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Anticapitalistes
  
dissabte 25 de juliol de 2015 | Manuel
El Frente Popular y el POUM.

Andy Durgan

Capítulo del libro Comunismo, revolucion y movimiento obrero en Catalunya 1920-1936. Los orígenes del POUM.

La caída del gobierno formado por los radicales y la CEDA, acaecida en el otoño de 1935 y ocasionada por una serie de escándalos financieros, inauguró una fase decisiva en la historia de la República. El gobierno provisional, formado por varios pequeños partidos de centro, hubo de abocarse enseguida a la preparación de nuevos comicios debido a que no logró recabar suficiente apoyo parlamentario. El POUM creía que la opción que se planteaba se daba, ahora más que nunca, entre la revolución socialista o el fascismo. En diciembre de 1935 el partido declaró que, en el mejor de los casos, unas elecciones no podían constituir más que una solución temporal. Para los comunistas disidentes las Cortes que se eligiesen iban a ser las que con más claridad demostrasen desde 1931, “su vacuidad e impotencia”.1 La conclusión del POUM era que la incapacidad política de los partidos pequeñoburgueses, junto a la inestabilidad de la situación sociopolítica, desbarataban cualquier posibilidad de que se diese una solución duradera en el marco de la democracia burguesa. El POUM tildó de erróneas las comparaciones, aparecidas en la prensa extranjera, entre la situación política en España en este período y las de Alemania, Austria e Italia en los días previos a que los fascistas en esos países asumiesen el poder. Según La Nueva Era, la revista teórica del partido, “la relación de fuerzas” en el país a comienzos de 1936 era “infinitamente más desfavorable” para la derecha autoritaria de lo que lo había sido dos años atrás.2 Según el POUM esto se debía a la creación de las alianzas obreras, a que las masas populares estaban decididas a no permitir que la derecha tomase el poder, como había quedado demostrado en octubre de 1934, a los escándalos gubernamentales y a las divisiones existentes en el seno de los partidos burgueses. Por ello el POUM pronosticó que los comicios que se celebrasen iban a tener un “carácter marcadamente revolucionario”; quedaba aún por ver si la clase obrera iba a poder aprovechar esta situación, ya que el movimiento obrero no estaba en condiciones, ni organizativas ni ideológicas, de erigirse como un verdadero contendiente por el poder.

Ante la perspectiva electoral, la mayoría de las fuerzas de izquierda se decantaban a favor de algún tipo de pacto; pacto que, en realidad, no iba a pasar de ser una repetición de la alianza formada por los republicanos y los socialistas cinco años atrás y que, dado el sistema electoral vigente, iba a evitar una derrota electoral como la sufrida en 1933. La renovada popularidad de la que gozaban los republicanos ayudó en gran medida a impulsar las gestiones que se realizaban con miras a llegar a un acuerdo. Por otra parte, en el seno del PSOE, la facción de Prieto acogió con entusiasmo la posibilidad de reconstruir la alianza con los republicanos. Ahora el PCE abogaba también a favor de la formación de un Frente Popular de todas las organizaciones obreras y los sectores antifascistas de las clases medias. La única resistencia a este pacto la representaba el ala izquierda de los socialistas que, al menos teóricamente, se oponía a que se reprodujese la alianza republicano-socialista.

Para el POUM, la pequeña burguesía iba a ser incapaz de desempeñar un papel decisivo en el curso de los acontecimientos políticos del país. La debilidad de la base social de los republicanos, así como la impotencia que habían demostrado durante su período de gobierno, confirmaban a ojos del POUM su visión marxista ortodoxa de que sólo dos clases — el proletariado y la burguesía — podían de verdad determinar cual iba a ser el futuro político de España. Por ello, el POUM consideraba que, en última instancia, la pequeña burguesía por sí sola iba a ser incapaz de adoptar una posición política independiente de las adoptadas por esas dos grandes clases sociales; con todo, no menospreciaba la importancia de la pequeña burguesía como clase social, sobre todo en vista de que, como señaló José Luis Arenillas, dirigente poumista en el País Vasco procedente de la ICE, la clase obrera en España en realidad constituía una minoría de la población3. Si el concepto general de pequeña burguesía se hacía extensivo también al campesinado, la relevancia numérica de esa clase resultaba evidente. Por lo demás, las experiencias fascistas habidas en otras partes de Europa habían demostrado que la pequeña burguesía podía servir al fascismo como carne de cañón. Por esta razón Maurín y otros venían advirtiendo repetidamente desde años atrás que “sería una monstruosa equivocación” que la clase trabajadora rompiese completamente con la pequeña burguesía y que la considerase un adversario. En julio de 1935 Maurín escribía que “no ha habido, ni hay, ni habrá una revolución pura, fabricada con arreglo a un determinado molde o patrón” y que, en “épocas de gran convulsión histórica”, como en la Rusia de 1917 o los momentos de auge del fascismo, la pequeña burguesía había demostrado ser de “una importancia extraordinaria”.4

