contacte: anticapitalistes@anticapitalistes.net

 



 

Anticapitalistes
  
dimecres 3 de desembre de 2014 | Manuel
La epopeya cubana + Notas a la "Epopeya Cubana" de Claudio Katz

Claudio Katz / Guillermo Almeyra

Resumen

Cuba aportó un ideario de transformación social y un ejemplo de resistencia que contribuyeron a cambiar el escenario latinoamericano. Su esquema igualitario le permite mantener indicadores sociales muy superiores a cualquier país equivalente. Pero afronta adversidades geopolíticas que la obligan a introducir un cambio significativo.

Una economía moldeada para apuntalar la extensión del socialismo debió adaptarse al escenario opuesto, modificando su estructura de elevada estatización. Las reformas en curso están concebidas para ampliar la gravitación del mercado, sin permitir el retorno al capitalismo.

Mientras que la extensión del cooperativismo contrapesa el riesgo de enriquecimiento privado, las propuestas de mayor estatismo agravarían el estancamiento. Muchas denuncias de restauración capitalista se formulan sin caracterizaciones ni alternativas viables. Mayores grados de democracia son necesarios, pero no generan milagros. Hay que valorar la revolución y postular caminos para renovarla.

Cuba aportó el mayor ideario de transformación social a varias generaciones de latinoamericanos. Su revolución conmovió a la juventud, convulsionó a las organizaciones políticas y sacudió a la izquierda.

En los años 60 el castrismo rompió todos los dogmas al demostrar que un proceso socialista era posible en el continente. A 90 millas de Miami introdujo generalizadas nacionalizaciones para responder a las conspiraciones del imperialismo. Posteriormente intentó una heroica extensión regional de la revolución.

La decisión cubana de resistir la restauración capitalista luego del colapso de la URSS generó un nuevo asombro. La población de una pequeña isla lindante con el centro imperial afrontó un sofocante aislamiento internacional y realizó inconmensurables esfuerzos para mantener su independencia.

La perdurabilidad de ese proceso fue determinante del cambio que ha registrado el escenario sudamericano. La reinstalación de una colonia estadounidense en Cuba habría obstruido la resurrección de los procesos radicales y limitado las victorias logradas contra el neoliberalismo.

Resulta muy difícil imaginar los avances de Venezuela o Bolivia sin el ejemplo de un país que supo confrontar con el poderío estadounidense. La repetición en la isla de la trayectoria seguida por Rusia o Europa del Este habría sepultado, por un largo período, todas las tradiciones revolucionarias transmitidas al continente.

Pero transcurridas más de dos décadas del desplome del desplome de la URSS y su bloque económico internacional (COMECOM) se han registrado importantes transformaciones en Cuba. Estos cambios contienen enormes posibilidades e incuestionables peligros.

Logros y desafíos

La principal enseñanza reciente de lo ocurrido en Cuba es la enorme capacidad de mejora popular que ofrece un esquema económico-social no capitalista. En medio de la penuria económica, el aislamiento diplomático, las provocaciones militares, las presiones financieras y la agresión mediática se logaron preservar parámetros de esperanza de vida, escolaridad o mortalidad infantil muy superiores al resto de la región.

Esta extraordinaria realización resulta incomprensible para los apologistas del capitalismo. Como no pueden presentar ejemplos equiparables, eluden cualquier mención de esos logros. Cuba demostró de qué forma se puede evitar el hambre, la delincuencia generalizada y la deserción escolar con escasos recursos.

El país afronta actualmente graves dificultades para mantener la gratuidad de los principales servicios, pero esas limitaciones son muy diferentes a las adversidades que predominan en los países semejantes.

Cuba no es Argentina, Brasil o México. Hay que comparar su situación con las economías latinoamericanas situados por debajo de ese escalón de desarrollo económico. Ninguno de esos casos puede exhibir el perfil de una isla sin desempleo, indigencia o pobreza masiva.

En la isla están cubiertas las necesidades básicas de la población. Todas las familias tienen acceso a la alimentación, la educación y la salud. La escasez de abastecimientos o la falta de variedad de los consumos, no incluyen a los bienes indispensables para garantizar esa cobertura.

Cuba cuenta con un excelente nivel de escolaridad. Un reciente estudio del Banco Mundial estima que su sistema educativo mantiene parámetros de formación profesional, en muchos planos semejantes al nivel de Finlandia, Singapur o Canadá (Lamrani, 2014).

También ha logrado un índice de esperanza de vida que supera en cinco años al resto del continente y cuenta con tasas de mortalidad reducidas en todos los grupos etarios. Consiguió el promedio más bajo de malnutrición de América Latina y uno de los porcentajes más elevados de conexión de viviendas a las redes de agua potable (Navarro, 2014) .

El país preserva, además, el índice de seguridad alimenticia más elevado de la región y un bajísimo nivel pobreza (4%), en comparación a la media de Latinoamérica (35%) (Vandepitte, 2011). De acuerdo a las estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Cuba es uno de los tres países latinoamericanos que ha logrado ubicarse en el casillero de alto nivel de desarrollo (PNUD, 2014).

Pero la isla afronta un serio problema para sostener esos avances. El estancamiento y las privaciones que siguieron al derrumbe de la URSS se atenuaron, pero obligan a implementar un giro económico. Toda la sociedad reconoce esa impostergable necesidad, puesto que nadie ha podido recuperar el patrón de ingresos vigente en los años 70-80.

El desplome del sostén soviético fue seguido por un agravamiento del bloqueo estadounidense (ley Torricelli en 1992 y acta Helms Burton en 1996). Ese cerco obstruye el comercio y genera costos monumentales. Un barco que toca puerto cubano no puede amarrar en Estados Unidos y al principal mercado del mundo no puede ingresar un producto con componentes cubanos.

La isla ha sufrido periódicas provocaciones que obligan al estado a solventar un gravoso aparato militar defensivo. El gobierno cubano necesita mantener 600.000 hombres en condiciones de acción bélica inmediata y debe financiar una estructura armada totalmente desproporcionada para las dimensiones del país (Isa Conde, 2011).

Además, en los últimos años el país padeció fuertes adversidades comerciales y climáticas. Cayó el precio de las exportaciones (níquel) y subió el costo de las importaciones (alimentos). Hubo huracanes, sequías e inundaciones de gran intensidad, especialmente entre 1998 y 2008. Estos trastornos no provocaron tragedias humanas como habitualmente ocurre en el resto del continente, pero que implicaron costos millonarios. La crisis internacional generó también una reducción de los ingresos del turismo, a pesar del moderado aumento de los visitantes.

La economía es gestionada desde hace varios años con cierto déficit presupuestario y el nivel de actividad es sostenido al filo de la navaja. El equilibrio comercial es tan ajustado como la financiación externa.

Cuba resistió la restauración del capitalismo con el gran sacrificio que implicó el “período especial” de los años 90. El impacto económico del desplome de la URSS fue demoledor. Todo el comercio de la isla estaba asociado con los países del COMECON y las ventas de azúcar a ese bloque solventaban el conjunto de los gastos externos.

