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Anticapitalistes
  
diumenge 26 de juliol de 2015 | Manuel
El objetivo de «El Capital» de Marx

Ernest Mandel

El pasado 20 de julio se cumplían 20 años del fallecimiento en Bruselas de Ernest Mandel, intelectual y activista marxista, dirigente de la Cuarta Internacional durante largos años y autor de una larga relación de obras y artículos que, pese al transcurso del tiempo, siguen siendo muy útiles para los debates actuales sobre el capitalismo, el balance a extraer del fracaso del mal llamado “socialismo real” y la apuesta por un socialismo radicalmente democrático y autogestionario.

Con motivo de este vigésimo aniversario nos ha parecido opotuno reproducir una serie de textos sobre El Capital, tomados de su libro “El Capital: Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx“

Esta primera parte es un fragmento del capítulo I. El libro primero

Cuando se publicó por primera vez el libro primero de El capital, la industria capitalista, aunque predominante en algunos países de Europa occidental, todavía daba la impresión de una isla perdida en medio de un mar de campesinos y artesanos independientes que cubría el mundo entero, incluyendo la mayor parte de la propia Europa. Pero lo que El capital de Marx explicaba era sobre todo el impulso despiadado e inhumano de crecimiento que caracteriza a la producción en busca de la obtención de ganancias y el uso de estas ganancias predominantemente para la acumulación de capital. Desde que Marx lo escribió, la técnica y la industria capitalistas se han extendido ciertamente por todo el mundo. Más aún, a medida que han ido extendiéndose, no sólo han aumentado la riqueza material y las posibilidades de librar definitivamente a la humanidad de la carga de un trabajo insensato, repetitivo y mecánico, sino que también ha aumentado la polarización de la sociedad entre cada vez menos propietarios del capital y cada vez más trabajadores manuales e intelectuales obligados a vender su fuerza de trabajo a dichos propietarios. La concentración de poder y riqueza en un pequeño número de corporaciones industriales y financieras gigantes ha traído consigo una creciente lucha universal entre el capital y el trabajo.

Periódicamente, la clase burguesa y sus ideólogos han creído haber encontrado la piedra filosofal; se han sentido capaces, por consiguiente, de anunciar el fin de las crisis y de las contradicciones socioeconómicas en el sistema capitalista. Pero, pese a las técnicas keynesianas, y no obstante todos los intentos de integrar a la clase obrera al capitalismo tardío, hoy, a lo largo de más de una década, el sistema parece tender a las crisis más que cuando Marx escribió El capital. De la guerra de Vietnam al sacudimiento del sistema monetario mundial; del brote de las luchas radicales de los trabajadores en Europa occidental a partir de 1968 al rechazo de los valores y la cultura burguesa por un gran número de jóvenes a lo largo y a lo ancho de todo el mundo; de las crisis ecológicas y energéticas a las recesiones económicas recurrentes: no hay necesidad de ir demasiado lejos para encontrar indicios de que el apogeo del capitalismo ha terminado. El capital explica por qué las contradicciones cada vez más agudas del sistema eran tan inevitables como su impetuoso crecimiento. En ese sentido, contrariamente a una creencia generalmente aceptada, Marx es mucho más un economista del siglo XX que uno del XIX. El mundo occidental de hoy se aproxima mucho más al modelo «puro» de El capital que aquél en el que fue escrito.

EL PROPÓSITO DE "EL CAPITAL"

El propósito fundamental de Marx en El capital fue poner al descubierto las leyes del movimiento que rigen los orígenes, el surgimiento, el desarrollo, la decadencia y desaparición de una forma social dada de organización económica: el modo capitalista de producción. No buscaba leyes universales de la organización económica. De hecho, una de las tesis esenciales de El capital es que tales leyes no existen. Para Marx no existen leyes económicas válidas para cada formación social básicamente diferente, a excepción de trivialidades tales como la fórmula que señala que ninguna sociedad consume más de lo que produce sin reducir su acervo de riquezas, ya sea la fertilidad natural de la tierra, la población total, la masa de medios de producción o varios combinados. Cada forma social específica de organización económica tiene sus propias leyes económicas específicas. El capital se limita a examinar aquéllas que rigen el modo capitalista de producción.