Ante la propuesta de formar un frente que incluyese a la izquierda burguesa y a los partidos obreros, el POUM reafirmó que la necesaria unidad de acción contra la reacción no significaba entregar el movimiento obrero a los partidos pequeñoburgueses, como implícitamente aconsejaban el PCE y los “socialistas reformistas”, ni tampoco que hubiese que negarle a la pequeña burguesía su identidad política independiente y exigirle que se plegase a las exigen-cias políticas del movimiento obrero, como esperaban los anarquistas y “el ala intransigente” de los socialistas. Lo necesario era que las dos clases colaborasen, “cuando sus intereses coin-cidiesen, en la consecución de la revolución democrática” y que las clases medias reconocie-sen que no podían, por sí solas, “imponer las consignas del 14 de abrir.5 La posición del POUM en lo esencial giraba en torno a dos ejes: que las organizaciones obreras conservasen su independencia y que se demostrase en la práctica a la pequeña burguesía que sus aspiraciones sólo podía satisfacerlas el proletariado. Esto último no iba a lograrse, como escribió Arenillas, simplemente denunciando el capitalismo ni haciendo un llamamiento a la pequeña burguesía para que participase en la revolución socialista. El partido revolucionario debía atraerse a esa clase sobre la “base de un programa de reivindicaciones concretas” y demostrando que la solución a los problemas de la pequeña burguesía sólo podía lograrse si las masas obreras controlaban los medios de producción y de intercambio.6 El BOC nunca había descar-tado una colaboración en la práctica con los republicanos, como se vio en 1931 y, en menor medida, con ocasión de las elecciones municipales catalanas de enero de 1934. Más reciente-mente, la Alianza Obrera de Cataluña había impulsado la formación del Comité Pro-Amnistía junto a ERC y a otros grupos republicanos y nacionalistas. Los bloquistas no sólo habían dado su pleno apoyo a este comité sino que además Maurín había asumido su secretaría general.7

El POUM establecía una importante diferencia entre las masas pequeñoburguesas y sus partidos. En su prensa los comunistas disidentes no se cansaban de denunciar que los republicanos “eran instrumentos de la burguesía” y los responsables de “haber frenado la revolución”.8 Aun así, el POUM consideraba que ese papel de dique de los republicanos burgueses iba a ser transitorio porque, una vez que se constituyese una organización fascista de masas, la clase dominante iba a utilizar solamente a ésta para aplastar a la revolución. Asimismo, los comunistas disidentes pronosticaron que los partidos pequeñoburgueses iban a desaparecer. Sin embargo, los acontecimientos que se desarrollaron en 1935 parecieron desmentir tanto este pronóstico como otros anteriores, acerca del inminente colapso de los partidos republicanos de izquierda, incluyendo a ERC. Azaña protagonizó en aquel entonces una serie de mítines al aire libre que atrajeron a audiencias multitudinarias, y en aquel momento parecía simbolizar, mejor que nadie, un nuevo espíritu de unidad de la izquierda. El POUM debía, en vista de esto, explicar como la persona que había presidido el primer gobierno republicano y quien “había hecho todo lo posible para que la insurrección de octubre fracasase en Cataluña” había llegado a convertirse en símbolo de la unidad de la izquierda. Según Gorkin, Azaña y otros dirigentes republicanos que habían sido encarcelados tras los acontecimientos de octubre de 1934 habían recobrado su popularidad en parte porque eran vistos como víctimas de la persecución de la derecha, pero sobre todo porque los socialistas no representaban una alternativa definida frente a los republicanos de izquierda. En noviembre de 1935 Gorkin afirmaba que si el PSOE hubiese sabido “como actuar dentro y fuera del Parlamento [...] denunciando a la derecha reaccionaria”, y si se hubiese volcado plenamente a construir la Alianza Obrera, la situación no se hubiese presentado tan favorable para Azaña. La asistencia multitudinaria que acudía a los mítines de Azaña no significaba necesariamente que el republicanismo gozase de un seguimiento masivo, sino que reflejaba la reacción popular contra la derecha. Según el POUM, “la inmensa mayoría [de los asistentes eran] obreros revolucionarios” que acudían a esos mítines a falta de otras formas de protesta pública. Gorkin afirmaba que Azaña había visto como en su presencia se alzaban “millares de puños en alto y centenares de banderas rojas”.9

El POUM dirigía sus mayores ataques contra la concepción de Frente Popular de la Comintern. El cambio de línea de la IC se debía, por un lado, a la necesidad de responder de alguna manera al auge del fascismo en Europa, y por otro, a la necesidad de la URSS de encontrar aliados contra Alemania. Los dirigentes de la IC sostenían que la clase obrera de los países europeos se enfrentaba a una lucha entre la “democracia y el fascismo”, y que para afrontarla era necesario que todas las fuerzas antifascistas se aliasen. Para que las clases medias también se integrasen en esta alianza el Frente Popular debía adoptar un programa político que aceptase el marco de la democracia burguesa. Para el POUM, el análisis de la IC adolecía de errores serios y su aplicación sólo podía llevar a que el proletariado quedase subordinado políticamente a la pequeña burguesía. Los comunistas disidentes denunciaban que hablar de una lucha entre “el fascismo y la democracia” era una abstracción peligrosa porque ambos constituían formas diferentes de capitalismo y por lo tanto no debían ser tratados como sistemas separados. Maurín, como otros teóricos y dirigentes revolucionarios, ya había afirmado que el fascismo era la consecuencia de la crisis del capitalismo, y que por ello no se podía combatir contra él defendiendo la democracia burguesa. Para Maurín, la posición defendida por la IC sólo demostraba su “total incomprensión” de la naturaleza del fascismo, y únicamente iba a resultar ser un freno para la clase obrera debido a que mantenía la lucha dentro de un marco burgués, con lo que se daba tiempo a la contrarrevolución para prepararse. La conclusión de Maurín era que la nueva orientación de los comunistas oficiales constituía una repetición de “en una palabra, lo que los mencheviques deseaban en Rusia en 1917” y de la posición del socialismo reformista, cuyas consecuencias desastrosas ya se habían visto en Italia, Alemania y Austria. Contra esta orientación, el POUM propugnaba retomar la posición de Lenin, al defender la república democrática rusa contra Kornilov al tiempo que sometía a Kerensky, máximo dirigente de ésta, a una “crítica implacable”, y preservaba la total independencia del proletariado.10