El país se quedó sin nada y tuvo que asegurar su defensa y abastecimiento de bienes básicos, en condiciones de encierro y colapso del transporte, la electricidad y el combustible. Muy pocos regímenes políticos han logrado sortear adversidades de esa envergadura.

Un reciente estudio explica la fuerza de esa resistencia por la memoria de las transformaciones sociales logradas en los años 60-70. También resalta el rechazo a convertir nuevamente a la isla en un burdel estadounidense. El trabajo traza una aleccionadora comparación con la devastación de derechos populares padecida por los países del COMECON, que reingresaron al capitalismo durante el mismo período (Morris, 2014).

Pero al cabo de esa experiencia, Cuba no está en condiciones de continuar el camino precedente al socialismo. Salta a la vista la imposibilidad de erigir en forma solitaria una sociedad de abundancia e igualdad, en una pequeña localidad del Caribe. La continuidad de la revolución permitió defender lo conquistado, pero no asegura el desarrollo productivo y el bienestar material que supondría la consolidación del socialismo. Si en la URSS se verificaron dificultades para forjar esa sociedad cortando lazos con el mercado mundial, es obvio que Cuba ni siquiera puede concebir esa posibilidad.

El importante cambio de contexto latinoamericano ha contribuido a revertir el aislamiento del país. Se aligeraron las privaciones y se normalizó el funcionamiento de la economía, especialmente a través de la cooperación con Venezuela. Pero este desahogo sólo ayuda a sostener lo conquistado.

Tres problemas

Las mutaciones que debe encarar Cuba obedecen a tres cambios de largo plazo. En primer lugar, la nueva realidad geopolítica que introdujo el colapso de la URSS desajustó toda la estructura productiva. El país había amoldado su economía a una expectativa de grandes avances pos-capitalistas en el mundo o por lo menos en la región.

Siempre se supo que un alcance efectivo del socialismo era imposible en una sola isla y por esta razón se intentaron altos de niveles de complementación con los socios del Este. Esa conexión fue combinada con la apuesta a una sucesión de victorias revolucionarias en América Latina.

Esa estrategia política explica la elevada especialización que desarrolló la isla en médicos, ingenieros, educadores y militares. En torno a esas actividades se construyeron los valores de una sociedad que ponderaba a los héroes en combate, a los brigadistas y a las misiones internacionalistas.

El legado de ese período se verifica en muchos planos. Cuba aportó sus métodos de alfabetización, medicina preventiva y preparación militar a numerosos países de Latinoamérica y África. Este acervo fue particularmente compartido con Angola y Nicaragua en los años 70-80, con Haití (durante el terremoto) y actualmente con Venezuela (intercambio de educadores por petrolero) o con Bolivia (médicos y cirugías de alta complejidad).

Otra prueba reciente de esta especialización cubana en acciones de socorro y solidaridad es el cuerpo de médicos enviados al África para lidiar con la epidemia de ébola. Nada menos que el New York Times dedicó un elogioso editorial a esta acción, contrastando los riesgos que asumen esos profesionales con la reticencia estadounidense a enviar misiones al lugar. Más chocante es la negativa de las compañías de seguros a cubrir el financiamiento de esas operaciones (New York Times, 2014).

Los ponderados médicos cubanos son un producto de la educación militante que la revolución introdujo para apuntalar la expansión internacional del socialismo. Cuando esa meta se frustró, el país debió afrontar la paradoja de contar con una población educada y con ambiciones del Primer Mundo, en una frágil economía del Tercer Mundo.

Una masa de trabajadores y profesionales con altos niveles calificación y conciencia laboral se desempeña en una isla con industrias y sectores agrícolas de baja productividad. Este divorcio entre el alto desarrollo cultural e intelectual de la sociedad y el estrechísimo basamento económico tiene incontables manifestaciones. Los receptores del turismo, por ejemplo, cuentan con mayor preparación profesional que el promedio de los visitantes.

Esta desconexión genera difíciles problemas para quienes no encuentran trabajo con remuneraciones acordes a su especialidad. Que un taxista o un camarero multipliquen con toda facilidad el ingreso de un ingeniero o un médico es la mayor evidencia de esa extraña situación (Padura, 2010, 2012).

En los últimos 20 años Cuba registró cambios radicales en su economía, que generaron un segundo tipo de problemas estructurales. El país sobrevivió aceptando el turismo, los convenios con empresas extranjeras y un doble mercado de divisas, que segmenta a la población entre receptores y huérfanos de las remesas.

La aparición de este importante flujo de divisas determinó una transformación económico-social muy significativa. El grueso de los dólares ingresados no es invertido. Se transfiere al consumo, produciendo una fractura en el poder de compra entre los sectores favorecidos o privados de esa moneda.

Algunos analistas describen cómo este doble mercado creó una importante estratificación social. Los marginados de ese circuito viven con presupuestos ajustados y se alimentan con comidas austeras. Los que tienen divisas pueden disponer de mejores vestimentas, computadoras o teléfonos celulares (Vandepitte, 2011).

Esta brecha surgió en 1993 con la implantación de un doble mercado que buscó paliar la falta de divisas. Ese impacto inequitativo fue atenuado con políticas impositivas. Para adaptar el ideal igualitario a la adversidad externa, el estado acotó con gravámenes la nueva desigualdad.

Un tercer problema de la economía cubana deriva de la errónea imitación del modelo ruso de estatización completa. La fascinación acrítica con la URSS condujo en los años 70 a una inoperante extensión del sector estatal, que impactó en forma muy negativa sobre la productividad agro-industrial. Esa oleada de estatizaciones anuló todos los pequeños comercios y fabricantes privados. En 1977 se eliminaron los últimos vestigios de las actividades por cuenta propia.

Esas medidas desconocieron que la transición al socialismo sólo es factible mediante un paulatino avance del plan sobre el mercado, en función de la eficiencia lograda por el sector estatal en comparación al privado. Cuba repitió la modalidad rusa de estatización integral, sin considerar la aplicación de las estrategias más moderadas que adoptaron Yugoslavia o Hungría.

Todos los intentos para subsanar los inconvenientes creados por la estatización completa fueron infructuosos. El trabajo voluntario, la zafra de 10 millones o la rectificación de fines de 80 sólo aportaron paliativos. Tampoco fueron escuchados los cuestionamientos expuestos en algunos organismos de la época como el CEA (Centro de Estudios sobre América). El principal efecto negativo de esa estatización fue el declive de la productividad y la dependencia que mantiene Cuba de la importación de alimentos.

Seguramente esta equivocación obedeció a problemas teóricos (incomprensión de la transición al socialismo) y a manejos burocráticos. Pero también es cierto que no resultaba fácil compatibilizar la prioridad asignada a la estrategia revolucionaria continental, con políticas contemplativas hacia el mercado. El primer objetivo requiere un nivel de idealismo, heroísmo y equidad que choca con la vida comercial. Para los revolucionarios nunca fue sencillo equilibrar el romanticismo con el realismo. Lenin y Trotsky enfrentaron problemas muy semejantes a fines de los años 20 [2].