El capital no es, por tanto, teoría económica «pura». Para Marx la teoría económica «pura», es decir la teoría económica que hace abstracción de una estructura social específica, es imposible. Sería similar a una anatomía «pura», abstraída de las especies específicas que estudia. Podemos llevar la analogía un poco más lejos. Aun cuando la anatomía comparada es ciertamente una rama de las ciencias naturales, útil para incrementar nuestro conocimiento de la fisiología humana y animal, ésta sólo puede ser un subproducto del desarrollo de la comprensión anatómica de las especies específicas dadas. Del mismo modo la teoría de Marx del materialismo histórico incluye de hecho un análisis económico comparativo —por ejemplo, un examen de la evolución del trabajo humano, de su productividad, del excedente social y del crecimiento económico, desde la sociedad esclavista, pasando por el feudalismo, hasta el capitalismo. Pero tal comparación sólo puede resultar del análisis de modos específicos de producción, cada uno con su propia lógica económica y sus propias leyes de movimiento. Éstas no pueden ser superadas por leyes económicas «eternas» ni incluidas en ellas. Podemos extender aun la analogía hasta su conclusión final. Si uno trata de encontrar un núcleo básico común a «toda» la anatomía, se deja el reino de esa ciencia específica para entrar en otro: la biología o la bioquímica. Del mismo modo, si uno trata de descubrir una hipótesis básica subyacente, válida para «todos» los sistemas económicos, se pasa del reino de la teoría económica al de la ciencia de las estructuras sociales: el materialismo histórico.

En esta forma, la teoría económica de Marx, y su obra culminante: El capital, se basan en una comprensión de la relatividad, determinación social y limitación histórica de todas las leyes económicas. En el desarrollo socioeconómico de la humanidad, la producción de mercancías, la economía de mercado o la distribución de los recursos sociales entre las diversas ramas de la producción, en respuesta a «leyes económicas objetivas» que operan «a espaldas de los productores», no corresponden a la «naturaleza humana», no siempre han existido ni existirán para siempre. El capital, al explicar los orígenes del modo capitalista de producción, apunta hacia la decadencia y caída históricas inevitables de ese mismo sistema social. Una teoría económica basada en la relatividad histórica de todo sistema económico y su limitación estricta en el tiempo, recuerda sin delicadeza a los señores capitalistas, a sus secuaces y apologistas, que el propio capitalismo es producto de la historia. Morirá a su debido tiempo, como nació en un momento dado. Una nueva forma social de organización económica sustituirá entonces a la capitalista: funcionará de acuerdo con leyes distintas de las que rigen a la economía capitalista.

No obstante, El capital no se ocupa exclusivamente del modo capitalista de producción, aun cuando el descubrimiento de las leyes que rigen este modo de producción es su objetivo fundamental. La producción capitalista es la producción generalizada de mercancías. La producción generalizada de mercancías desarrolla plenamente las tendencias y contradicciones latentes en cada una de sus «células» básicas: las mercancías. No es casual que Marx inicie el libro primero de El capital con un análisis que no lo es del «modo capitalista de producción», ni del capital, ni del trabajo asalariado, ni siquiera de las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital. Porque es imposible analizar cualquiera de estos conceptos o categorías básicas —que corresponden a la estructura básica de la sociedad capitalista—, científica, total y adecuadamente, sin un análisis previo del valor, del valor de cambio y del plusvalor. Pero estas categorías a su vez dependen del análisis de la mercancía y del trabajo que produce mercancías.

De la misma manera que el plusvalor y el capital surgen lógicamente de un análisis del valor y del valor de cambio, así también el modo capitalista de producción surge históricamente del crecimiento de la producción de mercancías: sin la producción simple de mercancías el capitalismo no puede empezar a existir. El capital, los Grundrisse y otros escritos económicos básicos de Karl Marx incluyen, por tanto, una gran cantidad de análisis de la producción simple de mercancías, una forma de producción que existió de múltiples maneras durante 10 000 años antes de que naciera el capitalismo moderno, pero que floreció particularmente entre los siglos XIII y XVI en los Países Bajos, el norte de Italia y más tarde en la Gran Bretaña (y en menor grado en Japón antes de la revolución Meiji).