En Francia, la propuesta de Frente Popular cuajó de inmediato. En mayo de 1935, la URSS había logrado establecer con el gobierno francés un pacto de defensa mutua frente a Alemania. En julio, el PCF suscribió un acuerdo con los socialistas y los radicales para la formación de un Frente Popular. Maurín afirmó entonces que el PCF, al ceñir los horizontes políticos de los obreros a los del Frente Popular, negaba el “concepto histórico de lucha de clases” y reducía la acción del proletariado a la mera colaboración de clases.11 Así, la clase obrera iba a terminar perdiendo su consciencia de clase y a quedar incapacitada para presentar una auténtica batalla contra el fascismo. Probablemente el peor resultado del frentepopulismo fue la posición “patriótica” que el PCF iba a adoptar como consecuencia de la alianza entre Francia y la Unión Soviética. Para el POUM esto significaba que los comunistas franceses, en caso de guerra con Alemania, apoyarían a su gobierno en lugar de seguir la tradicional posición leninista de transformar la “guerra imperialista en guerra civil”. La posición del PCF constituía, para el POUM, el epítome del resultado que tenía la táctica de Frente Popular para la clase obrera: la sustitución del internacionalismo por el nacionalismo y de la lucha de clases por la colaboración de clases.12

El primer paso de la nueva política de la IC en España fue el llamamiento hecho por el PCE, a finales de octubre de 1934, a la formación de “bloques antifascistas” con todas las “fuerzas y organizaciones dispuestas a luchar contra el fascismo”.13 Inicialmente el PCE no parecía tener una idea muy clara acerca de cuál era el papel que los partidos republicanos podían desempeñar en tal “bloque”. En una carta dirigida a la dirección del BOC en abril de 1935, el PCdeC afirmaba que “gran parte de la pequeña burguesía laboriosa, después de la experiencia de octubre, había perdido sus ilusiones en los partidos pequeñoburgueses, y que actualmente, dirigen la mirada hacia el comunismo, hacia la URSS... al camino ruso”.14 Sin embargo, una vez establecida la táctica de Frente Popular en el verano de 1935, la sección catalana del PCE se olvidó rápidamente del interés por el comunismo que le había atribuido a la pequeña burguesía. Este nuevo giro de la política del PCE hacia una colaboración con los republicanos resulta especialmente paradójico. Durante los dos primeros años del régimen republicano los comunistas oficiales habían sido los más acérrimos enemigos de la pequeña burguesía y ahora cuando los republicanos se encontraban en una posición mucho más débil, el Partido Comunista parecía decidido a ayudarlos a fortalecerse.

Ya desde la creación de las alianzas obreras, el BOC había defendido que éstas debían presen-tar sus propias listas en las elecciones. A principios de febrero de 1935, la Alianza Obrera de Cataluña había aceptado presentarse a cualquier elección que se celebrase, siempre que se lograse un acuerdo con los treintistas en este sentido.15 Si esto no fuese posible, y la Alianza Obrera no se presentase, el BOC abogaría por la formación de un frente obrero compuesto por todos los partidos de clase.16 Era poco probable que ninguna de estas dos posiciones llegase a plasmarse en la realidad debido tanto al “apoliticismo” de los sindicalistas, como a las reticencias del PSOE hacia una implicación demasiado estrecho con las alianzas obreras. En el verano de 1935, Maurín y otros líderes bloquistas afirmaban que era menester llegar a algún acuerdo con la izquierda pequeñoburguesa, quizás porque de manera tácita ya habían reconocido la popularidad de la que gozaban ciertos políticos republicanos entre las masas. Pero el acuerdo al que se llegase había de ser meramente coyuntural y no debía comprometer en modo alguno la independencia política del movimiento obrero.17

El POUM insistía en que cualquier acuerdo con la pequeña burguesía debía basarse en un pacto previo entre todos los partidos obreros. En consecuencia, el Comité Ejecutivo del POUM, después de reconocer la imposibilidad de que la Alianza Obrera presentase una candidatura propia, se dirigió por escrito al PSOE y al PCE en noviembre de 1935 proponién-doles la formación de una “amplia coalición obrera”.18 Seguros de que su posición reflejaba la opinión de las masas populares, los comunistas disidentes afirmaban que, si se unían, las fuerzas obreras podrían imponer sus condiciones a los partidos de la pequeña burguesía y obligarlos así a aceptar las orientaciones del frente obrero. Según el POUM, si no se adoptaba esta posición se iba a repetir la experiencia negativa del primer gobierno republicano de 1931-1933, pero esta vez con resultados aun peores para la clase trabajadora. Sin embargo, este llamamiento a la unidad obrera, y otros posteriores, cayeron en saco roto. Estaba cada vez más claro que no sólo el PCE, sino también el ala izquierda del PSOE, se inclinaban a favor de llegar sin más a un pacto electoral con los republicanos de izquierda.