Las reformas en curso

Para lidiar con este complejo escenario, el gobierno ha decidido ampliar la gravitación económica del mercado con el objetivo de favorecer la inversión. Después de muchas discusiones, y vacilaciones han comenzado a aplicarse las resoluciones discutidas desde el 2008 y sintetizadas en los lineamientos del 2011. Se relajan las restricciones vigentes para la pequeña actividad privada, se autoriza la creación de negocios y la contratación de empleados. También se anulará la libreta, habrá una paulatina liberalización de los precios y se buscará eliminar la existencia de dos monedas.

Las medidas incluyen una mayor autonomía en la gestión de las empresas estatales. Cada firma podrá manejar en forma descentralizada su presupuesto, adquirir insumos y vender productos en función de sus propios cálculos (PCC, 2011).

El objetivo inmediato es el ahorro de divisas. A diferencia de la ex URSS o China, Cuba no puede sobrevivir en la autarquía. Necesita dólares para adquirir combustibles e importar alimentos. Por esta razón se ha dispuesto reordenar las cuatro fuentes de ingreso de moneda dura: turismo, níquel, servicios profesionales y remesas.

Para reanimar la agricultura se entregarán tierras ociosas a la pequeña producción privada y a las cooperativas, buscando repetir la expansión que logró China en los años 80. Pero la isla no sólo enfrenta una escasa disponibilidad de tierras fértiles. También carga con un altísimo nivel de urbanización que dificulta los incentivos para trabajar en el sector rural.

El punto más conflictivo de las reformas es la introducción de un status de trabajadores “disponibles”, para todos los afectados por la reorganización de las empresas públicas. La falta de recursos obliga a transparentar la dura realidad de compañías deficitarias, que no pueden ser solventadas por el estado. Por esta razón se elimina el principio de garantía oficial del empleo. Se busca crear un nuevo segmento de ocupados en el sector privado y cooperativo, que absorba los recortes del trabajo estatal (Maiki, 2011).

El gobierno ha pospuesto reiteradamente decisiones que chocan con las aspiraciones de la revolución y con los valores pregonados durante décadas. Pero entiende que no le queda otro remedio. Las reformas pro-mercantiles son vistas como el único camino para superar el crítico estancamiento de la economía.

Estos cambios no implican por sí mismos un retorno al capitalismo. Este sistema presupone propiedad privada de las grandes empresas y bancos, formación de una clase dominante y generalización de la explotación. Las reformas no introducen ninguna de estas características. Amplían la gravitación de la gestión mercantil en el marco precedente. Se otorgan concesiones a la acumulación privada, con límites tendientes a evitar la restauración burguesa.

En los últimos años comenzaron a implementarse estos cambios. Se han dispuesto numerosas autorizaciones para la compra-venta de viviendas o automotores y se han distribuido parcelas cultivables. Aparecieron pequeños negocios (como los “paladares” de comidas) y numerosos emprendimientos comerciales .

Ya existe un clima de mayor actividad privada y se avizoran inversiones en el mejoramiento de las viviendas. La flexibilización introducida en este sector incluye restricciones a la propiedad de extranjeros y a la herencia, para evitar una corriente de compras desde Miami. Los principales convenios con empresas extranjeras están centrados en la renovación del Puerto de Mariel y en la construcción de una zona industrial en esa región.

Un punto crítico es la emigración de trabajadores calificados. Desde la eliminación de las trabas para viajar al exterior se ha registrado una fuerte corriente de salidas. Esta expatriación se verifica especialmente entre los graduados universitarios. Mientras no se genere trabajo para la masa de ingenieros, sociólogos o médicos será difícil frenar ese drenaje de materia gris.

La reorganización general del empleo ya comenzó con los 350.000 empleados que dieron el salto hacia los pequeños negocios. Los trabajadores por cuenta propia conforman una porción mínima (6%) de la fuerza laboral, pero podrían alcanzar un alto número en los próximos años.

El peligro de una gran oleada de corrupción junto a las reformas pro-mercado es una amenaza conocida. Hay más de 300 funcionarios enjuiciados o encarcelados por este motivo. Todos saben cómo esa enfermedad desangró a la ex URSS y afecta a China. Pero el principal desafío es acelerar el ritmo de crecimiento de una economía que no ha logrado expandirse a más del 2 o 3 % anual. Las inversiones son escasas y el financiamiento internacional no llega (Rodríguez, 2014).

Las reformas se desenvuelven hasta ahora en un marco semejante a la NEP ensayada en la URSS en los años 20 y en China en la era pre-Deng. No traspasan los límites compatibles con la continuidad de un proyecto socialista. La experiencia ha demostrado que el salto hacia el capitalismo no se produce por simple extensión del radio mercantil. Aparece cuando predomina el sector de la burocracia que favorece la reconversión de las elites en clases dominantes.

Lo ocurrido en la URSS demuestra que esa decisión política es el factor determinante del retorno al capitalismo. Las divisas para repetir este proceso de restauración no se encuentran en Cuba en manos de los funcionarios, sino entre los receptores de dólares. Pero los dirigentes definen cómo se utilizan esos recursos.

Cooperativistas y estatistas

La reforma se debate intensamente en la isla, desmintiendo la imagen de unanimidad o silencio que existe en el exterior. Todos los mitos sobre la ausencia de discusiones se basan en el desconocimiento de esas polémicas. Tres corrientes diferentes han cobrado forma en estos debates. Un planteo destaca la conveniencia de preservar la preeminencia del estado, otro promueve mayores mecanismos mercantiles y un enfoque autogestionario postula expandir las cooperativas.

La propia marcha de las reformas suscita también duros cuestionamientos al alcance previsto para el trabajo asalariado. Hay reclamos de establecer impuestos compensatorios y límites más precisos para esa contratación (Piñeiro Harnecker, 2010).

Otros señalamientos polemizan con medidas que ampliarían la desigualdad social (creación de campos de Golf, residencias exclusivas) y con iniciativas para permitir la adquisición de propiedades por parte de extranjeros (Campos, 2011).

Muchos cuestionamientos son formulados por los partidarios de reforzar las cooperativas. Promueven alentar las redes de almacenes en los barrios y reforzar las empresas de autogestión ya existentes (UBPC). Estiman que reavivará la economía sin fomentar el individualismo (Isa Conde, 2011).

Este modelo incentiva firmas auto-administradas que aprovechen el conocimiento de cada territorio y sector. Propone formas de control social por parte de los ciudadanos y los gobiernos locales sobre esos emprendimientos (Dacal Díaz, 2013).

Este enfoque se inspira en un balance crítico del ahogo burocrático sufrido por esas empresas. Recuerda que las UBPC enfrentaron trabas y tuvieron poca capacidad de decisión en los esquemas organizativos verticalistas del pasado (Miranda, 2011).

Con estos planteos se busca acotar el apetito por los beneficios que genera la reintroducción del mercado. Se defienden los valores socialistas, limitando la apertura a la iniciativa privada (Alonso, 2013).

Pero las cooperativas no resuelven por sí solas los cuellos de botella que afronta la economía. Aportan un complemento indispensable a las reformas introducidas para transformar las divisas atesoradas (o consumidas) en inversión. En el escenario actual, la creación de este sector de pequeña empresa privada es insoslayable. China puede aportar créditos y Venezuela petróleo, pero Cuba debe reciclar sus propias fuentes de ahorro hacia la actividad productiva.