Se han formulado objeciones —los primeros marxistas rusos como Bogdánov, comentadores posteriores como Rubin y marxistas contemporáneos como Lucio Colletti y Louis Althusser—[1] al punto de vista, que se origina en Engels y que fue sostenido por Rosa Luxemburg, y al cual yo me adhiero,[2] de que El capital de Marx ofrece no sólo un análisis básico del modo capitalista de producción sino también comentarios significativos sobre todo el período histórico que incluye los fenómenos esenciales de la producción de mercancías en pequeña escala. Estas objeciones, sin embargo, se basan en una doble confusión. Es cierto que el modo capitalista de producción es la única organización social de la economía que implica una producción generalizada de mercancías. Sería completamente erróneo por tanto considerar, por ejemplo, a la sociedad esclavista helénica o al imperio islámico clásico —dos formas de sociedad que desarrollaron intensamente la producción de mercancías en pequeña escala, así como una economía monetaria y un mercado internacional— como regidos por la «ley del valor». La producción de mercancías en estos modos precapitalistas de producción está entrelazada y en última instancia subordinada a organizaciones de producción (en primer lugar la producción agrícola) de una naturaleza claramente no capitalista, que siguen una lógica económica diferente de la que rige los intercambios de mercancías o la acumulación de capital.

Pero esto no implica de ninguna manera que en las sociedades en donde la producción de mercancías en pequeña escala se ha convertido ya en el modo predominante de producción (es decir donde la mayoría de los productores son campesinos y artesanos libres, dueños de los productos de su trabajo y de su intercambio) las leyes que rigen el intercambio de mercancías y la circulación de dinero no influyan fuertemente sobre la dinámica económica. De hecho, precisamente el desarrollo de la ley del valor, en tales sociedades, lleva a la separación de los productores directos de sus medios de producción, pese a que toda una serie de acontecimientos sociales y políticos influye en el proceso del nacimiento del capitalismo moderno, acelerándolo, retrasándolo o combinándolo con tendencias hacia diversas direcciones.

Por otro lado, si bien es cierto que una «contabilidad económica» completa «basada en cantidades de trabajo nivelado socialmente» entra en vigor sólo bajo el capitalismo, y esto como una ley económica objetiva y no como decisiones conscientes de los dueños de las mercancías, no se sigue de ninguna manera de esta afirmación que la «contabilidad de las cantidades de trabajo» no pueda empezar a aparecer en sociedades precapitalistas, donde la producción de mercancías se convierte en una institución normal. De hecho, precisamente cuando la producción de mercancías en pequeña escala ya está bastante desarrollada, pero al mismo tiempo sigue entrelazada con formas tradicionales de una organización económica «natural», lo cual implica la distribución consciente de los recursos económicos y del trabajo social entre las diferentes formas de producción (a través de costumbres, hábitos, ritos, religión, deliberación de ancianos, asambleas de partícipes, etc.), puede y debe aparecer la necesidad de una explicación consciente de las «cantidades de trabajo», para evitar injusticias y desigualdades básicas en las organizaciones sociales basadas todavía en un alto grado de igualdad y coherencia social. He tratado de probar con datos empíricos que esto es lo que de hecho sucedió en diferentes períodos históricos, en diferentes partes del mundo.[3]

Esto no quiere decir que la «ley del valor» sea «un producto de la historia precapitalista» ni tampoco que tales sociedades relativamente primitivas carecieran del mismo empeño maniático de obtener recompensas materiales y de computar el gasto del tiempo de trabajo hasta fracciones de segundo, como sucede en la nuestra; porque éstos son, ciertamente, productos «puros» de la sociedad burguesa. Quiere decir simplemente que las formas embrionarias de la «ley del valor» pueden descubrirse en las incipientes evoluciones de la producción de mercancías, de la misma forma que la «célula elemental» del capital, la mercancía, contiene de manera embrionaria todas las cualidades y contradicciones internas de esa categoría social. Negar tal dimensión histórica del análisis de Marx es transformar los orígenes del capitalismo en un misterio insoluble.