La caída del gobierno, acaecida a mediados de diciembre, y la consiguiente convocatoria de elecciones generales, obligó al POUM a plantearse por qué habían fracasado sus intentos de formar una alianza con los demás partidos obreros. Los comunistas disidentes consideraron un grave error no haber elaborado una candidatura de las alianzas obreras que, junto a algunos pactos con los republicanos, “hubiera constituido la movilización de la totalidad de las masas trabajadoras y campesinas, arrastrando incluso, seguramente, a los anarquistas”. En vista de que era inevitable que la formación de una coalición entre los republicanos de izquierda, socialistas y comunistas, el POUM se declaró dispuesto a apoyar esa alianza con una serie de condiciones: que fuese transitoria, que estuviese dirigida a “derrotar a la contrarrevolución en las elecciones” y que garantizase la proclamación de una amnistía para todos los presos políticos y el restablecimiento del Estatuto de Autonomía de Cataluña. De no cumplirse estas condiciones, los comunistas disidentes presentarían su propia candidatura por separado.19

El PSOE y el PCE entre tanto mantenían discusiones acerca de cuál iba a ser su posición en el marco de un pacto electoral con los republicanos. Como se ha visto, el POUM desde hacía meses abogaba a favor de que las organizaciones obreras llegasen a un acuerdo entre sí, antes de entablar negociaciones con los grupos republicanos. Por ello, el Comité Ejecutivo del POUM se dirigió por escrito el 1 de enero de 1936 a su homólogo socialista protestando por su exclusión de las conversaciones que mantenían socialistas y comunistas. En público, la dirección del POUM reiteró su posición con respecto a las bases de cualquier coalición electoral que se formase y proclamó que el frente obrero, proyecto que siempre había defen-dido, era ahora una realidad. La invitación cursada por el PSOE al POUM, invitándolo a la reunión que iba a celebrarse entre todas las organizaciones obreras que estaban a favor de llegar a un pacto electoral con los republicanos, llegó demasiado tarde para que los poumistas pudiesen acudir. El 10 de enero se llegó a un acuerdo acerca de las bases del pacto electoral de la izquierda; ante este hecho consumado al POUM sólo le restaba decidir si apoyar o no el acuerdo alcanzado.20 La hostilidad del PCE y del ala derecha de los socialistas fue el principal motivo de la marginación del POUM de las conversaciones mantenidas por los demás partidos. Los representantes del Partido Comunista intentaron incluso de excluir totalmente al POUM del acuerdo final y sólo la intervención de Largo Caballero evitó que así sucediese.

El 15 de enero las organizaciones de la izquierda republicana y las organizaciones obreras más importantes, a excepción de la CNT, firmaron el programa electoral del pacto. Con reticencias, y tras contactos telefónicos de última hora con Barcelona, Juan Andrade firmó el manifiesto de la coalición en nombre del POUM.21 Por mucho que el POUM pretendiese que el frente obrero-republicano — como lo llamó — no era más que un mero compromiso con fines electorales, un mal necesario para frenar al fascismo y para lograr que se proclamase una amnistía, el hecho es que los comunistas disidentes se habían visto obligados a aceptar el pacto sin haber podido intervenir en manera alguna en la elaboración de sus bases.22

En Cataluña, el POUM confiaba en que la fuerza de la que aquí gozaba le permitiría influir en las negociaciones que iban a entablarse con miras a la formación de un pacto electoral similar al que se había alcanzado en el resto de España. El POUM mantuvo con la Federación Cata-lana del PSOE una serie de reuniones sin la participación de los demás partidos obreros catalanes. No se llegó a ningún acuerdo porque los socialistas tenían que esperar las instrucciones de Madrid antes de tomar decisiones. A principios de enero, Nin informó al Comité Central del POUM que la situación se complicaba debido, por un lado, a que una facción de ERC se mostraba reacia a la formación de una alianza con los partidos obreros, y por otra, al temor del líder de la USC, Joan Comorera, a que la participación del POUM en cualquier coalición socavase la posición de su partido. La dirección del POUM, no obstante, confiaba en que el conjunto de las organizaciones de izquierda se iba a ver obligado a tomar en cuenta sus propuestas debido a que el número de votos que el partido podía recabar podía ser decisivo en ciertas zonas de Cataluña.23

En enero de 1936, el POUM hablaba aún de que la Alianza Obrera debía concurrir a las elecciones. Sin embargo, como expuso Maurín ante el Comité Central del partido, este proyecto resultaba inviable porque los anarcosindicalistas sólo estaban dispuestos a respaldar un pacto electoral que incluyese a los republicanos.24 Además los restantes partidos obreros también se inclinaban por un pacto de esa índole. El Comité Ejecutivo del POUM tuvo que reconocer finalmente que, en Cataluña, un acuerdo con los partidos pequeñoburgueses era “inevitable y necesario” para evitar una dispersión de los votos de la izquierda. En consecuencia, una vez firmado el acuerdo electoral de Madrid, el POUM hizo público un manifiesto, que se publicó en casi toda la prensa de Barcelona, en el que criticaba la ausencia de un pacto similar en Cataluña y recordaba que en octubre de 1934 “obreros y republicanos lucharon juntos [...] y juntos llenan las prisiones”. Así, si ERC no estaba de acuerdo en formar una alianza con los partidos obreros, no se podía culpar al POUM que, en ese caso, presentaría una “candidatura de minoritaria, incluyendo, sin embargo, aquellos republicanos de izquierda que, por sus actuación pasada o significación presente, pueden ser colocados al lado de los candidatos de la clase trabajadora”.25 Pese a las reticencias de ciertos sectores de ERC, unos días más tarde se formó un frente de izquierda con todos los partidos obreros catalanes, la misma Esquerra, la ACR y de otros grupos republicanos y nacionalistas. A diferencia del pacto de Madrid, el acuerdo electoral de Cataluña no contaba con un programa como tal.

