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Anticapitalistes
  
divendres 20 de febrer de 2004 | Andrés Piqueras
Reflexiones y propuestas sobre la constitución de una nueva fuerza de izquierdas transformadora


La letra pequeña que figura en este trabajo tiene como objeto justificar o argumentar el texto principal (que es el que se recomienda seguir a quien no le haga falta tal preámbulo); está extraida del libro del autor, Movimientos Sociales y Capitalismo. Historia de una mutua influencia. Germania. Alzira, 2002; y de su artículo “La mundialización capitalista: sus resistencias y alternativas”, en África/América Latina, nº 38. Sodepaz. Madrid, 2002. En ellos se encuentran las referencias a autores y obras que están incorporados en el texto, así como un desarrollo explicativo de la mayor parte de las cuestiones que aquí sólo se han podido tratar de forma muy breve. Fuera de esas referencias, está incorporado el reciente trabajo de István Mészáros, El siglo XXI, ¿socialismo o barbarie?. Herramienta. Buenos Aires, 2003. También el artículo del autor en El País, 03.12.03, pg.4 de la Comunidad Valenciana, “Sobre naciones, capitales y política”, al que corresponde el texto de letra pequeña con asterisco.


Lo primero (introductorio): sobre el Capital y el Trabajo como sujetos antagónicos, pero al mismo tiempo heterogéneos y contradictorios internamente.

El Capital es una relación social que conlleva la expropiación del hacer, del trabajo y de la vida de otros a partir de la apropiación de los medios de producción colectivos. Es la expropiación y el sometimiento del trabajo vivo, esto es, de los seres humanos. Esto se produce a través de una relación de clase o de explotación.

El Capital, además de ser una relación social, presenta una encarnación que le da carácter de sujeto: la de quienes expropian y actúan para reproducir o ampliar esa relación.

El Trabajo lo personifica la parte humana que es expropiada de su hacer para sí misma. Es por tanto, explotada y alienada.

La relación de clase o explotación tiene su expresión en la División Social del trabajo. Sin embargo, hay otras divisiones del trabajo que la complejizan, y son susceptibles de constituir también formas o expresiones (complementarias) de la relación de clase: se trata, por ejemplo, de la División Sexual y Étnica o Cultural del Trabajo.

Posibilitan, por tanto, la acaparación de oportunidades de vida también entre el Trabajo a través del diferente acceso de unas u otras personas que integran este lado del binomio de clase a los recursos, a los medios e instrumentos de producción de pequeña escala o a la posición dentro de una división social del trabajo dada. Todo lo cual determina unas relaciones de privilegio estructurales.

Las relaciones de privilegio que obedecen a los patrones de género y étnicos son las que están hoy más fuertemente arraigadas al presentar una base sociohistórica naturalizada.

Sin embargo, hay otras relaciones de privilegio estructurales que pueden devenir de las diferentes posiciones en los procesos productivos o de la distinta inserción en los mismos:

a) bien por posesión de cualificaciones que otros no tienen

b) bien por formar parte del engranaje directivo o supervisor en esos procesos

Todas estas diferencias atañen horizontalmente a la relación Trabajo/Trabajo, atravesando y segmentando al conjunto de la población.

En todo ser humano se reproduce el desgarro vertical (Capital/Trabajo) y el transversal (generización, etnificación), como parte del horizontal (Capital/Capital o Trabajo/Trabajo), siguiendo estas divisiones o infinitas otras. Es decir, todo ser humano es un sitio de diferentes posiciones de clase, albergando en sí un germen de transformación y a su vez de perpetuación del antagonismo de clase en sus variadas expresiones.

Lo segundo (o para empezar realmente): de la necesidad de distinguir entre fenómenos coyunturales y procesos estructurales para adecuar estrategias y tácticas, y discernir entre ellas.

El proceso fundamental condicionante en la actualidad es la profunda revolución científica y tecnológica en curso (en la que confluyen los desarrollos en microelectrónica, informática, biogenética y robótica), que afecta profundamente a la organización del trabajo en general y a la totalidad de relaciones sociales de producción, atañe al conjunto de procesos productivos y motiva la redimensionalización del protagonismo del Trabajo como agente social y productivo, así como de sus posibilidades de constituirse en sujeto histórico.

Confluencia de procesos que ha conllevado, entre otras muchas consecuencias, la metamorfosis de la economía estatal e internacional en economía global (o economía-mundo). Con sus correlatos de desregulación social de los diferentes mercados laborales (que ahora son regulados casi unilateralmente por el Capital) y el establecimiento de una fuerza de trabajo también global cada vez más supeditada laboral y políticamente al Capital y a su combinación de dinámicas altamente intensivas en extracción de plusvalía con otras de extracción extensiva de la misma, propias éstas de la fase de acumulación primitiva.

Las maneras concretas como se produce el desarrollo tecnológico, no son resultantes de un proceso ni neutral ni espontáneo, sino que se han realizado bajo la intencionalidad de clase, buscando la recomposición de la hegemonía del Capital como sujeto (o si se prefiere, de la clase social que lo encarna). Intencionalidad que tiene como horizonte el doble objetivo de recomponer la tasa de ganancia capitalista y el sometimiento de la fuerza de trabajo (o la eliminación de la misma como sujeto antagónico consciente).

No hace falta hacer profesión de fe materialista para darse cuenta de que con la reestructuración de las relaciones sociales de producción, quedan afectadas sobremanera también las formas de entender el mundo y de ubicarse en él: esto es, la subjetividad de los individuos y sus propias formas de constitución como tales.