Algunos cuestionamientos frontales a las reformas desde ópticas puramente estatistas presentan otro tono. Afirman que las transformaciones actuales abren el paso al capitalismo, repitiendo el giro que inicio Gorbachov con la Perestroika. Denuncian las “propuestas burguesas” de los documentos oficiales, atacan su contenido “anti-socialista” e impugnan su proximidad con el neoliberalismo (Fernández Blanco, 2011; Cobas Avivar, 2010).

Esta mirada retoma los viejos argumentos de la ortodoxia, sin explicar por qué razón la estatización completa afectó tan seriamente a la economía cubana. Supone que el colapso de la URSS obedeció a simples conspiraciones reaccionarias, omitiendo el rol asfixiante la burocracia y los privilegios que acumuló acallando el descontento popular. Con esa visión supone que Cuba puede congelar su situación actual, reciclando el estancamiento.

Este enfoque alerta contra peligros reales de desempleo y polarización social. Pero no aclara cómo se podría evitar la pauperización general reforzando un proceso de estatizaciones sin recursos. Es cierto que existe una posibilidad de gestación de clases dominantes con la malversación de los fondos estatales. Pero la única forma de contrarrestar ese escenario es ampliando el control popular.

La reintroducción del capitalismo no se consumará con el florecimiento de la pequeña propiedad. Ese fantasma sirvió en el pasado para reforzar comportamientos burocráticos y sofocar la iniciativa económica individual. No es cierto que la expansión del comercio derivará en la inmediata creación de grandes riquezas privadas.

Esa secuencia constituye ciertamente un riesgo, frente a un peligro mayor de colapso por simple languidecimiento. Cuba enfrenta alternativas de supervivencia que exigen optar por el mal menor.

Es puro fatalismo suponer que toda NEP desembocará en el capitalismo como ocurrió con la Perestroika. En el periodo que sucedió a muerte de Lenin el resultado fue completamente diferente. Se afianzó la colectivización forzosa y el estatismo coactivo. El desafío actual es evitar ambos desenlaces.

Los críticos afirman que las reformas son implementadas por una casta burocrática para perpetuar sus privilegios sacrificando la revolución. Pero no explican por qué razón no consumaron ese tránsito luego del colapso de la URSS. En ese momento tenían más argumentos que en la actualidad para abrazar la causa del capitalismo.

En los hechos este enfoque se limita a proponer alguna modalidad de planificación compulsiva, que en el mejor de los casos conduciría a recrear una situación semejante a la vigente en Corea del Norte. Cuba ha logrado evitar el encierro militar que padece ese país. El estatismo extremo aporta más problemas que soluciones a las disyuntivas que enfrenta el país.

Cuestionamientos dogmáticos

Una visión convergente con las críticas del estatismo extremo postulan los enfoques dogmáticos, que observan el curso actual de Cuba como una ratificación de la restauración capitalista (Petit, 2011).

Este diagnóstico no explicita los criterios que utiliza para caracterizar esa regresión y tampoco expone datos sobre ese proceso. Simplemente constata la existencia de ese retorno como un hecho que no exigiría mayores explicaciones. También sugiere que el imperialismo apuntala este proceso, como si la isla no padeciera un duro acoso estadounidense.

Esa mirada establece además una analogía con China, suponiendo que el curso capitalista pos-Deng se reproduce ahora en el Caribe. Con estas afirmaciones despacha el tema y sanciona el entierro de la revolución.

Otra caracterización inspirada en fundamentos parecidos ensaya argumentos más consistentes, polemizando con nuestra visión. Acepta distinguir períodos o modelos y evita enunciar la simple vigencia de un proceso restaurador. Toma en cuenta nuestra comparación con la NEP soviética y considera que presentamos un diagnóstico realista sobre los objetivos de las reformas pro-mercado.

Sin embargo estima que nuestra mirada es puramente economicista. Considera que introducimos comparaciones indebidas por la pérdida de una brújula política. Afirma que la NEP de Lenin podría coincidir con iniciativas semejantes en China o Cuba, pero estuvo inspirada en políticas revolucionarias ausentes en ambos países (Yunes, 2011).

Este enfoque valida a Lenin y desecha a Castro, a pesar de reconocer la existencia de orientaciones económicas parecidas. Justifica en el bolchevique lo que objeta en el guerrillero por un simple presupuesto previo. Una figura es endiosada y la otra descalificada, a pesar del rol equivalente que tuvieron en dos extraordinarias revoluciones socialistas del siglo XX. No se entiende por qué razón esa diferenciación invalidaría las semejanzas de programas económicos en coyunturas comparables.

Si la NEP rusa fue sólo meritoria por su bautismo leninista carece de relevancia como modelo para la transición socialista. Si por el contrario brinda pautas para combinar el plan con el mercado, es un esquema que puede ser valorado en distintas situaciones. Este segundo criterio permite entender su relativa aplicación en varios momentos de la URSS, China y Europa del Este. Evaluar esa instrumentación no implica recurrir a ninguna simplificación economicista.

Nuestro objetor denuncia a la burocracia como el principal enemigo de la revolución dentro de Cuba. Pero con esta genérica denominación no indica quiénes son exactamente esos conspiradores. Sugiere que la dirección castrista cumple ese rol de manera análoga a Gorbachov, como si la resistencia del “período especial” hubiera sido liderada por fantasmas.

El crítico denuncia a los funcionarios que acumulan el dinero que se utilizará en la reconversión capitalista. Nadie niega ese peligro. Pero de esa advertencia no se deduce la existencia de una ley de repetición histórica, que augura para Cuba el mismo destino seguido por la URSS.

Hay que presentar indicios del cuestionado enriquecimiento para evaluar el alcance de la involución denunciada. De lo contrario es puro prejuicio. En los últimos veinte años la dirección cubana dio muestras de ejemplaridad y austeridad y las principales manifestaciones de desigualdad involucraron más a los receptores de divisas que a los funcionarios.

Pero si todo el problema se redujera a señalar quién se enriquece, los dilemas de la economía cubana quedarían inmediatamente superados difundiendo ese listado. El mayor problema radica en definir una agenda: ¿Habría que prohibir el ingreso de divisas desde el exterior? ¿Convendría anular el turismo? ¿Se deberían cortar las inversiones extranjeras? ¿Habría que impedir el resurgimiento de la pequeña propiedad?

Frente a estos escabrosos problemas nuestros críticos optan por el silencio. Consideran que cualquier definición induce al “economicismo” y prefieren transitar por la nebulosa, olvidando que Cuba enfrenta dramáticas disyuntivas de subsistencia. De sus críticas a las reformas sólo se deduce la promoción de alguna modalidad de anulación total del mercado (como por ejemplo existió en Albania).

La otra opción sugerida es la convocatoria a una revolución mundial inmediata, que permitiría superar todos los dilemas del aislamiento construyendo el socialismo universal. Pero las propias dificultades que han enfrentado en la última centuria las corrientes dogmáticas para concretar esas victorias socialistas, ilustran la complejidad de ese camino.