El Comité Ejecutivo del POUM, tiempo atrás, había dejado claro que al partido “le interesa extraordinariamente obtener una representación parlamentaria” que le permitiese defender una “posición netamente de clase” en las Cortes. Los poumistas esperaban que esa representación les brindase una ventaja política sobre el PSOE, lo que les ayudaría a atraerse a parte de la izquierda socialista. Aun reconociendo que la cuestión de quiénes iban a ser los candidatos de la coalición no atañía a los principios del partido, los dirigentes del POUM insistían en defender el derecho del partido a incluir a sus candidatos en las listas de Asturias, Badajoz, Castellón, Huesca, Valencia y, sobre todo, Cataluña, todas ellas zonas donde los comunistas disidentes consideraban que tenían una implantación sólida. Sin embargo, dado que carecían de una verdadera influencia dentro de la coalición, casi todas las propuestas presentadas por los representantes del POUM fueron bloqueadas, por lo que al final, y pese a las protestas que dirigió al PSOE, el partido se vio obligado a aceptar los lugares que se le ofrecían en las listas de Barcelona, Cádiz y Teruel.26

De poco podía servirle al POUM presentar candidatos en estas dos últimas provincias ya que casi no tenía presencia en ninguna de las dos. Cuando Nin y Gorkin se desplazaron a Teruel y Cádiz respectivamente para participar en la campaña electoral, se encontraron con que las organizaciones locales socialistas, comunistas y republicanas no estaban dispuestas a cooperar con ellos. Ante esta situación, los dos candidatos del POUM decidieron retirarse porque, según declararon públicamente, su presencia sólo podía causar divisiones que beneficiarían a la derecha.27 La retirada de Nin y Gorkin dejó a Maurín en Barcelona como único candidato del POUM. Quedaba así de manifiesto el aislamiento de los comunistas disidentes en el seno del pacto electoral de las fuerzas de izquierda, no sólo en el ámbito estatal sino también en el catalán. Las demás organizaciones de la izquierda catalana no habían accedido a hacer ninguna concesión, pese a que el POUM había creído que la influencia de la que gozaba en Cataluña las iba a obligar a ello. Por el contrario, los demás partidos obreros y ERC habían intentado que la presencia del POUM en la lista electoral fuese mínima, ya que lo consideraban un rival político. Los nacionalistas de izquierda habían logrado imponer un acuerdo que dejaba al POUM, como al PCdeC, al PCP y a la Federación Catalana del PSOE, organizaciones todas ellas mucho más débiles que él, con sólo un candi-dato cada una. Lo que era aun peor, desde el punto de vista del POUM, era que en las listas de la coalición electoral de Cataluña la USC contaba con cuatro candidatos, entre ellos Comorera como único representante de un partido obrero en la lista de Lleida, pese a que su partido en esa provincia casi no existía.

En su justificación del respaldo dado por el POUM al pacto electoral de izquierda, Andrade afirmó que los comunistas disidentes y el ala izquierda de los socialistas se habían visto obligados a reconocer “la existencia material de una ley electoral”, por lo que habían tenido que llegar a acuerdos provisionales con el republicanismo de izquierda para evitar “la victoria de la burguesía”.28 El POUM más tarde declaró que el pacto había sido “un mal necesario para cerrarle el paso al fascismo” y para lograr que se concediese una amnistía para los prisioneros políticos.29 Andrade también tuvo que reconocer que el programa de la coalición, que en esencia era el de los republicanos de izquierda, era decepcionante, y responsabilizó de ello a los socialistas de izquierda. La facción de Largo Caballero, aunque en un principio contraria a pactar con los republicanos, finalmente había no sólo aceptado la coalición, sino que ni siquiera había sido capaz – o no había estado dispuesta – a ejercer su fuerza en la elaboración del programa electoral. Más adelante, Largo Caballero iba a afirmar que aunque el pacto no había desper-tado entusiasmo ni en él ni en sus seguidores, lo habían aceptado como la única vía para lograr una amnistía para todos los prisioneros encarcelados tras la insurrección de octubre de 1934.30

La debilidad política del ala izquierda socialista había privado al POUM de un posible aliado con el cual intentar imponer alguna condición en el acuerdo electoral. El pacto al que se llegó fue muy poco satisfactorio para el POUM, tanto en términos de la representación del partido en las listas electorales como por los contenidos del programa presentado. Con todo, y tal como Andrade escribió muchos años después, las bases del POUM no se opusieron a que el partido entrase en el pacto. En realidad, para muchos militantes, el mero hecho de que el POUM hubiese sido aceptado en las listas electorales del pacto constituía una victoria, porque significaba que las demás organizaciones de izquierda habían tenido que reconocer la existencia del partido. Andrade estaba convencido de que la militancia del POUM no hubiera respaldado una decisión de la dirección contraria a participar en el pacto.31

El POUM, no obstante su aislamiento, trató de imponer algunas condiciones a su participación en el pacto electoral. Al tiempo que reafirmaba su intención de “servir lealmente a la coalición”, el partido rechazaba la imposición de limitaciones a su propia actividad independiente durante la campaña electoral, o a su actuación en cualquier futuro gobierno de izquierda. Los comunistas disidentes creían que, una vez celebrados los comicios, una orientación política revolucionaria exigía la unidad de todas las facciones del movimiento obrero y, especialmente, la materialización del frente obrero que se había esbozado ya entre el PSOE y el PCE, al que debía unirse el POUM. El POUM afirmaba que, de los republicanos, los trabajadores sólo podían esperar “vagas promesas”, y que el pacto “debe tener su terminación al día siguiente de realizada la consulta electoral”.32