Provoca, además, no sólo otras formas de ser y de concebirse como trabajador o trabajadora, sino de concebir también la propia realidad de las clases. Por consiguiente, las formas de existencia de éstas y el cómo se expresan han sido profundamente afectadas.

En este sentido, y para ser más exactos, habría que decir que el Sistema Capitalista Mundializado no sólo genera sus propias desigualdades extremas, sino que se sustenta en muchas de las tradicionales (de orden nacional, “racial”, generacional, étnico, religioso, de género, etc.), que son, además, precisamente, las que “experimentan” de forma más directa los seres humanos, y, por tanto, las que les motivan a intervenir en lo social o a enfrentarse-coaligarse entre sí. Por eso, precisamente, es en este interfaz entre la universalidad de las relaciones sociales de producción capitalistas y la particularidad de sus manifestaciones en diferentes contextos sociohistóricos, en donde se define el proceso de formación y reproducción de clase (y de las clases) a escala global.

Cada fase capitalista se corresponde con diferentes formas políticas de organización del Trabajo y de su expresión como sujeto político. Repasemos unas y otras durante las fases del capitalismo desde que éste se hace maduro, o lo que es lo mismo, desde que se convierte en el modo de producción hegemónico en las sociedades centrales.

1. Capitalismo liberal-competitivo (Primera Industrialización).

El Trabajo adquiere conciencia de sí mismo y se despliega en multitud de organizaciones que penetran todos los órdenes de la vida social. Salto cualitativo o proceso singular de autovaloración del Trabajo, o de conversión del Trabajo en sujeto por primera vez en la historia de la Humanidad.

El Movimiento Obrero (MO), a diferencia de todos los demás movimientos coetáneos, apunta a la contradicción central del modo de producción capitalista: la relación de clase o de explotación, encarnada en esta fase histórica en la relación salarial (o fijación del trabajo como mercancía).

En consecuencia, el MO se convierte en el principal movimiento antisistémico. Sus frentes de incidencia se establecieron en torno a tres aspectos clave de la relación salarial: a) El empleo; b) el nivel de los salarios; c) las condiciones laborales.

Poco a poco fue constituyendo organizaciones laborales y políticas de presión, reivindicación y lucha: sindicatos y partidos (teniendo como objetivo la abolición de la propia relación salarial).

Pero al tiempo, el MO trajo consigo transformaciones culturales de amplio y profundo alcance [algunas de las cuales analistas actuales se empeñan en achacar exclusivamente a fenómenos y movimientos de finales del siglo XX]. El nuevo sujeto de clase originó también en su expansión social formas organizativas de carácter horizontal y profundamente democrático que incidirían en muchos aspectos de la vida cotidiana: asociaciones de consumidores, cooperativas de productores o propietarios, escuelas, editoriales, sociedades de amistad, organizaciones culturales, recreativas, formativas, de ayuda mutua, orfeones, coros, etc.

Estas estructuras, anticipándose a la “novedad” de las del movimiento social actual, eran flexibles, horizontales, democráticas, dúctiles... propias de la fase de formación de los sujetos de clase.

El MO y la clase obrera no son lo mismo. El MO es la parte de la clase obrera -o en general del Trabajo-, hecha sujeto, su expresión más consciente y politizada.

El materialismo dialéctico no es sino la expresión sistematizada de esa conciencia que se fue coagulando a lo largo del siglo XIX.

Marx, y con él los sectores más avanzados del MO, soñaron con la construcción de un Partido como expresión de todas las luchas, de todos los movimientos, de todas las organizaciones obreras, a la vez resultado y coadyuvador de unas y otros. La premisa era que si el Trabajo constituye una sola clase, ésta debía aglutinarse en un solo Partido [en conjunto a la sociedad se la presumía dividida en tantas partes (Partidos) como clases, tanto más evidente cuanto más se preveía la tendencia a la homogeneización de la clase obrera por su pauperización general, y a la polarización de la sociedad en burgueses y proletarios]. Un Partido que a la postre debía ser el de todos los trabajadores del mundo, y que bien podía, por tanto, tener el carácter de una Internacional.

2. Fase de Capital Monopolista de Estado [CME] (dos últimas décadas del siglo XIX a años 70 del siglo XX).

El Capital cobra entidad como sujeto, y como sujeto coordinado, a partir de la constitución del Estado. Ente que pasará a ser una de las manifestaciones más tangibles de la lucha de clase a través de sus diferentes expresiones.

El Estado va a poder poner en práctica, como síntesis de la clase capitalista, una intencionalidad combinatoria entre un modo de regulación social y un régimen de acumulación imperante. Podemos distinguir dos grandes subfases dentro de este período atendiendo a los dos factores de esa combinación:

A)Modo de regulación: estatal-autoritario. Régimen de acumulación: tylorista-fordista (dos últimas décadas del siglo XIX hasta Segunda Guerra Mundial)

Junto con el arranque de derechos a la clase capitalista cada vez más fundida como Estado, el MO va consiguiendo cierta democratización de este último y el acceso universal a derechos que la burguesía se había reservado para sí: primero civiles, luego políticos y por fin sociales (entre los que se cuentan también los económicos y hasta cierto punto los culturales). Proceso cuya trayectoria y tiempos es bastante desigual en unas y otras de las sociedades centrales y en las periféricas donde se había desarrollado asimismo el sujeto obrero (como son algunas de las latinoamericanas). Mientras, las expresiones organizativas más masivas del Trabajo tienden a institucionalizarse y burocratizarse allá donde se ha conseguido mayor apertura del Estado (sociedades eminentemente centrales). Expresiones que se hacen interlocutoras del Capital: se construye el espacio de lo social, donde uno y otro sujeto confluyen en la regulación social, dando cada vez más vida colectiva a la política.

