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Anticapitalistes
  
dilluns 1 de desembre de 2014 | Manuel
La crisis japonesa y nosotros

Albert Recio Andreu

I

Japón se ha visto muchas veces como un modelo de capitalismo particular. A finales de 1980 las cosas que más atraían era su modelo de empresas con empleo estable de por vida. El dinamismo de estas empresas, su capacidad de innovación organizativa. En la literatura sociológica del momento se puso de moda el término “toyotismo” para significar una mutación en los sistemas de gestión laboral y de producto, respecto del viejo fordismo. Y se pusieron de moda los modelos de gestión “participativa” del tipo círculos de calidad. En las escuelas de negocios norteamericanas Japón estaba de moda. Para los que habían estudiado el conjunto del modelo había muchos claroscuros: un sistema de relaciones muy autoritario (muchos sindicatos eran más empresa que otra cosa), una fuerte segregación sexual, un estado del bienestar poco desarrollado. Pero a menudo prevalecía la imagen de un capitalismo algo más igualitario que el occidental y un dinamismo productivo innegable.

En la década de los noventa todo cambió. Se produjo una pavorosa crisis financiera que hizo tambalear al, en teoría, poderoso sistema bancario japonés (en aquel momento 6 bancos nipones se situaban entre los 10 mayores del mundo por valor de sus activos). Una crisis asociada a una burbuja inmobiliaria promovida por estos mismos bancos usando una contabilidad truculenta (esto ya no resulta tan exótico, sabemos bastante del tema). Como ha ocurrido en otros lares, el Gobierno planteó políticas de austeridad y de salvamento bancario. Desde entonces la economía japonesa ha padecido un estancamiento persistente, el sistema de empleo vitalicio ha sido cuestionado y el país, pese a seguir siendo una potencia mundial (quien tuvo retuvo) ha perdido dinamismo y padece episodios recurrentes de recesión y estancamiento.

II

La versión más conocida de porque las cosas han ido tan mal durante tanto tiempo se basa en discutir el tipo de política adoptada por los sucesivos gobiernos japoneses. Inicialmente una política de austeridad y salvamento bancario que, como también conocemos, agrava los problemas. Después un recurso sistemático a la política monetaria para reavivar al enfermo. La política monetaria consiste fundamentalmente en que el banco central concede créditos masivos a los bancos a un interés muy bajo. De hecho durante mucho tiempo en Japón este tipo de interés ha sido cero. Los partidarios de la política monetaria creen que al recibir dinero fácil los bancos tras sanear sus balances se animan a prestar al público y a las empresas y los créditos se convierten en nuevas inversiones o en gastos de consumo que acaban por animar la economía. En cierta medida es una fórmula mágica que dice que con meter más dinero al sistema la economía se reactiva por sí mismo. Es una política que pocas veces funciona. En la década de los años 30 Keynes ya acuñó el término “trampa de la liquidez” para explicar por qué no funcionaba.

La explicación es relativamente sencilla. En las economías capitalistas reales el impulso del gasto viene en buena parte por la inversión privada. Pero los capitalistas no invierten porque simplemente se les deje dinero barato sino cuando piensan que la nueva producción que va a generar su inversión va a encontrar demanda. Cuando la situación es muy mala, la gente ha perdido o está en vías de perder su empleo, las empresas se enfrentan a una caída de las ventas y tienen una parte de su potencial productivo inutilizado es improbable que aborden nuevas inversiones. Por esto no tomarán prestado o si lo hacen será para reducir deudas. O para mantener el dinero en el banco que aunque dé un bajo nivel de intereses al menos asegura alguna ganancia. La trampa de la liquidez consiste por tanto en que cuando las cosas se han puesto realmente mal por más dinero que insuflemos al mercado este no tiene capacidad de reacción.

De hecho aunque Keynes era un gran experto en economía financiera no pudo atisbar el sofisticado sistema financiero actual, su enorme diversidad de formas de inversión financiera y especulativa que no hace sino incrementar el problema de la trampa de la liquidez. Si en una situación de atonía del mercado los empresarios consiguen dinero a bajo precio es bastante probable que en lugar de dedicarlo a realizar inversiones reales, que creen empleo, lo usará para realizar alguna operación financiera que se concibe más ventajosa a corto plazo e incluso menos arriesgada (las inversiones financieras pueden repartirse en diferentes activos financieros lo que, al menos en teoría, permite aminorar el riesgo: lo que se puede perder en un lado, se puede recuperar en otro). Todo el mundo sabe que en cualquier empresa grande o mediana uno de los puestos centrales es el de director financiero. No es nada sorprendente que cada vez que alguna autoridad anuncia una medida monetaria expansiva se dispare la bolsa. Es que gran parte de la expansión monetaria se acaba canalizando hacia los mercados financieros. Otra cosa es el mundo real.

Japón es un ejemplo de libro para ilustrar las tesis de Keynes. Ninguna gran operación monetaria masiva ha conseguido reanimar al enfermo. El último intento espectacular a principios de año (doblar la masa monetaria) ha acabado en fracaso total. Las recetas de la economía convencional se siguen mostrando tan falaces como en la época de Keynes.

III

Existirían otras posibilidades para animar la demanda. La tradicional es aumentar el gasto público, con inversiones o cualquier otro tipo de gasto. Al ampliar el gasto las empresas que suministran al gobierno reciben más pedidos, es posible que se vean forzadas a contratar a más gente, aumentan a su vez sus pedidos a sus suministradores y se pone en marcha el ciclo del multiplicador keynesiano. Esto se ha intentado en Japón en algunas ocasiones pero la cultura de control del sector público y el miedo al déficit han impedido que fueran sostenidas en el tiempo. (Hace cuarenta años en la facultad fascista en la que estudiaba conocíamos los modelos de tradición keynesiana que reconocían las dificultades de generar pleno empleo sólo con inversión privada, pero estos modelos ahora ni siquiera se citan).