Realismo y escepticismo

Los críticos depositan grandes expectativas en la democracia soviética para resolver las asfixias económicas cubanas. Resaltan la centralidad que le asignó Trotsky a este mecanismo, para superar los problemas de la economía rusa en los años 30.

Sin duda este aspecto es importante, pero al sobrevalorarlo se termina esperando resultados mágicos de su aplicación. La isla afronta embargos comerciales, provocaciones militares, penuria de aprovisionamientos, carencia de recursos y pérdidas de aliados estratégicos, que no desaparecen (ni se atenúan automáticamente) con mayores cuotas de democracia interna.

Trotsky era un político realista y nunca apostó al milagro de la democracia. Enfatizaba sus críticas a la contrarrevolución stalinista, pero enunció propuestas económicas muy precisas para Rusia. Se oponía a la estatización forzosa y proponía combinar el plan con el mercado en sintonía con la NEP. Ese esquema puede servir de antecedente a las reformas en curso en la isla (Trotsky, 1973; 1991: 55-72).

En el tema de la democracia hay que ser muy cuidadoso con las comparaciones. Trotsky confrontaba con Gulags y fusilamientos de bolcheviques que jamás existieron en Cuba. Al contrario, ese país fue el epicentro del proceso revolucionario con mayor nivel de democratización y participación popular del siglo XX. Logró consumar transformaciones sociales ciclópeas con un número reducido de pérdidas humanas. Además, mantuvo regímenes de excepción muy acotados en comparación a procesos semejantes, incluido el caso soviético de la era Lenin-Trotsky.

Los dogmáticos ubican a las reformas cubanas pro-mercantiles dentro del paradigma ortodoxo neoliberal. Estiman que introducen un plan de ajuste, contrapuesto a la resistencia desarrollada durante el período especial (Yunes, 2010).

Lo más curioso de esta caracterización no es la ceguera frente al evidente abismo que separa a la política económica cubana de Thatcher, Merkel o Cavallo. Se presenta un contrapunto con lo realizado por el mismo gobierno en la década precedente. Los dirigentes que encabezaron una proeza de lucha contra el imperialismo, ahora implementarían las recetas de Washington. ¿Cómo se produjo semejante mutación?

La explicación dogmática habitual señala el “comportamiento bonapartista de Castro” frente a la “presión de las masas”. Pero resulta muy difícil encontrar alguna evidencia de esa relación, puesto que sobran los indicios opuestos de liderazgo oficial en la resistencia de los 90. Tampoco es fácil demostrar la existencia de rechazo popular a la posterior introducción de las reformas.

Los críticos navegan en una maraña de contradicciones. Cuestionan la baja productividad de la economía, pero sugieren encierros que acentuarían esa adversidad. Rechazan el aislamiento, pero objetan la alianza de supervivencia que estableció Cuba en el pasado con la URSS. Pronostican el fracaso de reformas económicas que recién comienzan , sin explicar por qué razón las previsiones de colapso cubano fallaron en los últimas dos décadas. Con ese tipo de miradas no se puede calibrar la excepcional epopeya cubana de los últimos 50 años.

En otros sectores del progresismo hay mayor cautela con los pronósticos, escasa preocupación por la naturaleza social del régimen y gran escepticismo sobre el futuro. Suelen remarcar el peso de la represión, el declive de la utopía libertaria y la consolidación de un sistema político autoritario (Stefanoni, 2013).

Pero olvidan que en las terribles condiciones de hostigamiento que ha padecido la isla se pudo concretar una revolución con inéditos grados de libertad. Este nivel de tolerancia no sólo superó los precedentes de Rusia o China, sino también al grueso de las experiencias nacionalistas radicales. El trasfondo del problema es la legitimidad de cualquier revolución y sus protecciones defensivas.

No es muy sensato suponer que los logros en la isla se habrían podido obtener sin sufrimientos, sacrificios y errores. La valoración de la revolución es particularmente importante en un momento de tantas presiones para convertir a Cuba en un “un país normal”. Con ese engañoso estandarte se puede enterrar todo lo construido en medio siglo y abrir las puertas para recrear la desigualdad y criminalidad predominantes en América Latina [3].

Oportunidades y expectativas

Algunos analistas registraron en los últimos años la existencia de un clima de entusiasmo con los cambios en curso. Destacan que Cuba vive una primavera que rompe con el inmovilismo (Burbach, 2013). Otros partícipes más directos de este proceso resaltan el impacto positivo del curso actual, pero advierten la necesidad de adoptar iniciativas de mayor democratización, como la reforma del sistema electoral y el acceso irrestricto a Internet (Campos, 2011).

En esta misma evaluación se inscriben las propuestas de nuevos esquemas de difusión de la información y control popular sobre la estructura estatal . Se remarca la tardanza en implementar los cambios y también la insensibilidad frente a las críticas (Dacal, 2013).

Esos desaciertos tuvieron negativas consecuencias en el pasado. El entusiasmo por un cambio no dura eternamente. Conviene recordar todas las oportunidades de renovación del socialismo que se perdieron en los países del Este. La frustración que siguió a la Primavera de Praga desmoralizó a toda una generación y facilitó la posterior restauración del capitalismo.

La apatía es el principal peligro en una sociedad que pasó la prueba del período especial, pero debe cicatrizar las heridas que dejó ese trauma. En la coyuntura actual hay que lidiar con la desesperanza que genera la necesidad del cambio y la preocupación por sus consecuencias. El giro hacia el mercado implica la adopción de medidas que muy pocos desean y todos comprenden (Guanche, 2011).

Involucrar a los ciudadanos en el manejo directo de su futuro es el principal antídoto contra los peligros de las reformas. Este propósito puede lograrse apuntalando la democracia socialista. La vitalidad de este sistema es un remedio efectivo contra la apatía. Lo ocurrido en la URSS debe servir de contra-ejemplo. Como la población se consideraba ajena al régimen político se mantuvo al margen de los cambios que restauraron el capitalismo.

Cuba cuenta con niveles de democracia real superiores a cualquier plutocracia capitalista. Sus líderes no son elegidos por una elite de banqueros e industriales, ni surgen de la cosmética publicitaria que construyen los medios de comunicación. Tampoco rige el terror contra la población o la intimidación que impera en varios regímenes policíacos de Centroamérica. Pero existen incontables manifestaciones de insuficiencia de la democracia en el sistema político y la prensa. Las reformas son la oportunidad para corregir esas deficiencias.

Si los cambios económicos logran combinar acertadamente las cooperativas, la pequeña propiedad y la primacía estatal, la recuperación de la economía renovará el optimismo. Las transformaciones productivas y comerciales podrían generar mejoras visibles en el nivel de vida de la población. El gran desafío es motorizar esos avances con el mercado, impidiendo al mismo tiempo la restauración del capitalismo.

La clave inmediata para sortear ese peligro es limitar la desigualdad social, mediante el mantenimiento de sistemas educativos y sanitarios públicos y únicos. La ejemplaridad de los dirigentes, junto a este soporte permitirá superar la nueva encrucijada que afronta el país.

