice Lachâtre, 18 de marzo de 1872, en Karl Marx y Friedrich Engels, Cartas sobre El capital, Barcelona, Laia, 1974; véase también el «Prólogo y epílogo a la edición francesa», El capital, México, Siglo XXI, 1975-1981, t. 1/1, p. 21.

[7] El capital, I/1, pp. 19-20.

[8] El capital, I/1, p. 20.

[9] F. Engels, carta a Conrad Schmidt, 1 de noviembre de 1891, en Cartas sobre El capital, cit., p. 286.

[10] Vladimir Ilich Lenin, «Plan de la dialéctica (lógica) de Hegel», en Obras completas, México, Ediciones de Cultura Popular/Akal, s/f, t. XLII, pp. 305 ss.

[11] «Ahí se verá de dónde deriva la forma de pensar de los burgueses y de los economistas vulgares, es decir que proviene de que, en su cerebro, no hay nunca otra cosa que la forma fenoménica inmediata de las relaciones que se reflejan, y no las relaciones internas. Por lo demás, si fuera ése el caso, ¿para qué serviría entonces la ciencia?» (K. Marx, carta a Engels, 27 de junio de 1867, en Cartas sobre El capital, cit., p. 134). Véase también El capital, III/6, p. 261.

[12] Karl Marx, Randglossen zu A. Wagners «Lehrbuch der politischen Okonomie», en MEW, 19, pp. 364, 368-369 [Notas marginales al «Tratado de economía política» de Adolph Wagner, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 97, 1982, pp. 35 y 39-40].
[13] Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI, 1971-1976, t. 1, p. 21. Véase, por el contrario, V. I. Lenin, op. cit., p. 163: «El pensamiento que avanza de lo concreto a lo abstracto E…) no se aleja de la verdad, sino que se acerca a ella». En sus comentarios sobre los tres libros de El capital, que datan de principios de la década de los treinta, D. I. Rosenberg propone la interesante opinión de que las abstracciones de Marx son a la vez concretas en tanto que se relacionan con una formación económica concreta y en cuanto que están determinadas históricamente. Y tampoco son abstracciones arbitrarias a priori. (Véase la traducción española del texto ruso original publicada por Seminario de El capital, México, Escuela Nacional de Economía, UNAM, Cuaderno 1, p. 46).

[14] Sobre este terna y otros relacionados, véase, entre otros: Otto Morf, Geschichte und Dialektik in der politischen ökonomie, Francfort, 1970; Evald Vasiljevic Iljenkov, La dialettica dell’astratto e del concreto nel Capitale di Marx, Milán, 1961; Karel Kosik, Die Dialektik des Konkreten, Francfort, 1967 [Dialéctica de lo concreto, México, Grijalbo, 1976]; Jindrich Zeleny, Die Wissenschaftslogik und Das Kapital, Francfort, 1969 [La estructura lógica de El capital de Marx, México, Grijalbo, 1978]; Leo Kofler, Geschichte und Dialektik, Hamburgo, 1955 [Historia y dialéctica, Buenos Aires, Amorrortu, 1970].

[15] Por ejemplo, Eugen von Böhm-Bawerk, Karl Marx and the close of his system, Nueva York, 1949, p. 117 [La conclusión del sistema de Marx. en R. Hilferding, E. von Böhm-Bawerk, L. von Bortkiewicz, Economía burguesa y economía marxista, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 49, 1974]; Eduard Bernstein, Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgabere der Sozialdemokratie, Stuttgart, 1899, pp. 51-71 [Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, México, Siglo XXI, 1982, pp. 127-141]; Karl Popper, The opera society and its enemies, Londres, 1962, vol. 2, p. 82 [La sociedad abierta y sus enemigos, Buenos Aires, Paidós, 1966]; Vassily Leontief, «The significante of marxian economics for present-day economic theory», en American Economic Review Supplement, marzo de 1938, ahora incluido en I. L. Horowitz, Marx and modem economics, Londres, 1968, p. 95; etcétera.

[16] «Independientemente de la importancia de estas contribuciones técnicas al progreso de la teoría económica en la comprensión actual de los logros marxianos, quedan superadas por su brillante análisis de las tendencias a largo plazo del sistema capitalista. La marca es ciertamente impresionante: una concentración creciente de riqueza, la rápida eliminación de la empresa pequeña y mediana, la limitación progresiva de la competencia, el incesante progreso tecnológico acompañado por la creciente importancia del capital fijo y, por último, pero no por eso menos importante, la amplitud incesante de los ciclos económicos recurrentes —una serie de predicciones insuperadas que se han cumplido, y contra la cual la teoría económica moderna, con todos sus refinamientos, tiene poco que agregar» (Leontief, op. cit., p. 94).

[17] Un ejemplo clásico de tan extrema simplificación lo da Paul Samuelson, quien reduce las leyes del movimiento del modo capitalista de producción a dos (1): «la pauperización de la clase trabajadora» y «la creciente monopolización bajo el capitalismo», y concluye, en relación con la primera, que «simplemente nunca ocurrió» y sobre la segunda declara que «durante treinta años Marx parece haber tenido razón, aun cuando durante los siguientes setenta años no es precisamente eso lo que deriva de las investigaciones más cuidadosas sobre la concentración industrial». Todo ello culmina con la afirmación final de que Marx creía que habla «una ley inevitable del desarrollo capitalista que determinaba que el ciclo económico empeoraría» y de que tampoco esto era cierto (Paul A. Samuelson, «Marxian economics as economics», en American Economic Review, vol. 57, 1967, pp. 622-623).

[18] Karl K. Popper, «Predictions and prophecy in the social sciences», en Conjectures and refutations. The growth of scientific knowledge, Londres, 1963, p. 339 [El desarrollo del conocimiento científico: conjeturas y refutaciones, Buenos Aires, Paidós].

[19] Karl K. Popper, The open society and its enemies, cit., vol. 2, cap. 23, especialmente la p. 210.

[20] V. I. Lenin, op. cit., p. 309: «Todos estos momentos (pasos, etapas, procesos) de la cognición se mueven en dirección del sujeto al objeto, son puestos a prueba en la práctica y llegan, a través de esa prueba, a la verdad».

[21] Vilfredo Pareto proporciona un divertido aspecto de esta hipótesis aparentemente absurda de «otras» leyes del movimiento imaginables en su «crítica» de la teoría del valor de Marx. Para demostrar que Marx tenía una petitio principis inserta en la teoría del valor-trabajo, Pareto afirma que podemos suponer igualmente que la costurera alquila su máquina y su propia subsistencia, lo cual llevaría entonces a la conclusión de que la máquina «produjo» el plusvalor («Introduction à Karl Marx Le capital, extraits faits par P. Lafargue», en Marxisme et économie pure, Ginebra, 1966, pp. 47-48). Dejando de lado el hecho de que su ejemplo no «demuestra» nada, es significativo lo que su contramodelo implica: que los trabajadores rentan sus propios medios de producción y que, como resultado, son dueños de los productos de su trabajo, los venden en el mercado y por consiguiente se apropian de las ganancias (plusvalor) producidas en el curso del proceso de producción. Es evidente que no ha sido tal la tendencia predominante en el desarrollo industrial de los últimos 150 años, pero aun a fines del siglo XIX la cuestión le parecía a Pareto tan «abierta» que pudo sostener tal hipótesis sin llegar a sorprenderse de tamaño disparate, lo cual destaca aún más el nivel de percepción de Marx acerca de las operaciones del capitalismo.

+ Info:

El objetivo de «El Capital» de Marx. Ernest Mandel


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