Y existe aún una tercera posibilidad. En lugar de dárselo a los bancos se les da directamente a la gente más pobre. El impacto sobre la demanda suele ser inmediato: cuando la gente está bajo mínimos se gasta cualquier dinero adicional que reciba y con ello genera un ciclo de gasto inmediato. Una política de este tipo puede fijarse de muchas formas a partir de una política pública bien diseñada. Las políticas monetarias expansivas nunca hacen esto, pues están pensadas para animar a los bancos a que den más créditos y ya se sabe que los pobres no tienen acceso al crédito (salvo en algunos raros momentos de burbuja expansiva como el experimentado en España y otros países en la década pasada). El problema con estas políticas es que son difíciles de imponer por las presiones de los ricos que siempre tratan de bloquear cualquier política redistributiva seria y que tienen el argumento de que dar dinero a los pobres es “encadenarlos a la pobreza”. En Japón, como en casi todas partes, esta política ni siquiera se ha considerado.

IV

En la explicación del estancamiento de Japón por la aplicación de políticas erróneas hay algo que falta. Japón había crecido como gran exportador mundial de coches, electrónica etc. La visión que tenían las élites japonesas trataba de convertir a sus empresas en líderes mundiales (en el viejo, pero suculento, libro del sociólogo británico R.Dore “Fábrica británica, fábrica japonesa” se cuenta que lo primero que se enseñaba a los empleados de Hitachi (y el puntualiza que era una cuestión habitual) era a cantar el himno de la empresa, que era parecido a la de cualquier ejército o club deportivo: (ganaremos el mundo....), y este crecimiento era el que hacía viable el modelo de empleo estable vitalicio. En la década de los noventa muchas empresas japonesas, quizás aún con más intensidad que en otros países, percibieron que podían ser más “competitivas” mediante la rebaja de costes que obtenían produciendo en China. Hubo una emigración de actividades hacia China y una enorme dificultad para suplir la producción emigrada por otra distinta. Es lo que tiene la globalización competitiva, disloca muchas economías nacionales y generan juegos de ganadores y perdedores. Japón está estancado también porque no ha podido encontrar recambios a su viejo modelo industrial.

V

Hay una última experiencia japonesa que también resulta pertinente citar: Fukushima, el mayor desastre nuclear tras Chernóbil. Contamos con la sistemática información que la red “Tanquem les nuclears” nos va ofreciendo y que Miquel Muñiz traslada en parte a esta revista. Fukushima es a mí entender la muestra perfecta de desastre ecológico. Un desastre provocado por políticas industriales y tecnológicas erróneas, en parte explicables por la motivación rentabilista de sus promotores. Es un desastre que, cuando ocurre, muestra la ausencia de medios y respuestas preparados para darle respuesta. Es una muestra de los numerosos efectos negativos que genera el desastre, de la complejidad de los ciclos naturales que afecta y de la dificultad de evaluarlos correctamente. Es una muestra del tipo de respuestas esperables ante estos desastres: en lugar de reconocer el problema, abrir un debate social, trasparente el Gobierno japonés ha optado por recortar las libertades, enmascarar el problema, esconderlo. Y es una muestra de que a pesar de la gravedad, estos desastres son desoídos por las élites planetarias que siguen entestadas en continuar promoviendo unas determinadas líneas de actividad.

VI

Japón es la referencia perfecta de nuestro futuro inmediato. Las mismas políticas de allá son las que se han aplicado en Europa. Y con resultados parecidos. El mismo empeño en promover una globalización competitiva de “un solo ganador” que ha sido la causante, junto al sobrevalorado euro, de una parte de la destrucción masiva de empleo en el sur de Europa. La misma irracionalidad en afrontar los problemas de la crisis iconológica. Si seguimos aplicando variantes del modelo japonés podemos prever que tenemos garantizados años de economía plana. De la misma forma que el experimento del Chile pinochetista fue la antesala de las políticas neoliberales, la crisis japonesa puede considerarse el precedente de la crisis europea.

VII

En las economías capitalistas siempre que existe estancamiento económico se traduce en paro masivo, expansión de la pobreza y variedad de sufrimientos humanos. La persistencia del caso japonés (y el empecinamiento alemán en copiarles) indica que estamos ante una situación que deviene endémica o que, cuando menos, va a tener una duración insoportable para mucha gente.

Salir de ella de forma decente sólo admite dos opciones, ambas altamente problemáticas en su ejecución. O alguna variante de capitalismo verde del tipo promovido por gente como Susan George, que incluya mayor intervención pública directa, medidas redistributivas fuertes, penalización de actividades indeseables y cambio técnico ahorrador de impactos ambientales. O directamente diseñar un sistema institucional post capitalista que garantice condiciones de vida aceptables, dignidad y participación para todo el mundo. Ambos exigen pensar a escala planetaria. Ambos van a enfrentarse a enormes resistencias de los poderes establecidos (y de momento cuentan por desgracia con pocos, divididos y desorientados partidarios). Alguna de las dos o una variante intermedia es hoy más necesaria que nunca. La experiencia japonesa nos sugiere que tenemos mucho tiempo por delante para que la situación se resuelva, pero que los problemas exigen urgencia en ser afrontados. Por esto es tan necesario ponerse de acuerdo, cuando menos, en una dirección de trabajo y que cosas tenemos que desechar de partida.

28/11/2014

http://www.mientrastanto.org/boletin-130/notas/la-crisis-japonesa-y-nosotros


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