El pueblo cubano ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobreponerse a las dificultades retomando la confianza en la revolución. Es el país que exige mayor cautela a la hora de formular pronósticos. Muchas veces se dijo que no soportarían el bloqueo, las invasiones, las penurias o el aislamiento y siempre salieron airosos. Seguramente volverán a ganar la partida.

20-11-2014

Referencias

- Alonso, Aurelio, (2013), “Cuba: mentalidades en confrontación ante el desafío del cambio”, Academia de Ciencias, La Habana, 13-7.

- Borón, Atilio, (2014), “Padura en Buenos Aires”, Rebelión, 6/05.

- Burbach, Roger, (2013), “Cuba: Una primavera cubana, Punto Final, n 775, enero.

- Campos, Pedro, (2011), “Una batalla estratégica en el seno de la Revolución, por el futuro del socialismo”, enlacesocialista.org.mx, 06/03.

- Cobas Avivar, Roberto, (2010), “La patria es ara, no pedestal”, kaosenlared .net, 28/9.

- Dacal Díaz, Ariel, (2013), “Apuntes para preguntarle al contexto”, 1er Encuentro de Psicología Social y Comunitaria, La Habana 4-6.

- Fernández Blanco, Roberto, (2011), “Consideraciones acerca del carácter burgués del Proyecto de lineamientos”, www.penultimosdias.com, 10/2.

- Guanche, Julio Cesar, (2011), “Cuba: Los distintos grupos sociales se enfrentan a los cambios en condiciones desiguales”, www. Kaosenlared, 14/6.

- Isa Conde, Narciso, “Transición del socialismo de estado al nuevo socialismo: el caso cubano”, old. kaosenlared .net, 6-4.

- Katz, Claudio, (2006), El porvenir del socialismo, Edición venezolana: Monte Ávila, Caracas.

- Lamrani, Salim, (2014), “Banco Mundial diz que Cuba tem o melhor sistema educativo”, www.brasildefato, 4/9.

- Maiki, Jorge, (2011), “Los retos de Cuba hoy”, postaportenia.blogspot.com /25/02.

- Miranda, Lorenzo Humberto, (2011), “Revolución, autogestión y cooperativas. Una visión desde la presente perspectiva cubana”, www.rebelion.org, 30/07.

- Morris, Emily, (2014), “Unexpeted Cuba”, New Left Review, 88, July- August.

- Navarro, Vicenç, (2014), “¿Ha fracasado el socialismo?”, www.attac.es, 13/9.

- New York Times, (2014), “La impresionante contribución de Cuba en la lucha contra el Ebola”, www. nytimes , 20-10.

- Padura Leonardo, (2012), “Eppur si mouve en Cuba”, Nueva Sociedad, 242, noviembre-diciembre.

- Padura, Leonardo, (2010), “¿Año nuevo, vida nueva”?, IPS, diciembre.

- Padura, Leonardo, (2014). “¿Crece o no crece Cuba?”, www.ipsnoticias, 26/3.

- PCC, (2011), Lineamientos de Política Económica y social del Partido y la revolución, www. cuba debate.cu, 9/5.

- Petit, Mercedes, (2011), “El VI Congreso del PC ratificó la restauración capitalista”, Correspondencia Internacional, uit-ci.org, m ayo.

- Piñeiro Harnecker, Camila, (2010), “Riesgos de la expansión de empresas no estatales en la economía cubana y recomendaciones para evitarlos”, www.rebelion.org, 11/10.

- PNUD, (2014), Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo, www.pagina12, 28/9.

- Rodríguez, José Luis, (2014), “Revisando estadísticas recientes de la economía cubana”, www.cubacontem por anea.com, 6/10.

- Stefanoni, Pablo, (2013), “Cuba: 54 años”, Página 7, listas.chasque.net, 14/01.

- Trotsky, León, (1973), "The soviet economy in danger", Writings, Pathfinder Press, November, New York

- Trotsky, León, (1991), La revolución traicionada, Fundación Federico Engels, Madrid.

- Vandepitte, Marc, (2011), “El socialismo, la pobreza y la repartición de la riqueza”, www.rebelion 03/03.

- Yunes, Marcelo, (2010), “El VI Congreso del PCCH y sus lineamientos. Socialismo de mercado hacia la restauración capitalista”, Socialismo o Barbarie, 13/12.

- Yunes, Marcelo, (2011), “A propósito de observaciones de Claudio Katz sobre Cuba”, Socialismo o Barbarie, 6/1.

Notas

[1] Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

[2] Nuestra visión sobre este tema en: Katz, (2006: 113-157) .

[3] Ver opiniones de Padura (2014) y Borón (2014).

3/12/2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=192716


Notas a la epopeya cubana de Claudio Katz

Guillermo Almeyra

Claudio Katz es autor de numerosos y excelentes libros y artículos sobre la economía mundial escritos con un sólido enfoque marxista. Por eso mismo me considero obligado a formular algunas observaciones sobre su artículo “La epopeya cubana” que circuló por las redes sociales e incluso fue elogiado por militantes revolucionarios, trabajo que, en cambio, considero un peligroso traspié histórico, político y teórico - explicable pero no justificable- por el contagioso atilioboronismo que padece una parte de la izquierda y de los sectores académicos en Argentina.

A mi juicio, Katz identifica revolución cubana y dirección castrista de la misma, revolución, gobierno y Estado y, por último, Estado y partido. Además, al considerar a Cuba socialista y considerar socialistas a la Unión Soviética stalinista y los países controlados por el stalinismo confunde indirectamente el socialismo con la estatización de los medios de producción y con el reforzamiento de un Estado centralizado burocráticamente, al estilo de la Unión Soviética, cuando el socialismo como lo pensaba Marx sería una “federación de libres comunas asociadas” y la autogestión social generalizada con plena democracia para los trabajadores libremente organizados. En el socialismo los consejos de obreros y campesinos construyen desde abajo un Estado democrático de transición que impida la creación de aparatos burocráticos y vaya debilitándose y desapareciendo en un período prolongado cuya duración dependerá de la eliminación del poder burgués en cada vez más regiones del mundo y también del aumento de la cultura y la capacidad de autoadministración de los productores libres y de la superación gradual de las desigualdades entre el trabajo manual y el intelectual, la creciente igualdad de género y la eliminación de los valores burgueses (egoísmo, hedonismo, autoritarismo y un largo etcétera), sustituidos por la solidaridad y el internacionalismo.

Pero, en mérito a la brevedad, vamos a los que considero principales errores.

En primer lugar, la revolución cubana no fue socialista sino una revolución democrática antiimperialista con vasto apoyo popular dirigida por jóvenes revolucionarios antibatistianos.