Sin embargo, no por ello la clase capitalista deja de reaccionar frecuentemente con el cerramiento autoritario del Estado, especialmente en las sociedades europeas más débiles en términos capitalistas, e incluso asume a menudo el golpe de fuerza dictatorial (forma de gobierno que no obstante se muestra por lo general altamente inestable en esta fase por ser bastante contradictoria con la necesidad de “libertad” del mercado capitalista en su esfera circulativa o de realización de la plusvalía, o lo que es lo mismo, de su insalvable proceso de conversión de los seres humanos en “consumidores libres”).

Debido a las propias pugnas intercapitalistas, pero así mismo como reacción a la creciente influencia del movimiento socialista, surgen los fascismos (versión más agresiva y dictatorial del Capital, a menudo en conflicto, o al menos no siempre en connivencia, con otras versiones del mismo). Constituirán el primer intento explícito de movilización de masas por parte de un sector del Capital como sujeto. Toman elementos de las dos principales ideologías que han movido a las poblaciones en el siglo XIX: la socialista y la nacionalista. Intentarán combinarlas en forma esquemática y burda, cuanto más burda y simple mejor (con consignas breves, directas e irracionales, asociadas al culto al mando y a la acriticidad) para llegar al corazón de las gentes a las que pretenden convertir en masas. De ahí se trata de pasar a la ofensiva y al control del Estado contra los sujetos de clase obrera, principalmente.

B) Modo de regulación: estatal-keynesiano. Régimen de acumulación: tylorista-fordista (Final Segunda Guerra Mundial a años 70 del siglo XX)

Tras el segundo gran choque interimperialista, y merced entre otras razones, a la extrema debilidad que las burguesías presentaban a la sazón, amén de la derrota de los fascismos a favor de la versión más ‘coherente’ del Capital con respecto a sus propias relaciones sociales de producción, la versión “democrática”, las luchas políticas, sociales y económicas del Trabajo consiguen en las sociedades centrales una democratización del Estado sin precedentes, o lo que es lo mismo, imprimir a éste un carácter menos acusado de clase (capitalista), para que pase a ser más “Social”.

Pero con ello, al mismo tiempo, el Trabajo se convierte en “interlocutor racional” del Capital, es decir, queda envuelto en su lógica.

Buena parte del MO pasa de ser una fuerza de negación a aceptar la ’positividad’ de lo dado. Se produce el establecimiento de lo que se ha llamado "pacto de clase" en las sociedades centrales. O lo que es lo mismo, un compromiso entre clases sociales sobre la base de un crecimiento económico y la incuestionabilidad del orden capitalista. Las clases poseedoreas aceptaron la redistribución vía Estado, del producto social, esto es, la instrumentación y aplicación estatales de políticas de redistribución de las rentas en favor de los salarios, y políticas fiscales coherentes con ello, al objeto de conseguir activación económica por la vía de la posibilitación de la demanda, así como paz social. Exigían a cambio la intangibilidad de los fundamentos de la producción capitalista: la propiedad privada de los medios de producción sin limitación. Reconocieron sobre esta base, las instituciones político-sociales de las clases subalternas, las cuales, como los sindicatos y partidos, se comprometen implícita e incluso explícitamente a no poner en cuestión esta política de rentas que a corto plazo posibilitó un incremento del consumo de las clases populares, ni los fundamentos del capitalismo, dentro del cual no sólo se integran, sino que contribuyen a apuntalar (garantizando así tanto la explotación del resto de las sociedades del planeta como la división sexual del trabajo, entre otras, sin las cuales este pacto social hubiera sido inviable).

El MO es en alta medida encauzado mediante sus organizaciones de representación política y laboral dentro del marco de las relaciones sociales de producción capitalistas, en una forma de regulación corporatista [organización de intereses a escala nacional a partir de grandes organizaciones que representan coaliciones de fuerza, suprasectoriales, de actores cohesionados en torno a incentivos y elementos ideológicos expresos, que tratan de articularse en programas de actuación económica y sociopolíca convergentes]. Lo que significa que el MO incidirá en la estructura política en gran medida como un grupo de interés organizado, en dinámicas de negociación y de conciliación de intereses contrapuestos. Se sitúa, de esta forma, en el ámbito general del macrocorporatismo, propio de las sociedades centrales europeas de esta fase.

Entre las fases A y B se produce también, por tanto, la transición definitiva de las expresiones organizativas obreras a formas burocráticas, centralizadas.

La gran mayoría del Trabajo, incluso muchos de sus sectores más politizados, asumirá una vocación claramente defensiva, basada en el logro táctico de mejores condiciones en los distintos órdenes (laboral, social, ciudadano...), que se aceptan como separados, sin proponorse ya una ofensiva integral, altersistémica.

Se recobra además el espejismo de la unidad obrera a partir de su pretendida unicidad, gracias a la apariencia de uniformización que propaga el prototipo del obrero industrial u obrero-masa.

Pero este espejismo se produce precisamente cuando el Trabajo está en ciernes de complejizarse como sujeto, a través de otras contradicciones y fracturas de clase, como la de género o las étnico-nacionales, las procedentes del modelo desarrollista-militarista, etc., asumidos en el “pacto de clase keynesiano”. Fracturas que darían origen a los “Nuevos Movimientos Sociales” (que irrumpieron fundamentalmente esta vez en la esfera reproductiva o circulatoria, con su repolitización de lo social y su recuperación de la horizontalidad y de altos niveles de democracia interna como claves organizativas). Justo, además cuando

el modo de regulación estatal-keynesiano potenciará en las sociedades centrales un acrecentamiento de la diferenciación de la clase trabajadora, con la acentuación de la división social del trabajo y el desarrollo de profesiones en la esfera de lo social-estatal. Lo que es consecuencia de la transformación de una parte mayor de la plusvalía en servicios: educación, sanidad, atención social general y especializada a segmentos particulares y más vulnerables de la población.