Podría argüirse que se trata de un punto debatible para economistas, de interés sólo para los antropólogos, etnólogos o historiadores, pero, de hecho, sus implicaciones son de una trascendencia extrema. Al afirmar que el análisis de las leyes motoras que rigen al modo capitalista de producción incluye necesariamente al menos algunos elementos esenciales de un análisis de los fenómenos económicos válidos para toda la época histórica que abarque las organizaciones económicas en las que haya producción de mercancías, la validez de ciertas partes de El capital de Marx se extiende no sólo hacia el pasado sino también hacia el futuro. Porque los fenómenos de la producción de mercancías sobreviven, al menos parcialmente, en aquellas sociedades donde ha sido derrocado el reino del capital, pero que no carecen completamente de clases, es decir sociedades socialistas: la URSS y las repúblicas populares de Europa oriental, China, Vietnam del Norte, Corea del Norte y Cuba. El capital ya no es una guía para comprender las leyes del movimiento de estas sociedades, como tampoco lo es para comprender las leyes del movimiento de la sociedad desarrollada del medievo tardío basada en la producción de mercancías en pequeña escala. Pero nos puede decir mucho acerca de la dinámica (y de la lógica desintegradora) de la producción de mercancías y la economía monetaria en tales sociedades no capitalistas, así como de las contradicciones que introducen éstas en las leyes del movimiento «puras» y específicas de las segundas.

Si El capital no es un tratado sobre las leyes económicas eternas, ¿contiene al menos una ciencia de la economía capitalista? Algunos marxistas, el primero de los cuales es el alemán Karl Korsch, lo han negado.[4] Para ellos —como para tantos críticos burgueses de Marx— El capital es esencialmente un instrumento para el derrocamiento revolucionario del capitalismo a manos del proletariado. Según ellos es imposible separar el contenido «científico» de El capital de su intención «revolucionaria», como pretendió el marxista austro-alemán Rudolf Hilferding.[5] Este argumento pasa por alto la distinción que Marx y Engels establecieron entre el socialismo utópico y el científico. Es cierto que Marx fue un revolucionario durante toda su vida adulta a partir de 1843, pero consideraba esencial basar el socialismo (comunismo) en un fundamento científico. El análisis científico del modo capitalista de producción sería la piedra angular de ese fundamento, mostrando cómo y por qué se creó el capitalismo, a través de su propio desarrollo, las condiciones económicas, materiales y sociales previas de una sociedad de productores asociados. En ese sentido se esforzó Marx, desde luego en función de esta intención y no en contradicción con ella, por analizar el capitalismo de una manera científica y objetiva. En otras palabras, no desahogó simplemente una hostilidad agresiva hacia una forma particular de organización económica, por causa de una pasión revolucionaria y de una compasión por los oprimidos, ni, huelga decirlo, motivado por razones personales, fracaso material o desequilibrio psicótico. Marx quería descubrir las leyes objetivas del movimiento. No había nadie —ni siquiera el típico burgués Spiesser— a quien despreciara más que al hombre con pretensiones científicas que, no obstante, tuerce deliberadamente los datos empíricos o falsifica los resultados de una investigación para que encajen en algún propósito subjetivo. Puesto que Marx estaba convencido de que la causa del proletariado tenía una importancia decisiva para el futuro de la humanidad, quería crear para esa causa un fundamento sólido de verdad científica y no una frágil plataforma de diatribas retóricas o de buenas intenciones.

Notas:

[1] Isaac Illich Rubin, Ensayo sobre la teoría marxista del valor, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 53, 5.ª ed., 1982, pp. 310-314; Lucio Colletti, El marxismo y Hegel, México, Grijalbo, 1976; Louis Althusser, «El objeto de El capital», en Louis Althusser y Étienne Balibar, Para leer El capital, México, Siglo XXI, 1969, pp. 101-129. Existe también una observación muy iluminadora del propio Marx en El capital, Libro I, capítulo VI: «Ello no obstante —dice—, hay circulación de mercancías y circulación monetaria, dentro de determinados límites, y por ende determinado grado de desarrollo comercial, premisa y punto de partida de la formación de capital y del modo de producción capitalista» (México, Siglo XXI, 1971, p. 108).

[2] Karl Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1975-1981, III/6, pp. 222-227; Friedrich Engels, «La ley del valor y la tasa de ganancia», en Karl Marx, El capital, pp. 1126-1146; Rosa Luxemburg, Introducción a la economía política, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 35, 1972, pp. 200-234; Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, México, Era, 1968, vol. I, pp. 62-65.

[3] E. Mandel, op. cit., pp. 54-61.

[4] Karl Korsch, Marxismo y filosofía, México, Era, 1969, pp. 45-66.

[5] Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Viena, 1923, p. X [El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963, p. 111.

Foto: Hugo Gellert, Karl Marx’ ’Capital’ in Lithographs


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