Fidel Castro no era socialista ni marxista sino un dirigente radical del Partido Ortodoxo, influenciado por el guiterismo y, como dirigente estudiantil, había combatido sin tregua contra el PSP (el partido Comunista cubano de entonces). Sólo Raúl Castro se había formado en las filas del PSP. El Che Guevara apenas iniciaba en México sus lecturas marxistas y creía aún que Stalin y la URSS eran socialistas y un modelo a seguir. Camilo Cienfuegos era anarquista. Las reivindicaciones de los revolucionarios eran democráticas avanzadas y los obreros y campesinos que los siguieron lo hicieron exigiendo tierra, justicia, libertad y para poner fin al terror estatal y a la corrupción. Estados Unidos, que quería desembarazarse del sargento Batista, creyó por eso que podría utilizar a Fidel Castro (entrevista al NYT) y en la lucha antibatistiana estaban desde los seguidores del ex presidente Prío Socarrás hasta sectores estudiantiles cristianos democráticos pasando por diversos políticos liberales y jóvenes militares democráticos. La Unión Soviética y los partidos comunistas de todo el mundo, supuestamente socialistas, consideraban que el ataque al Moncada y después las guerrillas en Sierra Maestra eran simplemente acciones de “pequeños burgueses aventureros” (PC argentino). Cuando en 1957 o sea dos años antes de la entrada en La Habana creamos en Argentina un Comité de Apoyo a la Revolución cubana con la Juventud Socialista y grupos estudiantiles (del cual yo era el Secretario General) el PC argentino no participó en él y Palabra Obrera, órgano del morenismo, entonces integrado ideológicamente en el peronismo, atacaba a Fidel Castro como “gorila” y defendía a Batista y a Trujillo, amigos de Perón, frente a lo que creía una acción proimperialista mientras la IV Internacional trotskista, por su parte, ignoraba el proceso revolucionario en Cuba que le aparecía como indefinido.

Fue la incorporación masiva al M 26 y a la lucha de obreros y campesinos lo que radicalizó y comenzó a seleccionar los dirigentes, llevó a una ruptura del PSP cubano y a la incorporación a la guerrilla de un sector comunista y, sobre todo, lo que estableció la relación de fuerzas entre las clases que, después del triunfo en enero de 1959, respaldó a los revolucionarios antiimperialistas radicales y mandó a Miami a los dirigentes burgueses de la revolución.

Fue el ataque del imperialismo lo que llevó a Fidel Castro a responder estatizando las propiedades estadounidenses y, pocos años después, obligó a la URSS a reconocer con retardo una revolución que no había deseado ni ayudado a triunfar y que había combatido.

Fue el ataque imperialista pero sobre todo el salto de conciencia de los trabajadores cubanos lo que profundizó la revolución democrática impulsándola hacia la construcción del socialismo, en Cuba y en el mundo, y llevó a emigrar a los burgueses y sus seguidores. Después, los partidos revolucionarios se unificaron y terminaron formando un nuevo Partido Comunista que en sus comienzos debió depurarse de los stalinistas que querían controlarlo con la ayuda de las embajadas de los países “socialistas” (proceso contra Escalante y su microfracción).

Este proceso antiimperialista democrático radical sentó las bases para la transformación de la mayoría del pueblo cubano, que nunca había sido anteriormente socialista, en constructor de algunas de las bases del socialismo. Las masas de América Latina se reconocieron entonces en esa revolución y comenzaron también a reconocer la dirección de la misma, que durante un primer e importante período no confiaba en la URSS ni dependía de ésta. Eso hizo en efecto que se produjera una radicalización y crisis en los partidos socialistas y comunistas, los cuales se fragmentaron y entraron en su declinación final así como también una fuerte radicalización socialista en partes importantes de las juventudes, sobre todo urbanas que cambió toda la situación en nuestro continente

Pero en Cuba, contrariamente a lo que cree Katz, no hubo ni hay un “proceso socialista” en el sentido de un proyecto inicial que avanza con altibajos. Sí existe, en cambio, la lucha -aún en curso y aún no resuelta- de una parte importante del gobierno revolucionario, del PC cubano y del pueblo de Cuba por construir las bases del socialismo, tarea que todos saben hoy que no se podrá realizar sin apoyarse en un proceso revolucionario anticapitalista mundial.

Ese sector dominante del gobierno no construyó tampoco desde el comienzo “un esquema económico-social no capitalista” sino que hizo frente valientemente –y empíricamente- a las medidas del imperialismo (que buscaban y buscan desarrollar en Cuba, para asfixiar la revolución, la escasez, la burocracia, el verticalismo en el mando, la militarización de una parte muy grande de la juventud). A pesar de la dependencia del mercado mundial capitalista, ese grupo trató de encontrar resquicios, apoyándose en la URSS y en COMECON, para edificar un capitalismo de Estado y para combatir la reconstrucción de una clase capitalista nacional ligada al imperialismo, combatiendo burocráticamente a la burocracia y la corrupción que fomenta el bloqueo estadounidense y el mercado mundial capitalista, en el cual está insertada Cuba.

Una vez derrumbado sin lucha el régimen burocrático del “socialismo real” que imperaba en la URSS y en los países dirigidos por el stalinismo Cuba resistió, a diferencia de los países de Europa oriental donde la burocracia “socialista” se hizo inmediatamente burguesa, no porque era “socialista” sino porque el Estado- y el gobierno- contaban con el consenso que les daba sobre todo el sentimiento democrático antimperialista, ese hilo rojo presente en toda la historia cubana.

Otra cosa: La URSS no tuvo, como dice Katz, “dificultades para cortar los lazos con el mercado mundial” sino que estaba integrada en éste de un modo particular y las ideas del “mercado mundial” formaban a la burocracia dirigente: por eso cayó sin resistencia alguna, ni siquiera la de un PC burocratizado que tenía 18 millones de miembros.

Además ni las reformas de Liebermann en la URSS, ni la política de los dirigentes “comunistas” en Hungría, ni el funcionamiento de la economía yugoslava, con su autogestión falsa sometida a la dirección centralizada del Estado-Partido (en la que el Estado, de funcionamiento burgués, dirigía un Partido burocrático que tenía valores burgueses pero no era burgués), pueden ser un modelo para Cuba, como lo demuestra, entre otras cosas, el estrepitoso fracaso de todas esas políticas.

Porque el problema principal no son las imposiciones del atraso y lo reducido de la población cubana ni el bloqueo de años: es la orientación política de la dirección política y económica central. Ésta siempre identificó el Partido con el Estado y sometió a aquél a las necesidades de éste, que se ve obligado a actuar en el mercado mundial capitalista y en las relaciones estatales intercapitalistas y reproduce las relaciones y los valores capitalistas en un proceso revolucionario que evoluciona en cambio según los vaivenes del enfrentamiento mundial entre los explotados y los explotadores y las relaciones de fuerzas sociales cambiantes en escala mundial.

Además, el intento voluntarista de lograr una zafra azucarera de 10 millones de toneladas desordenó toda la economía y, como el trabajo voluntario, de muy baja productividad aunque de importancia político-moral, no fueron, como sostiene Katz, “paliativos” a una línea verticalmente centralizada que sustituía con directivas del aparato estatal la libertad de organización y la autoorganización de los trabajadores. Por el contrario, convertidos ya desde los primeros años de la revolución los sindicatos en meras correas de transmisión del Partido único el cual estaba orientado por las necesidades imperiosas de un Estado que sigue siendo burgués y combatida la autoorganización y la autogestión obreras, impuesta la aberración del partido único de modelo stalinista todo pasó a depender de la comprensión y hasta de los caprichos de una dirección que sin duda era revolucionaria pero no era marxista y cuyo internacionalismo era un apoyo de Estado a Estado, no a procesos revolucionarios salvo en caso excepcionales (el apoyo a Argelia en la guerra con Marruecos, por ejemplo, o la acción de los médicos cubanos en Africa Occidental contra el ébola).