Todo ello sumado a la generalizada terciarización de las economías centrales, redundará en la consiguiente heterogeneización del Trabajo.

En cualquier caso, en la fase B del Capitalismo Monopolista de Estado nos las vemos ya con un MO que comparte las estructuras burocráticas propias del corporativismo macrosocial, y de su institucionalización como ‘elemento del Estado (Social)’.

Hay, no lo olvidemos, un denominador común de los proyectos políticos de las clases subalternas para estas fases 1 y 2: su intento -en la teoría o en la práctica- de negación de la pluralidad del Trabajo y la desconsideración de las múltiples contradicciones que también le atraviesan. Dicha pluralidad intentó ser “superada” mediante la centralización organizativa de las expresiones políticas surgidas de su seno, que se prepararon a partir de un cierto momento para concentrar sus esfuerzos en la esfera política con minúsculas (en sentido estrecho o meramente institucional-estatal), es decir, la identificada con el ámbito del poder también con minúsculas. Se descuidaba así el Poder con mayúsculas que era inherente al Capital: su capacidad de regular el metabolismo del cuerpo social en su conjunto, generando ‘sus’ propios individuos, su propia ‘cultura’ interna, sus propios motivos y modos de vida y de disciplinamiento social.

Al organizarse para la contienda en estos límites estrechos, las expresiones políticas del Trabajo adoptaron las formas y estructuras del adversario.

Foucault y otros postestructuralistas nos enseñaron que el Poder y la Política (con mayúsculas) se aplican y se ejercen en todas las manifestaciones de la vida social e incluso personal (por eso bautizaron a aquél como ‘Biopoder’). Los llamados “marxistas abiertos” nos hicieron ver, por su parte, que las resistencias y la capacidad de desafiar al Capital se pueden manifestar también en todos los órdenes de la Vida.

Algo de esto iba por fin a percibirse con mayor trasparencia en la siguiente fase del Capital, merced a su aplastante omnipresencia en todos los aspectos de la Vida.

3. Fase de Capital Monopolista Transnacional [CMT] (mediados años 70 del siglo XX hasta la actualidad).

La globalización es el término vulgar que hace referencia a esta fase transnacional del Capital Monopolista, y no es, como dijimos, sino una ofensiva general del Capital para recuperar tanto su tasa de ganancia como su hegemonía sociopolítica.

El Capital rompe las barreras estatales de regulación social de la producción y de la distribución en que se hallaba confinado en la anterior expresión de capitalismo monopolista de Estado, y tiende a buscar para esos fines el espacio global (planetario), aunque necesite del Estado para su reproducción y expansión (con lo que se recrudece el papel del mismo como garante de la oferta, y por tanto como disciplinador del Trabajo).

Las enormes dificultades que encuentra para el primer factor por razones objetivas sobre las que no podemos entrar aquí, las compensa con su relativo éxito en el segundo de sus grandes objetivos.

Así el Capital como sujeto cada vez más consciente y seguro de sí mismo ha logrado en los últimos 25 años la destrucción (en muchos casos física), sometimiento o coptación (a menudo por conversión ideológica “sincera”) de las principales organizaciones y sujetos del Trabajo en todo el planeta (consiguiendo la imposición del marco dado de las cosas: “fuera del Sistema no hay nada posible”). Asimilando también las versiones del Trabajo en forma de Nuevos Movimientos Sociales (NMS) a partir de la incorporación parcial y lo más aseptizada posible de sus reivindicaciones, en las diferentes agendas políticas.

Confina, en definitiva, a buena parte de los anteriores grandes sujetos o movimientos del Trabajo, tanto de primera (MO) como de segunda generación (NMS), en esferas cada vez más reducidas, de reivindicaciones autolimitadas y objetivos inmediatos que no contemplan ya casi nunca la universalidad social. Transformación, por tanto, de aquéllos en microsujetos que se expresan en agrupaciones de muy reducidas dimensiones, que admiten poca o nula disonancia política, con muy limitado radio de acción e influencia sociopolítica (asociaciones y colectivos de muy diverso tipo, ONGs, comités, micropartidos sin posibilidades electorales, mesas o plataformas muy coyunturales...).

Por otra parte, la profundización de la dominación político-ideológica de clase (capitalista), consigue que, paradójicamente, la mayoría de la población deje de concebir la realidad desde una óptica de clase, con el consiguiente desvalimiento ideológico generalizado.

Se radicaliza, por tanto, la supeditación estratégica del conjunto del Trabajo, que pasa a una actitud exclusivamente defensiva, sólo ya de mantenimiento de al menos algunos de los logros anteriores.

En esta fase se produce la penetración del Capital en todos los aspectos de la Vida social y privada.

Las consecuencias fundamentales de ello son que el conjunto de los seres humanos se convierten en fuente de valor productivo y reproductivo, así como que toda la vida de los mismos queda sometida a la lógica del valor del Capital. Lo que es igual que decir que el conjunto de la Humanidad es transformada en Trabajo (y la totalidad de la Vida en valor). En realidad, cada vez más en trabajo abstracto (invisibilizado), dado que se extiende el espejismo de que el Capital (más y más inmaterializado a través de su financiarización) puede reproducirse sin necesidad del Trabajo.