El POUM se volcó en la campaña electoral con el entusiasmo propio de los revolucionarios. Tras habérsele prohibido en varias ocasiones convocar mítines, el partido obtuvo la necesaria autorización y, pocos días antes de que se anunciase el pacto electoral, celebró en Barcelona su primer acto público desde octubre de 1934. Ante una audiencia de unas 12 000 personas, Arquer resumió la posición del partido al declarar que el POUM no contraponía “la democracia burguesa al fascismo, sino [...] el comunismo, la dictadura del proletariado.”33 Una vez rubricado el pacto de izquierda y ya en plena campaña electoral, el partido organizó una serie de mítines por toda Cataluña que, según su propio juicio, “han constituido verdaderos éxitos sin precedentes”. Por otra parte, en La Batalla se decía que las multitudes que acudían a los mítines del pacto electoral de izquierda “escuchan con verdadera indiferencia, cuando no con frialdad, los postulados democráticos pequeñoburgueses y en cambio, su entusiasmo rebasa toda descripción cuando los oradores hablan el lenguaje revolucionario de clase”.34 El mitin poumista más impresionante fuera de Cataluña fue el realizado en Madrid una semana antes de las elecciones, en el que Maurín se dirigió a una multitud “eufórica” de 5 000 personas. Éste era uno de los mítines organizados el mismo día por los líderes de la coalición electoral de izquierda en Madrid, que fueron retransmitidos en directo por radio. El dirigente poumista expuso ante su audiencia una interpretación radical de la campaña electoral. Maurín declaró que “a un lado [estaba] el frente democrático-socialista, el frente obrero-republicano, el frente progresivo [y] por el otro el frente de los asesinos y los ladrones”; y dijo también que partici-pamos en las elecciones “pensando en los muertos de las jornadas de octubre, en los 30 000 camaradas presos, pero pensando además en el triunfo de nuestra revolución, que trace entre Madrid y Moscú una diagonal sobre Europa que contribuya al hundimiento del fascismo en todo el mundo”.35

El POUM parecía muy seguro, al menos en público, tanto de la victoria electoral como de su propia futura importancia en el seno de las Cortes. Como parte de su campaña electoral, la prensa poumista publicó el programa mínimo de 25 puntos que el partido iba a presentar en las Cortes, dirigido a “desencadenar la revolución social”. Este programa preconizaba la introducción de una serie de amplias reformas sociales, políticas y económicas, que habían constituido el programa bloquista para la revolución democrática desde 1931.36 Resulta poco probable que el POUM creyese que su único representante en las Cortes iba a poder imponer este programa. Los poumistas debían esperar, en realidad, que la presentación de ese programa de exigencias los diferenciase, ante las masas populares, de los demás partidos que integraban el pacto electoral.

El POUM también confiaba en que la “coalición clase obrera-pequeña burguesía [iba a ser] dejada atrás de manera natural” dando paso así a un nuevo período revolucionario. La reacción popular ante la victoria electoral del pacto de izquierda el 16 de febrero pareció justificar este optimismo. En toda España se dieron manifestaciones multitudinarias y varias prisiones fueron tomadas por asalto en los días siguientes a la victoria. En una de estas manifestaciones, celebrada el 20 de febrero en Barcelona, durante un enfrentamiento con la Guardia de Asalto, cayó muerto Josep Palau, trabajador textil poumista.37 Su funeral, al que acudieron delegaciones de más de 200 organizaciones, entre ellas la CNT, las juventudes de ERC y el PSOE, se transformó en otra multitudinaria demostración de fuerza a favor de la inmediata excarcelación de todos los presos políticos.38

La inmediata reacción del POUM ante los resultados electorales fue publicar un manifiesto en el que se afirmaba que los comicios representaban una gran victoria proletaria y campesina y una importante derrota de la contrarrevolución;39 comenzaba una nueva etapa de la revolución española. El POUM proclamó que el 16 de febrero iba a revelarse como una fecha incluso más importante que la del 14 de abril como punto de partida para el logro de nuevas conquistas. Según el POUM, dos caminos se abrían ante las masas: el de Alemania y Austria y el de Asturias. Los comunistas disidentes hacían especial hincapié en el hecho de que la victoria del pacto electoral de izquierda no era la de la democracia burguesa, ni tampoco significaba que los partidos pequeñoburgueses gozasen del apoyo de las masas, sino que constituía un resultado colateral de la lucha revolucionaria.40 En La Nueva Era Nin afirmaba que de no haber tenido lugar la insurrección de octubre “la situación sería hoy completamente distinta [...] la conquista de las libertades democráticas es siempre un producto accesorio de la lucha del proletariado por la conquista del poder”.41 Para Nin el levantamiento había socavado los planes de la derecha autoritaria y había cimentado en las masas obreras la voluntad de resistencia; este era el contexto en el que debía enmarcarse la victoria electoral recién conseguida. La situación política postelectoral, sin embargo, no resultó ser tan diáfana como habían esperado los poumistas. Se iba a formar, como veremos, un gobierno integrado exclusivamente por los partidos republicanos de la izquierda burguesa. Aunque es cierto que los partidos republicanos de izquierda como tales contaban con unas bases sociales reducidas, el pacto electoral había dado pie a que las masas populares cifrasen amplias esperanzas en que el nuevo gobierno iba a ser muy diferente al de los años 1931-33. Cualquier estrategia revolucionaria debía, por lo tanto, tener en cuenta estas ilusiones. Además, muy al contrario de lo que los poumistas había pronosticado, los acontecimientos no sólo no arrumbaron el pacto electoral sino que éste perduró y poco después pasó a ser conocido como Frente Popular.

Los socialistas de izquierda habían aceptado el pacto electoral con los republicanos de izquierda, pero se oponían a que el PSOE participase con ellos en el gobierno. Largo Caballero y sus seguidores esperaban, además de evitar una repetición de la alianza de 1931-33, que los republicanos aplicasen el programa electoral del pacto de izquierda para dar paso después a un gobierno exclusivamente socialista. Fue así como se formó un gobierno republicano compuesto por Izquierda Republicana, el partido de Azaña, quien asumió el cargo de jefe de gobierno, junto a Unión Republicana y ERC, con el leal apoyo del PSOE y del PCE.