Claudio Katz hace también una caricatura de las posiciones fundamentales que se enfrentan hoy en Cuba. No son tres –la continuista, la de los que aspiran a aspiran a convertirse en capitalistas, como sucedió con los burócratas stalinistas de los países de Europa oriental y con los chinos, la dogmático-ortodoxa a la que critica largamente con toda razón, y la que pediría inmediatamente una revolución socialista mundial que supuestamente resolvería todo pero que, evidentemente, es imposible en las condiciones actuales.

Existe otra, minoritaria y difusa en la que desde hace decenios me inscribo y con la cual colabora, que propone una política revolucionaria y autogestionaria que no ignora la realidad de los problemas y de las imposiciones del mercado y hace críticas propositivas. La primera, esquematizando, se apoya en el poder, en el aparato del ejército, en la mayoría del partido. La segunda anida, como en Venezuela, en la burocracia, entre los cínicos y desmoralizados y los tecnócratas. La tercera es deleznable como fuerza. Pero la última, autogestionaria, que Claudio calla, no porque aunque pequeña y no muy homogénea, serpentea entre una parte importante de los intelectuales revolucionarios comunistas o anarquistas y está atenta a lo que se escribe sobre Cuba en el exterior.

¿Quién puede negar la necesidad de apoyarse en la entonces Unión Soviética para reducir el costo del bloqueo estadounidense? ¿Pero era necesario decir que Brezhnev era un gran marxista, apoyar la invasión a Checoeslovaquia en 1968 o considerar que los consejos obreros húngaros o la movilización de la clase obrera polaca en 1980 estaba instigada por la CIA? ¿Quién podría oponerse a la intervención revolucionaria en Africa? ¿Pero era necesario apoyar al sangriento dictador Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, declarar gran marxista al somalí Siad Barre, agente de Estados Unidos, sostener la dictadura etíope de Haile Mariam, que oprimía a los eritreos? ¿La necesidad de romper el aislamiento en el campo diplomático latinoamericano imponía necesariamente reconocer el fraude en México y reconocer antes que nadie a Salinas de Gortari en medio de la movilización popular que lo resistía o apoyar como “antiimperialista “al dictador argentino Videla? ¿La necesidad de recurrir al turismo debe por fuerza llevar a construir lujosos campos de golf o marinas exclusivas? ¿No habría que preguntarse sobre los efectos políticos y morales de esa línea en escala internacional y en la misma Cuba?

Es cierto que la democracia por sí misma no aporta soluciones (aunque facilita la toma de decisiones justas) y que en Cuba no hubieron ni gulags, ni asesinatos, ni manicomios para los opositores pero ¿fueron simples “errores” los campos de trabajo forzado para “curar” a los homosexuales, la prisión sin juicio durante años a los trotskistas, militantes de la revolución en Sierra Maestra por “estudiar El Capital sin el permiso previo del partido o la aplicación de la pena de muerte a unos marginales que habían secuestrado un ferry? ¿Discutieron los trabajadores la política económica, o los despidos de millones y las opciones posibles? ¿No es acaso absolutamente necesario y conveniente discutir previamente con los interesados directos- los trabajadores- hasta dónde hacer concesiones, puesto que recurrir al turismo, por ejemplo, aunque muy peligroso, es inevitable, en el campo financiero, de la propiedad inmobiliaria, de las empresas mixtas, etc.?

Cuba vive una NEP, es decir, decir, la coexistencia entre las imposiciones del mercado mundial, del cual depende, y del mercado controlado a escala nacional, por una parte, y los lineamientos (no puede hablarse de plan) del gobierno. La relación de fuerzas es muy favorable a la burguesía mundial y a sus influencia en la isla y, por consiguiente, el gobierno tiene que tomar medidas que no querría y que le son impuestas (por ejemplo, ¿qué sucederá en esta situación económica mundial con el precio del níquel o con el abastecimiento petrolero venezolano? ¿Cuál será el efecto del levantamiento del bloqueo estadounidense y de la afluencia masiva de viajeros, dólares y compradores que darán una sólida base a la neo burguesía?¿Qué sucederá ahora cuando se multiplicarán por mil y potenciarán los blogs contrarrevolucionarios de miles de Yoannas? Precisamente por eso la construcción de consenso mediante la democracia autogestionaria estimularía la capacidad de resistencia contra el capitalismo, elevaría la productividad, sería un arma fundamental para reorganizar la economía y crear una base política mayor al gobierno mismo, combatiendo la apatía, la desmoralización, la resignación, sobre todo en los medios juveniles.

Las medidas burocráticas son insuficientes y muchas veces erróneas. Las cooperativas no son anticapitalistas por sí, se basan en el mercado y en la propiedad privada. Pueden tener más personal y menores costos si son administradas democráticamente por asambleas, pero no reemplazan la autogestión obrera en las empresas del Estado sino que extienden y fragmentan en miles de pequeños dueños la propiedad capitalista y, aunque enseñan a trabajar por el bien colectivo, aíslan y separan a los socios del resto de la población. Conceder mayor autonomía a las empresas y más poderes a los administradores, enseña el caso yugoslavo, lleva al egoísmo de la empresa, a la competencia entre las empresas, a las decisiones autoritarias de los jefes. Si las cooperativas y una mayor eficiencia y productividad de las empresas resultan hoy inevitables e imprescindibles, más imprescindible aún es el control obrero y la participación de la base en la adopción de todas las decisiones.

Esperar el Mesías de la revolución mundial es esperar un milagro salvador sin hacer nada para cambiar la terrible situación en que se encuentra Cuba, con un abastecimiento incierto en combustibles en el caso de una crisis en Venezuela, con un aumento de la temperatura que desertifica las tierras, con huracanes cada vez más fuertes por el cambio climático y en medio de las dificultades graves de la economía rusa y china. Achatarse sobre el pragmatismo y el burocratismo oficiales considerando que son realistas y no tienen alternativa, es esperar pasivamente una crisis política y social profunda que amenazará las conquistas restantes de la revolución. El dogmatismo y la ortodoxia en el fondo ayudan al mercado capitalista que dicen querer combatir. La autogestión social generalizada, manteniendo la NEP, lejos de ser una utopía, es la única salida política-social y económica que permitirá reducir los daños y crear las condiciones para salvar la revolución.

19/12/2014


A la mateixa secció:


El debate sobre Kronstadt es actual


La montaña de la deuda global: ¿un ‘momento Minsky’ o una ‘contracción Carchedi’?


Cien años después: Algunas herencias difíciles de la revolución de Octubre de 1917


Marx més enllà dels marges


China: Xi toma el control total del futuro.


Kronstadt tuvo antecedentes


De octubre 1917 al "socialismo del siglo XXI"


La toma del Palacio de Invierno


Economía mundial: Días soleados seguidos de tormentas


Pau Viciano: ‘La clau de Fuster és una presa de partit’

Creative Commons License Esta obra est� bajo una licencia de Creative Commons by: miquel garcia -- esranxer@gmail.com