El Capital va eliminando, pues, la distinción de las esferas Productiva y Reproductiva (o Circulatoria), obteniendo valor de todo el ciclo de la vida de los individuos.

Pero por eso mismo, el campo de la contestación va también definitivamente mucho más allá de la fábrica, la oficina o la empresa. Se produce una auténtica socialización del antagonismo de clase. Lo que quiere decir por una parte que las fricciones o resistencias de los seres humanos a ser meros objetos de extracción de valor o a admitir la mercantilización del conjunto de su vida, se generalizan en todos los ámbitos. Y por otra, que en adelante se hace más y más palpable que cualquiera tipo de resistencia proveniente de la cotidianidad del mundo de la Vida es susceptible de afectar el antagonismo vertical Capital/Trabajo.

Con el paso del CME al CMT, las expresiones más reflexivas de la Humanidad como Movimiento apuntan también a la vertiente global (desafío y alternativas a la globalización capitalista).

Por otra parte, si el Capitalismo industrial traía emparejadas formas burocráticas de organización (asumidas también por el MO), con los resultados tan frecuentes (aunque no únicos ni necesariamente queridos) de jerarquización, verticalidad, falta de trasparencia, incomunicación... El Capitalismo informacional, tardío o senil [con su modo de (des)regulación unilateral y la combinación de su régimen de acumulación fordista disperso y gatesianista], por contra, fomenta las formas organizativas virtuales, reticulares, ante la descomposición de las formas físicas de reunión y organización tradicionales.

De ahí que comiencen a aparecer los arcoiris, los rizomas, las redes, las webs... Formas de organización muy blanda, muy flexible, por eso también difícilmente controlable, hegemonizable, cooptable (pero al tiempo con relativamente escasa operatividad). Conllevan altos grados de igualdad interna, trasparencia y democracia horizontal.

Su principal preocupación, lejos todavía de poder afectar la esfera productiva, ni apenas ya la circulatoria (salvo en los casos más combativos de las periferias, que atentan a menudo contra la realización de la plusvalía -cortes de rutas, ‘puebladas’, sentadas en las ciudades, etc.- ya que no la generación de la misma), consiste en trabar el orden dado de las cosas (bloqueo de cumbres o de reuniones del Capital en general, actos de disidencia, desobediencia, protesta, de visibilización de injusticias, de puesta de relieve de las consecuencias depredadoras del Sistema, etc.).

Parece que de nuevo, la historia se repite.

Sin embargo, aquí debemos precisar dos novedosos procesos paralelos que suscita el Capital final, pero que son al tiempo contradictorios internamente:

C) La socialización objetiva del Trabajo y su proceso de cualificación y de entrada en la esfera del conocimiento.

Proceso que el Capital intenta frenar o retrasar a toda costa mediante la subordinación de las crecientes posibilidades de autonomía obrera, a la estricta jerarquización de las decisiones y al elitismo-secretismo gerencial, así como promoviendo la desconcentración, fragmentación, flexibilización y brutalización laboral en todo el planeta, con su enorme gama de manifestaciones y ramificaciones.

D) La unificación del mundo por el Capital pone al alcance la posibilidad objetiva de la integración planetaria del Trabajo. Cuanto menos, abre más espacios de posibilidad para la comunicación real de la fuerza de trabajo mundial entre sí.

Es claro, sin embargo, que de nuevo el Capital hace todo lo posible por fomentar la división de la misma a través de su enfrentamiento culturalista (racismos, nacionalismos, etnicismos, cerramientos religiosos...). No es casual, en este sentido, su potenciación del “multiculturalismo” como ideología.

La ideología de la multiculturalidad promueve la detectación y clasificación de numerosas poblaciones, así como el reconocimiento de derechos diferenciales por sectores débiles de población (minorías étnicas, nacionales, inmigradas, de género, marginadas, etc.), desarticulando a menudo no sólo las posibilidades de actuación conjunta de unos y otros, sino facilitando también continuas luchas intestinas por ganarse la cada vez mayor escasez de derechos reconocidos, y alentando, por la misma razón, sentimientos de mutua exclusión y xenofobia. Esta ideología se muestra válida, al tiempo, para confinar en el ámbito “cultural” las muy diversas formas de desigualdad social, dificultando en gran medida su expresión en la arena política.

El multiculturalismo convierte, por tanto, la desigualdad en “diferencia”, mientras que se desentiende de la jerarquía que se establece entre esa multitud de “diferencias” al interior de cada sociedad, y ni mucho menos atenta contra la subsunción de todas ellas a la forma capitalista de organización social. *

En un mundo en el que las desigualdades se han convertido en “diferencias”, el valor máximo que se puede predicar para los individuos es el de la “tolerancia”, que a la postre pretende ciudadanos ‘indiferentes’, acordes con el “todo vale” del Sistema.

Las viejas estructuras políticas, sociales y laborales del Trabajo no se han adaptado aún a esta fase del Capital Transnacional, y ajustan sus estrategias con la vista puesta todavía en el período de macrocorporativismo del Estado Social. De hecho, muchas de ellas propugnan la vuelta al mismo, como si eso fuera posible.

Acorde con las cambiantes relaciones sociales de producción, con las actuales expresiones del Trabajo y las nuevas subjetividades creadas, se han de buscar otras formas organizativas en todos los terrenos, que habrán de engarzarse más allá de la distinción entre esferas productiva y reproductiva, ya fundidas de hecho por el Capital (superando, de paso, la alienante escisión del ser humano entre trabajador y ciudadano, clave de la sociedad capitalista).