La propaganda del POUM siguió señalando que este gobierno republicano no iba a ser mejor que el de 1931 sino que, probablemente, iba a ser peor. En efecto, las circunstancias objetivas eran mucho menos favorables ahora que cinco años atrás para un gobierno pequeñoburgués empeñado en introducir reformas. Aunque la derecha había sido derrotada en las elecciones, la clase dominante que la respaldaba no estaba dispuesta a hacer concesiones a los obreros y campesinos. Además, desde 1931, la crisis económica se había agudizado y el paro iba en aumento. Por lo tanto, incluso si el nuevo gobierno tenía la voluntad de introducir su tímido programa de reformas, esto no sería posible sin un enfrentamiento directo con la oligarquía dominante. Maurín argumentó que incluso si mediante una reforma agraria se entregaba tierra a los campesinos, esto por sí solo no sería suficiente, ya que el campesinado también necesitaba créditos para comprar semillas, cereales y otros artículos.42 El dirigente poumista afirmó que la introducción de estas reformas chocaría con la feroz oposición de los grandes propietarios rurales; por otra parte la única manera de poder financiar estas reformas era mediante la nacionalización de la banca, medida que los republicanos no estaban dispuestos a tomar en consideración. Los comunistas disidentes pronosticaron que, como ya había sucedido durante el gobierno de 1931-33, los republicanos iban a intentar frenar la acción revolucionaria de las masas.43 En un mitin celebrado en Barcelona el 8 de marzo y que congregó a unas 10 000 personas, Maurín afirmó que Azaña era ahora incluso más conservador que en 1931.44 Pocos días después de las elecciones, Andreu Nin declaró que el nuevo gobierno iba a ser muy moderado y burgués y no el que las masas “instintivamente” deseaban. A lo largo de toda la campaña electoral el POUM subrayó que la verdadera naturaleza de ese gobierno iba a desvelarse enseguida.45

Las medidas adoptadas por el gobierno en las semanas siguientes a su instauración parecieron revelar lo acertado de los argumentos del POUM. El gobierno proclamó de inmediato una amnistía general, reabrió el Parlamento de Cataluña y ordenó que se readmitiese a sus puestos de trabajo a todos los despedidos tras el levantamiento de octubre de 1934, pero mantuvo en vigor la suspensión de las garantías constitucionales individuales debido a la creciente agitación que se estaba dando en todo el país. Para el POUM, con estas medidas el gobierno pretendía hacer lo mínimo para frenar la agitación popular que se había desbordado tras el 16 de febrero. Estaba claro que campesinos y obreros esperaban mucho más de una victoria electoral que veían como propia. Una semana después de su investidura, cuando retomó el cauteloso programa de reforma agraria del bienio republicano-socialista, el gobierno se vio rápidamente desbordado. La presión ejercida por miles de campesinos que se lanzaron a la toma de tierras sin dilación aceleró el ritmo de los acontecimientos. Los dos años de agresivo gobierno de la derecha no habían disminuido la combatividad obrera y campesina, sino que la habían fortalecido. Ni las masas populares ni la oligarquía estaban dispuestas a aceptar compromisos. A medida que la tensión aumentaba en todo el país, el gobierno republicano se encontraba cada vez más acorralado entre dos fuerzas antagonistas y a todas luces imparables. En abril ya se sucedían a mayor ritmo los choques callejeros violentos, en general entre activistas de la extrema derecha y jóvenes de izquierda. Corrían, además, rumores acerca de conspiraciones militares. Por otra parte, la creciente ola de huelgas se escapaba de las manos de las organizaciones obreras, especialmente de la UGT.

Entretanto, Izquierda Republicana, el partido de Azaña, propuso a éste como sucesor de Alcalá Zamora en la presidencia de la república. Tanto el PSOE como el PCE respaldaron a Azaña, lo que brindó al POUM otra oportunidad de dejar a las claras las diferencias que lo separaban de sus rivales socialistas y comunistas. Los poumistas reconocían que el dirigente republicano de izquierda “todavía conserva una gran simpatía popular”, pero creían que como presidente iba a ser “más peligroso aún para la clase trabajadora que en la presidencia del consejo de ministros [..], Azaña, aunque exterioramente parece otra cosa, es, en el fondo, un antiliberal, un anti-demócrata” y iba a llevar a cabo una política burguesa.46 Por eso, los dos militantes del POUM elegidos como compromisarios para el colegio electoral presidencial, el doctor Tomàs Tussó y el capitán del ejército Lleó Luengo, votaron por González Peña, dirigente minero y diputado socialista. El POUM declaró que eran estos dos votos, — frente a los 754 que recibió Azaña — los que indicaban “que hay un núcleo proletario con firme conciencia de clase” y que la historia iba a demostrar que el PCE y el PSOE “han cometido un error”.47 En el Parlamento Maurín era, en general, el único diputado de la izquierda que criticaba al gobierno, aunque es probable que algunos socialistas del ala izquierda viesen con buenos ojos su oposición. El 15 de abril, en su primera intervención ante la cámara, pese a que votó a favor de Azaña en una moción de confianza, Maurín atacó los intentos del entonces primer ministro de apaciguar al país. El dirigente poumista se preguntó retóricamente cómo iba a poder el pueblo permanecer tranquilo mientras no se juzgase a los responsables de la represión del levantamiento de octubre; afirmó a continuación que únicamente los sacrificios y el heroísmo de los obreros habían hecho posible la existencia misma del gobierno republicano. Pronosticó, además, que a la burguesía española no le iba a resultar difícil sabotear a este gobierno cuando considerase agotada su utilidad, como ya habían hecho con los gobiernos reformistas moderados de Herriot en Francia en 1924 y el laborista de 1929-31 en Gran Bretaña sus respectivas burguesías.48