La construcción de todo un metabolismo social diferente capaz realmente de alumbrar una sociedad socialista, no puede aplazarse para un futuro supeditado bien a la acumulación de reformas o bien la toma del poder (con minúsculas). Pues esa tarea, que hay que comenzar desde el principio con praxis concretas, disuelve la tramposa dicotomía reformismo-revolución, a la que se vinculaba la también estéril dualidad objetivos inmediatos / objetivos finales que durante tanto tiempo entretuvo a la izquierda. Ella nos lleva a la necesidad de pasar a una actitud ofensiva superadora del paralizante repliegue defensivo del Trabajo durante la fase de capitalismo monopolista estatal-keynesiano (ofensiva que, como hemos dado a entender, jamás puede confinarse al ámbito político-institucional).

Tercero: algunas propuestas reflexivas sobre ‘organicidad’ de esos nuevos sujetos.

E) Reconocimiento de la pluralidad del Trabajo.

El Trabajo tiene una expresión obrera típica (como “proletariado”), tradicional, cada vez menor en las sociedades centrales, pero cada vez mayor en el conjunto del planeta. Tiene, no obstante, otras muy variadas expresiones (como “clase media asalariada”, como Trabajo generizado, etnificado, racificado, precarizado, excluido, invisibilizado, ...). Además, existen numerosas divisiones sectoriales del mismo que van ligadas a la propia pluralidad constitutiva del Capital, la cual se reproducirá insalvablemente a pesar de toda la mística desatada en torno al Capital Global, o “globalización”, y su predicado futuro de uniformidad.

Ningún “Partido” puede resumir ni representar toda esa heterogeneidad (ninguna ‘parte’ refleja el todo). (Y la primigenia posible concepción del mismo, en cuanto que entidad única, como epítome y reflejo de todas las luchas, no puede ser reproducida por más tiempo).

Por otro lado, el Capital ha “cerrado” el juego democrático mediante mayorías automáticas, cautivas en redes clientelares y dependentistas en general, profusa, sólida e históricamente trenzadas, que se reproducen a sí mismas.

Además, las posibilidades electorales, en el capitalismo tardío o senil, se han tornado cada vez más supeditadas a los recursos económicos que pueden movilizar o poner en juego los grupos o fracciones de clase que las sustentan, resultando de ello un ciclo vicioso de acumulación-monopolio financiero-empresarial / acumulación-monopolio electoral.

Monopolio que incluye también el de los medios de difusión de masas, y que se refuerza con el cada vez más férreo control de los medios de socialización y formación de conciencia (sobre el que tiene no poco que ver el cerramiento ideológico de los sistemas educativos).

Esto no quiere decir que haya que renunciar a la contienda electoral (seguimos manteniendo la famosa tesis leninista “de las dos patas”), pero sí que además es imprescindible emprender procesos de autovaloración y de formación del Trabajo, tan abandonados por las organizaciones políticas y sociales del mismo desde el “pacto keynesiano”. [Lo que bien podría figurar entre los comienzos de las praxis concretas que vayan acortando la distancia entre objetivos inmediatos y finales].

2) Se debe trabajar en los eslabones democráticos que restan en el capitalismo tardío y ampliarlos todo lo posible, al tiempo que se mantiene una irrenunciable democracia interna de las expresiones organizativas y movimientistas del Trabajo.

La participación en la tan viciada contienda electoral capitalista (en la política estrecha), para una izquierda transformadora, como sugería la tesis de las dos patas, debe ser consecuencia y nunca motor de una correlación de fuerzas sociopolíticas, previamente fraguada merced al convencimiento estratégico de intervenir fundamentalmente en la Política con mayúsculas (es decir, en todos los ámbitos del sistema social).

Quiere esto decir, como se ha apuntado, que es hora ya de fundir las expresiones organizativas del Trabajo, las cuales se han mantenido separadas en las esferas de la Producción y Circulación (y dentro de esta última, también en la subesfera institucional-electoral), y que fueron propias de anteriores fases del Capital, hoy ya superadas por él mismo, como también se ha dicho.

Se trata de construir una organización-movimiento transversal a esas esferas (que abarque al tiempo lo laboral y lo electoral, lo doméstico y lo más estrictamente ‘social’, lo institucional y lo “privado”), que sea capaz de concitar movimientos y microsujetos dispersos, y que esté en condiciones de estrechar intereses de las distintas expresiones del Trabajo.

Proyecto a construir en torno a un federalismo o condeferalismo democrático, que acepte el establecimiento de (deseablemente cada vez más) criterios, objetivos y compromisos comunes. De manera que su expresión política con minúsculas (electoral-institucional), sea sólo una faceta ligada a su consistencia Política con mayúsculas, en todos los órdenes del cuerpo social (consistencia que se manifestará precisamente en la medida en que vaya siendo capaz de transformar el metabolismo de éste).

La integración por confederación-federación de diferentes expresiones organizativas del Trabajo, o de otras formas del Trabajo como sujeto, es al tiempo potenciadora de éstas, gracias a su horizontalismo y reconocimiento orgánico (no sólo declarativo) de la pluralidad interna, pero ahora con la fuerza y la operatividad de la coordinación. Lo que no es diferencia poco importante, pues a la postre, las posibilidades de éxito transformador dependerán de la aproximación y coordinación de los intereses objetivos de las distintas expresiones del Trabajo.

Pero no conviene olvidar que esos intereses dependen no sólo de factores subjetivos ligados a la conciencia del mundo y muy particularmente a la conciencia social, sino que también responden a los cursos de acción que se vislumbran como posibles para satisfacerlos o no (lo que no se ve como posible se desestima como ‘interés’ propio -de ahí el gran éxito del Capital en sentar el marco general de lo dado, de ‘lo posible’\1. En ambos puntos puede y debe incidir la intervención Política de la organización-movimiento: trabajando en la transformación de subjetividades y dando visibilidad y credibilidad a las posibilidades de logros alternativos a lo dado, lo que redundaría en el refuerzo mutuo de ambos.

Mucho nos tememos que, en medio de la generalizada desmovilización social y apatía política, la opción contraria, de aprovechar las elecciones para construir una sociedad diferente, es como poner el carro de la historia delante de la energía social transformadora (que sería la única capaz de moverle hacia otro lado). Y, por si fuera poco, se echa así sobre la conciencia de individuos aislados la sobrecarga de discernir el voto “alternativo”. Si antes no se ha procurado la construcción de praxis sociales que hayan realizado el aprendizaje de la alternatividad, lo que se está haciendo en realidad es apelar a la fe de los ciudadanos en los programas o casi siempre promesas de otros, y a que acepten, en definitiva, la delegación de su voto, lo que en el fondo no hace sino legitimar el modelo de democracia indirecta o representativa del Capital, y, en caso de relativo “éxito” electoral, consigue también la “noble” tarea de reproducir sillones al interior de esas organizaciones. Pero a éstas no se les debe escapar el hecho de que tales “éxitos” y sillones tienen cada vez menos base real (los votos para ellas son cada vez más en negativo, contra alguien o porque no se tiene a nadie más a quien votar: ni provienen de, ni forman base social).

Por eso resulta imprescindible ir fortaleciendo puentes de entendimiento y coaligación en el tan castigado espacio social del capitalismo tardío, colaborar activamente en el trenzamiento de ‘nudos en la red’ que millares y millares de casi siempre dispersos sujetos intentan construir contra la contundencia de la realidad capitalista.

Si lo parlamentario y lo electoral han vuelto a ser cerrados por el Capital (como en los tiempos del sufragio censitario y de los derechos políticos reservados a la burguesía), los nuevos sujetos (de tercera generación) nacidos de la fusión de las esfera Productiva y Circulatoria, buscarán necesariamente otras vías de incidencia, con expresiones organizativas y prácticas probablemente fuera del alcance de las “antiguas” organizaciones del Trabajo (de primera y segunda generación), tan habituadas a la ‘interlocución’ social institucionalizada; a no ser que éstas adapten rápidamente sus estructuras y modos a las nuevas formas históricas de regulación del modo de producción capitalista (cosa que muchas ni siquiera han empezado a plantearse).

En este punto, quisiera hacer referencia al menos a dos dilemas presentes en cualquier intento de construcción alternativa:

1/ El dilema de la excesiva disonancia cognitivo-ideológica

Una cosa es la integración en plano de igualdad de las distintas expresiones organizativas y sujetos del Trabajo, y otra incorporar en un proyecto que pretende ser transformador a expresiones del Capital que sólo mantienen su nombre de antigua organización del Trabajo.

Sin embargo, como es sabido el problema subsiste dado que estas últimas organizaciones mantienen amplios sectores del Trabajo fieles en sus filas (me estoy refiriendo, como es obvio, a la mayor parte de los actuales partidos y organizaciones socialdemócratas).

La socialdemocracia, después de renunciar a su propio papel, asumir plenamente la racionalidad capitalista durante la fase de Capital Monopolista keynesiano, y mimetizarse finalmente con el Capital en su fase senil Monopolista Transnacional, intenta recobrar cierto espacio sociopolítico (ya como fracción del Capital -algo menos ‘salvaje’- frente a otras fracciones del mismo más interesadas en profundizar la actual forma “globalizadora” del Capital). Y dado que sabe que tiene muy poca credibilidad social, ha descubierto, a raíz del auge antiglobalizador (del que participan también, como se ha dicho, fracciones del Capital, entre otras el que representa a la pequeña burguesía y a las burguesías ‘nacionales’), que pueden volver a tener cierto protagonismo (y consecuente mayor arrastre electoral) si se deja mezclar en el mismo. Previniendo, de paso, en la medida de lo posible, su radicalización (fuera de la pugna intercapitalista).

Un buen espacio para satisfacer ambos objetivos se lo proporcionan los Foros Sociales.

La cuestión, una vez más, para los sujetos transformadores del Trabajo, no es si participar o no en ellos, sino a qué estrategia responde su posible participación táctica en los mismos, y si tiene posibilidades de conseguirse mediante ésta. [¿Se podrá lograr su inclinación hacia opciones transformadoras que se manifiesten desde el principio, o bien esos Foros se decantarán pronto por un intento de volver, anacrónicamente, a versiones más ‘amables’ del Capital, que es a lo que está abocada la absoluta mayor parte de la socialdemocracia actual, en una u otra de sus versiones organizativas políticas, sociales o laborales?].

El mayor peso financiero, institucional-político y mediático de la socialdemocracia capitalista, permite apuntar que los Foros Sociales pueden resultar con relativa facilidad en espacios de encauzamiento o encuadramiento de buena parte de las expresiones del Trabajo en movimiento, dificultando o impidiendo sus propuestas más alternativas.

De todas formas, los Foros Sociales no serían sino un espacio más, que tiene su interés sobre todo en el “mientras tanto” de la construcción socio-política-sindical que aquí se está proponiendo, y a la que se deben orientar los esfuerzos de la izquierda transformadora, más allá de su participación o no en los mismos. No podemos obviar el hecho de que esos Foros son siempre construcciones “supraestructurales”, con límites clarísimos de intervención si quedan aparte de la necesaria construcción social de base.