A su vez, Nin escribía que constituía un “crimen y una traición” exigir, en las circunstancias reinantes, que la clase trabajadora renunciase a destruir el estado burgués y a tomar el poder, sus máximas aspiraciones, “en nombre de la necesidad de consolidar la República”. Aceptar tal cosa significaba, en pocas palabras, brindar a la burguesía la posibilidad de consolidar “su dominación de clase bajo la forma republicana”. Con esto no pretendía decir que la clase obrera hubiese de lanzarse a una aventura “putchista”, como tampoco el hecho de no proponer la inmediata conquista del poder significaba que ésta fuese una posibilidad remota y que las masas debiesen limitarse a luchar por unas reformas. Para Nin era necesario crear, a corto plazo, las condiciones para que la clase obrera tomase el poder, es decir “forjar las armas necesarias para la victoria”: la alianza obrera y el partido revolucionario. Era también menester que el movimiento obrero mantuviese una total independencia ideológica y organizativa. Nin estaba convencido, por otra parte, de que sólo esta estrategia iba a brindar a la pequeña burguesía una verdadera alternativa política a la representada por un gobierno cuyo inevitable fracaso podía, como había sucedido en otros países europeos, volcar a esa clase hacia el fascismo.49

Por el momento, el problema radicaba en la confianza que gran parte de la clase obrera depositaba en el Frente Popular. El apoyo prestado por el PSOE y el PCE a la continuación del pacto de izquierdas tras las elecciones del 16 de febrero era el factor determinante de esa confianza. En la práctica este respaldo implicaba que las masas debían ser desmovilizadas a fin de no desestabilizar al gobierno. El PCE destacó en su oposición a muchas huelgas aduciendo que podían perjudicar al Frente Popular y ayudar a la reacción. Como hemos visto, el POUM no cesaba de criticar esta posición por considerar que iba a tener “consecuencias muy graves”, ya que así la clase trabajadora quedaba relegada y subordinada a la burguesía, en un momento en que la democracia burguesa era una fuerza agotada. En las páginas de La Batalla se afirmaba, en abril de 1936, que el respaldo del PCE al gobierno de Azaña significaba, a todos los efectos, que los comunistas oficiales se inclinaban por la “liquidación de cualquier perspectiva revolucionaria en nuestro país”. En el mismo artículo se acusaba al PCE de reducir la misión del proletariado al gobierno republicano y a ejercer una “presión inteligente” sobre el mismo.50

Para el POUM era ahora tarea urgente desvanecer las falsas esperanzas que muchos trabajadores cifraban en la estrategia de Frente Popular. Con este propósito el Comité Central del POUM retó en abril al PSOE y al PCE, que “creían en la eficacia del Frente Popular”, a formar un gobierno con los republicanos.51 De esta manera se evidenciaría ante los obreros formar un gobierno con los republicanos.51 De esta manera se evidenciaría ante los obreros que un gobierno de esa índole era incapaz de hacerle frente a la contrarrevolución. También la facción de Prieto se inclinaba por un “verdadero” gobierno del Frente Popular, aunque por razones muy diferentes; Prieto y los suyos creían que esa era la única respuesta posible ante las provocaciones de la derecha y el caos social. Los socialistas de izquierda, por su parte, llamaban a que el gobierno republicano “entregase el poder” al PSOE. Según el POUM, esta exigencia equivalía a esperar pasivamente que el gobierno pequeñoburgués “se desgaste del todo”, además de no tener en cuenta las esperanzas que el Frente Popular aun despertaba en amplios sectores de las masas populares. Los poumistas creían que un gobierno socialista monocolor sería apropiado si el PSOE fuese un partido “unido, revolucionario y el centro de atracción para la mayoría de las masas trabajadoras.” Dado que no era así, era necesario que las masas viviesen una “fase de transición” en la que se formase con un gobierno del Frente Popular con participación socialista. Concluida esa fase llegaría el momento de establecer un verdadero “gobierno obrero”. Maurín declaró, ante un Parlamento hostil, que esa era la única alternativa ante el dilema entre “fascismo o socialismo” al que se enfrentaba el país.52

El POUM, capaz de analizar los principales peligros que se cernían sobre las masas, carecía, sin embargo, de la fuerza necesaria para poder influir en el devenir de los acontecimientos. Ahora, la construcción de su partido, especialmente fuera de Cataluña, constituía para los poumistas una tarea incluso más urgente que antes.

Notas aquí

http://www.rebelion.org/docs/130942.pdf

+ Info:

El POUM y el Frente Popular. En: Trotsky, el POUM y la revolución española. Andy Durgan

El Frente Popular: una vía parlamentaria sin salida. En: La revolución española (1931-1939). Pierre Broué

El frente popular contra la lucha de clases y la revolución social. En: Jalones de derrota, promesas de victoria. Crítica y teoría de la revolución española (1930-1939). G. Munis

The POUM and the Popular Front. En: The Spanish Trotskyists and the Foundation of the POUM. Andy Durgan. "Of the many articles by POUM leaders against the Popular Front, the most interesting appeared in the party’s theoretical journal, La Nueva Era, for instance: J. Arquer, ¿Frente popular antifascista o frente unico obrero? (February 1936); J. Maurín, ¿Revolución democraticoburguesa o revolución democratico-socialista? (May 1936); J.L. Arenillas, Las clases medias en su relación con el proletariado (July 1936)."


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