Por otro lado, y por lo que respecta a la propia disensión interna de las expresiones “alternativas” o que buscan la alternatividad al orden dado capitalista, resultará imprescindible ir trazando una escala de objetivos, que estando de acuerdo en elementos básicos de la sociedad final perseguida, consensúen opciones y pasos comunes, así como dialoguen alrededor de compromisos mutuos sobre procedimientos o medios (aunque se respete la variedad de los mismos dentro de esos compromisos).

2/ El dilema del vanguardismo y de la necesidad de dirección por parte de los “cuadros” de las organizaciones existentes del Trabajo, propios de las fases anteriores del Capital.

Este dilema sólo se podrá ir resolviendo en la medida en que se trabaje profunda y eficazmente en los enormemente variados ámbitos de la Política, posibilitando la formación de clase de un Trabajo que por el propio desarrollo actual de las fuerzas productivas, está cada vez más capacitado, cualitativa, profesional y científicamente, para tomar el relevo social y de dirección tecnológica a las élites de la burguesía. Para asumir, por lo tanto también, el control político de su propio destino, desplazando progresivamente a los “especialistas” orgánicos de las distintas organizaciones sindicales y políticas, hasta ahora autoperpetuados como “vanguardias”.

Por último: breves reflexiones de carácter concreto e inmediato para el contexto ‘español’.

El impulso para la construcción de un verdadero “movimiento de movimientos” de carácter transformador debería proceder del propio mundo laboral, a través de las principales organizaciones obreras existentes. Pero los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT hace tiempo que forman parte del metabolismo capitalista y más concretamente de su sistema inmunológico, previniendo ‘infecciones’ peligrosas en su costado izquierdo [la insistencia “táctica” en seguir trabajando en, o formando parte de los mismos, no puede ser contemplada sino como un canto a la inoperancia y a la esterilidad transformadora, freno, a todas luces, de la necesaria decisión y voluntad de arranque de tal proyecto].

Desde aquí se propone que esa responsabilidad histórica debe recaer en la CGT, coaligada, deseablemente, con ciertos sectores de los STE, y las alas izquierdas del sindicalismo clave de Euskadi y Galizia, principalmente, amén del que mantiene una importancia sectorial, como el SOC, y el de nuevo cuño que está afianzándose en Catalunya.

Este sindicalismo transformado (tras afrontar su propia transformación interna) y transformador, ha de compenetrarse estrechamente con las múltiples y casi siempre dispersas organizaciones de lo social. Para confluir también, junto a ellas, en una organización que incida asimismo en la política institucional. Pues este proyecto ha de empezarse a la vez desde cada “pata”: laboral, social, política; para abarcar el conjunto de la Política, como se dijo.

IU tuvo la oportunidad de sustentar la ‘pata’ política del movimiento (e incluso casi la social), pero ha terminado por decantarse claramente por la reproducción electoral y el trabajo parlamentario, casi en exclusiva. Lo cual, sin dejar de ser importante, es absolutamente insuficiente.

Por tanto, ese papel bien pudiera ser desempeñado por sectores u organizaciones que integrados en esta misma formación, están comenzando a impregnarse sin embargo de un nuevo hacer político, como pudieran ser el Espacio Alternativo o hasta cierto punto Corriente Roja; amén de otras externas a IU que llevan ganado ya terreno en este sentido, a la manera de Ecologistas en Acción, con las que habría que concertar el salto a la Política con mayúsculas. Siempre y cuando, en el caso de aquellas primeras organizaciones, dejen de supeditar su razón de ser a IU, y apuesten por una real autonomía entitaria, programática y práxica (para ello será importante que los sectores menos ligados o supeditados a IU vayan adquiriendo mayor relevancia dentro de ellas a escala confederal, contrabalanceando el decisivo peso directivo que hoy por hoy tienen quienes priorizan el trabajo interno dentro de aquella coalición). Lo que no quiere decir que haya que abandonar la lucha interna dentro de la misma, pero sí ir preparando, autónomamente, además, un proyecto realmente alternativo, en lo que habrá de suponer, sin duda, una reconstitución en profundidad de la izquierda. Reconstitución que pasa también por el entendimiento con las formaciones políticas más combativas del Estado y que no obstante están hoy confinadas casi exclusivamente en sus ámbitos nacionales (Euskadi y Galizia, sobre todo, y en medida más modesta, Andalucía o Castilla y León, por ejemplo).

Nota aparte (para curios@s).

Lamentablemente, en vez de que se vayan dando los pasos para la formación de una fuerza-movimiento que alcance al conjunto de la Política, asistimos en buena parte del Estado una vez más a la mutua exclusión y atomización de las formaciones y micropartidos autodenominados de izquierda, que en su mayoría vuelven a decidir presentarse cada uno por su cuenta en los comicios generales españoles del próximo 14 de marzo. Recalcitrante empecinamiento de, en su mayor parte, microsujetos sin posibilidades en la esfera electoral, que abrirá el camino con toda probabilidad a una nueva victoria de la versión más reaccionaria del Capital, legitimándola con su concurrencia testimonial; y que a buen seguro servirá de añadido para justificar una nueva derechización de las formaciones de izquierda con más posibilidades electorales, como IU, mediante su ‘adaptación’ al contexto vigente, de cara a seguir asegurando su propia reproducción en una próxima contienda electoral. Y así sucesivamente...

Andrés Piqueras, Sodepau P.V., Universitat de Castelló


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